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Una mezcla de miel y café, es lo que recuerdo cada día desde que me fui. ¿Como puede ser tan adictivo un amor? Entre las fotos que navegan por la pantalla una y otra vez, que perforan el alma de recuerdos. No se irán, no hay puertas para que salgan. Y me veo tratando de detener el tiempo una tarde que se negaba a dejar de ser noche. Hubiera cambiado una gota de sangre por cada segundo.
Pero el avión despegó igual.
Entré al cine y ni siquiera noté que estaba solo en la sala, aunque cuando lo descubrí no me llamó la atención, a las 17.30, una función de lunes, es dificil que alguien quisiera ir al cine. La película fue muy extraña, parecía no tener sentido, al menos pasaría el tiempo que tenía de espera hasta que me reparasen el choque.
Al salir noté de inmediato que algo había cambiado, el mundo ya no era el mismo, el cielo había perdido el color, las imagenes se movían como en cámara lenta. Apenas se percibía pero igual yo estaba seguto: ese no era mi mundo.
Hay secretos que no se deben contar. No puedo conocer lo que no puedo alcanzar. Debe tener un motivo, para negarme entrar, todo tiene un motivo. Hay una luz que se ve desde afuera, que dibuja sombras entre la penumbra de una cueva. Se reflejan imágenes que no puedo comprender, son formas nada más. Si no salgo no podré saber jamás que son en realidad. Pero no puedo hacerlo, esta prohibido, alguna vez algún ancestro lo escribió. Los misterios se forjan a partir de las precauciones, y son razones suficientes para acatar las reglas.
Desearía al menos poder encender alguna luz, ver más allá, aunque sea castigado, algún día debería dar igual. Pero mejor hoy lo dejo todo como está. Después de todo por algo está así. Y no es un mito, no existen los mitos platónicos, es la realidad.
El camino era mas empinado de lo que parecía, y su mochila más pesada. Quería dejar la casa organizada pero no recordaba muy bien donde quedaba, tenía la llave pero no recordaba como era la puerta. Las botellas estaban vacías y no sabía cuando las había tomado. su cabeza daba vueltas en el vacío, y la pendiente le golpeaba las rodillas. Por fin se convenció de que no lograba avanzar, sintió entonces que no podía ser peor que seguir despierto y de pie, hasta ahí había llegado, cerró los ojos y se precipitó al vacío. Mientras caía además pensó que, de no haberlo intentado, al menos el golpe sería menos duro.
Ayer salí a caminar por la montaña y estoy seguro que vi la luz que guía el universo, era de un color rojizo, tirando al bordo. Creí por un momento que perdería la razón al intentar concentrarme para ver el foco, pero no había una fuente, era la luz que estaba ahí, sola y aislada como si de ella no dependiera.
Escribía una carta en tinta roja. Debería contarles sobre mis sueños, sobre mi esperanza de alcanzar el cielo, aunque cada vez este más lejos de mis manos.
Era un marinero, fui pobre y fui rico y volví a ser pobre otra vez, asi era la vida en la edad en la que viví, por eso pidí reencarnar, para volver a vivir y tener la oportunidad de ver el cielo, pero ahora la cosa esta peor. ¿Como podía saber que estaba haciendo el mal una vez más?. Las almas que arrebaté de vida eran las más nobles, nadie debería llorar por ellas sino alegrarse porque van a ir donde yo no puedo ir.
Ahora necesito alguien que me salve, alguien que me ilumine, que me recomiende, pero no esta mi nombre en ninguna lista.
Es igual, algún día tendré que aprender el buen camino y encontrar la salvación, creo que reencarnando una y otra vez la vida correcta alguna vez llegará.
Los Incas sumaron luego un punto al hacer aparecer a un ángel traído del cielo. El ángel se mostró sorprendido al verse en aquel concurso terrestre y se volvió protestando al cielo. Los druidas al ver la acción no presentaron respuesta prefiriendo pasar de etapa.
En la siguiente ronda los druidas trajeron a un Ouranosaurus de la prehistoria y se llevaron el punto frente a la reproducción real de la pirámide de Keops que los Incas edificaron con piedras de la ladera en dieciocho minutos.
Parecía todo resuelto para los Incas pero los druidas lograron congelar el tiempo, dejando solo a los jueces y a sus rivales en movimiento temporal para que pudiesen comprobar el universo estático que habían logrado. El marcador quedo empatado.
El punto final, como decían las reglas, debía disputarse en el plano. Un representante de cada equipo y un juez pasaron entonces a dos dimensiones, quedando sus estructuras moleculares y sus almas reducidas a dos ejes. El público pudo seguir la final como si fueran una pantalla plana. Los participantes tomaron sus posiciones encarnándose en dos ladrillos planos y, dentro de las dos líneas rectas paralelas, definieron al mejor de siete jugadas en el ping-pong con un punto que aceleraba con cada golpe. Los reflejos de los Incas se impusieron y se llevaron el primer premio.
En la montaña quedaban dos tipos de magos, estaban los druidas Blancos y los Incas de Chamalseco. Los primeros vivían poco ya que practicaban magias peligrosas y contaminantes, utilizando muchas veces la fuerza vital de sus propias armas para llevarlas a cabo. Los Incas en cambio extirpaban la magia de la atmósfera, pero en cambio tardaban mucho en recargar sus fuerzas y, por tanto, luego de ejercer una fuerza mágica, podían pasar dos o tres días hasta que pudiesen repetirla.
El concurso de magos que se celebraba cada ocho años en la cima del Jengish Chokusu, organizado por las tribus de Yarkant, los tuvieron como protagonistas en el año mil exactamente. Fue de las competencias más duras que se tiene registro en los libros. Los de Chamalseco comenzaron la final produciendo en el Pacífico sur un embudo de agua que perforó el fondo del océano, fue una demostración que les costo cuatro días de reposo a sus participantes. Los druidas se concentraron hasta lograr hacer crecer en minutos un hermoso bosque de robles que alcanzaban los treinta metros en aquella cumbre nevada donde se encontraban. Los jueces le dieron los puntos a los segundos ya que ejercían influencias sobre la vida mientras que los Incas lo hacían sobre el reino mineral. Dos druidas se enfermaron por la obra mágica y debieron abandonar.
Los niños jugando en el patio con las almas y los corazones. Y los padres mirando y recordando la luz que iluminaba sus vidas cuando jugaban. Es difícil y poco estricto recordar lo que pasó por detrás del tiempo, más fácil es ver las puertas del mañana, acercándose a la cripta, pensando en nuestras cenizas, el polvo al que se vuelve, pero es mejor mirar atrás.
Las olas recorren el mar hasta romper en la arena de las playas, los barcos marcan el desnivel del horizonte, los niños juegan con el agua y los padres miran y piensan en lo enorme que es el mar, y el cielo que esta arriba. No hay misericordia, se ven pequeños frente a una creación infinita, pero mejor mantener la mente en blanco.
Debe haber algo o alguien, un Dios tal vez, o alguien que nos dé algún día las herramientas para comprender porque pensamos, porque vivimos y donde vivimos. Deberíamos saber cuando y donde vamos a aprender lo que no sabemos, cuando podremos dar el salto y descubrir. Pero hay una flecha, una señal que indica la dirección, y al final están las puertas del cielo.
Si viviéramos en Júpiter, o en Saturno el día sería casi el doble de largo que en la tierra. Por tanto esta claro que sobrarían bastantes horas. La jornada de trabajo no creo que se pudiera extender ya que el cuerpo o la mente del trabajador tienen el mismo límite. Lo mismo sucede con las horas para dormir, el cuerpo más o menos dormiría las mismas horas, por tanto esta claro que sobraría ese “espacio temporal” que nos pertenece, ese que se encuentra entre el trabajo y el sueño, sea por la mañana, tarde o noche. Se deberían crear nuevas actividades para la gente que se aburre fácil, nuevos deportes quizás, o mejores pasatiempos, los programas de televisión deberían ser más largos y entretenidos, las películas también. Se podría salir todos los días ya que da tiempo para dormir luego. Habría que crear una nueva comida entre comidas, sino se pasaría hambre. Creo que cambiarían muchas cosas.
En fin, lo bueno de vivir en Júpiter o en Saturno sería que tendría actualizada mi blog todos los días o al menos no me pasaría lo que me esta pasando estas semanas.
¿El universo tendría una mezcla de colores claros y brillantes como “dicen que dijeron” los científicos antes de morir?. ¿Estaría repleto de escenas de mundos que se acercan y alejan?.
Había estado por fin todo descubierto, no había secretos que desvelar. La clave de todo estaba en los números irracionales. Cuando se gestó el primer ordenador que podía descifrar los confines que esconden estos números se vieron las conexiones entre ellos en puntos definidos que terminaron por unirse en uno solo: el principio de todo. Leonhard Euler había escrito sobre -como lo llamo él- el número del principio, pero sus escritos, dictados a su hijo mayor cuando ya Euler era ciego, nunca fueron publicados.
El número del principio intentó publicarse pero desapareció misteriosamente. Los científicos que lo habían descubierto perdieron el juicio y se suicidaron, el ordenador que almacenaba la información se autodestruyo. Pero el ser humano no se da por vencido y terminará por descubrirlo.
Miré a la chica aquella y me sonrió mientras pestañaba de forma continua y seductora. Ella cree que la seguiré mirando, por eso quitaré la vista, miraré a la barra, al vaso. Jugar con los hielos es tan agradable como ir de pesca, pero es mejor centrarse en sus ojos. Miro una segunda vez y no esta, no se porque la perdí de vista Busco alrededor evitando demostrar que busco. Tal vez me esta observando y me ve. Tal vez es solo mi paranoica imaginación, la que brilla con historias como que en aquel instante alguien me toca el hombro y al girar vuelvo a ver el pestañeo frente a mí, me estaba buscando.
Pero la realidad es mas divertida, tiene también derrotas y tiene también intensidad. La encuentro cerca de una columna. Pienso que las columnas y la gente que uno busca en lugares cerrados suelen atraerse. Pienso que no debería estar pensando en tales teorías y que debería centrarme. Creo que vuelve a mirarme pero no estoy seguro, quién puede estarlo con esas luces que se encienden y apagan sin cesar. Me acerco lo suficiente, entonces confirmo que no es ella, que es otra, sin embargo me mira, sonríe y hasta creo que también pestañea. Miro al vaso en busca del maldito hielo pero esta vez no me ayuda, ya se consumió. Voy en busca de más.
La carrera avanza y avanzo, sigo adelanta. Y tropiezo, me levanto y sigo, y sigo. Tratando de correr lo más rápido que pueda, tratando de no perder de vista el camino, de no pasarme. En las subidas soportar el dolor de las rodillas, en las bajadas intentar amortiguar los golpes de mi cuerpo. Es gracioso imaginarme visto desde afuera, verme sufrir desde el punto de vista de un espectador, bebiendo una cerveza sentado. Y todo lo que quiero es descansar, detenerme. Sin embargo intento ir más rápido, intento dar más, buscar fuerzas, forzar los músculos. Después de todo es lo que se hace cuando se corre, ir hacia delante buscando el final. No miro si hay rivales, no se si los hay, pero da igual, aunque este solo puedo estar perdiendo, puedo ser vencido, por eso no debo detenerme, por eso debo seguir.
Cada ser, en mayor o menor medida, debe tener una vida interna secreta, un misterio que a veces no se puede resolver, que se arrastra por el espacio y por el tiempo. A veces es perjudicial para el ser mismo y en los peores casos es también perjudicial para otros. Odio involucrar, odio lastimar, saber que no puedo dar lo necesario para hacer feliz a alguien, es un dolor penetrante en el centro de las costillas, un vacío en alguna parte del alma, una lágrima seca que nunca termina de caer.
Creía que Dios nos hace así, con capacidad para resolver algunos problemas y con defectos para otros, esos balances variados en cada ser son los que nos hacen diferentes y nos separan un largo tramo de la perfección. Por tanto así se debe vivir. Pero me dijeron que no culpe a Dios de mis problemas (bueno, tampoco a las hormigas, si es que veo alguna con cara de aceptar culpas). Para el caso da lo mismo, no importa quién cargue con el problema si el problema no se va. Al menos si se curarían los recuerdos, si lo bueno fuese malo, pero no es así. Y vuelven las noches hermosas de cabañas y de vinos, y los viajes.
¿Cómo se puede pensar tanto en lo mismo sin resolver nada? Tal vez cuando deje esta vida podré recién descubrir que era lo mejor, no para mí sino lo mejor para los demás. Quisiera no tener esta clase de problemas, quisiera poder levantarme cada mañana y sentir la paz, esa paz de quien tiene todo lo interno resuelto, esa paz que relaja los músculos de la mente, que les da un descanso. Pero no es mi caso, nunca es mi caso.
Como el cazador que desgarra la piel del león en busca de una excusa para escapar de su propia miseria. Los recuerdos se clavan como una lanza en tu alma y dejan una herida que no se puede curar. Es tan fácil perder la razón cuando la luna brilla mas que el sol, no sabes lo que es perder el control y que tus manos tiemblen al ver como la vida te traiciona y la esencia se escapa de entre tus venas.
Estábamos juntos sentados en la montaña mirando morir al sol, pero aquella tarde nunca volverá, el tiempo no da segundas oportunidades, el tiempo no tiene piedad. Ayer fue tu lobo, hoy es tu perdición.
Entre los bares buscas el perdón, pero no es de nadie el don de perdonar sino es un pecado, sino hay mal que matar. Es tu ser que trae una y otra vez los momentos y todo lo que no se puede revivir, el pasado se destruye y las imágenes de tu mente se desarman como las nubes del cielo y por más que las intentes juntar se van esparciendo, desvaneciendo hasta abandonarte.
Por eso a veces aún te preguntas quien puede ser tan cruel de hacernos vivir en un mundo así.
Iba caminando cuando descubri que había una sombra en la calle. Era muy extraña porque no había luz, ni reflejos ni nada que la proyectase. Me pareció que era el único que lo notaba. La gente pasaba sobre ella, desinteresada y pensando en sus cosas pero nadie se detenía a observar el fenómeno. Pensé que debía avisarle a alguien aunque no sabía como o a quien. Decidí esperar, pasaron unos quince minutos y la sombra se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo. Respiré aliviado y continué mi camino.
