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CUENTO DIA A DIA

EL DECORADO - 2º PARTE: ODIANDO AL AUTOR

Había pasado ya la medianoche cuando, vestido de negro y con una linterna, cruzó la calle hasta cubrirse debajo del portal del edificio de decorado. Volvió a echar un vistazo para ambos extremos de la calle, comprobando que no había alma viva sobre su asfalto, y luego giró el picaporte, esperando que la puerta cediera. Y así fue: con un leve chillido a falta de aceite, que intentó reducir al mínimo, la puerta se inclinó hacia adentro, y lo hizo el espacio exacto para que su cuerpo de perfil pudiese entrar, luego cerró la puerta con el mismo cuidado y recién entonces se dio la vuelta para descubrir que se ocultaba detrás de esas paredes de decorado.
Fue impresionante, sus ojos no podían creer lo que veían, su cuerpo quedó inmóvil, paralizado por la sorpresa, y es que aunque había barajado e imaginado muchas posibilidades sobre lo que encontraría dentro de aquel edificio, jamás imagino que vería algo como lo que estaba viendo. Dejó pasar unos segundos antes de terminar de digerir la realidad, pensó todas las posibilidades de que aquello no fuera lo que era, pero ninguna tenía sentido, entonces llegó a la conclusión de que no era ni un sueño ni una extraña visión, estaba viviendo la realidad. Era lo más asombroso que había contemplado en toda su existencia, y de pronto todo se aclaró en su mente, todo el misterio se justificó, aquel secreto tenía una razón para existir, una razón que él había desvelado.
Pero por otra parte descubrió que era tarde para huir, que no podría retroceder ni dejar atrás aquel lugar, supo que nunca nadie conocería el secreto, o que al menos él no podría revelarlo, su destino estaba echado, y no había vuelta atrás.
Cerró los ojos, sin arrepentirse de nada, sin temor ni pena, y se dejó llevar por el inevitable desenlace. Y así fue como desapareció, y como nunca nadie jamás supo ni sabrá que esconde aquel edificio.

EL DECORADO - 1º PARTE: LA INTRIGA

Un día descubrió que el edificio de enfrente a su casa era un decorado. Y la gente que había visto alguna vez, descubrió que no eran verdaderos humanos, quizá se trataba de muñecos electrónicos, como en esos parques de atracciones. Hacían siempre los mismos movimientos, en el mismo orden y a las mismas horas; uno miraba por la ventana cada tanto, era un anciano de pelo blanco, otra que tenía aspecto de señora de casa, salía con una toalla enroscada en el pelo a colgar y luego a descolgar el mismo trapo, otro abría y luego cerraba las cortinas. Eran siempre la mismas secuencias. También notó que las paredes no eran de verdadero ladrillo, sino que simulaban serlo, pero en realidad era un gran muro de cartón pintado, y seguramente hueco.
Comenzó a preguntarse que habría realmente detrás de aquel decorado, que se escondía, ya que lo primero que supuso es que tanto misterio debía ocultar algo grande. Durante las noches algunas de las luces de las habitaciones se encendían y otras se apagaban, siempre siguiendo la misma rutina, y sabía que en realidad aquellas luces no estaban iluminando una habitación sino que se encendían solo para simular.
El edificio tenía seis plantas y una terraza, en todo el barrio no había otros edificios de esa altura, la mayoría llegaban hasta las cinco plantas. Sin embargo en su edificio había una antena que trepaba desde la azotea al menos un piso más. Esa noche decidió trepar a esa antena, para tratar de ver si realmente, detrás de la pared falsa, había algo. Esperó paciente hasta que oscureció, la luna iluminó su rostro cuando salió a la azotea, se aseguró que ningún vecino lo estuviera viendo y luego trepó. Desde arriba podía divisar con la claridad blanca de la luna el edificio de enfrente pero, para su decepción, no estaba hueco, sin embargo notó que aquel techo que apenas veía con claridad, no era una azotea como las otras, era prácticamente una plataforma, sin chimeneas ni escapes de aires, ni siquiera tenía el espacio para el ascensor. Era una superficie llana, que posiblemente cubría algo. Pensó que era lógico, ya que sino cualquier helicóptero o un avión que sobrevolase la ciudad vería lo que ocultaban allí. Ya no tenía otras alternativas, si quería desvelar el secreto debía intentar entrar en el edificio.

