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Kosh

LA LEYENDA DEL MUERTO

Elar era su nombre, o así lo llamaban. Su apellido no tiene importancia a estos fines. Era, simplemente, un hombre mas, de cualquier tiempo, de cualquier lugar, con algún nombre.
Había nacido en la ciudad de Mahajvir, cerca de las frías aguas del mar de Quralia, en tiempos, también, sin carencia de importancia. Era de una familia numerosa, como lo son las familias Judías. Los rasgos sutiles de su nariz y frente fueron dados por su padre, aunque dichas características no habían sido sino una profesa herencia de muchas generaciones.
Desde sus primeros años de razón aprendió las características y estructuras del Judaísmo, las cuales eran bien enseñadas por sus padres y parientes. Vivió por esas tierras su juventud. El número de Judíos era pequeño, apenas unos colonos unidos en búsqueda de mejor suerte.
Elar bien sabía que era su fin. Solo aguardaba con la mayor calma posible, con algo de molestias y dolores en el pecho y serias dificultades respiratorias. Palpitaba el cansancio de su órgano vital, el corazón latía cada vez con menos entusiasmo, como un río de montaña en tiempos de sequía. Lentamente se apagaba, como un fuego sin mas madera, enfrentado al viento y al frío de la noche.
Curiosamente, no sentía ese temor, que durante toda la vida lo había acompañado, sobre el final de la vida. Siempre, y a pesar de todas sus creencias religiosas, creyó que sería un momento difícil, donde sentiría miedo y abandono. Nadie puede acompañarte, nadie puede sentir lo mismo, nadie puede realmente decir que va a estar a tu lado, es la soledad total, única. Por eso creyó que sufriría mas que el dolor mismo de su cuerpo.
Pero no. Se encontraba tranquilo y seguro de sí mismo, quizá por fin había hallado esa fe profunda y absoluta que durante tantos años había buscado en tantas religiones, quizá ahora conocía esa verdad tan difícil de hallar en un mundo de guerras, maldad y violencia.
Percibía, desde su lecho de reposo, pasar su vida. Recordando los momentos felices que dios le había regalado.
Siempre había sido un buen hombre, agradecido y bondadoso. Había ayudado a mucha gente y disfrutaba haciendo el bien y siendo generoso con sus prójimos. Incluso en tiempos difíciles, de guerra y dolor, siempre había puesto el hombro para ayudar a los necesitados y brindar su afecto a todos. Creía en la fe y en las buenas obras.
Como judío era creyente, pero no se compenetró demasiado con las tradiciones, solo rezaba a Jehová y agradecía, día a día, todas las cosas que este le brindaba. Había seguido, de niño, al pie de la letra las escrituras. Era una persona muy creyente.
Miraba el techo, era de maderas sólidas, había algunas manchas de humedad esparcidas por los rincones, parecían como islas en un mar al crepúsculo, era lo único que tenía para ver mientras aguardaba a los espíritus del mas allá. Estaba algo oscuro, entre la penumbra del atardecer sentía que podía ver imágenes. Entre las sombras de las cortinas que danzaban al compás de la brisa que se filtraba por la ventana de madera entreabierta, creía poder dibujar figuras, cuerpos, personas y objetos. Se preguntó si vería ángeles alados, blancos o fantasmas, quizá una luz y un sendero, o tal vez oiría una dulce voz.
No había nadie cerca, estaba dejando el mundo solo, sin tristeza ni alegría. En realidad se sentía mejor así, sin nadie que llorase por él y lo hiciera sentir mal en sus últimos momentos, como culpable por abandonarlo. No era una decisión suya, pero de todas maneras el que llorase lo haría por él.
Cuando cumplió diecisiete años un trágico accidente causo la muerte de sus padres. Su padre fue aplastado por una viga que se desprendió mientras intentaba apagar un fuego que se había iniciado en el granero de su campo. Su madre intentó rescatarlo pero no lo logró y padeció asfixiada entre las llamas.