Se había cumplido el décimo mes de revisiones cuando comenzaron los hechos extraños. Nuestro trabajo en la estación era revisar el sistema de control de los movimientos entre ubicaciones, comprobar los paneles, el motor central y la estructura externa. La estación era la L-51 y había orbitado la luna durante los últimos ocho años. Se trataba de un gran galpón con una cabina central. Pertenecía a una empresa logística y se utilizaba para el almacenaje de piezas para la construcción y repuestos de otras estaciones lejanas. Una vez por mes lunar una nave no tripulada traía provisiones y materiales para almacenar y retiraba de ubicaciones automáticas otras mercancías, así todo funcionaba sin la intervención del hombre salvo cuando requería una revisión, como era el caso que nos llevó hasta allí. La alarma había sido una incidencia con una ubicación de almacenaje que el panel de control indicaba como fuera de funcionamiento. Durante la revisión se había comprobado que se trataba de un fallo en la carga del último paquete de piezas que no había pasado la línea de cerrado automático. Todo iba bien hasta que el eterno silencio del cosmos se quebró con un sonido metálico, como un choque contra la estructura exterior, cerca de los generadores de oxígeno, luego se oía un sonido que parecía por momentos humano, era como un lamento perdido entre los pasillos del depósito. Nadie se animó a bajar, se suponía que era una zona prohibida y que si llegase una nave robot a descargar o cargar podría ser peligrosa. Al final bajó el comandante del grupo pero no encontró nada extraño. Aún quedaban dos días para que la nave de recogida nos llevase a la tierra, los ruidos en el casco aumentaban, ahora parecían más inhumanos. Nos refugiamos en la cabina y pusimos música para olvidar aquel misterioso sonido. Pasó el tiempo y llegó la nave, entonces el sonido cesó y nunca más volvió a escucharse. No supimos como explicarlo a nuestros jefes y por eso intentamos olvidarlo. Me enteré que mis compañeros habían pedido que los enviasen nuevamente a aquella estación, descubrí entonces que allí sucedería algo malo, algo que los atraía y que no les permitía escapar. Hoy sacaré el pasaje yo también, para ir a ver que es.
Otras veces había visto las cosas distintas, pero ese día todo cambio y comprendió por fin lo que hacía muchos años que le venían diciendo, claro, para ese entonces ya era demasiado tarde y no pudo cambiar las cosas.
Todos los pueblos tienen su perro, que no es de nadie y es de todos, que pasea y vaga por las calles soleadas en verano y se refugia en los zaguanes en invierno, que alegra a los niños y hace compañia a los ancianos, que ve el paso del tiempo de la forma que ve las cosas la naturaleza, una visión diferente a la de los hombres. Pero en mi pueblo este perro era diferente, era una cruza rara de pelo negro y ojos marrones como la tierra. Su mirada entregaba una paz misteriosa a quien, desinteresado, se acercaba a darle una suave palmada. Caminaba lento y pausado de puerta en puerta por la calle principal, mas que investigar lo hacía de rutina, como si fuera parte de su profesión canina, un contrato implicito con el pueblo, con sus habitantes. En las fiestas comia bien y cuando no había nada revolvía algúna basura. Pero, como decía, era especial, todos lo sabían pero nadie comentaba nunca sobre esa distinción, a pesar de lo que se habla en las comunidades pequeñas sobre todo. No se veía a simple vista, era como un don mágico, un poder cautivador que atraía, que parecía leer las mentes de quienes lo observeban, el poder estaba en su mirada.
Un día desapareció. Algunos dicen que lo vieron alejarse por la calle principal en dirección a la ruta, otros que se había perdido en los campos. Desde ese día el pueblo perdió algo más que un perro, perdió una fuerza invisible que irradiaba vitalidad, que mantenía con vida las calles durante el día y por las noches. Desde entonces comenzó el éxodo, la gente fue lentamente migrando hacia otros lugares hasta que terminó por quedar un lugar fantasma, abandonado.
He vuelto para ver lo que quedo del pueblo, de pie en la calle principal, entre la paz y la soledad que ahora reinaban en ambiente, y entre las sombras de los árboles frutales, sé que vaga un espiritu especial, de pelo negro y ojos marrones.
"Si lo encuentras tendras todo lo que desees, lo que sea. Solo debes escribirlo y lo que pidas se hara realidad". Lo había leído en las páginas de unas viejas escrituras. Paso el resto de su vida en busca de aquel número, investigando manuscritos, descifrando claves, buscando documentos antigos. Por fin lo encontró, era una ecuación simple, pero el resultado fue un numero periódico, y jamás terminó de escribirlo.
No podía entenderla, no había forma de comprenderla, entonces decidió hacerse parte de ella, entrar en su cerebro. Estaba durmiendo y la miro a su rostro, permaneció concentrado intentando penetrar en sus secretos, en sus pensamientos, en todo lo que pudiera pertenecer a ella, en su alma. Pasó mucho tiempo del que no sabría calcular pero en un momento, cuando creyó que estaba siendo atraído por un somnífero deseo de dormir y su mente comenzaba a trazar el camino de los sueños, sucedió que una fuerza desconocida lo arrastro como una cascada de energía hacia su interior. De pronto Se vio envuelto en un rojo sangre, las paredes estaban llenas de un líquido viscoso y había columnas de una sustancia esponjosa repleta de poros. Era una especie de sala con muchos pasillos que se abrían como un laberinto. Decidió recorrer un poco, caminó sin destino, solo observando lo que había a su alrededor. Por fin encontró una luz, provenía del fondo de un pasillo largo y estrecho. Lo recorrió en busca de aquel lugar iluminado. Terminó en una especie de enorme caverna vacía, salvo por una gran imagen en el centro, la cuál recibía toda la luz, era su propia imagen. En ese momento volvió en sí, aún estaba junto a la cama, observándola dormir.
Planificó su vida, entre esquemas que ofrecían diversas alternativas pero que todas tenían su camino de salida, había considerado todos los escenarios posibles, cada uno con su decisión a tomar, cada posibilidad tenía su respuesta, no cabía margen de error.
Sin embargo sucedió lo impredecible, aquello que nadie ni nada podría evitar, no había respuestas, ni salidas planificadas por lo que se tomaron decisiones sin parámetros ni segmentos, tan solo utilizando la pobre improvisación del momento, algo para lo que nadie estaba entrenado, y a pesar de todo el resultado fue mejor que cualquiera de los resultados calculados previstos. De todas maneras nada cambió para la siguiente planificación.
Las crónicas de leyendas del índico hablaban en el siglo doce ya de aquel milagro de los mares, cuando se encontró una isla con el tesoro de la vida eterna. Muchos buenos marineros perdieron la vida en su búsqueda, irónico y prueba de lo irracional que puede resultar el ser humano. Quien por fin encontró el cofre que guardaba el secreto fue un pescador que se había perdido en una tormenta y se había alejado del continente terminando en la isla. Aquel no se atrevió a abrir tan brillante arca por no sentirse digno, en su vida había aprendido que esos objetos eran de los nobles y que un humilde pescador no debía aspirarlos. Vivió en la isla varios años hasta que una expedición de Muscat lo encontró. Hubiese llevado consigo el cofre pero prefirió no tocarlo ni advertir de su existencia por temor a castigos. Sin embargo los marinos recorrieron la isla y pasaron varias veces junto al lugar donde se encontraba el brillante objeto sin tocarlo, como si fuera invisible a sus ojos. Al subir al barco y partir el marinero se atrevió a preguntarle al capitán si no veía el llamativo y brillante cofre, pero el capitán le respondió que no veía nada más que playas desiertas. Entonces descubrió que aquel tesoro estaba destinado a él y que había perdido la oportunidad de abrirlo y descubrir la eternidad.
Tenía pocos años cuando vino a ofrecerme la pureza de su alma a cambio de todo lo que tuviese entre mis manos. Era una oferta de rebajas, muy lejos de lo que esta bien, muy todo de lo que esta mal. Desconcentraba a los pájaros al mirarlos en mi ventana mientras tomaba la decisión. Pensaba en los buenos tiempos, donde las cosas buenas se vendían en frasco grande, como las sonrisas y los saludos, pero ahora todo valía lo mismo que las garrapiñadas de la plaza. Sentí el zumbido de las moscas azules que me decían que olía mal la operación, pero que no se puede enfrentar al sistema, y si la máquina pide trampa es porque el destino lo hace rodar así. Me dirían que era muy joven para comprenderlo, que ya aprendería que en el mundo de los grandes las ilusiones van cayendo como copos de nieve y la realidad se pinta de varios colores. Los grandes hacen esas cosas, negocian con el cielo y el infierno mientras juegan a las cartas con la civilización. Y no me consuela saber que habiendo aceptado y haber comprado ahora la fiesta tendrá un pastel más dulce y dure más, pero no puedo dejar de pensar en que no esta bien, porque lo correcto lo dicta el corazón.
Había acudido a cientos de médicos pero ninguno lograba curarlo. Su enfermedad era desconocida y única. Podía hablar, masticar, arquear las cejas, comer y todo lo que hace cualquier persona normal, salvo que no podía sonreír. Por algún extraño motivo los músculos de sus mejillas no funcionaban, por tanto no tenía forma posible de mover la comisura de sus labios hacia arriba, es decir, no podía sonreír.
La gente que lo conocía al tiempo se alejaban, su seriedad era chocante, desanimaba y hasta deprimía. No lograba hacer nuevos amigos, ni tenía mujer, su vida era muy solitaria y triste.
Un día acudió por enésima vez un médico y le suplicó algo, cualquier cosa que le hiciera sonreír. Le practicó algunos análisis y el resultado fue el de siempre, que no había manera. Pero no se conformó con la respuesta, y lo amenazó con suicidarse si no lo curaba.
El médico, al ver su desesperación y su situación le dijo que esperase. Abrió un armario que estaba cerrado con candado y extrajo un líquido.
-Esto es un estimulante concentrado, afecta al corazón de forma irreversible y quién lo ingiera muere inevitablemente al cabo de unas horas, sin embargo ataca primero a los músculos sin actividad, por lo tanto le hará sonreír.
Al día siguiente encontraron su cuerpo sin vida. Estaba recostado en el sofá, a su lado había fotos de toda la gente que había conocido en su vida y de la gente que conocía. En su rostro aún se veía una gran sonrisa de felicidad.
Lastre es lo que me sobraba en un planeta pesado, por eso quedamos que todos iríamos con una pierna menos. Entonces pasamos cada uno por la operación, y nos dieron unos aparatos para no perder el equilibrio, si de todas maneras viviríamos allí hasta la muerte, no tenía sentido la otra pierna. Pero lo que no previeron los científicos fue el tema de los cráters, que meter una pierna resultaría un problema a la hora de salir, por eso es que ahora debemos ir con mucho cuidado, sabiendo que si queremos sobrevivir debemos tener bien claro donde pisaremos.
Ella estaba aprendiendo una forma de hacerme invisible entre las horas de tránsito, para buscar algo que no podía entender. Creía que buscaba un arco iris verde y que hablaba demasiado por teléfono, y que no podía dar marcha atrás ni cambiarse las memorias. Cada paso que uno da en la calle queda marcada en el lugar, una huella imborrable y que marca el camino, que no es una forma de ser sino una regla de juego. Y si las páginas pasan y los capítulos son otros, nuevos, escritos con tinta húmeda, es porque cualquier cosa puede suceder mañana.
Uno y uno da lo que quieras, si sabes sumar bien y mejor si sabes subir mal. Mejor aún si a la derecha esta el precipicio y a la izquierda la montaña y mejor que mejor si el camino se angosta. Pero las relaciones son como hielos en vasos que se deshielan y luego se vuelven a congelar. Sin embargo aún no encuentro el paso, y si me lo prestan no lo podría aceptar. No es cuestión de odiar, sino sería como odiar a la vida misma, y sabemos que no es de mala intención que nos trata así la vida, sino que se dedica a apuntarnos en los juegos y nosotros somos los que los jugamos. Si no estamos entrenados podemos perder y para entrenarse hay que jugar. Vuelta a vuelta, perdiendo y ganando. Ser el sereno obliga al mantenerse en vela y ser el incierto que nos da amores perdidos, y sueños desencadenados y pasiones encontradas entre las nubes. Ser parte de tu historia no muere en al morir el invierno y al transitar el verano. Ya es ser parte de un mundo de sensaciones atravesadas, juego de palabras y resignación de haberse sabido que las cartas no siempre las tenemos cuando las necesitamos y al jugarse, plantarse y tirar podemos ganar algunas manos y perder otras. No es frustración, porque no hay otro destino más merecido que el que nos plantea las consecuencias de nuestras obras, y si sobraba niebla cuando avanzamos y ahora vemos el paisaje claro solo vemos nuestro camino y si nos pasamos en algún cruce es tarde y nada más.
Subió al monto y miró al cielo y se preguntó si es que existía algo, una fuerza, una señal. Pasaron cinco, diez, quince, veinte minutos y… nada, ni una sola muestra.
Insistió, se quedó dos, tres, cuatro horas y… nada, no llegaron signos de aquel ser superior que todo lo sabe y todo lo puede.
Se canso y bajo, dejando el monte en la soledad de la tarde que se teñía de noche con las estrellas.
Entonces, a sus espaldas y sin que pudiera percibirlo, una luz se hizo sobre el espacio donde había estado de pie mirando al cielo y, de la nada inundó aquel lugar de esperanza.
El padre le dijo que no lo toleraría, solo porque se quería instalar la última moda, un ojo en la nuca. Las cámaras habían avanzado tecnológicamente lo suficiente para que la resolución fuese cuatro veces mejor que la de un ojo humano, y podía enfocarse más velozmente y no se desgastaba o si fallaba podía cambiarse. El inventor del ojo artificial solo tomo una de las cámaras y creó u sistema de movimientos administrado por el sistema de impulsos nerviosos del cerebro, entonces el resto fue sencillo. De inmediato comenzó a comercializarse, primero para los ciegos, el objetivo original del inventor, pero de pronto, y con la ayuda de grandes corporaciones y de campañas de marketing, se convirtió en una moda y toda la gente quería tener más ojos de los dos que la ofrecía la naturaleza.
