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LA SOMBRA (XV PARTE)

Recién entonces Albert Taulet volvió a respirar tranquilo. Salió de la oscuridad y se alejó deprisa y sin mirar atrás por el sendero. Luego bordeó el lago hasta alcanzar el camino a la villa. Pensó en aquel demoníaco ser que había visto, ¿qué era y de dónde habría salido?. Lo que estaba seguro es que eso era la causa de la muerte del monje y de los pescadores y que debían, de algún modo, detenerlo.
Había avanzado por la ladera, ya la noche era dueña del valle y las estrellas se habían desplegado por el cielo. Albert seguía preocupado en sus pensamientos cuando desde unos árboles, a la derecha del camino, surgieron dos hombres corpulentos y de aspecto hostil. Vestían ropas de pescadores y cargaban con garrotes de madera. Uno de ellos encendió una antorcha mientras que cortaban el paso del sacerdote.
- Detente – le ordenó uno de ellos estirando la mano al frente.
- ¿Qué sucede? – preguntó sorprendido Albert. No era una zona de vándalos por lo que no temía que fuese un atraco.
- Eres de Turers – afirmó el hombre que sostenía la antorcha, - ¿qué haces cerca de nuestro pueblo? – preguntó.
- No soy de Turers, soy un viajero que para en el monasterio – explicó intentando no dar demasiada información sobre su tarea.
- Si eso fuera cierto, ¿qué haces aquí?, el monasterio queda del otro lado y no es hora de dar paseos por el prado – dedujo el otro de los hombres.
- Yo... estuve en el bosque – comenzó a decir Albert, pero ciertamente no se le ocurrió ninguna excusa creíble sin revelar su verdadero objetivo. No le creerían si decía que salió a pasear, si decía que fue a recoger frutas silvestres le faltaba la fruta. No era hora para andar por esos lugares solo, de verdad estaba en una situación sospechosa y no sabía qué alegar en su defensa.
- Eres de Turers – volvió a acusarlo el de la antorcha, yo conozco a todos los del monasterio.
- Le dije que soy un viajero, estoy sólo de paso en el monasterio – se defendió Albert.
- Es de Turers – le dijo uno de ellos al otro. No debió insistir.
- Ustedes han matado a mi hermano – le dijo enojado el otro hombre a Albert, - ¡Sé que fueron ustedes!.
- Yo no se nada, no soy de Turers.
- Sí lo es – se apresuró a decir el otro, convenciendo al que cargaba la antorcha, el cuál parecía cada vez más convencido de que Albert era del pueblo del este. – Quizás fue él quién los mato – lo acusó sin más.
- No he matado a nadie – se defendió Albert.
- Vendrás con nosotros, y nuestro pueblo lo decidirá – sentenció por fin el que lo había detenido.
- Debemos lincharlo – dijo el otro adelantándose al resultado de lo que sería un breve juicio público.
- Escuchen, no he hecho nada y no soy del pueblo que dicen, ni siquiera soy de la comarca – comenzó a decir por enésima vez el sacerdote, pero de pronto se detuvo espantado. No pudo decir nada más al ver cómo desde la luz que proyectaba la antorcha sobre el césped del sendero y las sombras comenzó a formarse un cuerpo. Albert trató de decir algo, pero los hombres que lo miraron desconcertados creyeron que le asustaba el hecho de que lo llevarían prisionero.
- ¡Detrás de ustedes! – llegó a decir Albert, pero los hombres ni siquiera miraron atrás, no oyeron ningún sonido y no girarían para darle la oportunidad de huir. Mientras tanto, en la danza que creaba la llama y el césped, la sombra completaba su contorno.
- Cuidado –gritó por último Albert, al ver que el demoníaco ser se arrojaba sobre los hombres.
No llegó a ver qué sucedía, simplemente porque en ese instante Albert dio media vuelta y comenzó a correr sin mirar atrás. Llegó a oír un grito apagado a sus espaldas y sin detenerse rezó por la suerte de aquellos desdichados.
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