Recién entonces Albert Taulet volvió a respirar tranquilo. Salió de la oscuridad y se alejó deprisa y sin mirar atrás por el sendero. Luego bordeó el lago hasta alcanzar el camino a la villa. Pensó en aquel demoníaco ser que había visto, ¿qué era y de dónde habría salido?. Lo que estaba seguro es que eso era la causa de la muerte del monje y de los pescadores y que debían, de algún modo, detenerlo. Había avanzado por la ladera, ya la noche era dueña del valle y las estrellas se habían desplegado por el cielo. Albert seguía preocupado en sus pensamientos cuando desde unos árboles, a la derecha del camino, surgieron dos hombres corpulentos y de aspecto hostil. Vestían ropas de pescadores y cargaban con garrotes de madera. Uno de ellos encendió una antorcha mientras que cortaban el paso del sacerdote. - Detente le ordenó uno de ellos estirando la mano al frente. - ¿Qué sucede? preguntó sorprendido Albert. No era una zona de vándalos por lo que no temía que fuese un atraco. - Eres de Turers afirmó el hombre que sostenía la antorcha, - ¿qué haces cerca de nuestro pueblo? preguntó. - No soy de Turers, soy un viajero que para en el monasterio explicó intentando no dar demasiada información sobre su tarea. - Si eso fuera cierto, ¿qué haces aquí?, el monasterio queda del otro lado y no es hora de dar paseos por el prado dedujo el otro de los hombres. - Yo... estuve en el bosque comenzó a decir Albert, pero ciertamente no se le ocurrió ninguna excusa creíble sin revelar su verdadero objetivo. No le creerían si decía que salió a pasear, si decía que fue a recoger frutas silvestres le faltaba la fruta. No era hora para andar por esos lugares solo, de verdad estaba en una situación sospechosa y no sabía qué alegar en su defensa. - Eres de Turers volvió a acusarlo el de la antorcha, yo conozco a todos los del monasterio. - Le dije que soy un viajero, estoy sólo de paso en el monasterio se defendió Albert. - Es de Turers le dijo uno de ellos al otro. No debió insistir. - Ustedes han matado a mi hermano le dijo enojado el otro hombre a Albert, - ¡Sé que fueron ustedes!. - Yo no se nada, no soy de Turers. - Sí lo es se apresuró a decir el otro, convenciendo al que cargaba la antorcha, el cuál parecía cada vez más convencido de que Albert era del pueblo del este. Quizás fue él quién los mato lo acusó sin más. - No he matado a nadie se defendió Albert. - Vendrás con nosotros, y nuestro pueblo lo decidirá sentenció por fin el que lo había detenido. - Debemos lincharlo dijo el otro adelantándose al resultado de lo que sería un breve juicio público. - Escuchen, no he hecho nada y no soy del pueblo que dicen, ni siquiera soy de la comarca comenzó a decir por enésima vez el sacerdote, pero de pronto se detuvo espantado. No pudo decir nada más al ver cómo desde la luz que proyectaba la antorcha sobre el césped del sendero y las sombras comenzó a formarse un cuerpo. Albert trató de decir algo, pero los hombres que lo miraron desconcertados creyeron que le asustaba el hecho de que lo llevarían prisionero. - ¡Detrás de ustedes! llegó a decir Albert, pero los hombres ni siquiera miraron atrás, no oyeron ningún sonido y no girarían para darle la oportunidad de huir. Mientras tanto, en la danza que creaba la llama y el césped, la sombra completaba su contorno. - Cuidado gritó por último Albert, al ver que el demoníaco ser se arrojaba sobre los hombres. No llegó a ver qué sucedía, simplemente porque en ese instante Albert dio media vuelta y comenzó a correr sin mirar atrás. Llegó a oír un grito apagado a sus espaldas y sin detenerse rezó por la suerte de aquellos desdichados.
El azul del cielo se había oscurecido y se veían las primeras estrellas asomar sobre el firmamento. Albert avanzó unos metros entre la maleza en busca del sendero y dejando la caverna tras él cuando de pronto se detuvo. Un buen sacerdote, de aquellos que se pasan horas rezando en silencio, aprende a sentir las presencias. Cuando era el párroco de la iglesia de Vallirana, muchos años atrás, podía estar rezando hacia el altar, de espaldas a la nave, que si alguien entraba, no importaba si lo hacía en el mayor de los silencios, él sentía la presencia. Esa misma sensación fue la que atravesó su mente y por la cuál se puso súbitamente en guardia. Decidió ocultarse en la penumbra, detrás de unos abetos bajos y espesos alrededor de sus troncos. Se mantuvo allí, sin mover un músculo e incluso respirando por la boca para no hacer el menor sonido. Pasaron varios minutos, un cuarto de hora tal vez, cuando vio sobre su derecha, en un claro, algo que se movía entre las sombras. Fue apenas un instante, luego no sucedió nada más y pasó un rato hasta que volvió a ver algo, esta vez mucho más cerca, apenas unos metros delante de él. Vio cómo de las sombras que proyectaban las ramas de un pino se engendraba una figura. Las ramas proyectadas se unían hasta formar un cuerpo que luego se arrastraba, absorbiendo las sombras de los objetos cercanos para mantener una relativa consistencia. Albert no intentó escapar y trató de mantener la calma. Mucho tiempo atrás había encomendado su alma al señor y confiaba en que él sabría ayudarlo y, en caso de que fuese su fin sería la voluntad de Dios y estaría preparado para rendir cuentas a su lado. Rezó en silencio mientras la mancha que alcanzaba por momentos un contorno humano se detenía, como si de pronto algo la hubiese alertado. Pareció buscar alguna presencia cercana, giró, quedando de frente al lugar donde se escondía Albert, permaneció así, buscando tal vez algún rastro, movimiento o lo que fuese que le dijera que allí se ocultaba alguien. Fueron unos segundos de tensión en los que el sacerdote luchó por mantener la calma, pero finalmente el maligno ser volvió a girar y prosiguió su camino hacia la caverna, sumergiéndose en su interior.