- hablemos mientras ingerimos – propuso la hija. Ya no existían los alimentos como se conocían en otras épocas, no era necesario matar animales o vegetales, todas las cadenas de proteínas, minerales y demás moléculas útiles para el organismo podían reproducirse tomando átomos de la naturaleza mineral, inerte y combinándolos en las cadenas adecuadas y en las dosis exactas. Así la pasta que se ingería era perfecta, el scanner leía exactamente lo que necesitaba el cuerpo y la máquina ofrecía por entonces la cantidad exacta de los componentes óptimos. El problema antes era el gusto, pero como en el fondo el sabor también se componía de diversas moléculas que ejercían sensaciones en las papilas gustativas, se podían crear artificialmente sin que fuese físicamente posible percibir la diferencia. Con este método pronto se había terminado el hambre en el mundo y tampoco resultaban necesarios los animales y vegetales, aunque por supuesto que se mantenían ejemplares en reservas de cada especie para que el ser humano pudiera contemplar como vivían y convivían en el pasado. Y ya no existían los vehículos, luego de la era de combustibles líquidos limitados se habían creado los ilimitados pero luego un científico descubrió como variar el núcleo electromagnético de la tierra, generando movimiento de un cuerpo por coordenadas de un punto a otro. Su equipo trabajo hasta lograr un vehículo para el cual se fijaba una coordenada de origen y otra de destino y enviaba una onda al centro magnético de la tierra modificando apenas sus características, pero lo suficiente como para mover entre las coordenadas al vehículo. Al interactuar deferentes vehículos con polos iguales se podían evitar las colisiones y así dejaron de existir los accidentes de tránsito.
- En estos tiempos los jóvenes creen que pueden hacer lo que quieren – le dijo el padre.
- No puedes hacer nada, ya tengo edad suficiente para tomar decisiones, lo dice la ley. Además todos mis amigos lo tienen.
- De acuerdo, pero que sepas que en mis tiempos nadie permitiría algo así, y sabes porqué, porque eran tiempos mejores.
Una tarde que estaba creando un dios se me escapó el alma. También, todo el mundo sabe que una de las causas más comunes de la pérdida del alma es la creación de dioses, es lógico que las almas destruyen la correa que las adhiere y huyan.
Traté de atraparla antes de que llegase a la ventana pero no logré darle alcance, es que las almas sueltas vuelan a una velocidad increíble. La llamé por lo lejos pero no hizo caso, es que una vez libre son como los perros malcriados, no hacen caso. Pensé que podía ver el partido y luego salir a buscarla pero luego, por precaución, decidí que lo mejor sería salir de inmediato en su búsqueda. Fui directo al parque, a mi alma siempre le gustaron los lugares abiertos, ver el cielo estar cerca de la naturaleza. Pero allí no estaba. Temí entonces que hubiese ido a la Terminal a sacar un pasaje para el sur. La última vez que se me escapó había hecho eso, por suerte llegue antes de que saliera el autobús y pude hacerla bajar. No se porque tiene tanta manía con conocer los glaciares y ver las cumbres nevadas y los lagos y todas esas cosas, como si con la televisión no pudiera verlo.
Pero en la Terminal tampoco estaba. Cansado decidí volver a casa y continuar al día siguiente, por una noche sin alma no pasaría nada malo, esta claro que no podría soñar ya que es bien sabido que los sueños necesitan del alma para alimentarse, pero que más daba.
Camino a mi casa pasé por un bar irlandés y la vi, allí estaba en la barra creyendo que pedía una cerveza negra. Me senté en un taburete a su lado y la incorporé nuevamente a mi cuerpo. Nos tomamos la cerveza juntos y volvimos a casa a tiempo para ver el partido.
No existía un espacio preciso, pero las instrucciones decían que había que ubicarlo en el sitio exacto. Entonces marqué una cruz y allí lo dejé. Pasaron ciento treinta años y la persona encargada lo extrajo de aquel lugar y lo llevó de vuelta a casa.
Fue el primero y único en descubrir la entrada a la gran pirámide de Akipa, un faraón de la primera época del auge egipcio. La monumental obra estaba cubierta por una duna de arena en el desierto y, tras el tedioso análisis de antiguos papiros descifrados con códigos y acertijos logró obtener una suerte de ruta que partía de las ruinas de una ciudad situada a las orillas de Nilo hasta el punto en el que se encontraba. Cayó sobre una pared de arena hasta dar con algo que parecía piedra. Quitó más arena hasta encontrar la forma de una puerta con extrañas inscripciones. Utilizando un sistema de poleas pudo abrir la puerta y dejar a la vista un oscuro túnel rectangular. Ingresó con linternas y cuidando cada paso. Era consiente de que las pirámides solían contar con mecanismos de trampas para eliminar a los intrusos y a los ladrones de tumbas, se podían activar al pisar una baldosa, tocar una piedra o simplemente al atravesar un pasillo, sin embargo no creía que aquella pirámide tuviese ese tipo de sistemas ya que Akipa era famoso como faraón por su buen corazón y su bondad. Nunca durante su reinado había condenado a nadie a muerte y en las batallas perdonaba a sus enemigos. Sin embargo tendría algún modo para evitar que le robasen sus pertenencias o su cuerpo momificado por lo que no se distraería. Recorrió una infinidad de pasillos, escaleras ascendentes y descendentes y cámaras desiertas hasta que por fin encontró una luz al final de un largo pasillo rectangular. Al llegar a su fin descubrió que estaba en la puerta por la que había ingresado. Molesto pero aún con energías volvió a entrar a la pirámide.
Más o menos dos horas habían pasado cuando volvió a encontrar la puerta por la que había entrado. Ya era tarde, durmió en aquel lugar y al día siguiente volvió a intentarlo, esta vez dibujando un mapa al avanzar para asegurarse de no repetir el camino. No fue suficiente y pronto estuvo en la puerta otra vez. No logró saber donde había doblado de más o que había hecho mal. Lo intentó una vez más atándose una soga a la cintura que fue dejando en el camino. Pronto volvió a encontrar la soga y el pasillo de entrada y salida.
Siguió intentándolo hasta que consumió todas sus provisiones y debió volver a la ciudad. Antes decidió tapar la entrada y juro que si alguien le preguntase sobre la pirámide diría que no la había encontrado ya que no era lógico decir que la había encontrado pero que se había perdido una y otra vez en su interior.
Y aquel sería el misterio eterno de la pirámide, un truco por el cuál, sin hacer daño a nadie, los restos del faraón quedarían por siempre inexpugnables.
Pasó alguna vez durante una de las tantas batallas de caballeros de la edad media baja, que un príncipe del mal preparó una emboscada a los arqueros del buen señor feudal y le salió mal. Resulto ser que en lugar de arqueros por aquel estrecho del bosque pasó el fuerte de caballería y los escuderos del rey. El ataque fue un fracaso y el príncipe fue acorralado en contra una cañada y cayó por el barranco dejando su cuerpo sin vida tendido sobre las ramas de un antiguo roble. Pero antes de morir maldijo el bosque y a las almas de sus asesinos.
Aquel árbol, ciento cincuenta años más tarde fue derribado por una tormenta y su tronco sirvió de madera para encender la hoguera de una malvada bruja que habitaba en aquel rincón escondido del bosque. Sus hechizos apestaban de desgracias a los de la comarca hasta que un buen día fue quemada en su propia hoguera con leña del mismo roble. Antes de morir maldijo el fuego y el alma de sus asesinos. Sus cenizas se esparcieron por las tierras del bosque.
Pasaron trescientos años y una empresa taló por fin aquel bosque y utilizó la tierra para hacer cultivar algodón. Se utilizaron primero esclavos que trabajaron maldiciendo la tierra y a esos cultivos por los cuáles vivían y morían. Por fin las cosas mejoraron y así se llegó al tiempo moderno.
Y aquellos cultivos aún perduran y sirven de materia prima para hacer sobretodo cordones planos de zapatos y otros calzados. De allí la industria textil realizó los mismos cordones que en este momento tienen mis zapatos y todas las maldiciones que acumularon durante su historia son la sencilla explicación de porque en este momento, y cada vez que estoy apurado, mágicamente, se desatan.
Creo tener las piezas que desarmaron el puzzle. El lugar que debía encontrarme al cabo de la décima fiesta, y es que si no voy a vivir por siempre es mejor vivir, y por eso las cosas van a mi manera, al menos hasta que alguien con más poder que yo sobre mi mismo me diga lo contrario. El destino no juega pero esta de espectador y no pienso perder mas trenes hacia donde quiero ir. No voy a dejar de regalar pero también voy a abrir mis regalos, quién sino puede decirme que contienen las cajas. Y si el mundo se planta de cara delante le voy a pedir permiso para pasar y lo pienso esquivar. No es que no tenga sueño ni sueños, pero hay tiempo para soñarlos y tiempo para vivirlos, y no puedo dejar señuelos para cazar un buen día, eso se busca, se pule y se hace brillar, como las perlas.
Si no supiera ver las cosas cuando las tengo frente a mi menos las podría reconocer de lejos, y como soy hombre no me paro en esos detalles ni cabe mencionarlos, pero no quita que entre líneas sepa agradecer esa indefinición que se define amistad o algo por los alrededores, por eso es que no pienso agradecerlo que pasáramos tanto tiempo y momentos juntos, mentiras y verdades, novias rubias y morenas, snowboards wakeboards y saltos al vacío, fiestas y más fiestas y otras más, sombras y paraguas, golpes, mardelplatas y bariloches, olavarrias y barcelonas, rutas y choques, horas de parciales y finales sufridas para ser un poco más educados, buenas y malas, sonrisas y de lo contrario, y de por medio nuestro peso en alcohol tantas veces, pocas palabras que dicen mucho, billetes en idas y venidas. Los kilómetros no nos alejan y espero verlo en mi funeral algún día, aunque no seré el que lo invite como en un casamiento o esas otras. Y no pienso, que me maten, decir nada bueno porque no va en mi sangre, pero se entiende que en el fondo se siente y saber que hay una mano con quien compartir los desconsuelos y los buenos sabores que nos obliga esta rara paranoia que se define vida. Que quede claro que no espero gracias y no se habla más.
Una manada de búfalos cruyó nadando croll el canal de la mancha. Al parecer irían a las olimpiadas de animales de granja que se hace en Cartagena, participan los gemelos fantásticos en forma de gallos.
Androides destructores parecían venir del espacio exterior, doblando la segunda luna de pluton (tambien conocida como la luna de pascual rambert) del lado de la vereda de enfrente, y se disfrazarán de micos con mochilas llenas de naranjas espaciales para pasar desapercibidos y así competir y ganar todas las medallas y llevarselas a su planeta, venciendo así a los pobres mamíferos terricolas. Por suerte un yorugua buen tipo de esos que viajan con el mate dajo el brazo reapartiendo los convido de pasada con un mate frío. Les gustó y se tomaron como tres termos cada cuál y a continuación les agarró tremenda descompostura que salieron cual perdices en celo al baño del ovni donde vineron. Resumen, se alejaron tristes de la tierra recorriendo todas las nubes y sin enterarse siquiera que en el pique a la nave batieron el record de cien llanos, por tanto la medalla se la dieron a la tortuga veloz, pero al detectarle asteroides y un pote de voligoma, se la dieron al ballenato. Se lo anda buscando pues, para entregarle la medalla.
Seguiremos informando
Terminé el día y descubrí que era un día especial, cumplía doce años de trabajar como repartidor de pizzas. Era un record, nadie conocía a un repartidor que hubiese durado tanto tiempo. Era una profesión dura, llena de riesgos, recorriendo en una pequeña y vieja moto las calles ida y vuelta, una y otra vez, tocando timbres y dejando las pizzas. Había llegado a la conclusión de que el mundo no podía vivir sin pizzas, que el mundo quiere, necesita de aquel alimento.
Se cruzó en la ruta, lejos, cerca de barracas, se hecho a la fuente su alma, y dejó su corazón por buscar lo que más quería, un viento que deja de empujar cuando se termina el dolor, y se termina lo que nunca comenzó. Ya estaban las fichas jugadas y el buitre sobre el hombro de su casa antes de que pudiera ver la luz. No se puede esperar más, y siempre hay un espacio para pedirle a Dios perdón, pero yo si fuese el no lo daría.
Caminaba La Sabiduría por un sendero estrecho, y llegó a un cruce donde se encontró con La Mentira. La Mentira, un poco engreída, le dijo que tenía prioridad de paso porque tenía mayor poder. La Sabiduría le dijo que no estaba en lo cierto, además de aclarar que tener mayor poder no era síntoma de un derecho prioritario de paso. La mentira le dijo que sí que lo era, y que además ella era más famosa que su colega. La Sabiduría negó esta segunda afirmación aclarando que su fama era mayor pero que se ocultaba bajo un perfil bajo. La Mentira recurrió entonces a la fuerza, pero La Sabiduría sabía siempre lo que haría y asi la evitaba. Siguieron discutiendo un largo rato y no llegaban a ningún acuerdo hasta que La Mentira se cansó, sin embargo al final La Sabiduría, una vez vencedora, le cedió el paso a La Mentira. Esta, asombrada, le preguntó el porqué. - Esta claro, pero no has utilizado el mejor argumento - replicó La Sabiduría, - La Mentira siempre precede a La Sabiduría.
Se repetía una y otra vez la pradera inerte abrumando con su infinitud. La carreta avanzaba lenta y temblorosa por la huella de fango que apenas desemprolijaba el paisaje. El problema era que aquel camino no llegaba a ningún sitio, el horizonte al fondo era el único fin con el que se podía contar, el único sueño al que se podía alcanzar, y por definición era igualmente inalcanzable.
