En la universidad todo iba bien, tenía buenos amigos, había conocido a muchas chicas y, además de estudiar, se la pasaba de fiesta en fiesta. Tenía un compañero de habitación muy divertido, aunque algo excéntrico, muchas veces llegaba tarde y borracho, pero eso no era el problema sino lo común en todos, lo que lo hacía extraño era que a veces se despertaba por las noches para escribir raras historias que por las mañanas dejaba sobre el escritorio que compartían, en prolijos manuscritos. Luego, a los días tal vez, los guardaba en un cajón para hacer espacio y estudiar. Los papeles se acumulaban en aquel cajón sin que volviese a tocarlos. Una noche, mientras estaban reunidos con un grupo de amigos por la quinta ronda de cervezas, hablaban de cosas raras que hace la gente. Entonces su compañero habló y de Juan, diciendo algo que no esperaba. - Ahí, tan hombre de ciencias que lo ven, se pasa las noches escribiendo hermosos cuentos que tengo que ir guardando en los cajones, eso es ser raro - comentó riendo. Juan replicó de inmediato: - esos papeles los escribes tú. - ¡Yo! - dijo antes de estallar en carcajadas, más querría andar pasándome las noches en vela dándole al lápiz, que, a propósito, deberías sacarle punta. Entonces recordó que las hojas estaban escritas con aquel extraño lápiz, y le vino como una ráfaga a la mente el día que lo encontró en el escritorio del inventor. En ese instante Juan se levantó de la mesa y salió corriendo a. El resto de los presentes, acostumbrados a ver rarezas universitarias, no prestaron demasiada atención. Juan entró a su habitación y vio como un lápiz, sin mano que lo guiase, estaba escribiendo un papel. Lo observó maravillado un largo rato, luego, cuando se detuvo, se aproximó y leyó lo escrito, era el final del capítulo de una novela cuyos primeros capítulos se encontraban guardados en un cajón. Dos años más tarde Juan cambiaba de carrera, ahora lo suyo eran las letras, había publicado su primer libro que había sido un éxito, y ya pensaba en el segundo y en el tercero que tenía terminados y listos para presentar en la editorial. Eso sí, antes debía leerlos, para saber al menos de que trataban.
Diez años más tarde, Juan recibió la carta que decía que lo aceptaban en la universidad de ciencias, donde pensaba estudiar ingeniería. Era el tiempo de dejar su hogar y ser independiente en una habitación compartida del campus. Esa misma tarde comenzó a preparar su mudanza, hurgando entre los cajones donde guardaba, cartas, fotos, amuletos y otros recuerdos de su niñez, una etapa de su vida que se convertía a golpes de tiempo, en la siguiente. Entonces, en una caja junto a una piedra blanca y a una moto de colección que le había regalado su tío, encontró el lápiz. Por el simple hecho de no tener otro a mano, decidió guardarlo en la mochila que se llevaría. Antes de cerrar el cajón vio una pila de hojas escritas, comenzó a leer, pensando que se trataba de cartas de alguna novia olvidada, pero resultaba ser una especie de relato, muy complejo, que apenas hojeo sin llegar a completar. Pensó un breve instante de dónde había salido aquel relato, y no encontró respuesta, pero que no lo recordase no implicaba que lo haya puesto él mismo allí, incluso, aunque la letra no parecía la suya, llegó a pensar que él mismo lo había escrito.
