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Kosh

LA LEYENDA DE ARGOS

Cayó un terrible rayo. Desde lo profundo de la nada, mucho mas allá del cielo. La luz blanca se abrió paso hasta la tierra y se estrelló en lo mas alto del bosque de los Druidas, a los pies del volcán, muy lejos de las costas, donde se emplazaba la única población de toda la isla.
Ninguno de los pobladores lo percibió, ni siquiera los guardias de la fortaleza, quizá debido a la claridad del día. Era una tarde calurosa y en el cielo no había casi nubes, el sol derramaba sus dedos a través del aire, sobre todo el espacio vacío del mundo.
Duró apenas unos segundos, impacto sobre los arbustos entre la calma de un bosque de robles y arrallanes. Luego prosiguió el canto agudo y prolongado de los pájaros, el sonido de un pequeño arrollo de montaña golpeando sus aguas contra las rocas al pasar furiosamente en descenso. El sol seguía brillando con fuerza.
Casi todo había quedado igual, casi todo.
Desde la maleza, de lo más intenso del verde, surgió, inesperadamente, una mano. Se aferró con fuerza de una rama seca pero resistente, y luego apareció la otra. Entonces, desde adentro de un zurco en la tierra, aún humeante por la caída del rayo, emergió una tenebrosa figura.
Era un hombre, al menos a simple vista. Medía alrededor de un metro ochenta, su pelo era castaño como la madera y le llegaba hasta el cuello, tenía la piel tostada, casi morena. Su cuerpo era robusto y firme, grandes brazos y largas piernas. Miraba a los costados desconcertado. Sus ojos no tenían pupilas, eran solo blancos, como si fuese ciego, sin embargo, al sacudir intensamente su cabeza, estos aparecieron, como si hubiesen estado escondidos detrás de sus ojos. Tardo en acomodarlos, por momentos giraban sin control y desaparecían. Luego de unos minutos logro ponerlos al frente y en el centro de sus ojos. Volvió a analizar su alrededor, esta vez observando todo, como el niño que ve todo por primera vez.
Había arboles altos, robles viejos, que dejaban escurrir por entre sus ramas cálidas linias claras que provenían del sol de la tarde. La vegetación era abundante.
- Un buen escondite - pensó.
Mas arriba, a sus espaldas, se veía el volcán Hareb, herramienta de los Dioses. Irritado, debió que dar media vuelta, girando su cabeza para poder observarlo, algo que cuando poseía cien ojos en lugar de dos jamás hubiera necesitado hacer. Desde su cráter, en lo mas alto, se elevaba una espesa columna de humo, que dibujaba con ayuda del viento un camino desparejo hacia el cielo, donde se abría hasta desvanecerse. Era una imagen amenazadora, como la de un animal salvaje siempre punto de atacar a su presa.
Recorrió su cuerpo con desprecio, como odiándolo por ser parte de él. Por ser parte de este, atrapado, como en una pequeña selva. Sintió algo de melancolía, se noto en su expresión entristecida, pero de inmediato se le paso y recordó su misión.
Dejó de perder tiempo y con cierta torpeza en sus movimientos al principio, como quien se despierta de un letargo sueño y todavía no logra establecer el control de su cuerpo, comenzó a bajar la montaña.
La torpeza fue desapareciendo y transformándose en increíble agilidad. Se movía cada vez mas velozmente. Su mente guiaba a cada músculo de sus piernas con perfecta armonía. Por un momento se detuvo al ver el cielo en un claro del bosque. Penso en el mas allá, en todo lo que había sido, y sufrió una vez mas.
Recorrió gran parte del bosque, siempre teniendo mucho cuidado de no ser visto. Buscó varios escondites, lugares reparados de tormentas y seguros para pasar la noche, cuevas subterráneas y senderos de cabra o caminos que lo lleven de un lugar a otro del bosque sin perderse, sobre todo por si era perseguido, para poder evadir a sus captores.
Bajó hasta las cercanías del pueblo y visualizó el lugar. Era un poblado pequeño, con un puerto a las orillas del mar, compuesto por tres largos muelles de madera paralelos, rodeados por una ancha escollera armada con montones de piedras dispuestas en forma semicircular a través de la bahía. Dentro de la porción de agua envuelta por la muralla de piedra había muchas pequeñas barcas de diferentes colores dispersas por el agua. La mayoría tenía un solo mástil con la vela envuelta en este y redes dobladas por dentro.
Los pescadores salían al alba y volvían pasado el mediodía, por la tarde descargaban y limpiaban el pescado. Todavía algunos estaban ingresando al puerto, pero eran muy pocos.
El extremo más lejano de la escollera terminaba en una alta formación de piedras, como un pequeño monte natural, del cuál, se sostenía una pequeña edificación, en cuya terraza, por las noches se encendía un fuego que hacía de faro a los barcos que navegaban por las cercanías.
La bahía estaba envuelta a ambos lados por tres pequeños montes por donde trepaban algunas cabañas hasta donde comenzaban los primeros árboles del bosque de los Druidas. Mas arriba el bosque se tornaba mas espeso, oscureciéndose. En la costa, casi recostados sobre el mar había varios sauces, los cuáles le habían dado el nombre a la isla. Eran bajos y sus ramas, repletas de pequeñas y alargadas hojas, caían como lágrimas, llegando a lamer las aguas tranquilas del mar.
En los muelles estaban amarradas varias embarcaciones de diferentes tamaños y aspectos, pero en general eran grandes naves de ultramar. Al menos cuatro eran de combate o transporte de tropas. Debían ser de las fuerzas de la defensa del fuerte. Otros parecían barcos mercantes, de los que viajan para el oriente en busca de especies y productos de consumo.
Mas allá, sobre el mar, hasta el horizonte, se extendían cientos de pequeños puntos que eran otras islas, las cuáles formaban el archipiélago. Las tierras continentales apenas se llegaban a divisar sobre la línea del horizonte. Los mercaderes solían viajar desde el continente y recorrer las islas llevando vestimentas, alfombras, productos de metales y otros artículos para la vida en las islas.
Por delante, abajo, se abría paso la fortaleza Edeña, rodeada por el pequeño poblado que se prolongaba hasta la playa. A ambos frentes se veían los límites que determinaba el mar y algunos arrecifes de corales.
Las casas del pueblo no eran demasiado grandes. Construidas en general de paredes de piedras blancas extraídas de las canteras naturales del mar. Los techos eran de madera traída del bosque. La mayoría tenía una sola planta y un patio trasero donde se limpiaba y se ponía a secar el pescado. Sobre el puerto había unos comercios que visitaban sobre todo los soldados cuando venían del continente.
La calle principal partía de los muelles, donde amarraban las naves del ejército Edeño, y subía, curvándose con la colina, hasta la puerta de la fortaleza.
El fuerte Edeño estaba compuesto por siete pabellones y un edificio principal donde vivía el alto mando. Todo estaba cercado por una alta muralla de piedra tallada. En cada esquina de la pared principal había torres redondas desde donde una docena de guardias controlaban continuamente el mar y el poblado. Sin embargo, por la pared que enfrentaba al bosque no siempre se colocaba seguridad ya que no había posibilidad de que un ejército se moviera a través de tanta vegetación, además de que debían haber, primero, escalado el volcán Hareb.
Los pabellones eran largos edificios donde residía la infantería de marina. Por lo menos podía alojar a un millar de soldados. También había un polvorín enterrado sobre uno de los rincones, un granero, un establo y una gran bodega donde escondían algunos de los tesoros del imperio.
Los Edeños eran un pueblo descendiente de la civilización griega que ocupaba, desde hacía décadas, gran parte de las islas del golfo de Gessio. Inicialmente había sido un pacífico pueblo pescador, pero por el solo hecho de defenderse de otros pueblos que, de vez en cuando atacaban sus islas, debió formar un ejercito para la defensa. Luego, como suele suceder, las fuerzas fueron creciendo en número y en experiencia, los soldados mejoraron su entrenamiento, y finamente algunos líderes del ejército, generales y comandantes hambrientos de poder, comenzaron a cambiar el objetivo defensivo de las fuerzas por el de conquistador. El entrenamiento fue variando hacía las técnicas de ataque.
La marina, por sobre todo, era la gran ventaja de sus fuerzas debido a la tradición naviera del pueblo. Recorrían los mares cercanos al golfo y atacaban los poblados cercanos al agua, nunca se introducían demasiado en el continente ya que no sabían combatir sin el respaldo naval y por eso es que sus víctimas, cuando los veían desembarcar, escapaban tierras adentro.
- Allí debía estar guardado el cofre de Jahvek - pensó mientras observaba detenidamente las puertas de acceso.
Revisó mentalmente, y a la luz de la tarde, todos los detalles de la fuortaleza, la ubicación de cada edificio, de cada puesto de vigilancia, de cada movimiento de los centinelas. A pesar de no contar con los ojos que tenía en otras épocas, su vista era lejanamente superior a la de cualquier ser humano. Podía ver, desde la distancia donde se encontraba, a detalle, cualquier objeto del tamaño de una manzana. Memorizó todo y planeo con exactitud cada movimiento del golpe. Recién cuando hubo decidido cada uno de sus pasos dio media vuelta y volvió subir a lo mas alto del bosque. Se escondió en lo mas espeso de la vegetación, en una especie de caverna natural inmersa en la roca, y se hecho a descansar hasta que oscureció.

