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Kosh

LA LEYENDA DE LOS MAGOS

Amot comenzó a notar que estaba cambiando, y que sus cambios no eran comunes. De a poco fue descubriendo que era diferente, que las cosas que le estaban sucediendo no encuadraban entre los que lo rodeaban. Era especial, veía las cosas de manera distinta, aunque todavía no comprendía con claridad cuáles eran esas diferencias. Sabía que veía cosas en el mundo, que nadie podía ver. Podía visualizar hechos que todavía no habían sucedido. Eran imágenes o acciones que soñaba, que venían a él y le atravesaban la cabeza cuando estaba distraído, cundo estaba distendido, con la mente en blanco, y que luego, tarde o temprano, siempre se hacían reales.
Al principio eran pequeñas acciones carentes de importancia, como adivinar que una persona entraría por una puerta, o que un pájaro cruzaría volando un lugar en particular, y segundos después este pasaba, inclusive el mismo pájaro, con los mismos colores que había visto. Luego, el poder fue creciendo, pero en otras direcciones. Podía, con mucho esfuerzo, mover algunos objetos livianos, solo pensando en que estos se moviesen hacia y hasta donde él pretendía.
Todas estas cosas, a veces le salían y a veces no, por lo general no eran comunes y solo en raras ocasiones podía lograrlo, y por eso, entre otras razónes, era tan difícil que le creyeran, ya que solo de muchos intentos podía adivinar algo o mover un objeto. Eran hechos aislados, una vez cada mucho tiempo, pero con eso era suficiente para que él se sintiera muy diferente al resto.
Algunas veces, las primeras que sintió estos fenómenos, se lo contó a personas cercanas, pero la reacción las personas no fue la que esperaba. Temían por él, lo creían enfermo o delirante, o, en la mayoría de los casos, simplemente re remitían a no creer en lo que decía. Por eso fue ocultando lo que le sucedía como un secreto, un gran secreto que quizá jamás revelaría y que intentaría sofocar para ser una persona normal.
No podía descubrir ningún parámetro o razón por la cuál esos trucos le saliesen. Pensó, en un principio, que dependía del clima, de la fecha, del lugar, de la gente o de su estado de ánimo. Llegó a pensar también que dependería de su concentración, pero en una ocasión paso toda una tarde mirando el cielo e intentando prever el vuelo de las golondrinas, pero no lo logró por mas empeño que puso, en cambio, esa noche, mientras volvía al pueblo, pudo adivinar que un jinete y su caballo negro aparecerían del otro lado del monte, y, al instante, tal cuál lo había imaginado, un caballo apareció llevando al hombre que había supuesto.
Y así prosiguió su vida y su juventud, hasta que cumplió veintitrés años. La semana siguiente a su cumpleaños noto que los cambios era mas intensos. Podía mover objetos mas pesados con su mirada y, por primera vez, pudo hacer desaparecer una piedra con solo pensarlo. Si antes lo había dudado, ahora estaba completamente seguro de que era un ser diferente.
Esa mañana, justo una semana mas tarde de su cumpleaños, despertó con una extraña sensación de ser observado. Era un día frío y tormentoso. La lluvia caía como una muy suave y molesta cortina de agua sobre sus hombros. Entonces, sintió que debía partir, fue como un impulso, algo que un rincón desconocido de su mente le exigía. Se abrigó, tomó algunos objetos que consideraba de importancia y salió bajo la lluvia a caminar. Atravesó todo el bosque, en una dirección desconocida pero que sabía que no era involuntaria. No tenía sentido, pero su conciencia lo guiaba por entre los árboles, eligiendo el sendero que debía tomar, y si no lo había, eligiendo una dirección.
Cruzó todo el bosque, caminando todo el día, hasta que cayó la tarde. Finalmente, emergió a una pradera a orillas de unos empinados acantilados que caían al mar. Subió a una pequeña ladera desde donde podía ver, mucho mas abajo, las olas romper contra las piedras. Las gaviotas giraban por el cielo azul oscuro que caía hasta la recta línea del horizonte que daba lugar a un mar esmeralda cubriendo el espacio hasta la costa. A sus espaldas la tierra se abría paso, con verdes pastizales, hasta los árboles del bosque.
Se sentó sobre una gran piedra, en lo mas alto, desde donde podría observarlo todo, todo el paisaje que le ofrecía ese mundo, inmóvil, penetrando en sus ojos. Se sentó, mientras aguardaba tranquilo, algo. No esperaba una señal, no era nada en especial, por el momento solo se trataba de admirar el lugar que lo rodeaba. Trató de no pensar. Una brisa lo ayudaba, soplando desde el mar con bastante fuerza, le daba a sus oídos un sonido sobre el cuál reposar, el sonido del viento. Respiraba el aroma del agua salada del mar mientras apreciaba ver el sol, lentamente, apoyarse sobre la lejana línea del horizonte.
Pasaron las horas y permanecía solo, contemplando la tarde agonizar, presa de la oscuridad que define su muerte y el nacimiento de la noche. Cansado y algo disgustado por su forma de ser y por estar solo allí sentado a esas horas, decidió volver a su hogar. Miró por ultima vez el mar, cubierto por el reflejo plateado de la luna, la cuál ya había ganado un lugar en el cielo, aplacando el brillo de las estrellas. Pensó en las razones que lo llevaron a estar en aquel preciso lugar, pero no encontró mas respuestas que las que había inventado durante la tarde.
Se puso en marcha, bajando el cerro, cuidando sus pasos entre las piedras cuando una roca, sobre la que apolló su pie para saltar a la siguiente, se movió bruscamente. Amot perdió la estabilidad y rodó, golpeando con fuerza contra las piedras a su paso mientras caía por el barranco. Fueron unos metros en los que no supo si sobreviviría, solo pensaba en encontrar alguna forma de detener su caída. Sabía que en pocos metros comenzaba el acantilado y que ya no dependía de él salvarse de caer al vacío. En un último intento, logró aferrarse a un arbusto que sobresalía de la pared donde comenzaba la caída vertical al mar. Quedó colgando de la planta como un péndulo. Su cuerpo se vio de cara a la nada, sosteniéndose solo por su brazo izquierdo. Era imposible subir, no tenía las fuerzas suficientes y el vegetal no resistiría. No había ningún lugar cercano donde apoyar sus pies, estaban flotando en el vacío. No había a nada que pudiese ayudarlo, tarde o temprano caería. Imaginó su destino, intentó ver su futuro, como lo hacía con las otras imágenes, quería ver como su cuerpo quedaría recostado, sin vida, entre las rocas, mientras las olas que rompían con furia contra ellas, lo abrazarían con espuma y gotas frías. Ya nada le importaría, porque su alma estaría viajando hacia el mas allá. Pero no podía ver esas imágenes, no podía prever nada ni siquiera lo que pasaría el próximo segundo.
Por eso no pudo prever esa voz que se dirigió a él, que era tan clara como en un sueño, y que, aunque parecía imposible, era real.
