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Kosh

EL MISTERIO DE LA PIRAMIDE

Fue el primero y único en descubrir la entrada a la gran pirámide de Akipa, un faraón de la primera época del auge egipcio. La monumental obra estaba cubierta por una duna de arena en el desierto y, tras el tedioso análisis de antiguos papiros descifrados con códigos y acertijos logró obtener una suerte de ruta que partía de las ruinas de una ciudad situada a las orillas de Nilo hasta el punto en el que se encontraba. Cayó sobre una pared de arena hasta dar con algo que parecía piedra. Quitó más arena hasta encontrar la forma de una puerta con extrañas inscripciones. Utilizando un sistema de poleas pudo abrir la puerta y dejar a la vista un oscuro túnel rectangular. Ingresó con linternas y cuidando cada paso. Era consiente de que las pirámides solían contar con mecanismos de trampas para eliminar a los intrusos y a los ladrones de tumbas, se podían activar al pisar una baldosa, tocar una piedra o simplemente al atravesar un pasillo, sin embargo no creía que aquella pirámide tuviese ese tipo de sistemas ya que Akipa era famoso como faraón por su buen corazón y su bondad. Nunca durante su reinado había condenado a nadie a muerte y en las batallas perdonaba a sus enemigos. Sin embargo tendría algún modo para evitar que le robasen sus pertenencias o su cuerpo momificado por lo que no se distraería. Recorrió una infinidad de pasillos, escaleras ascendentes y descendentes y cámaras desiertas hasta que por fin encontró una luz al final de un largo pasillo rectangular. Al llegar a su fin descubrió que estaba en la puerta por la que había ingresado. Molesto pero aún con energías volvió a entrar a la pirámide.
Más o menos dos horas habían pasado cuando volvió a encontrar la puerta por la que había entrado. Ya era tarde, durmió en aquel lugar y al día siguiente volvió a intentarlo, esta vez dibujando un mapa al avanzar para asegurarse de no repetir el camino. No fue suficiente y pronto estuvo en la puerta otra vez. No logró saber donde había doblado de más o que había hecho mal. Lo intentó una vez más atándose una soga a la cintura que fue dejando en el camino. Pronto volvió a encontrar la soga y el pasillo de entrada y salida.
Siguió intentándolo hasta que consumió todas sus provisiones y debió volver a la ciudad. Antes decidió tapar la entrada y juro que si alguien le preguntase sobre la pirámide diría que no la había encontrado ya que no era lógico decir que la había encontrado pero que se había perdido una y otra vez en su interior.
Y aquel sería el misterio eterno de la pirámide, un truco por el cuál, sin hacer daño a nadie, los restos del faraón quedarían por siempre inexpugnables.

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