Fue un hecho horrible que lo marcó por el resto de su vida. Interiormente, siempre se lamentó por no haber podido intervenir. El estaba en la casa y permaneció allí todo el tiempo. Estaba durmiendo y no oyó los gritos de su madre. Se despertó luego con el tenebroso sonido del fuego ardiendo, quemando la madera y a sus padres, ya era tarde para cualquier rescate, los cuerpos de sus padres yacían calcinados bajo los humeantes escombros.
Después de la muerte de sus padres, sintiendo que aquellas tierras, solo le recordarían por siempre a sus seres queridos y lo torturarían con una sensación de culpa intolerable, decidió vender todo y partir hacia otras regiones. Dejó atrás todo lo que tenía, el campo que sus ancestros habían habitado generación tras generación, y partió al norte, en busca de otros aires.
Vivió muchas aventuras, visitó lugares lejanos y perdidos en el mundo. Conoció otras civilizaciones, aprendió otros idiomas, recorrió grandes desiertos, extensas praderas fértiles y altas montañas nevadas.
Luego de dos años de viajar, finalmente se detuvo, casi por accidente, en un Monasterio Franciscano. En realidad, Elar caminaba por un valle muy abierto y lejos de la civilización. El otoño estaba alejándose de a poco y ya asomaba la nariz el crudo invierno, cuando lo sorprendió una fuerte tormenta de nieve.
Se desespero por buscar refugio pero no había pueblos cercanos. La tormenta lo atrapó a la intemperie y sin demasiado abrigo. Camino hacia la nada. La nieve golpeaba su cuerpo. Con sus brazos intentaba cubrir su rostro. El temporal apenas le permitía avanzar. Los fuertes vientos cambiantes le hacían perder el equilibrio y caer una y otra vez al suelo. Le costaba reponerse. Apenas podía ver hacia donde se dirigía. Después de unas horas estaba exhausto, sus piernas comenzaron a debilitarse, su cuerpo temblaba mucho. Sus dedos se habían congelado, no sentía sus brazos. Ya no podía seguir adelante, y si se detenía moriría en poco tiempo. Descubrió, además, que había perdido el rastro de la huella del camino por el que andaba y en pocas horas caería la noche, no resistiría. Se estaba formando una capa de hielo en su pelo, entre sus cejas y sobre sus hombros. Comenzó a creer que era su fin. Pensó en sus padres, en su vida y en muchas cosas sin demasiada tristeza, mas bien con resignación. Entonces, entre la blancura mortal que lo rodeaba acercándolo a la muerte, vio algo diferente. Estiró el brazo y toco una superficie sólida, firme y rugosa. Al principio dudo de sus sentidos, era imposible. Pero la realidad siempre predomina, estaba frente a una pared. No tardó en encontrar la puerta y golpear con todas sus fuerzas. Esperó ancioso unos minutos y la puerta se abrió. Un hombre de mediana edad, vestido con una larga toga marrón oscura que le cubría desde la cabeza hasta los tobillos, lo miró fijamente. Increíblemente para Elar, el hombre no se mostró sorprendido al verlo, ni siquiera cambió la expresión de su rostro, apenas cerró levemente su entreseño, como preguntándose para sus adentros, quién era el viajero. Luego dio media vuelta para llamar a otros hombres a que lo ayuden. Demolido y helado, se desplomó hacia adentro. El hombre lo detuvo mientras caía con sus brazos.
Elar perdió el conocimiento.
No recordaba cuanto tiempo pasó, pero cuando despertó era una mañana nublada y fría. Estaba recostado en una cama. Se puso de pie y, desorientado, camino por la habitación. Miró a través de la única ventana y pudo comprobar como la nieve aún caía, aunque con menos fuerza.
La habitación era amplia, de paredes blancas y techo alto. No estaba casi adornada. La cama estaba en el centro, sobre la pared opuesta a la ventana. Desde la ventana podía ver un patio rodeado por paredes altas, del mismo color que la habitación. Mas allá, sobre los muros, se veía, con dificultad, el valle cubierto de nieve y las nubes a baja altura tapando a las montañas.
Aún estaba mirando para afuera, preguntándose donde estaba, cuando la puerta se abrió a sus espaldas y un hombre, vestido igual al que le había abierto la puerta de entrada, ingresó con una plato que contenía una taza de sopa humeante. Al verlo de pie, el hombre dejó el recipiente sobre una mesita de madera al pie de la cama y se retiró. Un rato mas tarde ingresaron tres hombres. Uno era anciano y usaba, y diferencia del resto, ropa blanca.