- Para creer en la magia hay que confiar en ella - dijo la voz. - Mi nombre es Dorf, y soy el que va a enseñarte - se presentó, mirando tranquilamente desde arriba como el cuerpo del joven se hamacaba frente al vacío.
La voz provenía de un hombre que estaba de pie, al borde del acantilado. Amot apenas pudo ver su figura, de reojo, tratando de no esforzarse demasiado en el movimiento.
Era un hombre de edad, con ojos oscuros y profundos, ocultos tras abundantes cejas grises, barba puntiaguda del mismo tono y cabello largo, despeinado por el viento, y caído hasta debajo del cuello. Su rostro acumulaba arrugas profundas, más pronunciadas en su frente. Mas allá de ello, sin rasgos particulares. Era de baja estatura y promiscua estructura muscular.
Amot, que estaba desesperado y ya apenas podía sostenerse, sin prestarle atención a su presentación, le rogó que lo ayude a subir. - Ya no resisto - confesó demostrando la urgencia.
Pero Dorf continuó hablándole como si se estuviera conversando en una taberna, con su interlocutor sentado frente a él en una mesa.
- Quizá te preguntaste muchas veces que es “eso”, que te hace sentir diferente a los que te rodean en tu pueblo - hizo una pausa y observó a la luna, la cuál se elevaba cada vez mas sobre las aguas del océano. - Vas a ir a tierras lejanas, donde están los que conocen ese secreto. Ese y muchos mas - sentenció aún sin preocuparse por la situación de Amot.
- No puedo mantenerme mas - gritó mirando la caída hasta las rocas, mucho mas abajo. La débil rama del arbusto que lo mantenía vivo ya había perdido sus hojas con el movimiento del cuerpo que estaba sosteniendo y quedaba ahora solo una angosta fibra vegetal. Las raíces comenzaban a sobresalir de la tierra. Pronto cedería frente al peso de Amot. - la rama se va a romper - manifestó mientras unas gotas de sudor tibio caían por su frente.
Dorf, que no se inmutaba frente a la situación desesperante de Amot, le sugirió - déjate caer -.
- ¿Que? - gritó Amot desconcertado. Si se soltaba calculó que por lo menos caería unos cuarenta o cincuenta metros, y abajo lo esperaban los bancos de piedras y arrecifes cubiertos por el mar
- Pero es una muerte segura - respondió exaltado.
- Es necesario que confíes en mí, sino nunca voy a poder enseñarte, y nunca vas a descubrir ni a aprender sobre tu poder- sentenció.
Amot lo escuchaba descreído, quería que lo ayudase y en cambio, la persona le decía que se arrojase al vacío.
Una vez mas, Dorf le ordenó - déjate caer- Si la rama se rompe no voy a ayudarte, solo si te dejas caer por tus propios medios voy a intervenir -.
Sus palabras sonaron claras y precisas, pero no eran demasiado convincentes, sin embargo Amot ya no tenía demasiadas chances, apenas podía mantenerse aferrado. Lo pensó una vez mas, sabiendo que era una locura, sabiendo que jamás sobreviviría, luego, cerró los ojos y, aún sin poder contener el temor, se soltó.
Su cuerpo cayó al vacío. Abrió los ojos y vio como todo el mundo giraba mientras sus brazos se movían como buscando un apoyo inexistente. Estaba el mar, las piedras, el acantilado, el cielo, la luna, todo en un gran entorno confuso, entremezclándose. Fue un tiempo interminable.
Entonces, cuando ya resignado se preparaba para recibir el impacto final, su cuerpo dejó de caer, se detuvo suavemente en el espacio y permaneció flotando, como un globo, en el aire. Amot Quedó mirando al cielo, de espaldas al acantilado, con sus brazos colgando, sin terminar de entender, mientras escuchaba el sonido de las olas golpeando con fuerza las piedras a su espalda. Algunas pequeñas gotas, producto de la colisión de agua y piedras, llegaban a mojar su espalda con un fino rocío. Estaba muy cerca de haber llegado al fondo de aquel acantidado, cerca de haber muerto. Era como si una fuerza invisible lo estuviese sosteniendo. La luna parecía estar mas cerca, como un ojo, observando la escena con asombro, mientras el hombre permanecía levitando sobre la costa.
De a poco, su cuerpo comenzó a elevarse, siempre de espaldas, impulsado por un poder invisible, un poder que le había salvado la vida. Subió hasta la altura de donde había comenzado su caída. Pudo ver la rama doblada, parte del pequeño arbusto que lo había soportado. Se sorprendió por lo débil que se veía, sus raíces emergían casi por completo de entre la tierra. Era difícil entender como había podido aguantar su peso durante tanto tiempo.
Llegó hasta arriba del acantilado, entonces su cuerpo se colocó de manera vertical, luego avanzó hasta el borde y descendió suavemente sobre el prado, quedando de espaldas al mar y fuera de peligro.
Miró, enseguida, al hombre que permanecía en el mismo lugar desde donde había escuchado la voz por primera vez. Estaba inmóvil, como en un trance. Sus palmas unidas y juntas a su pecho. Su rostro contemplativo y serio, mirando fijo hacia el horizonte. Cuando Amot ya se encontraba sano y salvo, recién el extraño ser interrumpió el trance, dio media vuelta, enfrentándolo, y volvió a presentarse: - Me llamó Dorf, y soy un mago de la orden de Xut Azor - dijo.
Enseguida supo que aquel individuo había tenido que ver con el fenómeno que había detenido su caída y lo había transportado hasta arriba.
Se sentaron sobre una roca, a orillas del acantilado, y hablaron toda la noche. Dorf le explicó la razón de sus diferencias con el resto de los hombres y de que se trata la orden de Xut Azor.
Al amanecer, mientras la claridad cambiaba el negro del mar por un azul oscuro y el sol asomaba sobre la lejanía, Amot y Dorf se pusieron de pié y partieron. El jóven de apenas veintitrés años había comprendido que debía acompañar a aquel hombre. Recorrerían muchas tierras hasta llegar a su nuevo destino, en algún lugar perdido del mundo.

…

La orden de los Magos de Xut Azor era un grupo de hombres que poseían el don de la magia verdadera, es decir que no hacían trucos sino que la magia que realizaban era real.
Según la tradición oral, la orden había sido creada por el mismo dios Xut Azor, el cuál vino al mundo para darle poderes especiales a un hombre y así, que lo represente en la tierra. Luego, la magia se transmitiría a otras personas, las cuáles serían las encargadas de realizar las obras que Xut Azor, como dios, no podía realizar.
Cuentan que el dios apareció en la cima de una alta montaña de Afgan, y bajo por la ladera hasta un punto en el cuál decidió que debía edificarse el lugar desde el cuál se comunicarían los hombres con él. Dicen que espero varios días hasta que el primer ser humano atravesó el valle. Era un campesino que llevaba a su ganado a pastar al otro lado de la cadena montañosa. Al verlo, el hombre se aterro. El dios, para acercarse a él, había toado la forma de un enorme cóndor, y sobrevolaba en círculos sobre el campesino. Al tocar tierra tomó la imagen de una persona y se comunicó con él. Le dio poderes y le pidió que construya, en el lugar indicado, el templo que lo representaría.
