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Si creyera en las señales creo que éste sería un buen caso.
Volvía de la montaña el pasado Domingo por la noche. Dicen que las cosas no suceden porque sí, dicen que todo tiene una causa, una razón que encadena los hechos de la manera que el destino lo impone. El autobús avanzaba por el valle y la gente a mi alrededor dormía, luego de un largo día en la nieve. Yo, por algún motivo, no podía conciliar el sueño, entonces traté de escuchar música en mi pequeño equipo de mp3. Resultó ser que la batería se terminó, apagándose el aparato a mitad de la segunda canción. Probé reencenderlo otras varias veces pero siempre volvía a apagarse, hasta el punto de no volver a encenderse más. El destino o lo que fuese me llevó a buscar la radio, y como esta consumía menos batería –al menos eso es lo que siempre creeré para justificarlo – esta se encendió. El dial estaba muerto en una cifra cercana a la centena, presioné la búsqueda automática, esperando hallar algún partido de fútbol en juego, pero el dial avanzaba hacia delante sin encontrar ninguna sintonía. Estábamos atravesando un cañadón donde no había más que la ruta, imposible que alguna onda de radio alcance ese perdido lugar, pero de pronto, entre el sonido rasposo de la búsqueda, surgió como de la nada una voz. Era una mujer, hablaba claro y pausado, y los sonidos de frecuencia que al principio la acompañaban se diluyeron, dejando su voz aislada en mis auriculares.
Si yo creyera en las señales hubiera asegurado que aquello era una clara muestra, de hecho pasó por mi mente la extraña posibilidad de que la secuencia que había derivado en aquella voz tenía una razón que no era casual, pero una parte racional de mí descartaba aquella posibilidad.
La mujer hablaba de que podía ver el aura de las personas, y explicó que significaba esa extraña palabra que creía era un invento de ella. Hablaba de que podía leer el futuro, saber que cosas pasarían de no modificarse la secuencia de sucesos, y yo, sin realmente nada mejor que poder hacer, la oía como si me estuviera hablando solo a mí.
Intenté una vez más sintonizar alguna otra radio pero no la había, esa mujer era la única voz que captaba el aparato.
La mujer terminó por dar una dirección en la ciudad donde decía realizaba consultas a quienes se atrevan a conocer lo que les sucederá, yo nunca creeré en esas cosas, pero ahora estoy frente a la puerta de la dirección indicada, esperando ver que hay del otro lado.
Un filósofo debe dominar el arte de la creación literaria, no solo como herramienta para desenvolverse en la expresión de sus ideas sino también, y sobre todas las cosas, como ejercicio de comprensión del ambiente que estudia. Un escritor debe saber ubicarse en la piel de sus personajes, vivir la vida que ellos viven. Así pues, si se escribe sobre un asesino el escritor debe saber comprender sus motivos, analizar sus razones y, necesariamente, modificar su propia escala de valores, adaptándola a la del personaje, en este caso alguien dispuesto a matar.
Un buen escritor hace que su personaje tenga motivos claros, aunque él mismo no los comparta, para actual de la manera que actúa. Traspolando a la realidad, al día a día, y adaptándonos al comportamiento de las masas, podemos comprender otras culturas, grupos o enemigos incluso, antes de juzgarlos y tomar medidas.
Tenía el sueño casi en la cresta de las horas de la madrugada, y cuando abrió los ojos la paranoia brumosa que define a veces a la realidad le mostraba una habitación sin monstruos con orejas puntiagudas ni tormentas de nieve que impidan correr para escapar del cazador. Entonces la noche se hace una sola, para el sueño y la realidad, y el miedo es tan denso en ambos extremos que es difícil definir en cuál se está mejor.
Al menos de un lado la muerte es lo peor que puede resultar como desenlace, pero del lado opuesto hay peores escenarios, existe el pánico de no saber que habrá después, porque los sueños son así, tan imprevisibles como la misma mente humana.
Había planeado como un artista del crimen cada uno de los actos, fueron cinco víctimas, y en cada escena había dejado pistas que los detectives analizaban sin respuestas. Tenían el perfil, sabían que era, como toda mente desquiciada, alguien que en el fondo, en lo más profundo de su ser, quería ser atrapado. Pero también sabían que les restaba tan solo una oportunidad, ya que el asesino se había centrado su obra alrededor del seis, el número de la bestia. Pero cuando completó el último acto, acabando con esa sexta víctima, cuando todo cerraba y apuntaba hacia un hombre que tarde o temprano sería desenmascarado, entonces apareció un tercero, alguien que aguardaba para hacerse con toda la fama. Habiendo estudiado las escenas, habiendo estudiado al asesino, y con una mente igual o peor de enferma, tomó su lugar, y la policía lo atrapó. Las confesiones fueron rápidas, explicó sus extraños motivos y se reunieron las pruebas para inculparlo y condenarlo.