…

Cuenta la Mitología griega, en la historia de la ninfa Io, que ella era una joven doncella, hija de un dios-río, de ojos celestes, cabello rubio claro, casi blanco, y piel rojiza. Su rostro era como el cielo esculpido en piedra, liso, suave, perfecto.
Solía recorrer las pedreras, exponiendo su figura a los ojos de los Dioses. Fue en uno de esos paseos que tuvo la desgracia de despertar los lujuriosos deseos del dios Zeus.
Zeus, o Júpiter, como también le llamaban, tenia la costumbre de ser atraído por cualquier mujer que estuviese a la vista. Siempre las conquistaba y les hacía el amor. Y así fue con Io. Esa tarde bajo a la pradera donde la hermosa ninfa, a orilla de un lago se bañaba.
Pero Hera, la celosa esposa de Júpiter, se entero de lo sucedido. En realidad siempre lo hacia. Poseía el don de jugar con el tiempo, sabia de las cosas del pasado y del futuro. Aunque para Júpiter eso no resultaba un inconveniente, y aún cuando su inmenso poder le permitía borrar las escenas de la mente de su esposa, el no siempre lo hacia, un poco por descuido y otro poco para despertar una mezcla de perversa pasión y deseo en su esposa.
Esa tarde que se enteró, Hera estaba de pésimo humor, y la infidelidad de Zeus despertó en ella mayor ira que la habitual. Busco a la joven Io y, sin mas, la convirtió en una vaca blanca. A pesar de eso, y para asegurarse que no vuelva a cruzarse por la mirada de su esposo, la escondió dentro de una caverna, en el lejano valle de Las Siete Montañas y bajo la vigilancia de un monstruo llamado Argos.
Argos era un ser inmenso. Su figura medía casi cinco metros de altura. Tenía largas y verdes piernas, parecidas a las de un Minotauro por la pronunciada musculatura. Con ellas podía saltar entre las rocas de las montañas y correr como el viento. Su cuerpo era arrugado, con una capa oscura de pelaje sobre los sus largos brazos. Su cabeza era muy grande y redondeada. Tenía ojos redondos y oscuros, por todo alrededor de su cara. En total eran cien ojos. Podía ver hacia muchos lugares a la vez a su alrededor. Para dormir, solo cerraba unos cuantos ojos y el resto los mantenía abiertos, luego los cerraba y abría los que habían descansado, y así nunca dejaba de vigilar a sus prisioneros ni a su alrededor. Además tenía la fuerza de seis caballos y podía seguir un rastro de varios días. Por sus características, su fuerza y su agilidad, Argos era un guardián ideal. Siempre que Hera debía pedirle a un ser vivo que vigile a otro llamaba a Argos. Inclusive, mas de una vez, otros Dioses habían solicitado sus servicios
Argos custodiaba a la vaca día y noche sin descanso. Nunca se alejaba demasiado de la cueva y salía solo para cazar se comer y conseguír algo pasto para su prisionera. Dentro de esa cueva, años antes, había mantenido prisionero al hijo de un Dragón Asiático, hasta que la piedad del dios Pan le había concedido la libertad para que volviese a sus tierras.
Pero Zeus se enteró de lo sucedido y decidió intervenir. Envió a Hermes al encuentro de Argos.
Hermes era un ser pequeño y gordito, de piernas cortas y rasgos de reptil. Su boca cruzaba casi de oreja a oreja y parecía estar siempre sonriendo. Apenas tenía tres dientes. Tenía ojos saltones de mirada seca, separados por una tímida nariz redondeada. Sus grandes y puntiagudas orejas sobresalían de entre sus pocos y despeinados pelos. Siempre iba acompañado de su mascota, una vieja comadreja. Ambos olían muy feo, como a barro de pantano.
Tanto Hermes como su comadreja, se la pasaban hablando y contando largas y aburridas historias. Al ver a Hermes, Argos no sintió temor, y pensando que tan diminuto ser no podría hacerle daño, lo invito a pasar a la caverna. Hermes le agradeció y se sentaron frente a un fuego que Argos había encendido. Mas al fondo, Hermes escucho un murmullo, era el rumido de la vaca blanca.
Hermes se sentó sobre una piedra, quedando a la altura de la cabeza de Argos, el cuál también estaba sentado frente al fuego. Esa noche comenzó, junto a su comadreja, a relatar una soporífera historia de una reina que había sido secuestrada por las tribus de Bárbaros del este, y llevada al desierto donde comenzó a criar ganado hasta que un día volvió a sus tierras y ya era reina pero debía casarse para acceder al trono. La historia era muy aburrida y Hermes la contaba de una manera tan lenta que la hacía mas pesada aún. Las acotaciones de su comadreja eran peores todavía, se enredaba y buscaba recordar detalles que no eran para nada interesantes, como los nombres de las ovejas del ganado de la princesa o los colores de sus camellos. Hermes hablaba de manera pausada y con voz ronca. Cada tanto los relatores comenzaban a discutir sobre algún detalle sin la menor relevancia, lo cuál hacía el cuento mas espeso.
Argos, poco a poco fue cerrando sus ojos a medida que estos se fueron durmiendo. Estaba ya muy cansado, era tarde y la historia no podía ser menos atractiva. Así fue como pasadas varias horas terminó por cerrar todos sus ojos a la vez, cayendo en un profundo sueño. Ese fue el momento en que Hermes aprovecho y tomo suavemente una daga afilada que guardaba en su bolsa. Mientras tanto su comadreja proseguía mencionando como la princesa recorría el reino en busca de un príncipe, para no llamar la atención y que Argos no despiertase. Hermes se puso de pie desde la roca donde se encontraba a la altura de la cabeza de Argos, elevó la daga, cuyo metal brillo con el reflejo del fuego, y, dando un salto hacia e lenorme monstruo, cayó sobre su cabeza, clavándole la daga profundamente en el centro de esta. Argos abrió sus cien ojos desesperado y lanzó un grito estremecedor que resonó por todos los pasajes de la caverna. Luego cayó pesadamente de espaldas sobre el fuego, replegándolo. Se retorció un rato y con el último esfuerzo logró quitarse la cuchilla. Finalmente suspiró y su cuerpo quedó tendido en la caverna sin vida mientras Hermes cayó con Argos y rodo, luego se pudo de pie, confirmo la muerte del monstruo y, con su comadreja, liberabaron a Io y se alejaron, aún discutiendo entre ellos el nombre de las ovejas de la reina.
Al tiempo, Hera se enteró de lo sucedido y, cuando además supo que habían matado Argos por esa ninfa, su ira desbordó. Envió uno de sus tábanos, el cuál luego de varios días de vuelo, la encontró y la pico. El insecto poseía una droga que adormecía a los mortales y hasta podía llevarlos a la locura.
La droga mantuvo a Io metamorfoseada errando por las tierras del Mediterráneo oriental. Recorriendo caminos entre otros mitos. Se la veía siempre de día cruzando estrechos, en sus vagabundeos de un país a otro. No hablaba, no reía, solo caminaba de un lugar a otro, con la mirada azul puesta en la nada y meciendo su cabeza hacia uno y otro lado.
Así pasó mucho tiempo, hasta que, finalmente, luego de un largo y penoso recorrido por vastas y desoladas tierras, dio a luz un hijo de Zeus, en una pradera parecida a las que solía recorrer cuando Zeus se enamoró de ella.
Más tarde Io llegó a Egipto, donde, por fin, encontró la paz como la Diosa Egipcia Isis.

