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CUENTO DIA A DIA

EL INFILTRADO

Comenzaba la segunda guerra y del lado inglés se necesitaba un espía, alguien con sangre fría para infiltrarse en medio de los campos conquistados por el enemigo e indicar posiciones. El voluntario viviría huyendo y escondiéndose como una rata durante meses, debía ser alguien especial. No había voluntarios entre los militares, los soldados eran valientes y sabían luchar, pero no sabían ocultarse, ir pasando de pared en pared sin ser vistos, no era una tarea para ellos. Pidieron voluntarios entre civiles y por fin se presentó un hombre pequeño, de origen húngaro. De inmediato lo reconocieron y aceptaron. Aquel hombre era el más escurridizo de los ladrones de Londres. Hacía años que la policía lo buscaba por una serie interminable de robos en casas, bancos y locales a los que sustraía el dinero sin utilizar la violencia sino la astucia.

Dos años estuvo entre líneas enemigas, de cuidad en ciudad, indicando las posiciones de las tropas enemigas, la ubicación de las baterías antiaéreas y los avances de los tanques. Informaba en que fábricas se hacían armas, en donde se atrincheraban los altos mandos, incluso llegó a infiltrarse en cuarteles y robar planos de estrategias.

Cuando la guerra dio el giro final y los aliados avanzaron sobre el continente, el espía volvió, siempre sin ser visto, a Inglaterra. Allí lo recibieron con honores, le entregaron la medalla de valor, que solo reciben los más valientes soldados, y luego fue condenado a diez años por robo.

EL CODIGO DE LOS MENSAJES

Eran tiempos de silencio de voz, y no se supo bien como fue que las cosas terminaron de esa forma, pero las costumbres hacen a la sociedad y la sociedad a sus leyes y estas decían que no se podía volver a utilizar el habla, solo los mensajes. El imperio cayó en una absurda dictadura y todos los ciudadanos acataron la ley y vivían contentos y fieles, acostumbrándose a ser felices con lo que había. Estaban quienes lo eran realmente, porque amaban la lectura, pero no dejaban, en lo profundo de sus corazones, de añorar los tiempos de habla. Incluso los pocos que se mantenían rebeldes, afónicos por la falta de uso de sus voces, comenzaron a centrarse en los mensajes para llegar algún día a hablar otra vez. Otros tantos no se sublevaban por principios, ya que les habían enseñado desde siempre que no podían decir nada, que estaba mal y por tanto, sin cuestionarse el porqué, acataban.
El conflicto, como siempre, lo desató lo más insignificante, dicen algunos que se discutía por una chaqueta perdida quien sabe donde, quien sabe porque, pero para ello era necesario utilizar la palabra, hablar con verbos, decir mucho más que un resumen. Y así estalló la revolución. Se sabe que es solo una leyenda, como el ave que voló sobre el ejercito de Atila y le dio la victoria por todo el norte de Italia, o el ejercito de Aníbal, que atravesó el pantano del Ebro flotando en las aguas, o tantos guiños de la historia de una humanidad dispuesta a la fantasía y al milagro.
A ciencia cierta no se sabe el resultado de aquella revolución, el destino quería que la historia no supiese dar la respuesta a algo imposible, porque la respuesta estaba en el alma de quienes compartían los mensajes, de quienes tenían el poder de cambiar, de derrocar el reinado del silencio e imponer un nuevo estado, donde los protagonistas de la historia se juntasen en torno a una mesa a expresar, con palabras, lo que no hay forma de decir con mensajes...