Y así fue como el caso quedo cerrado, el hombre se hizo tristemente famoso, pero el verdadero asesino estaba suelto y sufriendo que su obra había sido atribuida a otro. Un día, furioso, se presentó a la policía y dijo que el era el verdadero asesino, pero estos no le creyeron, dejándolo de por vida con la amargura de vivir en el anonimato.
Para comprender a los demás hay que situarse dentro de la piel, vivir y sentir lo mismo, por ello me subí a la mañana al tren. Me senté en un asiento común, el tren tardaba en arrancar, no había mucha gente, entonces comencé a intentar ver las cosas con mayor precisión, con mayor detalle. El minucioso estudio partió del asiento vació que tenía delante. El tapizado estaba gastado, con algunos cortes que permitían ver una especie de esponja amarilla. Entre los pliegues y las arrugas del material encontré suciedad que ennegrecía los contornos. Concentré aún más la mirada haciendo un esfuerzo por ver más allá. Por fin pude ver eso que creo que quería ver, era como un grupo de gérmenes o algo, lo que fuere, pero vivo, que lo cubrían todo. Luego logré verlo también en las paredes del vagón, en el piso, hasta en mis pantalones. Recuerdo que sentí mucho miedo, me paré y busqué limpiarme, aunque no sabía como. Descubrí que me había metido por propia voluntad en un gran problema, y debía salir, no quería estar usando líquidos desinfectantes ni nada que no fuera de mi propia mente. Pero es que lo que veía no era un invento de mi mente, al menos eso era lo que no podía entender. Traté de no prestar atención, haciendo como que no me importaban, pero no servía ya que por más que quisiera no podía evitarlos. Tarde algunas horas en hacerlos desaparecer, a base de otros pensamientos, de un olvido progresivo que no resultaba fácil, era como cuando uno no quiere ver hacia alguna dirección pero no puede evitar hacerlo. Pero la mente a la larga la controla el dueño y no los reflejos, por tanto logré por fin tomar las riendas y volver a dominarla. No fue fácil y ahora no puedo evitar sentir miedo de intentarlo otra vez, de volver a tratar de verlos y sentir las pesadillas que me generaron.
Nunca más debería intentar hacerme cargo de los problemas de los demás, pero sé que siempre lo hago y siempre lo voy a hacer...
El avanzaba por los infinitos caminos de tierra de la llanura, siempre a pie, siempre caminando recto, a paso tranquilo, ritmo marcado, sin desbordar de la rutina. Así seguía adelante hacia el horizonte, ese al que siempre llegaría el día de mañana pensando que caminar de ese modo era parte de su razón de ser.
Pero su mente cambió el día que vio pasar unos pájaros, que volaban, casi planeaban, hacia el horizonte. Entonces se maldijo y se preguntó porque él no podía tener alas como ellos, y así ir por el cielo, disfrutando, en lugar de ir por la tierra sufriendo. Enojado se paró y miró hacia arriba y comenzó a hablarle a Dios.
- ¿por qué no puedo yo tener alas como esos pájaros? – dijo gritando al cielo.
Una voz respondió de entre las nubes:
- Los pájaros tienen alas porque las necesitan, ellos no pueden caminar -
- Si, pero ellos van cómodamente planeando mientras yo me canso avanzando paso a paso – reprocho. – ¡Quiero alas, como ellos! – se quejó y amenazó: - o no doy un paso más.
Desde arriba se impuso un silencio inerte, que luego se convirtió en milagro. De la espalda comenzaron a sobresalirle unas extremidades de las cuales nacieron plumas que más tarde se consolidaron como dos grandes alas.
El hombre se mostró contento y de inmediato se hecho a volar, avanzando de manera veloz y casi sin esfuerzo, planeando entre las nubes de un cielo claro y despejado, adornado por un hermoso sol que cubría el atardecer.
Pero a medida que se teñía de oscuridad el cielo también se engendraban nubes grises en el horizonte, interrumpidas de momentos cortos por rayos. Y la tormenta fue avanzando en medio de un gran viento que de pronto se hizo presente.
El hombre volaba alto, con sus alas desplegadas, cuando lo sorprendió una fuerte ráfaga que lo arrastró en medio de la turbulencia. Entonces se encontró en medio de un huracán, que giraba en torno de la tormenta. Y comenzó a girar atrapado, sin poder bajar a aquella tierra, lenta pero firme, por la que sólo caminaba. Pasó toda la noche luchando y sufriendo como nunca antes. Por fin, al amanecer, la tormenta se desvaneció y pudo descansar. Se dio cuenta que había retrocedido mucho, y también se dio cuenta que era más fácil ir a pie que volar, por lo que imploró perder las alas.
