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Kosh

EL HOMBRE QUE PIDIO ALAS

El avanzaba por los infinitos caminos de tierra de la llanura, siempre a pie, siempre caminando recto, a paso tranquilo, ritmo marcado, sin desbordar de la rutina. Así seguía adelante hacia el horizonte, ese al que siempre llegaría el día de mañana pensando que caminar de ese modo era parte de su razón de ser.
Pero su mente cambió el día que vio pasar unos pájaros, que volaban, casi planeaban, hacia el horizonte. Entonces se maldijo y se preguntó porque él no podía tener alas como ellos, y así ir por el cielo, disfrutando, en lugar de ir por la tierra sufriendo. Enojado se paró y miró hacia arriba y comenzó a hablarle a Dios.
- ¿por qué no puedo yo tener alas como esos pájaros? – dijo gritando al cielo.
Una voz respondió de entre las nubes:
- Los pájaros tienen alas porque las necesitan, ellos no pueden caminar -
- Si, pero ellos van cómodamente planeando mientras yo me canso avanzando paso a paso – reprocho. – ¡Quiero alas, como ellos! – se quejó y amenazó: - o no doy un paso más.
Desde arriba se impuso un silencio inerte, que luego se convirtió en milagro. De la espalda comenzaron a sobresalirle unas extremidades de las cuales nacieron plumas que más tarde se consolidaron como dos grandes alas.
El hombre se mostró contento y de inmediato se hecho a volar, avanzando de manera veloz y casi sin esfuerzo, planeando entre las nubes de un cielo claro y despejado, adornado por un hermoso sol que cubría el atardecer.
Pero a medida que se teñía de oscuridad el cielo también se engendraban nubes grises en el horizonte, interrumpidas de momentos cortos por rayos. Y la tormenta fue avanzando en medio de un gran viento que de pronto se hizo presente.
El hombre volaba alto, con sus alas desplegadas, cuando lo sorprendió una fuerte ráfaga que lo arrastró en medio de la turbulencia. Entonces se encontró en medio de un huracán, que giraba en torno de la tormenta. Y comenzó a girar atrapado, sin poder bajar a aquella tierra, lenta pero firme, por la que sólo caminaba. Pasó toda la noche luchando y sufriendo como nunca antes. Por fin, al amanecer, la tormenta se desvaneció y pudo descansar. Se dio cuenta que había retrocedido mucho, y también se dio cuenta que era más fácil ir a pie que volar, por lo que imploró perder las alas.
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