EL HOMBRE QUE PIDIO ALAS

El avanzaba por los infinitos caminos de tierra de la llanura, siempre a pie, siempre caminando recto, a paso tranquilo, ritmo marcado, sin desbordar de la rutina. Así seguía adelante hacia el horizonte, ese al que siempre llegaría el día de mañana pensando que caminar de ese modo era parte de su razón de ser.
Pero su mente cambió el día que vio pasar unos pájaros, que volaban, casi planeaban, hacia el horizonte. Entonces se maldijo y se preguntó porque él no podía tener alas como ellos, y así ir por el cielo, disfrutando, en lugar de ir por la tierra sufriendo. Enojado se paró y miró hacia arriba y comenzó a hablarle a Dios.
- ¿por qué no puedo yo tener alas como esos pájaros? – dijo gritando al cielo.
Una voz respondió de entre las nubes:
- Los pájaros tienen alas porque las necesitan, ellos no pueden caminar -
- Si, pero ellos van cómodamente planeando mientras yo me canso avanzando paso a paso – reprocho. – ¡Quiero alas, como ellos! – se quejó y amenazó: - o no doy un paso más.
Desde arriba se impuso un silencio inerte, que luego se convirtió en milagro. De la espalda comenzaron a sobresalirle unas extremidades de las cuales nacieron plumas que más tarde se consolidaron como dos grandes alas.
El hombre se mostró contento y de inmediato se hecho a volar, avanzando de manera veloz y casi sin esfuerzo, planeando entre las nubes de un cielo claro y despejado, adornado por un hermoso sol que cubría el atardecer.
Pero a medida que se teñía de oscuridad el cielo también se engendraban nubes grises en el horizonte, interrumpidas de momentos cortos por rayos. Y la tormenta fue avanzando en medio de un gran viento que de pronto se hizo presente.
El hombre volaba alto, con sus alas desplegadas, cuando lo sorprendió una fuerte ráfaga que lo arrastró en medio de la turbulencia. Entonces se encontró en medio de un huracán, que giraba en torno de la tormenta. Y comenzó a girar atrapado, sin poder bajar a aquella tierra, lenta pero firme, por la que sólo caminaba. Pasó toda la noche luchando y sufriendo como nunca antes. Por fin, al amanecer, la tormenta se desvaneció y pudo descansar. Se dio cuenta que había retrocedido mucho, y también se dio cuenta que era más fácil ir a pie que volar, por lo que imploró perder las alas.

EL BESO EN EL TREN

Para comprender a los demás hay que situarse dentro de la piel, vivir y sentir lo mismo, por ello me subí a la mañana al tren. Me senté en un asiento común, el tren tardaba en arrancar, no había mucha gente, entonces comencé a intentar ver las cosas con mayor precisión, con mayor detalle. El minucioso estudio partió del asiento vació que tenía delante. El tapizado estaba gastado, con algunos cortes que permitían ver una especie de esponja amarilla. Entre los pliegues y las arrugas del material encontré suciedad que ennegrecía los contornos. Concentré aún más la mirada haciendo un esfuerzo por ver más allá. Por fin pude ver eso que creo que quería ver, era como un grupo de gérmenes o algo, lo que fuere, pero vivo, que lo cubrían todo. Luego logré verlo también en las paredes del vagón, en el piso, hasta en mis pantalones. Recuerdo que sentí mucho miedo, me paré y busqué limpiarme, aunque no sabía como. Descubrí que me había metido por propia voluntad en un gran problema, y debía salir, no quería estar usando líquidos desinfectantes ni nada que no fuera de mi propia mente. Pero es que lo que veía no era un invento de mi mente, al menos eso era lo que no podía entender. Traté de no prestar atención, haciendo como que no me importaban, pero no servía ya que por más que quisiera no podía evitarlos. Tarde algunas horas en hacerlos desaparecer, a base de otros pensamientos, de un olvido progresivo que no resultaba fácil, era como cuando uno no quiere ver hacia alguna dirección pero no puede evitar hacerlo. Pero la mente a la larga la controla el dueño y no los reflejos, por tanto logré por fin tomar las riendas y volver a dominarla. No fue fácil y ahora no puedo evitar sentir miedo de intentarlo otra vez, de volver a tratar de verlos y sentir las pesadillas que me generaron.
Nunca más debería intentar hacerme cargo de los problemas de los demás, pero sé que siempre lo hago y siempre lo voy a hacer...