Vea se llamaba aquella persona, y fue el que construyó todos los túneles y cavernas que definían un interminable laberinto en el corazón de la montaña. Para que pueda llevar a cabo la obra completa, Xut Azor le dio vida por setecientos años, los cuáles utilizó para cavar y cavar por dentro de la montaña, además de revelarle los secretos y poderes de la magia verdadera.
Xut Azor le confeso que debía dejar la tierra y nunca mas podría intervenir en cuestiones humanas, por ello le daba a Vea la responsabilidad de continuar con su obra. Pero Vea le pidió mas hombres, para que lo ayudasen a construir un templo en la ladera de la montaña, del cuál partiría el túnel principal el laberinto. Xut Azor le dijo que, luego de construido el laberinto, para lo cuál tardaría seiscientos años, tendría la visita de nuevos magos que, cada tanto, nacerían y se unirían a él. Estos edificarían un templo y un monasterio donde habitarían. Los elegidos recibirían el poder de la magia recién a los veintitrés años, antes serían personas comunes. Los magos podrían percibir el nacimiento de un nuevo mago, sería como un aumento del poder en el espacio, por lo que podrían ir en su búsqueda y guiarlo al Monasterio. Cada joven debería ser instruido por un maestro. El maestro le enseñaría a utilizar sus poderes emergentes, guiándolo en la sabiduría. Solo si era apto para ser un verdadero mago sería aceptado en la orden y llevado al monasterio, de lo contrario, el maestro lo dejaría. Vea sería el primer maestro, que les enseñaría a los primeros magos que llegasen por sus propios medios.
Con el tiempo, la orden creció. Sus integrantes vivían en el secreto y la soledad que los aislaba del mundo, perdidos entre las montañas y separados de la civilización y fuera de todo tiempo. Nunca fueron demasiados, en general no superaban los veinte o treinta magos. Practicaban la magia y meditaban sobre las razones de la verdad, según lo que habían legado el dios.
Vea, que había sido el maestro de todos y el discípulo inicial del dios, ya no estaba cuando Dorf se unió a la orden. Según le fue relatado, Vea se había ido a esconder la caja de Laeb, donde guardaba la magia verdadera. La escondería en uno de los rincones del laberinto que el mismo había construido, y luego dejaría el mundo. Aunque su espíritu se quedaría protegiendo el secreto de los magos.
Todo esto fue lo que Dorf le había contado a Amot durante los días que recorrieron el largo camino al monasterio.
Finalmente, en un remoto lugar, oculto entre las altas cumbre, Amot había llegado a su nuevo hogar.
Dorf le explicó el porque de su búsqueda. Los magos, como había previsto Xut Azor, tenían el poder de escuchar el sonido de la magia y de percibir la fuerza de un nuevo mago en el mundo. Por eso, aunque con poca nitidez, casi como un susurro, Dorf había podido escuchar su magia desde los veintitrés años, edad en la cuál comienza a desarrollarse con suficiente poder aquel don. Dorf, había sido el que percibió primero y con mayor nitidez la fuerza, esa era la clara señal de que él debía ser su maestro
El lugar era una fortaleza en la montaña. Se asemejaba a un antiguo castillo, emplazado sobre una ladera de una de las tantas montañas de aquel maravilloso valle. El monasteio estaba casi integrado a la roca, interrumpiendo al pendiente vertical. Sobresalían los muros que lo protegían, tanto de posibles enemigos como de los fuertes vientos y las potentes avalanchas que caían con frecuencia desde las altas cumbres.
El templo estaba compuesto de un gran patio central y muchos salones, distribuidos en varios niveles. Se internaba en el corazón de la montaña. Había sido un duro trabajo de Vea, crear todos esos pasillos. Eran túneles que recorrían la montaña desde su interior. Ninguno de los magos del monasterio se había atrevido a recorrer esos túneles, solo permanecían en el monsaterio.
Los cuartos de los magos se encontraban en subsuelos y estaban decorados de manera sencilla. También en un subsuelo había un amplio salón donde se comía y la cocina a su lado. En la planta de la superficie se encontraba el salón de meditación, el cuál sí estaba mejor decorado, con imágenes y representaciones de Xut Azor. También en la misma planta se encontraba una valiosa biblioteca cuyos libros, en su mayoría, habían sido redactados por los mismos magos y hablaban tanto de técnicas y hechizos de la magia como de la verdad y la supervivencia según su dios. En la planta superior estaba el templo. Detrás del atrio principal se encontraba una angosta escalera que descendía hasta una pequeña puerta de madera que habría el camino hacia el centro de la enorme montaña.

…

Amot no tardo demasiado en adaptarse al lugar y a las costumbres de los habitantes del monasterio. En pocos meses se sintió parte de ellos. Dorf en un principio fue algo criticado por sus colegas por traer a su discípulo sin asegurarse que él estaba de acuerdo y que era merecedor de formar parte de la orden, pero como todo daba a entender que el nuevo huésped se integraba de manera correcta al grupo, los comentarios fueron quedando en el olvido.
Amot aprendió mucho acerca de los poderes que poseía. Comprendió cuando y porque tenía esas premoniciones de que algo ocurriría, y, lo mas importante de todo, con el tiempo fue logrando dominarlas. Así llegó el momento en que, cuando se lo proponía, podía conocer algún hecho del futuro inmediato que no dependiese de él, como el vuelo de un pájaro, la caída de una roca de la montaña por efecto del viento y demás hechos. Sabía que si lo practicaba con frecuencia podría llegar a adivinar hechos de mayor importancia y más lejanos en el futuro. Por ello todas las mañanas se dedicaba a practicar una y otra vez, concentrándose para lograr cada vez mas poder.
También fue mejorando su capacidad para mover los objetos de tamaño pequeño. Aprendió como hacerlo y como llevarlos en la dirección a la que deseara. Por supuesto, no conforme, continuaba practicando para que los objetos fuesen cada vez de mayor tamaño. Por último, pudo, después de grandes esfuerzos, dominar el principio de la magia y de todo mago; lograr hacer aparecer y desaparecer objetos. Esto era una de las tareas mas rigurosas y difíciles. La técnica era sumamente importante. Todo se basaba en una profunda meditación y extremada paciencia. Por mucho tiempo solo lo lograría realizar con objetos muy pequeños.
Se esforzaba mucho por lograr tener mayor fuerza, que su magia fuese cada vez mas poderosa, y eso estaba bien para Dorf, pero su afán empecinado por crecer era una potencial amenaza para los mas conservadores magos del monasterio, los cuáles, de todas maneras, no querían entrometerse en su formación.