- Debemos encontrar ese amuleto, por ahora es lo único que podemos hacer, además de rezar propuso Albert Taulet. - Lamento haberlo arrojado al lago dijo el Abad consternado. - No podía saberlo, usted actuó de buena fe. Mientras tanto iré a investigar un poco dijo antes de ponerse de pie y abandonar la sala, dejando al Abad solo y preocupado. Pasadas las cinco llegó a la casa donde lo esperaba la mujer con su hija. Salieron los tres y recorrieron el camino hacia el lago. Una vez en la costa, la niña lo llevó a un bosquecillo muy cerca de la costa oeste, tan solo a unos cien metros donde las mujeres lavan la ropa, y le mostró un hoyo en la hierba. - Encontré a un perro muy bonito, le pregunté qué hacía pero se fue, entonces me acerqué y vi que había cavado este pozo él solo, miré dentro y vi la maderita con el dibujo, tenía un poco de tierra pero la limpié en el lago y quedo muy linda. Se lo mostré a mi mamá y le gustó mucho concluyó señalándola. - Cuando me pongo a lavar la ropa ella se pone a recorrer estos lugares, no creí que llegaba tan lejos, debo prestarle mas atención dijo a modo de crítica aunque sin demasiada convicción. - Es una niña adorable replicó Albert, - le agradezco mucho su ayuda completó. - Es tarde, debo ir a preparar la cena se excusó la mujer. El sol comenzaba a recostarse sobre las laderas más altas del oeste. Albert volvió a agradecerle y luego la mujer y la niña se fueron, la niña giró para saludarlo al alejarse y él le respondió agitando la mano, luego se quedó solo en aquel bosque. Los árboles eran de altura media, los rayos del sol se colaban entre las hojas para estrellarse en líneas cruzadas contra la húmeda tierra. Calculó que el lago debía haber llegado alguna vez hasta allí. Comenzó entonces a buscar por los alrededores, notó la que tierra estaba muy erosionada en aquel tramo de bosque donde se encontraba el agujero. Buscó cerca del hoyo algún rastro de algo, cualquier cosa, cavó alrededor y obtuvo un pequeño tronco tallado, lo que parecía una cuchara de cocina, pero muy antigua. Pensó que en aquellas tierras alguna vez quizá había existido un poblado, pero debía haber sido mucho tiempo atrás, en la prehistoria. De mucho no le serviría pero de todas maneras la guardó, luego caminó un poco más hacia una parte rocosa donde comenzaba a subir la ladera que terminaba en los montes de los valles que rodeaban el lado norte del lago. El bosque se hacía más espeso de matorrales y plantas. La escasa luz que mantenía la tarde apenas llegaba a traspasar las copas de los árboles, que eran más altos en aquella zona. Fue entonces cuando, escondida entre plantas y piedras de gran tamaño encontró una pequeña abertura en la montaña. Primero creyó que era una simple grieta pero la curiosidad lo llevó a acercase y ver que se trataba de la entrada a una caverna. No medía más de un metro de alto por lo mismo de ancho pero era suficiente para entrar a gachas. Albert lo hizo y descubrió entonces que una vez pasada la puerta la caverna se ensanchaba, formando una galería de casi dos metros de alto. Avanzó un poco más manteniendo su mano apoyada contra la pared, como para no perder una referencia y luego decidió que allí no encontraría nada útil. Volvió entonces sobre sus pasos hasta la entrada de la cueva, allí observó con la última claridad del día unas extrañas pinturas sobre las piedras. Eran símbolos primitivos, escritos quizás miles de años atrás, distinguió entre todos uno especial, resaltado en el centro de un círculo. Lo memorizó lo mejor que pudo y luego salió.
Llegó al monasterio para el mediodía y encontró al Abad muy preocupado en el comedor, le contó de inmediato la desaparición de los pescadores y las probables consecuencias si no se encontraba un culpable. La situación entre las aldeas era muy tensa y ya la mediación del monasterio no alcanzaba para contener lo que podía terminar en una batalla que los pescadores estaban conspirando. Terminada la comida vieron por la ventana cómo llegaba un emisario a caballo, tenía el escudo del Vaticano en su capa. Se bajó en el patio y pidió hablar con la autoridad del monasterio. Lo recibió el Abad junto a Albert Taulet en su despacho, entonces el hombre le entrego una carta de la santa sede y se marchó a darle de beber a su corcel. Se notaba que el jinete había cabalgado sin detenerse por un largo tramo, pertenecía a un grupo de mensajeros del Vaticano especialistas en recorrer amplias distancias en corto tiempo para llevar las noticias más urgentes e importantes. - El día que escribí para pedirle ayuda también escribí a la Santa sede. No esperaba que respondiesen tan deprisa explicó el Abad mientras abría la carta, desarmando el sello de cera que cerraba el sobre. - Es corta dijo al tomar la hoja y observarla brevemente, antes de leérsela a su invitado presente en la sala. Lamentamos profundamente lo ocurrido y el pontífice le envía a su monje Juan Vidal Díaz la bendición y espera que sea bien recibido en los cielos. Por lo que describe en su relato deducimos que se trata de un caso delicado que requerirá la presencia de un especialista, el cuál se dirige en este momento hacia allí y espera llegar lo antes posible. Mientras tanto solo recomendamos que mantengan la calma. Si hallasen, en las cercanías del cuerpo, un amuleto, les pedimos por favor que lo entierren de inmediato, pues aquél debe encontrarse bajo tierra.
