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EL LAPIZ QUE ESCRIBIA SOLO (I PARTE)

Fue su último invento, tan último que esa misma noche la muerte lo sorprendió mientras dormía. El lápiz quedó en su escritorio, revuelto entre el resto de los inventos y el desorden que lo caracterizaban. Los bienes personales se repartieron entre familiares perdidos que poco o nada sabían de aquel viejo loco inventor que se encerraba día y noche en su laboratorio para fabricar extraños instrumentos sin uso aparente. Su único ayudante era el hijo del vecino, un chico de diez años llamado Juan que pasaba todas las tardes, luego del colegio, divirtiéndose entre las máquinas y haciéndole compañía en aquel sorprendente taller repleto de cosas raras. Para el chico aquel viejo era genio, quizás por eso, mientras los herederos pensaban en la casa que dejaba libre, se preocupó por recorrer el garaje donde estaba montado su lugar de trabajo, en busca de nuevos aparatos fascinantes como todo lo que, para él, hacía aquel inventor. Revisó algunos planos de una máquina que parecía ser para hacer túneles o algo así, se subió a una especie de moto de tres ruedas que podía andar por el agua y hacerse más angosta para pasar por espacios pequeños, hasta que terminó en el escritorio donde, entre papeles escritos, vio el lápiz. Quizá fuese su extraño color, o el brillo de su tinta, pero al verlo se sorprendió. En ese instante algunos parientes entraron al taller, el chico observaba detenidamente el lápiz cuando uno de los hombres, que no identificó pero que tenía aspecto de persona importante, le dijo que se si le gustaba podía quedárselo. Juan le agradeció, lo puso en el bolsillo de su camisa y se fue a su casa.
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