Suspiré, o grité tal vez, no lo recuerdo bien, pero sí recuerdo que estaba seco, bueno, un poco sudado tal vez por la situación. Tenía las piernas aún dentro de la cama, pero estaba sentado, luego del salto que había dado mientras me despertaba. La habitación estaba en penumbras, aunque la luz de los faroles entraba por la ventana con la tenacidad como para darme cuenta donde me encontraba, y para darme cuenta que todo había sido un horrible sueño, más bien una pesadilla. Me costo unos segundos recordarlo, en armar las piezas de lo que había soñado, ya que es cierto que los sueños se olvidan con rapidez, descubrí que nunca había estado fuera, ni húmedo, sino durmiendo en mi cama. Pero entonces, decidí que no era suficiente, que debía encontrar el camino para entrar, no de esa forma, fácil. Decidí que ese desafío era mío, y que no me vencería.
Me recosté de lado, como más rápido sé que me duermo, y cerré los ojos, haciendo fuerza para volver a dormirme pronto y seguir soñando que estaba ahí fuera, y deseando no volver a despertarme, al menos hasta haber entrado a la casa y haber llegado a la cama.
Era tarde y recuerdo que tenía mucho sueño. Mi casa es de esas de madera, estilo americano, de dos plantas con un balcón en la parte alta. Mirándola de frente, quitando la chimenea, se vería una simetría perfecta. Y en ese instante la estaba mirando exactamente en dicha posición. Estaba lloviendo y soplaba mucho viento. No recuerdo exactamente como había sido pero me había quedado fuera, sin llave, y encima sin zapatos. Supongo que todo sucedió por culpa del viento que habrá cerrado la puerta, o tal vez no, pero lo importante no era eso, sino como volver a entrar.
En ese momento descubrí que una de las ventanas de arriba tenía un postigo abierto y la ventana entreabierta. Ese sería mi camino de entrada. Trepé por la columna, apoyadme en un arbusto para subir. Por fin llegue hasta el techo que cubría el frente, caminé con cuidado para no resbalar hasta la pared y desde allí, caminando de costado, me fui aproximando a mi objetivo.
Recuerdo que estaba apenas a unos pasos, que hasta podía ver mi cama, seca cálida y esperándome, cuando una ráfaga de viento salió de la nada y destrabó el postigo, cerrándolo con fuerza, tanta como para dejarlo trabajo e imposible de abrir desde afuera. Maldije la viento y a mi situación, y entonces descubrí que, en el techo superior, había un tragaluz abierto. Tuve que trepar por el desagüe pero logre alcanzar llegar arriba. Pero cuando caminaba haciendo equilibrio por la parte alta el viento volvió a jugarme una mala pasada, y el tragaluz se cerró. Nunca entraría en esa maldita casa, pero más allá de rendirme, comencé a plantearme la situación como un desafío. Tenía los pies descalzos y húmedos, pero ello significaba una razón más para querer entrar, entonces recordé que hay una pequeña ventana por la que se accede al sótano, que siempre dejo abierta. Comencé un peligroso descenso hasta tocar felizmente tierra. Entonces rodee la casa buscando la dichosa ventana. No era mi día, creo que fue la primera vez en la historia de la casa que la vi cerrada. Me encogí de hombros, como pensando lo tedioso que resultaba mi situación, y volví a paso lento al frente. Para mi sorpresa, una nueva ráfaga de viento había abierto nuevamente el postigo de la ventana de arriba. Pensé que al final mi suerte estaba cambiando. Volví a la columna y comencé nuevamente el ascenso pisando al pobre arbusto. Una vez en el tejado caminé, esta vez sin precaución, sobre el húmedo desnivel, y a mitad de camino mi pie patinó y, perdiendo el equilibrio, caí hacia un lado y mi cuerpo resbaló por la pendiente hasta que se acabó el techo. La caída era inminente y, quizás por eso, me desesperé.