Eran tiempos de silencio de voz, y no se supo bien como fue que las cosas terminaron de esa forma, pero las costumbres hacen a la sociedad y la sociedad a sus leyes y estas decían que no se podía volver a utilizar el habla, solo los mensajes. El imperio cayó en una absurda dictadura y todos los ciudadanos acataron la ley y vivían contentos y fieles, acostumbrándose a ser felices con lo que había. Estaban quienes lo eran realmente, porque amaban la lectura, pero no dejaban, en lo profundo de sus corazones, de añorar los tiempos de habla. Incluso los pocos que se mantenían rebeldes, afónicos por la falta de uso de sus voces, comenzaron a centrarse en los mensajes para llegar algún día a hablar otra vez. Otros tantos no se sublevaban por principios, ya que les habían enseñado desde siempre que no podían decir nada, que estaba mal y por tanto, sin cuestionarse el porqué, acataban.
El conflicto, como siempre, lo desató lo más insignificante, dicen algunos que se discutía por una chaqueta perdida quien sabe donde, quien sabe porque, pero para ello era necesario utilizar la palabra, hablar con verbos, decir mucho más que un resumen. Y así estalló la revolución. Se sabe que es solo una leyenda, como el ave que voló sobre el ejercito de Atila y le dio la victoria por todo el norte de Italia, o el ejercito de Aníbal, que atravesó el pantano del Ebro flotando en las aguas, o tantos guiños de la historia de una humanidad dispuesta a la fantasía y al milagro.
A ciencia cierta no se sabe el resultado de aquella revolución, el destino quería que la historia no supiese dar la respuesta a algo imposible, porque la respuesta estaba en el alma de quienes compartían los mensajes, de quienes tenían el poder de cambiar, de derrocar el reinado del silencio e imponer un nuevo estado, donde los protagonistas de la historia se juntasen en torno a una mesa a expresar, con palabras, lo que no hay forma de decir con mensajes...
Comenzaba la segunda guerra y del lado inglés se necesitaba un espía, alguien con sangre fría para infiltrarse en medio de los campos conquistados por el enemigo e indicar posiciones. El voluntario viviría huyendo y escondiéndose como una rata durante meses, debía ser alguien especial. No había voluntarios entre los militares, los soldados eran valientes y sabían luchar, pero no sabían ocultarse, ir pasando de pared en pared sin ser vistos, no era una tarea para ellos. Pidieron voluntarios entre civiles y por fin se presentó un hombre pequeño, de origen húngaro. De inmediato lo reconocieron y aceptaron. Aquel hombre era el más escurridizo de los ladrones de Londres. Hacía años que la policía lo buscaba por una serie interminable de robos en casas, bancos y locales a los que sustraía el dinero sin utilizar la violencia sino la astucia.
Dos años estuvo entre líneas enemigas, de cuidad en ciudad, indicando las posiciones de las tropas enemigas, la ubicación de las baterías antiaéreas y los avances de los tanques. Informaba en que fábricas se hacían armas, en donde se atrincheraban los altos mandos, incluso llegó a infiltrarse en cuarteles y robar planos de estrategias.
Cuando la guerra dio el giro final y los aliados avanzaron sobre el continente, el espía volvió, siempre sin ser visto, a Inglaterra. Allí lo recibieron con honores, le entregaron la medalla de valor, que solo reciben los más valientes soldados, y luego fue condenado a diez años por robo.
- Aquel hombre que esta sentado en ese banco de plaza, ¿de donde vendrá? – pensaba el creador desde la vereda de enfrente.
Habían pasado unas horas y seguía de pie en la parada, mirando las palomas bañarse en la fuente y los autos pasar sin descanso. El amanecer plegaba su abanico de cielo soleado y la ciudad se levantaba de la cama para salir a la calle.
Nadie impondría nada nuevo aquel día de Mayo, porque el mundo había cambiado su rumbo, ahora giraba hacia el lado opuesto, entonces cada uno de los que creían tener el destino marcado se enteraban de que podían cambiarlo, y aquellos que creían poder definir su vida, descubrían apenados que el destino los llevaría por sus caminos. Nadie lo esperaba, ¿quién supondría una decisión tan drástica en este punto de la historia?.
- Sigue sentado, parece inmóvil, parece muerto, una estatua – comparó al ver la expresión inerte del sujeto en cuestión. Los autos y la vida pasaban frente a aquel hombre de mirada sombría y hundida en la nada, el movimiento de los transeúntes resbalaba por su alrededor sin que se inmutase.
- Quizás con esto se anime – dijo justo antes de que una sorpresiva ráfaga de viento desprendiese una rama un de un árbol sobre él, dejando caer el trozo de madera a escasos centímetros de sus pies. Sin embargo el hombre apenas pestañeo, como si la sorpresa fuese una palabra que no estuviese en su vocabulario.
- ¿Cómo puede ser? – se cuestionó sin convicción.
De pronto el hombre giró la mirada, tan solo los ojos, sin siquiera mover las cejas, y contempló con intensa meditación al creador. Supo que no había forma de revivir sus ganas de vivir, supo que él representaba a todos los que olvidaron las emociones que componen este mundo, y que siguen el sendero gris de los predestinados y los que perdieron su opción de aquella sobria virtud de tener el control.
No existe melancolía como la vida de tango, porque va en la sangre que corre por las venas de la música, porque esta tallado en las notas de un instrumento creado para hacer llorar.
