Diez años más tarde, Juan recibió la carta que decía que lo aceptaban en la universidad de ciencias, donde pensaba estudiar ingeniería. Era el tiempo de dejar su hogar y ser independiente en una habitación compartida del campus. Esa misma tarde comenzó a preparar su mudanza, hurgando entre los cajones donde guardaba, cartas, fotos, amuletos y otros recuerdos de su niñez, una etapa de su vida que se convertía a golpes de tiempo, en la siguiente. Entonces, en una caja junto a una piedra blanca y a una moto de colección que le había regalado su tío, encontró el lápiz. Por el simple hecho de no tener otro a mano, decidió guardarlo en la mochila que se llevaría. Antes de cerrar el cajón vio una pila de hojas escritas, comenzó a leer, pensando que se trataba de cartas de alguna novia olvidada, pero resultaba ser una especie de relato, muy complejo, que apenas hojeo sin llegar a completar. Pensó un breve instante de dónde había salido aquel relato, y no encontró respuesta, pero que no lo recordase no implicaba que lo haya puesto él mismo allí, incluso, aunque la letra no parecía la suya, llegó a pensar que él mismo lo había escrito.