La carta la firmaba un obispo cuyo cargo adjunto era de Director de la Congregación para la doctrina contra los espíritus del mal.
A la mañana siguiente encontraron la barca vacía flotando cerca de la orilla de Banyoles. Las cañas y todas las pertenencias de los dos hombres se encontraban en sus sitios, como si el lago los hubiese tragado, pero nadie pensó en eso, sino en que alguien los había atacado. Uno de los pescadores declaró que los había visto partir por la tarde del día anterior y que le habían dicho que irían a pescar a la margen opuesta, del lado de las costas de Turers. De inmediato sospecharon que los pescadores del pueblo opuesto serían los culpables de la desaparición de sus compañeros. Ese día Albert Taulet se había levantado temprano y decidió caminar un poco por las cercanías de la iglesia. Buscó sin éxito alguna pista durante largo rato, luego, algo cansado, se sentó en los escalones de la entrada a la iglesia y descansó bajo el agradable sol de un cielo claro mirando los esporádicos campesinos ir y venir por el sendero que pasaba junto a la iglesia. Comenzó a pensar entonces cómo podía haber llegado el amuleto hasta la iglesia, y decidió que era probable que alguien lo habría dejado. Fue así preguntando a los que atravesaban el sendero hasta que tuvo suerte: una mujer pasó volviendo del lago y, ante la pregunta de Albert respondió que días atrás su hija había encontrado un amuleto de madera y lo había dejado en la iglesia al no saber de quién era. Acompañó a la señora hasta la casa donde se encontraba jugando la hija y, luego de que la madre le sirviese un vaso de leche, le presentó a Albert Taulet. La niña lo saludó con un hola despreocupada. - Hola respondió el sacerdote, - ¿recuerdas que hace unos días encontraste un hermoso amuleto de madera?. - Sí, ¿era de usted? replicó la niña luego de tomar un largo sorbo de leche. Albert la miró a los ojos y le dijo, - no, no era mío. ¿Recuerdas dónde lo encontraste?. - Sí se conformó en responder la niña, - ¿quieres que te muestre? agregó luego. Albert miró a la mujer, como denunciando que su hija era una niña muy inteligente, y luego volvió a ella para decirle, - se lo agradecería mucho, pero volveré por la tarde después de almorzar si no les molesta.
- No veo nada, ¿qué era? preguntó suponiendo que lo que fuese ya no estaba. - Algo que se deslizaba por la superficie, no sé, como una mancha describió débilmente y dudando si era cierto que había visto realmente algo. Hubo un breve silencio donde olvidaron el incidente y pensaron si valdría la pena seguir en aquellas aguas tan quietas y sin el menor rastro de peces, entonces a sus espaldas, entre las sombras que proyectaban las mismas aguas con la luna al comenzar a agitarse, apenas motivadas por un breve instante de viento, se fue formando una figura negra. Joan fue el que sintió la presencia de algo detrás de él y se dio la vuelta para ver aquel terrorífico ser que avanzaba sobre el agua. Abrió los ojos grandes pero su garganta no llego a pronunciar ni una palabra, tan solo permaneció inmóvil, paralizado por el temor que proyectaba lo que veían sus ojos. Oriol observó de reojo a su amigo y luego se giró también, al ver lo que veía su compañero aspiró profundo y llegó a intentar unas palabras ¿Qué es...? fue lo único que llegó a decir. Su mano comenzó a temblar al tiempo que la figura se acercaba a la barca, como flotando sobre la superficie. Era una especie de manto negro que lograba un contorno similar al de un cuerpo humano pero deforme y cuyos pies se hundían en la oscura proyección de las sombras. Llegó hasta la barca donde Joan trató de detenerlo intentando golpearlo con la caña, pero el objeto de madera pasó a través del ser como si no hubiese mas que una sombra, entonces la figura estiró sus brazos, alcanzando con la punta de sus largos y oscuros dedos los cuerpos de los pescadores.
Ambos hombres eran nativos de Banyoles y toda su vida la habían pasado en este poblado, siendo conocidos y respetados por los demás aldeanos. La familia de Joan tenía originalmente casa en Turers pero cuando comenzaron a distanciarse decidieron venderla y quedarse en el pueblo del oeste. Los pescadores eran, junto a los que utilizaban el agua, los que más se enfrentaban con el pueblo de enfrente, incluso en el caso de la pesca era aún mayor el conflicto ya que se cruzaban mutuamente en el centro del lago. Pero aquella noche eran los únicos que se encontraban en aquel rincón de aguas calmas, en la entrante norte que cerraba el valle desde donde las aguas de deshielo alimentaban al espejo de agua. - Hoy no vamos a sacar nada dijo en voz baja pero preocupado Joan. Era un hombre de mediana estatura, cuello amplio y ojos separados. Hablaba pausado como quien no piensa demasiado deprisa y hacía todo con calma, era paciente y por eso cumplía con la personalidad ideal para ser un buen pescador. - A esta hora los peces duermen bromeó su compañero Oriol, un poco mas delgado y de pelo marrón como la madera. - El agua está en demasiada calmada, deben andar por el fondo observó refiriéndose a las presas que esperaban capturar. - Con la luna que hay hoy es raro que no estén por arriba, ¿quién los comprende? se lamentó Oriol al tiempo que movía un poco la línea para acomodarla. Era raro, y lo notaron, que no se moviera en absoluto el agua, era como si el viento hubiese muerto, el lago parecía un estanque y el reflejo que marcaba la línea de la superficie se había convertido en lo que parecía una capa pulida de mármol sobre la que se empotraba la barca en la que se encontraban. - ¿Qué es eso? comentó entonces Oriol, que tenía la vista perdida en la costa. - ¿Qué? preguntó su compañero dirigiendo su mirada hacia donde Oriol observaba. - Me pareció ver que algo se movía por la superficie, por allí dijo señalando un tramo de aguas inmóviles donde sólo se veía el reflejo de la luna.
