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Kosh

HISTORIA DE VIDA

Estaba en el metro leyendo un libro de esos que se escribieron para leer en un metro, apenas una docena de actores interpretaban diferentes tareas clásicas de viajeros en el resto del vagón. Una mujer mayor con un niño que debía ser el nieto, un hombre de barba blanca y maletín marrón que parecía un profesor de universidad según los interpretan en la ficción, un chico con auriculares y una mirada inmersa en su mundo musical y marcando el ritmo con un pie, y cuatro o cinco ejecutivos de traje y corbata del nivel correspondiente a los que viajan en el metro. Pero había alguien más, un hombre de unos sesenta años, sentado en absoluta calma, al otro extremo del vagón. Su aspecto y su forma de vestir lo hacían pasar completamente desapercibido, como una parte más del paisaje urbano. Pero ese día, quién sabe porqué motivo, le presté unos segundos de atención. Fue suficiente. Pasaron unos días, no sé cuantos exactamente, cuando estaba caminando por la calle y vi al mismo ser, vestido exactamente igual a como lo recordaba, sentado descansando en un banco en el parque. No le presté la suficiente atención, si es que apenas lo reconocí, pero ese mismo día por la tarde, volví a verlo en una parada del autobús, estaba esperando inmóvil la llegada del bus, con la mirada fija en la esquina por donde debía aparecer el vehículo. Días mas tarde volví a descubrirlo, esta vez un poco más oculto, estaba de pie esperando el semáforo para cruzar la calle. Hasta entonces verlo era solo una curiosidad, pero al día siguiente todo cambio: entraba al metro cuando me lo crucé en la escalera mecánica, él salía de la estación, subiendo por la escalera, mientras yo estaba bajando. El metro apareció apenas ingresé al anden y, luego de subirme, éste cerró sus puertas y arrancó como siempre. En la estación siguiente, apoyado contra una columna, estaba nuevamente el hombre aquel. Era imposible, tan imposible que pensé que me lo estaba confundiendo con otro ser, pero en el fondo sabía, estaba seguro, que era él.
Me bajé del metro y me acerque a observarlo, sin saber bien que sería lo que le diría. Por fin me salió un - disculpe - pero luego quedé mudo, es que la expresión del hombre no cambió en absoluto ante mi llamada de atención, por lo que no supe como seguir. Me aproximé hasta estar de frente a él. Entonces, ante su mirada perdida, acerque mi mano y lo toqué. Su piel era dura, inerte. Lo miré fijamente y descubrí que no era un ser vivo, sino una especie de estatua. No me atreví a volver a tocarlo, aunque me quede unos segundos más frente a él, hasta asegurarme que efectivamente no era real.
Decidí alejarme y prometerme que, si volvía a verlo, no me acercaría a él. Si es que se trataba de un extra o parte del escenario que completan el mundo que me rodea, es decir mi existencia, por algo lo habrían puesto allí. Quizás solo me quejé internamente de que la vida tuviese tan poco presupuesto como para poner figuras falsas en lugar de actores reales para adornar la escenografía de mi historia de vida cotidiana.
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