Fue su último invento, tan último que esa misma noche la muerte lo sorprendió mientras dormía. El lápiz quedó en su escritorio, revuelto entre el resto de los inventos y el desorden que lo caracterizaban. Los bienes personales se repartieron entre familiares perdidos que poco o nada sabían de aquel viejo loco inventor que se encerraba día y noche en su laboratorio para fabricar extraños instrumentos sin uso aparente. Su único ayudante era el hijo del vecino, un chico de diez años llamado Juan que pasaba todas las tardes, luego del colegio, divirtiéndose entre las máquinas y haciéndole compañía en aquel sorprendente taller repleto de cosas raras. Para el chico aquel viejo era genio, quizás por eso, mientras los herederos pensaban en la casa que dejaba libre, se preocupó por recorrer el garaje donde estaba montado su lugar de trabajo, en busca de nuevos aparatos fascinantes como todo lo que, para él, hacía aquel inventor. Revisó algunos planos de una máquina que parecía ser para hacer túneles o algo así, se subió a una especie de moto de tres ruedas que podía andar por el agua y hacerse más angosta para pasar por espacios pequeños, hasta que terminó en el escritorio donde, entre papeles escritos, vio el lápiz. Quizá fuese su extraño color, o el brillo de su tinta, pero al verlo se sorprendió. En ese instante algunos parientes entraron al taller, el chico observaba detenidamente el lápiz cuando uno de los hombres, que no identificó pero que tenía aspecto de persona importante, le dijo que se si le gustaba podía quedárselo. Juan le agradeció, lo puso en el bolsillo de su camisa y se fue a su casa.
Hoy la humanidad comenzó a caer en el abismo negro, lugar oscuro donde los hombres ahorcados sonríen en secreto, donde la naturaleza llora triste su deshonra, donde lo divino pierde su esencia por un trato vulgar, sucio y descortés. El veneno que enfermó a las personas es el que ahora llora en las espinas clavadas en la piel de los mártires que sufrieron para derrotar al mal que ahora vuelve para ganar la partida, ellos atrapan las lágrimas para hacerlas propias, para ver derrumbarse las más sólidas estructuras. Y mientras la luna cosecha el dolor la batalla perdida espera al amanecer para que la luz muestre los estragos de los vencidos por un enemigo tirano, que se escurre entre sombras para proclamarse vencedor. El lugar santo es pisoteado, y la semilla saqueada, mientras los ojos cristalizados de los esclavizados contienen la derrota en sus pupilas. Los niños navegan en pesadillas difíciles de comprender, afligidos por el desconcierto en las alas de los que se burlan de la naturaleza y sus legados. Pero el cambio siempre será posible, las batallas se pierden, pero las guerras por el bien son eternas, porque el mal siempre acecha, y aunque hoy conquiste, mañana los masacrados volverán a unirse para volver a luchar, y volver a establecer la cordura de un mundo tan inestable como sus entrañas y tan frágil como la verdad. Porque el don de la vida es un regalo hermoso, pero que implica mantenerlo en la buena senda, y esta en nuestras manos indicar el camino correcto a los que se desvían.
- Diga dijo la voz del otro lado. Habían pasado siete años desde que descubrió el primero de los números oculto en un libro trascripto por un monje en la edad media y escondido en las catacumbas de la catedral de Segovia. El segundo número lo encontró recién dos años más tarde, en una caverna a orillas del Nilo. Así fue, uno por uno, encontrando y formando el rompecabezas de números, una serie que combinados decían a quién y cuando se debía llamar. Todo había comenzado con el estudio del simbolismo en el Apocalipsis, reuniendo cada una de las cifras mencionadas en éste libro, y buscando relaciones entre ellas que expresaran algún sentido oculto detrás de las aparentes intenciones. Dios espera tu llamado, pero, ¿cómo?, ¿cuando?. se inventará la máquina adecuada y los números estarán allí, listos para ser marcados Esta tarde había completado la lista, los siete números que debía marcar, y fue a una cabina telefónica a llamar, los marcó y esperó que alguien, del otro lado, respondiese.