LA ULTIMA CAIDA

Se moría entre las drogas que se supone lo curarían, y sin demasiado dinero en la billetera, entre unos árboles de un parque de otoño, mientras los pájaros lo veían retorcerse de dolor. Se quedaron alrededor de su cuerpo hasta su final, viendo como aún su camisa parecía limpia, incluso a pesar de que se revolcase entre las hojas secas. El ambiente comenzó a ponerse húmedo como sus ojos de lágrimas, tratando de recordar como había llegado hasta allí, en qué se había equivocado, por culpa de quienes o con la ayuda de quienes moriría aquel día. Pensó que si tuviese otra oportunidad cambiaría las cosas, aunque sabía que ya había tenido muchas oportunidades y siempre había vuelto a caer en las mismas trampas, esas que por fin lo consumían de la mano del destino que no podía ni quería en el fondo evitar.
Trató de escribir algo en un billete de autobús que no llegó a usar, pero las palabras se le escapaban de los dedos como su vida, hasta que por fin se dejó llevar por esas hermosas sensaciones que tantas veces lo habían seducido, para recorrer su último camino, para dejarse caer en su última y suave caída.

LAS LEYES DE LOS PROFUGOS

Estaban reunidos en una bóveda pequeña, sin ventanas, y se oían desde lejos los agudos sonidos de los murciélagos volando. La luna atravesaba el cielo como, para los que viven el día, el sol lo atraviesa, pero como ellos solo viven la noche no lo conocían.
Discutían sobre la manera de comportarse, por lo visto había algunos que estaban arriesgando el anonimato de todos con actitudes temerarias, como pasar cerca de las almas vivas, o incluso a veces quedarse presente aunque lleguen a ser vistos.
La supervivencia de la comunidad dependía de que nunca nadie supiese del fenómeno, nadie debía ni siquiera intuir la posibilidad de que ellos existieran, de lo contrario siempre algún curioso indagaría y podrían ser descubiertos.
Decidieron que los culpables serían castigados. Los apresaron esa misma noche, en la parte de más claridad del cementerio, ellos siempre estaban por esa zona, dejándose ver y arriesgando, los llevaron a la bóveda de castigos y los encerraron allí por cien años y guardaron le entregaron la llave al más joven de ellos, que había sido enterrado el día anterior y recién se estaba adaptando a su nueva forma de ser.
-Estos seres han roto nuestras leyes – le explicaban, - han arriesgado nuestra existencia jugando con las apariciones y ¿sabes que sucedería si nos descubren?, nos enviarían al infierno, donde deberíamos estar, y si estamos aquí es porque nos desviamos del camino en algún momento y no pudieron encontrarnos, pero nos están buscando, para arrastrarnos a nuestro destino final, y debemos ocultarnos para evitarlo, por ello vivimos escondiéndonos en el cementerio, donde están los cuerpos que eran nuestros cuando estábamos vivos, para ocultarnos dentro de ellos durante el día, cuando los vivos andan cerca.

ALGO PENDIENTE

Quedaba algo pendiente, no sabía exactamente qué era, pero en algún rincón escondido de su mente sabía que estaba recibiendo una señal, un mensaje que le informaba que estaba faltando. Recorrió los pasillos de sus recuerdos, buscando en cada habitación y, aunque notaba esa presencia, no lograba encontrar eso que sabía que olvidaba.
Odiaba esa sensación, porque luego, siempre en algún momento, recordaría lo que estaba pendiente, pero claro..., ya sería tarde.

LA CASA DE LOS ESPEJOS (3º parte)

