Cada archivo debe pasar por su mesa, él los controla y decide si los aprueba o rechaza. Aprueba o rechaza, aprueba o rechaza,... así con cada papel, con cada documento. Un trabajo lineal, el más monótono que se podía conceder, y era lo que buscaba, quería que así fuera, ya que se había peleado con el tiempo y no quería saber nada de él. ¿Qué mejor trabajo entonces?, uno en donde el cambio, medida del tiempo, sea inofensivo. Así se quitó el peso del gigante que se apoya sobre nuestras espaldas y pudo vivir tranquilo, hasta el día que murió.
Un día descubrí que sobre mi hombro derecho, cerca de la oreja existía un pequeño ser, que resultaba ser mi diablo. Hablaba poco, pero sabía ser convincente con sus palabras, si no fuera por las respuestas de otro lado, siempre le hubiera hecho caso. Y es que del hombro izquierdo habitaba otra diminuta figura me hablaba diciendo siempre lo contrario, también con una gran virtud y clara oratoria. Al principio jamás los veía, apenas si los sentía como si fueran voces interiores, susurrando en mis orejas tan cercanos que creía que era yo mismo, o mi mente, que estaba razonando, evaluando sobre acciones que podían desencadenar consecuencias buenas o malas de acuerdo a las decisiones. Poco a poco, al girar rápido la cabeza hacia los lados podía llegar a ver apenas algo, como quién, en la comisura del ojo, en el límite de espectro de visión, se percibía una presencia, pero nada más que eso. Luego, cada vez fui desentrañando más aquellas existencias. Debí obsesionarme como nadie jamás se habría obsesionado en el tema, pasarme horas y horas, tardes, días meses enteros girando hacia los lados cada vez que me hablaban, cada vez que debía decidir. Recién entonces fui creyendo verlos, hasta llegado un punto en que, sabiéndose descubiertos o sabiendo que jamás acabaría mi extraña obsesión, decidieron, un buen día, presentarse y dejarse por fin ver completamente. Una vez que los había descubierto nada cambió, excepto la aceptación de que existían. Me explicaron que siempre, en todo ser humano, existe un representante del bien y uno del mal, que vociferan desde sus hombros, tratando de incidir en sus decisiones y de ésta forma, en el curso de la humanidad. - ¿Y la gente no se entera? se me ocurrió preguntar. - Creen que son voces interiores respondió mi lado izquierdo, al que le creía ya que hablaba siempre del lado del bien. Hasta entonces no me hacía demasiada idea de la importancia de estos pequeños seres, pero entonces comencé a investigar, me concentré en las grandes figuras de la historia, en particular los que se distinguieron por su bondad o por su maldad. Me enteré entonces que se solían repetir, en los casos de los buenos personajes, problemas de audición del oído derecho y, casualmente, los que tenían problemas del lado contrario eran los que pasaron a la historia como figuras siniestras. Desde entonces recorro los colegios, buscando a niños sordos del lado derecho, y los hago desaparecer para salvar al mundo. Pero a medida que me ocupo de ellos voy perdiendo yo también cada vez más la audición y... curiosamente, pierdo la del lado derecho.
Para salvar tu alma no es necesario recibir amor sino que nadie lo dé demasiado mas, entonces el diablo va a ocupar otro lugar, y entonces se cierra el fuego y se abre el grifo del perdón, que sabe más de asuntos turbios que del mismo odio. Y el secreto que no sabes, es el misterio que tratamos de olvidar, y nos sirve para negar milagros, porque esa negación ya está regulada por los demás, y el agua salva tu alma sin que sea necesario creer en milagros pero debes creer en clones y en que el bien es lo que no esta del todo mal o lo que no estamos seguros por defecto o por negociación. Así el amor se reduce a eso que nos queda cuando tenemos las manos vacías y el día es soleado y la tormenta nos dejó dolor y nos dio un juego que no comprendíamos. Y las manchas que están allí se pueden limpiar con algo oscuro, si son de sangre cuesta quitarlas, pero toda mancha se limpia, y en la lavadora moderna el alma queda blanca y limpia, sin lágrimas y borrando lo sucia que la habíamos dejado. Aunque ella sabe los que la ensucian, que no son los que ignoran al diablo, sino los peldaños que éste usa para trepar, desenchufando al corazón y dedicándose a la vida lineal. Entonces nos trata y nos lleva, como quien hace caminar a un ciego por una cornisa en un juego macabro, y es un placer que sentimos y sufrimos un poco cruel. Y para salvar tu alma preparas la receta, con los aromas de una flor, que se cocina lento mientras te acomodas a leer una revista que habla de los demás, para olvidar que el tiempo debe pasar, hasta que el horno da la señal, y miras para ver tu alma lista para partir al mas allá y solo resta servir...
