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LA SOMBRA (VII PARTE)

Todo esto fue lo que le relató el Abad a Albert Taulet esa tarde, mientras tomaban un vaso de vino en su despacho, luego de que por la mañana Albert se había dedicado a descansar en la habitación de huéspedes que le ofrecieron después del largo viaje desde Barcelona.
El Abad no lo conocía personalmente, pero había oído hablar de Albert Taulet antes de recibirlo. Sabía que había resuelto y detenido al famoso Señor de los “Temores”, que había intentado expulsar de las tierras de los viñedos a los sacerdotes de la orden Franciscana de Girona. Surgió el momento para que le preguntase sobre aquel incidente, y Albert se limitó a relatar que estaba claro que a alguien le interesaba asustar a esa gente y que sólo debió descubrir el por qué, y que cuando lo supo de inmediato logró deducir el quién. Luego volvió al tema que les incumbía y preguntó:
- ¿Qué hizo con el amuleto?.
- Lo arrojé al lago, estas cosas suceden por guardar cosas que no son de Dios – dijo molesto.
Albert asintió con la cabeza pero luego agregó otra pregunta: - ¿está seguro que era de madera?.
- Sí – replicó.
- En tal caso flotará – se dijo a sí mismo pero en voz alta.
- Probablemente – replicó como si fuese hacia él aquel comentario.
- Entonces puede que lo encontremos en la costa – dedujo frente a la molesta mirada del Abad, que si lo había arrojado al lago era para no verlo más. Este gesto obligó a Albert a explicarse. – puede que ese amuleto sea la clave de la muerte, es necesario investigarlo, ¿no le parece? – dijo como animándolo a que estuviese de acuerdo. El Abad tan solo asintió con la cabeza.
A continuación, y luego de agradecer el excelente vino que había bebido, recorrieron el claustro, rodeando el jardín hasta la iglesia. Al ingresar se detuvo a admirar los contrafuertes y el campanario, diseñado en tres escalones y con dos campanas bien mantenidas. El lugar estaba en calma y silencio, cosa que pocas veces sucedía en La Santa María del Mar, su parroquia en Barcelona. Nadie había vuelto a hablar del tema, nadie se había detenido a pensar qué pudo ser lo que había sucedido con aquel pobre monje, pero eso no era sospechoso en un monasterio, donde la oración y la compostura se encontraba varios peldaños sobre la misma vida humana.
- ¿Qué sabe de la víctima? – preguntó al llegar al lugar preciso de los hechos.
- Era un buen hombre, excelente monje, correcto y prolijo. Destacaba por su afición a la lectura, aunque también era un gran escriba.
- ¿Qué cosas escribió o transcribió últimamente?, Quisiera verlas – solicitó.
- Lo averiguaré – respondió el Abad.
- ¿Puede que alguien tuviera intenciones de matarlo? – dijo sin rodeos.
- Por Dios – respondió sorprendido y mirando el crucifijo que colgaba de su cuello, - nadie en este lugar, que yo sepa, haría algo así – completó indignado.
- Perdone la ofensa, pero es una pregunta necesaria – se disculpó Albert Taulet al percibir la reacción. Necesitaba toda la colaboración posible y no tenía ningún sentido ponerse al Abad en contra suyo, las disculpas fueron bien aceptadas y no volvió a hacer, al menos al Abad, esta pregunta.
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