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Kosh

EN BUSCA DE UN MOTIVO

Estaba demasiado cansada para llegar al teléfono, y aunque lo hubiese alcanzado no creía que pudiese servirle de algo, ¿a quién llamar?, ¿a quién pedirle ayuda?. Tocó madera y luego trato de incorporarse, sin rezarle a nadie y sin creer en ángeles guardianes.
Era una mujer de pocas palabras, que no sabía cocinar cualquier cosa menos los platos que alimentan, y podía contar de cero a diez pero no sabía el camino inverso. Nunca lograba tener los pies en la tierra y cuando lo hacía los utilizaba para tomar impulso y volver a saltar.
Esa tarde pensaba salir, tenía ya la llave en su bolso, pero no lograba enfrentarse a la calle, prefirió entonces alcanzar el teléfono y marcar un largo número al azar. Esperaba oír la voz de la inexistencia del lado contrario, pero en cambio una voz sinuosa le respondió. De inmediato supo que no era un ser animado, es más, supo que era el mismo demonio el que le respondía, buscando traicionarla aprovechando su debilidad, pero ¿qué más podía hacer?.
El trato fue simple, tenía las venas cruzadas y quería pensar en ver un nuevo amanecer, entonces el antagonista le pidió a cambio que entregase a la nada un pedazo de su cuerpo, una de sus costillas por ejemplo. Acepto pues no la utilizaba, y entonces ésta desapareció, dejando un agujero vacío en su lugar. Disfrutó de lo dado, pero no estuvo satisfecha, por lo que volvió a llamar, esta vez el negocio se centro en su ombligo, y en su lugar le dio veintidós sonrisas. Ahora se veía a través de ella, pero si se vestía bien nadie lo notaba. Más complicado sería el siguiente trato, en el cuál le pidió sus lágrimas y también sus cejas, nada que un par de lentes oscuras no pudieran reparar, pero ¿qué clase de criatura podía querer algo así?. No más preguntas, sino vivir los feelings que ninguna lluvia le podría arrebatar por seis meses. Y pasado el tiempo de gracia volvió a pedir más y a dar más a cambio, y así continuó hasta que un día descubrió que solo le quedaba el corazón. Y ese día apareció por fin un motivo que lo podía hacer latir, pero para ello necesitaba volver a recuperar su cuerpo.
El teléfono sonó tres veces antes de que el despiadado negociador le respondiese: - tu cuerpo vale un precio justo, el motivo que puede hacer latir tu corazón.
Y no tuvo alternativa, recuperó su cuerpo completo, a cambio de aquel motivo.
Volvió al principio, sin motivos y con un su ser completo que debía arrastrar, pero no era igual, porque además había perdido aquel motivo, que nunca más volvería a recuperar.
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