Se escuchaba un bandoneón de fondo, como apagado entre las esquinas de farolas amarillentas y paredes grises. El empedrado húmedo, por la lluvia que siempre cae en una vida así, obligaba pasos riesgosos para sus tacos, que avanzaban quebrando el silencio de la noche. Se tambaleaba bajo un cielo oscuro y sinuoso, su sombra se confundía con las otras sombras, en un callejón pintado de tristeza y amargura, donde no cantaban los pájaros, donde las penas no encuentran su olvido y van de la mano de una copa, y donde un corazón devastado agoniza bajo los portales. Y caminaba lento, alejándose de las sonrisas y abrazando las lágrimas, pendiente de vivir la vida de un tango, donde los que cantan se lastiman, donde las almas habitan entre las ruinas de los sueños, sufriendo en estado febril, sin ver el sol que asoma detrás de la cuesta al amanecer.
El bandoneón se oía más cercano mientras caminaba, pensando que la felicidad no se compra en cualquier mercado de la calle, sino que se vende en las tiendas de lujo, y solo se puede ver por la vidriera, posando para ser deseada, y para ser comprada solo por los que pueden pagar el alto precio... del riesgo.
Si el verano cae sobre tus pies y no dejas de querer saber como va el desfile, y ves que se sufre por ver si el robot aprendió a caminar, cuando atrás se sufre de verdad... el Daniels es mas caro pero también duele más y por eso un buen lobo sabe como acorralar a sus presas con una sinfónica intelectual.
Sería hipócrita cruzar la vereda y hablar del lado de los disconformes con la humanidad, porque sus dientes siguen clavados en los pasillos de centros comerciales, y los narcóticos te hacen que vivir solo cueste lo que cuesta respirar. Pero los enjaulados no son los que se asilan sino los que están en los barrios de arriba, con un estilo tan viejo como la historia del hombre. Y si te curas las heridas con Channel es porque te cura, y si los ejércitos comen BigMc es porque los alimenta. Si esta bien será porque esta bien y sino da igual porque nunca esta bien, ¿o acaso sabemos que está bien de verdad?, ante la duda habrá que esperar al nuevo modelo... Y si no te miente el Google es porque las mentiras quedaron atrás cuando se terminó la última botella de honor, y como era un producto que no tenía buen marketing dejó de ser negocio y se dejó de fabricar, después de todo, la ropa nueva es mejor.
Recordaba su Siria natal como la palma misma de su mano, sabiendo que estaba condenado a no volver, como los Omeyas mismos habían padecido por Damasco, el lo haría por Granada, y decidió que no era suficiente, por lo que mando a traer poetas que le escribiesen lo que sentía. Sin figuras, sin rostros, sus artesanos tallaban el conocimiento como la religión del desierto decora sus palacios, y no salía nada bueno de lo que oía, hasta que vino aquel que nadie supo llamar por su nombre correcto, y le pidió menos de lo que le daba a los ciervos por regalarle sus palabras.
Así recibió la poesía que esperaba, donde los guerreros luchaban y morían satisfechos porque sus almas tenían un lugar designado en el paraíso, porque los colores flotaban en las sedas que bordaban sus hermosas mujeres, y porque la belleza no siempre está en los lugares, sino en los verbos que los describen. Desde entonces conoció una ciudad de belleza y esplendor, digna con honores para llevar el peso de un imperio, para disfrutar los sabores del mediterráneo.
Los apócrifos sentaron cabeza en las lenguas desconocidas, "en poco tiempo volveremos a ser caníbales" decía, pero los otros poetas, con sus túnicas salpicadas con Platón, alegaron que antes serían fulminados los hombres del cielo y la tierra, excepto los que el mismo Dios quisiera salvar, y ese Dios, esta vez, y por única vez, sería Allah, porque así mil años antes lo decía el Apocalipsis.
Para comprenderlo hay que saber que las leyendas se escriben con pluma de la fantasía, pero con tinta de verdad.
Marqué los número que creía correctos, sin embargo del otro lado se oía un ruido constante de llamada en espera. Estaba sentado mirando hacia el otro lado del cielo, por lo que no percibí como el tiempo surcaba las nubes y mis pensamientos se alejaban por los contornos del horizonte. Había, a lo lejos, un mundo de intrigas peligrosas, una cultura de secretos y misterios sin resolver, pero como nada de eso es mío, es más, como está tan lejos de mi alcance, no sé porque me preocupaba tanto. Y pensé que los libros no enseñan todo, aunque sea tan bueno para nuestras mentes leerlos.
Cuando volví a las tierras donde vivo descubrí que seguía el llamado en espera y que había pasado mucho, mucho tiempo, y no lo pude comprender, pero bueno, termine por cortar, además ya no recordaba porqué llamaba y, como casi todo en la vida, me dio igual.