Le explicaron que estaba en un monasterio franciscano y que era verdaderamente un milagro que haya llegado hasta allí en medio del temporal y que haya sobrevivido en el estado en que se encontraba.
Elar había pensado lo mismo, aunque el lo había llamado simplemente suerte. Con el tiempo se convencería de que aquel anciano tenía razón. Para él sería un milagro haberse salvado. Cada mañana que se levantaba y observaba la inmensidad de las montañas y los valles y pensaría de que, por la forma en que caminaba aquel día, casi ciego, sin fuerzas y al borde de la muerte, debía haber sido alguna fuerza divina la que guió sus pasos hasta chocar contra ese monasterio. La fuerza de los ángeles de Dios.
No había pueblos cercanos por lo que debió quedarse al resguardo del monasterio. Había mucha nieve que tapaba todo, no había forma de ir demasiado lejos. Luego llegó el invierno. Los caminos se cerraron y solo pudo permanecer allí. También Elar se lo tomó como una señal. Pensaba que el destino lo había ubicado en aquel sitio con algún propósito, así que allí se estableció.
El monasterio era una antigua edificación de amplios salones que rodeaban un patio principal. Vivían unos treinta monjes, en su mayoría sacerdotes. Eran grandes hombres, con una conciencia transparente y una increíble percepción de la realidad. Vivían inmersos en una tranquilidad absoluta, logrando elevados niveles de meditación. Podían estar sin dormir ni comer durante mucho tiempo mientras meditaban.
Con el tiempo se fue integrando a la vida de los hombres y a sus creencias. El lugar contaba con una antigua biblioteca que de a poco fue leyendo. Así conoció las enseñanzas católicas. Leyó y estudió durante muchos años La Biblia y le llamó mucho la atención. Se vio reflejado en las escrituras y así fue como conoció las creencias y fue integrándose a ellas, y ellas a su ser. Para cuando había cumplido los veintinueve años, se ordeno como monje franciscano.
Vivió un par de años mas allí, en la soledad y el silencio de los valles. Finalmente partió hacia otros rumbos, impulsado por la fe misionara y el instinto aventurero. Se sumó a un grupo de expedicionarios que recorrían esas tierras y los acompaño durante miles de kilómetros, hasta llegar a otras ciudades y otras culturas.
Se estableció unos meses en una pequeña aldea a las orillas del desierto. Desde allí partían las caravanas de camellos que se internaban en las arenosas tierras, para atravesarlo.
Un día, un grupo de una de las caravana que partía le pidió si podía acompañarlos debido a que uno de los hombres había enfermado un día antes del viaje. Elar, dudo en tomar la decisión pero, finalmente, decidió aceptar y tomó el lugar de aquel hombre. Partió a la mañana siguiente, cabalgando un camello cargado de alimentos situados en dos alforjas y varios toneles pequeños de agua.
La caravana avanzaba día a día sumergiéndose en la nada. A veces pasaban jornadas enteras sin ver mas que arena, cielo y el inmenso sol castigando continuamente su cuerpo. Luego venía la noche, fría y silenciosa, para recordarle que aún estaba vivo.
Superaron tormentas de arena y viento que apenas les permitían seguir un camino. Durante el día se guiaban por el sol, durante la noche por las estrellas y la luna. No podían darse el lujo de equivocar su rumbo, de girar en círculos, de estar perdidos sin dirección, ya que el agua escaseaba y estaba calculada justo para la supervivencia exacta de los días avanzados en línea recta al destino.
Por fin, después de mucho andar, la caravana llegó a su destino. Un pueblo pequeño, cercano a un oasis, la única fuente de vida para esas tierras. Habían crecido algunos arbustos y palmeras cerca del pozo de agua, y ahí se estableció el hombre. Las casas eran bajas, de techos rasos y paredes anchas. Las ventanas no tenían nada que las cubriesen y no existían las puertas. El lugar estaba aislado del mundo, separado por el desierto.