…

Hera se acerco a su esposo, por la espalda, como a él mas le agradaba. Le acaricio el hombro y bajo su mano por la espalda hasta la cintura. Miro a sus lados, el abajo el arriba y el espacio vacío. El blanco era espeso, como nubes entrelazadas participes de un brillo casi imaginario. Había mucha luz pero ninguna fuente de brillo. La luz aparecía de la nada, desde entre la nada, pero estaba.
Zeus dio media vuelta y la observo. Miro su piel, mágica, perfecta. Dentro de lo abstracto del tiempo donde existía podía decirse que, a diferencias de otras veces, estaba de buen humor.
- ¿Si? - pregunto adivinando sus pensamientos. Después de todo era otra de sus cualidades, aunque no muy utilizada. Sabia cual era su estrategia, sabia que era lo que pediría a cambio y no deseaba, en esta ocasión, ofrecer demasiada resistencia. No habría discusiones ni tormentas, solo bondad y entrega. Por su puesto, debía ofrecerse entera, todo su cuerpo a sus deseos, pero al fin y al cabo eso era parte del juego, una concesión trivial teniendo en cuenta que eran los brazos de su esposo, el cual, en esta situación, como pocas veces, estaba dispuesto a dar parte de su amor, oculto entre las mantas de lujuria que en todo momento lo cubrían.
- Es Argos - le dijo con voz afligida solo para que la escuche suplicarle. Ella sabía el futuro de la escena y hasta el desenlace, pero debía hacer su papel, actuar como era necesario.
Juntó sus hermosos labios, mostrando un rostro triste, melancólico. Bajó la vista, dejando caer una bien simulada lágrima de lo profundo de sus ojos verde esmeralda. Realmente, y a pesar de toda esa falsa actuación, Hera sufría la muerte de su servidor.
- Si, me imaginaba - le respondió Zeus tomándola de la cintura. - Siempre dejando permear esas bondades - agregó mirándola a los ojos.
En verdad poco le importaba el destino de ese monstruoso guardian, además, necesitaba darle algo a Hera para que tolere y perdone sus últimas infidelidades.
- Hermes no debía matarlo - confesó Zeus con el fin de evadir su culpa, - pero así es él, siempre cumple con fidelidad -.
- Entonces merece otra oportunidad, después de todo es un simple centinela que estaba custodiando a tu princesita - agregó Hera para obligarlo a cerrar el tema, poniendo acento en la última palabra..
- Bueno, que así sea. Volverá a tener vida, será un hombre - culminó.
La conversación no terminó allí. Viendo Hera lo desinteresado y permisivo que se encontraba su esposo aprovecho la ocasión para que le conceda mas apetencias. La discusión se prolongó, hubo tensiones, amenazas y concesiones, pero con respecto a Argos la decisión ya estaba tomada, y en ese mismo momento, en el lejano valle de "Las Siete Montañas", un cuerpo sin vida, deforme y descompuesto, tomaba la forma de un hombre y abría sus ojos. Todos los órganos vitales comenzaron a funcionar en conjunto y recobró los sentidos. Las moscas que lo rodeaban se alejaron y, desorientado, se puso de pie.
Observó su cuerpo humano y trató de recordar lo que había sucedido. A su mente le llegó, antes que nada, pasajes de la aburrida historia de Hermes. Lo último que había escuchado antes de morir. Recordaba las primeras partes, la reina, los bárbaros que la habían secuestrado, era cuando aún prestaba atención. Luego el sueño empezó a conquistarlo.
Pero de pronto recordó su profesión y su tarea actual. Buscó desesperado por todos los pasillos de la cueva a Io, pero no había mas huellas de ella. Sus movimientos eran torpes, no lograba dominar esa pequeña estructura corporal. Había perdido gran parte de su olfato, por lo que no podía detectar si quedaba algún rastro de su prisionera o el tiempo que había transcurrido desde que escapó. Pero lo que más sufría por sobre todo eran sus limitaciones de la visión. Le resultaba muy difícil moverse mirando alrededor con solo dos ojos. Golpeaba contra las paredes una y otra vez.
Finalmente, derrotado y exhausto, con los hombros sangrando por repetidos golpes y desilusionado, salió de la caverna y se sentó sobre una piedra a descansar. En el valle caía la tarde. La sombra de la montaña a sus espaldas lo aplastaba cada vez mas mientras el sol se ocultaba tras ella.
Así fue como Argos resucitó. Y permaneció en aquel olvidado valle durante mucho tiempo, vagando de un lado a otro, melancólico, sin poder adaptarse a esas tierras ni a su nueva esencia.
Cada tanto miraba al cielo con tristeza y recordaba su glorioso pasado, cuando su existencia era la de un poderoso monstruo. Cuando todos le temían y su sola presencia espantaba a cualquier rival.
Cayó en una profunda depresión, además, no lograba dominar su nuevo cuerpo ni moverse con solo dos ojos. Pero no quería, ni se atrevía, a pedir nada más a los dioses para no parecer desagradecido. - Al menos había vuelto a la vida - era su único y poco alentador consuelo.
Dejó pasar mas tiempo, pero no encontraba cura para sus males. Vivía en sufrimiento, cada vez más inmerso en su pasado.
Finalmente, al ver que jamás superaría tal estado y sentir eternamente frustrada su felicidad, optó por arriesgar la ira de Zeus al pedirle que le devuelva su vieja, monstruosa, pero tan necesaria materia original.
Seleccionó cuidadosamente el momento para plantear su reclamo. Cuando las cosas parecían tranquilas en el reinado divino de los dioses se presentó frente a Zeus. El dios lo escuchó. Su temor a ser castigado o hasta incluso irritar al dios por osar pedirle más, luego de que le había devuelto la vida, desaparecieron de inmediato cuando Zeus se mostró distendido. El dios estaba serio pero atento a sus palabras, hecho que lo sorprendió ya que creía que si se dignaba a oírlo lo haría sin prestarle demasiada atención. Pero no fue así, le prestó atención y hasta le preguntó algunas cosas. Si no fuera porque se trataba de un dios que debía ser perfecto, seguramente le hubiera pedido disculpas.
Zeus estaba particularmente interesado en la vida actual de Argos y hablaron un largo rato. Le preguntó como se sentía estar en el cuerpo de un ser humano ya que él nunca lo había hecho y aún no conocía a ningún dios que se atreva a probarlo. Le confesó que había que tener mucho coraje para hacerlo y que, aunque un dios no le debería temer a nada, era una de las pocas cosas que jamás se atrevería a hacer.
- Si alguna vez, algún dios se atreve a padecer tal aventura será el mayor logro de la historia de los dioses - fueron sus palabras.
Argos, aunque no era un dios, había sido otra criatura y ahora estaba dentro de un cuerpo humano por lo que podría describir con cierta exactitud la experiencia. Relató lo pésimo e incómodo que se sentía, las limitaciones a las que debía enfrentarse y, sobre todo, los sentimientos humanos que trataban de condicionarlo y debilitarlo, aunque Argos decía que lograba no prestarles atención.
- Hay algo dentro de los humanos. Son como voces internas que te dicen cosas y te tratan de influir. Estos seres las llaman sentimientos. Es muy difícil describirlos, son como estados de ánimo inmanejables, como sensaciones. La diferencia es que las sensaciones se perciben a través de los sentidos, al menos las que conocía, en cambio estos que llaman sentimientos se filtran por otro canal, por un medio que nunca antes había utilizado. Algunas que se usan mucho son la compasión, la alegría, la tristeza. Algunas son buenas y otras malas, la verdad todavía no lo llego a entender ni las diferencio, el hecho es que trato de evadirlas ya que no son ni propias ni dignas de mi esencia y no deseo conocerlas -. Mientras Argos hablaba Zeus oía atentamente. Argos prosiguió satisfecho de ser tan bien escuchado: - también existe algo interno, como una vida dentro de cada cuerpo, que llaman alma, pero no pude lograr entenderlo - seguía contando Argos, con mayor detalle al notar el interés de Zeus al oírlo.
Al final Zeus confesó que justamente necesitaba a alguien para encomendarle un trabajo y hasta se le había cruzado por sus pensamientos el nombre de Argos para llevarlo a cabo. Argos se dio cuenta que había sido un momento ideal para hacer el pedido. Además Zeus estaba pasando buenos momentos y, salvo por la profanación reciente de uno de los templos dedicados a su poder, las cosas en el mundo mortal andaban como él deseaba. Hera también estaba presente y muy romántica. Pareció, de pronto, tener una idea que le comento a su esposo y que Argos no llegó a escuchar. Seguramente era algo para convencerlo de que le cumpla su petición, ya que Hera sentía simpatía por aquel individuo y además podía volver a necesitar de sus servicios. El hecho fue que le pidieron a Argos que los deje un momento solos para que tomen la decisión. Argos salió y la pareja de dioses permaneció un largo rato hablando entre ellos. Cuando terminaron lo llamaron y le dijeron habían llegado a un acuerdo. Le devolverían su esencia original, pero no sería tan sencillo.
Le explicaron en que consistía el trato. Argos debería cumplir una misión en la tierra, pero solo era posible que sea realizado por un ser humano, o al menos en el cuerpo de este. Para cumplirla, mientras estaba en el mundo, debía valerse solo de los recursos de un hombre. Por supuesto, si tenía éxito el premio sería la restitución de su tan preciado cuerpo original.

Hacía dos meses atrás, uno de los batallones del ejército conquistador Edeño, compuesto por una poderosa flota de tres buques y casi quinientos guerreros, en una de sus incursiones tierras adentro, atacó la ciudad sagrada de Morea, donde se encontraba el templo de Yagén, dedicado a Zeus. Los habitantes de Morea eran un pueblo pacífico conocidos como Los Iterianos. Rendían culto permanente a Zeus y se declaran fieles servidores del dios. Las defensas cayeron en pocos días y la ciudad fue saqueada. Cientos de Iterinanos fueron acribillados por las lanzas Edeñas mientras el ejercito avanzaba hacia el centro de la ciudad. Finalmente, ingresaron al templo de Yagén, mataron a la guardia real, cuya misión era custodiar los objetos del templo, y robaron los tesoros. Entre ellos, se encontraba el cofre de Jahvek. También cayeron, víctimas de los Edeños, los sumos sacerdotes, lo cuáles preferían perder la vida a perder el cofre de su dios.
Los Edeños volvieron a sus barcos cargando el cofre y otros objetos de valor. Partieron hacia sus hogares dejando atrás una ciudad en ruinas y llamas.
Zeus enfureció al enterarse de lo sucedido. Juró que Los Edeños serían castigados duramente por el sacrilegio y por las vidas cobradas en el ataque. También quería recuperar a toda costa el cofre en su honor, era un dios vanidoso y disfrutaba con el culto que Los Iteranos le rendían, sin cofre el pueblo se sentiría vacío y ya no habría tantos deseos de alabarlo. Por otro lado, Los Iteranos confiaban en que Zeus siempre los protegería, habían depositado toda la fe en él y los había defraudado ya que no evitó el ataque. Lo menos que podía hacer era devolverles el cofre y vengarlos, protegiéndolos para siempre de Los Edeños.
El cofre era una pieza de madera, de mas de quinientos años de antigüedad, tallada a mano con cuchillos primitivos hechos de los primeros metales y revestida con adornos de oro y piedras. Adentro contenía una estatuilla de Zeus labrada en platino. Nadie conocía su origen ni su antigüedad, tampoco podía explicarse de donde se obtuvo el material ni como se logro pulirlo hasta lograr la figura. Era uno de los secretos que mantenía vivo el culto al dios que representaba la imagen. También había libros sagrados, escritos hacía siglos, que dictaban la ley divina ordenada por los dioses. Esos libros eran los cimientos de la religión Iterana y debían ser recuperados.

La encomienda consistía en rescatar aquel cofre. Luego debía alejarlo de la isla antes de que los dioses librasen la venganza por el sacrilegio, desatarían toda la furia del centro de la tierra sobre los profanadores.
Los comandantes Edeños guardarían el botín en su fortaleza más segura, en la Isla de los Sauces, al norte del golfo de Gessio.
Argos escucho con atención lo que debía hacer, no le pareció que se trataba de una tarea dificultosa y, por otro lado, no contaba con más opciones por lo que aceptó sin condiciones la oferta y dijo que cumpliría con éxito la misión o no volvería a reclamar jamás su antiguo cuerpo.
Zeus y Hera intercambiaron miradas cómplices, como si guardasen una carta más.