Ellas solían revelar las mejores historias, y los pocos que nos quedábamos en la oficina hasta tarde las disfrutábamos como quién disfruta de un informativo. Mientras tanto pasaban trapos por las mesas, fregaban el piso y lustraban los armarios. - Los guionistas de telenovelas se están perdiendo historias que valen oro comentó mi compañero desde su cubículo frente a mí. - Sí, no entiendo como aún no las han contratado respondí riendo. Por fin, al ver que ya no hablaban lo suficiente y siendo ya tarde, terminamos por irnos. - ¿Crees que les ha gustado la historia? le preguntó una de las señoras a la otra. - Yo creo que sí, al menos el que se sienta aquí no dejaba de escuchar asombrado, vi como simulaba que escribía pero en realidad lo único que hacía era oírnos. - Bueno, entonces pongámoslo por escrito y llevémoslo a la producción.
Nació del fuego y de la noche. Entre las llamas de una hoguera en la cima del monte, y los sacerdotes esta vez no tuvieron nada que ver, ni siquiera intervinieron con sus extraños cánticos ni sus rituales paganos. En el valle de las Amitas reinaba la calma aquella vez, la selva se veía como una alfombra verde arrugada sin fronteras, desplegándose hasta donde llegase la vista No era un ser común, era de otro lado, del mundo oculto, de un lugar mejor. Al ver a su alrededor se puso muy feliz porque vio que estaba muy bien diseñado todo lo que había en la tierra. Al caminar por la selva se maravillo de lo perfecto de la naturaleza y le asombro como todo coincidía de forma tan perfecta. Admiró al creador de tan dichoso mundo, y así siguió durante días y días. Pero una mañana vio una planta de jazmines entre la basta vegetación. Todas sus flores eran blancas, hermosas, y desprendían un magnífico aroma que adornaba el aire. Pero entre la deliciosa blancura de las flores, que contrastaba con el verde profundo de las hojas, había una flor marchita. Sus pétalos, ya viejos y húmedos, no tenían el mismo color que sus compañeras, tenían manchas marrones y estaban arrugados. Entonces se acercó a esa flor, y al ver que desentonaba con el blanco del resto, la arrancó. Desde ese mismo momento, el ser que había nacido del fuego y venido de un mundo mejor, se convirtió en un hombre mas, uno de nosotros, de nombre Mord. Mord vivió en los tiempos de las tribus medias y los imperios que conocían los metales brillantes, pero no sabían de la rueda ni de caballos. Desde entonces nacioó su ambición por irse de aquel mundo, antes perfecto para él, pero en el que ahora era un ser cualquiera. Es que desde el día en que se había convertido en hombre cada vez le parecía todo mas desordenado. Entonces oyó de un mago de la selva que era el rey de los tiempos, y podía llevarlo a cualquier otro tiempo y a otro mundo. Fue a la selva y la recorrió durante días y noches buscando a aquel mago, y terminó por encontrarlo, sentado a orillas de un pequeño lecho silencioso. - Llévame a otro lugar, en otro tiempo, donde pueda volver a sentir la perfección le suplicó. El mago le concedió el deseo y así fue que llegó al mundo, naciendo del fuego y la noche, y los sacerdotes no tuvieron nada que ver...
Pasa las horas bajo tierra, en las cuevas del metro, buscando una puerta que fuese la que recordaba, muchos años atrás, cuando entró. El hechizo decía que debía salir por la misma boca que entró, pero los caminos eran infinitos, los cruces, las líneas, los recorridos, todo iba cambiando, creciendo cada vez más. Así fue como vivía durante el día, creyendo ir hacia su trabajo, luego hacia su hogar, y a todos los lugares donde debía viajar.
La naturaleza le pidió por favor que vuelva a rodar, que no podía encapricharse así. - Las partes están diseñadas para que funcionen como un gran engranaje y todas son imprescindibles, por más insignificantes que parezcan le explicaban desde arriba. Pero no había caso, se había empacado y no quería responder a las leyes, no obedecía a ninguna orden, no quería saber nada. - Déjate llevar por lo que sientas le dijo entonces un voz de abajo. Era la voz de lo más básico, lo más simple, era el polvo que le hablaba. - Yo soy el eslabón más pobre, en mí terminan todas las cosas, de mí no sale nada confesó, - sin embargo soy feliz, pues mi existencia tiene la esencia del fin, y, bien o mal, representa un lugar en el universo, en la creación. La piedra, al oír esto, volvió a rodar.
Lo encontraron muerto, ¿la causa?, se cree que fue un suicidio inducido, aunque aún se esta investigando. - Hoy no quiero escribir, no tengo ganas, sin embargo, no se porque razón, estoy escribiendo algo nuevo, pero creo que dejaré esta web pronto, tengo mucho trabajo y quiero dedicar más tiempo a mi familia, por tanto estos son los últimos mensajes, y lo siento por todos los que leen frecuentemente mis posts. - Hoy pensaba no tocar el ordenador, sin embargo me fue imposible, es como si una fuerza le arrastrase hasta la máquina para escribir, no se de donde pueda surgir ese extraño poder. - Esta mañana me desperté y estaba sentado en el ordenador, no podía creerlo, nunca había sido sonámbulo, sin embargo ésta vez no solo he caminado hasta el ordenador sino que - Escribo pidiendo ayuda, para que alguien me rescate, que alguien por favor quite este weblog de la web que alguien lo dé de baja, lo suplico. Me tiene bajo su poder, todos los días me obliga a escribir, es un monstruo oculto tras la pantalla, veo su rostro desfigurado entre los pixels, me aterra, me amenaza y me obliga a continuar. - No soporto más esta presión, no puedo resistirla...