LA MENTE CRIMINAL

Había planeado como un artista del crimen cada uno de los actos, fueron cinco víctimas, y en cada escena había dejado pistas que los detectives analizaban sin respuestas. Tenían el perfil, sabían que era, como toda mente desquiciada, alguien que en el fondo, en lo más profundo de su ser, quería ser atrapado. Pero también sabían que les restaba tan solo una oportunidad, ya que el asesino se había centrado su obra alrededor del seis, el número de la bestia. Pero cuando completó el último acto, acabando con esa sexta víctima, cuando todo cerraba y apuntaba hacia un hombre que tarde o temprano sería desenmascarado, entonces apareció un tercero, alguien que aguardaba para hacerse con toda la fama. Habiendo estudiado las escenas, habiendo estudiado al asesino, y con una mente igual o peor de enferma, tomó su lugar, y la policía lo atrapó. Las confesiones fueron rápidas, explicó sus extraños motivos y se reunieron las pruebas para inculparlo y condenarlo.
Y así fue como el caso quedo cerrado, el hombre se hizo tristemente famoso, pero el verdadero asesino estaba suelto y sufriendo que su obra había sido atribuida a otro. Un día, furioso, se presentó a la policía y dijo que el era el verdadero asesino, pero estos no le creyeron, dejándolo de por vida con la amargura de vivir en el anonimato.

LOS SUEÑOS CONFUSOS

Tenía el sueño casi en la cresta de las horas de la madrugada, y cuando abrió los ojos la paranoia brumosa que define a veces a la realidad le mostraba una habitación sin monstruos con orejas puntiagudas ni tormentas de nieve que impidan correr para escapar del cazador. Entonces la noche se hace una sola, para el sueño y la realidad, y el miedo es tan denso en ambos extremos que es difícil definir en cuál se está mejor.
Al menos de un lado la muerte es lo peor que puede resultar como desenlace, pero del lado opuesto hay peores escenarios, existe el pánico de no saber que habrá después, porque los sueños son así, tan imprevisibles como la misma mente humana.

¿PARA QUE NECESITA ESCRIBIR?

Un filósofo debe dominar el arte de la creación literaria, no solo como herramienta para desenvolverse en la expresión de sus ideas sino también, y sobre todas las cosas, como ejercicio de comprensión del ambiente que estudia. Un escritor debe saber ubicarse en la piel de sus personajes, vivir la vida que ellos viven. Así pues, si se escribe sobre un asesino el escritor debe saber comprender sus motivos, analizar sus razones y, necesariamente, modificar su propia escala de valores, adaptándola a la del personaje, en este caso alguien dispuesto a matar.

Un buen escritor hace que su personaje tenga motivos claros, aunque él mismo no los comparta, para actual de la manera que actúa. Traspolando a la realidad, al día a día, y adaptándonos al comportamiento de las masas, podemos comprender otras culturas, grupos o enemigos incluso, antes de juzgarlos y tomar medidas.

LA VOZ DE LA RADIO

Si creyera en las señales creo que éste sería un buen caso.
Volvía de la montaña el pasado Domingo por la noche. Dicen que las cosas no suceden porque sí, dicen que todo tiene una causa, una razón que encadena los hechos de la manera que el destino lo impone. El autobús avanzaba por el valle y la gente a mi alrededor dormía, luego de un largo día en la nieve. Yo, por algún motivo, no podía conciliar el sueño, entonces traté de escuchar música en mi pequeño equipo de mp3. Resultó ser que la batería se terminó, apagándose el aparato a mitad de la segunda canción. Probé reencenderlo otras varias veces pero siempre volvía a apagarse, hasta el punto de no volver a encenderse más. El destino o lo que fuese me llevó a buscar la radio, y como esta consumía menos batería –al menos eso es lo que siempre creeré para justificarlo – esta se encendió. El dial estaba muerto en una cifra cercana a la centena, presioné la búsqueda automática, esperando hallar algún partido de fútbol en juego, pero el dial avanzaba hacia delante sin encontrar ninguna sintonía. Estábamos atravesando un cañadón donde no había más que la ruta, imposible que alguna onda de radio alcance ese perdido lugar, pero de pronto, entre el sonido rasposo de la búsqueda, surgió como de la nada una voz. Era una mujer, hablaba claro y pausado, y los sonidos de frecuencia que al principio la acompañaban se diluyeron, dejando su voz aislada en mis auriculares.
Si yo creyera en las señales hubiera asegurado que aquello era una clara muestra, de hecho pasó por mi mente la extraña posibilidad de que la secuencia que había derivado en aquella voz tenía una razón que no era casual, pero una parte racional de mí descartaba aquella posibilidad.
La mujer hablaba de que podía ver el aura de las personas, y explicó que significaba esa extraña palabra que creía era un invento de ella. Hablaba de que podía leer el futuro, saber que cosas pasarían de no modificarse la secuencia de sucesos, y yo, sin realmente nada mejor que poder hacer, la oía como si me estuviera hablando solo a mí.
Intenté una vez más sintonizar alguna otra radio pero no la había, esa mujer era la única voz que captaba el aparato.
La mujer terminó por dar una dirección en la ciudad donde decía realizaba consultas a quienes se atrevan a conocer lo que les sucederá, yo nunca creeré en esas cosas, pero ahora estoy frente a la puerta de la dirección indicada, esperando ver que hay del otro lado.

