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Kosh

EL MECANISMO

No recordaba desde cuando estaba allí, en realidad había estado desde siempre. Realizaba diariamente, sin descanso la misma rutina de control del enorme aparato. La maquinaria estaba compuesta por miles de engranajes, todos asociados entre ellos y moviéndose en distintos tiempos y hacia diversas direcciones. Estaba dentro de una inmensa fábrica que parecía llegar hasta los confines del horizonte mientras que su tinglado daba la impresión de ser el mismo cielo. Se pasaba todo el tiempo moviéndose por un laberinto de pasarelas y escaleras que unían todos los puntos con su caja de herramientas y su casco puesto, reparando o cambiando cada pieza que dejaba de funcionar o necesitaba un mantenimiento, ajustaba las partes y aceitaba los engranajes. Su tarea resultaba imprescindible para que todo funcionase como era debido y no podía distraerse ni desconcentrarse en absoluto. Así transcurría su agitada vida, evitando los fallos y asegurando el buen funcionamiento del gran mecanismo y, a su manera, se sentía a gusto con su trabajo pues sentía en lo más profundo de su ser que estaba realizando una labor esencial. Era una sensación noble de hacer el bien sobre todo, quizá esto último era lo que le inyectaba la fuerza para seguir adelante sin parar mientras pasaban los años.
Pero un día cualquiera, en un momento que parecía que todo andaba bien, se sentó sobre una de las tarimas y apoyó su espalda contra una escalera. De pronto sintió sueño y sin apenas notarlo se quedó dormido. Pasó mucho tiempo y durmió profundamente mientras a su alrededor la máquina continuaba con sus movimientos. Al despertar, se dio cuenta de que se había dormido, entonces el pánico lo abrazó con fuerza, abrió los ojos de golpe y de un salto se puso de pie, esperando oír las alarmas de cientos de sectores sonando a la vez, decenas de luces rojas de los tableros titilando furiosas, agujas marcando los peligrosos máximos y humo gris saliendo de los escapes a presión, sin embargo, para su sorpresa, la máquina continuaba funcionando perfectamente, no había nada fuera de lugar ni sonaban alarmas. Los engranajes continuaban su marcha sin su ayuda, sin su presencia. Entonces descubrió que el mecanismo podía funcionar sin él y en un instante, al abrir y cerrar los ojos, como para terminar de comprender que la cosa era así, perdió toda razón para vivir.
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1 comentario

Anónimo -

para terminar de comprenderla vida a veces hay que dejar de funcionar y encontrar la razón de vivir :)
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