Dios, ¿porque me has abandonado?..., Dios, ¿porque seré tan egoísta de pedirte que te quedes siempre conmigo?..., si tus súplicas no escucho, si tus ruegos no contemplo, si es que no hay consideración que me valga, pues la muerte es el abandono, el egoísmo, la ciencia de lo falso, de lo que me replica lágrimas de súplica, que me pidan mayor ausencia que tus pasos. ¿Porque diré que lloraría?, ¿porque he llegado y no puedo vivir, ni soñar ni respirar?, ¿porque sufrir tanto tu abandono, tu muerte, si tu huida es tu salvación?, si no hay ser viviente capaz de merecer el paraíso más que tu alma, si no hay alma capaz de sentir tanto el bien como la de aquel que te da vida, si es que hoy los Santos festejan tu bienvenida, y nosotros, penosos y efímeros mortales, lloramos tu paso hacia el lado opuesto, para escapar de nuestro ámbito de existencia. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, ¿porque nos has dejado solo?, por la perfección de tus palabras, por la esencia de tus pensamientos, tan perfectos, tan acordes con la vida que debería contemplar el mundo con la vida misma, con la secuela de la incomprensión de los que no tienen el poder de la justicia y la dignidad, de la existencia de la misma razón, tan perfecta para lo que desciende de lo sagrado, del amor a los hombres, de cómo un hombre puede convertirse en representante de un Dios en tierra, en vida, en el lenguaje del cuerpo, en lo que ha contraído, en los valores que extienden la poesía que ha sabido traducir en hechos, por eso todo es para la memoria de quien nos ha servido de guía y quien nos (Dios escuche), sirva para ser y hacer el futuro que éste augure para su creación...
Albert Taulet no reaccionó hasta ver que La Sombra, dueña de la energía vital de su compañero, cobraba por fin forma física, similar a la de un ser humano aunque completamente oscura y transparente. Entonces se dio cuenta que si quería sobrevivir no le quedaba otra opción que volver a huir y, una vez más, corrió por el sendero hacia el lago. Esta vez La Sombra, provista de un cuerpo de tres dimensiones, lo persiguió. Llegó al lago y corrió por la playa costeando la pequeña bahía. La Sombra se acercaba a sus espaldas como si flotara en el aire. Albert pasó las mesas vacías de la celebración y continuó su huida, pero al girar descubrió que La Sombra ya no lo perseguía sino que había cambiado de rumbo y se dirigía a las hogueras encendidas cuesta arriba, en las calles de Banyoles. Albert temió por la vida de los de la villa y decidió que debía atraer hacia él a aquel monstruo, por lo que tomó una antorcha clavada en la zona arenosa de la playa y comenzó a gritar y a agitarla esperando atraer la atención de la figura negra. Al principio pareció no prestarle atención pero finalmente lo consiguió, la figura volvía a encaminarse hacia él. Entonces Albert Taulet continuó su huída con la antorcha en la mano atrayendo a su perseguidor. Llegó hasta un muelle donde se encontraban amarradas las barcas de los pescadores. Corrió hasta una caseta pequeña que se encontraba al inicio del muelle, donde los pescadores reparaban sus barcas y las guardaban los días de nevadas para que no se hundieran, pero esta vez no había barcas sino que estaba repleta de muñecos y monigotes de papel y madera fabricados para el desfile planificado por la calle mayor, una de las tantas tradiciones que se sumaba a los festejos del día de la virgen. La construcción era de madera y alta, había un altillo y otros muchos lugares donde esconderse. Albert observó el lugar decidiendo qué hacer, no tenía mucho tiempo, su perseguidor estaba casi sobre él. Entonces visualizó unas cajas abiertas de las cuales sobresalían coloridos tubos con cañas y pequeñas mechas: eran los fuegos artificiales. La Sombra apareció a sus espaldas y avanzó hacia él, entonces Albert corrió a las cajas y lanzó la antorcha al centro de éstas. Pasó tan solo un segundo hasta que se oyó una primera detonación. La Sombra se detuvo mientras que Albert se arrojaba detrás del cuerpo de un muñeco, cubriéndose de lo que vendría a continuación. Cientos de bengalas se encendieron de pronto, todas juntas, proyectando una luz intensamente blanca e intermitente, al tiempo que interminables cohetes salían disparados para todas las direcciones, atravesando algunos con sus luces el cuerpo deforme de la sombra. Surgieron también explosivos que ensordecían el ambiente y proyectaban una serie de intermitentes flashes cegadores. Albert Taulet se asomó cubriéndose el rostro para apenas poder distinguir, entre el impresionante destello de luces, al horrible espectro que padecía desconcertado. La potente luminosidad contrajo sus contornos hasta derretirlos como manteca al fuego y hacerlos desaparecer.