Pasado el año de su ingreso se anunció que otro joven mago llegaría pronto. Solo unas semanas mas tardes se presentó en las puertas de la edificación. Avanzó sobre le patio principal, contemplando con sorpresa su alrededor. No estaba sorprendido por el lugar en sí, sino porque sentía que había visto ese lugar muchas veces antes, quizá en sus sueños. Ese hombre ya conocía el lugar. Era alto, de rasgos arios, piel blanca, ojos y caballos claros, expresión objetiva y musculatura débil. Se presentó frente a todos, su nombre era Edibio y explicó que desde los veintitrés años que tenía visiones, cada vez que se encontraba solo la oscuridad, sobre aquel lugar en la montaña.
Edibio era un muy buen mago, se especializaba en la visión de acciones que estuviesen sucediendo en otros lugares en el mismo momento. Podía ver al mismo tiempo las guerras que estaban entablándose en el Golfo de Gessio, un maremoto que se gestaba en las costas de Odes, o la peste que atacaba a las tribus de la selva de Lapir. También era apto para, acercándose a una persona, poder visualizar su pasado desde sus mismos ojos. Con el tiempo logró poder percibir algunos detalles mas, como el estado de animo de una persona en un preciso momento de su pasado.
En un corto tiempo, Edibio y Amot entablaron una buena amistad. Eran los mas jóvenes de los magos y tenían bastantes cosas en común.

...

Los magos, cada tanto podían dejar el monasterio y recorrer las cumbres, así lograban un acercamiento con sus propias almas y una profunda meditación. Permanecían durante un largo período soportando intensos fríos y nevadas.
Amot fue uno de los que decidió salir a conocer la cumbre de la montaña sobre la cual había descendido Xut Azor, la misma donde estaba el templo. Salió una mañana temprano y subió durante todo el día. El sol estaba siempre oculto detrás de unas espesas nubes grises. Al atardecer buscó un refugio entre las grietas. No tardó en encontrar una especie de abertura entre grandes masas de piedras unidas. Entró y buscó un lugar seguro donde poder descansar, entonces descubrió que el lugar era una especie de cueva. Con la tenue luz de la tarde que penetraba por la abertura pudo ver que había restos de huesos en los rincones y que las paredes estaban pintadas con extraños símbolos. Describían una especie de ritual de caza, probablemente de alguna tribu aborigen.
Recordó que su maestro, Dorf le había contado que hacía muchos años había habído varias tribus de indios nomades que habitaban la zona. En su mayoría, los de los valles eran pacíficos, pero en las montañas había algunos grupos de feroces guerreros. Combatían entre ellos y, cada tanto, bajaban a los valles a saquear y atacar las aldeas. Los llamaban Los Hocks. Tenían el aspecto de hombres primitivos, con cráneos redondeados y mandíbulas que sobresalían de manera llamativa sobre sus perfiles. Caminaban encorvados y median un poco mas que la media de un hombre común. Tenían mucho pelo en el cuerpo, sobre todo en el torso y piernas, lo cuál los ayudaba a soportar las bajas temperaturas.
Nunca se enfrentaban con los magos, no se atrevían a acercarse demasiado al monasterio porque sabían que se enfrentaban a poderes sobrenaturales y les temían.
Finalmente, desaparecieron. Los magos aseguraban que la razón por la que se habían extinguido fue un invierno muy frío que trajo consigo intensas nevadas, las cuáles causaron numerosas avalanchas y derrumbes. Pasado ese invierno, nunca mas se había visto a uno de esos indios.
Sin embargo, Amot notó rastros de una hoguera recientemente encendida. En realidad le era útil, porque podía volver a encenderla y así soportar el frío de la noche. Tomó dos piedras y las frotó hasta prender una pequeña rama, y con esta generó el fuego que lo abrigaría durante las siguientes horas. Se recostó sobre una piedra lisa y buscó conciliar el sueño.
No supo cuanto había estado dormido, pero unos extraños ruidos lo despertaron. Parecían como tambores, levanto la vista en la oscuridad. La hoguera ya casi se había consumido y ahora solo iluminaba unas cenizas rojas intensas y algunas pequeñas llamas que aún sobrevivían.
Entre las sombras vio una figura semejante a una humana, pero mas ancha, a su lado había otra. En total eran unos cinco, y lo rodeaban. Los tambores seguían sonando ahora con mas fuerza, aunque aun se escuchaban a la distancia. Le llamó la atención que el sonido partía del interior de la caverna.
Los extraños seres portaban cada uno una especie de lanza ancha y corta, cuyas terminaciones eran de piedras afiladas. Amot sintió miedo, se puso de pie y retrocedió hasta un rincón. Luego trató de concentrarse para realizar algo de magia, mover algún objeto o algún truco que puediese asustarlos. Pero, a pesar de que sentía un poder extremadamente mayor al que comúnmente dominaba, sus nervios no le permitían concentrarse. Todavía era muy joven como mago, no tenía la experiencia suficiente para mantener la tranquilidad y la concentración en situaciones difíciles. Los cavernícolas, cuando vieron que intentaba algún truco se asustaron porque sabían que era un mago, pero al verlo dudar y no lograr nada comenzaron a acercarse, apuntando sus lanzas amenazadoras hacia el intruso.
No había salida, el ataque era inminente, cuando se escucho una voz conocidas, y a continuación la hoguera se encendió sola. Las llamas, amarillas y rojas, llegaron casi hasta el techo de la cueva. Los aborígenes, alarmados, huyeron emitiendo extraños sonidos, apenas comparables con un idioma. Mas tarde los tambores dejaron de sonar y volvió la calma al lugar. Todos se habían ido, todos menos un hombre que estaba parado sobre una piedra, mirando a su discípulo, aún refugiado en el rincón.

...

- ¿Dorf? - preguntó Amot.
- Si - respondió el viejo hombre que le había salvado por segunda vez la vida a su alumno. - En realidad los ancianos sabemos que estos cavernícolas aún viven. Por eso subir a la montaña significa una prueba para los jóvenes, porque tarde o temprano se enfrentan a ellos y ahí se ve si son capaces de utilizar sus poderes en situaciones límites - explico mientras descendía de la piedra.
- Es que no lograba centrar mis pensamientos - se excusó Amot acercándose a su maestro.
- Todavía no estas preparado para ser un mago, pero vas por buen camino. Demostraste coraje y valor en venir hasta acá y permanecer solo, enfrentando los peligros de la montaña, sin saber si alguien podría rescatarte - afirmó Dorf.
Recién entonces Amot notó lo preciso y calculada que fue la intervención de su maestro. - ¿Cómo fue que supiste que estaba acá, y como llegaste? - preguntó desconcertado.
- Edibio, mientras realizaba sus prácticas, tuvo la visión de los Hocks cercando la cueva donde dormías - respondió.
- ¿Pero como fue que llegaste en el momento justo?, debiste subir la montaña durante horas para llegar y encontrarme - analizó el joven.
- Al igual que cuando me hice presente en los acantilados, cuando estabas por caer al mar - agregó Dorf.
- Es verdad - dedujo Amot, el cuál nunca antes se había preguntado porque, en esa ocasión, el anciano se había presentado en el momento justo en que lo necesitaba.