- No puedo creerlo, es mi culpa – confesó la mujer y luego le explicó su deseo.
- Amor, los espejos no cumplen deseos.
- Entonces dame otra explicación – le reclamó.
Se pasaron el resto del día tratando de huir, de buscar alguna salida, pero no lo lograron.
Cayó la noche y estaban agotados, comieron algo y fueron a recostarse. Entonces comenzaron los gritos del espejo del altillo. Eran como si alguien se estuviese quejando.
Por la mañana a la mujer se le ocurrió una idea: - yo se donde podemos encontrar una puerta de salida. – dijo y lo llevó a su esposo al comedor. Se pararon frente al espejo de las puertas y miraron juntos el espejo. A sus espaldas había otra puerta, distinta a todas las que antes habían visto. Giraron y aún estaba allí, era real. La abrieron y pasaron a lo que parecía un garaje.
- Este es el garaje con el que siempre he soñado – dijo admirado el esposo.
- Y en tu hermoso garaje, ¿cómo sales a la calle? – preguntó la mujer.
- Con un interruptor, que estaría – dijo buscando señalar: - allí.
Sobre una pared mal revocada había un botón negro rodeado de metal.
Se apresuraron a presionarlo. Entonces un mecanismo se encendió y una gran puerta comenzó a elevarse, dejando entrar la luz del día. La puerta estaba abierta a la mitad, y ellos se disponían a salir, cuando del otro lado vieron un auto, era un gran Cadillac del 72. No llegaron a ver quién lo conducía, aunque el hombre reconoció el auto, ya que resultaba ser el auto de sus sueños. Apenas la altura fue suficiente, el auto entró acelerando, como si el garaje estuviese vació.
- Cuidado – gritó el hombre y, tomando a la esposa del brazo, la arrastró hacia el fondo mientras el Cadillac casi les pisaba los talones. No tuvieron otra opción que salir por la puerta que habían entrado, y ésta se cerró a sus espaldas. Cuando volvieron la vista atrás ya no había ninguna puerta.
- Pero, ... ¿donde estamos? – dijo entre lágrimas la mujer.
Entonces vio los ojos de su marido, se habían puesto rojos, sabía que era uno de sus ataques de furia, cuando la realidad rebalsaba su paciencia y perdía el control.
- Cálmate – le pidió la mujer al verlo así. Pero él ya no la oía. Entonces corrió hacia la cocina y buscó una caja de herramientas que había visto entre los armarios. La abrió y sacó un martillo. – ¡Ya verán! – dijo para sí mismo apretando el mango de la herramienta con sus manos. Luego corrió al altillo y encaró el espejo con un estado que transitaba desde la rabia a la desesperación. El primer golpe apenas logró astillarlo, creando una telaraña de líneas que partían del sitio donde encajó el golpe. El segundo quebró un trozo, el tercero hizo lo mismo con un rincón. El cuarto fue determinante para que el cristal completo se derrumbara. Sin detenerse bajó las escaleras hasta la habitación donde estaba el segundo espejo y también lo destruyó a martillazos. Lo propio hizo al bajar a la sala. Terminando exhausto y se tiró al sillón, soltando por fin la herramienta, con el brazo diestro manchado en sangre por las astillas que lo habían cortado.
La mujer lo observó sin decir palabra y se sentó algo relajada en el sillón de enfrente. Entonces, entre ellos, vieron los rayos de sol que formaban un cuadro. Siguieron el recorrido en sentido inverso para encontrar la puerta de entrada entreabierta y un mundo esperando afuera. Se pusieron de pie y corrieron, saliendo de la casa.
En ese mismo instante los espejos volvían a unir sus cristales, quedando perfectamente reconstruidos para su próxima víctima.
- La compro – dijo el otro marido, unos meses más tarde, convencido de que esa era la casa de sus sueños para formar una hermosa familia con su reluciente esposa.

LA CASA DE LOS ESPEJOS (2º parte)

Esa noche durmieron tranquilos y sin preocuparse en más que disfrutar la nueva casa. A la mañana siguiente el hombre se fue temprano al trabajo mientras su mujer se tomó un largo rato en el vestidor. Allí encontró al segundo espejo de la casa. Este, en el marco, tenía tallado el nombre de “espejo de los deseos”. El día era estupendo y la casa nueva lucía de maravilla. Se le ocurrió, merced al nombre, pedir inconscientemente un deseo, pidió que viviesen para siempre en aquella hermosa casa. El espejo cambio de color por un momento, nublando su propio reflejo. Luego volvió a devolver las imágenes de su alrededor. La mujer permaneció aquel día limpiando el polvo, ordenando los muebles y acomodando los libros en la biblioteca.
El marido llegó temprano del trabajo, todavía no había oscurecido. Cuando le preguntó la causa simplemente respondió que sintió deseos de volver a la casa. Aquella tarde la pasaron en el salón, donde había un tercer espejo. El hombre se había ido a la biblioteca, donde leía un libro en un confortable sillón, mientras la mujer limpiaba la sala, entonces se acercó al espejo para leer que en el marco decía: “el espejo de las puertas”. Le pareció raro el nombre, y al mirar de reojo al vidrio se vio reflejada en él, pero también vio a su espalda, sobre la pared de la sala, lo que parecía ser una puerta. Sin embargo, según lo que recordaba, nunca antes había estado allí. Se giró para comprobarlo y, efectivamente, vio que había una puerta. Era de madera, normal. Se acercó a ella y la abrió para encontrarse una sala que parecía una oficina. Decidió entrar, la puerta se cerró a sus espaldas. Frente a ella había un escritorio en donde pudo ver una foto de ella y de su marido. Estaban abrazados a orillas de una hermosa playa. Entonces notó que había una puerta pequeña a un lado, que daba a lo que parecía un archivador desde donde oyó voces y risas. Se asomó con cautela, para encontrarse a su marido besándose con una mujer que parecía ser una secretaria. De inmediato se giró, volvió a la puerta por donde había entrado y volvió al salón. Caminó a la biblioteca y se encontró a su marido, que continuaba leyendo el mismo libro, y que ni siquiera se distrajo al verla entrar. - ¿qué ocurre? – preguntó marcando la página antes de entornar el libro.
- ¡Tu! – le gritó. – ¡Te he visto! – dijo entre lagrimas.
- No comprendo – se preocupó.
- Estabas besando a tu secretaria – explotó en palabras.
La expresión de desconcierto invadió al hombre mientras balbuceo una respuesta agrietada: - ¿Cuando?.
- ¡Recién!, en la otra sala – especificó la mujer, incluso comprendiendo que lo que decía era imposible.
- Allí – aclaró, señalando una pared sin mirarla.
- ¿Dónde? – pidió saber el esposo aún desconcertado.
Entonces la mujer se giró, para descubrir que donde un rato antes había visto un puerta, por la que había incluso entrado, ahora solo veía una pared color crema con un cuadro que representaba una escena de la batalla de Waterloo.
Entonces la mujer volvió a reflexionar, perdida en pensamientos incompatibles, -...yo, juro..., había una puerta allí.
- ¿Donde?.
- Allí – señalo la mujer sin í – señalo la mujer sabiéndose imposible. Pero luego volvió a arremeter: - da igual, tu estabas con una secretaria, ¡lo vi!.
- Escucha cariño, no se de donde has sacado esa historia, pero no es verdad. Lo habrás soñado, te habrás dormido.
La mujer sabía que no había ningún sueño, pero decidió pensar que pudo haberlo sido, y así dar por cerrado el tema, pidiendo disculpas y aceptando la posibilidad del sueño.
Esa noche durmieron mal, oyendo voces que creían que formaban parte de sus sueños, aunque no podían asegurarlo. Se despertaron cansados, el hombre se vistió y fue en busca de la puerta de salida. Sin embargo esta ya no estaba.
- Cariño, la puerta, no estaba aquí – remarcó señalando el espacio.
- Supongo que no – razonó la mujer.
- Da igual - dijo, y caminó hacia la puerta de la cocina, pero tampoco la encontró.
- No hay puertas – concluyó alarmado.
- Sal por la ventana – dijo la mujer sin prestar atención más que a la mermelada que trataba de acomodar en la tostada.
El hombre buscó una ventana y trató de abrirla pero sin éxito.
- Está trabada – se quejó, - ¡quieres ayudarme!.
La esposa se puso de pie y fue hacia la ventana para tratar de abrirla.
- ¡Has visto!, ¡no hay manera! – se desesperó.
- Rompe el vidrió – aconsejó la mujer.
- Tomaron entre los dos una silla y la arrojaron hacia el vidrio, sin embargo ésta rebotó, como si fuese un cristal blindado.
- No saldremos jamás de esta casa – maldijo el esposo.
Entonces le vino a la mente su deseo, el que había pedido, de no dejar nunca aquella casa. Estaba claro que el espejo lo había cumplido al pie de la letra.