No recordaba desde cuando estaba allí, en realidad había estado desde siempre. Realizaba diariamente, sin descanso la misma rutina de control del enorme aparato. La maquinaria estaba compuesta por miles de engranajes, todos asociados entre ellos y moviéndose en distintos tiempos y hacia diversas direcciones. Estaba dentro de una inmensa fábrica que parecía llegar hasta los confines del horizonte mientras que su tinglado daba la impresión de ser el mismo cielo. Se pasaba todo el tiempo moviéndose por un laberinto de pasarelas y escaleras que unían todos los puntos con su caja de herramientas y su casco puesto, reparando o cambiando cada pieza que dejaba de funcionar o necesitaba un mantenimiento, ajustaba las partes y aceitaba los engranajes. Su tarea resultaba imprescindible para que todo funcionase como era debido y no podía distraerse ni desconcentrarse en absoluto. Así transcurría su agitada vida, evitando los fallos y asegurando el buen funcionamiento del gran mecanismo y, a su manera, se sentía a gusto con su trabajo pues sentía en lo más profundo de su ser que estaba realizando una labor esencial. Era una sensación noble de hacer el bien sobre todo, quizá esto último era lo que le inyectaba la fuerza para seguir adelante sin parar mientras pasaban los años.
Pero un día cualquiera, en un momento que parecía que todo andaba bien, se sentó sobre una de las tarimas y apoyó su espalda contra una escalera. De pronto sintió sueño y sin apenas notarlo se quedó dormido. Pasó mucho tiempo y durmió profundamente mientras a su alrededor la máquina continuaba con sus movimientos. Al despertar, se dio cuenta de que se había dormido, entonces el pánico lo abrazó con fuerza, abrió los ojos de golpe y de un salto se puso de pie, esperando oír las alarmas de cientos de sectores sonando a la vez, decenas de luces rojas de los tableros titilando furiosas, agujas marcando los peligrosos máximos y humo gris saliendo de los escapes a presión, sin embargo, para su sorpresa, la máquina continuaba funcionando perfectamente, no había nada fuera de lugar ni sonaban alarmas. Los engranajes continuaban su marcha sin su ayuda, sin su presencia. Entonces descubrió que el mecanismo podía funcionar sin él y en un instante, al abrir y cerrar los ojos, como para terminar de comprender que la cosa era así, perdió toda razón para vivir.
Me consume el sexto sello, sobre todas las cosas, sobre todos los escritos, es algo inusual, maravilloso, es el poder máximo, cuando todavía no se han completado aún los jinetes del apocalipsis, cuando la bestia de siete cabezas, el dragón y la serpiente aún no han surgido de las profundidades, no persiguen ni matan ni condenan... ¿Quién puede abrir así un sello, con tanta grandeza?, es el fin, y todavía no hubo batallas ni se castigó Babilonia, los ejércitos celestes, los caballos blancos, los jinetes con sus nombres escritos que nadie conoce... y así le dio su turno al Harmagedón, para que pase lo que debía pasar, según las profecías...
"...Cuando abrió el sexto sello, oí y hubo un gran terremoto, y el sol se volvió negro como un saco de pelo de cabra, y la luna se torno toda como sangre y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra como la higuera deja caer sus hijos sacudida por un viento fuerte, el cielo se enrolló como un libro se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares..."
Una vez estuve de paso por un mundo donde para ver amanecer era necesario poder pasar la noche tratando de salir con vida de las trampas, y eso era difícil cuando la ciudad renacía en penas que no son de cura fácil. Y las esquinas salpicaban siempre soledad y las farolas iluminaban el asfalto húmedo y frío, gris como las almas que a veces le pasaban por encima. Recuerdo que quién se equivoca dos veces ya no podía salir de pie, y su corazón se inundaba de olvido y de tristeza, y no le quedaba otra salida que unirse a la procesión de los que se alejaban derrotados, dándole la espalda al amanecer y viendo como la vida pasaba. Entre la niebla que rebalsaba las alcantarillas por las tardes, recuerdo que leía carteles que hablaban de espíritus cansados y que advertían sobre todas las cosas que estaban prohibidas. Nunca olvidaré el segundo que leí, que decía que estaba prohibido desmoronarse en la vereda. Pero luego leí otro peor que decía que estaba prohibido escaparse de las manos del destino, y que la multa se pagaba con su sombra.
Pero como ningún cartel hablaba de que estuviera prohibido huir, luego de hacer un poco de turismo y ver los lugares que la guía me decía que no podía eludir, me fui. No tomé ninguna foto, y recuerdo que cuando atravesé la frontera me sentí aliviado.
Una vez estuve en otro mundo, creo que por vacaciones o sino por lo que tocase, pero recuerdo que estaba allí por voluntad propia, y recuerdo que los ángeles salían detrás de las cortinas para saludar a los recién llegados, y el Dios que dominaba las cosas hechas era un ser todopoderoso y lleno de misericordia, que hablaba con la gente y discernía antes de usar su diestra para hacer o deshacer. Recuerdo que un joven le rezó para que su equipo ganase aquel sábado, pero luego un joven del equipo contrario también rezo para ganar, entonces dio un empate, y ambos peregrinos, que veían las cosas solo desde sus puntos de vistas, se fueron defraudados y luego lo negaron. Yo que vi todo desde lejos me enfade por dentro con ellos, pero igual a él no le importo, claro, es que era un Dios.