EL HOMBRE SENTADO

Estaba sentado en un asiento, mirando pasar la vida por la ventana, rodeado de gente y de sueños buenos y malos. Los buenos son los más raros, y casi nunca se dejan ver de entre las alas, en cambio los malos si están a la vista, en cada acto que miraba al pasar por arriba de una telaraña de calles y casas que se alejaba por el horizonte. Y cada ser tiene un don, algo que nadie más tiene, pero que la mayoría de nosotros no sabemos encontrar dentro nuestro. El de él era percibir en los objetos la capa de bien o mal que las cubría. Pero para ello debía sufrirlo, como todo don que no se desea.

LA PRUEBA DEL CARBONO 14

Había estudiado química, pero la vida que nos arrastra por los caminos que se le antoja, lo había desviado hacia los trabajos arqueológicos. En realidad era el científico al que acudían los historiadores, arqueólogos, paleontólogos, y todo aquel que quisiera saber la antigüedad de un hueso, lienzo, piedra, fósil, o lo que fuese.
No sólo aplicaba el método del carbono 14, sino también el potasio argón y el plomo uranio entre otras pruebas que, unidas, garantizaban la antigüedad aproximada de lo que fuese.
En sus largas horas de investigaciones fue que descubrió la manera de hacer que un objeto tuviera las características exactas y suficientes para pasar por la edad que se le quisiera asignar. Así fue como comenzó su cruzada por el cambio. Lo primero que hizo fue rescribir algunos de los “Diálogos de Platon”, luego los ocultó en una biblioteca perdida y esperó. Unas semanas más tarde alguien declaró haberlos encontrado y todas las pruebas realizadas lo databan de fines de la edad media, época donde se sabe caída constantinopla que muchos sabios emigraron a europa y trajeron consigo sus libros, que fueron copiados allí, por lo que se les dio autenticidad. El hecho recorrió el mundo. Pero mucho mas notorio fue el papiro que ocultó entre los documentos árabes. Hablaba de los musulmanes y de que debían trazar esquemas de paz con el mundo para alcanzar el paraíso con Alá. Este nuevo hallazgo mejoró las relaciones con los países árabes y, por primera vez, creyó que había contribuido por el bien de la humanidad.
Así continuó lentamente, modificando la historia a base de nuevas pruebas que en realidad creaba a su antojo. Colón ya no era más el descubridor de América, sino los romanos, cambio las secuencia de las guerras púnicas y modificó las teorías sobre la extinción de los dinosaurios. Pero un día dejó por error una inscripción marcada con una tinta que no podía haber sido descubierta antes del siglo XVIII, por lo que los descubridores no supieron que creer. El suceso se publicó en revistas científicas como algo sin precedente, y derivo en la incredulidad en todos los hallazgos de la historia. Supieron que alguien había manipulado el pasado, pero ¿desde cuando?, ¿y que cosas exactamente?.
Se trató de reeditar todo libro de historia pero no había acuerdos en común sobre los verdaderos hechos. Finalmente en los colegios se dejó de enseñar la materia y algunas generaciones más tarde ya nadie sabía sobre el pasado de la humanidad. Los historiadores y científicos fueron desprestigiados y desapareciendo a medida que el mundo se concentraba solo en el presente y en el futuro.
Y así la historia se volvió a repetir.