LA CASA DE LOS ESPEJOS (1º parte)

- La compro – dijo el marido convencido de que esa era la casa de sus sueños para formar una hermosa familia con su reluciente esposa.
- De acuerdo, pero quiero advertirle que la casa tiene tres espejos, y que ellos reflejan imágenes que no siempre son la realidad, o hacen cosas raras – advirtió el vendedor, tratando de restar importancia al hecho.
- No veo que eso sea un problema – replicó el hombre sin realmente comprender a qué se refería, - un espejo no puede ir complicandole las cosas - pensó.
- Pues ya le advertí – dijo como limpiando su conciencia de que había hecho lo correcto, y que nada de lo que pudiera ocurrir sería su culpa.
Un mes más tarde la recién casada pareja se mudaba a aquella amplia casa, montada en dos plantas y un altillo. La planta inferior contaba con un gran salón decorado de forma sencilla y una gran biblioteca, y la planta superior tenía cuatro habitaciones y los baños.
- Hogar, dulce h... – decía la mujer cuando la interrumpió un aullido que se ahogaba en la nada.
- ¿Que fue eso? – preguntó con intriga más que con miedo.
- No te lo quería decir, pero viene a haber un fantasma que vive en el altillo – bromeó el esposo.
- Ja, ja – rió con falsa entonación la mujer, - y apuesto a que ahora me llevarás allí arriba a comprobar que no hay fantasmas, sino un momento romántico...
- Tan poco llevamos y ya me lees los pensamientos – se quejó con gracia.
Subieron al altillo donde encontraron a un lado de la puerta el primero de los grandes espejos de la casa. En el marco, sellado en bronce, una pequeña inscripción indicaba: “espejo de los gritos”. Rieron al leerlo, y luego se abrazaron y cayeron sobre un viejo colchón que alguien había dejado allí y comenzaron a besarse. Fue entonces cuando un espeluznante grito tronó la habitación. Los dos se pusieron de pie asustados, pasó un instante de desconcierto hasta que el marido, con dudas en la voz, explicó que debía ser que al girar sobre en el colchón habrían movido el piso y, con las vibraciones, el espejo habría rozado la pared creando aquel ruido. Ninguno creyó la explicación, pero prefirieron aceptarla, aunque también prefirieron abandonar el altillo para no volver nunca.