Joan y Oriol eran de los tantos pescadores que conocían a la perfección los lugares donde sacar las presas más grandes. Esa noche estaban pescando bajo el bello manto blanco de la luna que cubría la superficie del lago mientras observaban con recelo las luces de la villa del lado opuesto. El lago de Banyoles se alimentaba de aguas surgentes y se encontraba a ciento setenta y cinco metros sobre el nivel del mar. La posición de aquellas extensiones representaba el control de la industria de pesca y los regadíos de la comarca. Desde el siglo XIV el Abad había prohibido pescar sin su permiso y cobraba censos para quién utilizara el agua en molinos y riego, aunque, en realidad este monasterio hacía, mas que de dueño, de mediador entre las dos villas cercanas, las cuáles defendían a regañadientes ser las propietarias de las cristalinas aguas. Por un lado estaba la villa de Banyoles, del lado oeste del lago, y del lado opuesto se encontraba la villa de Turers. Eran pequeños poblados donde todos se conocían. Cuando el monasterio no era suficiente para controlar el enfrentamiento existente, producto de la competencia por las aguas, debían buscar ayuda externa. En una ocasión habían pedido arbitrio del rey, el cual debido a que su único objetivo era obtener mas ingresos, ofreció entregarlas al mejor postor. Este gesto acrecentó la rivalidad en lugar de reducirla. La lucha llegaba al punto de crear odios entre las villas, las cuales comenzaron a distanciarse. El monasterio trató de controlar las disputas y estableció leyes para no construir más molinos de harina y se esforzaba por que el agua fuera bien distribuida, pero el enfrentamiento de las dos aldeas parecía cada vez más difícil de evitar. Finalmente con los monjes mediando se convocó una reunión en la que se apaciguaron los ánimos, pero la tensión se mantendría y el alejamiento de ambas partes era palpable. Nadie de un lado del lago se atrevía a visitar el otro y los caminos para acceder no se unían hasta casi la entrada de Girona. No había comunicación ni comercio entre ambos poblados y cada uno de ellos comenzó a tener sus propios negocios, existiendo así una herrería y una carpintería en cada pueblo y aumentando de esta forma la competencia entre ellos.
Todo esto fue lo que le relató el Abad a Albert Taulet esa tarde, mientras tomaban un vaso de vino en su despacho, luego de que por la mañana Albert se había dedicado a descansar en la habitación de huéspedes que le ofrecieron después del largo viaje desde Barcelona. El Abad no lo conocía personalmente, pero había oído hablar de Albert Taulet antes de recibirlo. Sabía que había resuelto y detenido al famoso Señor de los Temores, que había intentado expulsar de las tierras de los viñedos a los sacerdotes de la orden Franciscana de Girona. Surgió el momento para que le preguntase sobre aquel incidente, y Albert se limitó a relatar que estaba claro que a alguien le interesaba asustar a esa gente y que sólo debió descubrir el por qué, y que cuando lo supo de inmediato logró deducir el quién. Luego volvió al tema que les incumbía y preguntó: - ¿Qué hizo con el amuleto?. - Lo arrojé al lago, estas cosas suceden por guardar cosas que no son de Dios dijo molesto. Albert asintió con la cabeza pero luego agregó otra pregunta: - ¿está seguro que era de madera?. - Sí replicó. - En tal caso flotará se dijo a sí mismo pero en voz alta. - Probablemente replicó como si fuese hacia él aquel comentario. - Entonces puede que lo encontremos en la costa dedujo frente a la molesta mirada del Abad, que si lo había arrojado al lago era para no verlo más. Este gesto obligó a Albert a explicarse. puede que ese amuleto sea la clave de la muerte, es necesario investigarlo, ¿no le parece? dijo como animándolo a que estuviese de acuerdo. El Abad tan solo asintió con la cabeza. A continuación, y luego de agradecer el excelente vino que había bebido, recorrieron el claustro, rodeando el jardín hasta la iglesia. Al ingresar se detuvo a admirar los contrafuertes y el campanario, diseñado en tres escalones y con dos campanas bien mantenidas. El lugar estaba en calma y silencio, cosa que pocas veces sucedía en La Santa María del Mar, su parroquia en Barcelona. Nadie había vuelto a hablar del tema, nadie se había detenido a pensar qué pudo ser lo que había sucedido con aquel pobre monje, pero eso no era sospechoso en un monasterio, donde la oración y la compostura se encontraba varios peldaños sobre la misma vida humana. - ¿Qué sabe de la víctima? preguntó al llegar al lugar preciso de los hechos. - Era un buen hombre, excelente monje, correcto y prolijo. Destacaba por su afición a la lectura, aunque también era un gran escriba. - ¿Qué cosas escribió o transcribió últimamente?, Quisiera verlas solicitó. - Lo averiguaré respondió el Abad. - ¿Puede que alguien tuviera intenciones de matarlo? dijo sin rodeos. - Por Dios respondió sorprendido y mirando el crucifijo que colgaba de su cuello, - nadie en este lugar, que yo sepa, haría algo así completó indignado. - Perdone la ofensa, pero es una pregunta necesaria se disculpó Albert Taulet al percibir la reacción. Necesitaba toda la colaboración posible y no tenía ningún sentido ponerse al Abad en contra suyo, las disculpas fueron bien aceptadas y no volvió a hacer, al menos al Abad, esta pregunta.