Se estableció allí y vivió algún tiempo. No le gustaba el lugar, se sentía atrapado, quería salir, volver a las tierras fértiles, pero transcurrían los meses y no pasaban caravanas. Luego de un tiempo, deprimido y sufriendo la frustración de sentirse aislado, decidió partir solo, provisto de un camello, algunos toneles de agua y comida. Salió una mañana temprano, y para la tarde ya había perdido todo rastro del pueblo que había dejado atrás, quedando a merced del sol y rodeado de las arenas del desierto.
Camino bajo un cielo azul claro sin nubes, soportando el intenso calor del día. Pasaban los días y no veía ningún rastro de civilización. De a poco fue consumiendo sus reservas de agua, su camello cada día estaba mas cansado y débil y avanzaba menos. Sufrió tormentas de arena que apenas le permitían ver hacia donde estaba yendo. Las noches frías no le permitían dormir bien y al día siguiente debía continuar.
Finalmente se le acabó el agua. Prosiguió su camino, perdido entre las interminables dunas, moviéndose sin dirección, hacia la nada. Por segunda vez en su vida creyó que era su fin, que nadie lo podría salvar. Se dejó llevar por sus últimas fuerzas, para saber que había hecho todo lo posible, pero su destino era terminar allí. Entonces, detrás de una alta duna de arena, surgió una hilera de camellos, caminando uno tras otros hacia él. Eran unos cuarenta animales sobre los que cabalgaban jinetes cubiertos por túnicas blancas. Los hombres no tardaron en verlo. Elar estaba recostado sobre el camello, avanzando sin rumbo. Su boca estaba seca y su lengua tan hinchada que apenas le entraba entre sus labios.
Enseguida cabalgaron a él y le dieron agua. Elar había vuelto a nacer.
Los hombres eran de una de esas tribus de beduinos que habitaban del desierto. Al anochecer llegaron al campamento y le brindaron una carpa donde dormir, abrigo y alimento. Elar se esforzó por demostrarse agradecido, sin ellos habría muerto en pocas horas.
El campamento era pequeño, casi un par de docenas de carpas desparramadas en la ladera de una duna. Había mujeres y niños, aunque la mayoría eran hombres. Todos lo saludaron al llegar y lo trataron de manera excelente.
Debió permanecer con ellos, pero esta vez no le importó. Comenzó a disfrutar del desierto y de la vida que llevaban allí.
Aprendió muchas cosas nuevas. Le enseñaron como guiarse con las estrellas y con el sol, para evitar perderse en el desierto. Si lo hubiese sabido antes no habría estado tan cerca de la muerte. La tribu era nómade, viajaban buscando nuevos lugares donde establecerse provistos de pozos de agua. Luego se establecían en el lugar y permanecían allí hasta que el agua escaseaba y nuevamente partían hacia otros rumbos.
Elar se sumo a los que lo rescataron, se encaminó con ellos, acostumbrándose a la forma de vida que llevaban, a sus manera de ser, a sus maneras de sobrevivir y vivir. Le enseñaron, y por cortesía y obligación debió aprender, las costumbres de los musulmanes. Todas las tardes, como buenos musulmanes, la gente del campamento se arrodillaba mirando a la meca y comenzaban a rezar silenciosamente. Él, primero los observaba, luego sintió que debía imitarlos, primero sin entusiasmo pero luego intentándolo con firmeza, hasta que, finalmente, realizaba el ritual como parte de ellos.
Vivió dieciséis años recorriendo las cálidas arenas del desierto, viajando con ellos a través del inmenso desierto. Aprendió, en todo ese tiempo, lo sagrado de sus acciones, las enseñanzas del Coran y de las tradiciones de sus creyentes. Con el correr del tiempo llegó a convertirse al Islam. Conoció algunas mezquitas escondidas entre las ciudades del desierto. En cada una de ellas rezó como un fiel creyente.
Los hombres del campamento eran pacíficos, pero en una ocasión los llamaron con el fin de formar parte de un ejercito para hacer la guerra. Ellos debieron aceptar y dejaron a sus familias y pertenencias para unirse a los combatientes. Elar, que era extranjero, no podía ser admitido, y, por otro lado, a él no le interesaba luchar, por lo que debió alejarse.