Me puse a hacer las cuentas, mis números. Creo que todos lo hacen con sus propios números, es decir, cuanto tienen hoy, cuanto van a gastar mañana y pasado y si alcanza para todo, también cuando voy a tener más, en fin, esas cosas. En general todo me cierra, más allá de que el resultado no sea bueno siempre, más de una vez se complicó el escenario para llegar a fin de mes y hubo que cancelar algún gasto planificado o buscar alternativas, pero eso no viene al caso. El hecho es que realicé las cuentas y me daba una diferencia de menos uno. Vale, es cuestión de revisar los números, los revisé y nada, seguía la diferencia allí, inmóvil. Un poco más preocupado volví a hacer las revisiones pertinentes, pero no pude hallar la diferencia. Me propuse hacer los cálculos una vez más, y una vez más, y así transcurrió toda la noche, hasta que por fin tuve que dejarlo, o en realidad me vi obligado a hacerlo al quedarme dormido sobre el escritorio. Al día siguiente, al despertarme y ver que el menos uno seguía allí sentí la necesidad de resolver el incidente, por lo que llamé al trabajo para anunciar ausencia por problemas personales. Así trascurrió el día, pero al no poder solucionar la diferencia debí pedir un día más. Al cuarto día me visitó un amigo que se centró en el problema al notar mi preocupación, entonces resultamos ya dos los perjudicados por la diferencia. Por fin vino un tercero que en lugar de caer en la tentación de resolverlo propuso llevarlo a los matemáticos. Fuimos a la facultad de ciencias exactas donde planteamos el problema del uno menos y dejamos que lo tratase en una pizarra mientras observábamos sin terminar de comprender las complejas fórmulas. Al principio, por el orden de los procedimientos y la seguridad que presentaban los expertos parecía que lo resolverían pero luego comenzaron a mostrar signos de preocupación, terminando por mostrarse nerviosos y confusos.
Decidieron, luego de muchas horas de debate, enviarlo a otras universidades del mundo, por tanto se adjunto el problema en un mail que se envió de forma masiva. Al día siguiente el mundo entero parecía estar intentando resolver el problema, se hablaba en los diarios y noticieros, por la calle y se hacían debates abiertos en las plazas. Esa mañana, mientras había decidido darme el primer momento de descanso desde que había comenzado el cálculo. Decidí poner un poco de orden en la sala, entonces mirando debajo del sillón encontré una moneda de uno, justo la que necesitaba para cerrar mis cuentas.
Me compré un barco, estaba en oferta porque le faltaba el timón, pero me pareció mucho más interesante opr ello. Salí a navegar del puerto por la tarde y dejé que el mar, el viento y las corrientes me guiasen. Ahora estoy a la deriva, esperando ver tierra, en realidad no me preocupa, tarde o temprano encontraré una isla y entonces podré estar seguro de que aquel lugar será ideal para mí, ya que será el que me deparó el destino.
Un mediodía, cuando estaba en una cantina, un desconocido se me acercó y me preguntó:
-¿Cómo lo ha hecho?.
-Qué… ¿Qué?.
-Eso, adivinar.
-¿Adivinar qué?.
-Usted se puso de pie y fue a la barra a buscar su bocadillo exactamente cuando el cocinero salía para entregarlo en la barra. ¿Acaso lo vio venir, lo escuchó?.
-Yo… habrá sido casualidad.
-No, es que no puede ser casualidad, usted tiene un don.
-¿Un dón?.
-Si, eso mismo, puede adivinar.
-Yo… ¿le parece?.
-Seguro, créame que se detectar cuando alguien tiene un poder, y usted lo tiene, salta a la vista.
-pues… no se que decirle…
-No diga nada, pero es bueno que lo sepa.
Diciendo esto el desconocido salió y no volví a verlo.
Nunca más logré adivinar nada, sin embargo es bueno saber que, aunque no se utilizarlo, tengo este don.
Tenía en el fondo de mi casa un jardín de arena, era fácil de mantener porque no crecían ni árboles, ni plantas, ni arbustos, ni siquiera cesped, era un espacio vacío, blanco, pero en mi opinión, y no es que sepa mucho de jardínes, pero era el mejor que podía tener un ser humano.
No conocía el barrio, y entré pensando que era un librería. Por dentro era un largo pasillo con un mostrador al final. Las paredes estaban cubiertas de estantes con pequeños frascos vacíos.
-¿Venden frascos? – le pregunte a un hombre que parecía estar acomodándolos.
- No – me respondió - vendemos imaginaciones.
Creí haberle oído mal por lo que le pedí que me lo repitiera.
- ¿ Le interesa alguna? – me ofreció - están en rebaja.
- Yo... no se...
- ¿Tiene hijos usted? – me preguntó.
- No... aún.
- Entonces mire, aquí tiene una que puede interesarle – dijo mostrándome un frasco verde. –Sirve para imaginarse el momento en que nazca su primer hijo.
- muy interesante – comenté sin creer en lo que decía.
- ¿ Quiere una muestra? – pareció desafiarme.
Acepté.
El hombre abrió el frasco y lo acercó a mí. – Respire – indicó.
Al principio no sentí nada pero al cabo de unos segundos me sentó obligado a cerrar los ojos, entonces comencé a experimentar una visión increíble: me encontraba en una sala de espera, en un hospital, de pronto una puerta doble se abría y salía un médico que se me acercaba.
- Lo felicito, es usted el padre de un niño – dijo estrechándome la mano.
No entendí bien porqué, pero sentí una emoción muy extraña, algo que nunca antes había experimentado.
En ese momento abrí los ojos y oí la pregunta: - ¿ que le ha parecido?.
- Funciona – dije aún emocionado.
- Claro, y solo le cuesta 35 euros, pero además tiene otras cientos de imaginaciones – enfatizó como buen vendedor mostrando con su brazo estirado la interminable fila de estantes - estamos con mucho stock estos días – completó.
En ese instante recordé que no tenía efectivo. Abrí mi billetera para confirmarlo.
- Acepta tarjetas.
- Hoy no, se ha estropeado el chisme.
- Aguarde que voy por dinero, voy a buscar dinero – lo interrumpí.
- De acuerdo – dijo desconfiando que volvería – pero llévese este frasco al menos, de muestra – me dijo, quizás por no creer que volvería. Era un frasco azul con una etiqueta que no me di tiempo a leer.
Salí a toda prisa en busca de un cajero. Siempre que uno necesita uno de ellos es como si desaparecieran. Al fin encontré uno pero estaba fuera de servicio, seguí buscando entre las callejuelas hasta dar con uno. Extraje todo lo que me permitió la cuenta y volví corriendo en busca de la tienda, pero en su lugar encontré una simple librería, o al menos eso decía el cartel.
Entré de todas maneras.
- Usted... una vez más...¿que desea? – me recibió el mismo hombre de la imaginoteca, pero esta vez con un tono diferente, como si fuese una molestia.
- ¿Esto no es un lugar donde venden imaginación? – pregunte desconcertado observando los libros a mi alrededor.
- Pues no, sin embargo usted parece no entenderlo, es que ya estuvo aquí, es más, viene aquí cada día a esta hora a preguntar lo mismo, y le digo una vez más que la imaginoteca esa que busca no existe, ni existió, ni existirá, solo es una imaginación suya, la única que es real – concluyó señalando mi mano.
Tenía en ella un frasco azul abierto que decía en la etiqueta: -imaginoteca.
Siempre pensé que había fantasmas o algo raro en esa casa. La concocía bien, sus habitaciónes, sus pasillos, pero no me convencía, sabía que había algo fuera de lo normal. No vivía allí pero cada vez que la visitaba encontraba cosas fuera de lugar. Decidí quedarme una noche a la semana en la sala, dejando todo a oscuras, esperando ver que era eso que intuía. La primera noche no sucedió nada, y a la semana siguiente tampoco. Decidí que para encontrar algo debía estar más tiempo así que comencé a quedarme todas las noches allí, despierto en la oscuridad, esperando ver algo. Por las mañanas, cuando volvía la luz del amanecer, cansado me iba sin haber visto nada. Lo hice durante dos años hasta que una noche me rendí. Estaba cansado y decidí permitir que el sueño me venciera mientras estaba en la sala. Me desperté a la mañana siguiente, con el sol golpeando con sus rayos mis pupilas. Abrí los ojos con dificultad y dolor, intenté ponerme de pié y alejarme del sillón donde había dormido, que estaba cerca de la ventana, entonces vi la figura, era como un silueta blanca, brillante, fantasmagórica. Tenía un adorno en las manos y lo destaba cambiando de lugar, pero eso no fue lo que me molestó, sino haber perdido dos años de mi vida pensando, por alguna razón, que los fantasmas solo pueden vivir de noche.
Por la mañana todo iba bien, pero antes del mediodía la cosa cambio, yo iba caminando por la calle cuando sentí como si mi cuerpo de pronto pesara menos de lo habitual. Comenzé a sentir como si fuese más liviano, casi podía flotar. Vi como todos a mi alrededor notaban el mismo extraño efecto. A lo largo de la tarde la sensación fue aumentando, cada vez me sentía más liviano. Entonces me enteré del problema. Un desconocido fenómeno había partido a la tierra en dos trozos, y éstos ahora comenzaban a alejarse uno del otro. La atmósfera se mantenía y era respirable, al menos del lado de la corteza terrestre, del lado opuesto solo habría un nucleo partido al medio que veía como su otra mitad se alejaba sn remedio. El corte había sido por el ecuador, por tanto los hemisferios ahora eran planetas separados y distintos entre sí. La raza humana estaba también dispersa, separada en dos grupos, habían familias que habían quedado partidas, incluso paises. Se tardó mucho tiempo en asimilar la nuevea situación pero por fin las cosas, por duplicado, voliveron a la normalidad. Se desarrollaron naves capaces de ir de un trozo al otro, creando un puente aéreo continuo, luego se preparó un proyecto para reunir ambas partes. Se puso en marcha y trabajó mucha gente, por fin lograron acercar las partes y volver a ponerlas juntas.
Todo volvería a la normalidad, pero nunca fue lo msimo, cada sector tenía sus propias costumbres y entornos, existían leyes diverentes. Poco a poco comenzaron las disputas raciales, luego los encuentros violentos. Al final acabaron por entrar en guerra entre ambos lados, y asi fue como volvió realmente todo a la normalidad.
Recuerdo, o creo recordar la imagen insistiente de circuilos que se cerraban unos sobre otros, de forma discontinua y aleatoria. No podía dejar de mirarlos, mi mente estaba en blanco, perdida en la nada, en un abismo sin espacio ni tiempo. No sentía el cuerpo, quizás donde me encontraba el concepto de la materia restaba sentido, carecía de un motivo suficiente que lo justificara. Quizás mi cuerpo sí estaba, pero en todo caso inmóbil, relajado, inerte en un mundo de fantasía. A lo lejos, como susurros que se perdían en una pradera de pastizales y mariposas, sentía un rumor. Llegaba a mis oídos como una brisa de veramo, suave y placentera. Pero de pronto la briza se convirtió en viento intenso, y el susurro en truenos de tormenta. El sonido fue aumentando y convirtiéndose en una suerte de estampida de aplausos. Entonces volví en mí, a mi lado el hipnotista saludaba al público que respondía con enérgicos festejos la escena. Y yo, seguía de pie en el esenario mirando el teatro repleto y viendo mi sueño de paz y soledad destrozado por un mundo real.
La excavación dio sus frutos, por fin habían hallado la entrada al templo prohibido y se encontraban en la sala principal, donde debían de realizarse los rituales sagrados. Al fondo había un marco muy extraño, con una puerta llena de polvo donde se apreciaba un espejo que apenas reflejaba. Databa el templo de una edad aún no calculada, pero seguramente una civilización prehistorica, aunque increíblemente avanzada. Allí debían realizarse los ritos de sacrificios, los que se creen marcaron el fin de su cultura cuando decidieron realizar un sacrificio masivo, terminando con el pueblo.
Había sobre un texto tallado en la piedra. Estuvieron tres días para descifrar los códigos del lenguaje hast que por fin pudieron traducir:
...No quedaba tiempo, la humanidad había destrozado el planeta y peligraba la existencia de la especie.. En otras situaciónes se habría optado por la reparación del daño, pero ya era tarde. Los científicos primero optaron por la búsqueda geográfica de un ámbito similar al terrestre, un nuevo planeta. Pero la empresa resultaba imposible, no se habían desarrollado lo suficiente las naves, la autonomía era limitada y los pocos planetas al alcance requerían grandes obras para resultar habitables. Las inversiones en aquella línea se habían suspendido, entonces nacio una nueva alternativa, el estudio de un mundo paralelo. Los especialistas en espacio tiempo creían que, con las herramientas adecuadas, podrían desarrollar una nueva dimensión donde el mundo se replicara pero en su estado puro, sin contaminación ni daños hechos por la raza humana. EL proyecto se realizó con éxito y lograron una máquina que transportaría a todos los seres humanos al nuevo mundo. Se trataba de una puerta que a simple vista parecía normal, pero que del otro lado no había más que una especie de espejo líquido penetrable. Los cuerpos podían pasar a través de él y desaparecer en la nada. El problema era que no había retorno, el que pasaba ya no podía volver. Ante la emergencia de epidemias mortales y calentamientos insostenibles del planeta, los inventores decidieron escapar por la nueva salida. Se llevaron por las dudas alimentos e instrumentos de orientación, luego atravesaron el marco y desaparecieron detrás del cristal líquido. Lo siguieron los directivos y los gobernantes, luego la población en general, convocada en turnos, ordenadamente fue transitando a la nueva dimensión. Así fue como el mundo original, verdadero, quedo casi vacío. Las ciudades con sus edificios, con sus oficinas, con sus ordenadores, todo vacío.
Creo que ya lo he explicado, para que cualquier ser que aparezca en la faz de la tierra lea y comprenda lo sucedido. Ahora es tiempo de marcharme...
Permanecieron observando el marco de aquella puerta, en silencio, mirandose a sí mismos y decidiendo que debían hacer.