EL LEGADO DE LA INSPIRACION

El tercer crepúsculo le dio la inspiración que necesitaba. Estaría sentado en el sillón, con un vaso en la mano, que rebalsaba de recuerdos fríos como los hielos, observando la luz del día agonizar mientras por el fondo las nubes construían y destruían formas. Se habría alejado de los ruidos y de las prisas, esperando encontrar en la quietud de la naturaleza las palabras que se le resbalaban de sus ancianas manos. Los primeros días no habría podido hacerlas salir de sus escondites y la hoja permanecería en blanco sobre el escritorio, inerte en el tiempo que pasaba sin misericordia, consumiendo los restos de vida que habitaban en las ruinas de su cuerpo. Pero todo cambiaría ese tercer día, sin razón más que los caprichos de la inspiración, que viene y va como un lecho de montaña que a veces se seca y a veces sus aguas corren con fuerza y vigor. Escribiría toda la noche, evadiendo el sueño que habría preferido no presentarse a interrumpir.
Y así nacieron sus memorias, los hechos de su vida, en un largo camino que para él llegaba a los últimos tramos, para que, quienes aún nos restan muchas etapas, tengamos una guía para saber elegir la dirección correcta en cada cruce. Nos prestó su experiencia para hacerla nuestra, para tener una visión de los peligros del camino, de los acantilados, las montañas, los mares y los bosques que nos quedan por atravesar para llegar algún día a liberarnos de todo y dejar que nuestro vehículo vuelva a la tierra y el resto aprenda a volar hacia arriba.
Y leyendo se aprende que cuando creemos saberlo todo nos enteramos que no sabemos nada y así se abre el ciclo de las puertas, que nos muestra la siguiente, la que ponemos nuestro esfuerzo en abrir y que cuando lo logramos nos deja en otra habitación donde tenemos otras siete nuevas puertas y cada una con un nuevo desafío.
Esas son las hojas escritas que nos dejó aquel tercer día de inspiración, y beber de sus palabras depende de nosotros, y de nuestra terca pasión por el conocimiento y nuestra sombría percepción de lo que concebimos como realidad.

EL MUNDO PARTIDO EN DOS

Dos lugares separaban las fases de un mundo heterogéneo, delimitado por los encargados de mantener la línea en su sitio. No era una muralla ni una zanja, ni siquiera una valla, era una línea pintada de blanco. No había carteles que advirtieran de la separación, sin embargo estaban quienes debían ocuparse de hacerlo saber. La división había sido creada por los hombres, sin embargo no había odio ni razón de rivalidad por ambas partes, era como si hubiese sido una decisión arbitraria con tan poco sentido que no generaba desacuerdos.
Un buen día una parte de la línea se borró y, cuando lo descubrieron ya muchos se habían pasado de un lado a otro, entonces, como no se podía saber quienes estaban del lado incorrecto, se cambiaron a todos de lugar, los de un lado hacia el otro y viceversa. Esto no solucionaba nada pero era una medida que daba la impresión de ser “correctiva”. Las personas obedecieron y rehicieron sus vidas en el lado opuesto, sin preocuparse por los cambios. Pasaron muchos años de calma hasta que otro buen día un señor de uno de los lados quiso pedir permiso para pasar al otro lado. Resultaba que todos los encargados de mantener la línea habían ya muerto y no sabia a quién extenderle la solicitud por escrito que había preparado. Al ver que no existía ente burocrático para oponerse al traspaso, simplemente atravesó la línea, hizo lo que debía del lado opuesto, y volvió a su lado.
Por desgracia nadie más intento cambiarse, por lo que las dos partes nunca se enteraron de que ya no había personas que lo separasen, tan solo una línea inerte.
Pero un día, un terremoto seguido por una tormenta de barro borró por completo la división y entonces comenzó el pánico, la gente no sabía a que lado pertenecía y por ello se fue creando una preocupación. La desesperación general fue creciendo hasta que llegó incluso a algunos suicidios, la gente salía a las calles a saquear descontrolada. Por fin un grupo de personas volvieron a delimitar una línea, sin conocer en realidad cuál era el trazado correcto de la original, pero basto para reestablecer la calma. Y ellos fueron los encargados de mantenerla, al menos hasta que muriesen.

