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EL VALLE DEL DRAGON MUERTO

El caballero clavó su espada en el cuello del dragón y este cayó sin vida sobre los campos del valle. Una última lágrima resbaló de su ojo hacia un lago cercano, congelando sus aguas por siete noches. El cuerpo de la bestia desapareció en la tierra y aquel valle no volvería a ser el mismo. Los campesinos poco a poco fueron abandonando sus campos, pues en ellos no había semilla que diera fruto. La fértil hierba que pintaba de color verde intenso el valle fue evadiéndose, quedando tan solo la carne viva de la tierra. Los árboles se secaron y los animales emigraron a otros valles, dejando aquel espacio vacío donde siempre soplaba un viento seco que acarreaba de un lado a otro polvo de desolación y silencio.
Años más tarde aquel victorioso caballero volvió a pasar por el valle y, al ver el abandono sintió la presencia del dragón, esta vez convertido parte del paisaje, en tierra y viento. Bajó de su caballo y recorrió el valle a pie, dejando sus huellas impresas a su paso. En medio del espacio desierto se detuvo y apoyó una rodilla sobre el suelo, luego, mirando al cielo, pidió perdón por lo que había hecho a ese valle, por lo que le había hecho a la naturaleza. Sintió una herida en su pecho, de un arma invisible, de un dolor diferente al que siente el cuerpo al ser lastimado. El caballo se asustó y trató de huir, pero el caballero tiró por las riendas para evitarlo, luego montó y huyó de aquel lugar maldito.
Al día siguiente, en el lugar donde había apoyado la rodilla el caballero, creció una flor amarilla como el sol, y sería la única de todo el valle por siempre.

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