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- ¿Que van a hacer esta tarde? - les preguntó Dios a un par de ángeles que pasaban por ahí. Y le respondieron que no tenían planes aún ya que era temprano pero que tenían ganas de bajar a la tierra.
Entonces él todopoderoso les pidió, mostrándoles una carta y un papel con una dirección anotada: - ¿pueden llevarme ésto y dárselo a un anciano que vive en esta dirección?.
– Como no jefe – respondieron amistosos y se fueron.
Tomaron el ascensor de las tres y media que los dejó en la tierra media hora mas tarde. Se habían disfrazado de dos niños de nueve años y caminaban por las calles observando las vidrieras. Tomaron un helado y luego fueron a la playa a tomar sol y hacer castillos de arena hasta las siete, cuando uno de ellos recordó la encomienda y dijo: - tenemos que llevar la carta que nos dio el hombre de barba.
- Cierto, vamos – replicó el otro ángel.
Pero se perdieron en el camino ya que no conocían, en esa ciudad, donde debían ir exactamente. Cuando por fin llegaron a las once y media de la noche golpearon la puerta pero nadie respondió, entonces leyeron una nota que decía: “me fui, cansado de esperar una señal”.
Los ángeles se miraron preocupados y luego uno de los dos, al girar preocupado, vio que un señor cruzaba la calle alejándose de ellos, de inmediato supieron que ese hombre era el que vivía en aquella casa y por tanto el que debía recibir la carta, habían llegado justo cuando se estaba llendo. Corrieron para alcanzarlo y cuando lo hicieron, agitados, le informaron: - tenemos una carta para usted.
El hombre observó algo sorprendido a los niños y luego atinó a darles las gracias antes de que estos se fueran corriendo y jugando con las baldosas. Luego abrió la carta, que no tenía remitente, y leyó: “se paciente y verás la señal”.
El sol se derrumbaba paso a paso sobre la tarde, eran ya casi las siete, el calor del asfalto cedía frente a la voz del anochecer. Las ruedas giraban eternamente, llevando hacia adelante la pesada carrocería.
Veía una ruta inmóvil uniéndose al lejano horizonte. Debía detenerse pronto para afrontar la noche. Esos caminos eran nuevos para él por lo que, al ver el cartel que de repente apareció en la recta, halló una conveniente solución a su reposo.
“Esperanza”, decía junto a un numero cinco que marcaba la distancia en kilómetros. Era cerca y –debía ser un pequeño pueblo, de esos que nadie suele visitar – supuso al divisar la bifurcación de tierra que lo llevaría hasta el nuevo destino.
Aún no oscurecía cuando el camino murió en la calle principal de un caserío. Su primer presentimiento fue que el lugar estaba abandonado, quizá por eso se alegró un poco al ver a un anciano meciéndose bajo el portal de una descuidada casa de madera.
Detuvo el camión a un lado de la desierta calle y una pequeña nube de polvo lo rodeó provisionalmente. Descendió para estirar sus músculos contraídos por las horas sentadas frente al volante en la cabina. Entonces se sorprendió al respirar, era algo difícil de definir, el aire estaba como enrarecido, estancado, insípido, no soplaba ninguna clase de viento, ni siquiera una leve brisa, sin embargo recordaba como el viento había estado moviéndo los arbustos esa tarde en la ruta.
Pero no pensó más en ello y dispuso su mente en preparar su cabina para dormir. Solía detenerse en estaciones de servicio pero esta vez no tenía esperanzas de hallar alguna ya que no había visto autos en lo que parecía ser la única calle del pueblo. Aún así, sentía hambre y debía buscar provisiones.
Miró a su alrededor buscando una despensa entre las precarias construcciónes. Descubrió así que muchos lo miraban, tanto ancianos como niños, desde cada ventana, desde cada puerta o de pie sobre la calle. Era de suponer que en un lugar casi sin movimiento como lo era ese pueblo, ver a un forastero sería noticia, pero en los ojos que lo observaban percibió algo inusual. Era como una luz, como una sensación de esperanza, esperanza barrida tras un manto de agonía, de sufrimiento.
Se fijó, también, que miraban al camión como esperado algo de este. Una espesa mezcla de sensaciones lo rodeaba. Se sentía incómodo, atropellado por las insistentes observaciónes de la gente. Creyó que todo pasaría pero la nube se polvo se esfumó, sus piernas descansaron, y las penetrantes miradas seguían atravesando las paredes del camión. Por el contrario, cada vez le producían mas intriga y temor.
El aire reposaba sin ganas, como cansado, descubrió que le costaba calcular el tiempo y el espacio allí. Se acercó a un hombre de entre los que lo miraban. Este parecía esperando ansioso una pregunta y él se la ofreció: – perdone, ¿Dónde podría conseguir algo de alimentos?– preguntó venciendo el temor que lo enmudecía. Sus palabras sonaron secas y parecieron tardar en recorrer la distancia. El hombre simuló no prestarles atención, en cambio, lleno de esperanza en sus ojos preguntó: –¿es usted?, ¿usted debe traerlo?–.
Sin comprender la pregunta respondió: –no sé a que se refiere, yo necesito algo para comer, es que desde el mediodía que no como.
Pero el hombre lo interrumpió sin importarle lo que le decía. Parecía emocionado al verlo. –Sí. ¡Usted debe traerlo!. Así fue como nos lo relataron nuestros padres, y así se lo contaron nuestros abuelos.
Notó entonces que el resto de la gente se iba aproximando lentamente y en silencio.
–Yo, no sé que esta diciendo - vociferó desconcertado. Entonces observó que la gente ya se hallaba al pie del trailer. –No sé que buscan – dijo, esta vez a la pequeña multitud allí reunida.
Alguien de entre el grupo gritó: –¡debe estar dentro de ésto!– refiriéndose al camión. –Solo llevo latas de conservas, no hay nada más adentro – respondió atemorizado.
Pero nadie parecía creerle, esperaban algo más. Entonces fue hasta la parte trasera del acoplado y, con intención de demostrarles que sólo tenía latas de tomate en su interior, lo abrió.
Los ojos de las personas allí reunidas se llenaron de una extraña alegría al observar el interior.
–¿Qué sucede?– se preguntó a sí mismo cuando dio media vuelta, intrigado por una súbita sensación que lo desconcertó. No había ningún cajón con latas de conservas, solo el espacio vació y, en el centro, una silla. En ella, un anciano aguardaba pacientemente. Su expresión fue tan inexplicable como lo que veía. El viejo se puso entonces de pie con tranquilidad, como si todo el tiempo hubiese estado esperando el momento, avanzó hasta la puerta y tendió la mano para que lo ayude a bajarse.
Hace varios días que no abría el acoplado, este se cerraba por fuera, era imposible lo que sucedía. Las preguntas lo invadieron. –¿De donde vino, como sobrevivió, quien era?–.
La gente perecía satisfecha. El extraño ser se paró en la calle y lo miró a través de sus ojos. –Gracias por traerme - le dijo, y justo antes de que haga la pregunta le agregó: – soy la esperanza de este lugar. Ahora puedes seguir tu camino - concluyó.
El camionero, asustado cerró las puertas del vacío trailer y subió a la cabina, puso en marcha el motor y dando la vuelta volvió por el camino a la ruta sin mirar atrás. En el asiento del acompañante había un pan de esos que solía pedirle a su padre cuando era niño, un trozo de queso del que más le gustaba y una botella de agua fría. Exactamente lo que tenía pensado comer cuando llegaba a aquel poblado.
Ya en la ruta se detuvo, en un intento de vencer el temor que aún lo entumecía se bajo de la cabina, caminó hasta la parte trasera y abrió el remolque. Como supuso, estaba repleto de cajas, todas con latas de conservas.
Papeles sobre papeles sobre más papeles; eso hay detrás de cada pluma, detrás de cada farol de esos que iluminan las palabras que alguien quiere decir, y necesita de ellos para hacerlo.
¿Quién piensa en volver atrás por las hojas arrugadas y arrojadas al cesto?, seguro que allí vivirían más felices, hablando entre ellas sobre lo que no llegaron a ser y dejándose ver las arrugas que ahora cubren su faz, su piel. Uno que piensa en ellas cree que no son nada pero sí lo son y lo saben...., son todo lo que fueron, todas esas palabras que estructuraron lo que quedó arriba, sobre el escritorio, esas palabras que sirvieron de corteza, de apoyo, de cimientos. Cada frase un ladrillo que construyó aquello que ahora tiene forma y vive.
Entonces el creador tomó aquello, lo convirtió en un nuevo bollo y lo arrojo con la precisa puntería de quién supo hacerlo muchas veces, y los demás papeles lo recibieron y tuvieron una nueva versión, y vieron así en lo que se estaban convirtiendo.
Y sobre el escritorio ya había una nueva hoja en blanco y ya comenzaba una nueva vida, quizá esa sería la última, o quizá no.
Yo era un hombre feliz, tenía un buen trabajo, una espléndida novia, un auto deportivo y ropa de marca. Me pasaba el día moviéndome de un lugar a otro, distribuyendo mi tiempo entre reuniones, deportes, eventos, salidas, cenas y fiestas. La vida me sonreía, bueno, si no fuera por esos dolores de cabeza que una vez cada tanto me atacaban, pero ese detalle no podía alejarme de mi perfecto bienestar y mi armónico existir. No le podía pedir nada mas a nadie.