Por fin logró la orden de una juez y, con algunos inspectores expertos, acudió al hostal donde, según la acusación, espiaban a los huéspedes. Al llegar el hostal estaba cerrado, golpearon la puerta pero nadie respondía, entonces entraron a la fuerza, forzando la puerta. El lugar se encontraba en absoluto silencio, no había nadie allí. Registraron las habitaciones milímetro a milímetro sin encontrar ni cámaras ni micrófonos, lo único extraño e inexplicable que hallaron fue un aparato dentro de las almohadas. Al principio pensaron que se trataba de un micrófono moderno pero luego de analizarlo concluyeron que solo emitía extrañas ondas que no podían reproducir sonidos, ni transmitirlos, ni grabarlos. Pensaron que podía ser tan solo un aparato que venía con las almohadas de fábrica. En resumen, no había motivos para acusar al dueño del hostal, que seguía desaparecido. Pero todo cambió cuando entraron en su oficina administrativa. Allí encontraron un extraño aparato que parecía una obra casera, debieron llamar a científicos para analizar el fin de dicha máquina, y las conclusiones fueron sorprendentes, aunque ya antes que llegaran los científicos las cosas comenzaron a cerrar ya que en la oficina encontraron una serie de carpetas con los números de habitación y los nombres de los huéspedes. En el escritorio encontraron unas hojas con extrañas inscripciones que tenían un sentido difícil de descifrar pero coherente al fin. Era un cuento, pero parecía salir de un sueño ya que estaba rodeado de objetos y escenas sin sentido. Los espacios y los tiempos, incluso los escenarios eran desproporcionados, incluso irracionales, pero las ideas y las historias eran buenas. En la carpeta de al lado el hombre estaba, a partir de la historia de las hojas, traduciendo un cuento. Las conclusiones fueron que aquel hombre entraba a las mentes de los que dormían, con su extraña maquina, para robarles los sueños y escribirlos. El problema es que debía llamar a escritores para lograr buenas historias, los extranjeros soñaban en otro idioma y los turistas comunes en vacaciones no soñaban nada interesante. En la mesa, sobre todos los papeles había un último escrito, era la traducción de un sueño de la habitación donde había estado por última vez, en el sueño hablaba de él mismo y de que el escritor lo había descubierto...
Era increíble, pero tenía razón, era un ladrón de sueños. La alerta fue desatada por un escritor que tenía en mente un nuevo cuento, que por costumbre y por compenetrarse tanto en la historia, siempre soñaba un par de noches antes de comenzar a escribir. Finalmente escribió el cuento, pero antes de publicarlo leyó la misma idea en un libro de cuentos, con detalles que eran demasiada coincidencia para que se copiasen, como el nombre de los personajes o el lugar donde transcurría la historia. Más sospechoso le pareció al descubrir que el escritor, teniendo todo el mundo, vivía en un hostal en Cadaques, lugar donde había pasado las últimas vacaciones. Recordaba que había elegido aquel hostal por una oferta que le había llegado por carta a su hogar, con precios realmente baratos por ser temporada alta. Lo primero que averiguo fue el nombre del hostal, y sí, era el mismo. Pero luego había algo que no cerraba, y era el hecho de que no había escrito ni una palabra del cuento hasta que había vuelto a Barcelona, donde residía y escribía. En vacaciones nunca tocaba una pluma, era una norma impuesta por su esposa que cumplía también por voluntad propia. Incluso, otra costumbre en su estructurada vida era no mencionar nada sobre una idea hasta ponerla por escrito, y lo hacía más que nada para no confundirse él mismo. Por tanto estaba seguro que no había dicho palabra de la historia durante su estancia en el hostal. ¿Cómo se había enterado pues el que le robó la idea?. Lo primero fue volver al hostal, y lo hizo nuevamente como turista, pero una vez en la habitación comenzó a buscar algún micrófono o cámara. Pero no logró encontrar nada sospechoso. Esa noche se acostó pensando en la manera con la que el dueño del hostal le había robado su cuento, y eso mismo, o algo similar con las clásicas deformidades de los sueños, fue lo que soñó. Se quedó dos días y no logró encontrar rastros para poder acusar al hostelero y se hubiese rendido de no ser porque el día que volvía a Barcelona, se cruzó con otro escritor que conocía por nombre aunque nunca lo había visto en persona. Era mucha casualidad que también éste escritor haya sido invitado con aquella gran oferta, por lo visto solo para escritores. Una vez en la ciudad se presentó ante la policía, pensando que ellos sí lograrían, de realizar un allanamiento, encontrar las pruebas que él no había encontrado pero que sabía que existían.