Las cámaras no eran suficientes, había en cada esquina y en cada banco, pero la tecnología había avanzado y ahora los crimenales usaban unas excelentes máscaras que impedían ser reconocidos. Las empresas de seguridad buscaron nuevas ideas y las encontraron con un joven ingeniero que, a partir de los movimientos de un cuerpo humano, podía detectar las intenciones del individuo. Era como leer su mente, como anticiparse. Le pagaron una importante suma para invertir en aquel extraño proyecto, confiaban en aquel científico, era realmente inteligente y capaz. Sus primeras pruebas las realizó en su laboratorio, al principio con animales y luego con voluntarios. Comenzaba a funcionar, podía detectar, de acuerdo a las actitudes, los pensamientos que atravesaban por sus mentes y, sobretodo, las acciones que pensaban realizar. El científico trabajaba día y noche, sin descanso, en su proyecto. Apenas si comía y si iba a su casa a dormir o a ducharse. Todo iba bien, el aparato ya casi estaba listo, solo faltaban algunas pruebas y calibrarlo, cuando el joven, realizó la última prueba, debía hacerlo con alguien que no supiese que estaba siendo investigado. Esa tarde lo visitó al laboratorio su esposa, aprovechó la ocasión y siguió sus movimientos con la máquina. A la mañana siguiente la policía encontró el cuerpo de la mujer con veinte puñaladas, el aparato destruído al igual que los planos y todos los registros, y al jóven ahorcado en su oficina.
Ayer soñe que era jugador de fútbol. Me había metido en el deporte en un club que me entrenó de chico, hasta que llegue a las ligas, luego vino la primera oferta y, por más que me gustaba mucho mi club, debí dejarlo y cambiarme. Luego llegó mi salto al futbol europeo, pase por varios equipos y en cada uno me sentía cómodo, tenía compañeros con los que me entendía y siempre continuaba entrenando y mejorando. El único problema es que, como a la vez aficionado, no lograba tener un equipo real por el que simpatizar, ya que es dificil si luego a uno lo venden a otro lado e incluso si debía competir contra mi equipo. Asi y todo me adaptaba siempre a los cambios, al nuevo equipo, a los nuevos compañeros y a sentir, no puedo decir fidelidad ni pasión pero si compromiso, por la nueva camiseta. Esa será la vida del futbolista profesional, y creo que con ese extraño sueño pude sentir lo que ellos deben sentir. Lo que no logro comprender es porque tuve tan desconcertante sueño, siendo un simple consultor, que esta por cambiar de empresa...
Descubrí que mi sombra conspira para matarme, aunque ya sea tarde. No es que sepa mucho de esas cosas pero el cine me ha enseñado que ciertas actitudes y ciertos gestos implican una inminente conspiración para el crimen. A veces notaba que se movía a propósito para desequilibrarme, sobre todo cuando descendía una escalera, pero en ese entonces no se me podía ocurrir que lo hacía a propósito, en cambio ahora estoy seguro que su objetivo era que me cayera y me rompiese el cuello. Ayer, sin más, había aprovechado el juego de luces de unos carteles para confundirme mientras cruzaba la calle, así me hizo creer que los autos estaban más lejos y cuando quise darme cuenta tenía las luces encima, casi me atropella una furgoneta. No entiendo en que se pueda beneficiar ella con mi muerte, quizás alguien le paga, es posible que lo haga por celos, porque a ella siempre le faltará una tercera dimensión. Da igual porque ya es tarde, por fin lo ha logrado, cuando avanzaba por aquel callejón, tuvo el tiempo para ocultar con su figura aquella alcantarilla destapada por la lluvia. No pude verla y ahora, desde este túnel siento que mi sombra me acompaña desde la oscuridad, disfrutando mi agonía.
En breves palabras les solicité que me siguiesen y durante el trayecto resumí mi hallazgo y el ataque que había sufrido. Al llegar a la escalera reconocí al bibliotecario que pretendía volver a la biblioteca. Los policías se encargaron de dar la voz de alto y detenerlo.
Más tarde, con la zona acordonada y muchos agentes dando vueltas por el lugar, se dio a conocer que la víctima era el estudiante de los carteles. En el interrogatorio no supe como explicar las razones que me llevaron a bajar y menos aún cuando los forenses anunciaron que la víctima llevaba muerta en aquella habitación varios días.
Sin embargo, y a pesar de todo, con el tiempo volví a la biblioteca a leer. Ya había aprobado la materia y me por fin me había recibido pero por algún motivo, aún pensaba que podía estar esperando más menajes.
Terminaba en una pequeña puerta de metal que resultó estar abierta, pasé entonces a una pequeña habitación fluido de humedad donde, por lo visto, guardaban materiales para la limpieza y otros trastos. Busqué algún interruptor y luego de insistir terminé por dar con uno. Se encendió un humilde foco ennegrecido que colgaba de su propio cable cerca de unas cajas que poco permitían expandir su luz. Entre penumbras avance, pasando tres o cuatro estantes metálicos con frascos y cajas hasta donde parecía que terminaba la habitación. En un rincón divisé un gran baúl de madera. Mi mirada pasó la primera vez sin distinguir nada extraño, sin embargo volví a recorrer la misma imagen y entonces vi algo que tarde en asimilar. Era una mano saliendo desde dentro del baúl, una mano humana.
Ya no podía seguir estudiando en aquel lugar, decidí que lo mejor sería irme y no volver, al menos hasta que hubiese rendido aquella insoportable materia. Junté mis apuntes, devolví los libros que tenía en mi mesa y salí del recinto. Una vez afuera recorrí el extenso pasillo que unía el ala de la biblioteca con el resto del edificio y baje una amplia escalera revestida en mármol que descendía realizando un prolijo semi círculo.
De pronto algo hizo detener mi marcha. No estaba seguro, era un presentimiento, pero suficiente para volver atrás. Mi vista encontro que en el hueco que hacía la gran escalera de mármol, nacía otra pequeña escalera de cemento verde. Me aproxime para contemplar como bajaba a una especia de sótano.
“Escalera verde”– pensé. Decidí bajar.
Nada, esta vez no iba a permitir que un fantasma atrapado en libros aburridos impida que aprobase el odioso examen. No podía ni quería recursar la materia.
“el lo sabe... ya lo sabe...” era una advertencia...
Se me ocurrió ir a los archivos de estudiantes, sabía que había una base de datos pública, donde se podía encontrar información de cada alumno. Tardé casi una hora pero por fin encontré el registro que buscaba:
“...estudiante modelo... muy apegado al estudio y a la biblioteca...”
- Por lo visto aquella alma errante solía leer, como yo, en la biblioteca – deduje. Volví a ella y me dirigí al bibliotecario.
Detrás de su escritorio, siempre con la misma inexpugnable expresión en su rostro, estaba el hombre.
- ¿Conocía a un alumno que solía venir por aquí, me refiero al que ha desaparecido estos días? – pregunté sin vueltas después de presentarme.
- La policía me ha preguntado ya por él, les dije que era un joven muy extraño, que tenía actitudes imprevisibles, y que se quedaba hasta muy tarde.
- Gracias – fue lo único que me salió decirle.
La conversación pronto cambio el rumbo, entonces vi en la pared una hoja con una foto centrada, era un chico de unos veinte años, pelo rubio y ojos marrones. Debajo decía: “se busca, responde al nombre de Víctor, desaparecido en las inmediaciones de la biblioteca, se ruega al que lo vea, informe sobre su paradero”.
Al día siguiente llegué temprano a la biblioteca y me puse a leer lo que realmente debía estudiar. No tardé en recibir un nuevo mensaje, una vez más apareció entre las líneas cuando mi mente comenzaba a perder el hilo del texto.
“...escalera verde...”
No me significaba nada por lo que seguí intentando aprender sobre comercio internacional sin prestar atención.
“...abajo, al fondo. ¡Ayuda!”
- ¡A mí! – dije entonces, en voz alta, y perturbando el estado de hibernación con la que los brazos del bibliotecario sostenían su mentón, sentado detrás de su escritorio, como si fuese un muñeco de cera. Levantó la vista, como tardando de descifrar el origen del sonido. Al poco tiempo, mediante un duro razonamiento, supo que no podía ser de otro que de mí, ya que estaba solo.
-... O tal vez estaba comprobando si yo era el único en todo el recinto, es decir, si estaba solo... – pensé al observarlo. Decidí que debía continuar leyendo hasta encontrar más mensajes, pero fue inútil, el resto de la tarde, mientras la biblioteca comenzaba a recibir gente, yo continuaba leyendo sin otro destino que el aburrimiento. No volví a encontrar “mensajes”.
Antes de irme pase por el bar del edificio, donde varios grupos de estudiantes se amontonaban en pequeñas mesas y hablaban por todo lo que dentro de la biblioteca no podían hablar. Me senté en la barra y pedí un café, escuchando de fondo las charlas. Oí entonces que en una de las mesas se comentaba la desaparición de un alumno, presté atención:
- Escribía entre líneas mensajes en cada examen, aunque dicen que es mentira que alardeaba de ello, es más, dicen que las veces que lo confeso fue como si fuera un problema, como si él no lo hiciese a propósito –comentó un estudiante de aspecto deportista.
- ¿Es decir que según él los mensajes aparecían solos, de la nada? –cuestionó algo escéptica una rubia que estaba tan maquillada como si estuviese en una disco.
- Eso es lo que me han dicho.
- Seguramente estará vagando por algún barrio –opina de las chicas.
- Dicen que la policía ha comenzado a buscarlo por los lugares que frecuentaba, creen que lo han secuestrado.
- ¿Quién haría algo así?.
... Los efectos personales del viajero, que haya considerado la aduana como mercancías con fines comerciales y cuyo valor FOB supere los USD4,000, deberá cumplir con todas las formalidades que la Ley Orgánica de Aduanas y su Reglamento General establecen...
Recordé que en el primer año había conocido a un compañero que alardeaba de ser capaz de escribir mensajes ocultos en largos y aburridos exámenes escritos, argumentando que el texto en general era tan aburrido que el profesor no se enteraba porque no llegaba a leerlos o, cuando llegaba, su mente ya leía sin “leer”.
...Se ha incorporado el Régimen Informativo "Liquidación de Cobros de Exportaciones", a través del cual se notificarán los incumplimientos en la liquidación de divisas de acuerdo con lo dispuesto... Querrá matarte a ti también!... mediante las comunicaciones A 3534, 3540 y complementarias.
Tarde lo que se tarda en despertarse para volver atrás en busca de lo que había leído, sin embargo no encontré la frase.
Deje el libro, esta vez con la seguridad de quién sabe que tiene razón aunque no pueda probarlo, y busqué en otros libros, al azar.
... Artículo 110º En caso de producirse la destrucción de la mercancía por caso fortuito o fuerza mayor, el declarante, dentro del plazo autorizado, deberá presentar a la aduana los documentos pertinentes que permitan su comprobación...
La biblioteca estaba casi vacía, solo el bibliotecario resistía, por ser su trabajo deduje, el aburrimiento que generaba aquel ambiente en un día soleado y templado de primavera. Parecía que no notaba mi extraño comportamiento creciente, o quizás no le interesaba contemplarlo.
Continué revisando tomo en distintos estantes, concentrándome en los que se me antojaban más aburridos, abriéndolos en páginas escogidas sin lógica, y leyendo párrafos en busca de algo sin sentido, de más "mensajes".
Estaba desconcentrándome mientras intentaba con un sector aislado de mi mente comprender los ejes principales de los tratados oceánicos y de aguas internacionales. Mi mente comenzó a perderse en los pasillos del estado alfa cuando creí leer algo diferente a la somnífera explicación.
“Ayuda” fue lo que pensé haber leído entre líneas.
Volví atrás y, aunque releí toda la página, no encontré en ningún momento lo que creí haber leído, ni siquiera palabras similares que mi mente pudiese haber transformado.
Pasó al menos una hora, había cambiado de libro, esta vez leía sobre lo interesante que resultan ser los trámites de aduana y comenzaba a dormitar cuando leí: “...el formulario D-32 debe ser impreso por triplicado y debe estar firmado por... Ayuda, estoy atrapado... la autoridad portuaria que gestione... ”.
Estaba en la biblioteca, un día más, estudiando esos horribles y pesados libros de derecho internacional. Es cierto que la vida da muchas vueltas y “nunca se sabe”, pero sabiendo que mi futuro era el derecho penal veía en aquellos largos párrafos una masa imposible de digerir. Era la segunda vez que daba la materia, la primera el profesor, creo, me desaprobó solo por notar mi falta de interés, un buen incentivo para acrecentarla... ahora lo odio también a él. – No necesito aburrirme para saber comerciar – presumí, y esa, quizá, fue la frase que no debí decir.
Eran las tres y cuarto de la tarde según el reloj de la gran sala que ahora estaba casi vacía. La gente solía abandonar a esas horas, posiblemente porque después de comer es prácticamente imposible soportar el sueño leyendo aquellos textos tan espesos, sin embargo yo pretendía quedarme y aguantar a fuerza de café, al menos hasta que mis venas se pusieran negras.
Me distraje un momento y mi mirada se perdió en el reloj, cuyo segundero hacía enormes esfuerzos por dar cada salto hacia la derecha. - Debo seguir –me dije por fin y volví a comenzar el mismo párrafo por tercera vez, esperando comprender la telaraña de palabras complejas que encubrían, muy en el fondo, una explicación. – De verdad que los autores parecen decididos a que no se les comprenda –proclamaba por enésima vez. –Vamos otra vez- y así empecé nuevamente...
Hay alquien que siempre se repite, lo vi ayer en el metro, luego en el centro, pasando por una calle peatonal, y luego en un centro comercial. Creía que era pura casualidad, que se daba que nos cruzabamos, pero esta vez comprobé que no podía ser el mismo, estaba en la estación de trenes y lo ví subirse a un vagón y al salir el tren estaba también en el andén de enfrente, no había explicación. La proxima vez que me lo vea voy a detenerlo y preguntale quién es, si tiene hermanos o, simplemente, como hace para estar en todos lados.
En ese momento un hombre me detuvo, me di vuelta, nunca antes lo había visto, entonces me dijo: -disculpe, pero quisiera saber como es que usted está en todos lados.