EL CHIP PROTECTOR

Se inventó luego del gran accidente del 2441, cuando el conductor de un camión de residuos de uranio enriquecido, llegaba tarde al cumpleaños de su hija, por lo que decidió cruzar la vía del tren con la barrera baja. Había mirado a los lados pero no le pareció ver el tren, sin embargo el reflejo del sol le engaño, y el tren estaba allí, acercándose. La colisión fue terrible, la máquina dio en medio del vehículo, haciendo que éste explote y que los residuos nucleares se expandiese. Todos los pasajeros del tren encontraron la muerte, pero también los residentes de tres villas cercanas, y otros tantos campesinos.

El gobierno, preocupado, debía buscar una drástica solución. No podía dejar de transportar los residuos nucleares, los convenios con las empresas dueñas de las centrales eran demasiado estrechos. El poder que éstas ejercían sobre el gobierno torcía el brazo hacia otras alternativas, entonces se liberaron fondos reservados para un proyecto de investigación tecnológica, liderado por el mítico profesor Ibzagimov, el cuál había desarrollado hasta entonces un aparato corrector de errores que él mismo utilizaba, en su propio cuerpo, para mantenerlo siempre concentrado y evitar errores en sus investigaciones para perfeccionar el aparato.

Las investigaciones terminaron dando a luz un microchip que se insertaba detrás de la oreja del sujeto y comandaba los actos que se programen para responder con determinadas acciones frente a escenarios establecidos. El primero en implementarse fue el módulo del tráfico era una serie determinada de leyes puestas como ordenes de accion-reaccion. Por ejemplo, si una persona tenía éste “chip” incorporado e intentaba saltarse un semáforo en rojo el sistema inmediatamente se lo impedía, enviando una orden a su sistema nervioso para que lo evite. Es decir que, al detectar el pensamiento del sujeto de transgredir la norma de tránsito, el sistema lo corregía, evitando así la acción final.

El “chip” funcionaba a la perfección y se implementó primero en los camioneros, luego en taxistas, conductores de autobuses y, finalmente, en todo conductor. Luego se desarrollo uno similar para los pilotos de avión y luego para los timoneles. Quince años más tarde se desarrollaron también para peatones y también para otros delitos, como robos, asesinatos y cualquier crimen penado. Así toda la sociedad comenzó a utilizar aquellos aparatos, desde el nacimiento se implementaba, por ley, el “chip” de “protección social”.

La sociedad termino, como siempre, por acostumbrarse a vivir de ésta forma y, pasadas algunas generaciones, se creía imposible vivir sin el “chip”.

OTRO MENSAJE

Sigo buscando una figura que pueda reconocer, dentro de la mancha que quedó en mi piel durante esos días, cuando se volcó el sueño de vida que esperábamos haber tenido, cuando la voz de la realidad agrietó aquel espejo donde se reflejaba solo lo que queríamos ver, solo lo bueno, ocultando la oscuridad del fondo, donde habita la realidad. Esos días aprendí que el que no quiere saber sobre su vida tropieza con su alma, que quiere ir hacia otro lugar, y el que sigue el camino sólo porque las líneas están pintadas y los caminos indican por donde pisar, nunca van por el lugar correcto, porque lo correcto lo marca el corazón. Y sin embargo seguimos por el camino marcado, el que creemos seguro...

IMAGENES PARA IMAGINAR

Pasaba en un pub de puerta pequeña y escaleras hacia abajo, en un barrio de un suburbio de esas grandes ciudades grises. La ley iría por ellos, esperando verlos salir a tocar, y la música se escuchaba de fondo durante el primer disparo, y siguió sin desentonar. Mientras las pirañas se esparcian entre las mesas y las fichas caían y rodaban por la madera, bajo un cielo de lluvia pasado de frío nocturno en las afueras, contrastaba el calor astillado de cigarro gris. El barman dejó apenas de servir cuando su espejo comenzo a desarmarse, y su última cerveza descarrilo en la tabla para unirse al color ambar del pie en bronce. El tiempo se hace remolinos y el olor del whisky se confunde con la pólvora y el sabor de los ritos fúnebres. Las arrogancias se mantuvieron hasta el fin, jugando sus cartas a tres ases y una bala.
Y por fin el silencio desvaneció la espesa humareda para aclarar el antro de desorden y la escena que cada cuál se pueda imaginar.