Nació una vez un hombre que lo sabía todo, era cuestión de preguntarle cualquier cosa nada más, y como por arte de magia, el hombre respondía. Nadie notaba el don ya que nadie le preguntaba demasiado y él no era de hablar ni decir a menos que le preguntasen algo, pero una vez que se encontraba en un mercado lo descubrieron, pero no llegaron a hacerle demasiadas preguntas, apenas algunas de hechos cotidianos, porque cuando alguien le preguntó el porqué el tiempo pasa el hombre simplemente se quedó helado y nunca más volvió a responder o a pronunciar palabra.
Estaba sentado en su puesto, en la silla de siempre, ahí, en el faro del fin del mundo. El viento y la lluvia barrían, como casi siempre, el paisaje gris y desolado, donde se palpitaba el miedo y el frío con la simple contemplación de aquel espacio vacío y desconocido. Aquel era, desde la torre, el responsable de mantener la única luz que orientaba a los navegantes en el mar austral, la esperanza, la salvación en un estrecho agitado y borrascoso, donde descansaban los cadáveres de tantos desafortunados barcos y navegantes. Aquel era el encargado de mantener la guía, el camino, era un trabajo mucho más duro de lo que cualquier ser humano no divino podría soportar. Por eso un día desapareció, pero la luz seguía encendida, y por ello nadie se acercaba a preguntar y nadie lo hizo por muchos años, hasta que un día una expedición paso cerca y decidió parar, para encontrar un faro siempre encendido, pero abandonado.
Pero el día continuó, y al llegar a la parada donde debía bajar encontró el mismo auto deportivo aparcando en el mismo sitio. Lo recodaba porque cuando el pasaba el día anterior el auto tan bonito golpeó el guardabarros trasero del vehículo de adelante, rayándolo. Y cuando pasó por al lado, caminando por la acera, la escena se repitió. En ese instante llegó a la conclusión de que estaba viviendo el día de ayer, se detuvo asombrado, pero pensó entonces que ayer no se había detenido, y que si no hacía todo tal cuál el día de ayer las cosas podían tener otro desenlace, pero entonces pensó que el desenlace podría ser mejor. Prefirió seguir caminando mientras tomaba una decisión. Llegó al edificio de oficinas, tarde como ayer, y subió al piso donde estaban reunidos. A lo lejos, a través del cristal de la sala de reuniones vio al grupo de sus compañeros de trabajo sentados en las mismas posiciones, y su silla vacía, esperando, como ayer, que él llegase para discutir lo mismo que había discutido el día anterior. - Deberé discutir los mismos puntos que ayer pensó, evaluando que no tendría sentido volver a hacer lo mismo, y menos explicarles las causas a sus compañeros de trabajo. Por tanto decidió marcharse y tomarse el resto del día libre, recorrió parques y museos, durmió la siesta en un asiento, caminó por el puerto y vio la puesta del sol. Luego volvió a su casa descansado y feliz, y se acostó a dormir temprano, esperando que el día de mañana sea igual al día de que vivía hoy.