Era de noche y cruzábamos el estrecho en medio de una tormenta, el barco debía soportarla, pero también decían lo mismo del Titanic. Entonces, cuando el naufragio parecía inminente, decidimos refugiarnos en la cabina del puente y rendirnos a los caprichos del mar, con suerte saldríamos empujados por la corriente fuera del peligro de los cabos rocosos. En ese momento, a través de los húmedos cristales, pudimos ver que sobre la proa aparecieron unas figuras extrañas. Al principio pareció un efecto de los relámpagos y la lluvia, pero las figuras seguían allí, demostrando que no eran una ilusión. Comenzaron a moverse, tomando las riendas del barco. Aparecían y desaparecían sobre la cubierta, y entonces nos dimos cuenta de que estaban piloteando la nave. El barco pareció encontrar un rumbo, y ni la tormenta podía vencerlo. Así paso la noche, hasta que por fin la tormenta fue disipándose y salió el sol. No había rastros de las fantasmales figuras en proa. El barco se encontraba fondeado en una pequeña bahía. Decidimos descansar esa mañana en la costa. Solo al desembarcar encontramos indicios de lo que muchos años atrás pudo haber sido un poblado, aunque nos pareció extraño que en aquel lugar desamparado pudiese haber sobrevivido un ser humano. Antes de irnos encontramos una pequeña placa, sobre una roca que nos costó leer, pero decía "Nombre de Jesús".
Se sentó en la barra del bar, era tarde y solo le quedaba humor para un whisky antes de volver a casa. El barman se dedicaba a limpiar copas y sólo se detuvo ante su interrupción. Le sirvió el whisky y continuó en lo suyo. El bar estaba desierto, salvo por otro hombre sentado también en la barra a su derecha. Lo miró como quién mira el decorado y pensó fugazmente que se trataría de otro oficinista como él, acostumbrado a la combatir la rutina con un trago cada tanto, aunque al ver como vestía le dio más por pensar que se trataría de un vagabundo que había juntado lo suficiente para gastarlo en alcohol.
Bebió un poco, disfrutando el líquido y el frío de los hielos, entonces el hombre se dirigió a él y, como suele suceder en la barra de los bares, sin siquiera presentarse le contó su historia.
En las barras se suelen oír problemas de amores, o de trabajo pero esa vez no fue así. Le dijo que era chaman, es decir que podía ver y hablar con espíritus. Pero a él solo se le ocurrieron una pila de chistes y comentarios sobre el tema que prefirió no comentar para no comenzar una inútil discusión sobre la realidad y la fantasía, solo se remitió a responderle y opinar con generalidades y vagos comentarios. Hablaron unos cinco o diez minutos, hasta que terminó la bebida, pagó y se fue, dejando al chaman solo en la barra.
Una vez fuera el barman, que ya había terminado de ordenar las últimas copas, apagó las luces y se fue, ya que no quedaba nadie más en el bar, es que hacía mucho que era barman y ya no se sorprendía de ver gente hablando sola en su bar.
Venía solo en el coche subiendo por el bosque, no había ruidos ni otras luces más que las de los faros del coche. No recuerdo en que venía pensando, pero entonces apareció, de la nada, esa luz. Era como un sol, pero más blanca y brillante, y parecía venir de todas partes, como si el bosque entero la emitiese. Recuerdo que no había sombras, solo luz. Duró unos dos o tres segundos, y luego todo volvió a la normalidad. Supongo que lo lógico sería investigar que fue, o quien produjo tal extraño fenómeno, pero sería complicarme la vida, y por ahora no tengo tiempo para ocuparme.
Me había llegado un comentario nuevo a mi blog. Recuerdo que decía algo sobre un sueño, que era igual o similar a uno de mis cuentos. No sabía quién había escrito el comentario, pero al día siguiente me llego otro, con el mismo mensaje, pero sobre otro cuento. El hecho fue repitiéndose, la gente me decía, a veces extrañados, otras sorprendidos, que escribía cosas que habían soñado. Por eso tuve que dejar de escribir, no era justo robarle los sueños a la gente, no es que exista una propiedad intelectual sobre éstos, pero debería existir. Pasó un tiempo y ahora decidí volver a arriesgarme, con la esperanza al menos, de nunca conocer a nadie de los cuales obtengo mis cuentos.
Miró hacia el cielo, contemplando las maravillas de la noche sobre un manto de infinitas estrellas. Se preguntó, como nos preguntamos alguna vez, si existirán otros seres en aquel infinito universo. Tal vez sí, tal vez no, nunca lo sabrían... Ya era tarde y decidió volver a su hogar, estaba empezando a hacer frío, y es bien sabido que las noches de frío son terribles en esa época en parte de Urano.
Hola - apareció escrito en el chat.
Hola - respondí por instinto y sin saber ni preguntarme quién era.
Comenzamos a hablar, de nuestras cosas, como quién conoce a otro por un chat y, solo por curiosidad, entra a contar y escuchar...
Pero la cosa fue enrareciéndose, es que comenzamos a coincidir en todo, nuestro nombre, nuestra forma de ser, nuestras aficiones, hasta nuestro aspecto físico, según lo que describíamos. Primero, supongo, habremos pensado que era casualidad, luego que era una broma, pero en cierto punto decidimos contarnos algo privado, alguna historia o vivencia jamás contada a nadie, y también eran idénticas nuestros relatos. Por último decidimos escribir alguna clave o contraseña que nadie más que nosotros supiésemos, y cuando apareció el mismo código descubrimos que éramos el mismo ser.