- Elevar objetos no es mi única virtud - explicó, - también, con la debida concentración y con la ayuda de la magia verdadera, puedo transportarme donde lo desee, a cualquier lugar de la tierra - dijo.
- Es increíble - se asombró.
- No, no lo es. Es posible, aunque muy difícil - corrigió.
- Quiero aprenderlo - enseguida declaró Amot.
- Me lo esperaba. Pero no es fácil, es necesario tomar muchas energías de la magia verdadera. Aquí, sobre la montaña donde se guarda es mas fácil, pero lejos de ella requiere de un gran esfuerzo - expresó Dorf.
Amot en realidad todavía no comprendía el significado de la magia verdadera, ni porque estando sobre esa montaña su poder era mayor, entonces, pidió a su maestro que fuese mas claro y le explicase de que se trataba la magia verdadera.
Entonces Dorf le explicó que Xut Azor había dejado un cofre, llamado “La caja de Laeb”. Vea, cuando se cumplió el día de la cumbre, según el calendario que regía a la orden, que, a su vez coincidía con su cumpleaños setecientos, fecha final de su vida, debía abrir la caja. Al hacerlo, encontró en su interior una lápida tallada con instrucciones que solo aquel hombe podía comprender. Las instrucciones eran una serie de conjuros y hechizos. Al realizarlos, Vea logro atrapar el corazón de la magia, y encerrarla dentro de la caja mágica. Desde entonces, el centro del poder de toda la magia quedaría allí, en aquella caja. No existiría fuerza más poderosa en la tierra que lo que contenía ese objeto. En realidad, hasta ese entonces, Vea mismo era el centro de la magia. A continuación, Vea ingresó al laberinto que durante seiscientos años había construido, escondió la caja en algún lugar de los interminables pasadizos y descanso en paz junto a su dios.
Nadie sabe bien porque fue creado la caja de Loeb ni que contenía en realidad, mas allá de aceptar que en su interior se encontraba el alma de la magia verdadera, fuente de todo el poder que les permitía realizar obras sobrehumanas.
Amot todavía se encontraba muy atemorizado por el momento que había vivido. Por otro lado, se había quedado sorprendido por el poder de la magia verdadera. Pensó que, si solo por estar sobre la montaña donde se escondía la caja, su poder aumentaba en tal magnitud que él, sin aún lograr dominarlo, podía notar las diferencias, si tuviese la caja con la magia verdadera en sus manos, su poder llegaría a su mas alto potencial. Se preguntó porque ningún mago lo había pensado antes. Tener la caja con la magia verdadera sería el máximo trofeo para un mortal, podría hacer cualquier cosa, dominarlo todo, saberlo todo, conocer el futuro, el pasado, estar en el lugar que lo desease con solo proponérselo, anticiparse a cualquier hecho de la naturaleza. Cualquier cosa, todo estaba allí, dentro de un cofre, escondido en la montaña.
Meditó largo tiempo sobre el tema. Quizá existía alguna razón por la cuál nadie tenía intenciones de encontrar la magia escondida, o quizá si había quienes la buscaban pero no lo decían, tal vez lo hacían a escondidas, con la excusa de subir la montaña. Lo que era seguro era que si se proponía buscar la caja nadie debía saberlo. Eso no era ningún problema, salvo porque algunos magos, como Edebio, podían tener visiones sobre él, y así como lo habían visto rodeado por los cavernícolas, lo podían ver buscando la caja. Por eso, primero debía estudiar y practicar la manera de bloquear las visiones de sus colegas. Sabía que tenía el poder para hacerlo, después de todo era un mago también. Además, contaba con la ventaja que nadie tendría la intención de tener visiones sobre él si nadie sabía que pretendía hallar la caja.
De todas maneras, ante todo, comenzó a hacer prácticas para bloquear su mente y que nadie pudiese leer sus pensamientos ni ver a través de sus ojos. Practico durante meses hasta que todo parecía funcionar. Sentía que nadie podía saber nada de él, al menos lo intuía de tal manera ya que, por momentos, ni el mismo podía recuperar pasajes de su inconsciente inmediato. Era como si sus pensamientos quedasen en un negro absoluto, una oscuridad, un pozo, un espacio vacío, sin sentimientos ni rastros de vida. Luego, en una confusa nebulosa, los pensamientos volvían a su cauce y tomaban nuevamente su forma natural. Pero para saber si eran realmente efectivas sus prácticas, debía probar que alguien intentase ver a través de sus ojos, es decir que tratase de penetrar en su visión. Edibio era la persona indicada. Decidió que lo mejor era confesarle lo que pensaba hacer.
Los magos no parecían sospechar nada acerca de sus intenciones. Dorf como su maestro, a veces se sentaba a su lado, cuando estaba meditando, sentado sobre las paredes del monasterio, mirando el brillante sol agachar sus rayos entre las montañas lejanas, y le preguntaba como estaba siendo su crecimiento. Le interesaba que su discípulo se sintiese confortable y acompañarlo parar que lograse alcanzar lo mayor posible. Cuando el anciano se encontraba a su lado Amot actuaba como si su próxima meta a superar fuese la de poder elevar algún objeto. En su presencia transportaba piedras de lugares o desviaba el curso de nubes cercanas, pero no hacia demasiado, y demostraba mucho esfuerzo para superarse, aunque en realidad le resultaba increíblemente sencillo.
Por las tardes, Amot solía salir de las paredes del monasterio y caminaba por la pendiente de la montaña. Le había explicado a su maestro que lo hacía para concentrarse en los objetos del mundo físico que lo rodean sin perder su esencia y su dominio sobre ellos, apoyado por el poder que le entregaba la montaña, pero en realidad su objetivo era buscar alguna puerta, algún pasaje secreto que lo introduzca al laberinto donde se encontraba la caja con la magia verdadera. Lo guiaba, mas que ninguna otra cosa, los aumentos de su poder. Por momentos podía sentir que su fuerza se incrementaba, era como si sintiese el poder de la magia en su cuerpo, dentro de sus venas, a través de su mente, como un flujo magnético. No podía explicárselo, solo sabía que estaba cerca de algún pasaje subterráneo, entonces buscaba entre las piedras cercanas alguna manera de penetrar, alguna puerta oculta, algún pasaje. Pero no encontraba nada. Sabía que una puerta segura se encontraba detrás del atrio del templo, pero no podía pasar todas las tardes por allí y entrar sin ser visto por los magos que frecuentaban el lugar para orar y meditar. También necesitaba contar con la ayuda de alguien, ya había elegido a Edibio, pero todavía no había hablado con él.