Se despertó temprano, como todos los días, desayunó lo mismo de siempre, café y tres tostadas con mermelada, se dio un baño, se cambio y partió para su trabajo donde debía reunirse con otros ingenieros a estudiar las posibilidades del nuevo producto. Bajó hasta la calle principal donde aguardó la llegada del autobús por cinco minutos. Hasta ese entonces todo iba bien, pero el día no seguiría así, lo primero que remarcó la anomalía fue el autobús que, al igual que el día anterior, llegó a los cinco minutos exactos. Y, casualmente, eran las nueve y cinco, - igual que ayer pensó. El conductor del autobús le resultó familiar, pero como no era demasiado observador lo dejó pasar. Sin embargo, luego de elegir la segunda fila, en el único lugar donde había dos asientos libres, la puerta se abrió y la misma señora mayor que se había sentado junto a él el día anterior, volvió a subir al vehiculo y volvió a sentarse en el mismo lugar. La recordaba por la exagerada dosis de perfume que la abrazaba a ella y a todo a su alrededor. Incluso vestía exactamente igual y hasta llevaba la misma bolsa con dos panes. El autobús se detuvo en el mismo semáforo y por la acera observó a una mujer que paseaba el perro cuando éste, al ver a un gato cruzar en dirección a un portal, de un fuerte tirón, cortó la correa y se abalanzó sobre el gato que, con rapidez y temor logró escabullirse entre unas rejas que el perro no pudo superar. El gato era el mismo, el perro era el mismo, la mujer también, la escena idéntica. Algo de aquel día comenzaba a ser extrañamente sospechoso. Pensó entonces en esos famosos déjà-vu, pero sabía que era demasiado, esas extrañas bromas que nos juega la mente, relacionando espacios y tiempos distintos para hacernos creer que ya vivimos el momento se establecen parámetros fijos, es decir en hechos o escenas de corta duración, pero nunca un suceso de acciones como lo que estaba viviendo.
Nadie sabia para que servía, pero era lindo, y por eso algunas empresas del país comenzaron a fabricarlo, y a venderlo con el nombre genérico de aparato. Le gente al principio no se intereso demasiado ya que, aunque tuviera atractivo, no gustaban de pagar por algo que no tenia uso, pero con ayuda de una buena publicidad y una campaña de anuncios bien apuntados, pronto las ventas comenzaron a subir y la gente comenzó a desear cada vez más tener uno de aquellos aparatos, que les hacían sentir que formaban parte de un grupo, que eran de una buena clase social o, simplemente, que se sentían mejor por tener aquello. Los países vecinos comenzaron a hacer también lo mismo, y pronto sacaron al mercado la competencia, con modelos que parecían más avanzados y de mejor diseño. Las empresas nacionales, entonces, pidieron al gobierno protección contra las importaciones y además comenzaron a exportarlo a estos nuevos mercados externos, con una nueva gama de aparato de mejor calidad. La balanza iba hacia un lado y hacia otro, sin lograr desequilibrarse, pero la rivalidad era cada vez más fuerte y terminó por transformarse en una causa nacionalista: había que defender a la patria contra los extranjeros, que querían llevar al país a la ruina. La tensión también fue aumentando en los otros países, los cuáles se sentían ofendidos por el trato que recibían. Las amenazas mutuas comenzaron a preocupar a los gobiernos, que decidieron armarse por si estallaba un conflicto, y la campaña de reclutamiento hizo crecer aún más las rivalidades, los soldados de los ejércitos ya se encontraban en las fronteras por las dudas. Las agresiones comenzaron casi por accidente, por unas prácticas que traspasaron la frontera sin querer, pero fue suficiente para que comenzara la guerra. Duró varios años y fue muy dura, cuando acabó los dos países habían quedado devastados y ya no quedaban aparatos ya que las fábricas habían sido destruidas, entonces volvió la paz.
Era una tarde de otoño y todo parecía ir bien en el mundo, pero de pronto se oyó desde el cielo un fuerte ruido, como un trueno pero más agudo, como si algo se estuviese quebrando. La gente miró hacia arriba y pudo ver algo increíble, el cielo se estaba agrietando. Una enorme fisura comenzó a trazarse sobre el celeste despejado, era como una fosa negra con la forma de una línea despareja. La gente se desesperó, comenzaron a predecir que era el fin del mundo, que por aquella grieta surgirían de un momento a otro las águilas negras de la muerte, que recorrerán el mundo acabando con todo. Pasó el primer día y el Apocalipsis no llegaba, nada salía de la fisura, el cielo y el mundo continuaban su marcha. Y luego pasaron más días y la expectativa comenzó a decaer, hasta que, pasadas algunas semanas, el mundo comenzó a volver a la normalidad, las personas poco a poco fueron prosiguiendo sus vidas y la fisura pasó a ser parte del cielo.