Y vi muchas cosas más, la verdad es que ese era un lindo lugar, digno para pasar unas vacaciones o lo que fuese que dije que hacía allí, no sentía nunca dolor y las penas eran como agua de lluvia que resbalaba por mi piel, y podían mojarme, pero no llegaban a entrar en mi cuerpo y luego, cuando salía el sol, enseguida se secaban.
Saque muchas fotos, pero ninguna salió, y recuerdo que cuando me tuve que ir, y salí por fin de aquel mundo, sentí tristeza en mi alma y luego dije el clásico: "todo termina, así es la vida".
Un día descubrió que estaba encerrado en un frasco. Jamás lo hubiese notado de no ser por el reflejo sobre un cristal, apenas perceptible, que se proyecto en lo que parecía un cielo cuando levantó la linterna. No lograba comprender como había entrado allí, pero suponía que fue por la oscuridad de la noche, cuando había salido a caminar por el campo, seguramente no vio la entrada del frasco y entró en él. Decidió avanzar hasta que se encontró de frente con el cristal, luego dio un rodeo para descubrir las dimensiones del frasco completo. Tenía la forma de un botella gigante recostada, y la única salida ahora estaba tapada con lo que parecía un enorme pedazo de madera, o de corcho quizá. Estaba atrapado en aquel extraño lugar, y sin nada para hacer. Pasó un tiempo golpeando el cristal para tratar de quebrarlo, pero fue inútil, luego trató de perforar el corcho, parecia un tarea sencilla cuando encontró en el centro de la botella una caja con herramientas, clavos, martillos y una perforadora. La clavó en el corcho y perforó una pequeña abertura pero no llegó a traspasar al otro lado. La perforadora no era lo suficientemente larga. Terminó por rendirse y, derrotado, reconocer que nunca saldría de aquel frasco. Junto con la caja de herramientas encontró montón de maderas, palos, sogas y unos grandes rollos de tela apilados. Al ver todo eso y al no tener otra cosa que hacer, comenzó a trabajar. Descubrió que había el material necesario para fabricar un barco, por lo que comenzó a montarlo. Con los rollos de tela preparó dos velas latinas, luego con las maderas armó un casco y la cubierta. Finalmente colocó el palo mayor.
Cuando el barco estaba terminado se alejó un poco para admirarlo, entonces, a lo lejos, notó que el corcho ya no estaba más en su lugar y que tenía el camino libre para escapar. De inmediato corrió hacia allí y logró por fin salir de aquel frasco. Una vez afuera se giró para ver como quedaba el barco que había fabricado dentro de la gran botella, entonces descubrió que se había olvidado de izar la bandera. Era una pena que después de tanto trabajo el barco se quedara sin bandera por lo que entró nuevamente y colocó la bandera en el palo mayor. Ahora sí que lo veía lindo al barco, con su bandera y podía irse. Pero notó entonces que las velas no estaban lo suficientemente tensas, entonces volvió a entrar y ajustó los cabos que las tensaban. Entonces vio que la madera de cubierta necesitaba ser barnizada, o comenzaría a deteriorarse por lo que se puso a hacerlo.
Así fue como terminó por permanecer en aquel frasco por mucho tiempo.
Dos lugares separaban las fases de un mundo heterogéneo, delimitado por los encargados de mantener la línea en su sitio. No era una muralla ni una zanja, ni siquiera una valla, era una línea pintada de blanco. No había carteles que advirtieran de la separación, sin embargo estaban quienes debían ocuparse de hacerlo saber. La división había sido creada por los hombres, sin embargo no había odio ni razón de rivalidad por ambas partes, era como si hubiese sido una decisión arbitraria con tan poco sentido que no generaba desacuerdos.
Un buen día una parte de la línea se borró y, cuando lo descubrieron ya muchos se habían pasado de un lado a otro, entonces, como no se podía saber quienes estaban del lado incorrecto, se cambiaron a todos de lugar, los de un lado hacia el otro y viceversa. Esto no solucionaba nada pero era una medida que daba la impresión de ser “correctiva”. Las personas obedecieron y rehicieron sus vidas en el lado opuesto, sin preocuparse por los cambios. Pasaron muchos años de calma hasta que otro buen día un señor de uno de los lados quiso pedir permiso para pasar al otro lado. Resultaba que todos los encargados de mantener la línea habían ya muerto y no sabia a quién extenderle la solicitud por escrito que había preparado. Al ver que no existía ente burocrático para oponerse al traspaso, simplemente atravesó la línea, hizo lo que debía del lado opuesto, y volvió a su lado.
Por desgracia nadie más intento cambiarse, por lo que las dos partes nunca se enteraron de que ya no había personas que lo separasen, tan solo una línea inerte.