El carro recorría el último tramo de sendero, rodeado de campos de árboles frutales y olivos, hasta subir la pendiente que mostró en el fondo la torre de la iglesia de Santa Maria dels Turers. Albert Taulet, se asomó por la ventana para observar el distintivo arte gótico catalán. Además de ser un excelente párroco y buen músico, aquel hombre que superaba los sesenta era un gran admirador del arte en general y del gótico en particular. Experto en resolver enigmas, profesor de historia de la diócesis y notable escritor de ciencias teológicas, el obispo, al recibir la carta del Abad, no había dudado en enviar aquel, su mejor hombre para resolver el extraño suceso. El carro se detuvo y Albert Taulet bajó, cargando su equipaje y agradeciendo al cochero por el viaje. Observó un instante el monasterio, el gris de un cielo que anunciaba tormentas engrandecía el blanco de las paredes. Las puertas se abrieron lo suficiente para que un monje saliera a su encuentro y se presentara. Se saludaron y a continuación le informe que el Abad lo aguardaba en su despacho. Tan solo una semana atrás el abad había acudido temprano a la iglesia ante los gritos de socorro de uno de los monjes. Recordaría para siempre la escena: el monje de rodillas tendido frente a una especie de piel sin nada en su interior, como un traje. Las ropas que llevaba puestas aún se encontraban allí, colgadas de esa especie de piel vacía. A pesar de ser un hombre propenso a tratar con la muerte, le costó mantener la compostura que un señor de su talla debía siempre mantener. Esa mañana escribía la carta para el obispado de Barcelona relatando con lujo de detalles el suceso. Luego de enviarla con un emisario especial volvió a la escena del crimen a verificar indicios de lo ocurrido. Los monjes ya habían levantado lo que quedaba de su colega y lo llevaban al cementerio, al fondo del monasterio. No había demasiadas razones para velarlo en la capilla pues estaba de sobra claro que no se trataba de un ataque epiléptico, sin embargo, por tradición, lo dejaron allí el tiempo correspondiente antes de enterrar sus restos. Al recorrer la iglesia, buscando alguna respuesta, el Abad había encontrado el amuleto. Estaba tirado detrás del pie de un banco de madera. Lo observó atentamente, luego preguntó a un monje si sabía qué era y si alguna vez había visto a Juan Vidal Díaz con él. El monje negó con la cabeza.
En esos momentos pasaban junto a la puerta principal de la iglesia de Santa María dels Turers y la madre al verla le sugirió: - ¿por qué no la dejas en la iglesia?, quizá es el amuleto de algún monje y lo estará buscando. En realidad lo dudaba, aunque era una posibilidad, ya que ella no sabía ni leer ni escribir y menos aún de cultura e historia. Pensó que tal vez podría tratarse de algún nuevo símbolo que significase algo que ella desconocía, y si así fuera, los que mejor lo conocerían serían sin lugar a dudas los monjes. Sintió que su intención era buena, por lo que se puso contenta al ver el ejemplo que daba a su niña, la cual corría hacia las puertas de la iglesia contenta como siempre. Nuria se detuvo antes de ingresar y lo hizo lentamente, abrió bien sus ojos para admirar el interior de aquel edificio en el que nunca antes había entrado. Se sorprendió con las grandes arcadas de piedras que sostenían el campanario y la estructura de la nave central. Caminó despacio y mirándolo todo por el centro de las filas de asientos de madera. Notó que allí hacía más frío y estaba más oscuro ya que las ventanas eran pocas y estaban muy algo con vidrios de bellos y coloridos dibujos. Cuando estuvo cerca del altar se atrevió a decir hola. Pero nadie devolvió su tímido saludo. Se dio cuenta entonces que había entrado muy impulsiva, y ahora que estaba de pie en aquel tenebroso y solitario lugar se arrepentía. ¿Hay alguien? preguntó, pero sólo oyó su voz rebotar en los techos y volver distorsionada hacia ella. Nuevamente nadie respondió y comenzó a sentir miedo, no sabía bien de qué, simplemente del lugar, de la soledad y de las lúgubres figuras de santos que adornaban las capillas. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y percibió de pronto una presencia aunque no llegó a ver a nadie. Oyó un ruido lejano, como una puerta de madera que se cerraba, y una paloma levantó vuelo, aleteando entre las columnas y asustando a la niña que sin pensar demasiado dejó caer el amuleto al suelo y corrió en silencio lo más rápido que pudo hacia fuera. Salió por fin a la luz del día y vio como su madre sin esperarla continuaba por el camino. Fue a paso ligero hasta ella y la tomó del brazo como buscando protección en este. Su madre no le preguntó nada y ella tampoco le contó nada. Juntas se alejaron de la iglesia, pero antes de perderla de vista Nuria le dio una última mirada, como rememorando el instante de miedo que había pasado luego ambas olvidaron por completo el asunto del amuleto.