LA DIVISION

Por más que exista un día a día que nos evade, que nos aleja y nos intenta mostrar un mundo donde lo que importa es el momento, siempre existirá algo que nos guía hacia los verdaderos valores de este tramo efímero, que es la vida, y nos enseña lo poco que comprendemos, lo mucho que ignoramos, lo frágiles que somos. Ese es nuestro espíritu, la parte que tenemos sobrenatural, el pie que está siempre pisando el más allá.

Y en las dos partes que se divide nuestra vida se balancea aquel espectro invisible que es una parte más lejana que la que vemos durante el aluvión de transacciones sociales cotidianas. Es ese sujeto que se presenta cuando meditamos, cuando nos entregamos por completo a las reflexiones y nos abstraemos del mundo terrenal que nos rodea, cuando damos un paso al lado del camino para descansar y ver el paisaje que nos rodea, ver hacia delante, hacia atrás, a los lados, al cielo y tratar de saber un poco más. Luego volvemos al camino y continuamos, olvidando y concentrándonos tan solo en el próximo paso, un paso físico y sin trascendencia.

LA MANERA INCORRECTA DE DECIDIR

Jugar de a tres era imposible, todos sabemos que el ajedrez se juega de a dos. Entonces buscamos una forma de decidir a la suerte quiénes de los tres jugaríamos la primera partida. Y para ello movimos las piezas y esperamos... Creíamos saber lo que hacíamos, pero la decisión se nos fue de las manos y vino el terremoto, y las cosas comenzaron a caer, las piezas se esparcieron por el piso mientras todo temblaba. Nos preguntamos si debíamos suplicarle a Marte, o quizás a Cibeles, pero preferimos que ellos tomaran la decisión final sobre el asunto. En ese momento el techo se desplomó sobre uno de nosotros, y los vimos quedar atrapado bajo los escombros. El temblor por fin concluyó, juntamos las piezas y comenzamos la partida. Pero antes nos prometimos no volver a decidir de esa manera.

LOS UNOS Y OTROS

Tenemos una sola marca y la marcamos, estamos del otro lado de la pared, intentando comparaciones de nuestro espíritu y ver si suben y cuelan, como en los viejos sueños de caníbales desposeídos de piel. Reserva es certeza y virtud, y si nos dan la oportunidad la reemplazamos por algún mal “reality”. Mientras alguien recorre el desierto y se quema los pies en la arena buscando la verdad por nosotros, los cuáles amamos criticar, y que no sabemos y no queremos saber ni esforzarnos ni cambiar.

OIR A LOS VIEJOS DIOSES

El pajaro cantará pero en tonos bajos, desde la rama del arbol mas alto del bosque. Estará el sol emergienedo entre la espesa lejania de un horizonte vegetal, como una mancha de oro en el fuego de un cielo de almas perdidas. Y un Publio Decio no dejaría de arrojarse feliz para morir en manos del enemigo sino fuera porque los dioses a veces hablan de más en nuestras mentes... jugando a hacer milagros mientras las aguas que son dulces nos calman la sed. Y las voces van tronando mientras el diablo desfila, oscuro como el hielo, con los dolores que reparte entre la multitud, y que algúnos saben llevar y otros sufren.

LA RISA DEL DEMONIO

Existía un valle oculto en las montañas de un país lejano, donde nunca brillaba el sol y donde los no nacidos sabían que morirían sufriendo. Había una iglesia en ruinas, abandonada al pesar de los tiempos, al castigo del viento y la lluvia. Allí vivía la última de las sombras, y no podía sobrevivir sin la energía vital del tercer plano, por lo que pactó con el demonio para controlar el valle. Pero los pobladores huyeron, aterrorizados por las noches de lunas rojas que hacían sangrar a los corderos. Y desde el valle comenzó a oírse, traída por el viento, la risa del demonio.