Estaba tan oscuro que no podía ver nada más que un negro opaco que lo abrazaba todo a su alrededor. Temía avanzar, pensando que podía acabarse el piso y caer al vacío, por el mismo motivo temía moverse hacia los lados, o hacia atrás. Así pues, inmerso en la oscuridad absoluta y sin otra posibilidad segura que la de estar inmóvil, se mantuvo durante años. Por fin una tarde, estando cansado de esa vida de oscuridad, decidió arriesgar y dar un paso adelante. Cerró los ojos, levantó un pie y avanzó. Descubrió que había piso y no solo eso, además sus brazos, al estirarlos al frente, tocaron algo que parecia una puerta. No tardó en encontrar el picaporte y al girarlo la puerta se abrió. Entró una ráfaga de claridad que le lavó los ojos, llenando todo de luz. Entonces salió por la puerta para verse en medio de una acera. Al mirar atrás descubrió que su cárcel oscura era una especie de cabina. La gente pasaba despreocupada a su alrededor, entonces se sumó a ellos, alejándose de la cabina como uno más, caminando entre la multitud.
Estaba demasiado cansada para llegar al teléfono, y aunque lo hubiese alcanzado no creía que pudiese servirle de algo, ¿a quién llamar?, ¿a quién pedirle ayuda?. Tocó madera y luego trato de incorporarse, sin rezarle a nadie y sin creer en ángeles guardianes. Era una mujer de pocas palabras, que no sabía cocinar cualquier cosa menos los platos que alimentan, y podía contar de cero a diez pero no sabía el camino inverso. Nunca lograba tener los pies en la tierra y cuando lo hacía los utilizaba para tomar impulso y volver a saltar. Esa tarde pensaba salir, tenía ya la llave en su bolso, pero no lograba enfrentarse a la calle, prefirió entonces alcanzar el teléfono y marcar un largo número al azar. Esperaba oír la voz de la inexistencia del lado contrario, pero en cambio una voz sinuosa le respondió. De inmediato supo que no era un ser animado, es más, supo que era el mismo demonio el que le respondía, buscando traicionarla aprovechando su debilidad, pero ¿qué más podía hacer?. El trato fue simple, tenía las venas cruzadas y quería pensar en ver un nuevo amanecer, entonces el antagonista le pidió a cambio que entregase a la nada un pedazo de su cuerpo, una de sus costillas por ejemplo. Acepto pues no la utilizaba, y entonces ésta desapareció, dejando un agujero vacío en su lugar. Disfrutó de lo dado, pero no estuvo satisfecha, por lo que volvió a llamar, esta vez el negocio se centro en su ombligo, y en su lugar le dio veintidós sonrisas. Ahora se veía a través de ella, pero si se vestía bien nadie lo notaba. Más complicado sería el siguiente trato, en el cuál le pidió sus lágrimas y también sus cejas, nada que un par de lentes oscuras no pudieran reparar, pero ¿qué clase de criatura podía querer algo así?. No más preguntas, sino vivir los feelings que ninguna lluvia le podría arrebatar por seis meses. Y pasado el tiempo de gracia volvió a pedir más y a dar más a cambio, y así continuó hasta que un día descubrió que solo le quedaba el corazón. Y ese día apareció por fin un motivo que lo podía hacer latir, pero para ello necesitaba volver a recuperar su cuerpo. El teléfono sonó tres veces antes de que el despiadado negociador le respondiese: - tu cuerpo vale un precio justo, el motivo que puede hacer latir tu corazón. Y no tuvo alternativa, recuperó su cuerpo completo, a cambio de aquel motivo. Volvió al principio, sin motivos y con un su ser completo que debía arrastrar, pero no era igual, porque además había perdido aquel motivo, que nunca más volvería a recuperar.