…

Era ya de noche. El cielo estaba claro y la luz de la luna cubría los espacios entre las sombras de los árboles. Los pájaros habían callado sus cantos por lo que el bosque se encontraba en un profundo silencio. Solo algunos animales nocturnos como búhos o grillos rompían por momentos aislados la calma. Argos se despertó y enseguida se puso de pie. Observó a su alrededor para asegurarse de que no había moradores cercanos y salió de su escondite. Miró la noche, poseedora de un cielo de estrellas opacadas por la fuerza del reflejo lunar. La claridad no era buena para su misión, pero de todas formas no podía esperar hasta una noche sin luna así que decidió arriesgarse igual.
Sin perder tiempo se encamino, barranca abajo, hacia la fortaleza Edeña. Bajaba la montaña con cuidado de no hacer ruido ni ser visto. Caminaba cerca de los árboles, cubriéndose detrás de cada tronco. De pronto, sintió que había alguien a sus espaldas. Dio media vuelta deprisa, pero no vio nada. Maldijo el hecho de contar con solo dos ojos y poder ver hacia un punto por vez. Siguió bajando, con prudencia.
De pronto, entre unas sombras, cerca de unos arbustos bajos, le pareció ver a un hombre que lo estaba mirando, fue casi un segundo, luego pestañeo y ya la imagen no estaba. Volvió a maldecir su pobre sentido de la vista. Pero algo captó enseguida su atención, escucho un sonido de hojas secas aplastándose, - eso no podía ser una ilusión - pensó, ahora estaba seguro de que alguien andaba merodeando por las cercanías. Se acercó a un tronco de roble, se ocultó detrás de este, y permaneció en silencio, esperando ver algo entre los árboles. Pasaron varios minutos y no oía ni veía ninguna señal de lo que fuese que estaba en el bosque. Al final volvió a creer que era fruto de su imaginación y su débil inconsciente humano y salió a la luz nuevamente. Entonces, detrás del lado opuesto del mismo árbol donde se había escondido emergió una figura humana. Argos no llegó a reaccionar de un temor frío que le recorrió las venas al tiempo que escuchó las primeras palabras.
- No fue mi intención asustarte - dijo la figura mientras se movía hacia la luz. Argos retrocedió pero sin intenciones de huir ni atacar.
- Hace mucho, mucho tiempo que no te veía - continuó. Ahora la luz de la luna iluminó el cuerpo que estaba hablando. Era un anciano, de cabello y barbas blancas. Vestía una especie de toga clara que le llegaba a cubrir los pies y hasta se arrastraba por el suelo. Era de muy baja estatura y tenía una mirada profunda y penetrante, debajo de unas grises y opacas cejas. Era una mirada de sabiduría.
- ¿Quién es? - dijo Argos esforzándose por ganarle a la oscuridad y ver mejor al anciano.
- Si, es tiempo de hablar y que sepas quien soy - respondió el viejo al tiempo que lo invitaba a sentarse sobre un tronco seco que yacía recostado sin ramas.
- Mi nombre es Hedicles y soy un druida que vive en este bosque. Nosotros los druidas estamos por aquí y por allá pero no nos dejamos ver con frecuencia, pero en este caso, al reconocerte, sentí que debías verme y escucharme - agregó el anciano. - Percibí tu precencia desde el momento en que ese rayo te depositó en esta lejana isla y me pregunte porque estabas aquí. Ahora, aunque ya estoy un poco viejo y me cuesta bastante deducir los hechos, creo que lo sé - continuo hablando, observandolo con un cierto resplandor de melancolía en sus ojos.
- Según la naturaleza, todas las criaturas deben tener, por lo menos, un padre. Este puede ser otra criatura que, de alguna manera lo hay creado, o un dios, sea como sea, el padre siempre existe - le dijo el viejo.
- ¿Y que tiene que ver conmigo? - argumentó Argos.
- ¿Alguna vez conociste o te detuviste a pensar quién es tu padre? - preguntó el druida.
- No - respondió Argos luego de pensarlo un instante. En verdad nunca ni siquiera se lo había preguntado a sí mismo, por lo que tardó en reaccionar en responder, - aunque seguramente debió ser un poderoso monstruo, al igual que lo fui yo. Quizá más poderoso aún, con mas fuerza y poder - definió.
- ¿Y por que debería ser así? - preguntó el otro hombre.
- No lo sé, así es como me lo imagino - respondió Argos todavía perplejo por estar manteniendo esa extraña conversación.
- ¿Y que dirías si te dijera que tu padre es un pequeño y anciano druida? - le respondió el viejo. Argos enmudeció ante esas palabras.
- Yo te creé - confesó el druida. Luego se acomodó, sobre el tronco, miró por entre un claro el mar, inmóbil como una pizarra azul bajo el reflejo lunar, y continuó: - muchos años atrás, un despiadado mago estaba causando graves males a lo largo de los poblados del desierto de Los Entierros, que para los seres humanos, en su mundo, representa el oráculo de Siwa . Era un peligroso brujo que, creando horribles bestias, atacaba a los pobladores, destruyendo y matando. Había sido enviado por los malignos demonios que vivían en los confines del océano, detrás de la línea del horizonte. Entonces, Los Señores de La Armonía decidieron enviar a tres druidas para enfrentarlo. Yo era uno de aquellos druidas, en ese entonces, apenas un caballero de la Orden de los Adivinos. Combatimos durante varios días, enfrentando nuestras fuerzas contra las suyas. La lucha fue muy dura, el mago tenía grandes poderes, pero finalmente logramos vencerlo. Matamos a sus bestias, lo capturamos y, mediante un conjuro, bloqueamos su magia. Luego lo encerramos en el laberinto de Adablo por la eternidad. El laberinto tenía una curva de espacio que hacía que sus pasillos girasen hasta el infinito. En cada una de sus interminables esquinas había una cigüeña que confundía mas a los prisioneros, aconsejándoles seguir caminos hacia la nada.
Temíamos que sus discípulos fueran a rescatarlo por lo que decidí crear a un ser con las suficientes armas para resguardar y custodiar por siempre a su prisionero. Un guardián perfecto, con cien ojos, para ver tanto a su prisionero como a los posibles intrusos que quisieran rescatarlo y con fuerza para luchar y vencer a las bestias del mago, por si estas revivían e intentaban rescatarlo. Entonces te creé - concluyó mientras lo miraba íntegramente, como un artista que observa su obra perfecta, aunque solo estaba viendo su cuerpo humano actual.
- Custodiaste durante varios años al mago, hasta que Obolo Caronte, el barquero de los muertos, vino por él y se lo llevó a las profundidades del infierno -. Argos apenes podía recordarlo, era muy joven y la memoria no era una de sus cualidades. - Luego, la Orden de los Adivinos te utilizó para cuidar a prisioneros de Kirstek. Participaste en algunas de las cruzadas de Afguera, hasta que los dioses comenzaron a requerirte para custodiar espíritus malignos y demonios -.
Argos no se sorprendió demasiado por la revelación, no se emocionó porque los sentimientos no eran parte de su esencia, a pesar de que, por estar dentro de un cuerpo humano, estaba comenzando a conocerlos. Solo sintió algo, como una extraña corriente que recorrió su cuerpo pero que enseguida se esforzó en rechazar. Maldecía todo lo que no era parte de su materia original y aplacaba todo intento de su cuerpo por hacerle sentir cualquier estímulo humano.
- Y ahora estoy en este cuerpo tan pequeño - se lamentó Argos frente a su padre, - ya no soy el mismo de antes, apenas puedo ver, tango menos fuerza, soy débil - agregó apesadumbrado. - Por eso estoy en esta isla, para cumplir una misión y que me devuelvan mi cuerpo - le confesó a alguien que intuía que ya sabía todo sobre él.
- Lo importante no es tu cuerpo, es tu interior, eso que los hombres llaman alma. Yo estoy orgulloso de mi creación, sea como monstruo o como ser humano. Quiero que sepas esto a la hora de elegir - pronunció el anciano.
- ¿A la hora de elegir? - preguntó Argos sin comprender.
- La vida nos lleva por extraños caminos. Yo hoy estoy aquí, en este bosque, tengo la oportunidad, después de tantos años, de volver a ver y hablar con mi hijo, pero mañana debo partir. Todos los druidas fuimos advertidos que debemos alejarnos de esta isla, pues los dioses están furiosos con sus habitantes, pero quiero que sepas que siempre voy a apoyar tus decisiones, cuales quiera que sean -.
- Estoy confundido, ¿qué es lo que va a pasar?, ¿que debo elegir? -.
Pero el Druida no respondió a las preguntas de su hijo. Su imagen comenzó a desvanecerse mientras se despedía con apenas un leve gesnto mientras terminaba diciendo: - ya es tarde, debo irme. Espero que volvamos a vernos. Adiós - dijo y su imagen termino de desvanecerse en la oscuridad, desarmándose entre las formas de las sombras de los árboles.
Argos se quedo solo, en el silencio de la noche que inundaba la oscuridad del bosque, rodeado de interrogantes. Eran muchas cosas juntas, en tan poco tiempo había conocido al ser que le había dado la vida, debía cumplir su misión y debía recuperar su esencia. Su padre no lo había despreciado por su nuevo cuerpo, al contrario, parecía estar conforme con aquella humanidad de su creación. Trató de olvidar lo sucedido para no perder la concentración de su objetivo y prosiguió su descenso de la ladera del volcán, a través del bosque.