Nuria Torres de Soler era una niña muy inquieta, así la definía su propia madre, una bella lavandera de Banyoles. La familia vivía en una casa de campo a las afueras del pueblo y durante el día la niña parecía estar en todas partes. Esa mañana acompañaba como siempre a su madre a las orillas del lago a lavar las prendas de las familias nobles, pero como no podía estarse sentada mucho tiempo al rato se fue a jugar por la playa de piedras, alejándose por la costa hacia los bosques. Caminó un rato recogiendo flores pero luego se cansó y se acercó a la laguna. Comenzó a jugar tirando piedras a la capa cristalina de agua y observando a estas hundirse. Tardó un largo rato en cansarse y cuando esto sucedió se arrodillo y comenzó a hacer una pila de piedras. Para ello tomaba todas las que encontraba a su alrededor y las concentraba en un punto. Cuando estaba revolviendo entre las piedras fue que encontró un objeto de madera con forma de medalla. Le llamó la atención primero porque a diferencia de las piedras este objeto era liviano. Lo observó para darse cuenta de que no era parte de la naturaleza sino creada por el hombre. Admiró un rato el extraño dibujo que tenía tallado en su superficie y le pareció, entonces decidió guardárselo y continuó jugando. Más tarde su madre, preocupada, la reñiría por haberse alejado tanto y juntas volverían al pueblo. La madre cargaba la canasta con ropa mientras ella la seguía y jugaba con el amuleto. Entrando al pueblo fue cuando su madre se percató de lo que Nuria traía consigo. - ¿De dónde has sacado eso? le preguntó mirándolo de reojo. - Me lo he encontrado por ahí dijo su hija restándole importancia. - Déjame verlo le pidió deteniéndose. Nuria se lo dio y la mujer dejó la canasta para tomarlo. Que extraño dibujo le dijo la madre acariciándolo. Percibió de inmediato que se trataba de algo sin valor ya que era de madera tallada y aunque parecía antiguo no creyó que le pagarían algo por él, por lo que se lo devolvió a la hija. Luego tomó la canasta y continuaron caminando por el sendero que entraba al pueblo. - ¿Puedo quedármelo? le preguntó Nuria. - No creo que sea buena idea le respondió la madre, que era muy supersticiosa y no apreciaba mas que la cruz de Cristo. - ¿Para qué tener algo sin valor y desconocido? - se había preguntado - mejor no tenerlo concluyó. - ¿Qué hago entonces?, ¿Lo tiro? le preguntó su hija haciendo un gesto de propósito con sus labios.
Miró hacia su lado izquierdo pero no había nada, solo penumbra y oscuridad. Entonces todas las sombras temblaron, miró el altar donde la pequeña llama en las velas del candelabro se agitaban, como si una suave brisa las hubiese movido. Juan comenzó a sentir miedo, sentía que no estaba solo y no parecía un ave su compañía. Se aproximó hacia la escalinata de tres peldaños que bajaba del altar y en el suelo vio reflejado el contorno de la luz de la luna que entraba por una de las ventanas del segundo nivel. Pero al fijar la vista pudo notar que aquel contorno se movía lentamente. La llama de las velas era discontinua por y movía las sombras a medida que se consumía, pero la luna estaba inmóvil, sin embargo habría jurado que la sombra que proyectaba la luna también se había desplazado levemente. En el medio del reflejo de la ventana dibujado sobre el suelo pudo distinguir un objeto. Era pequeño y redondeado, se aproximó con cautela hasta tener el objeto a sus pies, dentro del contorno de la ventana. Se agachó y recogió lo que parecía ser una especie de amuleto. Era como una medalla ancha de madera y tenía tallado profundo en el centro un símbolo que por la poca luz no llegaba a distinguir. Lo acarició, notando la suavidad de su textura y lo elevó luego para verlo con el reflejo de la luz. Entonces fue cuando vio que la arcada gótica de la ventana que se reflejaba a su alrededor comenzaba a cerrarse. Miró el suelo a su alrededor y comenzó a sentir que estaba parado sobre algo. La oscura penumbra de sombras se concentró frente a él, cobrando poco a poco una forma corpórea tridimensional, como un cuerpo deforme que crecía delante de sus ojos. Los músculos de Juan Vidal Díaz se petrificaron como témpanos de hielo al ver la siniestra figura cobrar vida, abrió su boca sin siquiera desearlo y parecía intentar decir algo o gritar, pero la voz jamás salió de su garganta. De pronto las cuatro velas se apagaron y todo oscureció.