EL MUNDO PARTIDO EN DOS

Dos lugares separaban las fases de un mundo heterogéneo, delimitado por los encargados de mantener la línea en su sitio. No era una muralla ni una zanja, ni siquiera una valla, era una línea pintada de blanco. No había carteles que advirtieran de la separación, sin embargo estaban quienes debían ocuparse de hacerlo saber. La división había sido creada por los hombres, sin embargo no había odio ni razón de rivalidad por ambas partes, era como si hubiese sido una decisión arbitraria con tan poco sentido que no generaba desacuerdos.
Un buen día una parte de la línea se borró y, cuando lo descubrieron ya muchos se habían pasado de un lado a otro, entonces, como no se podía saber quienes estaban del lado incorrecto, se cambiaron a todos de lugar, los de un lado hacia el otro y viceversa. Esto no solucionaba nada pero era una medida que daba la impresión de ser “correctiva”. Las personas obedecieron y rehicieron sus vidas en el lado opuesto, sin preocuparse por los cambios. Pasaron muchos años de calma hasta que otro buen día un señor de uno de los lados quiso pedir permiso para pasar al otro lado. Resultaba que todos los encargados de mantener la línea habían ya muerto y no sabia a quién extenderle la solicitud por escrito que había preparado. Al ver que no existía ente burocrático para oponerse al traspaso, simplemente atravesó la línea, hizo lo que debía del lado opuesto, y volvió a su lado.
Por desgracia nadie más intento cambiarse, por lo que las dos partes nunca se enteraron de que ya no había personas que lo separasen, tan solo una línea inerte.
Pero un día, un terremoto seguido por una tormenta de barro borró por completo la división y entonces comenzó el pánico, la gente no sabía a que lado pertenecía y por ello se fue creando una preocupación. La desesperación general fue creciendo hasta que llegó incluso a algunos suicidios, la gente salía a las calles a saquear descontrolada. Por fin un grupo de personas volvieron a delimitar una línea, sin conocer en realidad cuál era el trazado correcto de la original, pero basto para reestablecer la calma. Y ellos fueron los encargados de mantenerla, al menos hasta que muriesen.

El SEGUNDO LUGAR DONDE ESTUVE

Una vez estuve en otro mundo, creo que por vacaciones o sino por lo que tocase, pero recuerdo que estaba allí por voluntad propia, y recuerdo que los ángeles salían detrás de las cortinas para saludar a los recién llegados, y el Dios que dominaba las cosas hechas era un ser todopoderoso y lleno de misericordia, que hablaba con la gente y discernía antes de usar su diestra para hacer o deshacer. Recuerdo que un joven le rezó para que su equipo ganase aquel sábado, pero luego un joven del equipo contrario también rezo para ganar, entonces dio un empate, y ambos peregrinos, que veían las cosas solo desde sus puntos de vistas, se fueron defraudados y luego lo negaron. Yo que vi todo desde lejos me enfade por dentro con ellos, pero igual a él no le importo, claro, es que era un Dios.
Y vi muchas cosas más, la verdad es que ese era un lindo lugar, digno para pasar unas vacaciones o lo que fuese que dije que hacía allí, no sentía nunca dolor y las penas eran como agua de lluvia que resbalaba por mi piel, y podían mojarme, pero no llegaban a entrar en mi cuerpo y luego, cuando salía el sol, enseguida se secaban.
Saque muchas fotos, pero ninguna salió, y recuerdo que cuando me tuve que ir, y salí por fin de aquel mundo, sentí tristeza en mi alma y luego dije el clásico: "todo termina, así es la vida".

EL PRIMER LUGAR DONDE ESTUVE

Una vez estuve de paso por un mundo donde para ver amanecer era necesario poder pasar la noche tratando de salir con vida de las trampas, y eso era difícil cuando la ciudad renacía en penas que no son de cura fácil. Y las esquinas salpicaban siempre soledad y las farolas iluminaban el asfalto húmedo y frío, gris como las almas que a veces le pasaban por encima. Recuerdo que quién se equivoca dos veces ya no podía salir de pie, y su corazón se inundaba de olvido y de tristeza, y no le quedaba otra salida que unirse a la procesión de los que se alejaban derrotados, dándole la espalda al amanecer y viendo como la vida pasaba. Entre la niebla que rebalsaba las alcantarillas por las tardes, recuerdo que leía carteles que hablaban de espíritus cansados y que advertían sobre todas las cosas que estaban prohibidas. Nunca olvidaré el segundo que leí, que decía que estaba prohibido desmoronarse en la vereda. Pero luego leí otro peor que decía que estaba prohibido escaparse de las manos del destino, y que la multa se pagaba con su sombra.
Pero como ningún cartel hablaba de que estuviera prohibido huir, luego de hacer un poco de turismo y ver los lugares que la guía me decía que no podía eludir, me fui. No tomé ninguna foto, y recuerdo que cuando atravesé la frontera me sentí aliviado.

EL MISTERIO DEL SEXTO SELLO

Me consume el sexto sello, sobre todas las cosas, sobre todos los escritos, es algo inusual, maravilloso, es el poder máximo, cuando todavía no se han completado aún los jinetes del apocalipsis, cuando la bestia de siete cabezas, el dragón y la serpiente aún no han surgido de las profundidades, no persiguen ni matan ni condenan... ¿Quién puede abrir así un sello, con tanta grandeza?, es el fin, y todavía no hubo batallas ni se castigó Babilonia, los ejércitos celestes, los caballos blancos, los jinetes con sus nombres escritos que nadie conoce... y así le dio su turno al Harmagedón, para que pase lo que debía pasar, según las profecías...
"...Cuando abrió el sexto sello, oí y hubo un gran terremoto, y el sol se volvió negro como un saco de pelo de cabra, y la luna se torno toda como sangre y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra como la higuera deja caer sus hijos sacudida por un viento fuerte, el cielo se enrolló como un libro se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares..."