Vivía en una calle sencilla, de edificios muy parecidos. En la vereda de enfrente se podían ver las ventanas de mis vecinos y cada tanto, mientras tomaba una cerveza y me distraía, observaba hacia allí.
Todo comenzó un día que vi a un hombre en la ventana de enfrente mirando televisión. Estaba de costado, sentado en el sillón y era un partido de fútbol lo que miraba. Me dio lástima verlo así, tirado, sin nada que hacer mas que estar allí, frente a la televisión. Parecía triste, desgraciado y no se porque, pero se me ocurrió visitarlo.
Me recibió contento de hablar con alguien, era como si fuese el primero en mucho tiempo que entablara una charla con él. Me invitó a tomar una cerveza, que era la marca que a mí me gustaba por lo que accedí. Su piso, visto desde adentro no parecía mal arreglado, pero tampoco era, digamos, lindo. El desorden se inspiraba en los objetos revueltos por el salón y en una cocina repleta de vasos y platos sucios.
Hablamos toda la tarde y note que era bastante parecido a mí, aunque no tenía un gran trabajo ni una vida exitosa como yo. Al día siguiente lo invité a cenar, pero no vino.
Pasó una semana y no volví a verlo, creí que lo había ofendido o incomodado con los comentarios sobre mi vida mientras que él parecía infeliz y triste con su existencia. Pero una tarde volví a verlo por la ventana, estaba una vez más, sentado allí, tomando una cerveza y mirando la televisión.
Volví a cruzar la calle y a visitarlo, no se si esta vez era porque me daba tristeza o por la curiosidad de que, siendo yo quién era, no hubiera aceptado mi invitación a cenar aquella noche.
Me recibió como si fuese un extraño, aunque me invitó cortésmente a tomar una cerveza y comenzamos a hablar de muchas cosas. Pasadas las diez y media me fui a mi casa. Antes de irme a dormir pude verlo una vez mas, sentado mirando televisión. Me volvió a dar lástima.
Al día siguiente volví a visitarlo y le lleve una caja de cervezas, de esas que nos gustaban a los dos. Nos tomamos un par juntos y antes de irme, como sintiéndose obligado a retribuirme el regalo, me entregó una camisa a rayas, no muy linda, pero que acepté con agrado, me dijo que se la habían regalado pero que no la utilizaba porque no sentía que fuese para él. El día siguiente se me ocurrió ponérmela para ir a trabajar, no era de marca pero me sentaba bien. Esa tarde volvía visitarlo y le pregunté si quería ir a mi casa a cenar esa noche. Me respondió, con un tono de misterio, que no podía hacer eso. Le pregunté porque y me respondió que debía saberlo, pero que de no ser así, algún día lo sabría. Antes de irme me preguntó si me había probado la camisa y le respondí que sí, y que me había gustado mucho, que era para mí.
A la mañana siguiente me desperté temprano y al vestirme se me ocurrió ponerme nuevamente esa camisa, pero estaba algo sucia por lo que la llevé a lavar. Antes de meterla en la máquina, como por instinto, coloqué la mano en el único bolsillo que tenía, a la altura del corazón. No estaba vacío, mis dedos tocaron algo que parecía papel. Era una tarjeta: -Dr. Escudero - decía en el centro y debajo había una dirección. La guardé pensando en devolvérsela en el próximo encuentro.
Esa tarde volví a sentir un fuerte dolor de cabeza. Hacía varias semanas que no me sucedía, pero esta vez fue un poco más fuerte que las veces anteriores. Me preocupe, lo confieso, y por eso quizás decidí ir a visitar a un médico. El primero en venir a mi mente fue el Dr. Escudero. Llamé por teléfono y concerté una cita para ese mismo día, un par de horas más tarde.
Era un poco lejos pero llegue puntual, me recibió una secretaria y sin mucha espera me hizo pasar.
- Buenas tardes – me saludo un hombre mayor lleno de títulos que colgaban de las paredes. – Soy el Dr. Escudero, psiquiatra – se presentó.
- ¿Psiquiatra? – pensé. Me había equivocado por completo. - Perdón, yo en realidad lo he confundido, mi problema es un fuerte dolor de cabeza, requiero un médico clínico – me disculpé disponiéndome a retirarme.
- No, usted no está aquí por su dolor de cabeza, eso es lo que cree, pero en realidad usted me visita por sus problemas – me dijo como si me conociera a la perfección.
- Usted me confunde – le dije, - es que me dieron esta tarjeta y pensé... – pero me interrumpió.
- Se la dio una persona de la cuál usted siente, digamos, ¿lástima? – preguntó.
- Yo no diría eso, pero de todas maneras usted debe confundirme con él – deduje al tiempo que le decía – ese hombre deberá ser paciente suyo y por error yo terminé con su tarjeta y vine aquí, pero es tan solo un malentendido – volví a explicarle.
- No hay malentendido, usted esta aquí porque por fin decidió venir, hacía mucho tiempo que esperaba verlo y me alegro de que finalmente se haya decidido a aparecer, es más, esto es algo que debemos festejar – dijo buscando una botella de Coñac y sirviendo dos vasos con hielos.
- No, usted no comprende... – le dije notando un claro estado de emoción en sus ojos, como si hubiese resuelto algo, pero volvió a interrumpirme.
- Hace meses que estamos esperando este momento con su vecino, el momento en que me visitara – dijo sin prestarme atención y terminando de servir la bebida. – Tómese esto – me dijo entregándome uno de los vasos.
- Pero es que no tengo ningún problema, mi vecino, en todo caso, es el que lo visitaba, pero yo nunca...fue un error venir – traté de decirle pero volvió a insistir.
- Usted sufre una enfermedad, y por fin lo tengo frente mío para decírselo en persona, escúcheme con atención, usted padece un problema de doble personalidad, es algo común y se puede tratar hasta que la otra personalidad, la falsa, desaparezca - explico
- Entonces, ¿Ese hombre, mi vecino de enfrente, en realidad no existe? – le pregunté.
- No – respondió, - ese hombre es verdadero y el que en realidad no existes es usted – me dijo, esperando ver mi reacción.
Confieso que me sorprendió, pero no me lo tomé tan mal como debería, es que no supe bien porque, pero a aquel hombre, de alguna extraña manera, lo envidiaba. Envidiaba su forma sencilla de ser, su simpleza frente a la vida.
Esa tarde volví caminando a mi barrio, no puedo negar que estaba algo triste por tener que dejar mi buen trabajo y a mi hermosa novia, la cuál en realidad nunca veía, pero poco a poco fui resignándome y cuando llegue a mi calle, sin dudarlo, aunque algo confuso aún, en lugar de ir a mi piso fui al de enfrente, y con la misma llave que entraba todos los días a mi departamento abrí la puerta de mi vecino. El hombre de enfrente ya no estaba y nunca mas lo volví a ver. Recuerdo que tomé una cerveza fría y prendí la televisión, estaban pasando un partido y me senté en el sillón a verlo y a olvidarme del otro hombre de enfrente, ese que nunca fui.
- No me digas donde debo caer – recriminó el poderoso rayo a su compañero.
La tarde se estaba terminando pero la tormenta eléctrica recién comenzaba cuando se oyeron, en el idioma de la naturaleza, aquellas palabras.
- Otra vez discutiendo – comentó una nube cercana a su compañera.
- Serás tozudo. ¿De que sirve que caigamos los dos en el mismo árbol?.
- ¿Y a quién le importa?, yo caigo donde quiero. Además tú eres el que se abre en ramas al llegar a la superficie.
- Tranquilos, chicos – intercedió el viento, que soplaba más abajo.
Mientras tanto, las dos nubes que estaban sobre los rayos conversaban distendidas:
- Bueno, te dejo porque veo que nuestros rayos se están peleando otra vez, no hay caso.
- ¿Nos vemos esta noche?
- Dale, ¿vamos a cenar vapor de mar?
- Perfecto, entonces quedamos sobre el mediterráneo a eso de las diez, ¿esta bien?.
- Perfecto, adiós – concluyó y se separaron, alejando cada una a su rayo.
Hace ya varios días que estamos en el mismo lugar, no es posible avanzar, al menos sin ser masacrados en los primeros veinte metros, y aunque eso nunca fue un impedimento para el alto rango, en esta ocasión nadie ha enviado ordenes para hacerlo.
Hoy me toca estar de vigía. Es difícil atreverse a observar por la mirilla entre los sacos de arena que cubren la trinchera, pero al hacerlo durante varias horas el miedo se derrite. A veces pienso en como puedo seguir sintiendo miedo, pero realmente siempre se sigue sintiendo.
Durante el último avance quise morir, que acabase todo de una vez, al menos cuando vi que mis compañeros caían uno a uno a mi alrededor. Pero entonces sentí un líquido recorrer mi cuerpo y bajar por mi pierna. Me sorprendió como reaccioné cambiando de opinión de inmediato. Rogué a Dios que me dejara vivir, que no fuese mi final, le pedí aunque fuese un día más, un rato más para ver el cielo, cubierto de humo negro de los obuses que llueven en los bombardeos. Y Dios me oyó, o al menos así lo entiendo yo. Miré mi cuerpo esperando ver el horrible agujero de bala y la sangre a su alrededor, pero no había mas que agua, y mi cantimplora de campaña destruida.