Me dijeron que si uno come olivas blancas recuerda los sueños, y eso era lo que necesitaba para mi caso, ya que hacía tiempo que deseaba recordar esos extraños fragmentos de historias sin sentido que procesaba mi mente nocturna.
Me comí un plato esa noche, y me fui a dormir expectante, tanto que tarde casi dos horas en conciliar el sueño.
Comencé a soñar una secuencia que nunca olvidaré, estaba en un lugar, a punto de hacer algo, pero entonces me desperté y ya era la mañana. No podía esperar a saber que sucedería, cerré todas las cortinas hasta impedir que la claridad de la mañana invadiera la habitación, comí un nuevo plato de olivas y volví a la cama, esta vez tarde mucho más en dormirme, creo que lo logré a media mañana.
La secuencia por fin continuó, a pesar de que lo lógico hubiera sido que comenzara un sueño nuevo, no, continuaba el que había quedado a la mitad.
Avancé apasionado con lo que sucedía, hasta que de pronto volví a abrir los ojos y a estar en la realidad.
Maldije aquella oscura realidad en la que apenas se vislumbraba una grieta de claridad filtrándose entre las cortinas.
Más olivas, e intenté dormirme otra vez, sabiendo que no me detendría hasta el final del sueño, si es que los sueños tienen final.
Me insistió tanto que accedí a ir a la montaña, y sabiendo que eso de la altura y el sufrimiento no van demasiado de mi mano, pero no importaba, el chico lo merecía. Nos subimos a su hermosa 4x4 y comenzamos a recorrer un camino de interminables curvas, que fueron haciendo transformando el hermoso vehículo en un habitaculo insoportable del que quería bajarme lo antes posible. Algún día terminamos por llegar, y aunque fueron solo algunas horas mi mente decía que había sido mucho más. Al bajar vi de frente una cadena montañosa de picos escarpados y nieves eternas, el solo hecho de mirar tan imponente paisaje me cansaba los pies, y aún no habíamos comenzado. El, como buen caballero, se ocupó de preparar todo y cargar con la mochila mientras yo me dedicaba a ocultar el sufrimiento que anticipaba. Había un sinuoso sendero por el que comenzamos el ascenso. Al principio era un bosque basante lindo aunque todo igual de aburrido, luego los árboles comenzaron a desaparecer y se veía mejor el paisaje rocoso desde una altura cada vez más alta. Pasaron cuatro interminables horas hasta que paramos a comer cerca de una bella pero monótona cascada, fue bastante sencillo el menú, pero también tuvo algo de romántico digamos. La bajada fue igual o peor de lenta, pero además mis piernas comenzaron a odiar mi desición de aceptar la invitación.
Valió la pena solo por el hecho de que aquel chico me gusta. Esta semana lo invitaré al centro comercial, a ver si él piensa lo mismo de mí.
se despertó y enseguida supo que estaba en un mundo nuevo, diferente al que había dejado al dormirse. No tenía características claras, precisas, no eran cambios que podían apreciarse a simple vista, eran pequeños detalles, cosas que estaban "diferentes", los colores parecían mas "modernos". Se levantó y buscó una ventana. Detrás del cristal empañado por la llovisna de Abril se presentaba una mañana efímera, con tonos irreales. La gente parecía esforzarse por ocultar los cambios, pero descubría que no era el único que lo sabía, que no era el único que había percibido que el mundo era nuevo. Pensó que tal vez se trataba de una nueva versión, que el creador había decidido actualizar el sistema que había creado. Daba igual, siempre y cuando la reinstalación se haya implementado sin errores.
Afuera, parado en soledad en un monte aislado del resto de la humanidad, observo con mi cargo de general, el campo de batalla repleto de cuerpos sangrando, vidas cegadas de inocentes, espadas desparramadas por el diablo y flechas clavadas en el piso, las paredes de un castillo en ruinas en el centro, lanzas y cascos de soldados que vivieron toda una vida hasta ese día. No hay precio para mi perdón luego de caída la tarde, no hay forma de obtener una puerta hacia el pasado, y sin embargo mi carne y mis huesos están seguros, mi cabeza no tiene precio pues la victoria es de mi ejercito. Mis tropas arrasaron con el enemigo, siguiendo las ordenes del emperador, y sin embargo no existe forma de que mis ojos brillen, he ganado la batalla, he salvado mi vida, pero a cambio de perder mi alma.
De pronto estaba sobre patines, bajando por una calle empinada y sin control. No había forma de evitar la caída y cada vez tomaba más velocidad. Llegué a un peligroso cruce, esperando que no apareciera ningún vehículo en mi camino. Creo que cerré los ojos y sentí un fuerte ruido, cuando los abrí pude ver un auto que, por esquivarme, se había chocado de frente un poste de luz.
No podía detenerme, no había forma alguna. Entonces se me ocurrió aprovechar unos arbustos en un parque para detenerme. Me desvié y me di contra ellos con fuerza, pero no me dolió demasiado.
Es la última vez que me uso patines.
Un día me desperté y descubrí que un efecto desconocido había arrasado con la superficie del planeta, parecía que todos habían muerto y además habían desaparecido. Las ciudades estaban en ruinas y vacías. Me pregunté porque estaba solo,... y vivo aún. Había sido suerte? me había elegido Dios? para qué? para estar solo en la tierra?.
Viví así, haciendo razonamientos de todo tipo y escribiéndolos en un cuaderno que encontré en una tienda vacía. Al final ya estaba acostumbrándome, había comenzado a adaptarme y a dejar de extrañar la "sociedad" con la que había convivido. Entonces un día, cuando me desperté, habiéndome dormido en un hotel de lujo, todo para mí, ya no estaba solo. Estaba en la cama de una especie de clínica. Descubrí que una de las paredes era un espejo falso, desde donde me podían espiar. Por la puerta ingreso de pronto un grupo de cinco personas con delantales blancos y planillas.
- ¿Cómo te sientes? - preguntó un hombre de barba blanca y aspecto de científico.
- Bien - respondí algo confuso.
- Debes estar preguntándote de dónde vienes y que haces aquí, creímos que lo recordarías al despertar pero no sucedió así.
Formas parte de un experimento, fuiste tú mismo voluntario. Hemos logrado introducirte en un mundo virtual, donde no existía la sociedad, para estudiar tu comportamiento sin el entorno social, así podremos deducir que actitudes pertenecen al ser humano innato y cuáles son inducidas por el entorno social, ¿comprendes?.
Estaba por responder algo que aún no sabía, cuando en la cama a mi lado, un hombre recostado cuya presencia no había notado, abría los ojos.
- Profesor - le llamó la atención el primero en verlo, - la muestra dos se despierta.
No hubo tiempo para nada, el hombre se puso de pie y, provisto de una fuerza descomunal, se arrojó sobre los científicos. Acabó uno a uno con ellos, luego se aproximó a mí. Temí lo peor, sin embargo pareció comprender algo en mi persona que lo asemejaba, quizás el hecho de que habíamos vivido una experiencia en común, quizás otra cosa, pero por el motivo que fuese, no me hizo nada. Salió luego de la habitación, atacando a todo ser humano que veía. Por fin un guardia de seguridad le disparó cinco veces hasta que cayó sin vida en un pasillo.
Ese fue el final de los experimentos y, aunque a veces siento deseos de destruir a los que me rodean, aún no me he encontrado el momento ideal para hacerlo.
Un médico me dijo que si no hubiese más enfermos el no tendría más trabajo, y yo soy soldado por lo que si no hay guerras no tengo donde combatir y no hay algo más frustrante que no poder ejercer la profesión. Por eso me voy en busca de un lugar donde combatir, una forma de sentirme útil, de tener una meta, un objetivo. Ahora estoy en el campo de batalla, esperando el día de mañana, donde es probable que llegue mi fin.
Ayer me llega una carta, decía que hoy moriría. No sé quién la envió, no tengo enemigos, soy una persona normal. Me acabo de despertar, hace frío en la habitación. Es un día nublado como cualquiera. Miro sobre el escritorio, la carta aún se encuentra allí, no fue un sueño como habría deseado. Me acerco, vuelvo a leerla: "hoy va a morir".
Nada más, sin remitente. El sobre es de buena calidad, lo observo. No tiene sentido, es una broma pesada.
Desayuno como siempre, el café parece más amargo aunque es solo mi imaginación. Las ventanas están cerradas, el teléfono no suena.
Me acerco a la puerta de salida, pero por algún motivo prefiero retroceder. Vuelvo a la cama y me acuesto esperando que el día pase pronto, me quedo dormido.
Me acabo de despertar, esta oscuro y no sé dónde estoy y no se que hora es, me pregunto si el día habrá terminado, y si sigo vivo...
Quiero quemarlo todo, destruir ese color opaco de la madera, canjearlo por las llamas, esas luces con por la noche iluminan mi rostro y mi alma. Quiero juntar la energía y esparcirla por la pradera, aferrarme a su núcleo y ser parte de ella, viajar con el viento y con los colores de lo que arde, ser parte de un mundo que se quema, de las altas temperaturas que brillan y beben de los leños.
Y así fue dejándose atravesar la noche, el fuego se disfrazó de grises cenizas y una columna de humo despareja cobro los restos de la hoguera.
Me fui triste, esperando dar vida a otro cóctel de energía.
Llamé a la inmobiliaria. No se mostraron sorprendidos por mi decisión de vender, al contrario, dijeron que pasarían lo antes posible. Por la tarde volví a plantearme los sucedido, me negaba a que un fantasma me hiciera irme de aquella casa. Analicé lo sucedido, la figura de la niña, la foto, entonces algo vino a mi mente, algo que había pasado por alto. Subí deprisa a mi biblioteca y busqué un libro de botánica.
Por la tarde fui a la inmobiliaria a ver al vendedor, pero me acompañaba un agente de policía. Al entrar vi en el rostro de su asistente al hombre que había visto aquella noche en mi jardín, y al registrar el lugar encontramos un proyector de los pequeños modernos, copias de la foto de la niña y de los recortes de diario.
-El error lo cometió en la foto - le explicaba a mi esposa luego de que la policía se llevaba a la comisaría a los culpables de todo. -Aquel árbol no tiene más de veinticinco años y en la foto tenía el mismo tamaño que ahora. Ellos vendían la casa y luego hacían creer a los que la compraban que estaba embrujada, así siempre volvían a venderla y ellos se ofrecían a comprarla a menos precio.
Retrocedí asustado y subí al comedor. Allí me esperaba mi esposa, preocupada por mí y por todo lo que estaba sucediendo. Esta vez no me quedó otra alternativa que relatarle lo sucedido, sin ocultarle detalles, y rogando que no creyera que estaba loco. Tardó mucho en dar crédito a mis palabras, sabía que no era de inventarme cosas y que no era de atemorizarme con facilidad.
-Siempre creí que las cosas deben tener una explicación - le planteé, -pero esta vez no se que decir.
Sabía que ella era más vulnerable a creer en esas cosas y sabía cuál sería su reacción.
-Vamos nos de esta casa.
-De acuerdo - me resigné, -habrá que ponerla en venta, llamaré al vendedor.
Al día siguiente bajé al sótano, donde recordaba que habían unas cajas que estaban desde antes de la mudanza. Abrí una de ellas y estaba vacía, en la segunda había unos cuantos libros, eran cuentos para niños. Abrí uno de ellos. Contaba en letra grande y con lindos dibujos la fábula de una ranita humanizada de mirada simpática. Entonces, al pasar las páginas se deslizó un papel y una foto que cayeron al piso. La foto quedó mirando hacia mí, y pude ver el mismo árbol y una niña radiante de vida hamacándose en el neumático. El papel era un recorte de un diario fechado veinticinco años atrás, el titular decía: "una niña de nueve años muere encerrada jugando a las escondidas sola".
Cuando volví a mi casa mi esposa me preguntó qué había dicho el vecino. Le respondí que no había oído ni visto a nadie, pero que algunas noches pasaban chicos que volvían de la ciudad y a veces se detenían a tomar cervezas y a hacer ruido. Me creyó. No quería decirle la verdad porque querría irse, y yo quería aquella casa y no me pensaba dejar asustar por una leyenda sin explicación.
Esa noche me quedaría en la habitación, pero mirando hacia el jardín, no perdería de vista el árbol. Cayó el sol, y la noche fue desvaneciendo el jardín, haciendo de éste un lugar de oscuridad. El tiempo circulaba y no pasaba nada, el aburrimiento convocó al sueño que volvió a vencerme, para despertarme una vez más, en un tiempo indeterminado, por un ruido suave y lejano, un canto.
Miré hacia el jardín, y vi algo, que tardé en reconocer. Era la figura de una niña de vestido blanco, pálida, apenas hamacándose sobre el neumático. La imagen parecía reflejarse contra el tronco del árbol, como si fuera transparente. Tenía el cabello claro y la mirada perdida en su canto. De pronto desapareció, junto a la canción, abandonando en soledad al silencio de la noche.
Al día siguiente volví a la casa de mi vecino.
-¿Que lo trae por aquí? - preguntó sorprendido.
-Ayer vi a alguien en mi jardín, alguien que me resultó conocido - expliqué.
-¿Quién?.
-No lo sé, no puedo recordar donde lo había visto antes.
-¿Y por que me lo cuenta a mi?.
-¡Usted no vio nada!.
-Mire, desde que mis vecinos oyen cantos por las noches yo la verdad, prefiero dormir en la habitación central, sin ventanas, cierro con llave y trato de no escuchar hacia afuera. Para ser sincero me asusta, y en su lugar me iría lo antes posible de aquella casa maldita.
-Pero...
-Créame, en aquella casa suceden cosas raras, inexplicables, y su vida y la de su esposa peligra mientras estén en ella.