Era una combinación excelente, repleta de armonía, de paz, que podía hallar un sinfín de opciones en su aplicación. Pero había una que era la que cambiaría el rumbo de la humanidad, esos números resultaban ser la combinación exacta que abrían la puerta a lo desconocido, que definían el pasaje a un espacio nuevo, diferente, en el cuarto eje, aquel que se puede percibir pero no se puede ver ni tocar ni sentir. La secuencia estaba oculta en las mentes de todos los seres humanos, en un rincón cercana a la corteza cerebral, como esperando algún día poder dar el gran salto y escapar del cuerpo, tener vida propia, lejos de la básica aritmética del miserable razonamiento humano. La clave flotaba en un campo abstracto superior, más allá de combinaciones entorpecidas por fórmulas, teoremas. Carecía de esencia lógica, pero al mismo tiempo rebalsaba de poder sobrenatural, mucho más cerca de la divinidad que de la realidad. Pero el hombre, una vez más y haciendo uso de su instinto, la dejó escapar.
El arqueólogo alemán Von Frausthen fue el que encontró el ataúd. Lo reconoció como un sarcófago de la dinastía Idriss, probablemente de algún noble del sequito del sultán. El resto del grupo se encontraba en las grutas de excavación de la zona cuatro, esperando hallar verdaderos tesoros conservados en el tiempo. El profesor, utilizando su paciencia y su cepillo, limpió con cuidado toda la abertura, para que luego al abrir la tapa ésta no se partiera. Por fin se dispuso, con una barra con punta afilada, a abrir el ataúd. La sorpresa fue encontrar un cuerpo en tan perfecto estado de conservación, fue increíble, parecía recién sepultado. Todo iba hasta que el cuerpo, de pronto, abrió los ojos. De inmediato el profesor retrocedió aterrorizado, entonces el muerto se levantó y comenzó a quitarse el polvo mientras maldecía. El profesor, que sabía perfecto árabe antiguo escuchaba: "¿a quién se le ocurre enterrarme, me puede usted decir?, no comprendo para que uno es inmortal si un idiota lo entierra cuando uno se duerme". El profesor se quedo helado, paralizado de temor y sorpresa. "Si, usted dirá lo que quiera, pero ¿sabe lo aburrido que resulta estar mil años encerrado en una caja?, diga que al menos dormí bien, eso sí, estoy descansado, imagínese..." dijo riendo. Von Frausthen abrió apenas la boca, como para decir algo, pero sus palabras se ahogaron en la nada. "bueno, discúlpeme que no me quede a charlar, no es que usted me caiga mal, al contrario, por fin logró liberarme, es que no quiero salir a ver el mundo, como andan las cosas. ¿En que año estamos?, es que ya perdí la cuenta". Pero el profesor no lograba..., no le salía respuesta. "no se preocupe, que ya lo averiguo. Linda vestimenta, veo que las cosas han cambiado mucho, en fin, lo dejo, continué con su trabajo y cuente lo que quiera, que capaz que alguien le cree que existimos los inmortales, mejor no diga nada y ahórrese las risas..." Diciendo esto el hombre se puso de pie y salió caminando como uno más, el profesor lo le siguió para verlo perderse hacia el pueblo donde se mezcló entre la multitud como uno más. Pues Von Frausthen no supo que decir, y por las dudas no dijo nada, eso si, cambio su especialidad por la del estudio de las rocas, que ahí seguro que ninguna le daría sorpresas.
El hombre miraba el cielo todos los días, y cuando llovía decía que sabía leer en los colores del arco iris. La gente acudía a él durante las tormentas, cuando salía el sol, en busca de consejos que sabía dar en aquel momento, cuando salía el arco iris. Y comenzaba todos sus mensajes de la misma manera: una vez pasada la tormenta, cuando comienza a salir el sol yo les digo.... Y así pasaron los años y el hombre se hizo anciano, y un día le llegó ese día. Todos en el pueblo estaban pendientes de él, y en su lecho el anciano llamó a un joven al que nombraría su sucesor. Aquella tarde le confesó que no tenía ni idea de cómo leer el arco iris, solo que este le inspiraba y le permitía brindar mensajes alegres y de esperanza a la gente que lo necesita. Le dijo al joven que él debía continuar su tarea, la de mantener a la gente del pueblo feliz. Esa noche el viejo murió, y a la siguiente vez que hubo arco iris la gente acudió al joven que debía sucederle a pedirle consejo, pero este les dijo: si lo que necesitan es oír mentiras alegres, escúchenme, si lo que quieren es salir adelante y superar sus problemas, escuchen dentro de sí mismos, a quien realmente se los debe solucionar.