…

Bajó hasta un claro donde se detuvo para ver la fortaleza que comenzaba a resaltar, a lo lejos, con la luz de la luna. Todo estaba quieto y en silencio. Sobre las torres que miraban al bosque no había guardias, del lado opuesto si los había. Eran tres guardias en cada una de las dos torres, pero estaban mirando siempre hacia el otro lado, atentos a los movimientos del pueblo que estaba frente a ellos. También podían ver el puerto y los barcos que se acercaban a él. La claridad de la noche les permitía tener una perfecta visibilidad, sobre el mar, el reflejo de la luna pintaba las pequeñas olas de un blanco oscuro que brillaba entre las sombras.
Prosiguió el trecho restante, cuidándose de no hacer ruido al avanzar ni de ser visto por nadie. Llegó hasta los últimos árboles, donde terminaba el bosque, y luego de ocultarse unos segundos detrás de estos y verificar que no hubiera nadie en las cercanías, corrió unos treinta metros hasta llegar a la muralla de la fortaleza. De ahí en mas estaría expuesto a cualquiera que pasara por allí, aunque a esa hora no era demasiado preocupante.
A pesar de contar con las limitaciones de un cuerpo humano no había perdido las habilidades, entre ellas la agilidad, que su esencia como ser lo caracterizaban. Escaló la pared demostrando una destreza que pocos hombres igualarían. Colocaba la punta de sus pies y sus dedos entre las pequeñas grietas que había entre los bloques de piedra y se impulsaba hacia arriba, mientras movía uno de sus brazos para que sus dedos encuentren la próxima hendidura donde se establecería para repetir la operación. Así fue subiendo hasta llegar a la cima. Una vez arriba caminó por la pasarela de combate buscando una manera de bajar a la plaza interna y tratando de que la madera debajo de sus pasos hiciera el menor ruido posible. Encontró una escalera de madera y descendió por ella hasta al patio principal. Se escondió detrás de la misma escalera y miró a ambos lados.
Recogió un pequeño trozo de metal alargado que había tirado en el suelo. Era un clavo gastado y retorcido, seguramente caído de una herradura. Sabía que podía servirle.
No había nadie en las cercanías. Con su especial sentido del oído escuchó desde muy lejos, cerca de la puerta principal, una conversación entre algunos guardias. Hablaban un idioma que no comprendía.
Debía llegar a una pequeña puerta de madera de roble que bajaba al subsuelo, la había visto desde la altura del volcán y ahora la podía ver tan solo unos metros frente a él.
Atravesó el patio en un silencio que hasta un gato admiraría. La puerta estaba sin llave, la abrió lentamente y cuidando que el metal no crujiera, entró y la cerró a sus espaldas, verificando primero, que nadie lo había visto hacer el movimiento.
Adelante tenía una escalera de piedra que bajaba en caracol hacia la oscuridad. Descendió siguiendo los giros de la escalera hasta derivar en un pasillo más ancho iluminado por débiles antorchas colgadas sobre las paredes. Avanzó por el corredor hasta el fondo, cruzó cuatro puertas de su lado izquierdo en su trayectoria. Llegó a una bifurcación hacia ambos lados. Dudo un instante y luego opto por seguir hacia la izquierda.
El pasillo terminaba en unos cuatro o cinco escalones que ascendían hasta una gran puerta doble. Esa era la puerta del salón donde los Edeños guardaban sus botines de guerra. Subió los escalones y se detuvo frente a la puerta. Miró hacia atrás para asegurarse que el oscuro pasillo estaba vacío.
Trató de hacer el menor ruido posible al falsear la cerradura ya que cualquier sonido rebotaba en las paredes y podía alertar a alguno de los guardias que, cada tanto, patrullaban por los pasillos. También debía cuidarse de forzar la puerta pero sin romper la cerradura, ya que de hacerlo, tarde o temprano alertaría a los guardias y saldrían en su búsqueda.
Sin el mínimo sonido ni esfuerzo logro, con gran maestría y habilidad, vencer la cerradura, valiéndose de la pieza metálica que había recogido en el patio. Colocó el trozo de metal dentro del hueco de la llave y la movió con acierto para que girase junto a la traba. La puerta se movió lentamente hacia atrás el espacio preciso para que pudiese pasar. Luego la cerró con delicadeza y comenzó a registrar el lugar.
El salón era muy amplio, el techo estaba a gran altura y casi no había luz, además, estaba repleto de miles objetos valiosos, arcas, baúles, cofres y cajas, dispersos y apilados desprolijamente por todo el lugar, pero no les prestó atención, solo perdería tiempo buscando el cofre de Jahvek. Mas o menos había pasillos por donde transitar. Argos fue recorriendo uno a uno y revisando velozmente cada objeto de los allí guardados. Tardó un largo rato, a pesar de que se movía con destreza y sabía exactamente lo que buscaba. El cofre de Jahvek era de madera, reforzado con barras de metal dorado. Llevaba inscripto en su tapa el inconfundible símbolo del escudo Iterano. Era una gran espada sostenida por dos soldados reales. Registró palmo a palmo cada rincón de la bodega pero sin excito, el cofre, definitivamente, no se encontraba allí.
Finalmente, derrotado, algo confuso y temeroso de que alguien pudiese descubrirlo, decidió salir y escapar. Volvió sobre sus pasos dirigiéndose al patio, cerró la puerta del salón y con el mismo trozo de metal procuró dejarla bajo llave, después retornó por los pasillos por los que había ingresado. Llegó sin problemas hasta la pequeña escalera en caracol y se aprestaba a subir cuando oyó voces y pasos que descendían por ella. Retrocedió con cautela pero con mucha prisa. En su intento por ocultarse busco ingresar por alguna de las cuatro puertas que había sobre la pared izquierda del corredor principal. La primera estaba cerrada, como no había tiempo para forzarla optó por probar en la segunda, también se encontraba bajo llave. Recién la tercera la encontró abierta y pudo refugiarse allí.
Encontró una escalera que descendía a un subsuelo, estaba oscuro y silencioso. Apenas un lejano tragaluz permitía el tímido paso de la luz de luna. Descendió unos cuantos escalones y se oculto contra el marco de una de las tantas puertas que había a los lados de ese lugar. El aroma era mas espeso allí, el aire era húmedo, se escuchaba un constante goteo que hacía ecos en la oscuridad. Las paredes estaban recubiertas de una sustancia vegetal verde y suave. Pensó que, seguramente, se trataba de los calabozos de la fortaleza.
Eran dos guardias los que bajaron la escalera en caracol . Oyó sus pasos acercarse y cruzar por el pasillo principal, pero para su tranquilidad no ingresaron por la puerta en la que él lo había hecho. Pasaron de largo sin notar su presencia, conversando amenamente en tono distendido. De a poco los pasos fueron perdiéndose en la lejanía.
Cuando ya no se oyeron mas se prestó a salir de su escondite, entonces, a sus espaldas, escucho una desgastada voz dirijida hacia él. Dio media vuelta y observó que el sonido provenía de una pequeña ventana en la puerta sobre la cuál se había resguardado.

…

- Yo quiero recuperar el cofre - le dijo Zeus preocupado a Hera.
- ¿Por que siempre las cosas tienen que ser de una manera?. Argos va a ser quién decida, tiene derecho a hacerlo - respondió Hera tratando de convencer a su esposo.
- No me gusta - dijo tajante.
- ¿Cuál es el problema? -.
- El problema es que los Iteranos confían en mí, su dios, y yo no puedo darles la espalda. Ya lo hice cuando los Eeños los invadieron, ahora debo enmendar mi error y no ponerme a jugar con sus tesoros - explicó el dios.
- ¿Y si alguien mas se encarga de recuperar el cofre? - propuso Hera. - El caballero de Darkos puede hacerlo, conoce los trucos de Los Magos de las Cumbres y es muy hábil para ese tipo de misiones - continuó, completando la idea.
Zeus meditó durante un instante la idea de su esposa, luego argumentó: - Pero Argos no tendría nada para cumplir su misión -.
- ¿Y si le indicamos que lo intercambie por un cofre falso?, de esa manera no se perdería nada - se le ocurrió a Hera.
- Si, podría funcionar - reconoció Zeus. - ¿El cofre aún se encuentra en el barco Edeño? -.
- Si, todavía esta en viaje, lo atrasó la tormenta de Gessio, pero llegará mañana a la isla -.
- Entonces debemos apresurarnos - concluyó Zeus, dándole, a la vez, el visto bueno a la idea de su esposa.