El campo esta libre, desolado y cubierto de barro. Hay algunos cuerpos recientes, de nuestro último intento frustrado de avanzar. Es mas, puedo ver a unos diez metros a quién fue compañero mío durante casi un mes. Ya conocía a su esposa he hija por las fotos y las cartas, y hasta había llegado a simpatizarme. Ellas aún no deben saber que su esposo y padre esta tirado en el campo de batalla, sin vida y apenas reconocible. Debe haber sido una carga aérea, ya que su espalda se encuentra repleta de esporas. Además hay otros cuerpos, uno apenas su puede seguir llamándose cuerpo, esta quemado, partido al medio y separadas sus partes varios metros. Nadie podrá reconocerlo. Espero no terminar así.
Mas adelante se ve la trinchera enemiga, unos doscientos metros delante nuestro. Siempre, a esta hora, puedo ver al vigía que cumple el mismo trabajo que yo, pero del otro bando. Un par de veces sentí sus ojos clavados en los míos. ¿Sentirá él lo mismo al verme?.
El paisaje era nefasto, aburrido, era difícil mantener la mirada hacia aquel infierno, no había nada, bueno, nada no, a la izquierda, en medio del terreno arrasado, siempre sobresalía aquel árbol, lo único que se mantiene firme a pesar de las bombas y de las balas que pasan por su lado. Ya apenas es un tronco muerto, con unas pocas ramas quemadas, pero sigue en pie.
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Alfio era fanático de Independiente, había comenzado a seguirlo he ir al estadio cada Domingo. Allí había conocido a Jorge. Se sentaba a su lado, en el asiento de la izquierda y juntos alentaban y criticaban al equipo. Así nació la amistad, siempre con el tema mas popular de los hombres. Jorge tenía sesenta y ocho, Alfio setenta, ambos jubilados. El grupo de la peña de independiente era más extenso: estaba José, Carlos y Antonio. Todos iban a los partidos de local, y de a poco comenzaron a reunirse en la casa de alguno para comer un asado y seguir los partidos de visitante.
Esa tarde Independiente ganaba uno a cero contra Boca. Había terminado el primer tiempo. El partido era aburrido por lo que no daba mucho de que hablar. Luego de hacer ciertas apuestas sobre los cambios que Independiente realizaría al volver al campo, Jorge fue a buscar dos cervezas y brindaron por la amistad.
El tema salió mas tarde, cuando Alfio hablo de que el delantero de Independiente era Italiano, del norte, como él. Jorge le pregunto de que parte era, y además porque había emigrado. La guerra fue la triste respuesta. Jorge asintió y confeso que para él también había sido la causa. Así comenzaron a hablar del tema, de la crueldad del hombre. Alfio fue el que dijo que había combatido del lado Italiano, en las trincheras del norte.
- Recuerdo que desde donde habíamos situado el campamento, nos separaban doscientos metros del enemigo, el campo estaba devastado por completo, bueno, en realidad no del todo, había quedado en pie tan solo un árbol que siempre podía ver a mi derecha cuando estaba de vigía.
Salió puntual como todas las mañanas, y se dirigió a la parada del autobus de plaza españa. Miró el reloj del hotel mientras esperaba a que pasara el 37. Decia las 7.55. En general tardaba entre 5 y 10 minutos. Había dos personas mas en la parada. Pasó un rato y el 37 no llegaba, entonces miró otra vez el reloj. Ahora decía las 7.51. Siempre llegaba antes de las 8.30 a su trabajo, para escribir, todas las mañanas, el pequeño artículo de ciencia ficción, que el diario publicaba cada día en la edición de la tarde. Le apasionaba la ciencia ficción y amaba su trabajo.
- es imposible – pensó, - ¿como puede ser? – se preguntó asolado.
Pero miró a los que se encontraban a su lado y nadie parecía impresionarse por el suceso.
- ¿Qué pasa? – se preguntó. – ¿Porque a nadie le llama la atención? -.
Volvió a mirar a su alrededor y todos seguían igual de apacibles, como si nada sucediese. Una mujer mayor lo observó, como si percibiese que algo le ocurría. – ¿Por que me mira así? – pensó. - A mi no me ocurre nada, sino a ustedes – quiso decir pero no se atrevió. – Ahora yo soy el extraño -, dedujo indignado.
Miró el reloj otra vez: decía las 7.48.
- Claro, el 37 nunca pasará así – concluyó. – Y yo salgo del trabajo a las 18.00, así que debería tomármelo a las 19.30 de mañana mas o menos – calculó asimilando que el tiempo seguiría corriendo al revés.
Entonces volvió a su casa.
En ese mismo momento, el jefe de los tres trabajadores de decía al gerente del hotel:
- El engranaje se soltó y esta girando al revés.
- ¿Cuánto van a tardar en repararlo?.
- Al menos media hora.
Eran las mentes que dominaban los cuerpos. Como el suyo, ese que le habían entregado al nacer, y lo sabía porque tenía una herramienta que nadie conocía, había encontrado un fragmento perdido del “Poema del ser”, el mas bello, a su entender, de lo escrito por Platón. Lo situó de inmediato entre el quince bis y el dieciséis, incluso llego a asignarselo a el quince mismo. Era hermoso y decía mucho mas que la única palabra que se conocía de aquella parte: acuarraigada. Era correcto que se refería a la tierra aquella única palabra, tan correcto como lo que hablaría luego sobre “la mezcla de muy extraviados miembros, así el noûs esta a disposición de los hombres. Pues lo mismo es lo que reflexión, phýsis de miembros para los hombres, para todos y para todo. Pues lo más es el pensamiento”...
El calor agobiante de la tarde se había desintegrado en el desalmado frío de la noche, pero él seguía inmerso en su tienda de campaña, sin sentir ni calor ni frío, ni sueño ni hambre, desprovisto de todo salvo obsesión y corrompiendo su mente entre intriga y conocimientos difusos que nacían desde donde habían sido enterrados. Tenía clara su esencia, fluida en un universo de espíritus, de almas que se liberan al recibir el poder para escapar de sus celdas, cuyos barrotes se esfuman al sufrir las tormentas del tiempo y de lo finito.
¿Y en quién podía basar su existencia en esos momentos?, si el gratificante sabor del descubrimiento sabía conocerlo, ese descubrimiento que no llego a ver la luz, que no llegó a mostrar al mundo, pero por tan poco...
Se apoyó sobre la mesa, dejando brotar su alma sin forma definida por la extensión de su cuerpo transparente mientras fijaba su mirada a los papeles. Pensaba lo importante que era su hallazgo, como cambiaría la filosofía con esas nuevas líneas. Eran solo pensamientos lo que sentía, pues sus dedos no llegaban a tocar el papel, sus dedos no podían moverlo, solo podían pensar.
Entonces se oyeron voces que se acercaban, supo que no pertenecían a su plano existencial, eran voces del más allá, del lado opuesto de la cortina que divide a las almas encerradas de las libres.
- Pudo haberse salvado si hubiese salido a tiempo – dijo uno de los jóvenes, notablemente consternado al entrar a la tienda.
- Pero sabes como era el profesor, no abandonaría el trabajo de tantos meses por un peligro de derrumbe, su obsesión por hallar esos escritos fue su perdición. – opinó el otro.
- Ahora se quedo sin esos papeles y sin vida – completó el primero mientras pasaba a través del alma sin cuerpo y transparente que, sentada sobre en su escritorio, continuaba al margen de los intrusos, leyendo el poema de Platón que había descubierto justo antes de que el techo cayera.
La biblioteca quedaba al otro lado de la ciudad pero, en cuanto supe la respuesta no pude dejar de contener mi intriga y sin pensarlo dos veces tomé un abrigo y salí deprisa hacia allí.
En el camino me pregunté porque habrían elegido mi dirección, pensé que la carta podía estar dirigida al inquilino anterior, pero eso no me impediría encontrar lo que buscaba.
Hacía dos años que alquilaba aquel piso y recordé que el agente inmobiliario me había dicho que el anterior inquilino era un hombre muy extraño que un día, de pronto desapareció y nunca más supieron de él. - Mejor, pues yo me haría con lo que seguramente, era para él – pensé.
Esa mañana había abierto mi casilla de correo como todos los días, y entre promociones y cuentas de servicios encontré la carta. No tenía remitente pero la dirección era la correcta. Mientras tomaba el desayuno la abrí, decepcionándome un poco al encontrar tan solo un pequeño papel con apenas unas líneas incomprensibles.
“Donde vives no hay libros,
Donde hay libros no vives,
Pero donde hay libros y donde vives esta la clave.
Y las páginas están formadas por letras, las letras por paginas, y este mensaje tiene tantas letras...”
Caminé por el salón sin cesar, de punta a punta, pensando y pensando en lo que ese papel decía. El sonido hueco de mi andar sobre el piso de madera me inspiraba mientras llegaba por fin a la respuesta.