Así fue como dejó a la tribu y buscó otros lugares. Recorrió muchas tierras, conociendo gente y lugares. Ya, cuando era mayor, se estableció en un pequeño bosque, lejos de todo rastro de civilización, a orillas de un río alimentado por agua de deshielo proveniente de las montañas que lo rodeaban. En aquel hermoso paraje construyó una confortable cabaña donde vivió hasta el ocaso de su vida como hombre.
Y allí estaba ahora, solo, dentro de la cabaña, anciano, aguardando su último suspiro, esperando, por fin, la muerte. Una muerte tranquila y sin demasiado sufrimiento, mucho menos de lo que esperaba.

...

Pasó un tiempo más, creyó quedarse dormido, apenas mirando lo que quedaba de luz, con los ojos entreabiertos, a través de la ventana. Pero no estaba dormido. Notó como la luz de afuera, de pronto fue, lentamente, aumentando. Por un momento pensó que quizá estaba amaneciendo, pero no era así. La luz crecía dentro y fuera de la habitación, en realidad el brillo comenzó a ser tan fuerte y penetrante, que, de a poco, las paredes fueron disipándose, dejando solo luz. El brillo claro partía desde todas partes, inclusive desde su interior, opacando lo poco que aún podía distinguir del mundo, hasta hacerlo desaparecer por completo.
En verdad no se había alejado el mundo sino que Elar se alejaba de él. Su cuerpo quedó allí, en una cabaña abandonada, recostado, quieto, frío, sin mas vida.
Ahora era una esencia sin cuerpo, sin figura, rodeado de la mas pura y clara de las luces que jamás había visto. Flotando en la nada, en un éter de brillo y calma. Sin aire, sin espacio ni tiempo. Sin nada humano, sin nada explicable en su mundo pasado.

...

Una imagen comenzó a generarse entre la blancura. Era un cuerpo sin forma definida. Las líneas de su figura eran borrosas y se movían como olas en un estanque. Apenas tenía sentido, aunque fue tomando mas consistencia, hasta ser un cuerpo definido. Era una persona envuelta en una especie de tela. No podía verle el rostro, pero se imaginó enseguida como sería si lo veía. Era una mujer, y sabía porque estaba allí. Venía a buscar su alma para llevarla al mas allá. Para guiarlo a través de esa fina línea que separa a los vivos de los muertos.
La muerte dio media vuelta y caminó hacia la zona mas brillante de la claridad. Elar la acompaño.
Pero entonces, la muerte, que venía estudiando los hechos, las acciones, los sentimiento y la forma de pensar durante el transcurso de la vida que había vivido en la tierra el hombre que estaba llevando, se detuvo confusa.
Elar había sido un gran hombre, digno de pasar a los mundos celestiales. ¿Pero a cual?. Había pertenecido a tres religiones. En todas ellas se había comprometido y había creído con firmeza. En todas había llegado a aprender las enseñanzas y las había cumplido.
La muerte dio media vuelta y observándolo le preguntó: - ¿quién es tu dios? -.
Pero Elar respondió: - no lo se. Siempre creí que eso me lo dirían aquí -.
- No. Yo solo guío a los humanos a sus destinos finales - aclaró la muerte. - ¿A que dios respondías en la tierra, durante tu vida? -.
Elar siempre había creído que la muerte sería, si existía como persona, una figura tenebrosa y agresiva, sin embargo, este ser no parecía malvado. Pensó como a veces el hombre va transfigurando, según sus miedos o conveniencias, las cosas que no sabe o no puede palpar.
- En realidad serví a tres dioses, porque, primero... -.
- Si, conozco tu vida - interrumpió, - pero necesito llevarte frente a uno solo - aclaró.
La muerte supo que Elar no podría decidirlo, después de todo era algo demasiado importante para elegirlo casi al azar. Pero tampoco podía dejarlo así, por lo que tomó la decisión de llevarlo a un lugar común y dejarlo en manos de los que estuvieran allí en el momento.
Le pidió que lo acompañe. Elar lo hizo y, aunque parecía que no avanzaba, sino que estaba flotando en el mismo sitio, sintió una especie de cambio de lugar. Algo era diferente.