EL MECANISMO

No recordaba desde cuando estaba allí, en realidad había estado desde siempre. Realizaba diariamente, sin descanso la misma rutina de control del enorme aparato. La maquinaria estaba compuesta por miles de engranajes, todos asociados entre ellos y moviéndose en distintos tiempos y hacia diversas direcciones. Estaba dentro de una inmensa fábrica que parecía llegar hasta los confines del horizonte mientras que su tinglado daba la impresión de ser el mismo cielo. Se pasaba todo el tiempo moviéndose por un laberinto de pasarelas y escaleras que unían todos los puntos con su caja de herramientas y su casco puesto, reparando o cambiando cada pieza que dejaba de funcionar o necesitaba un mantenimiento, ajustaba las partes y aceitaba los engranajes. Su tarea resultaba imprescindible para que todo funcionase como era debido y no podía distraerse ni desconcentrarse en absoluto. Así transcurría su agitada vida, evitando los fallos y asegurando el buen funcionamiento del gran mecanismo y, a su manera, se sentía a gusto con su trabajo pues sentía en lo más profundo de su ser que estaba realizando una labor esencial. Era una sensación noble de hacer el bien sobre todo, quizá esto último era lo que le inyectaba la fuerza para seguir adelante sin parar mientras pasaban los años.
Pero un día cualquiera, en un momento que parecía que todo andaba bien, se sentó sobre una de las tarimas y apoyó su espalda contra una escalera. De pronto sintió sueño y sin apenas notarlo se quedó dormido. Pasó mucho tiempo y durmió profundamente mientras a su alrededor la máquina continuaba con sus movimientos. Al despertar, se dio cuenta de que se había dormido, entonces el pánico lo abrazó con fuerza, abrió los ojos de golpe y de un salto se puso de pie, esperando oír las alarmas de cientos de sectores sonando a la vez, decenas de luces rojas de los tableros titilando furiosas, agujas marcando los peligrosos máximos y humo gris saliendo de los escapes a presión, sin embargo, para su sorpresa, la máquina continuaba funcionando perfectamente, no había nada fuera de lugar ni sonaban alarmas. Los engranajes continuaban su marcha sin su ayuda, sin su presencia. Entonces descubrió que el mecanismo podía funcionar sin él y en un instante, al abrir y cerrar los ojos, como para terminar de comprender que la cosa era así, perdió toda razón para vivir.

LA LLAMADA EN ESPERA

Marqué los número que creía correctos, sin embargo del otro lado se oía un ruido constante de llamada en espera. Estaba sentado mirando hacia el otro lado del cielo, por lo que no percibí como el tiempo surcaba las nubes y mis pensamientos se alejaban por los contornos del horizonte. Había, a lo lejos, un mundo de intrigas peligrosas, una cultura de secretos y misterios sin resolver, pero como nada de eso es mío, es más, como está tan lejos de mi alcance, no sé porque me preocupaba tanto. Y pensé que los libros no enseñan todo, aunque sea tan bueno para nuestras mentes leerlos.
Cuando volví a las tierras donde vivo descubrí que seguía el llamado en espera y que había pasado mucho, mucho tiempo, y no lo pude comprender, pero bueno, termine por cortar, además ya no recordaba porqué llamaba y, como casi todo en la vida, me dio igual.

LAS POESIAS DE ABD AL-RAHMAN

Recordaba su Siria natal como la palma misma de su mano, sabiendo que estaba condenado a no volver, como los Omeyas mismos habían padecido por Damasco, el lo haría por Granada, y decidió que no era suficiente, por lo que mando a traer poetas que le escribiesen lo que sentía. Sin figuras, sin rostros, sus artesanos tallaban el conocimiento como la religión del desierto decora sus palacios, y no salía nada bueno de lo que oía, hasta que vino aquel que nadie supo llamar por su nombre correcto, y le pidió menos de lo que le daba a los ciervos por regalarle sus palabras.
Así recibió la poesía que esperaba, donde los guerreros luchaban y morían satisfechos porque sus almas tenían un lugar designado en el paraíso, porque los colores flotaban en las sedas que bordaban sus hermosas mujeres, y porque la belleza no siempre está en los lugares, sino en los verbos que los describen. Desde entonces conoció una ciudad de belleza y esplendor, digna con honores para llevar el peso de un imperio, para disfrutar los sabores del mediterráneo.
Los apócrifos sentaron cabeza en las lenguas desconocidas, "en poco tiempo volveremos a ser caníbales" decía, pero los otros poetas, con sus túnicas salpicadas con Platón, alegaron que antes serían fulminados los hombres del cielo y la tierra, excepto los que el mismo Dios quisiera salvar, y ese Dios, esta vez, y por única vez, sería Allah, porque así mil años antes lo decía el Apocalipsis.
Para comprenderlo hay que saber que las leyendas se escriben con pluma de la fantasía, pero con tinta de verdad.