Entré a la enorme nave principal del hermoso edificio donde dormían mas de cinco mil libros de todo tipo, lo recorrí buscando el sector ocho y el cuarto pasillo. Lo encontré pronto y allí busque en el segundo lado, es decir sobre los libros a mi derecha, y, de los cinco estantes, busque en el tercero.
Como supuse, entre los libros de aquel sector encontré uno que se llamaba “La Fuente”.
Me sentí satisfecho por haber resuelto el acertijo:
¿Donde hay libros?, en la biblioteca
¿Dónde vives?, en la Calle de la Fuente, nº 84, piso 2, puerta 3.
Dentro de la biblioteca, en ese lugar, encontraría la clave.
Abrí impaciente el libro en la página 163, la misma cantidad de letras que tenía el mensaje, como decía la última de las claves.
Allí encontré un papel similar al que le habían enviado esa mañana que decía:
“Eres inteligente, lo has descubierto y me alegro, pues yo necesitaba que te alejases de tu piso para tomar algunas cosas que tuve que dejar allí”
Volví corriendo, pero era tarde, habían abierto la puerta y tres de las maderas del salón principal habían sido movidas a un lado, dejando al descubierto un pequeño espacio donde seguramente se escondía algo.
Hace tiempo que quisiera escribir sobre éste tema, que cuando estoy escribiendo sobre otra cosa se asoma y me muestra su esencia, pero cuando quiero escribirlo ya no me acuerdo como era. Y me paso un tiempo pensando y luego me rindo y sigo con otra cosa, entonces vuelve a aparecer. A veces llego a esperarlo, como quien se sienta frente a una puerta esperando que se abra y alguien entre. Y así pasan los días y siempre esta ahí, oculto en un rincón, agazapado, aguardando el momento en que uno esta distraído y lejos de la pluma para dejarse ver y burlarse de mi pobre memoria, y así seguirá hasta que lo atrape, porque insisto en que algún día lo voy a atrapar, tan cierto como la sensación de amargura que libera en mi paladar cuando no lo recuerdo, ese vació que deja cuando huye, y esa desesperación cuando lo persigo entre las miles de habitaciones en que se divide ese laberinto que llamamos memoria.
He puesto trampas a mi mente, he colocado jaulas en los pasillos de mi subconsciente, he cavado agujeros para que caiga entre los recodos de mi cerebro, diseñe reglas para iluminarlo si se mezcla con mi imaginación, pero siempre logra evitar todo lo que hago, siempre me muestra que ha vencido frente a la hoja vacía con la que me abandona, hoja como ésta que tengo frente a mí en este momento y sobre la que escribo ahora. Debe estar cerca, entre las sombras escondido, mirándome de lejos y riendo de mi situación. Es que hace tan solo un rato lo vi pasar, lo juro, y por eso corrí al escritorio y busqué de inmediato esta pluma y este papel, porque son las únicas armas verdaderas que tengo para cazarlo. Pero..., si estoy aquí sentado, escribiendo esto, es porque hoy tampoco lo he logrado atrapar.
Planeaba mis vacaciones, esta vez quería algo distinto, original y a la vez pretendía que fuese algo impulsivo, cuando pasé por la vidriera de la agencia de viajes y leí: “Conozca Syldavia por 360 €”. No tenía idea de donde podía quedar pero supuse que sería uno de esos pequeños países europeos que alguna vez habría tenido que aprender en geografía y luego había olvidado. Las fotos del lugar que se mostraban eran bellísimas, con lagos y montañas y campesinos vestidos con prendas tradicionales. Decidí entrar a preguntar. La chica de la agencia me mostró folletos y me aseguró que eran unas tierras dignas de ser visitadas. Me aclaró que el precio incluía el aéreo, cinco noches de hotel en un cuatro estrellas al pie de la montaña en un valle de bosques, media pensión y algunas excursiones, entre ellas una al centro aéro-espacial.
Cumplía todas las exigentes condiciones que me había impuesto aquel verano por lo que me decidí por conocer este desconocido país.
Una semana más tarde aterrizaba en el aeropuerto internacional de Szohod, capital de Borduria, un país limítrofe de Syldavia que tampoco conocía, aunque este nombre me sonaba algo más conocído, sentía que lo había oído nombrar o lo había leído en alguna parte, en realidad también sentía lo mismo de Syldavia, pero es que por los Balcanes, todos los países parecían tener los mismos nombres.
En el aeropuerto nos esperaba un micro que nos traslado hasta la frontera, atravesando campos de cultivos sobre una ruta angosta apenas pavimentada. El paso fronterizo fue complicado, revisaron mi equipaje ya que ambos países tenían una larga historia de hostilidades que yo hasta entonces desconocía pero que fui aprendiendo a medida que leía los folletos que la agencia me había proporcionado.
Desde que pise aquellas tierras comencé a sentirme fuera de la realidad, no era algo sencillo de percibir, solo que el mundo parecía de otro tono, como si las cosas fuesen más coloridas, como si las personas y los objetos tuviesen..., no se, otra forma de ser. El cielo era mas celeste, el color de la piel de la gente más anaranjados, las plantas más verdes, la tierra más marrón. Todo lo que me rodeaba era raro, distinto y en realidad no era malo, quizás si misterioso.
Me llevaron a un hotel muy lindo en las afueras de la ciudad, por allí ondeaba una bandera con un gran pelícano negro, símbolo del reino de Muskar XII. Esa tarde me recosté a descansar de tan agotador viaje y no me desperté hasta la mañana siguiente. Durante los siguientes tres días conocí pueblitos tradicionales, trepé montañas, recorrí ferias y mercados. El cuarto día me llevaron al palacio del rey donde vi el cetro con el que, según la tradición, gobierna. El guía nos informó sobre la historia de este hermoso objeto y los continuos intentos de robo, incluso habló sobre uno que casi tuvo éxito en la década del cincuenta. El último día me llevaron a visitar el centro aero-espacial, donde, curiosamente, afirmaban haber llegado a la luna. - cada país dice ser el primero en hacer todo lo que se hizo – pensé desacreditando la historia.
Tomé muchas fotos y compré algunos regalos de recuerdo que por desgracia olvide en la habitación del hotel al partir. A la mañana siguiente salí de regreso.
A la semana siguiente volví al trabajo y les conté a mis compañeros sobre mi viaje. Me sorprendió que nadie conociera el país de Syldavia, aunque uno dijo que lo había oído nombrar, y que averiguaría donde. Esa tarde llevé las fotos a revelar y al volver a mi casa pase por la puerta de la agencia de viajes, pero esta no existía más y en su lugar había una tienda de regalos.
El día siguiente cuando llegué al trabajo me esperaba mi compañero riendo por mi original broma y, abriendo un libro me mostró donde, se supone, había estado. El libro se titulaba “El asunto tornasol”, y en realidad era un comic.
- ¿Así que estuviste dentro de una tira de Tintín? – continuó riendo, - a mi no me engañas – dijo por fin y continuó sus tareas en el trabajo.
- Yo, ... – me quedé sin palabras y sin reacción hasta que por fin logré decirle: - las fotos, puedo probarlo, tengo fotos. Esa tarde fui a buscarlas y el empleado me dijo, reconociéndome al entrar – su rollo estaba en blanco y jamás fue utilizado. Se habrá confundido de carrete.
Ya no habría forma de probar donde había estado, por lo que debí simular que había sido una broma, y que en realidad jamás había viajado a Syldavia. Pero de todas maneras habían sido unas buenas vacaciones.
Había una luz que iluminaba el camino, pero como no me gusta seguir las reglas fui por mi propio sendero y me caí al vacío. Mientras caía me dí cuenta que a veces conviene seguir las reglas, sin embargo mientras pensaba esto pasó el cartel que decía "para dejar de caer tómese de esta soga" y no lo hice, no se porque pero pienso que debe ser porque cada uno es como es y nadie lo puede cambiar.
4:10 y todo parece igual entre los tejados. Parece que no hay sombras nuevas ni aves nocturnas que perturben el susurrante ruido de la ciudad. Nadie puede difundir un mensaje en este tipo de naturaleza, a menos que sea a través del mismo material que esta hecha la ciudad. Por eso debí aprender a hablar el idioma del hormigón, del asfalto y del cemento, me costo mucho pero cuando por fin lo logré podía decirle algo a un paso de cebra y esta de inmediato se lo informaba al asfalto, quién lo expandía hasta donde quisiera. Que fácil que es ahora recorrer los tejados, tanto que ya formó un mismo ente con la urbe, soy parte de su cuerpo, un trozo de su piel. Ahora las sombras también son mías, y pronto lo será también el alumbrado, entonces cada cosa que se mueva será también mía, entonces, ese día, conquistaré el cuerpo, seré el dueño de la ciudad.
Todo comenzó esa mañana, me desperté temprano y tome el diario de la puerta, me preparé un café y me senté en a leerlo. En la portada había una foto mía y decía que había matado a alguien, me alarme pero no supe que hacer, entonces miré la fecha y luego el calendario de mi agenda. Como pensaba, el diario no era de hoy sino de mañana, lo que no podía explicarme entonces era porque se habían equivocado en la impresión de aquel ejemplar y porque estaba yo ahí. Se me ocurrió llamar a la editorial del diario y me dijeron que era imposible que tuviese un diario de mañana porque todavía no lo habían impreso. Les pregunté si tenían alguna noticia de un asesinato y me lo negaron.