- Ya hemos llegado - indicó la muerte sin mayor entusiasmo.
En aquel espacio no había aire, era como un vacío, no había atmósfera. En realidad, el lugar carecía de espacio y de tiempo, estaba ya fuera del universo que había conocido. Era otra dimensión, otro estado, donde las cosas, los lugares y todo era uno. Los sonidos no viajaban, sino que se oían como un eco, dentro del alma del que escucha, como una voz interior.
Estaba en presencia de una espacie de sector previo a la vida celestial.
La muerte tenía la esperanza de que se presente solo uno a reclamar el alma de Elar, y para su suerte, había un único ser allí. Era un dios profeta guerrero, envuelto en gloria y poder. Era Mahoma.
- ¿Este hombre pertenece a Alá? - le pregunto a la muerte leyendo en su interior la respuesta. La misma era confusa. Elar, durante el ocaso de su vida había sido Musulmán, pero también había pasado por otras religiones en las que había creído tanto como en la de Alá.
- Bueno, pero como el Islam fue su última creencia creo que Alá debe ser el dueño de su destino - justificó Mahoma.
Entonces surgió una voz del fondo del lugar: - pero al nacer heredó de sus padres el Judaísmo. La primera etapa de su vida debe ser la que cuenta en estos casos -. Era Moisés, el gran profeta, que había hablado.
Elar se sorprendió mucho al verlo, su imagen era imponente. Como la de un rey en el cielo.
- Por eso, su vida pertenece a Jehová - agregó.
Era también un buen punto.
- Pero la mayor parte de su vida respondió a mi Dios - dijo una tercera voz que apareció de la nada. Era la voz de San Pedro, la palabra del cristianismo, que venía también a buscar a Elar. San Pedro, creía firmemente que Elar, por haber sido una digna persona, merecía el cielo.
La muerte se sintió algo frustrada. Comenzó a creer que no había sido una buena idea llevarlo a aquel lugar. Sabía que ahora la discusión se extendería aún mas.
El alma de Elar, en cambio, aguardaba tranquila, sin impacientarse y deseando que llegasen a la mas conveniente solución. Quería lo mejor para si misma, pero, al no conocer cuál era la verdad mas conveniente, prefería que lo decidieran las personas en las cuáles había depositado su fe y confianza durante los días de ser vivo.
Los profetas comenzaron a hacer comparaciones de todo tipo. Discutiendo como decidir cuál de los parámetros era el mas influyente para encontrar una solución. Elar había sido mas años católico que de las otras religiones, pero como Musulmán había rezado una mayor cantidad de oraciones que “padres nuestros” a Dios. Pero, por otro lado, también resultaba importante el hecho de que cuando nació su corazón era del judaísmo. En la religión la herencia familiar tiene un peso muy importante ya que las creencias son fruto de las transmisiones de generación en generación.
Todos tenían muy buenas razones para ser poseedores del alma de Elar. En verdad a ninguno le interesaba luchar por su postura solo por el hecho de representar fielmente a un dios, sino que, sinceramente, querían que la decisión fuese la mas justa para aquel hombre. Con mas razón aún, debían evaluar cuidadosamente cada suceso de su vida.
Le pidieron a la muerte que decidiera ella, o, al menos, que de una opinión. Pero ella respondió que no tenía ningún poder de decisión y que para eso había traído al alma frente a ellos. Argumentó que solo podía hacer la voluntad del alma y llevarla al reino celestial a la que pertenecía.
Entonces le dijeron a Elar que decida, aunque la muerte aclaró que ya le había preguntado antes de traerlo frente a ellos y no había sabido responder.
Elar volvió a repetir lo que antes había dicho, agregando que no estaba dispuesto a tomar esa decisión porque, ahora que su fe se había convertido en sabiduría, no sabría cuál era el mejor de los caminos a tomar.
Los tres profetas debieron comprender y respetar al alma humana. Además, si durante toda una vida no había podido decidir, aún cuando no conocía la verdad de lo que vendría después de la muerte, menos podría decidirse ahora, que tenía tres posibilidades tangibles frente a él.
- Al menos no perteneció a otras religiones, sino el asunto sería aún peor - trató de consolarse sin demasiado éxito La Muerte.