La mañana siguiente, al cruzarlo en el patio, le pidió si al caer la tarde podían verse. Eligieron como punto de reunión el arrollo de deshielo que abastecía de agua al monasterio. Esa tarde los dos se encontraron allí. El lugar elegido estaba en lo alto de la montaña, contra un muro de piedras que formaban una cascada con el paso del arrollo, en su feroz descenso desde los hielos eternos de las cumbres hasta el río principal que dividía el valle entre laderas. El agua era cristalina y reflejaba la luz, encendiéndo los rayos apagados del sol del atardecer. Luego el agua formaba un pequeño estanque donde se almacenaba el líquido, para luego volver a escurrirse entre las piedras y golpearlas, emitiendo un susurro agradable y continuo que daba vida a la soledad y rompía con el silencio ahogado de la montaña.
Edibio lo esperaba de pie sobre una gran masa de rocas apiladas en forma natural y desordenada, probablemente producto de algún derrumbe del cañón que formaba el río. El joven mago miraba hacia el valle, clavando sus ojos en el lado opuesto. Amot le interrumpió con un saludo.
- Aquel Cóndor, el que vuela en círculos, allá a lo lejos, esta por cazar a un roedor escondido entre las piedras aquellas - dijo enseguida, señalando hacia un lugar lejano donde apenas se podía ver lo que indicaba. Efectivamente, una gran ave estaba volando en picada, atravesó el piso rasante, estiró sus garras y, en pleno vuelo, atrapó algo de forma redondeada, enseguida se elevó y voló alejándose, con su presa entre sus garras, víctima de la naturaleza.
- Buena observación - indicó Amot mientras se colocaba a su lado y buscaba una piedra adecuada para tomar asiento. - Ahora, ve lo que estoy pensando - le propuso.
- Con gusto - respondió Edibio, afrontando el desafío. Entrecerró sus ojos, buscando aumentar su concentración al máximo e intentando atraer la magia verdadera, esparcida por los arrededores de aquella montaña. Se colocó frente a su victima, lo miró a los ojos, tratando de extraerle su interior, leyó detenidamente sus pupilas, buscando algo comprensible, pero no pudo lograr nada, todo estaba vacío, impenetrable, como una pared blanca que se interponía entre su visión y la de su colega.
- Nada - dijo finalmente, vencido.
- Puedo ocultar lo que pienso, ningún mago puede saber que pienso si yo no lo deseo - explicó.
Sin vueltas, Amot lo enfrentó y le explicó le que tenía pensado hacer. Le dijo que si encontraban la magia verdadera escondida dentro de esa caja podrían ayudar al resto de los magos a incrementar sus poderes y a conocer mas secretos sobre lo que tienen entre sus manos, sobre el don que les fue concedido. Trató de convencerlo de que debían ir en busca de la caja, para lo cuál debían encontrar una vía de ingreso al laberinto donde estaba oculta.
Edibio enseguida se opuso, alegando que si los magos ancianos no lo habían dispuesto así, es decir, si nadie se preocupaba por encontrar esa caja, por algo sería, - quizá - le dijo - estaba mejor allí -.
- Quizá, pero lo correcto sería buscarla, tenerla entre nuestras manos y ver realmente como es la magia verdadera, creo que tenemos derecho a conocer la fuente de nuestros poderes - respondió Amot, en un nuevo intento de persuasión.
- Pero hay muchas cosas por aprender. No conocemos toda la verdad de las cosas, no debemos ser tan impulsivos para alcanzar la sabiduría - acotó Edibio, intentando deponer la actitud de su compañero.
- Todo esta ahí. Es la fuente de nuestro poder, es la única verdad que existe sobre la magia - respondió Amot. - La oportunidad esta en nuestras manos - concluyó.
Edibio levantó la vista. Miró las inmensas montañas en la margen opuesta del valle, sus majestuosas cumbres bañadas de nieve, su esplendor, mostrando lo ínfimo que es el hombre en comparación al milagro de la creación. Pensó en lo relativo y débil que resulta ser la humanidad ante la naturaleza, ante el mundo. Pero, a pesar de sus limitaciones, nadie podía negarle la virtud de la lucha por la revelación de los conocimientos, pilar de la sabiduría. El hombre tiene el derecho a utilizar todos los medios posibles para alcanzar el saber, para quitarse el peso de la duda, para combatir la ignorancia.
- De acuerdo - aceptó finalmente Edibio.
- Bien - festejó, - mañana debemos comenzar a buscar una puerta para ingresar al laberinto - explicó.
Edibio estaba de acuerdo, sentía que no podía estar a medias, o se sumaba o se excluía, y había decidido sumarse, por lo que haría lo necesario para que las cosas saliesen como debían.
A la mañana siguiente volvieron a verse en el mismo lugar, desde allí partieron hacia arriba, buscando, entre las formaciones rocosas, algún indicio de cuevas. Treparon una empinadas pendientes, que con el frío y el viento resultaban extremadamente peligrosas. Entre las gritas en las cuales introducían sus dedos para impulsarse, verificaban si no habría una entrada profunda que pueda ser parte de un túnel o algo semejante.
Legaron hasta una de las cumbres, allí descansaron y concentraron sus mentes para soportar el intenso frío, el cuál a cualquier ser humano común ya abría matado. La concentración les permitía mantener su cuerpo cálido, generando un mayor flujo sanguíneo y tomando energía calórica de los cuerpos inertes. Era una práctica que habían desarrollado hacía mucho tiempo los magos y, por las extremas condiciones de vida del monasterio, todos los nuevos aprendían durante sus primeros meses de estadía.
Todavía había luz, y comenzaron el descenso para llegar al monasterio antes del anochecer. Bajar a veces resultaba mas complicado que subir en las montañas de aquel valle. Debían ir de espaldas a la pared, buscando reducidos espacios donde colocar sus pies.
Se encontraban a media altura, colgados en una pendiente casi vertical cuando Amot se aferró a una grieta con fuerza, la cuál lo sostuvo mientras buscaba un nuevo apoyo para su pie derecho. Entonces notó que se sostenía de una especie de hueco artificial, demasiado redondeado y pulido para ser una abertura natural. Bajó hasta que sus ojos estaban a la altura del hoyo y miró hacia el interior. Era una especie de respiradero de un par de metros de longitud, luego se veía un largo pasillo, cavado en la roca, que se internaba hacia adentro, llegando hasta unas escaleras que descendían desde uno de los lados, y, hacia el lado opuesto, bordeaba la pared de piedra para luego subir por otra escalera. Era una parte del laberinto que recorría el corazón de la montaña. Estaban tan cerca, pero no existía manera por la cuál pudiesen pasar al interior. Apenas podían mantenerse sostenidos en la posición en la que estaban y no había forma de atravesar la dura pared rocosa. Debieron conformarse con observar su objetivo desde el exterior y continuar el descenso, no sin antes marcar el lugar para, en caso de que fuese necesario, retornar con algún tipo de herramienta para tratar de penetrar en la roca.
Llegaron muy tarde al monasterio, el último tramo lo recorrieron sin luz. En el trayecto hablaron sobre como podrían entrar al laberinto y encontrar la caja, desde ese punto. Por otro lado, una vez que entrasen podrían pasarse años buscando entre los pasajes del laberinto que Vea había construido durante tantos años. Necesitaba un mapa, si es que existía. Se preguntaron donde podrían encontrar uno.