Lo llamaban de esa forma por la creencia de su eternidad, aunque luego el nombre le fue modificado por el de Alfaomega, que siendo la primero y la última de las letras del alfabeto, representan que era el principio y el fin. Vivió en las siete ciudades y conocía cada una como su propio hogar, Primero fue a Efeso, aún estando viejo, porque tenía las maravillas del mundo antiguo y el templo maldito de Diana, lugar donde se encontraba el laberinto infinito de las almas, donde se perdían para siempre. Pero él logro entrar y salir del laberinto, mostrándoles el camino a todas la salmas allí perdidas. Viajo luego a Esmirna, que seducía a los hombres por su fragancia de la molienda de la planta. Vivió las diez persecuciones en las que fue herido y quemado, pero la fragancia dulce de sus calles lo mantuvo sano y vivo. Entonces se mudó a Pérgamo o casado, donde encontró el trono de Satanás, dejó que los de babilonia descubriesen su maldad y nació un hombre que se llamó Pecado, viviendo algunos años a la sombra de un templo abandonado, para padecer una tarde sin enfermedad ni razón conocida. Pero para ese entonces él ya estaba en Tiarita, donde conoció a Lidia, la falsa profetisa, y donde visitó la casa del mejor de los Pablos. La gente vestía de púrpura y le pedían las lluvias a Baal, pero éste no los oía, pues no tenía ni oídos, ni cuerpo, ni existencia mas que una roca con su figura inerte. Pero cuando los purpurados los supieron ya él no estaba, sino que entraba en Sardis, que significaba remanente, y que era la ciudad de los muertos, contaminada de espíritus fantasmales. Por las calles desiertas sus pasos eran los únicos que hacían ruido, los templos estaban desiertos, muertos y repletos de telas de araña, como todos allí. Sin hallar modo de ver vida, se dirigió a Filadelfia, o amor fraternal para la mayoría. En aquel pueblo todas las casas y templos tenían siempre las puertas abiertas, ni siquiera las puertas de las cárceles se cerraban, y al principio era porque no había razones para cerrar una puerta, pero luego descubrieron que no tenía sentido cerrar ninguna puerta sabiendo que Dios la podría abrir las veces que lo quisiera. Pues conforme pero aún con ganas de avanzar, marcho a la iglesia tibia, llamada así por sus aguas termales, cerca de Colosia y de Hierápolis, de nombre Laodicea. Su nombre indicaba que los derechos estaban en la gente. Por fin se cansó de recorrer el mundo y volvio a su trono, rodeado por los veinticuatro ancianos que eran grandes reyes, pero aún le faltaría mucho para gobernar la tierra, aún debía abrir los siete sellos y combatir muchos dragones y bestias, pero eso ya es otra historia.
Llegó una tarde el hombre que vestía con piel de tigre al poblado, y comenzó a rugir con furia. La gente corrió a esconderse en sus casas y el hombre-tigre se hizo dueño de las calles, caminando soberbio por su dominio absoluto. Y así pasaron los días y la gente no se atrevía a salir de sus hogares. Pero un día el sol se puso amarillo y subió mucho la temperatura, entonces el hombre de la piel de tigre comenzó a sentir calor. Como su poder era tan grande, decidió quitarse durante un momento la piel, y así poder soportar mejor la temperatura. Pero la gente que miraba por la ventana vio entonces a un hombre simple y sin poder, y no encontraron razones por las cuáles éste los estaba atemorizando por lo que salieron de sus viviendas y lo atacaron todos juntos, golpeándolo hasta matarlo. En ese instante, un hombre común que pasaba por allí vio la piel y, pareciéndole bonita, se envolvió con ella. Al verlo la gente, sintió nuevamente temor y huyeron a sus casas a esconderse del nuevo hombre con piel de tigre.