Se me ocurrió entonces que no debía salir pues sino terminaría asesinando a alguien. Sabía que no tenía sentido pero ¿para que arriesgarse?. Miré por la ventana toda la mañana, pensando en a quién podía querer yo matar, hasta que de repente se me ocurrió que en realidad tal vez alguien quería inculparme y yo era en realidad inocente, pero en ese caso, según la prensa, la gente pensaría de todas formas que fui yo. Debía evitarlo. Claro, pero ya sabía como iban esas historias, yo iba al lugar de los hechos y el cuerpo ya se encontraba allí sin vida y justo entonces llegaba la policía y todo indicaba que había sido yo, no caería en aquella tonta trampa.
Pasé en mi casa toda la tarde, hasta que llegó la noche y, aún algo intranquilo, me dormí. Por la mañana siguiente el diario que había quedado sobre la mesa decía en su portada: “El ministro de sanidad aprueba un nuevo plan de salud” y no había ninguna referencia sobre mí ni un asesinato. Me puse contento y, luego de preparar un café fui a la puerta de entrada, donde se encontraba el verdadero diario del día. Entonces volví a ver mi foto y leí en la portada que hablaba sobre el asesinato que había cometido. Me volví a preocupar hasta que vi que la fecha era la del día siguiente. Ese día lo pase sin salir a la calle tampoco.
Ya pasaron cinco días y siempre lo mismo, dice que mañana saldré en los diarios por un supuesto crimen. Me quede sin comida y debo salir, por eso escribo esta carta, para utilizarla en el juicio si es que sucede algo y me detienen, supongo que no servirá para darme la libertad, al contrario, la utilizarán para comfirmar que el asesinato lo había planeado, nadie creerá lo del periódico creo, pero al menos con esta carta podré declarar problemas mentales y ser internado bajo tratamiento en lugar de ir a la cárcel. Parece rebuscado pero es lo único que se me ocurre hacer, es la única solución si es que mi destino esta fijado por el periódico de mañana. Ahora ya puedo salir y, en todo caso, matar a alguien.
Mire el lápiz. Era un lápiz normal, pero lo miraba con tanto detenimiento porque no se me ocurría que escribir. Era de madera, pintado con franjas amarillas y negras. Tenía una pequeña, muy pequeña, apenas perceptible, rugosidad. Lo acerqué lo mas que pude a mis ojos, y lo puse en forma horizontal para percibir a mayor detalle dicha rugosidad que tan solo entonces podía verse con algo de claridad. Eran como desniveles que ni con las yemas de los dedos se lograban sentir. Parecían pequeñas salientes para mí. Permanecí mirándolo y filosofando sin razón.
Eran dos alpinistas, felices por haber alcanzado la cumbre de uno de los miles de picos de aquella cadena montañosa. Se miraron admirando el infinito del cielo y disfrutando aquel estado tan difícil de alcanzar donde se logra saborear una pizca de los misterios que la humanidad nunca logrará comprender.
Entonces uno le dijo al otro: - Siento que alguien nos observa -.
- Yo también – respondió el otro aún mirando al cielo.
Era tarde y la verdad se tomaba el último whisky de un sorbo, luego miraba a su mejor amiga, la mentira y le comentaba:
- ¿Porque será que somos tan amigas?.
- Porque nos odiamos – respondió desde el lado opuesto.
- No me engañas, sé que eso significa que nos queremos – dijo riendo.
Se miraron mutuamente y notaron lo similares que eran. El que lo comentó fue la verdad: - has visto lo parecidas que somos físicamente.
- Somos gemelas, ¿nunca te lo han dicho? – comentó la mentira
- Si dices eso es que no somos gemelas, pero no dudo que seamos hermanas, ya que nos ha engendrado el mismo ser. Mírate al espejo, somos casi iguales, el mismo rostro, la misma piel, el mismo tono de voz.
- No entiendo entonces porque nos ven distintas – dijo la mentira.
Pero la verdad, que conocía a su hermana y, acostumbrada a su forma de ser, sabía que lo que decía era siempre lo contrario, la corrigió:
- Pues no entiendo porque siempre nos confunden.
Sopló el viento descubriendo de entre el espeso polvo la espada, desafortunadamente no había nadie cerca para hacer de ella una señal. ¿Cuanto vale una promesa?, mas que una vida o mas que una muerte, al menos eso creo, y por eso no hice la denuncia. Pero nada esta en mí, yo solo escucho las voces del cielo, el susurro de los espíritus, yo solo me lanzo a la nada, me dejo llevar por la corriente, y la corriente son los valores, por eso no hice antes la denuncia. Porque el honor es la palabra y en él se edifica cada hombre, y en el se edifican mis prédicas, y por el sobrevive mi fe. ¿Que podía hacer entonces?, si la daga se hundió sobre mi fortaleza en lugar de hundirse en mi debilidad, si en ella exclamaba la esperanza para sobrellevar a rastras una existencia. Y fue la escolta del dolor, y fue la bandera de mi silencio, de un inevitable silencio. Cada noche de oscuridad y remordimiento, mientras las agujas estancadas se ocupaban de lastimar mis suspiros, un aluvión de impotencia me envolvía, mi orgullo soportaba los golpes del destino que lo había situado en el peor de los jaques, pero aún respiraba, y aún no era el mate. Pero en la ley de Dios dejé mis súplicas, en la ley que me enseñaron clavé la estaca del juramento: “las promesas son el todo de un ser, y la palabra de un hombre es sagrada”, sagrada mas allá de cualquier circunstancia. Al menos mientras viva, por eso mantuve silencio. Pero ya no hay nada y yo he vuelto a las cenizas. El sufrimiento de una vida que ya es parte del pasado ahora se hace gloria, una gloria inabarcable. Aún escribo desde la tierra pero a la vez me siento sobre los cielos. Llega mi hora, es tiempo de decir adiós pero no estoy triste, quizá sea el día mas felíz de toda mi estancia en este extraño lugar que llamamos mundo.
Pedí al médico y a los demás que me dejen un momento para orar en silencio y soledad. Ahora estoy solo. La habitación poco a poco va siendo envuelta por la negrura de sus rincones mientras, a través de un ventanal, veo la decadencia de una de las tantas tardes soleadas de otoño. El jardín de la parroquia mantuvo su orden y sobriedad durante todo este largo tiempo. Los árboles frutales, siempre un poco secos, nunca crecieron como cada temporada añorábamos, los helechos en cambio, supieron hacerse un lugar en las miradas de los que pasaban por la calle. Y aquí dentro, las paredes fueron cambiando aquel viejo blanco algodón por un amarillento color de vejez. La pequeña biblioteca y el escritorio permanecieron siempre lejos de todo tiempo y moda, pero hoy, después de tantos años, los dejo descansar mientras escribo desde mi cama, o mientras dejo mi cuerpo y escribo desde allá.
Porque estas hojas las envío de otras tierras, donde el ser alcanza la plenitud soñada, estas hojas deben ser consideradas de dicho modo, pues sino mi vida, mi pasado y mi eterno presente serían en vano. Pido este favor como última voluntad sobre la tierra, y espero que, por Jesucristo o por lo que fuese que el lector de estas líneas base su existencia, sea considerada. Especialmente a ese hombre que hace tanto tiempo pedía justicia.
Ahora que estoy muerto es tiempo de denuncias y confesiones, es tiempo de justicia.
Siete interminables años pasaron desde que ocurrió lo que voy a relatar. A veces lo llamaba “el reto final”. Una prueba que considero que Dios puso sobre mi camino y en mis últimos pasos, con el propósito de que le demuestre mi fortaleza y fe. Fue el mas cruel de los ataques hacia mis valores. Por una de las tantas cosas que van mas allá de nuestro entendimiento y que a la vez nos advierten la presencia de una figura superior que supervisa el universo.
Nací en este pequeño pueblo y no en alguna de aquellas grandes masas de cemento que llaman ciudades. La verdad es que ya no es tan pequeño ni humilde como lo fue cuando nací, pero en mi mente solo existen las imágenes del pasado. Hoy en realidad creció mucho y, como en todo crecimiento, los problemas sociales fueron en proporcional aumento. Caras extrañas que antes eran noticia comenzaron a tornarse costumbre. La verdad de un mundo moderno se hizo presente con su necesidad de olvidar los valores fundamentales y rellenar los baches de este déficit con falsas soluciones temporales. Pero repito, yo no puedo ver así las cosas, ya estoy viejo y quizá sea el problema, pero para mí este va a ser siempre el pequeño y humilde pueblo que yo alguna vez conocí.
Como todo pueblo perdido y alejado, cuando todo era distinto existía una enorme pobreza y muchos habitantes sufrían la carencia de techo y alimentos. Sin embargo, un fuerte espíritu de humildad y bondad entre la gente sabía hacer de este desolado espacio un hogar del bien, donde la dignidad y el apoyo mutuo eran sólidos pilares, mas valiosos que cualquier lingote de oro. Quizá esa fue la razón que me impulso a elegir tan extraña, al menos para estos tiempos modernos, profesión.