La mañana siguiente se sentaron a leer diversos manuscritos en la biblioteca, cuando los pocos magos que estaban allí estudiando dejaron el lugar, comenzaron a revisar los libros, uno a uno, buscando algún indicio de indicaciones o notas sobre los recorridos del laberinto. El salón era amplio, las paredes estaban repletas de libros, una tarima de madera de roble, a la cuál se subía por una angosta escalera, también de madera, permitía acceder a los estantes mas altos. En el resto del salón había escritorios y asientos dispersos para leer. Había una gran cantidad de tomos, sin embargo la suerte los acompaño y en lo mas alto de los estantes, escondido entre manuales que hablaban de las montañas y sus secretos, hallaron un pequeño libro con extrañas ilustraciones en su encuadernado. Cada hoja contenía solo líneas que recorrían de manera vertical las páginas. A los lados de las líneas había indicaciones y sobre los extremos unos números. Los valores coincidían entre sí con otras páginas, y en algunos casos se unían o separaban. Era un promiscuo mapa encuadernado. Las explicaciones no era demasiado claras, pero era un mapa al fin.
Pasaron algunos días tratando de descifrarlo, encontraron el lugar donde, según las anotaciones, se hallaba la caja, y también el lugar donde se suponía habían estado al descender por la montaña. Trazaron el recorrido que unía los puntos y así tuvieron lista la ruta hacia la caja.
Al día siguiente, salieron al alba hacia la montaña, en busca del lugar donde habían encontrado el pequeño camino hacia el laberinto. Era un día nublado. Ascendieron con mucha dificultad por el fuerte viento que soplaba. Llegaron pasado el mediodía al punto donde se encontraba el pequeño respiradero. Treparon sobre él y colocaron sogas para poder mantenerse suspendidos en el espacio. Amot tomó una herramienta similar a un martillo, pero con la masa afilada, y comenzó a golpear el borde del angosto pasaje, con el fin de ampliarlo lo suficiente para lograr que fuese posible que un cuerpo humano lo atravesara. La piedra era dura pero de a poco cedió. Lograron abrir la ventana lo suficiente para ingresar al pequeño túnel que llegaba hasta el pasillo. Edebio se ofreció a ingresar primero. Amot también lo deseaba pero no se opuso. Su compañero comenzaba a entusiasmarse con la idea de estar tan cerca de la magia verdadera.
Colocó su cuerpo dentro de la abertura, soltó la soga y se arrastró en busca del extremo opuesto donde se podía ver un pasillo de los tantos que poseía el interior de la montaña.
- ¿Y? - pregunto Amot.
- Ya falta poco, casi puedo llegar con mis brazos extendidos al pasillo - respondió Edebio. Luego hubo un pequeño silencio, enseguida dijo - aquí hay algo, es como una madera atravesada, cubriendo la entrada al pasillo. Recién ahora la veo - explicó Edibio.
- Debe ser algún tipo de protección - dedujo Amot - ¿es posible hacerla a un lado? - preguntó.
- No estoy seguro, debe ser pesada. Voy a intentarlo - concluyó.
Edebio tomó la madera con fuerza e intento empujarla hacia adentro del pasillo. Colocando sus manos alrededor de la misma, impulso con fuerza hacia adelante. En un primer momento no ocurrió nada, la madera seguía allí, inmóvil, pero unos segundos mas tardes ésta cedió, corriéndose lentamente. Pero entonces un extraño sonido surgió de lo profundo de la piedra. Edebio no lo había notado, pero a un lado de la madera había una especie de tubo hueco, cavado en la roca, que desaparecía en la oscuridad. El sonido provenía de aquel tubo, como un susurro lejano, cada vez con mayor intensidad. Edebio sintió temor, era algo que el mismo no había podido prever. Inclusive con su magia potenciada por la cercanía a la magia verdadera pudo adelantarse a la situación. Probablemente la misma magia verdadera había anulado sus poderes cuando ingresó al túnel. Si así fuese, se trataría de una trampa.
El ruido creció hasta estar muy cerca, entonces Edebio comenzó a retroceder, arrastrándose lo mas rápido posible hacia atrás por el túnel. Pero fue demasiado tarde, una masa de agua surgió del túnel, impulsada con una fuerte presión, seguramente debido que caía desde muy arriba, como un tobogán. El agua golpeó con violencia el cuerpo del mago, lo arrastró hasta el borde del túnel y lo arrojó hacia el vacío. Amot nada pudo hacer, no llegó a detenerlo y, aunque lo hubiese hecho, no habría podido sostenerlo.
El cuerpo de Edibio se perdió en el vacío, acompañado solo por el sonido del viento, susurrando la caída. Seguramente terminaría enterrado en la nieve, mucho mas abajo, y quedaría allí por siempre.
Amot sintió un fuerte dolor de cabeza, una parte de la energía de su magia había sufrido un extraño cambio, duró unos minutos, sus manos temblaban incontrolables, luego volvió a restablecerse. Era la muerte de un mago, y las fuerzas de la magia, que estaban reacomodándose en el universo, para suplantar la pérdida.
Amot decidió volver. Trepó hasta el lugar donde colgaba la soga, deshizo el nudo, y comenzó el descenso.
Pensó que ya era demasiado tarde, los demás magos también debían haber sentido la muerte de Edibio, su intensidad había sido muy poderosa. Si volvía al monasterio todos le preguntarían que era lo que había sucedido, quizá, inclusive, ya todos conocerían sus intenciones. Decidió buscar en el mapa alguna otra puerta al laberinto. Sabía que la noche anterior, cuando estudiaba el libro con las indicaciones, había encontrado al menos una más.
Pasó las siguientes horas de la tarde buscando la puerta marcada. Subió hasta un cañadón, había un pequeño arroyo que bajaba entre las piedras. Mas arriba el agua daba un gran salto. Era una hermosa y espumante cascada que caían sobre una especie de estanque natural cavado por el impulso del agua. Observó con cuidado las indicaciones del mapa, la puerta debía estar allí, detrás de la pared de agua.
Bordeó la ladera hasta llegar a la base de la caída, allí tomó impulso y saltó a través del agua. Cayó sobre una piedra dura, del lado opuesto.
Había un marco de piedra desde el cuál nacía un largo y angosto pasillo que se perdía en la oscuridad del corazón de la montaña. El camino parecía recto. La superficie era de piedras lisas, las paredes estaban cubiertas de musgo verdoso.
Amot había traído consigo una antorcha, la cuál tardó mucho en encender debido a la intensa humedad del lugar. Con la fuente de luz en sus manos y el mapa en la otra, comenzó a avanzar por el interior del largo pasillo.
Caminaba con suma precaución, intentando visualizar siempre donde pisaba y que había mas allá de lo que la luz podía iluminar. Según el libro con las indicaciones, el pasillo se internaba casi hasta el centro de la montaña. Las paredes ya no tenían mas humedad, ahora cambiaban el color de acuerdo a la piedra que las componía, variaba de tonos grises amarronados a amarillentos. El ancho también variaba, en algunos tramos, apenas podía atravesar su cuerpo derecho y en otros sus brazos estirados no llegaban a tocar las paredes.