Al amanecer siguiente Albert recorría las ruinas del incendio que había acabado con la caseta. No tardó en hallar lo que buscaba, recogió el amuleto de entre las cenizas, se encontraba algo descolorido pero no se había quemado. Caminó hasta el bosque, cerca de la caverna y, luego de cavar un pozo, lo arrojó en el interior y lo enterró.
Pasó un lapso de tiempo incalculable para ellos, parecieron horas, el silencio de la noche sólo era estropeado por la música lejana de trovadores que provenía del pueblo, los cuáles entretenían y amainaban la tensión de la espera. Temían que las hogueras del pueblo atrajeran la atención de la sombra más y ésta fuese hacia allí en lugar de ir hacia la hoguera que habían hecho ellos, pero si el amuleto se encontraba por las cercanías la sombra estaría allí también y buscaría corporizarse en aquel bosque primero. Cuando la luna ya se encontraba en el centro del cielo y las llamas del círculo encendido en torno a la lanza se mantenían estables frente a las brisas cambiantes que anunciaban la tormenta, en ese momento supieron que no estaban solos, apenas se vio algo diferente que se movía entorno de los reflejos que proyectaba el fuego, luego sólo pasó un rato donde no sucedió nada nuevo hasta que por fin, de la nada, en la parte interior del círculo ardiente comenzó a nacer una figura. Ésta fue elevándose junto a los reflejos de las llamas, como una serpiente que se eleva seducida por el encantador. Los dos hombres siguieron la transformación del contorno negro en el espacio en silencio, sólo cuando ésta había adquirido una forma consistente Emilio tomó el libro y se puso de pie, quedando al descubierto de la tenue pero radiante luz del fuego, entonces enunció al cielo unas palabras. La figura de inmediato percibió la presencia humana y giró hacia ellos como si se hubiese sorprendido de verlos y de verse amenazada. Albert también salió de su escondite y se posó detrás de las malezas de frente al fuego. El cielo pareció oír las palabras de Emilio y comenzó a soplar un viento fuerte, acompañado luego por truenos y rayos que surgieron de entre las nubes y buscaron la superficie de la tierra para acabar sus caminos de luz. Pasaron algunos segundos pero ningún rayo de los que salían de las nubes sobre sus cabezas cayó en la lanza. La sombra comenzó a trasladarse hacia ellos, Emilio permanecía de pie y continuaba repitiendo la misma frase una y otra vez, esperando que algún rayo cayera sobre aquel paraje de bosque, pero ningún destello blanco se hacía presente. - ¡No funciona! gritó Albert al ver que La Sombra se acercaba a Emilio. - ¡Debo seguir intentándolo! respondió y luego continuó pronunciando más y más la misma frase, acrecentando el poder de la tormenta. A lo lejos se veía cómo los pobladores de Banyoles, reunidos en las costas del lago, huían a buscar refugio de lo que parecía una tormenta inminente, dejando sólo mesas y sillas vacías donde minutos antes celebraban con cantos y bailes la fiesta. - ¡Vamos! gritó Albert al ver que La Sombra estiraba sus garras oscuras por el espacio, avanzando hacia su presa, que seguía firme con el libro en la mano convocando el poder del rayo y sin prestarle atención a lo que el sacerdote decía. - ¡Está sobre ti, sal de ahí! pidió desesperado a gritos, pero Emilio no le hizo caso, - ¡Déjame! respondió antes de decir por última vez la misma frase que repetía y repetía. Ningún rayo cayó y La Sombra por fin lo alcanzó, entumeciendo sus músculos. Antes de perder su esencia llegó a gritar: - ¡escapa, vete! al sacerdote, que se encontraba un par de metros detrás de él. Fueron las últimas palabras de Emilio, luego su cuerpo se contrajo, como una pasa de uva desvaneciéndose sobre la hierba.