HEROE

- Que no cuenten conmigo esta vez – sentenció y dio un portazo.
Los villanos estaban atacando la ciudad capital, había explosiones y gente corriendo por las calles. El reflejo de las llamas sobresalía en el fondo del cielo. Todo era caos, terror, destrucción, y sin embargo estaban tranquilos, ya que sabían que el héroe vendría a rescatarlos.
Nadie se imaginaba entonces la respuesta que acababa de pronunciar, nadie sabía que aquella tarde no asistiría a salvarlos. Pasaron las horas y la tranquilidad fue convirtiéndose en desesperación, hasta que por fin el fantasma si hizo dueño de la ciudad.
El héroe dejó de serlo, y la vida volvió a ser mucho más normal.

LA HORA DE NUESTRA MUERTE

¿Cómo ha podido suceder algo así? – se preguntaba el responsable de transportar las almas de los recién muertos.
- No lo sé, fue una suma de distracción y mala suerte, de esas que ocurren una vez cada mil años – se defendió mal el anfitrión de los muertos.
El barquero no se contentó con tan frágil respuesta y volvió a embestir: - es usted consciente de lo que ha hecho, ahora hay por allí un alma viva que debería estar fuera de su cuerpo, ha desbalanceado el equilibrio del más allá.
Llegado este punto es conveniente que asista con una breve explicación de lo que trata esta conversación y los que la llevan a cabo. Más que nada porque el ser humano común no está al tanto ni acostumbrado a este ambiente que supera la realidad y para poder seguir el hilo de la historia debe adentrarse al entorno.
Pues resulta ser, como bien informa el título, que existe un estado previo a la muerte, un lapso temporal de no más de un minuto humano, en el que se comienza a preparar el alma de quién va a morir, para acondicionarla a su nuevo estado de existencia fuera del cuerpo ya sin vida. Digamos que el sujeto esta compuesto, como una obra de arte, por un marco, que lo contiene, adorna y limita, y la pintura en sí, que es la esencia y razón de ser del mismo marco. Se podría decir entonces que el marco sin la pintura no es nada, y por otra parte la pintura sin el marco le falta algo, sobre todo para ser expuesta en público.
Volviendo a la explicación, y pidiendo disculpas por alejarme de la columna vertebral, explicaba que se tiene certeza de un ser que está por morir, se tiene certeza del momento que esto va a ocurrir. Y en este punto esta el tema más conflictivo y de difícil comprensión, y es que no significa que el hombre esté predestinado, sino que cuando llega su momento, simplemente, los encargados de tratar el alma, por algún desconocido misterio, lo saben. Por otra parte hay una serie de controles y alarmas que lo confirman, como un piloto de avión, que por una parte sabe como aterrizar la nave, pero también cuenta con aparatos que le informan y lo ayudan, sin embargo, al igual que una de tantas ambas cosas fallan y se produce el accidente aéreo, también en el caso de los embaladores de almas se produjo el encadenamientos de errores que llevó a tratar un alma que no debía y no llegó a su fin.
Uno se podrá imaginar un fusilado cuyos ejecutores increíblemente fallan los disparos, o un hombre que cae de una ladera y por fortuna las copas de los árboles lo salvan o una de las tantas casualidades que salvan una vida, pero no, esto va más allá, es saber en un plano superior el momento que ya es irremediable, un misterioso punto en que se acaba de llegar al desenlace natural de una situación, en la que las dediciones tomadas libremente por los hombres desencadenan un final cuyo guión lo concluye lo escrito por un ser superior. Ejemplificaré con un solo caso, un hombre que se arroja de un edificio: el hombre mismo tomó la libre decisión de llevar a cabo el acto, por las razones que fuesen, pero la elección fue personal y propia, sin embardo de ahí en más, de acuerdo a leyes universales como la gravedad, leyes estadísticas y probabilísticas, y demás condiciones que el humano cree comprender como tales, pero que irremediablemente son fruto de la originalidad de Dios, el desenlace de la escena queda en manos de la gracia divina.
- ¿Qué debemos hacer? – preguntó el barquero preocupado, - debería estar muerto aquel alma.
- No hay problema, yo me ocupo, pero que no vuelva a suceder – dijo la otra figura, y desapareció.