…

Se asomó por de la ventana de la puerta y miró a través de los barrotes que la atravesaban verticalmente. Sin comprender porque, la voz lo atrajo. Adentro, apenas podía distinguir a una joven mujer que estaba tendida en un rincón de la celda.
Su pelo era negro como sus ojos y le cubrían los hombros y mitad de la espalda. Tenía puesto un viejo y sucio trapo que le cubría todo el cuerpo, el cuál parecía alguna vez, haber sido un hermoso vestido blanco. Tenía una tierna y profunda mirada, atravesada por un mechón de pelo suelto que caía, como una cascada, por su mejilla.
Permaneció inmóvil, hipnotizado con la imagen. La mujer le extendió un brazo rogándole ayuda. Apenas podía hablar, parecía cansada. Estaba muy flaca, casi desnutrida. Con una vos apagada le suplico que la saque de allí.
Al principio Argos no reaccionó. Ni siquiera pensaba en ella, solo se había limitado a saber de donde había venido la voz, para asegurarse de que no fuese un posible enemigo, pero poco a poco, una extraña sensación lo conmocionó. Ni el mismo sabía explicar que era lo que lo invadía. Maldijo a los seres humanos y a la complejidad que domina el interior de estos.
Se preguntó porque no podía simplemente hacer lo conveniente para lograr su misión y porque los hombres se enredaban con estos inconvenientes internos. Pero ahora él también era un hombre y porque no podía escaparse de ellos, no podía escaparse de ellos. La acción de alejarse, que era lo correcto en aquel momento, le producía una especie de dolor, - sería lo que llamaban remordimiento - pensó. El estímulo, de alguna manera, le obligaba a hacer algo.
Pero había algo mas, algo pero aún, la voz..., ese ser.... No sabía que era exactamente pero algo de esa persona le producía una rara acción sobre su interior.
No debía hacerlo, sabía que no debía, pero lo hizo. Venció la cerradura, introduciendo a través de ella el trozo de metal y abrió la puerta. Se acercó hasta la mujer, la cuál apenas pudo agradecer con una sonrisa que le provocó, en el interior de Argos, un nuevo estímulo desconocido. Le preguntó en voz baja si se encontraba en condiciones de caminar. Ella le respondió afirmando con la cabeza.
La rodeo con el brazo por su espalda para ayudarla a ponerse de pie. Luego la condujo a través de la puerta. Se deslizaron por la escalera hacia arriba hasta alcanzar al puerta por la que había dejado el corredor principal y volvió a este. Siguieron hasta la escalera en caracol y la llevó, casi por completo en brazos, subiendo por ella.
Abrió tan solo unos centímetros la puerta que daba al patio principal y analizó la situación. El claro de luna brindaba luz sobre el patio. La plaza estaba completamente desierta. Se oían todavía las voces de los guardias que estaban en la puerta principal. Creyó que, probablemente, estarían jugando con naipes.
Sin prestarles atención, pero con mucho cuidado de que no fuesen vistos, se movieron inversamente por el recorrido a través del cuál habría ingresado. Se apoyaron contra la pared para cubrirse mientras Argos se aseguraba de que nadie podía verlos, luego atravesaron el patio y llegaron a las escaleras de madera por la que había bajado unas horas antes. Argos subió primero. La mujer, intentando imitar su silencio, lo siguió. Caminaron por la plataforma de madera lo mas rápido posible. Luego Argos debió ayudar a la mujer a descender por el muro, cargándola sobre sus brazos hasta el suelo.
Atravesaron en silencio el prado hasta internarse en el bosque. Subieron juntos por la ladera del Volcán, siempre cubiertos por el bosque. Argos debía ayudar a caminar a la mujer, que se encontraba muy débil y no tenía fuerzas para soportar el ascenso por la pendiente. Por momentos debió subirla en andas para superar algunas formaciones rocosas.
Después de alejarse lo suficiente del poblado y, sobre todo, de la fortaleza, se detuvieron bajo unas rocas que definían una especie de refugio. Eran dos piedras que habían sido aplastadas, durante algún movimiento de tierra, por otra gran piedra, formando un lugar cubierto.
Argos se veía frustrado. No solo no había encontrado el cofre sino que ahora tenía otro problema serio, el cual no solo era la mujer en si misma que lo acompañaba sino también los problemas internos que le causaba ese ser y que no podía comprender. Además, sabía que por haberla rescatado, o por haberse escapado, seguramente reforzarían la guardia y hasta, quiza, saldrían patrullas a buscarla por la ladera.
El bosque de los Druidas era oscuro y con muchos lugares donde ocultarse, por lo que, lo segundo no le preocupaba, pero sí era un verdadero problema tener que volver, la noche siguiente, para encontrar, donde estuviese, el cofre y completar su misión, ya que la guardia seguramente se reforzaría luego de la huída.
Recien al sentarse debajo de entre esa formación rocosa, volvieron a hablarse:
- ¿Cuál es tu nombre? - preguntó la mujer.
- Argos - respondió de manera seca y aún vigilando, entre las sombras de árboles repletos de luna, si alguien los había seguido.
El bosque parecía estar en calma, todavía quedaban varias horas de luna. El suelo estaba cubierto de hojas secas y ramas caídas que crujían ruidosamente cuando eran aplastadas por lo que nadie podía acercarse sin ser, inevitablemente oído.
- Mi nombre es Netrina -, dijo, luego intercaló algúnos segundos y prosiguió agradeciéndole haberla liberado. A continuación intentó demostrar un gesto amable y le extendió el brazo para que el hombre tome su mano, pero este la esquivó y volvió a penetrar su mirada en lo profundo del bosque.
- No tenía que haberlo hecho - se lamentó abiertamente y recordando cuanto se complicarían las cosas desde entonces.
Casi de reojo volvió la mirada para verla. Apenas unas lágrimas de luna iluminaban su rostro y parte de uno de sus hombros. - Es lo que llaman mujer - pensó bien para sus adentros mientras la contemplaba.
Un aluvión de preguntas lo invadía pero solo se atrevió a preguntar lo que podría servirle, - ¿por qué estaban ahí? - le salió haciendo uso de su escaso conocimiento del lenguaje nativo.
La mujer no pudo responder a su pregunta, - no lo se - , dijo abrumada de desconcierto, - no recuerdo nada, solo que desperté allí -. Se mostraba confundida y tensa. Respirando de manera agitada, como temeraria de su propia situación, continuó: - no se quién soy ni de donde vine, es como si hubiese olvidado mi pasado, no puedo recordar nada, solo que desperté allí, solo quedesperté allí -, repitió rompiendo en un silencioso llanto.
Parecía hablar con sinceridad, dijo que no sabía lo que hizo o porque la tenían encerrada en esa celda, había perdido la memoria por completo.
Argos pensaba, mientras escapaban de la fortaleza, muchos posibles relatos de la mujer para justificar su condena, pero no esperaba en absoluto algo así. Su propia conclusión inicial, mientras subían por el bosque, era que se trataría de una hechizera, quizá castigada por sus prácticas de brujería, pero ahora no estaba seguro de que estuviese en lo cierto.
La mujer notó que el hombre que la acompañaba era extraño, no solo por como se comportaba, sus gestos y su forma de actuar, sino también por la habilidad que había demostrado durante el escape. Había descendido el muro de una manera impecable y se movía en la noche en forma perfecta. Netrina creyó, al verlo por primera vez, que se trataba de un ladrón vulgar. Tal vez con experiencia y coraje, ya que resultaba muy peligroso y dificil robar la poderosa fortaleza Edeña. La mujer supuso que había planeado el golpe con mucha anticipación y que tendría cómplices, tanto dentro como fuera de la fortificación, que lo ayudarían, por eso, al darse cuenta que todo había sido planeado y ejecutado por una sola persona, y que, aunque no logró hacerse de ningún botín, había podido infiltrarse y salir con vida y encima rescatarla, su sorpresa fue mayor.
Netrina trató de demostrar su admiración y intriga por Argos y le confesó: - Nunca conocí un hombre como...-, comenzó a decir, pero Argos , inesperadamente la interrumpió enfurecido, dando media vuelta, enfrenndola y mirándola con temerosa seriedad.
- ¡Hombre!, ¡un hombre!- le gritó, - ¡los hombres son débiles! -.
- ¡No vuelvas a decirme así!- concluyó mostrándose muy enojado y algo nervioso por reconocer tristemente que, en el fondo, tenía razón.
Ella retrocedió atemorizada hasta un rincón. Al verla así le llegó improvisadamente a la memoria el momento en que la encontró. La había visto en esa misma posición, con la misma expresión de temor que ahora volvía a tener en su rostro, y volvió a sentir las mismas extrañas sensaciones que sintió entonces.
Estuvo a punto de pedirle perdón por su reacción, pero no lo hizo. Su instintó original le arrebsató las palabras. - Sería rebajarse al nivel humano- pensó en pleno conflicto interno entre su primitiva esencia y la actual. Pero, por alguna razón, no podía controlar su fría mente y los sentimientos desconocidos lo invadían una y otra vez, sin siquiera comprender con claridad el significado de los mismos.
Miró a la mujer, agazapada en el rincón, desprotegida y atemorizada y sintió, por primera vez en su vida, pena. Trató de buscar algo que decirle. Aprovecho la excusa de que necesitaba información acerca de donde podía estar el cofre. Creía que la mujer le podía facilitar alguna información y así, además, habría justificado, inclusive para sí mismo, haberla rescatado cuando su mente le decía que la abandone allí alegando que solo representaía una dificultad para el cumplimiento de su objetivo.
- Estoy buscando un cofre - le comentó, - ¿Donde podría estar guardado?- volvió a mirarla a los ojos al terminar la pregunta. Ella le devolvió la mirada y de inmediato le respondió feliz de poder sentirse de utilidad: - escuché a unos guardias decir algo de un baúl que contenía objetos valiosos. Dijeron que llegaría en barco mañana al amanecer y que debían custodiarlo hasta la fortaleza -.
Argos tomó su mandíbula con la mano izquierda en actitud meditativa. Razonó que probablemente alguna tormenta del golfo de Gessio había atrasado el cargamento. También pensó que debía impedir que el cofre entrase al fuerte ya que una vez en el interior resultaría mas dificil robarlo. Tampoco era viable atacar solo una embarcación entera. La única posibilidad era recuperarlo en el trayecto que deberá recorrer el cofre desde el puerto hasta la fortaleza.
Planificó con cuidado lo que haría el día sigiente y, cuando tuvo todos los detalles bien cuidados en su mente, decidió que debía descansar las horas restantes de noche. El clima era templado, casi no soplaba viento, ideal para dormir a la intemperie. Buscaron entre las rocas, un lugar confortable y se recostaron sobre una manta de pastos altos. Netrina se acercó y lo abrazó con ternura. El tibio brazo le producía inéditas sensaciones que intentó sin éxito sofocar. Esta vez no lo evadió, aunque simulo no prestarle atención.
Tardó en conciliar el sueño, debía poner algo de orden en su confusa mente. Por un lado estaba su misión, la que como buen soldado debía cumplir, por otra parte debía cumplirla para recuperar su cuerpo y volver a ser el poderoso ser de antes, pero también, las particularidades de los humanos lo estaban confundiendo, y la mujer que ahora estaba a su lado complicaba aùn mas las cosas.
Recordó también a su padre, recien ahora valoraba la importancia de haberlo conocido. Recordó cuanto se sorprendió al saber que era un pequeño hombrecito. Aunque fuese un druida, no lo hubiese imaginado como tal sino como un poderoso guerrero. El mensaje que rescataba era que no importaba el cuerpo o los poderes sino la persona en sí misma.
Al final olvido todo y sus dos ojos se cerraron, rindiéndose al sueño y así reponiedo su cuerpo y mente.