A lo lejos se veían hogueras encendidas alrededor del pueblo. Eran los festejos que se preparaban para esa noche, la fiesta de la asunción de la virgen, y en Banyoles se festejaba con fuegos artificiales sobre el lago, comidas regionales, mucho vino y bailes. La gente adornaba sus casas y las calles, los niños se disfrazaban y corrían por las calles jugando. Hasta los más ancianos se entretenían preparando con cintas de colores los carros que recorrían las callejuelas repartiendo pan y dulces. Luego todos se divertían y cantaban mientras se reunían a orillas del lago. Más lejos, del otro lado, se veía el mismo espectáculo del pueblo vecino. Esa noche no había rivalidad ni odio, sólo festejos y fuegos. La tarde comenzaba a morir y Emilio, libro en mano, convocaba a las fuerzas de la naturaleza, según los tratados incas, para atraer al rayo. Hablaba en un lenguaje desconocido, con palabras complejas y profundas que intercalaba con intervalos de calma, siempre siguiendo al pie de la letra las instrucciones. - ¿Esto está permitido por la iglesia? preguntó en un momento Albert. - Nunca se lo plantearon, creo, pero ¿qué otra alternativa tenemos ahora? lo cuestionó. - No es que me oponga, sino que no estoy acostumbrado a este tipo de ritos... Las nubes de pronto fueron cerrándose cada vez más sobre sus cabezas, el gris claro se tornó en un espeso gris oscuro, comenzó a soplar viento que bajaba de las montañas en ráfagas, la tormenta comenzaba a cobrar vida. A lo lejos se oyeron algunos truenos que brotaron del horizonte e hicieron eco a la distancia. Antes de que la noche terminase de imponerse en el cielo la tormenta ya era un hecho concreto y aunque no caía agua del cielo los truenos y relámpagos relucían amenazantes, el hechizo funcionaba..., o tal vez era una tormenta común y corriente, atraída por el clima cambiante de los últimos días y no por un ritual desconocido. Como fuese, lo sabrían. Cuando la oscuridad era dueña del bosque se desearon suerte y luego Emilio encendió una hoguera en forma de círculo alrededor de la lanza, se ocultaron tras los vegetales y aguardaron.
- Nos atacó dijo el sacerdote al volver a reunirse con Emilio, que estaba cenando con el Abad. - Escapé, pero el enfermero no tuvo la misma suerte. Llevaba el amuleto, por eso lo atacó a él. Yo no pude hacer nada más que correr se disculpó Albert al tiempo que se lamentaba. Le dieron agua para beber y descansó un rato antes de volver a relatar lo sucedido, esta vez el relato fue más claro y detallado. - Entonces el amuleto está en poder de La Sombra dedujo Emilio. - No lo sabemos, La Sombra no puede incidir en el mundo, por lo tanto puede que el amuleto se encuentre en el bosque corrigió el Abad. - Cómo sea, debemos recuperarla y acabar con ese demonio propuso Albert luego de terminar la tercera jarra de agua, - ¿has logrado algo con los libros incas?. - Si, todo indica que esa fue la forma como aniquilaron a aquella Sombra, las escrituras dicen claramente cómo se debe llamar la tormenta y atraer al rayo hacia un sitio exacto, la luz incandescente de un rayo fulminará a La Sombra. - Debemos tenderle una trampa señaló Albert. Al día siguiente, pasada la media tarde de un día nublado, Albert y Emilio se encontraban escondidos en el bosque, detrás de unos arbustos en un espacio pequeño pero suficiente para preparar lo que parecía un ritual antiguo. - ¿Qué es eso? le preguntó Albert a Emilio, el cuál esparcía sobre la hierba un manto blanco. - Sobre este manto debemos colocar la sal y las piedras adecuadas explicó, luego cavó una pequeña zanja circular y en el centro colocó una lanza clavada, con punta de un metal brillante. Estaban situados a unos cincuenta metros de donde se encontraba la cueva y un poco más cerca del lago. El lugar era una especie de claro rodeado de maleza, donde volverían a ocultarse más tarde a esperar la aparición de la figura maligna.
- Sí, yo me encargué de tirarlo al lago como el Abad me indicó- respondió el joven. Un cuarto de hora antes le preguntaron al Abad dónde había arrojado el amuleto y les dijo que él no se encargó de ello sino que se lo ordenó hacer a un monje. - Podría llevar a este señor al lugar dijo Emilio refiriéndose a Albert Taulet. - Por supuesto dijo el monje enfermero, al tiempo que dejaba sobre la mesa la canasta con las espinacas que un rato antes había tomado del huerto. Estaban en la despensa, una sala amplia que olía a legumbres y a aceite de olivo. - Yo me quedaré estudiando la invocación del rayo, seguramente la necesitaremos le dijo luego Emilio a Albert al tiempo que lo despedía y le deseaba suerte. Salieron por la bodega y recorrieron el camino lateral que ascendía la pendiente hasta un bosquecillo. Desde donde estaban, el monasterio de San Esteban de Banyoles parecía más que un lugar de culto, una fortaleza, con muros exteriores de gran espesor, torres y profundo foso que rodeaba todo el recinto del lado exterior de los muros. Resaltaban las casas de los priores de Santa Maria de Finestres y de Sant Marçal del Montseny. Más atrás se veían los aposentos de los monjes, ordenados por cargos; primero