Pero volviendo al relato; recuerdo que era tarde y ya estaba oscuro, el verano dejaba pasar un par de horas mas de luz, esa pudo ser la única razón por las cuáles las puertas de la parroquia permanecían abiertas. Yo estaba en el templo acomodando las velas para que se consumieran de forma ecuánime. Con el correr de los años había descubierto que, por alguna extraña razón, siempre la del lado izquierdo se consumía con mayor rapidez. No estaba seguro de la causa pero se la atribuía a las corrientes de aire que entraban con mas fluidez de las ventanas que daban a la calle, pues sobre el patio no soplaba mucho viento.
Oí los pasos de alguien que entraba tímidamente a mis espaldas. Mi primer pensamiento convocó a uno de aquellos pequeños angelitos que a toda hora solían ofrecerme ayuda para cualquier tarea, pero era la hora de cenar y cada niño estaría sentado en la mesa con su familia. Di media vuelta algo sorprendido pero mas bien por costumbre. Era un joven. Lo miré intrigado pero invitándolo a acercarse. El interpretó mis ojos y lentamente se aproximó al altar. Al estar cerca mío percibí una expresión de catástrofe en sus ojos, supe enseguida que algo terrible le ocurría, que una desgracia lo sofocaba. Es una sensación muy difícil de explicar. Solo luego de enfrentarse durante años, día a día, con miradas que hay que leer, y sensaciones que hay que interpretar, uno alcanza e incorpora la virtud de descifrar de una mirada un estado de ánimo. Esta vez era algo grande, y por eso pude percibirlo a simple vista.
Sin formalidades como presentarse o al menos saludar me preguntó: -¿Usted es sacerdote de verdad?-. Su voz era torpe a pesar de que se esforzaba por no delatar su nerviosismo.
- Por supuesto- le respondí con firmeza para que se sienta seguro de decirme lo que debía decirme.
- Tengo que confesarme- dijo demostrando ansiedad.
- El horario de confesiones es por la mañana pero si es realmente importante puedo hacer una excepción- le comuniqué previendo su respuesta.
Bajo la vista hasta la altura de mis zapatos y exclamó: -Lo es-.
Sin decir mas caminó unos pasos en dirección al viejo confesionario situado en la esquina más oscura, luego dio media vuelta y con la mirada me pidió que lo siguiera. Yo lo hice apenas cuando reaccioné.
Antes de arrodillarse y de que yo entrase a la cabina volvió a mostrarme la expresión de su rostro. - La confesión es un secreto entre usted y yo, ¿no?- quiso saber.
- Por supuesto- le aclaré. Entonces ya sentía curiosidad por saber que era lo urgente y secreto que me debía decir.
-¿Y por nada del mundo usted se lo va a decir a nadie?-.
- Por nada del mundo- le ratifiqué.
-¿Me lo promete?-.
- El secreto de confesión es un juramento, ya lo prometí mucho tiempo atrás y los hombres jamás deben romper su palabra. Ese es uno de mis principios mas sagrados y lo voy a respetar hasta la muerte, lo juro- Mientras decía esas palabras pensaba en lo cierto que eran.
Lo había convencido por completo. Ahora él confiaba en mí y por ello me confesaría sus pecados con mas tranquilidad.
- No soy de este pueblo. Yo..., hace unos días me enteré que tengo una enfermedad que me va a matar. Se contagia por la sangre y no se como o porque me pasó a mí...-. Se detuvo un instante. Yo ya sabía de que enfermedad me hablaba y también sabía que no la llamaría por su nombre. -...Fue horrible...- .Sus siguientes palabras surgieron casi como un llanto, como una descarga. Es que tenía que hablar, que decirlo, era como descargarse un gran peso de encima, y todo ese peso caería, de algún modo sobre mí. -...Cuando lo supe me desesperé, no pude controlarme, sentí como si todo lo que me rodea me hubiese abandonado. Entonces huí de mi hogar, huí de mi pueblo. Estaba solo y actuaba como un caballo corriendo por el campo sin riendas, pero era peor, era como una pesadilla, como si estuviese bajo el efecto de una droga, una profunda depresión que me obligaba a actuar sin control -.
Ahora hablaba con más fluidez y confianza. Supe que se acercaba a la parte mas profunda, a lo que lo había acercado a mí.
- Yo..., no se como llegué . Recuerdo solamente que era de noche, una noche sin luna y oscura. Era aún temprano aunque no sabía la hora. Caminaba por las calles desiertas sin rumbo, sin sentido, como lo estaba mi vida. Entonces vi a una pareja. Era una chica hermosa, de cabellos largos y rubios, en él no me fijé pero sentí una fuerte envidia. Se besaban bajo un portal. Estaban tan felices, eran tan felices. Los odié, no pude soportarlo. Vi que el chico se despedía y entraba en una vivienda, se iría a dormir tranquilo a su cama, sin problemas ni dificultades. Yo hacía noches que no dormía, hacía noches que no veía una cama, a mí solo me esperaba la muerte. Luego vi a la chica que se alejaba por la calle. No había nadie, solo se oía el sonido del viento -. Volvió a tomar un descanso y prosiguió. - Yo..., no era yo, no sabía quién era, yo era el diablo, era un demonio, era una figura del mal. No pude controlar mis movimientos, no pude manejar mi cuerpo, fue un impulso incontrolable, por dios, no era la misma persona. Estaba tan cegado por mi futuro. ¿Porque la desgracia había caído sobre mí y no sobre otro?, ¿acaso no somos iguales?, nadie merecía menos que yo. ¿Por que?. ¿Por que ese destino me había tocado a mí y no a los demás?. Pero el que pensaba esas cosas no era yo, era un especie de sombra oscura y a pesar de eso fuí yo.
Corrí hasta ella y antes de que tuviese tiempo de reaccionar la golpié, y antes de que yo tuviese tiempo de reaccionar, de saber lo que estaba haciendo, ya la había golpeado mil veces. Quizás menos, quizás mas, pero eso fue lo que sentí. Entonces estaba muerta. Levanté su cuerpo y corrí desesperado. Recuerdo que lo tiré en un lugar oscuro pero no sé donde.
Eso es todo lo que puedo acordarme, luego me dormí y desperté en un terreno desierto, eso fue, creo, hace un par de horas, y vine hacia aqui entonces -.
Se hizo un instante de silencio. Fue lo que tardé en reaccionar, era como si estuviese soñando. Mi mente vagaba desorientada, simplemente no sabía que decir. Muchas veces había planteado la posibilidad de que una confesión de muerte llegara a mis oídos en busca de perdón, supongo que todo sacerdote se la plantea alguna vez, hasta me acuerdo que había formulado toda una respuesta para no improvisar si es que me sucedía. En teoría era algo sencillo de afrontar, y en teoría las cosas funcionan, pero la realidad resultó ser mucho mas compleja y delicada. Yo solo le pregunté si se sentía completamente arrepentido y le pedí que me sea sincero. El respondió que sí, supe que hablaba en serio. Se trataba de un pecado capital, pero pensé en Jesús, que murió en manos de los hombres y los perdonó, fue como un ejemplo que los hombres deben imitar para alcanzar la gloria, no cabía duda de ello. Lo absolví de sus pecados con el poder que me fue concedido y en nombre de Dios.
Percibí un aire de alivio en su respiración, y al mismo tiempo un fuerte peso que caía sobre mí, uno que me impediría respirar con facilidad por el resto de mis días. Fue como si me hubiese entregado una dura roca para que se la lleve mientras continuaba su camino, después de todo ese era mi trabajo.
Lo vi alejarse y desaparecer en la oscuridad por la nave principal del templo. Nunca mas supe de él.
Pero el peso de la piedra que me había transferido llegó recién dos días mas tarde, cuando encontraron el cuerpo de Alicia entre unos matorrales a las afueras del pueblo, estaba muerta y su rostro había sido desfigurado. Todos los testigos coincidieron que la habían visto por última vez caminando con Pablo muy tarde aquella noche, algunos aseguraron, no sé por que, de que estaban discutiendo y hasta que se gritaron. Sabemos que Pablo es un chico muy temperamental, y los testimonios en su contra fueron fácil de creer. No hablaba mucho, los hechos lo cegaron y solo repetía que él no la había matado, presentí entonces que de todos los que presenciaron el juicio solo yo le creía pero nada pude decir a su favor. Era una promesa, nada podía decir, nada podía hacer, solo sufrir el cada vez mas terrible peso de una piedra, una enorme piedra. Me acerqué a él y me dijo que no había sido, fue el momento mas difícil de mi vida. - Lo sé- le respondí mirando sus tristes ojos. Percibí su sensación de impotencia, pero creo que la mía la aplastó. Me preguntó entonces porque Dios le hacía esto. Sus palabras se hundieron como alfileres en mi corazón. - El sabe lo que hace- le respondí casi inseguro de mi voz. Estuve a punto de derrumbarme, pero él me salvó diciendo: - Sí, el sabe lo que hace -.
- No dejes de creer- le pedí.
- No lo haré- me respondió.
-¿Crees en las promesas?- apenas me atreví a preguntar.
- Si -.
- Te prometo que algún día se hará justicia- le aseguré y me fui.