…

El caballero de Darkos era un heredero de la familia real de Bisernides. A los veintirés años, cuando todavía era un príncipe, había viajado a las altas montañas de la cordillera de Afgan para internarse en el monasterio de Los Magos de las Cumbres, también conocidos como La orden de los Magos de Xut Azor, donde estudió varios años los artes de los magos, allí aprendió sobre la verdad de la magia y decidió abnegar el trono de su reino y abandonar la nobleza para dedicarse a misionar por la vieja meseta de Dorsavia.
Por rechazar un reinado, según la ley de los dioses, debía ser propuesto para la orden de los sabios, pero como aún era muy joven para dicho privilegio, fue llamado a servir a los dioses y aceptó. Desde entonces viajo por los mundos utilizando su magia para realizar las obras que le eran encargadas.
Era un hombre de mediana estatura, sin rasgos particulares. Utilizaba siempre la capa azul característica de la nobleza a la que había pertenecido y, como era muy flaco, le caía en forma recta hasta los tobillos. Tenía dos anillos, uno en cada dedo índice, que le habían obsequiado los dioses para permitirle liberar, de su interior, los poderes que le habían conferido.
Zeus le había comunicado su misión durante un sueño, como siempre lo hacía, por lo que al despertar aquella mañana, el caballero de Darkos se conjuro para visualizar el barco de los Edeños y, para luego, mediante su poderosa magia, hacerse aparecer sobre él.
Llegó sobre la cubierta de proa, no había nadie. La tormenta azotaba la embarcación que se movía de lado a lado. La lluvia caía en ráfagas, las olas golpeaban el casco y trepaban hasta las velas, cayendo entrelazadas con la lluvia. El viento soplaba con fuerza y de manera cambiante por lo que el timonel apenas podía dirigir la nave hacia donde debía.
El mago casi no se preocupó por la angustiante situación de la embarcación, caminó tranquilo por el puente, ignorando el poder de la tormenta, hasta la escalerilla de las bodegas. Un marinero pasó corriendo cerca de él pero, debido a su preocupación por la tormenta, ni siquiera noto su presencia o tal vez lo confundió con otro marinero, y siguió en la búsqueda de un cabo de refuerzo que se había desatado en la botavara de la vela mayor.
Descendió hasta las bodegas y buscó, entre los objetos allí almacenados, el cofre que le habían descripto sus sueños. Lo encontró cerca de unos barriles casi al fondo del compartimento. Se acercó al cofre y comenzó una serie de movimientos extraños. Apuntó con ambos anillos al cofre y luego, a su lado, colocó unas piedras de colores brillantes que extrajo de uno de sus bolsillos. Ejerció sus poderes sobre las piedras y pronunció unas largas y complicadas oraciones en un lenguaje desconocido. Entonces las piedras fueron uniéndose y expandiéndose, tomando distintas formas en el espacio, hasta que, por fin, se convirtieron en una réplica exacta del cofre de Jahvek. Después, tomó el verdadero cofre y lo acercó a su cuerpo. No pronunció nuevos conjuros, solo cerró los ojos y se concentró profundamente. Bajó su cabeza y su cuerpo se fue desvaneciendo en el aire, junto al cofre. La bodega quedó igual, pero el mago ya no estaba.

…

Cuando Netrina despertó, a la mañana siguiente, era temprano, aunque ya el sol había asomado y sus luces atravesaban el cielo y caían como lanzas entrelazadas entre los árboles del bosque. Se oía el canto de pájaros en el espacio y el movimiento de las ramas, impulsadas por una cambiante y tenue brisa.
Miró a su alrededor y notó que estaba sola, en el lugar de Argos solo estaba el pasto aplastado. Buscó con su mirada enseguida por las cercanías, pero no había señales de él. Se puso de pié y pensó que hacer. Temía volver al pueblo debido a que podía ser capturada y encerrada nuevamente pero tampoco le agradaba permanecer sola en el bosque. Pensó donde podía haber ido Argos, sabía que estar a su lado era lo mas seguro ya que sola no sabía que hacer ni a donde ir. Argos la había liberado y conducido hasta un lugar seguro y, aunque era una persona extraña y, tal vez hasta peligrosa, la había protegido y, además, era lo único que tenía.
Todavía no recordaba nada acerca de su pasado, no sabía quien era ni de donde venía, sin embargo, de a poco, estos detalles estaban dejando de preocuparla, ahora pensaba mas en su futuro, que haría y donde iría.
Finalmente decidió arriesgarse a bajar al pueblo, estaba convencida de que Argos habría ido hacia allí, lo que no sabía era como lo encontraría. Decidió que lo rastrearía por las calles y si no lo encontraba volvería a ese mismo lugar a pasar la noche aguardando que apareciera.
Buscó el camino para el pueblo, no le costó demasiado ya que sabía que era ladera abajo y en el primer claro pudo verlo a la distancia, mucho mas abajo. Comenzó a descender por entre los árboles, llegó hasta un arroyo cuya agua caía con fuerza por el angosto cauce. En los recodos las aguas se detenían y los helechos crecían hasta acariciar el manto cristalino, algunas plantas de flores dejaban caer sus petalos sobre el agua, dandole un aroma puro y delicioso. Cuando lo atravesaba, pisando entre las piedras húmedas y cubiertas de algas, resbaló y cayó hacia atrás. Su tobillo quedo entre las piedras mientras caía, torciéndoos. Se reincorporó con cuidado mientras sentía un punzante dolor en su pie derecho. Terminó de cruzar el río como pudo y se sentó en la orilla a ver su tobillo. Este se había hinchado bastante y no se había roto de casualidad. Al principio apenas podía pisar pero luego el dolor fue atenuándose hasta poder volver a caminar, aunque con bastante molestia. Continuó, lentamente, y pisando con dificultad sobre su pie derecho, el descenso al pueblo.

…

- Volvió el caballero de Darkos - le anunció Hera a su esposo, - cumplió su misión con éxito. Anunció que el cofre esta en su poder y ahora partirá camino a la tierra de los Iteranos a devolverles lo que les pertenece - concluyó.
-¿Logró dejar el otro cofre sin ser descubierto? - Zeus le preguntó expectante.
- Si - respondió, - todo va según lo planeado - festejó Hera.