el camarero, que era el encargado de las finanzas; luego el sacristán mayor, que mantenía el culto y la sacristía; luego el sacristán menor, el limosnero, el capiscol, encargado del coro y el encargado de las campanas. Luego el sendero bajaba a la margen norte del lago hasta la costa. - Por allí dijo el monje señalando una costa pedregosa y cargada de sedimentos. - Va a ser difícil encontrarlo razonó Albert al ver el paisaje rupestre. Se pasaron la tarde entera buscando entre las piedras más cercanas a la orilla. Estaba oscureciendo y ya habían perdido las esperanzas cuando por el monje gritó: - ¡aquí! y de inmediato Albert giró para ver al hombre saltar de alegría con el pequeño objeto en la mano. - Pensé que jamás lo encontraríamos confesó el sacerdote mientras observaba el objeto que el monje sostenía contento. - Debemos enterrarlo pronto, pero aquí no es seguro, el lago puede subir, mejor será en el bosque dijo el sacerdote señalando hacia la pendiente repleta de árboles costeros de mediana altura. Se alejaron de la playa por un sendero angosto, aún brillaba con escaso poder el sol de la tarde, más amarillo y casi sin reflejo. Las ramas se mecían con una suave brisa fresca, proyectando sobre el suelo un juego de sombras con las hojas de las ramas secas y las pocas hojas que sobrevivían al aún frío. El monje caminaba al frente, buscando el sitio idóneo para realizar el entierro y terminar con el problema del amuleto. Albert lo seguía a pocos pasos un poco más lento por la edad que le impedía ser tan ágil en las pendientes. Fue entonces cuando vio algo proyectarse entre el movimiento de sol y sombra. Tardó el tiempo exacto para percatarse de que estaban en peligro, entonces le gritó al monje, pero éste no llegó a reaccionar antes de que una de las sombras que se movían a sus pies se abalanzara sobre él, dejándolo inmóvil al tiempo que se corporizaba la figura demoníaca. Albert sólo pudo huir, dejando a sus espaldas al desdichado monje que ya para ese entonces habría perdido la vida.
Las tribus que habitaban la comarca de Banyoles en la Era del Neolitico, aproximadamente por el 5000 AC, se caracterizaban por su organización agrícola alrededor del lago, por sus artesanías talladas en madera y por la magia negra que practicaban. Los hombres que habitaban aquellas tierras vivían en cabañas de madera, material que dominaban a la perfección. Tallaban vigas de roble y las colocaban en el suelo, fijando senderos que unían las cabañas. Dominaban el fuego y gustaban de utilizarlo. También utilizaban arces y laureles para los objetos pequeños y fresnos olmos y avellanos que rodeaban los poblados formando un bosque por la riviera. Vivían de la pesca y las frutas silvestres que crecían tierra adentro. El área habitada marcaba una pendiente suave que subía hacia el norte, hasta donde caía un río que, al crecer en invierno, mantenía al poblado a veces en una isla y otras con un acceso por un estrecho istmo, lo cuál lo abastecía de una protección natural. Practicaban rituales de magia avanzada para sus tiempos, siempre a la orilla del lago, el cuál en esa época se encontraba dos metros más bajo. Se creía que lograban, a veces por error, invocar al demonio y por supuesto, no sabían controlarlo. En realidad no sabían ni siquiera cómo manejar las llamas a las que adoraban. Se crearon figuras talladas que representaban a cada objeto idolatrado. Los brujos de aquellos días apenas lograban controlar sus hechizos, el universo aún no sentaba sus bases y todavía la naturaleza no tenía sus reglas claras, por lo que los magos de entonces encontraban puertas y huecos aún no cerrados por un mundo natural incompleto. De alguna manera, quizás por error, invocaron al demonio de las sombras. No existen registros pero se sabe que las aldeas completas fueron consumidas por la mancha oscura. Ocurrió durante un rito que practicaban los brujos de la tribu para invocar a sus ancestros. Se pintaban la piel y bailaban y cantaban en torno al fuego con estacas de madera mientras gritaban las invocaciones. En ese entonces simbolizaban a los espíritus con amuletos, y habían tallado uno especialmente para aquella invocación. Era pequeño, de madera y con un círculo grabado, partido al medio con una línea zigzagueante. Entre los llamados al más allá se abrió una brecha en el velo que separa este mundo del mundo de las almas errantes y la sombra se coló por ella. Los magos, ingenuos y desconocedores del poder con el que jugaban, no supieron cómo controlar esta alma perdida, y luego de un intenso juego de hechizos, un grupo de los mejores hechiceros de las tribus de los valles unieron sus poderes y lograron concentrar la sombra en un punto fijo y la condenaron a permanecer encerrada en el amuleto, el cuál enterraron y marcaron con una piedra. Mientras quedase bajo tierra, la sombra no podría ser materia, sólo si alguien desenterraba la pieza de madera podía traer el alma maldita nuevamente a la vida. Aquellos brujos escribieron luego, mediante símbolos en una caverna cercana la advertencia sobre el amuleto: El que toca ese amuleto corporiza la sombra del demonio.
