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Kosh

LAS LEYES DE LOS PROFUGOS

Estaban reunidos en una bóveda pequeña, sin ventanas, y se oían desde lejos los agudos sonidos de los murciélagos volando. La luna atravesaba el cielo como, para los que viven el día, el sol lo atraviesa, pero como ellos solo viven la noche no lo conocían.
Discutían sobre la manera de comportarse, por lo visto había algunos que estaban arriesgando el anonimato de todos con actitudes temerarias, como pasar cerca de las almas vivas, o incluso a veces quedarse presente aunque lleguen a ser vistos.
La supervivencia de la comunidad dependía de que nunca nadie supiese del fenómeno, nadie debía ni siquiera intuir la posibilidad de que ellos existieran, de lo contrario siempre algún curioso indagaría y podrían ser descubiertos.
Decidieron que los culpables serían castigados. Los apresaron esa misma noche, en la parte de más claridad del cementerio, ellos siempre estaban por esa zona, dejándose ver y arriesgando, los llevaron a la bóveda de castigos y los encerraron allí por cien años y guardaron le entregaron la llave al más joven de ellos, que había sido enterrado el día anterior y recién se estaba adaptando a su nueva forma de ser.
-Estos seres han roto nuestras leyes – le explicaban, - han arriesgado nuestra existencia jugando con las apariciones y ¿sabes que sucedería si nos descubren?, nos enviarían al infierno, donde deberíamos estar, y si estamos aquí es porque nos desviamos del camino en algún momento y no pudieron encontrarnos, pero nos están buscando, para arrastrarnos a nuestro destino final, y debemos ocultarnos para evitarlo, por ello vivimos escondiéndonos en el cementerio, donde están los cuerpos que eran nuestros cuando estábamos vivos, para ocultarnos dentro de ellos durante el día, cuando los vivos andan cerca.
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