Temió que algún cuervo se hubiese colado por el campanario, ya había ocurrido y a la mañana siguiente había tenido que limpiar sus excrementos. No eran muy comunes ese tipo de pájaros salvo en épocas de cosecha y exactamente esa semana comenzaba dicha época. Tomó el candelabro y con cuidado para no apagar las velas, abrió la puerta y atravesó el pasillo que lo condujo a una de las entradas laterales de la iglesia de Santa María dels Turers. Observó al ingresar la estructura de la iglesia. El interior del recinto se encontraba, al menos en apariencia, desierto y bajo la más completa calma. Avanzó por la nave escuchando el sonido de sus propios pasos, perdiéndose en la altura. El candelabro que llevaba era de plata y su brillo relucía con el reflejo de las cuatro velas a medio consumir que cargaba y se esforzaba por ir quebrando la oscuridad. Las sombras temblaban con el movimiento de las velas al avanzar, creando una atmósfera de figuras danzantes con formas cambiantes y lúgubres. Se acercó hasta el altar desde donde observó la nave, todo parecía en calma, no había nadie, o eso es lo que creía. Su mirada se detuvo en el antiguo coro, la madera desgastada le recordó su época de monaguillo, cuando se sentaba en uno de aquellos bancos para entonar dulces cantos religiosos. Entonces sintió como si el aire a sus espaldas se moviese, se giró instintivamente pero encontró solo la grata imagen del Cristo de Banyoles. No pudo evitar contemplar brevemente la magnifica talla enyesada de nogal. Juan sabía de arte y encontraba en el contorno de la figura la transición del románico al gótico, en uno de esos contornos que observaba fue que percibió, en el fondo, una sombra que se movía. Colocando el candelabro al frente esforzó su mirada para descifrar si aquel contorno había sido producto del juego que emitían las velas con los objetos o si era algo ajeno que se había desplazado por su cuenta. Apoyó el candelabro sobre el altar y dio algunos pasos hacia el cristo pero no vio mas que las paredes de piedra del ábside. Sintió por segunda vez, sobre el contorno de su margen de visión del ojo izquierdo, algo que se movía.
Comenzaba el otoño y con este los días fríos y grises que le daban al monasterio un ambiente de soledad. Soplaba un viento que ayudaba a los árboles a deshacerse de sus hojas pero dentro de los espesos muros de piedra de la iglesia ni siquiera se percibía. Juan Vidal Díaz era nativo de Girona, pero hacía cinco años que se había ido a vivir a Banyoles. Se había decidido por la dura vida eclesiástica a los diecinueve años pero debieron pasar tres años hasta que fue aceptado en el monasterio de Sant Esteve. En el verano de 1791 le llegó la carta en la que decía que se incorporaría a la vida del monasterio en concepto de portero. Desde entonces, por las noches, mientras el resto de los monjes se retiraban al monasterio, él era el encargado de quedarse en la Iglesia, cerrar las puertas y dejar todo en orden. Luego se sentaba en su escritorio frente al candelabro y comenzaba a escribir. Había copiado, con una editorial de caracteres movibles que tenía el monasterio, varios ejemplares de La ciudad de Dios para los párrocos de las iglesias de la comarca del Pla de l'Estany. Ahora estaba plenamente dedicado a estudiar a Santo Tomás de Aquino, pero esa noche tenía intenciones de leer pasajes bíblicos. Comenzó con el Libro de los Hechos e iba por el capítulo quince cuando oyó un ruido proveniente de la nave de la iglesia. Era tarde, probablemente pasada la medianoche, lo supo por la luz de la luna que penetraba por la única ventana de la habitación. Estaba detrás del escritorio en el que estaba sentado y era una ventana alta, situada a unos dos metros del suelo. Su función era que ingresara luz pero no se podía ver hacia afuera por su altura, de esta manera el paisaje del jardín al que miraba no distraía a los monjes en su lectura. A media noche la sombra del escritorio llegaba hasta la segunda línea de piedras del suelo, pero a medida que la noche transcurría la luna subía y la sombra se iba achicando hasta desaparecer a su espalda. El lugar en realidad era una antigua capilla secundaria, por lo que el techo había sido construido de una doble arcada románica. Desde hacía varios años se utilizaba como habitación de lectura y de administración. El único mueble era el escritorio de roble tallado con tres filas de cajones donde se guardaban archivos y registros del clero. Las paredes laterales eran, al igual que el piso, de piedra de la zona y estaban adornadas con pinturas murales del siglo XIV sobre el tema de la Crucifixión que el Abad tenía intenciones de trasladar al ábside. La puerta era de madera robusta y revestida con hierro forjado. Hacia allí se dirigió Juan Vidal Díaz al oír por segunda vez aquel sonido, como si algo o alguien estuviese caminando por la iglesia.
Salió del cine y no había entendido la película, no sabía por qué el protagonista había, de pronto, atacado al alcalde sin motivo y lo habían arrestado luego. Al principio creyó no importarle, pero pasados algunos meses aún persistía la intención de aclarar aquella escena en su mente, hasta que decidió que debía volver a ver la película para comprender lo que no había podido la primera vez. Buscó en cartelera pero no la encontró, y no recordaba el nombre, nunca recordaba los nombres de las películas. Buscó en un catálogo de video club entre los últimos estrenos, pensando que al leer el nombre lo recordaría pero fue en vano. Buscó en internet, utilizando las palabras relacionadas con la escena que no comprendía o con cualquier cosa que recordase, pero no halló más que listados de películas similares. Preguntó a toda la gente que conocía, pero nadie recordaba un argumento como el que describía. Finalmente decidió rendirse, pero una parte de él continuó la búsqueda, y hasta hoy la continúa, esperando encontrar aquella película que por lo visto nunca vio.
Esa tarde mirando un valle perdido que rasgaba soledad, creyó que las piedras le decían algo. Afinó el oído para escuchar, entre la brisa, el sonido de aquel susurro apenas imperceptible. Había descubierto el susurro de las piedras. Era casi de noche pero, maravillado por aquel dulce y encantador sonido que no podía dejar de escuchar, permanecía aún en aquel sitio. Y así permaneció inmóvil por días, tratando de percibir más y más. No decían nada, hablaban entre ellas del universo, de la materia, del juego entre átomos que se hacen y deshacen, creando desde carbón al diamante con la misma esencia pero distinta forma. Si la piedra es afilada será un arma capaz de matar, si es cuadrada formará parte de una pared para proteger, si es redonda servirá para llevar. Cada forma tiene su destino, cada destino su forma, que arde en llamas de cambios, que exhalan motivos para descubrir el más allá.