- ¿Cómo saben todo esto? se preguntó asombrado Albert. - La congregación se dedica a reunir y combatir males, y tiene registros de un caso anterior de este demonio, aquella vez ocurrió en el imperio inca y la sombra era de un hombre enterrado vivo por error y luego maldecido por su hermano por llevarse el secreto del tesoro familiar a su tumba. Su sombra revivió en tiempos del Inca Humeko y causó una masacre que acabó con la mitad del imperio antes de que llegasen los españoles a América. El libro que contaba la leyenda fue encontrado por un monje Jesuita en una misión y traído al vaticano donde se ocultó. La sombra se desvaneció sólo al caer un rayo que la fulminó con su luz. Algunos dicen que fue un hecho fortuito y otros que fue la invocación del rayo que realizó la magia de un inca, pero ningún indio profundizó demasiado ya que la amenaza había sido eliminada. Por lo tanto la única manera de detener a la sombra será, si existe, esa invocación del rayo, de lo contrario las consecuencias serán terribles. - ¿Pero cómo pudo ser que esta sombra se haya corporizado? preguntó el sacerdote. - Probablemente se encontraría encerrada en algún objeto enterrado. Los brujos de la antigüedad utilizaban este precario método para acabar con los espíritus malignos, era la única manera que conocían, ya que no tenían nociones de exorcismos. - Por eso es que la carta que nos enviaron decía que si encontrábamos algún objeto debíamos enterrarlo con urgencia observó Albert atando cabos. - Exacto se remitió a confirmar Emilio. - El abad se encargó del amuleto, se deshizo de él pero arrojándolo al lago, no sabía que debía enterrarlo. - Era de madera, por lo tanto debe flotar, podemos encontrarlo si sabemos dónde lo arrojaron, debe estar por esas costas. Convocaron entonces al abad. Emilio le preguntó el aspecto del amuleto y el abad lo describió diciendo que recordaba un símbolo en su cara frontal: - como un círculo cortado por una línea ondulada. Albert recordó entonces el símbolo de la caverna, los habitantes de aquellos tiempos lo conocían.
Emilio se apoyó sobre el respaldo de la silla. Era un hombre que no superaba los cincuenta, de hablar tranquilo y pensar rápido. Tenía ojos saltones, y cejas unidas, como pendiente de captar siempre el ambiente. - Las sombras no son seres vivos, son algo aún no determinado que se encuentra en otro plano, no están compuestas por materia, aunque pueden influenciar en la naturaleza de éste mundo si son convocadas. No alcanzan las dimensiones del espacio que conocemos, existen sólo en dos ejes, es decir en proyecciones. Por eso es que usted en la oscuridad fue inmune a este ser, porque necesita de luz que la proyecte para hacerse presente, se puede mover por la oscuridad pero no puede pertenecer a este mundo, solo puede reflejarse a través de una luz en movimiento constante. Por ello aparece al resplandecer una llama o con el reflejo de los astros. Estos demonios son inmunes al frío y al sueño, no se los puede combatir con armas convencionales y no les afectan los conjuros una vez que se encuentran en este mundo, sólo pueden reducirse con el exceso de luz, entonces se apagan y mueren de forma inversa que una luz cede frente a la oscuridad al apagarse. Los llamé demonios porque provienen del mal, pero por diversos motivos nunca llegaron al infierno y quedaron atrapados en un plano intermedio, entre las cortinas que separan el mundo de los vivos del castigo eterno del infierno, y desde allí intentan volver a hacerse presentes, para ello consumen a sus víctimas, quitándoles su esencia vital hasta alcanzar la suficiente para producir materia y volver a existir. Atacan estirando el frío de sus tramos sombreados, entumeciendo el sentido del tacto y penetrando luego en sus cuerpos, obstruyendo sus articulaciones, luego drenan la energía vital de sus almas, convirtiéndolas en sombras, es decir pasándolas al plano negativo donde acumulan aquella esencia a la espera de reunir la suficiente para poder convertirla en materia.
Albert Taulet se recostó exhausto después de un largo día. A la mañana siguiente lo levantó un monje anunciando la llegada de Emilio Díaz de Vivar, un emisario español que representaba al vaticano en los temas referentes a la Congregación para la doctrina contra los espíritus del mal. Al oír esto el sacerdote se alegró al menos sabré que significa esa extraña sociedad pensó mientras se preparaba para bajar a tomar el desayuno con el emisario recién llegado. Encontró al hombre de pie en el refectorio, admirando los cinco cuerpos del retablo de Santa Maria o de Nostra Senyora de l'Escala. - He oído hablar mucho de esta obra le dijo al ver que sería interrumpido. - ¿Sabe usted de arte? preguntó Albert. - Estudié en Italia, y al tratar el gótico hablamos de Joan Antigó. ¿Sabe que este retablo fue encargado por el Abad Pau por doscientos florines? le comentó buscando su sorpresa. Pero Albert contaba con la virtud de apreciar el arte por lo que se remitió a negar con la cabeza. - Mi nombre es Emilio Díaz de Vivar soy originario de Miranda del Ebro, aunque sirvo desde hace varios años a la santa sede. Estoy aquí por el tema que nos concierne de la sombra. Es la primera vez que Albert Taulet oía nombrar a la extraña figura que había visto con un nombre. Parecía saber muy bien a qué se enfrentaba, lo cuál tranquilizó un poco al sacerdote. Desayunaron y luego se reunieron en la sala capitular y se sentaron en torno a una bella mesa de nogal frente al fuego de una hoguera. - Le interesará saber a qué se enfrenta, me imagino. - De verdad que sí. - Cuénteme primero si la ha visto y qué sabe. - Poco. Fui convocado por la muerte de un monje, pero desde el principio todo era muy extraño. Ayer siguiendo el rastro del lugar donde habían hallado el amuleto que se encontraba en el lugar del crimen encontré una caverna, y al salir me topé con aquella figura. Me escondí en lo oscuro y no me vio. Luego en el camino de regreso unos pescadores quisieron apresarme acusándome ser del otro pueblo y apareció tras ellos y los consumió. No vi demasiado porque huí de inmediato, pero fue como si hubiese contraído sus cuerpos hasta vaciarlos. - Intrigante. - Dígamelo a mí. ¿Y usted qué sabe del asunto?.