Siguiendo con la discusión, Moises argumento que de no ser por la trágica muerte de sus padres, él habría sido judío toda su existencia. Aunque no era una justificación demasiado sólida, sobre todo teniendo en cuenta que en ese entonces, su dios era Jehová, fue el que decidió que aquel lamentable hacho se consumiera, conociendo las posibles consecuencia en Elar. Inclusive, tampoco puede atribuirsele al destino que Elar casi muera en aquella tormenta de nieve que, por milagro, lo depositó en aquel monasterio donde se convirtió al cristianismo.
Moises dudaba si esa acción no había sido manejada por el dios cristiano para quedarse con el alma en vida de Elar, pero como no quería hacer acusaciones ni llevar la discusión a otros niveles prefirió omitir su pensamiento.
Mahoma les recordó que por el mismo motivo, cuando fue rescatado, perdido en el desierto, fue que optó por acercarse al Islam, hasta ser uno mas del proyecto de Alá.
Y la discusión proseguía. Luego fue llevada a planos metafísicos, de difícil comprensión para el mundo humano por lo que el alma de Elar no podía siquiera entender los términos que utilizaban.
Se analizaban estímulos y pensamientos, elaborados a lo largo de la vida de Elar en su cerebro a través de su mente y almacenados en su alma inmortal. Eran términos especiales, como confirmaciones de su fe, o acciones en momentos claves de creencias. También comparaban en profundidad y persistencia sus ruegos, súplicas y rezos a lo largo de su vida. Pero tampoco llegaron a nada claro como para terminar con el problema.
La Muerte se puso algo impaciente. Es que ella, a diferencia de los demás, si debía tener en cuenta el factor tiempo, ya que, de alguna manera, estaba interconectada con los hechos del mundo humano en el universo real. No podía permitirse el lujo de permanecer allí esperando, mientras en la tierra, fruto de las guerras, la violencia y las enfermedades, cientos de almas la aguardaban. Era consciente de que, sino se apresuraba, luego debía estar buscando a los espíritus dispersos por las casas antiguas y cementerios, que, cansados e impacientes, dejaban sus cuerpos sin esperar a La Muerte y vagabundeaban solos, encima tratando de dar señales al mundo de los vivos y, por supuesto, complicándole aún mas las cosas a su ya difícil labor.
Por si fuese esto poco, se había comunicado con ella La Naturaleza para avisarle que había desatado un fuerte temblor en una isla habitada de la tierra. La Muerte, que ya estaba agotada, sabía que aquel terremoto le daría muchísimo trabajo nuevo, por lo que volvió a pedirles a los presentes que tomasen una pronta decisión.
- No hay forma de tomar una decisión - respondió Mahoma algo desanimado, en respuesta por los tres profetas al pedido de la muerte.
Sin embargo, Moisés, de pronto planteó una interesante sugerencia: - se me ocurre algo que podría terminar con esta disputa - dijo, - ¿por que no convocar al creador de todo esta discusión?. Me refiero al creador de la historia - especificó.
Los presentes asintieron. Salvo Elar que no sentía que tenía el derecho para opinar sobre la posibilidad.
Entonces llamaron al dueño de la historia, ahí es donde yo entro en el cuento. Enseguida todos los reunidos me exigieron que, como autor, decida donde y como debía terminar la historia. Pero yo, que jamás esperaba ni estaba preparado para dicha convocatoria, no sabía que responder. Nunca había imaginado algo así. Pense, luego, unos instantes, hasta que dije lo que creía mas prudente:
- Yo solo escribo y me dejo llevar por la idea que me inspiró, esto lo tienen que decidir ustedes. Mis personajes son libres, no les digo que deben hacer o como pensar, les permito actuar como les parece y yo, simplemente, escribo lo que sucede o lo que hacen. Es tan cierto como que en el mundo real los hombres son libres de hacer y actuar, porque los dioses les dan esa libertad para que elijan su destino. Elar vivió su vida como el lo deseó y yo no puedo decidir su final arbitrariamente, es la tarea de ustedes -.