La piedra creció día a día, colgando de mi cuello, pero ahora ya no esta mas, hoy es día de paga, pues todo tiene su recompensa.
Pablo, espero que me sepas perdonar y que sepas comprender mi silencio. Se que nadie puede devolverte el tiempo perdido, pero si crees como yo en otra vida te aseguro que en ella sabrán devolvértelo, y te darán mucho mas.
Pasa el destino como una bala por la pared, alejándose entre las cortinas de las ventanas de veredas secas. Entre el sol esta la sombra que proyectan las hojas moviéndose con el viento, entre los mensajes escritos en el barro de la ciénaga donde habita el desengaño, el pétalo perdido de una flor que nunca tuvo perfume pero sí sabía mostrar su color. Y desde las palabras no se puede decir nada porque son limitadas e inconclusas, no pueden mirar al cielo y recordar labios ni engendrar lágrimas. Mientras me alejo sin prisas, y la Ronda se hace un camino de almas que buscan hechizos que brillen, pero solo coleccionan cicatrices. Que decir entonces?, que más se puede cambiar en el mundo?, si los cactus ya fueron sembrados para que algún día claven sus espinas en nuestra piel. Si fuese tan solo que la energía no se consume sería simple, pero no es así, y aunque lo fuera, a quién se lo podría explicar?, si ni siquiera comprenden este idioma.
Entro en la tienda porque lo hizo su amante, era un oscuro laberinto de pasillos con miles de baratijas. Era la hora de la siesta pero en vacaciones no hay siesta y menos el último día. Recordó que bien había pasado la última semana, lejos de la oficina, de su esposa, de todo lo que sufriría a partir del Lunes siguiente. Ella comenzó a buscar entre las viejas alfombras persas una que combine con las cortinas de su comedor, él curioseaba por el fondo. Tan variados objetos de metal lo abrumaban, pero más que ninguno le sorprendió una lámpara, sonrió pensando que podía ser la del genio. Leyó un cartel escrito en pobre inglés que rogaba no tocar, pero no había nadie y él como turista, con su cámara de fotos al cuello y su sombrero delator, no podía dejar pasar la ocasión de intentarlo. Frotó y una humareda cubrió el espacio formando una figura.
Dime tu deseo – le habló la figura de humo con tono endemoniado.
Que buen truco – dijo incrédulo. – Pues quiero volver a empezar esto – decreto sin aclaraciones.
Entro en la tienda porque lo hizo su amante, era un oscuro laberinto de pasillos...
Era ella, su amor de siempre, por fin lo había descubierto. Pero estaba del otro lado del barranco, a unos cien metros. Desde donde estaba podía ver con claridad sus cabellos hermosos flotar con el viento y su ojos que sabía que lo estaban mirando. El barranco que los separaba era profundo y no había puentes ni nada que lo atravesara. Abajo, en el fondo, había un río cuyo lecho se encontraba lleno de rocas. Miró un rato hacia abajo, pensando en el sufrimiento de caer y golpear contra esas piedras. Luego volvió a mirar a su amor, su cuerpo seguía allí, firme frente a la soledad, y estaba hermosa. Pensó que ella desearía también estar con él, tanto como él con ella. Entonces no pudo resistir, tomo carrera y salto, sabiendo que era imposible alcanzar la otra punta pero prefiriendo morir en el intento. Sin embargo lo logró, llegó al otro extremo, fue un milagro, por fin había atravesado aquel espacio que lo separaba. Solo que, cuando aterrizo, justo en ese instante giro y pudo ver como ella aterrizaba del lado opuesto, y una vez mas estaban separados.
Miró hacia adentro una vez y luego volvió a ver el paisaje. Debía optar por una acción, como siempre en esta vida, podía quedarse o salir. Su inconsciente, sin que se lo pida, redactó un informe sobre ventajas y desventajas de cada opción, con posibles resultados para ambas, para ello utilizó sus recuerdos, sus sensaciones, su pasado y su esperanza, y los resultados fueron provistos de inmediato, aunque sin una conclusión, sin una recomendación final en la última página, tan solo se enunciaba el panorama. Pensó que no era suficiente, que necesitaba algo más para tomar la decisión, y ya no se trataba de que la misma fuese la correcta sino, simplemente, para tomar la decisión. Entonces se presentó una figura en la puerta y le dijo: - hazlo. No pudo reconocerla pero le dio tranquilidad y apoyo para dar el salto y tomar la decisión tan esperada, pero justo cuando iba a optar otra figura apareció, de aspecto más rústico que la primera, la cuál era robusta y con largos y hermosos cabellos, pero su voz fue aún más firme que la primera figura: - detente. Le gritó. Se detuvo, haciendo caso a la última orden. Luego comenzó una pelea entre las dos figuras, ambas tenían mucho poder y fuerza. El combate se extendió un largo rato, mientras él se preguntaba quiénes podían ser y porque se entrometían en su vida. Entonces logró ver que en sus frentes tenían una palabra tatuada, se acercó, evitando no interferir en la pelea pero lo suficiente como para poder leer lo que decía lo tatuado. Por fin comprendió: la mas bella decía “valentía” y la otra se llamaba “miedo”. Retrocedió y se sentó tranquilo a esperar el resultado de la lucha, entonces podría decidir.
Tratábamos de acomodar cada nuevo aporte para que, la primera escena de la segunda versión del incendio de Roma, no se volviera una pila de fuego desparramado. Cajas, trapos, ya eran actores de nuestra historia.
Finalmente terminamos la estructura casera diseñada por los mas antiguos protagonistas. Era enorme y se podía decir que nos conmovía aún antes de verla arder. Es que no solo se trataba de un fuego, era un símbolo de esperanza, una fiesta en memoria de los Santos. Cada uno de nosotros, en el fondo de nuestras almas, guardábamos un deseo. Yo, hace dos años que, siempre agradeciendo primero todo lo que poseía, pedía lo mismo. Era un secreto que solo compartía con ellos.
Otros, solo lo vivían como un bonito espectáculo. Por alguna razón el fuego siempre es un bonito espectáculo. Tal vez por aquel extraño poder que inspira. Se lo desea y se lo odia. Se le teme pero nos gusta verlo crecer, desprender su furia, su calor, su energía electrizante, a veces protectora, a veces destructiva. Nos hipnotiza obligando a mirarlo elevarse como un Dios.
A la noche estaba todo listo, pensábamos que sería un acto sin auditorio, sin embargo, todo el barrio estaba allí. El grito de guerra de dejó oír y le arrimamos el fósforo al combustible, no sin antes enviar mentalmente nuestros deseos. Fueron unos segundos de silencio, cada uno dejo flotando sobre el aire un secreto para que los Santos lo recojan y lo hagan realidad.
El rito duró mas de una hora. Claro, es el tiempo que necesitan San Juan, San Pablo y San Pedro para leer todos los pedidos y llevárselos a su jefe para que este vea que se puede hacer.
Poco a poco el fuego consumía todo y se acostaba a dormir. Pero nadie quería imitarlo. Algunas brasas perduraban como si fueran alimentadas por los que las observaban deseando que vivan por siempre. Comenzó entonces el intercambio de anécdotas, chistes y cuentos. Alguien trajo una guitarra y esta completo la velada. A mí las historias me aburrían, por suerte estaba toda mi barra de amigos presente; el gordito Sanchez, juancho, María, Mariana, la de rojo que nunca me acuerdo el nombre, Pedrito, el Peti, y Clarisa, la chica mas linda del mundo. Siempre sola, era un poco tímida, pero tan bonita. Sus ojos negros mostraban toda su dulzura. Miraba el fuego, como si este la hubiese poseído, pero de vez en cuando levantaba la vista hacia mí. Yo rápidamente bajaba la mía hasta la altura de mis zapatos.
Era tarde, mi deseo no se haría realidad. Es que, pobres Santos, tienen tantas cosas que hacer, tantas personas de todo el mundo; pobres que necesitan comida, gente que esta sin trabajo, chicos que desean que sus padres vuelvan a estar juntos, hombres que piden que sus países no se peleen más. Tantos deseos, tantos pedidos, como pueden tener tiempo para uno tan pequeño como el mío.
Sin darme cuenta estaba caminando, solo, alejándome de lo que quedaba de un imperio de fuego, ahora vencido por el frío. Me alejaba, tal vez un poco triste, pero jamás defraudado, porque la esperanza es algo que no se debe perder nunca, porque alguien me lo dijo, una vez, y yo le creo.
Encaré para mi casa, doblé en la esquina. Entonces me detuve. Frente a mí había una sombra. ¡Era ella!. ¡Estaba allí, esperándome!. La mire a los ojos. Sin decir una sola palabra nos acercamos. Nos detuvimos frente a frente un instante y luego, sin saber como ni porque, nuestros labios estaban juntos. Fue el momento mas feliz de mi vida, me sentí como un alpinista que toca la cumbre del Aconcagua. Tenía los ojos cerrados, pero de alguna forma estaban abiertos y mirando al cielo. Allí, dos rostros ancianos me miraban sonriendo. -La fe es el arma más poderosa del hombre- dijo uno. -Y los Santos cumplimos los deseos- concluyó el otro mientras ambos desaparecían.