…

Argos se despertó cuando apenas estaba amaneciendo. Enseguida se puso de pie y, sin preocuparse por abandonar a Netrina, se encaminó hacia pueblo.
Antes de partir, observó a la mujer. Estaba tendida sobre el pasto, recostada sobre su hombro, aún con los brazos extendidos como queriendo abrazar el espacio que él había dejado. Su pelo oscuro caía, brillando con los primeros rayos del sol, por su espalda. Sintió que estaba viendo a un ser hermoso, no entendía que era exactamente lo bello, no lograba definirlo, simplemente lo sentía. Recorreó ese cuerpo con su mirada y volvió a sentirse mal por tener que abandonarla.
Pensó un instante en despertarla pero ella querría acompañarlo y no podía arriesgarse a llevarla consigo, en primer lugar porque resultaría un problema para cumplir su misión y, en segundo lugar, porque estaría en peligro y, de alguna manera, eso no lo deseaba. Por su puesto que para justificar su instinto original utilizó la primera causa mientras que la segunda razón la escondía en lo mas profundo de su humanidad. De todas formas, tampoco le agradaba la idea de dejarla sola.
Finalmente decidió partir y tratar de dejar atrás todos esos extraños estímulos humanos para concentrarse en el cumplimiento de la misión que le habían encomendado.
Caminó ladera abajo en dirección al poblado. Ya conocía el bosque y avanzaba con confianza. Atravesó el pequeño río de montaña cerca del cuál había llegado al mundo humano, saltando de piedra en piedra con precisión. Siguió bajando hasta llegar a las cercanías del pueblo. Se detuvo un momento, observó las casas y el fuerte, estaba todo en calma. Miró al mar y pudo ver lo que buscaba, un barco de gran tamaño estaba ingresando al puerto. Desde donde estaba pudo saber que se trataba de un buque militar y, como era el único, dedujo que allí venía el cofre.
Todavía era muy temprano, el sol apenas trepaba el horizonte y los pobladores dormían. Las callejuelas estaban completamente desiertas, de todas formas, avanzó por ellas con suma cautela, corriendo de pared a pared y ocultándose esporádicamente en los portales. Se detenía en cada esquina para asegurarse de que el terreno estuviese desierto y luego seguía hacia la próxima. Había un grupo de mujeres recogiendo agua de un aljibe, en el centro de una pequeña plazoleta, pero puedo evitar que lo vieran colocándose detrás de un roble mientras pasaban cargando sus alforjas. Espero que se alejen y prosiguió su camino.
Llegó a la calle principal, por la que subiría el carro con el cofre, y la recorrió con su mirada, buscando el sitio ideal desde donde realizaría la emboscada. Detectó un lugar donde la calle se angostaba al subir una pendiente pronunciada. Trepó a una de las casas cercanas y se postró sobre un tejado del lado de la calle principal. El lugar era bueno, nadie de los transeúntes lo podría ver y de un salto podía caer sobre cualquier carro que pase por la calle. Se recostó de manera de poder ver el puerto, mucho mas abajo.
El barco ya estaba a uno de los lados del muelle de la milicia. Luego de que terminaron de amarrar todos los cabos, pudo ver como comenzaban a desembarcar cajas, barriles y sacos.
Espero un tiempo, sin perder de vista en ningún momento los movimientos de la embarcación. Vio como seguían bajando cosas de poco valor como sogas, armas municiónes y toneles de polvora, hasta que por fin, vio como dos hombres de uniforme militar cargaban un cofre de madera con las características del cofre de Jahvek. Salieron por la pasarela del barco, recorrieron el muelle, lo llevaron hasta un carro de madera tirado por dos caballos castaños, y lo depositaron sobre este. Luego se sentaron en la parte delantera y, uno de ellos, tomando las riendas, lo puso en movimiento. La carreta comenzó a avanzar por la calle principal y se perdió entre las casas mas cercanas a la costa. Subiría la ladera y recién entonces lo volvería a ver, unos metros delante de por donde él estaba oculto.
Un rato mas tarde el vehículo apareció por el extremo opuesto de esa misma calle. Esperó pacientemente a que se acercara lo suficiente. Los animales se movían lentamente y el conductor no se esforzaba por que aceleraran su paso ya que no tenían ningún apuro.
El carro no era custodiado mas que por esos dos soldados que lo conducían. Era un pequeño tramo y los Edeños creían que, al estar en la isla, el baúl ya se encontraba a salvo. Eso era una gran ventaja para Argos ya que contaba con el factor sorpresa. Lo único que temía era que luego de robar el cofre lo perseguirían y no sabía como escaparía de sus seguidores con un cofre tan pesado. Había pensado en llevarlo al bosque y ocultarlo allí, quizá enterrándolo, y escapar de la isla, para luego, mas adelante, volver a buscarlo. Pero el plan era peligroso y no parecía muy efectivo, sin embargo, por el momento era lo único que tenía.
El carro estaba ya a unos metros delante de él, Argos se preparó para saltar, se puso de pie, lentamente, y aguardó a que pase justo debajo de él.
Entonces, en el preciso momento en que se alistaba para saltar, se oyó un potente sonido desde lo alto del Hareb. Sobre las rocas de la cima surgieron, expulsadas como por un puño gigante que emergía del centro de la tierra, cientos de partículas ardiendo que atravesaron el cielo y volvieron a caer sobre la tierra como una lluvia de fuego.
La tierra comenzó a temblar, todo se movía, el volcán integro se destruyó, dejando fluir desde su interior una masa ardiente de tonos rojos y amarillos. La isla entera era como una enorme herida sangrante. La agonía de la tierra rescrebrajda su piel, haciendo profundas grietas de donde surgía mas y mas sangre cadente.
Los dos custodios giraron de inmediato en dirección al estruendo, entonces Argos, aprovechando la distracción, saltó sobre el carro, y tomando una madera que había en la caja, los golpeo fuertemente en la cabeza. Uno de ellos cayo sobre el empedrado y el otro quedo tendido sobre el carro, ambos inconscientes. Los caballos no se movieron. Tomó el cofre y lo bajó del vehículo, cargándolo entre sus brazos.
La ceniza comenzaba y descender del cielo como una oscura lluvia. Debía correr hacia la playa para salvarse y salvar el cofre.
La gente del pueblo se había despertado con el ruido y por el temblor de la tierra. Al ver el volcán y el fuego que salía de todas partes, las personas gritaban y corrían desesperadas.
Una extensa grieta partió el bosque de los druidas en dos y comenzó a expulsar mas lava. La grieta, como si fuese controlada expresamente por los dioses, descendió a través de la ladera hasta la fortaleza y arrasó con ella, primero rodeándola y luego destruyendo las paredes y los edificios. Se prendió fuego el alojamiento del alto mando y luego cada uno de los pabellones. Se oían los gritos de los soldados mientras morían quemados por la lava. No hubo ningún sobreviviente dentro del fuerte. Los Dioses estaban furiosos y transmitían toda su cólera sobre los débiles mortales de aquella pequeña isla. Habían librado un infierno en la tierra. El fuego estiró sus brazos para alcanzar a los mas rápidos. La energía cadente arrasaba sin piedad describiendo un enorme abanico. La destrucción de los Titanes era inevitable.
Pero Argos solo se preocupaba por sacar el baúl del lugar. Ya nada impediría que cumpla su misión. Estaba mas tranquilo ya que toda esa destrucción lo ayudaría a que nadie se preocupe por seguirlo, ahora cada poblador debía preocuparse por salir vivo de la isla, ninguno se ocuparía de un intruso o de recuperar un cofre, por mas que llevase el oro mas preciado del mundo, cuando todo se destruía.
Una vez mas, los dioses lo habían ayudado.
Después de tanto tiempo, su deseo se haría realidad. Volvería a ser el mismo de antes. Se emocionó de solo pensar en su futuro. Podía palpitar su cuerpo, sus garras, sus cien ojos y todo el poder y la fuerza que este poseía. Volvería a ser alto, volvería a ver hacia todas partes al mismo tiempo, volvería a hacer temer a los que lo mirasen.
Fue entonces, entre el desorden, la destrucción y los gritos, que escuchó aquella inconfundible voz pidiendo auxilio.
Argos se había lamentado por Netrina, supuso que seguramente habría muerto quemada en el bosque de los druidas, aunque en realidad casi no había pensado en ella ya que ahora tenía el cofre, que era su objetivo, y volvería a ser el monstruo de antes.
Pero, por segunda vez, no pudo resistirse y condujo su mirada en dirección a la voz.
Era ella.
Estaba tendida sobre el empedrado a unos cuarenta metros calle arriba.
Había caminado sola hasta el pueblo buscaba a Argos. Recorrìa el lugar esperando ver al hombre cuando vio la explosión del volcán y comenzó a huir calle abajo. Pero tropezó con un pedazo de roca que se había desprendido de la calle por el temblor y había caído dolorida al piso. El mismo dolor que sintió cuando tropezó en el arrollo.
Desde donde estaba Argos lograba observar su tobillo roto. Supo de inmediato que en ese estado no podría caminar por sus propios medios, quizá ni siquiera podría ponerse de pie.
Algunas personas pasaban a su alrededor, pero nadie tenía el tiempo ni la valentía como para detenerse a ayudarla. Cada uno corría por su vida, tratando de evitar las paredes que caían por el terremoto o las grietas que se formaban en la tierra. Había hombres y mujeres que, atemorizados, huían sin destino ni dirección. La lava salía del cráter del volcán y se elevaba por los cielos, cayendo, luego, sobre la isla como una lluvia de fuego. Se encendieron los techos de las viviendas y el pueblo entero comenzó a arder. Los barcos, en el puerto, también comenzaron a quemarse, toda la isla de estaba destruyendo.
Mas arriba, sobre la misma calle donde Netrina yacía, se abrió repentinamente una enorme fisura en la tierra que atravesó el camino derrumbando paredes y techos de las casas cercanas. Un río de lava emergió de la grieta, y fue descendiendo por la calle convirtiendo a su paso el mundo en un infierno como una lengua del diablo. La lava pronto llegaría a donde estaba la mujer ya que bajaba velozmente por la pendiente.
Fue un instante demasiado corto, pero pudo vivirlo como una eternidad. El mundo terrestre se detuvo, el tiempo quedó inmóvil frente los ojos de Argos, la escena se petrificó dentro de su mente.El ruido y los gritos se opacaron en Argos y el silencio se adueñó del espacio.
Por su mente paso su vieja vida, todo lo que había sido, todo lo que había hecho. Recordó a su padre y lo que había hablado la noche anterior. Pensó en las cosas que había sentido, en la lucha que se había librado en su interior. Combatían la esencia humana contra la de una bestia. Era una guerra sin cuartel, cada nueva sensación, cada sentimiento humano y la fuerza para destruirlos, para arrancarlos de su alma. No quería ser el de antes ni el de ahora, y quería ser ambos.
Miró al cielo un instante, sus ojos se insertaron en el profundo azul del infinito, dejó fluir su espíritu.
Entonces abrió sus brazos y el cofre, junto a una parte entera de su vida, cayeron de sus manos. Dejó escapar el deseo de origen, de su nacimiento. En cambió, corrió en dirección a la joven mujer.
El cofre de Jahvek cayó pesadamente sobre el suelo, no se rompió ni se abrió, tan solo quedo allí, para siempre. La lava ya estaba casi sobre Netrina. Argos se apresuró y llegó hasta ella, la tomó en sus brazos, y corrió con la mujer evitando la lava, que lo seguía detrás de él y estaba muy cerca de alcanzar sus pies.
Siguió bajando velozmente a través de las calles, esquivando piedras y otros objetos que caían sobre el camino, hasta que llegaron a la playa. Entraron al mar y nadaron lo mas rápido posible hacia adentro. El fuego líquido que los seguía chocó contra el agua que, con furia, lo detuvo convirtiéndolo en una columna de humo blanco muy espeso que subía, junto al vapor del agua hirviendo, a la atmósfera.
Unos segundos mas tarde, a sus espaldas se abrió una pequeña fisura a un lado de donde reposaba el cofre y emergió una columna de fuego. El calor llegó hasta el cubo de madera y lo convirtió en llamas que ardieron en rojo y amarillo hasta consumirlo, no quedó nada de él, nada.
Argos ayudó a Netrina, que con su tobillo quebrado, apenas podía mantenerse a flote. Nadaron juntos hasta una de las islas cercanas.
Atrás, todo se quemaba, junto al cofre de Jahvek, y, sobre todo, junto a las últimas esperanzas de aquel hombre para volver a ser el Argos que, muchos años atrás, un viejo druida había creado.

…

Pasaron los años y Netrina no pudo recobrar la memoria, por lo que nunca supo quién había sido antes de estar prisionera en la fortaleza Edeña, nunca supo de su pasado, y nunca supo porque estaba en aquella celda. La verdad era que ella no lo podía recordar, y nunca lo logró. Se lo preguntaba una y otra vez, pero su mente no podía darle respuestas. Poco a poco, y con el transcurso de su nueva vida, fue olvidándolo, hasta que, con el tiempo, dejo de preguntárselo para siempre.
Tampoco Argos supo jamás que el cofre que tuvo en sus manos, y abandonó para salvar a Netrina, era, en realidad, falso. El verdadero había sido recuperado por el caballero de Darkos y devuelto a los Iteranos, esa misma mañana, antes de que el barco que lo traía llegase al puerto de la isla. Pero el caballero, por orden expresa de los dioses, y sin preguntarles porque, lo había reemplazado por el que luego se perdió, presa del fuego del Hareb en La Isla de los Sauces.
El nuevo hombre jamás volvió a recordar que alguna vez había sido un poderoso monstruo. Se dejó conquistar por los estímulos humanos hasta ser una persona mas en la tierra. Nunca le contó la verdad sobre quien había sido antes a la que luego se convertiría en su esposa y viviría a su lado en una de las tantas islas del golfo de Gessio, el cuál, nunca mas volvió ser dominado por los Edeños y permaneció libre para que la gente viviese en paz.

…

Desde el cielo los dos dioses sonrieron satisfechos.
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