Con todo eso logré sacarme un gran peso de encima. La verdad era que no se me ocurría hacia donde debía ir el personaje principal y era una tarea que no me correspondía. Pero por otro lado, tampoco quería que los profetas se enojasen conmigo, pues algún día, probablemente, estaría en el lugar de Elar, o, al menos frente a alguno de ellos, y no quería que tenga un mal recuerdo de mí.
Me hicieron una última pregunta: - ¿pero entonces como es posible que escribas todo esto? -.
- Yo solo escribo lo que me dice la idea. Ella nace dentro mío sin mi consentimiento o voluntad, y yo, como escritor, la escribo - respondí defendiéndome.
Por suerte comprendieron que no podía tomar la decisión que esperaban y tampoco se enfadaron conmigo. Pero el problema aún persistía y las soluciones se agotaban.
La Muerte seguía preocupada por el tiempo y, cada tanto hacia algún comentario sobre ponerle un punto final al problema. Por otra parte, yo estaba cansado de escribir y no quería seguir relatando la discusión por siempre (también tenía otros cuentos que terminar y demás cosas en mi universo).
- Podríamos llamar a los dioses - propuso Moisés, pero los demás argumentaron que solo sería aumentar la cantidad de opiniones y que no arreglaría nada sino que complicaría mas las cosas. Además no era algo tan importante como para molestarlos.
- La culpa de todo la tiene esta complicada idea, es decir, la idea - reflexionó La Muerte, - ella debe decidir -.
- No - dijo la idea ni bien fue convocada. - Yo solo soy la idea, es decir, la causa del problema, pero no la solución -.
De todas maneras los presentes la acusaron de ser compleja y haber complicado todas las cosas. Ella se defendió diciendo que deberían haber considerado, en el cielo, casos como este, ya que eran perfectos. Dijo, a su vez, que la solución la deben encontrar los que participan del conflicto y que no había nada que pudiera hacer ella.
La Muerte volvió a hablar con una buena proposición: - podría volver a llevarlo al mundo - dijo. La propuesta fue bien recibido por los presentes, los cuáles se sorprendieron por lo sencillo y lógico que sonaba. Se lamentaron de que no se les había ocurrido antes Igualmente quedaban algunos puntos que arreglar primero.
- Por supuesto, esto sería una excepción. Así, devolviéndole la vida, podría elegir en la tierra a donde pertenece su alma -.
Todos estaban contentos, salvo Elar que solo se preguntaba como sería volver a la vida nuevamente, aunque tampoco se negó a la decisión, sería negarse a la vida.
Los profetas debían utilizar su poder para blanquear su mente y devolverlo al mundo, ya que La Muerte no contaba con el poder para revivir a un muerto.
Discutieron también el espacio y tiempo donde volvería y como tratarlo con el entorno y con la naturaleza. Era algo delicado, pero podían hacerlo. Había que situarlo en un lugar y arreglar todos los detalles para que el ambiente a su alrededor no notase que ese hombre nuevo había venido de la muerte. Pensaron en hacerlo renacer, pero resultaba imposible porque a los nacidos se les debe dar un alma nueva, no se puede colocar una ya usada por otro cuerpo.
La gente debía conocerlo, por lo que había que crearle una historia de vida e integrarla a las mentes de los seres que participaban de ella en las etapas correspondientes. También había que crearle pensamientos y sentimientos, pero dejando sus opiniones libres para que pueda optar con pleno libre albedrío. No debían olvidarse de afectar a la naturaleza con cada momento de su pasado. Debían abrir un espacio nuevo en el universo para colocar su cuerpo y sincronizarlo con el tiempo para que todos sus órganos vitales se adecuen a la vida.
Fue una dura tarea, pero, tenían el poder suficiente como para realizarla.
La Muerte, contenta de que ya el tema estaba resuelto, los dejó y fue a cumplir sus tareas que habían quedado pospuestas hasta entonces. Antes de irse saludo a Elar, recordándole que se volverían a ver. El individuo y futuro hombre no se alegró para nada con el comentario.
Los profetas concluyeron la obra y, finalmente, transportaron a Elar al universo. El hombre olvidaría todo lo sucedido.
Y en el mundo, mientras tanto, apareció un nuevo hombre, un hombre que volvió de la muerte.
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