Intenté recordar, antes de dormirme... Sí, no tenía dudas: la ventana estaba cerrada, recordaba las cortinas inmóviles y los vidrios reflejando el silencio de la mesa del comedor. Tal vez el viento la había abierto... difícil... pero más fácil que decir que había sido un fantasma. Entonces comenzó, ese canto suave, como un susurro entre el viento. Me atreví a acercarme a la ventana y mirar hacia afuera. Fue un segundo, entre la niebla de la noche, que me pareció que había una figura en el jardín, cerca del único árbol del jardín, donde se mecía un neumático colgado de una rama. Fijé la mirada entre las sombras de las ramas y entonces volví a ver, en un movimiento fugaz a una figura que se alejaba hacia el camino. Me apresuré a salir al portal, al abrir la puerta ésta se golpeó contra la pared impulsada por el viento, desde allí pude ver a un hombre que se giraba hacia mi casa y hasta logré ver algo de su rostro, ya que pasaba en aquél momento junto a un farol en el camino. Estaba lejos, apenas pude distinguir sus rasgos, pero de inmediato me resultó familiar.
El día paso pronto y llegó la noche. Había pasado la tarde convenciéndome a mí mismo de que los fantasmas no existen, que son interesantes para los libros y las películas, pero que en la realidad no existen, no hay pruebas, no hay estudios científicos, son siempre invenciones de la rica imaginación de los hombres. Era de noche y mentalizado con todos esos argumentos decidí quedarme en el salón, a oscuras, esperando oír el canto y descubrir una causa lógica. Me senté en una silla intentando aguantar el sueño, pero no lo logré y al poco rato me había dormido. No se cuanto tiempo pasó, pero de pronto me despertó una fría corriente de aire. Descubrí la ventana del comedor abierta de par en par y las cortinas blancas danzando al compás del viento como... fantasmas...
A la mañana siguiente salí al jardín y a lo lejos vi a un hombre, estaba justo detrás de la cerca que delimitaba mi terreno. Me acerqué a él y se presentó entonces como mi vecino. Se me ocurrió preguntarle si no había oído un extraño canto aquella noche...
-Así que ya lo ha oído – dijo como si le causara gracia. –Veo que el vendedor omitió el detalle...
-¿Qué detalle? – me apresuré.
-El del canto, ¿no se preguntó usted porqué estaba a tan buen precio la casa?.
-Pues... no mucho.
-Es el canto, ha espantado a sus antiguos inquilinos, en realidad usted es la quinta familia que habita la casa en los últimos los años.
-¿Me está diciendo que explica los ruidos diciendo que son fantasmas?.
- Se le ocurre algo mejor.
- Si... no sé, ratas, búhos.
- ¿De verdad alguna vez escuchó a algún animal cantar?...
- Si, ¿qué puede ser? – pregunté tanto a mi esposa como a mí mismo.
- No lo sé.
Se mantuvo un largo y tenso silencio, ya no se oía el canto, no se oía nada, como si el bosque entero hubiese desaparecido.
- Baja a ver – propuso mi esposa.
Tardé en reaccionar, en ese tiempo pensé que debía hacer al respecto. Por fin decidí que aquel sonido debía tener una explicación lógica y concordé a la realidad, entonces me animé a salir de la cama y bajar. El hall de entrada, donde terminaba la escalera, estaba inmerso en la penumbra. Busque en los rincones, entre las sombras y en donde se podía ver algo que se moviera, algo que pudiera cantar, reconozco que fue sin ánimos de encontrar nada, incluso deseando no encontrar nada, y así fue, no había rastros del origen del sonido.
Volví a la cama y dejé que el sueño me permitiese olvidar lo sucedido, aunque no fue así.
- La compro - recuerdo que sentencié con una seguridad que pocas veces había creído tener, y amparado por la mirada aprobadora de mi esposa.
Es que era un negocio redondo, una masía en medio del bosque, con un jardín de tres mil metros de árboles frutales y viñedos, la única en todo el pequeño valle, impregnada de plana paz y tranquilidad, y a la mitad de precio de cualquier otra de las que habíamos visto.
Todo, como siempre, comenzó bien. Nos mudamos a la semana y en un día instalamos los muebles y ya estábamos allí, viviendo felices. Pero esa noche, mientras dormíamos, entremezclado con los sueños recuerdo que oí un canto.
Era una melodía suave y dulce, interpretada por lo que parecía ser una niña. No tenía letra, era solo una melodía. Creí que formaba parte de mis sueños hasta que, en plena oscuridad, sentí como mi esposa agitaba mi brazo para que me despertase.
- ¿Escuchas eso? - susurró con una mezcla de temor y misterio en su voz.
Recién entonces descubrí que no era fruto de mis sueños aquel canto, sino que era tan real como la oscuridad que nos rodeaba.
¿Que dirían tus ojos si vieran lo más extraño, algo desconocido, algo ilógico...?
¿Y que diría tu mente si se enterase que no es un efecto, no es un engaño, sino que es real...?
Investigaste, pero no encontraste nada parecido. Fuiste a algún médico y entre líneas le diste a conocer tu problema, pero ellos fruncían el ceño, pensando si se trataba de una broma o estaban frente a un caso de desequilibrio mental. Pero ninguno siquiera tomó en serio la posibilidad de que fuera cierto.
Hasta esta tarde, donde todo cambió, desde que entraste a este bar y pediste un café con leche natural y te acercaste a mi mesa a pedirme un sobre de azúcar, ya que el mozo se los había olvidado al dejarte la taza sobre la mesa.
Tu historia fue similar, tan similar que me siento más tranquilo desde el momento en que pedí el azúcar. Comenzó en un aula, donde dabas clases de historia, y de pronto supiste la siguiente pregunta de un alumno. Así comenzó y siguió creciendo hasta llegar al mismo punto, entonces entraste en este lugar.
Luego en el metro, mientras esperabas en el andén. Esta vez le dejaste hablar, era un anciano y sabías que su pregunta sería: “esta línea me deja cerca del ayuntamiento, es que tengo que ir allí porque es donde trabaja mi hijo. El es funcionario y me dijo que quería comer conmigo. Hace tiempo ya que no nos vemos, el siempre esta ocupado, pero parece ser que....” y siguió hablando y hablando, mientras tu mente leía, palabra a palabra. Te has quedado como una piedra, en otra ocasión tal vez le hubieses respondido de inmediato, cortando su adormecedor monólogo, pero esta vez lo oíste hasta el final, previendo cada oración. Por fin se calló para que pudieras responderle. Se fue en busca de otra víctima sin sospechar.
El fenómeno fue aumentando, gradualmente, hasta el punto en que tu mente se había adelantado al menos tres segundos al tiempo del resto del universo. Podías saber todo lo que sucedería apenas un instante antes, y eso no resultaba un beneficio para ti, sino una situación extraña, desconcertante.
Pasó el tiempo, dos semanas tal vez, y volvió a suceder. Esta vez en un supermercado. La señora se acercó y antes de que pronunciara palabra le respondiste “no estoy seguro, pero la sal debe encontrarse por este pasillo a la derecha, el segundo o tercero”. No importaba si era cierto, lo trascendente era que sabías la pregunta antes de que la señora hablara. Por supuesto que la mujer se sorprendió también, pero su vida transcurrió, se alejó de ti y doblo por el pasillo, siguiendo las indicaciones y probablemente encontrando la sal. ¿Qué habrá pensado?. Un adivino. Fue suerte. Tal vez lo contó a su marido al llegar a su casa. Da igual, se alejó de tu vida.
Sé que dirás en éste momento, que comenzó hace tres meses y doce días. Estabas en un bar, tras un encuentro casual con un amigo de la vida, había sucedido minutos antes en la calle. Al verse se saludaron y entraron a tomar un café, el tuyo cortado con leche natural, como sueles pedirlo, lo sé. Fue una conversación normal, recuerdos, anécdotas, más recuerdos... Entonces, de pronto y sin causa alguna, sucedió: adivinaste lo siguiente que diría.
Si mal no imagino fue "y por fin me recibí, no soportaba más la facultad". Fue como si alguien te hubiese soplado al oído la frase que saldría de la garganta de tu amigo.
- Será la forma de hablar - pensaste. Después de todo habían sido buenos amigos por más de diez años hasta que la vida les separó el camino. Es normal que tu inconsciente supiese como solía decir las cosas, y es normal un poco de suerte...
Der Sard era un hombre de pocas palabras. Lo caracterizaba su mirada perdida y su andar cansado, como si se arrastrara con los pies en lugar de caminar. Vivió en tiempos de Alfonso XI, rey de Castilla. Era leñador en un pueblo cercano a la frontera con Francia, y fue uno de los pocos testigos que vio realmente pasar al ejército negro, los demonios que combatirían en los desolados valles de los pirineos. Cuando comenzaron las batallas desconocidas se refugió en un monasterio abandonado, vivió allí apenas veinte días hasta que llegaron los demonios. Se ocultó en los túneles y lógró sobrevivir en ellos cinco días, en silencio. Por fin debió salir a buscar comida y se vio rodeado en el bosque. Pero los domonios no se acercaron, lo dejaron huir. Entonces supo que se había contagiado la peste.
...Y esa fue la coartada, la única razón con la que pudo justificar el dueño de la atracción la misteriosa desaparición del señor... El dueño fue juzgado y el jurado al oír aquel sermón satánico no dudó en que era culpable, no importaba la falta de pruebas, ni la falta del cuerpo de la víctima. El dueño lo estaba diciendo todo, lo estaba declarando con sus palabras, él lo había matado.
Fue condenado a la silla eléctrica. Su último deseo fue que su cuerpo sin vida se depositase en un carro y se envíe a dar una última vuelta. Era una voluntad tan excéntrica como la misma alma que habitaba el cuerpo pero su petición fue aceptada. Luego de morir se puso su cuerpo en uno de los tantos carros. El cuerpo nunca desapareció por el túnel y nunca volvió a salir. El carro surgió vacío para su próximo viaje, para su próxima víctima.
Pasaron diez años y el crimen nunca se aclaró por completo. Por fin, la feria cerraba sus puertas, y las atracciones se estaban desmontando, cuando entre los escombros del tren fantasma apreció por uno de los túneles un último carro en movimiento, en él se encontraba un hombre. Era él, el señor que había desaparecido. Por supuesto comenzaron las preguntas, ¿donde había estado? ¿quién lo retenía?. Pero el señor no comprendía, ni siquiera notaba que era diez años más anciano que cuando había entrado. Para él el viaje había durado lo que debía durar una atracción, se había distraído entre los muñecos de cera y los escenarios, sin notar el paso del tiempo, sin saber que debía haber muerto, sin saber nada.
El señor subió al tren pensando que iba a ser un día común. Como podía imaginar que no existen días comunes en los trenes fantasmas, si los parques de diversiones no tuviesen ese encanto de suspenso, crímenes y misterios nadie tendría una verdadera necesidad de subir a las atracciones, al menos gente como aquel señor, que buscan algo más que un sencillo paseo en un pequeño tren de fantasía, sino que buscan tener, sentir el miedo. Si al subir uno sabe con seguridad que saldrá ileso, no importa lo que suceda en el escuro túnel, no debería llamarse siquiera "atracción", ¿que puede atraer?...
Por eso, uno cada tantos, un elegido, uno que resulte representativo, debe sufrir, debe tal vez desaparecer, y debe ser perfecto, por arte de magia, debe ser inexplicable, fantasmagórico, como el nombre de la atracción lo indica.
Pues el señor subió al tren pensando que iba a ser un día común, pero en cambio no lo fue, el señor nunca salió, desapareció entre los pasillos de atrocidades, ataúdes, momias, vampiros, lobos y almas errantes. Ahora tal vez puede que sea uno más, puede ser que forme parte de aquel mundo siniestro de espectros que deambulan entre los engranajes y los carros...
Si, venía por la ruta, como a doscientos, cuando me hizo señas de luces el convertible del profesor. ¿Qué podía hacer?, me moví dejándole paso. Pero en ese momento el Espantomóvil me pasó por el otro lado. Suelo odiar que me pasen por la derecha, pero no sabía si sería conveniente enfrentarme al dragón que me observaba por el altillo. Eso sí, no dejaría que nadie más me pasara.
Eso pensaba, claro, pero en ese momento vi al super Ferrari a un lado del camino y me temí lo peor. Al instante divisé en el medio de la ruta un cartucho rojo de dinamita y detrás de un árbol a una figura que parecía un maquinista de los primeros trenes, que se disponía a detonarlo con una especie de palanca de pie. Sin otra opción por la velocidad con la que venía, cerré los ojos y me dispuse a pasar de todas formas. Pero la carga explosiva nunca estalló. Volví a abrir los ojos para ver por el espejo retrovisor como el malévolo se aproximaba a la dinamita maldiciendo y como en ese instante la carga detonaba. A lo lejos oí una risita extraña.
Pasó un instante y debí esquivar al Itinerino que se veía completamente desarmado mientras su tripulante intentado juntar las partes. No tardó en pasarme el troncomóvil y el Alambique veloz. La pandilla aún estaba detrás de mí. En ese momento vi a un lado del camino a un horrible auto rosa con una sombrilla. Era el número cinco. Clavé los frenos para ayudar a la bella mujer que tenía problemas con su motor. Ese fue el final de mi carrera.
- ¡A la izquierda! – gritó de pronto un sector de mi mente.
- ¡No!, es a la derecha – replicó otro sector.
Ambos sectores me resultaban desconocidos, si es que existe un lugar físico o geográfico para situarlos. No sé si es que cuando hablan no me entero que los estoy oyendo, o que realmente nunca hablan tan claro. En realidad creo que el problema es que nunca los había escuchado discutiendo.
- ¡Es a la izquierda!, ¿no recuerdas la señal de hace unos cien metros?.
- Pero en la señal no había flechas, solo mostraba una salida, y esto es un cruce, y el camino sigue a la derecha – respondió el otro sector.
- Oigan – interrumpí, - me da igual pero tengo que decidir ya o choco.
- Yo sé lo que digo, si no quieres perderte: derecha.
- También, con la señalizaciones que hay aquí es difícil evitar estas discusiones mentales – razoné al margen.
- Bueno, apostemos – dijo el sector defensor de la izquierda.
- Dale – aceptó el lado opuesto.
- ¿Que?.
- ¿Una cerveza?
- Ok.