Pero un día, un terremoto seguido por una tormenta de barro borró por completo la división y entonces comenzó el pánico, la gente no sabía a que lado pertenecía y por ello se fue creando una preocupación. La desesperación general fue creciendo hasta que llegó incluso a algunos suicidios, la gente salía a las calles a saquear descontrolada. Por fin un grupo de personas volvieron a delimitar una línea, sin conocer en realidad cuál era el trazado correcto de la original, pero basto para reestablecer la calma. Y ellos fueron los encargados de mantenerla, al menos hasta que muriesen.
El tercer crepúsculo le dio la inspiración que necesitaba. Estaría sentado en el sillón, con un vaso en la mano, que rebalsaba de recuerdos fríos como los hielos, observando la luz del día agonizar mientras por el fondo las nubes construían y destruían formas. Se habría alejado de los ruidos y de las prisas, esperando encontrar en la quietud de la naturaleza las palabras que se le resbalaban de sus ancianas manos. Los primeros días no habría podido hacerlas salir de sus escondites y la hoja permanecería en blanco sobre el escritorio, inerte en el tiempo que pasaba sin misericordia, consumiendo los restos de vida que habitaban en las ruinas de su cuerpo. Pero todo cambiaría ese tercer día, sin razón más que los caprichos de la inspiración, que viene y va como un lecho de montaña que a veces se seca y a veces sus aguas corren con fuerza y vigor. Escribiría toda la noche, evadiendo el sueño que habría preferido no presentarse a interrumpir.
Y así nacieron sus memorias, los hechos de su vida, en un largo camino que para él llegaba a los últimos tramos, para que, quienes aún nos restan muchas etapas, tengamos una guía para saber elegir la dirección correcta en cada cruce. Nos prestó su experiencia para hacerla nuestra, para tener una visión de los peligros del camino, de los acantilados, las montañas, los mares y los bosques que nos quedan por atravesar para llegar algún día a liberarnos de todo y dejar que nuestro vehículo vuelva a la tierra y el resto aprenda a volar hacia arriba.
Y leyendo se aprende que cuando creemos saberlo todo nos enteramos que no sabemos nada y así se abre el ciclo de las puertas, que nos muestra la siguiente, la que ponemos nuestro esfuerzo en abrir y que cuando lo logramos nos deja en otra habitación donde tenemos otras siete nuevas puertas y cada una con un nuevo desafío.
Esas son las hojas escritas que nos dejó aquel tercer día de inspiración, y beber de sus palabras depende de nosotros, y de nuestra terca pasión por el conocimiento y nuestra sombría percepción de lo que concebimos como realidad.
- La compro – dijo el marido convencido de que esa era la casa de sus sueños para formar una hermosa familia con su reluciente esposa.
- De acuerdo, pero quiero advertirle que la casa tiene tres espejos, y que ellos reflejan imágenes que no siempre son la realidad, o hacen cosas raras – advirtió el vendedor, tratando de restar importancia al hecho.
- No veo que eso sea un problema – replicó el hombre sin realmente comprender a qué se refería, - un espejo no puede ir complicandole las cosas - pensó.
- Pues ya le advertí – dijo como limpiando su conciencia de que había hecho lo correcto, y que nada de lo que pudiera ocurrir sería su culpa.
Un mes más tarde la recién casada pareja se mudaba a aquella amplia casa, montada en dos plantas y un altillo. La planta inferior contaba con un gran salón decorado de forma sencilla y una gran biblioteca, y la planta superior tenía cuatro habitaciones y los baños.
- Hogar, dulce h... – decía la mujer cuando la interrumpió un aullido que se ahogaba en la nada.
- ¿Que fue eso? – preguntó con intriga más que con miedo.
- No te lo quería decir, pero viene a haber un fantasma que vive en el altillo – bromeó el esposo.
- Ja, ja – rió con falsa entonación la mujer, - y apuesto a que ahora me llevarás allí arriba a comprobar que no hay fantasmas, sino un momento romántico...
- Tan poco llevamos y ya me lees los pensamientos – se quejó con gracia.
Subieron al altillo donde encontraron a un lado de la puerta el primero de los grandes espejos de la casa. En el marco, sellado en bronce, una pequeña inscripción indicaba: “espejo de los gritos”. Rieron al leerlo, y luego se abrazaron y cayeron sobre un viejo colchón que alguien había dejado allí y comenzaron a besarse. Fue entonces cuando un espeluznante grito tronó la habitación. Los dos se pusieron de pie asustados, pasó un instante de desconcierto hasta que el marido, con dudas en la voz, explicó que debía ser que al girar sobre en el colchón habrían movido el piso y, con las vibraciones, el espejo habría rozado la pared creando aquel ruido. Ninguno creyó la explicación, pero prefirieron aceptarla, aunque también prefirieron abandonar el altillo para no volver nunca.