Había oído alguna vez la historia de que todos tenemos, en alguna parte del mundo, un ser idéntico en todo aspecto, pero nunca pensé que lo conocería, es que ahora, con internet por lo visto es posible. Decidimos borrarnos como contactos y nunca más volver a hablarnos ni hablar del tema, no sea que esta situación nos llevase a un problema. Ese mismo día cambié todas mis claves, más que nada por costumbre, aunque estoy seguro de que alguien, en algún lugar, estaría haciendo lo mismo.
Estaba en el metro leyendo un libro de esos que se escribieron para leer en un metro, apenas una docena de actores interpretaban diferentes tareas clásicas de viajeros en el resto del vagón. Una mujer mayor con un niño que debía ser el nieto, un hombre de barba blanca y maletín marrón que parecía un profesor de universidad según los interpretan en la ficción, un chico con auriculares y una mirada inmersa en su mundo musical y marcando el ritmo con un pie, y cuatro o cinco ejecutivos de traje y corbata del nivel correspondiente a los que viajan en el metro. Pero había alguien más, un hombre de unos sesenta años, sentado en absoluta calma, al otro extremo del vagón. Su aspecto y su forma de vestir lo hacían pasar completamente desapercibido, como una parte más del paisaje urbano. Pero ese día, quién sabe porqué motivo, le presté unos segundos de atención. Fue suficiente. Pasaron unos días, no sé cuantos exactamente, cuando estaba caminando por la calle y vi al mismo ser, vestido exactamente igual a como lo recordaba, sentado descansando en un banco en el parque. No le presté la suficiente atención, si es que apenas lo reconocí, pero ese mismo día por la tarde, volví a verlo en una parada del autobús, estaba esperando inmóvil la llegada del bus, con la mirada fija en la esquina por donde debía aparecer el vehículo. Días mas tarde volví a descubrirlo, esta vez un poco más oculto, estaba de pie esperando el semáforo para cruzar la calle. Hasta entonces verlo era solo una curiosidad, pero al día siguiente todo cambio: entraba al metro cuando me lo crucé en la escalera mecánica, él salía de la estación, subiendo por la escalera, mientras yo estaba bajando. El metro apareció apenas ingresé al anden y, luego de subirme, éste cerró sus puertas y arrancó como siempre. En la estación siguiente, apoyado contra una columna, estaba nuevamente el hombre aquel. Era imposible, tan imposible que pensé que me lo estaba confundiendo con otro ser, pero en el fondo sabía, estaba seguro, que era él.
Me bajé del metro y me acerque a observarlo, sin saber bien que sería lo que le diría. Por fin me salió un - disculpe - pero luego quedé mudo, es que la expresión del hombre no cambió en absoluto ante mi llamada de atención, por lo que no supe como seguir. Me aproximé hasta estar de frente a él. Entonces, ante su mirada perdida, acerque mi mano y lo toqué. Su piel era dura, inerte. Lo miré fijamente y descubrí que no era un ser vivo, sino una especie de estatua. No me atreví a volver a tocarlo, aunque me quede unos segundos más frente a él, hasta asegurarme que efectivamente no era real.
Decidí alejarme y prometerme que, si volvía a verlo, no me acercaría a él. Si es que se trataba de un extra o parte del escenario que completan el mundo que me rodea, es decir mi existencia, por algo lo habrían puesto allí. Quizás solo me quejé internamente de que la vida tuviese tan poco presupuesto como para poner figuras falsas en lugar de actores reales para adornar la escenografía de mi historia de vida cotidiana.
Iniciamos juntos el viaje, aunque en un punto el camino se separaba, no nos pusimos de acuerdo y cada cual tomaría su rumbo. Fue duro viajar solo, no había con quién hablar, con quién comentar las cosas buenas y malas del camino, ni siquiera con quién discutir. Pasaron muchos paisajes, lagos, montañas, llanuras, Hubo días soleados, días de tormenta y hasta nevadas. El camino a veces era recto y llano, otras con pendientes y curvas. Un día otro camino se unió y volvimos a encontrarnos. Comenzamos a caminar juntos otra vez, compartiéndolo. Pensamos que continuaríamos mucho tiempo así, que nada nos volvería a separar, pero llegó otra bifurcación, la misma indecisión sobre el camino a tomar, y otra vez nos alejamos.