Detuve el auto en una estación de servicio justo antes de la bifurcación. Busqué el mapa en la guantera y me dirigí al bar, completamente seguro de que fuese la dirección que fuese, yo me tomaría una cerveza.
El encargo llegó en un sobre que parecía haberse perdido en el tiempo de las oficinas de correo durante décadas, pero por fin lo tenía. Lo abrí con cuidado y me admiré al ver lo que iba saliendo del sobre. Era un magnífico dibujo manuscrito a lápiz que describía en líneas generales un mapa, pero repleto de símbolos a descifrar y códigos ocultos. Era demasiado para aquella noche, lo deposité con cuidado sobre el escritorio de roble de mi despacho y me fui a dormir. A una hora indeterminada de la noche sentí ruidos, de inmediato me percaté de que provenían de mi despacho. Tomé mi escopeta de caza y con la protección del arma me atrevía a desplazarme en la oscuridad. Abrí la puerta del despacho de golpe, como había visto hacer en las películas, y apunté el caño del arma al frente, entonces encontré una figura semi transparente de un hombre que parecía marino, quizás por su forma de vestir o su gorra de capitán. Tanto su piel como su ropa estaba descolorida, gris, como si fuese una figura tallada en humo. Al verme se giró hacia mí y pretendió avanzar, entonces, sin siquiera pensarlo, disparé. El humo del arma se confundió con la figura. El proyectil atravesó el cuerpo como si éste fuese una imagen proyectada y se estrello contra la biblioteca del fondo, destruyendo parte de mi colección de libros antiguos. La figura se desparramó en una nube de niebla y desapareció. Recién entonces comprendí que le había disparado a un fantasma.
Me acerqué al escritorio y noté que el dibujo ya no era el mismo pero como no lo recordaba no pude saber lo que había cambiado. Comparé con mis mapas y con los valores de latitud y longitud que decía el nuevo dibujo y verifiqué entonces que el destino había cambiado, ahora apuntaba a un punto en el pacífico sur, donde figuraba otra cosa que el mar, aunque quizás habría una isla...
No supe bien que debía hacer entonces, si salir corriendo, si decir algo, si continuar... Pasó por mi mente la idea de que todo se trataría de una simple broma, sin saber de quién ni porqué, pero pensé que podía ser una buena explicación. Decidí obedecer. Avancé hasta la línea de los sillones y encontré que todos menos uno estaban ya ocupados. Todos usaban el mismo extraño atuendo que llevaba puesto. El lugar que quedaba libre era exactamente el del centro, que enfrentaba a la chimenea. Me senté allí y, simplemente, esperé.
- Ya estamos todos, podemos comenzar la reunión - declaró el señor de la punta derecha.
En ese instante desde el otro extremo uno de los hombres se puse de pie y habló: - La orden de ARCON se ha reunido hoy porque hemos sabido de un traidor entre nosotros, y vamos a descubrirlo pronto - sentenció en tono amenazante. - Uno a uno deberán pasar a la habitación de Odas y recitar la contraseña de la orden, el que no la supiera será el traidor.
No tardó en ser su turno, entonces dijo las primeras palabras que se imagino: "las olas son al mar, lo que las páginas a un libro". Se hizo un breve e intenso silencio y luego le dieron el visto bueno y volvió a la sala. Ya era un miembro más de aquel extraño club.
Estuve muchos años allí, presenciando reuniones y paseándome por la inmensa biblioteca de aquel lugar. Las conversaciones resultaban siempre interesantes, aunque nunca se hablaba de nada personal, ya que nadie conocía a los demás en absoluto, ni siquiera nos habíamos visto los rostros.
Así pasó el tiempo hasta que un día, no se bien porqué, decidí enviar una carta a un desconocido, que aceptó la invitación y se presentó en la esquina. Aquel fue mi sucesor.
Se detuvo entonces frente a una pequeña puerta, la abrió y entramos a una habitación sin ventanas.
- Debes ponerte esto encima - dijo el hombre entregándome una especie de sabana azul que colgaba de un perchero. Lo extendí antes de hacer cualquier cosa. Parecía una bata de boxeador, con capucha, pero ésta cubría toda la cara, dejando solo dos huecos a la altura de los ojos para poder ver. En el pecho resaltaba un símbolo extraño, eran como cuatro anillos entrelazados entre sí. No supe porqué le hacía caso, pero me lo puse. Luego salimos y continuamos recorriendo los extensos pasillos.
Por fin llegamos hasta una puerta y me dijo que debía entrar allí. Accedí, la abrí y entré a un gran salón adornado con mucho mármol y coronado al fondo con una chimenea estilo romana. El fuego estaba encendido y lo rodeaban varios sillones dándome la espalda, de terciopelo rojo con altos respaldos que impedían saber si estaban ocupados. La puerta se cerró a mis espaldas y noté que mi guía ya no me acompañaba.
- Adelante - dijo una voz detrás de alguno de esos sillones.
Subimos una amplia escalera que adornaba el centro del hall y que derivaba en un salón con murales en rojo y columnas dóricas. - Por aquí - me informó cediéndome el paso hacia un pasillo vacío de pisos en mármol blanco, techo lejano y paredes de madera con infinitas puertas. Nuestras pisadas hacían un eco que explotaba al máximo la sensación de soledad. Pensé que diferente era aquel silencio del ruido constante de la calle que se encontraba apenas a unas paredes de distancia.
Entró en una de las puertas, como si la hubiese elegido al azar, y nos encontramos con un nuevo pasillo de idéntica descripción. Se repitió la operación hasta que me convencí de que, de quedarme solo, no saldría jamás de aquel laberinto.
Giré deprisa para encontrarme con un total desconocido que quién sabe hace cuanto tiempo estaba de pie en aquel sitio.
- No esperaba tanta puntualidad le confieso - dijo tranquilo y como si fuésemos conocidos. - Ya he pagado el café, por lo que podemos retirarnos - concluyó invitándome con el brazo a acompañarlo.
No supe bien que hacer, ni que pensar, ni que responder. Creo que por instinto, ese que nos obliga a reaccionar sin que lo pidamos, me puse de pie y lo acompañe.
Era un hombre de unos cincuenta, de mirada turbia y barba negra bien arreglada como el nudo de su corbata gris, que hacía buen juego con su traje del mismo color. Portaba con clase un bastón de cuello dorado, de esos que solo sirven para acompañar el paso y alardear de buen caballero sin ser útiles para sostener.
Cruzamos la calle y nos dirigimos al antiguo edificio de la biblioteca. Recorrimos el pasillo principal y pasamos de largo la recepción, el hombre que allí vigilaba el acceso nos dejó pasar tan libremente como si no nos hubiera visto. No era una persona de ir mucho a la biblioteca, pero recordaba que siempre en el control uno debía al menos dar sus datos para ingresar. No fue el caso y se lo atribuí a un privilegio espacial que debía poseer mi acompañante. No se me ocurrió cuál podía ser.
Llegué diez minutos antes de la hora fijada y me senté en una mesa con buena vista a la esquina, pedí un café cortado y simulé leer el diario del bar mientras observaba atentamente los movimientos en del otro lado de la calle. El primer hombre en detenerse era bajo, de gafas anchas y pantalón alto que ayudaban a situarlo en su sexta década, pero lo descarté por tener un pequeño perro que tiraba de la correa, como deseando continuar su paseo. El individuo permaneció unos tres o cuatro minutos y continuó su camino y su vida. Luego se detuvo una señora de sombrero rojo y elegante vestir, la descarté antes de que llegase su cita, un hombre de traje a rayas que parecía extraído de una de gángster. Se fueron perdiéndose lentamente entre las almas de la ciudad a la hora exacta en que comenzaba mi cita, y yo para ese entonces comenzaba a creer que no existiría tal enigmático encuentro. Confieso que me daba cierta pena ya que me de no aparecer el tal Simón Landivar me quedaría con la eterna intriga. Miré mi reloj y fijé el plazo de gracia en quince minutos, eso era todo lo que le daría y pasado ese tiempo pagaría el cortado y entregaría aquella tarde a las manos del olvido.
- Lo estaba esperando -- dijo de pronto una voz a mis espaldas.
El sobre me indicaba como destinatario, sin embargo la carta no tenía ningún sentido. En primer lugar no conocía de nada al remitente, un tal Simón Landivar, y en segundo tampoco conocía la entidad o lo que fuera que representaba, de nombre "ARCON". El papel no daba mayores detalles, simplemente un lugar, un día y una hora y concluía con un rotundo: "lo espero". La firma no daba un nombre claro, sino una frase manuscrita que parecía decir: "las olas son al mar, lo que las páginas a un libro".
¿Que razones me llevarían a cumplir con la cita programada?, creo que la pregunta era que razones no me llevarían a ir, por eso ese día, a esa hora, resultó ser que estaba en el lugar indicado. Era una esquina transitada, a las puertas de la biblioteca nacional. Lo primero que pensé es que encontraría a alguno de pie mirando hacia todos lados, como buscando a alguien, entonces sabría quién era, claro que al estar yo en la misma situación era posible que se acercase él a mí, por tanto decidí sentarme en la terraza de un bar de la calle de enfrente a esperar.
Del griego exousia, "exorcismo" significa "juramento", es decir que le decía que colocaba al demonio bajo el juramento de una autoridad más alta, obligándolo a escapar o de actuar de manera contraria a sus deseos malignos. El espíritu opto por huir ya que sufría el bien, le quemaba como quema el fuego, dejando a la mujer libre.
-¡Bravo! -se oyó desde el bosque. En ese momento un grupo de cinco sabios surgieron de la nada y entraron a la cabaña. -Has cumplido con honor la prueba a la que te has enfrentado -dijo el más anciano, que era además Cardenal.
Desde entonces Tarcisio Vallejo recorre las calles del mundo como un agente exorcista, descubriendo posibles víctimas de posesión o aquellas que se encuentran en gestación, para que la enfermedad nuca llegue a concentrarse hasta ser un caso público. Es que ahora sabía las claves y comprendía que las posesiones son como un cáncer, si se descubre a tiempo a veces es posible evitarlo.
Continuará...
Se llevó las manos a la frente en señal de temor y pesar, luego intentó calmarse y enfrentar la situación como un buen sacerdote. Se acercó y la miró a los ojos. Las pupilas apenas se distinguían entre la espesa blancura saliente de dos globos oculares que parecían a punto de estallar. - Está poseída - dedujo de inmediato. Pensó en buscar ayuda pero temió que no tuviera el suficiente tiempo, la mujer escupía espuma blanca por la boca mientras hablaba en voces graves lenguas desconocidas y probablemente in entendibles, mientras se arrancaba los pelos con las manos. En el estado en que se encontraba no sobreviviría más de algunos minutos, parecía tener una fuerza inhumana y por momentos levitaba y caía nuevamente para continuar retorciéndose.
Comenzó a recordar la liturgia de los exorcismos que había estudiado, el nuevo rito que se había trabajado durante diez años hasta el Concilio Vaticano II y en el 98 por el papa. Lo primero era la aversión vehemente hacia Dios, los Santos y la cruz. Sabía que para practicar un exorcismo era necesaria la autorización del obispo diocesano, pero no había tiempo.
Unió sus manos y miró firmemente hacia la mujer, esperando recibir la respuesta que se materializó en una mirada de desprecio. Entonces gritó en lengua vernácula: -te ordeno, en nombre de Dios y por la caridad de su hijo muerto en la cruz, que abandones éste cuerpo inocente y detengas el daño que le causas.
Era el encargado, entre otras cosas, de mantener viva la hoguera de la biblioteca el convento para que los monjes, día y noche, pudieran utilizarla para el estudio y la lectura. La sala era amplia y de paredes de piedra y techo alto en arcadas dóricas por lo que, a pesar de que la hoguera también era considerable, siempre requería nuevos leños para mantener el fuego y éstos ya no quedaban en el cobertizo. Tarcisio partió adentrándose entre el fío y la niebla en busca de algunos trozos de madera que habían dejado los leñadores para el monasterio en una pequeña cabaña casi en el corazón del bosque. Cuando por fin encontró la cabaña entró sin tomar precauciones. El lugar estaba oscuro y solo el reflejo de una luna caliza se arrastraba por el piso de madera, dibujando el marco en un rectángulo. No tardó en sentir una extraña percepción de compañía, entonces una sombra cubrió por apenas un momento el reflejo de la ventana, confirmándole que no estaba solo. Mantuvo la calma y fue arrinconándose hasta que decidió animarse a enfrentar la amenaza. Se movió hasta una mesa y buscó hasta encontrar un farol de kerosén que pudo encender al segundo intento. La imagen fue inolvidable, una mujer se arrastraba por el piso, presa de una terrible agonía que la consumía, mostrándole un rostro desgarrador de mueca grotesca y deforme.
Luego de siete años de estudio intensivo, memorizando y analizando cientos de pensamientos y habiendo leído más de trescientos libros que representan todas las corrientes y movimientos, desde los primeros tiempos hasta la edad moderna, investigando la veracidad de cada dato mencionado y cada ritual antiguo, el seminarista de la "Congregación para la doctrina de la fe", sin siquiera saberlo, estaba preparado para una prueba. Sería algo inesperado, incluso sin trasendecia para su graduación como sacerdote, sino que servía para que los "cazadores" de exorcistas de "La congregación del culto divino y disciplina de los sacramentos". Solo eran puestos a prueba los de la Doctrina de la fe, pues estos eran los más fuertes de espíritu y por lo tanto, los más preparados para enfrentarse al reto. Esa noche el ilustre Tarcisio Vallejo fue el elegido...
En el alma está, es lo que va a pasar en otro lugar y en otro tiempo. La fantasía crea pero el alma dicta, y la pluma apenas si escribe. ¿Quién sería el creador si no tuviera alma?.
Pero hubo una fuerza que sobresale a todo, capaz de dar tranquilidad a cualquier situación humana. Y fue emergiendo como siempre sucede, para tallar cualquier daga de cambio y llevarla a una leve pendiente de normalidad. Era la verdadera dueña de los hombres, la única capaz de calmar a las multitudes: era la rutina.
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