Llegó al monasterio agitado y cubierto de sudor. No estaba acostumbrado a correr y menos tanta distancia. Tras recuperar la calma cenó con el Abad y le contó lo sucedido tratando de ser lo más específico posible al referirse a la sombra. - No puedo creerlo sentenció en principio el Abad. - Despreocúpese que yo tampoco pude hacerlo al principio, pero es necesario que me crea antes de que lo vea por usted mismo ya que será probable que si lo hace no tenga demasiado tiempo para darme la razón. - ¿Y por qué Dios permitiría que una criatura tan horrenda se pasee por el mundo? se preguntó como para sí mismo. - Quizás Dios no la creo, o quién sabe, pero está claro que existe trató de contestar Albert. - Hay que destruirlo. Ese ser es la causa de todos los males. Esta tarde he intentado mediar entre los pueblos, pero me resultó muy difícil, todo terminará en una tragedia si no hacemos algo pronto. - Necesitamos un poco más de tiempo pensaba Albert. - Lo tenemos, he hablado con los alcaldes de las villas y logré convencerlos que apacigüen los ánimos al menos hasta la fiesta de la concepción de la virgen, dentro de tres días. No habrá peleas hasta entonces. Las villas están demasiado preocupadas en los preparativos para los festejos como para plantearse el odio entre ellos. La fiesta de la concepción de la virgen era para los pueblos de este tramo de los Pirineos, una celebración única. Se preparaba la calle mayor de las villas con adornos y se bailaba toda la noche. Había un esplendoroso espectáculo de fuegos artificiales sobre las costas del lago que comenzaba a media noche y daba inicio a las celebraciones. - Esperemos que hasta entonces no haya conflictos, mientras tanto trataré de investigar sobre ese demonio y cómo acabar con él.
Fue en la batalla de Pollenzo, los romanos de Stilcone y los godos de Alarico peleaban con dureza en el campo. La batalla era imponente, las flechas recorrían el cielo y caían como gotas de lluvia clavándose en los cuerpos de los soldados. Mientras tanto en un bosque cercano algunas tropas replegadas de romanos buscaban refugio entre los vegetales y se internaban en lo más profundo de los árboles. Allí por ese entonces habitaban los magos del roble, un grupo de ancianos de blanco que adornaban las propiedades divinas de aquellas nobles maderas. Fue uno de los guerreros que se separó del grupo de soldados y por casualidad se cruzó a dos magos y los atacó por sorpresa. Mató a uno de ellos, cuyo nombre nunca se supo, pero el otro logró escapar, su nombre era Marrows. Nadie atacaba a los magos, éstos no pertenecen a las guerras, viven en otro ambiente, desinteresados de los problemas humanos. Por eso la ira de Marrows fue tal que siguió al guerrero, el cuál volvió a su grupo y se alistó para enfrentar a los godos en un monte, del lado opuesto del bosque. La pelea fue corta, lucharon bien y hubo bajas de ambos lados, pero al final los godos debieron retirarse hasta el lado opuesto del río. Los romanos festejaban cuando una flecha perdida, con punta de bronce, recorrió el espacio hasta clavarse en el pecho de aquel que había atacado a los magos. El guerrero cayó en el campo, solo, y entonces del bosque salió Marrows. El mago desde lejos, y creyendo que el hombre ya estaba muerto, lanzó una maldición sobre su alma, para que ésta sufriese en el infierno por sus pecados. Pero el guerrero aún no había muerto cuando fue maldecido, por lo que su alma condenada arrancó un trozo de sombra y logró evadir con ella su destino. El guerrero murió pero en la tierra quedo su sombra, la cuál consiguió vivir en un plano intermedio entre el mundo y el infierno. Un plano donde el tiempo no existe, ni tampoco el espacio, y por eso debía buscar lugares y tiempos donde la naturaleza no esté completa y pueda volver al mundo. Aquel ser maldito buscaba agujeros en los que pueda penetrar a la atmósfera material y volver a ser parte del mundo concebido.