ROPA NUEVA

Si el verano cae sobre tus pies y no dejas de querer saber como va el desfile, y ves que se sufre por ver si el robot aprendió a caminar, cuando atrás se sufre de verdad... el Daniels es mas caro pero también duele más y por eso un buen lobo sabe como acorralar a sus presas con una sinfónica intelectual.
Sería hipócrita cruzar la vereda y hablar del lado de los disconformes con la humanidad, porque sus dientes siguen clavados en los pasillos de centros comerciales, y los narcóticos te hacen que vivir solo cueste lo que cuesta respirar. Pero los enjaulados no son los que se asilan sino los que están en los barrios de arriba, con un estilo tan viejo como la historia del hombre. Y si te curas las heridas con Channel es porque te cura, y si los ejércitos comen BigMc es porque los alimenta. Si esta bien será porque esta bien y sino da igual porque nunca esta bien, ¿o acaso sabemos que está bien de verdad?, ante la duda habrá que esperar al nuevo modelo... Y si no te miente el Google es porque las mentiras quedaron atrás cuando se terminó la última botella de honor, y como era un producto que no tenía buen marketing dejó de ser negocio y se dejó de fabricar, después de todo, la ropa nueva es mejor.

VIDA DE TANGO

No existe melancolía como la vida de tango, porque va en la sangre que corre por las venas de la música, porque esta tallado en las notas de un instrumento creado para hacer llorar.
Se escuchaba un bandoneón de fondo, como apagado entre las esquinas de farolas amarillentas y paredes grises. El empedrado húmedo, por la lluvia que siempre cae en una vida así, obligaba pasos riesgosos para sus tacos, que avanzaban quebrando el silencio de la noche. Se tambaleaba bajo un cielo oscuro y sinuoso, su sombra se confundía con las otras sombras, en un callejón pintado de tristeza y amargura, donde no cantaban los pájaros, donde las penas no encuentran su olvido y van de la mano de una copa, y donde un corazón devastado agoniza bajo los portales. Y caminaba lento, alejándose de las sonrisas y abrazando las lágrimas, pendiente de vivir la vida de un tango, donde los que cantan se lastiman, donde las almas habitan entre las ruinas de los sueños, sufriendo en estado febril, sin ver el sol que asoma detrás de la cuesta al amanecer.
El bandoneón se oía más cercano mientras caminaba, pensando que la felicidad no se compra en cualquier mercado de la calle, sino que se vende en las tiendas de lujo, y solo se puede ver por la vidriera, posando para ser deseada, y para ser comprada solo por los que pueden pagar el alto precio... del riesgo.

EL HOMBRE DEL BANCO

- Aquel hombre que esta sentado en ese banco de plaza, ¿de donde vendrá? – pensaba el creador desde la vereda de enfrente.

Habían pasado unas horas y seguía de pie en la parada, mirando las palomas bañarse en la fuente y los autos pasar sin descanso. El amanecer plegaba su abanico de cielo soleado y la ciudad se levantaba de la cama para salir a la calle.

Nadie impondría nada nuevo aquel día de Mayo, porque el mundo había cambiado su rumbo, ahora giraba hacia el lado opuesto, entonces cada uno de los que creían tener el destino marcado se enteraban de que podían cambiarlo, y aquellos que creían poder definir su vida, descubrían apenados que el destino los llevaría por sus caminos. Nadie lo esperaba, ¿quién supondría una decisión tan drástica en este punto de la historia?.

- Sigue sentado, parece inmóvil, parece muerto, una estatua – comparó al ver la expresión inerte del sujeto en cuestión. Los autos y la vida pasaban frente a aquel hombre de mirada sombría y hundida en la nada, el movimiento de los transeúntes resbalaba por su alrededor sin que se inmutase.

- Quizás con esto se anime – dijo justo antes de que una sorpresiva ráfaga de viento desprendiese una rama un de un árbol sobre él, dejando caer el trozo de madera a escasos centímetros de sus pies. Sin embargo el hombre apenas pestañeo, como si la sorpresa fuese una palabra que no estuviese en su vocabulario.

- ¿Cómo puede ser? – se cuestionó sin convicción.

De pronto el hombre giró la mirada, tan solo los ojos, sin siquiera mover las cejas, y contempló con intensa meditación al creador. Supo que no había forma de revivir sus ganas de vivir, supo que él representaba a todos los que olvidaron las emociones que componen este mundo, y que siguen el sendero gris de los predestinados y los que perdieron su opción de aquella sobria virtud de tener el control.