Esa noche durmieron tranquilos y sin preocuparse en más que disfrutar la nueva casa. A la mañana siguiente el hombre se fue temprano al trabajo mientras su mujer se tomó un largo rato en el vestidor. Allí encontró al segundo espejo de la casa. Este, en el marco, tenía tallado el nombre de “espejo de los deseos”. El día era estupendo y la casa nueva lucía de maravilla. Se le ocurrió, merced al nombre, pedir inconscientemente un deseo, pidió que viviesen para siempre en aquella hermosa casa. El espejo cambio de color por un momento, nublando su propio reflejo. Luego volvió a devolver las imágenes de su alrededor. La mujer permaneció aquel día limpiando el polvo, ordenando los muebles y acomodando los libros en la biblioteca.
El marido llegó temprano del trabajo, todavía no había oscurecido. Cuando le preguntó la causa simplemente respondió que sintió deseos de volver a la casa. Aquella tarde la pasaron en el salón, donde había un tercer espejo. El hombre se había ido a la biblioteca, donde leía un libro en un confortable sillón, mientras la mujer limpiaba la sala, entonces se acercó al espejo para leer que en el marco decía: “el espejo de las puertas”. Le pareció raro el nombre, y al mirar de reojo al vidrio se vio reflejada en él, pero también vio a su espalda, sobre la pared de la sala, lo que parecía ser una puerta. Sin embargo, según lo que recordaba, nunca antes había estado allí. Se giró para comprobarlo y, efectivamente, vio que había una puerta. Era de madera, normal. Se acercó a ella y la abrió para encontrarse una sala que parecía una oficina. Decidió entrar, la puerta se cerró a sus espaldas. Frente a ella había un escritorio en donde pudo ver una foto de ella y de su marido. Estaban abrazados a orillas de una hermosa playa. Entonces notó que había una puerta pequeña a un lado, que daba a lo que parecía un archivador desde donde oyó voces y risas. Se asomó con cautela, para encontrarse a su marido besándose con una mujer que parecía ser una secretaria. De inmediato se giró, volvió a la puerta por donde había entrado y volvió al salón. Caminó a la biblioteca y se encontró a su marido, que continuaba leyendo el mismo libro, y que ni siquiera se distrajo al verla entrar. - ¿qué ocurre? – preguntó marcando la página antes de entornar el libro.
- ¡Tu! – le gritó. – ¡Te he visto! – dijo entre lagrimas.
- No comprendo – se preocupó.
- Estabas besando a tu secretaria – explotó en palabras.
La expresión de desconcierto invadió al hombre mientras balbuceo una respuesta agrietada: - ¿Cuando?.
- ¡Recién!, en la otra sala – especificó la mujer, incluso comprendiendo que lo que decía era imposible.
- Allí – aclaró, señalando una pared sin mirarla.
- ¿Dónde? – pidió saber el esposo aún desconcertado.
Entonces la mujer se giró, para descubrir que donde un rato antes había visto un puerta, por la que había incluso entrado, ahora solo veía una pared color crema con un cuadro que representaba una escena de la batalla de Waterloo.
Entonces la mujer volvió a reflexionar, perdida en pensamientos incompatibles, -...yo, juro..., había una puerta allí.
- ¿Donde?.
- Allí – señalo la mujer sin í – señalo la mujer sabiéndose imposible. Pero luego volvió a arremeter: - da igual, tu estabas con una secretaria, ¡lo vi!.
- Escucha cariño, no se de donde has sacado esa historia, pero no es verdad. Lo habrás soñado, te habrás dormido.
La mujer sabía que no había ningún sueño, pero decidió pensar que pudo haberlo sido, y así dar por cerrado el tema, pidiendo disculpas y aceptando la posibilidad del sueño.
Esa noche durmieron mal, oyendo voces que creían que formaban parte de sus sueños, aunque no podían asegurarlo. Se despertaron cansados, el hombre se vistió y fue en busca de la puerta de salida. Sin embargo esta ya no estaba.
- Cariño, la puerta, no estaba aquí – remarcó señalando el espacio.
- Supongo que no – razonó la mujer.
- Da igual - dijo, y caminó hacia la puerta de la cocina, pero tampoco la encontró.
- No hay puertas – concluyó alarmado.
- Sal por la ventana – dijo la mujer sin prestar atención más que a la mermelada que trataba de acomodar en la tostada.
El hombre buscó una ventana y trató de abrirla pero sin éxito.
- Está trabada – se quejó, - ¡quieres ayudarme!.
La esposa se puso de pie y fue hacia la ventana para tratar de abrirla.
- ¡Has visto!, ¡no hay manera! – se desesperó.
- Rompe el vidrió – aconsejó la mujer.
- Tomaron entre los dos una silla y la arrojaron hacia el vidrio, sin embargo ésta rebotó, como si fuese un cristal blindado.
- No saldremos jamás de esta casa – maldijo el esposo.
Entonces le vino a la mente su deseo, el que había pedido, de no dejar nunca aquella casa. Estaba claro que el espejo lo había cumplido al pie de la letra.