Muchos tuvieron el mismo sueño, trataron de identificar similitudes pero no las encontraban, tan solo una sola y sencilla cosa en común: creían en Dios. El sueño decía que llegaría un mensaje para los que no tuviesen fe, un mensaje donde se explicaría todo, donde encontrarían las respuestas a cada pregunta.
El día siguiente los astrónomos de diversos puntos del mundo observaron con sus telescopios un objeto de pequeñas dimensiones que se acercaba a la tierra, era como un meteorito pero de un material que ninguna sonda reconocía. Se pusieron en contacto y debatieron sobre el tema, haciendo cálculos de la trayectoria y el impacto y concluyendo que se destruiría al entrar a la atmósfera terrestre.
Era medianoche del día siguiente cuando una luz atravesó el firmamento y fue desvaneciéndose hasta que un pequeño trozo, que no llego a consumirse, cayó en un campo de trigo. La gente que la había visto y que estaban mas cercanos al campo se aproximaron a ver que era. Encontraron, medio enterrada, tan solo una caja de un metro cúbico compuesta por lo que parecía un metal brillante como la plata pero desconocido. De inmediato corrió la voz y todos reconocieron en aquel objeto la señal del sueño, por tanto dedujeron que dentro de aquel recipiente estarían todas las respuestas.
La caja no tenía ninguna tapa ni abertura, sus juntas estaban perfectamente unidas. La gente, ansiosa por descubrir y conocer lo que contenía, la llevaron de inmediato al herrero del pueblo más cercano, el cuál se dispuso a abrirla frente a la impaciencia y la emoción de una muchedumbre reunida. Utilizó todas sus herramientas pero no pudo romper el metal que la formaba. Entonces la llevaron deprisa a una fábrica metalúrgica cercana donde tenían máquinas de corte industriales para forzar el acero. Pero los taladros, a máxima potencia, no lograron abrir la caja. Finalmente la trasladaron a una base militar donde, utilizando poderosos explosivos, la quisieron abrir, pero luego de la detonación la caja seguía intacta.
Por fin la gente se rindió y la caja fue llevada a un museo donde se colocó un cartel que decía: “caja del espacio” y poco a poco fue pasando al olvido.
Esa noche muchos tuvieron el mismo sueño, pero al despertar tenían solo un recuerdo era un mensaje que decía algo como: “hay respuestas que podemos saber que existen, pero no conocerlas”.
¿Cómo a nadie se le ocurrió inventar el globo?, digo ese con una canasta para volar. Con tantas velas izadas desde los griegos, romanos, normandos, etruscos. Con el dominio del fuego, tan simple como combinar esos artes. Porque el motor, la electricidad, pues vaya y pase, que son temas complejos, pero algo tan simple no tiene razón de ser. Como que los incas no conocían la rueda y armaron miles de kilómetros de senderos para recorrer sus imperios a pie, ¿qué habrán pensado al ver a un español andando en carreta?, si ahí no se dejaron conquistar pues se lo merecían, yo en sus lugares me hubiese dicho ¿cómo no se me ocurrió antes?. Bueno, ¿y Gutemberg?, su prensa de caracteres móviles con el que se imprimió (por imprenta) la primera Biblia y el primer libro de la historia por eso del 1450. Ahora bien, poner cuadraditos de madera con letritas talladas sobre una pasarela en forma de regla y luego, como un sello, agarrar y poner tinta y apretar sobre una hoja, luego otra y así cien, mil..., y tenemos una tirada para repartir. No quiero que nadie diga la idiotez de que el monopolio era de la iglesia ni nada de eso, si lo podrían haber hecho incluso los romanos o griegos! Antes que exista la iglesia. Además lo que más deseaban en el clero era que todos supieran leer y escribir para no tener que andar explicando, con lo complicado que es, que un tipo resucitó de entre los muertos. ¡Los monjes se pasaban vidas enteras dale que escribir!, ¿a ninguno, alguno inquieto quizá, se le ocurrió inventar la imprenta?. Y llegaron luego los árabes a España, sin ser los más dotados inicialmente para las matemáticas, pues donde vieron los números dijeron – peor falta algo – he inventaron el cero. ¿Cómo pudieron pasar tantos pueblos sin haberse dado cuenta?.
Podría pasarme hojas y hojas hablando de cientos de cosas que no se inventaron antes, pero ya a estas alturas lo mínimo que puede pensar el lector es: - ¿y este quién se cree que es?, ¿lo quiero ver en ese tiempo, esquivando guerras y pestes, haber si se ponía a inventar cosas?.
Es verdad, por eso debemos pensar en esas cosas que no estamos viendo hoy y que ya deberían estar entre nosotros, y debemos traerlas.
Llegaron a las 10.30 a la fiesta, ya había muchos de los invitados presentes, la ceremonia era en conmemoración del nuevo centro médico de la fundación Tariccio, donde se tratarían los enfermos de leucemia. El señor Willem, presidente de la fundación, estaba a cargo de la inauguración.
Comenzó el discurso hablando de su vida, de cómo había logrado su fortuna a base de trabajo y esfuerzo, y como dedicaba gran parte de sus ganancias, aunque en contra de lo que sus socios desearan, en ayudar al prójimo. El mismo, contaba, había sufrido, de pequeño, una enfermedad que ataca a los sentidos, y lo había dejado sordo por casi tres años, pero el se esforzó, y luego de recibirse de médico comenzó los estudios para encontrar la cura a sus propio mal. Cuando la encontró el mundo conoció la enfermedad como el mal Tariccio, en honor a su descubridor. Le había merecido el premio nobel de aquel año. De allí llegaron inversores que percibieron una posibilidad de hacer fortuna a costa del investigador. Pero la cosa fue mal, ya que Willem era una persona demasiado caritativa, que invertía sus ganancias en otras obras o estudios, no siempre con buenas posibilidades de resultados satisfactorios económicos, aunque muchas veces si satisfactorios para la ciencia.
Esta última inversión había sido el colmo, y sus socios, muy enfadados, planearon en secreto acabar con él. Para no arriesgarse, planearon el asesinato mientras Willem hablaba. Sabían que sospechaba algo, pero no podría saber como es que lo matarían.
Terminó de hablar y se acerco a una mesa a responder preguntas a periodistas. Atrás de estos, en un rincón, los hombres, hablando bajo para no ser oídos, conspiraban. El veneno solo debía estar en su copa, nadie mas debía resultar envenenado o se sospecharía. La droga actuaba y luego desaparecía del organismo sin dejar ratro. Esto les estaba informando uno de los socios a los otros, él mismo, científico también, había sido el creador de la droga, pero era la primera vez que tenía que usarla. Se lamentó de tener que hacerlo, apreciaba a Willem pero no le quedaba otra opción dadas las circuntancias. Willem le correspondió la mirada desde la distancia elevando su copa para brindar a con ellos.
Terminaron los reporteros y Willem se acercó a su nuevo guardaespaldas y le dijo algo al oído, lo había contratados luego de que la semana anterior alguien había tratado de matarlo. Desde ese momento había empezado a sospechar de todos a su alrededor. Había aceptado ir a la ceremonia porque no podía faltar pero también porque el siempre había sido de enfrentarse a los problemas, en lugar de ocultarse. Frente a las críticas de su guardaespaldas él había respondido: siempre he luchado contra las enfermedades.
Un mozo dejó una bandeja con cuatro copas de vino blanco sobre la mesa. Uno de ellos, cuando estuvo completamente seguro de no ser visto, arrojó un pequeño polvito sobre la copa, que estaba ligeramente mas llena que el resto.
Willem no vio nada, y se acercó tranquilamente a sus socios. Lo recibieron con halagos y lo invitaron a una copa. El la levanto pero no llego a beberla, solo miró hacia un rincón lejano y mediante una seña llamo a su guardaespaldas. Luego le explico que la copa contenía vino con veneno, hasta supo decirle el nombre de la droga. El hombre de seguridad detuvo a los tres hombres.
Willem le confesó a su guardaespaldas, mas tarde, que había ido allí a propósito ya que solo sabía que los que deseaban acabar con él estarían entre los presentes y solo desde donde daba el discurso podría saberlo.
- ¿Pero como supo quién sería, y el método que usarían? – le preguntó el hombre.
- Los sordos aprenden a leer los labios – respondió.
- Es un hijo de puta – grito furioso, despertando a la mujer que dormía a sus espaldas en la cama.
- ¿Que pasa, cariño? – pregunto la mujer, mirando al hombre que entraba apresurado a la habitación para vestirse-
- No se como nos metimos en esto, no tengo vacaciones, no paramos , es un castigo eterno -
- ¿Que paso ahora? –
- Cámbiate, te cuento en el camino, debemos irnos ya -
- Pero apenas si dormí, ayer trabaje todo el día –
- Si, pero hoy hay mas, vamos –
Se cambiaron deprisa y salieron juntos.
- ¿Ahora que? –
- Un terremoto en centro América y una bomba en Egipto – dijo.
- Nos va a llevar todo el puto día, por lo menos voy a tener que llevarme a 500 – dijo la mujer, de rostro cadavérico – maldigo la hora que agarre este trabajo.
- Si, es un hijo de puta, nunca pensé que iba a ser éste el castigo del infierno –