Finalmente llegó al final del recto camino. Había una escalera que ascendía de manera despareja y otro camino que doblaba hacia un lado y proseguía la ruta inicial. Amot observo las indicaciones y decidió subir.
Durante su ascenso llegó a diversos cruces desde donde llegaban y partían diferentes túneles. En cada bifurcación tomaba el libro y lo estudiaba con cuidado hasta asegurarse de elegir la dirección correcta que lo llevase hasta su destino. Mas complicado aún era cuando llegaba a unas especies de salones desde los cuáles partían numerosos caminos.
Así fue avanzando y eligiendo caminos, acercándose cada vez mas a su objetivo. Interiormente, por momentos podía sentir la cercanía al poder de la magia verdadera, eso le ayudaba a seleccionar el camino correcto cuando las indicaciones del mapa no eran demasiado claras.
Subió y bajó escaleras y recorrió muchos pasillos hasta que, por fin, encontró el lugar. Era un salón parecido a los anteriores, salvo por el techo, que se encontraba a mayor altura. Había un atrio tallado en la piedra. Una roca pesada, con ángulos rectos y perfectamente pulida, servía como mesa. Sobre esta se apoyaba la caja. Detrás se encontraban algunas piedras con forma de rostros extraños, como las caretas que adornaban algunos de los salones del templo. Eran figuras que representaban al dios protector de la magia, Xut Azor. Protegían a la humanidad de las maldiciones y velaban porque los poderes mágicos sean utilizados siempre para el bien de los hombres. A los lados había dos antorchas preparadas para ser encendidas por los visitantes. Amot acercó su fuego a las copas de las mismas y las encendió. El lugar se iluminó lo necesario para ver cada detalle con mayor claridad.
El mago dio media vuelta para ver el resto del lugar cuando noto que, casi pegado a su espalda, había un hombre mirándolo fijo. De inmediato, exaltado por el susto, retrocedió atemorizado hasta golpear su cintura contra el atrio.
El sujeto era un anciano, de piel arrugada, su rostro se mezclaba con el blanco de su cabello. Sus ojos eran grandes, acostumbrados a la oscuridad.
- Puedo percibir la magia en tu interior - le dijo el anciano. - Mi nombre es Vea, el elegido por Xut Axor para custodiar la magia verdadera. El que construyó a mano todos estos túneles, durante seiscientos años y el que protege la caja -.
- Mi nombre es Amot - se presentó sin saber que mas decir.
- El mago que llegase al atrio será el que tome mi lugar, así lo decía mi Dios. El elegido se presentará solo, por sus medios, y será otro mago - explicó haciendo mención a su presencia. - Tendrá la vida de setecientos años y quedará en el laberinto, siendo el dueño de la magia -.
Amot se intereso por sus palabras, quería la caja y no le importaba aceptar cualquier titulo que aquel anciano le diera para obtenerla.
- Entonces ese es mi destino - dijo.
Vea se acercó lentamente a él y le tendió la mano. Amot la tomo y enseguida sintió una fuerza que ingresaba en sus venas y recorría todo su cuerpo. Era el poder del tiempo, los años que tendría su vida que se estaban transmitiendo a su alma. Sus ojos se iluminaron llenos de tiempo. Luego Vea se alejó a un rincón y su cuerpo comenzó a temblar. Unió las palmas de sus manos y miró hacia arriba, después su materia se disolvió, dejando en su lugar solo polvo que se esparció por el vacío mientras caía al piso.
Amot tardó en recomponerse de las sensaciones que se establecían en su alma. Permaneció de pie, tratando de ordenar su mente y volver a la calma natural de esta. Cuando ya sentía que todo estaba restablecido se acercó al atrio donde se encontraba la caja. Era pequeña, de madera pesada, tenía un símbolo tallado en su tapa, era una montaña, representada por un triángulo, sobre la cuál un circulo representaba al sol que la iluminaba. Tenía los bordes de la tapa sellados con cera. No requeriría demasiado esfuerzo abrirla. Se preguntó que había allí, que era realmente la magia verdadera. Podía sentir la intensidad del poder de la magia en su cuerpo, rodeándolo y atravesándolo. Era, en ese momento, el mago mas poderoso de la tierra, y estaba seguro que, cuando abriera la caja y descubriese la magia, tendía el máximo poder que existía en el universo. Pensó para que utilizaría toda esa fuerza. No sabía la respuesta, quizá para ayudar a las personas, para castigar el mal, o para evitar tormentas y catástrofes. Pensó también porque ninguno de los magos del monasterio, jamás se había propuesto llegar hasta allí, ni porque Vea nunca había abierto la caja, a pesar de haberla custodiado tantos siglos, pero ya no le preocupaba demasiado.
Tomó la tapa con sus manos, colocó sus dedos en la abertura y empujó hacia arriba. Entonces un fuerte viento lo arrojó, con fuerza, hacia atrás. Pero no era solo un viento, tenía una extraña consistencia, era como una forma inerte que se distribuía por el espacio, como una fuerza invisible.
Amot quedó tendido en el suelo mientras observaba como esta fuerza salía disparada por los pasillos de la montaña. Recorrió como un rayo los caminos hasta encontrar la salida, dejó la montaña y se escabullo entre los valles, donde se ocultó. Luego se oyó un intenso sonido que fue aumentando, comenzaron a temblar las paredes y el techo. Duró unos segundos y luego se detuvo. Enseguida sintió una intensa sensación de desbalance en el universo de la magia, similar al que había sufrido cuando había muerto Edebio, pero es esta ocasión la sensación había sido considerablemente mayor.
Amot recorrió el camino inverso hasta encontrar la salida por la cascada. Descendió por el cañón hasta llegar a un pico desde el cuál se veía el valle y el monasterio. Pero ya nada quedaba del edificio, una enorme avalancha había arrasado con todo, ahora solo podía observar una pila de rocas que cubrían el lugar donde alguna vez había estado su hogar. La intensidad provenía de allí, de los magos que habían muerto enterrados por las piedras, indefensos, sin los poderes que les brindaba la cercanía a la magia verdadera.
La magia se había ido, ya nadie la tendría cerca, pero él seguiría vivo otros setecientos años, ese era el tiempo que Vea le había dado. Años que se condenaría a estar solo, solo buscándola, buscando lo que había perdido, para tratar de reconstruir todo lo que había destruido y comenzar otra vez.
Amot tomó sus pertenencias y partió, en soledad, a recorrer las montañas en busca de la magia, la cuál se había ocultado en algún lugar de los interminables valles, y por eso, si alguien alguien ve a un extraño caminando herrante por las montañas, alguien que aparece y desaparece, y siempre parece estar buscando algo, debajo de cada piedra, entre las grietas, sobre las cumbres nevadas, ese, seguramente, es Amot, último de los magos de la orden de Xut Axor.
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