El caballero clavó su espada en el cuello del dragón y este cayó sin vida sobre los campos del valle. Una última lágrima resbaló de su ojo hacia un lago cercano, congelando sus aguas por siete noches. El cuerpo de la bestia desapareció en la tierra y aquel valle no volvería a ser el mismo. Los campesinos poco a poco fueron abandonando sus campos, pues en ellos no había semilla que diera fruto. La fértil hierba que pintaba de color verde intenso el valle fue evadiéndose, quedando tan solo la carne viva de la tierra. Los árboles se secaron y los animales emigraron a otros valles, dejando aquel espacio vacío donde siempre soplaba un viento seco que acarreaba de un lado a otro polvo de desolación y silencio. Años más tarde aquel victorioso caballero volvió a pasar por el valle y, al ver el abandono sintió la presencia del dragón, esta vez convertido parte del paisaje, en tierra y viento. Bajó de su caballo y recorrió el valle a pie, dejando sus huellas impresas a su paso. En medio del espacio desierto se detuvo y apoyó una rodilla sobre el suelo, luego, mirando al cielo, pidió perdón por lo que había hecho a ese valle, por lo que le había hecho a la naturaleza. Sintió una herida en su pecho, de un arma invisible, de un dolor diferente al que siente el cuerpo al ser lastimado. El caballo se asustó y trató de huir, pero el caballero tiró por las riendas para evitarlo, luego montó y huyó de aquel lugar maldito. Al día siguiente, en el lugar donde había apoyado la rodilla el caballero, creció una flor amarilla como el sol, y sería la única de todo el valle por siempre.
- Subimos a la torre - le dijo uno al otro. - No se, puede que sea demasiado alta replicó el primero. - No creo, es antigua, mira lo vieja que son las piedras, ¿cuanto puede medir? preguntó. Las nubes bajas, casi neblina, cubrían la cúpula de la torre, impidiendo ver mas que una estructura circular que se perdía en el gris de un cielo bajo, sin dejar más rastro de su verdadera altura que lo que se veía. - Bueno, vamos aceptó dispuesto a enfrentar el desafío. - La puerta esta cerrada maldijo luego de ver que su compañero movía insistentemente el antiguo picaporte de hierro negro sin poder abrirla. - Déjame intentarlo otra vez dijo antes de insistir con más fuerza. Esta vez la puerta cedió y un aire húmedo se deslizó como garras desde dentro de un espacio oscuro como un preso que sale en libertad. El panorama ruinoso les hizo dudar un instante antes de atravesar el arco que los separó del mundo para introducirlos en una torre cuyo techo se perdía en la oscuridad. La escalera circular respiraba historia, se acercaron a ella y la miraron como quién mira un fenómeno paranormal. Los escalones de piedra empotrada en la pared ascendían hasta perderse en las sombras perpetuas de un siniestro orificio. Comenzaron a subir con una dudosa decisión. Fueron algunos minutos de ir olvidando el entorno para concentrarse en el siguiente escalón. La curvatura interminable les obligaba a girar vueltas y vueltas siempre hacia la derecha. Y la cúpula no llegaba. - Ya habremos llegado a las nubes calculaba uno. - Quizás, no debe faltar mucho para el final deducía el otro. Y así fue como pasaron las horas, hasta el punto en que el agotamiento les obligó a detenerse a descansar. - Mis pies no pueden más se lamentó uno. - Mejor será volver propuso. - De acuerdo. Bajaron esperando encontrar la puerta de salida, pero esta nunca llegaba. Por fin se detuvieron creyendo que la torre también continuaba hacia abajo y se habían pasado de largo, y volvieron a subir. Así continuaron todo lo que pudieron, hasta el fin.
Una vez, mucho tiempo atrás, cuando las cosas aún no estaban definidas y Dios estaba construyendo la tierra, jugaban dos ángeles en el cielo. En ese entonces el color era de un celeste más claro. Dios recién había terminado de darle las últimas pinceladas y aún estaba fresco, esperando una nueva mano de pintura, pero igual dejaba ir allí a sus ángeles, para que lo utilizaran como patio de recreo, como espacio para volar y distraerse. Los ángeles jugaban con las nubes, las empujaban, formaban bolas que luego tiraban como copos de nieve hacia la nada, hacían formas y armaban figuras que luego desarmaban. Fue en un momento que Dios estaba distraído, concentrado en la ubicación de las estrellas, que uno de los ángeles decidió que les faltaba algo a las nubes, que estaban demasiado...quietas. Míralas... les falta, algo. Jugar así es aburrido se quejó. - Cierto, ¿pero que podemos hacer?, ellas solas no se pueden mover. - Podemos ayudarlas, hacer algo que las mueva propuso. Entonces se les ocurrió soplar con fuerza, y dejar aquel movimiento perpetuado en la creación. - Ahora sí que se ven mejor dijo uno de ellos. El otro ángel asintió y luego preguntó: - ¿Como lo llamaremos? - No lo se, pero queda realmente bien continuó admirando. - Bien, bien...¿que tal Viento?. - ¿Viento? meditó, - suena lindo.