Una vez, mucho tiempo atrás, cuando las cosas aún no estaban definidas y Dios estaba construyendo la tierra, jugaban dos ángeles en el cielo. En ese entonces el color era de un celeste más claro. Dios recién había terminado de darle las últimas pinceladas y aún estaba fresco, esperando una nueva mano de pintura, pero igual dejaba ir allí a sus ángeles, para que lo utilizaran como patio de recreo, como espacio para volar y distraerse. Los ángeles jugaban con las nubes, las empujaban, formaban bolas que luego tiraban como copos de nieve hacia la nada, hacían formas y armaban figuras que luego desarmaban. Fue en un momento que Dios estaba distraído, concentrado en la ubicación de las estrellas, que uno de los ángeles decidió que les faltaba algo a las nubes, que estaban demasiado...quietas. Míralas... les falta, algo. Jugar así es aburrido se quejó. - Cierto, ¿pero que podemos hacer?, ellas solas no se pueden mover. - Podemos ayudarlas, hacer algo que las mueva propuso. Entonces se les ocurrió soplar con fuerza, y dejar aquel movimiento perpetuado en la creación. - Ahora sí que se ven mejor dijo uno de ellos. El otro ángel asintió y luego preguntó: - ¿Como lo llamaremos? - No lo se, pero queda realmente bien continuó admirando. - Bien, bien...¿que tal Viento?. - ¿Viento? meditó, - suena lindo.
En las fauces del tiburón no había mas dientes porque ya era casi un anciano, estaba débil y esperaba su muerte. Un pez gordo que pasaba cerca se burló de él, le dijo que ya no era lo que había sido y que no podía comerse a sus presas por lo que iba a morir y se rió. El Tiburón que hacia varios días que había perdido el último diente, desde entonces no probaba bocado y estaba muriendo de hambre, se enfureció y reaccionó juntando todas sus fuerzas y golpeando al pez con su aleta de cola, aplastándolo contra una piedra. Entonces se lo pudo comer y sacar su agonía, y ya que le había salido una vez lo intentó de nuevo y volvió a funcionar. Así vivió varios años más. Sus ancianos amigos tiburones lo vieron e imitaron y así fue como comenzó la evolución del tiburón.
Movimiento dentro del espacio que lo contiene, frágil se desarma entre lo sólido, se divide, se aleja. Se une para ser fuerte, encuentra formas donde hay paredes. Pero lo que lo arrastra a su propia muerte será siempre su ambición, esa por ampliarse, por crecer, por expandirse hasta donde lo puedan detener, esa fuerza que le dice que debe ser más, que debe abarcar todo lo que le den, y así muere, cuando se separa tanto que sus partes quedan desarmadas, y su esencia deja de ser una para convertirse en muchas, pequeñas gotas distribuidas, las cuáles perecerán en otro estado, o bien lucharan por volver a unirse, a ser aquello que por propia voluntad se dividió. Cuanto hay que aprender de la naturaleza, cuanto nos enseña, cuantos ejemplos se ocultan, que muestra de cómo debemos comportarnos...
Quisiera viajar a través del tiempo y quedarme un día en aquel día, y decir lo que no dije. Quisiera ver esa sonrisa y el sol reflejado en aquellos ojos al oírlo. Quisiera ver pasar las estaciones hacia atrás, saber que no hay ayer sino un mañana. Al menos que alguien sepa que lo que no se vive no se recupera, y que el pasado es tan importante como el presente. Los errores se pueden olvidar pero siempre están, quedan marcados en la piel y todo se cuenta, todo se suma en aquel tablero que lleva cada uno de nuestros nombres. Cada día arrastra el sol hasta la línea del horizonte sin que podamos detenerlo, cada día resbala de nuestras manos como arena, salpicando nuestra comprensión con tintes de un velo místico. La ciencia dice que el hombre no tiene límite, que puede llegar donde quiera, pero el tiempo y el espacio condicionan la libertad que nos dieron y que al mismo tiempo son sus raíces, quién lo entienda tiene la partida en sus manos, claro, siempre y cuando la partida no haya terminado para ese entonces...
El señor de la montaña vivió demasiados años pensando en el paso del tiempo, en el andar de las estaciones. Observando el cielo plegando sus nubes sobre el horizonte. En grandes espacios es donde la mente se expande, en presencia de un lugar abierto hasta el infinito, donde el suspiro de un hombre no llega a nada, donde la sensación de insignificancia en el universo desgarra humildad. Quien sepa extenderse hasta esos límites de la razón, conviviendo con la magia de un lugar más cercano a los ángulos que nos separan de lo desconocido. Y si creímos una vez apreciar el regalo de la vida era vivir, hoy él puede responder que el que pierde es quien pierde la fe.
La ciencia busca saber, yo solo quiero descubrir si soy capaz de ser normal. Ellos me investigan, creen que tengo algo particular, algo que me permite tener una psicología diferente, algo que los corazones comunes no tienen, pero para mí significa otra cosa, para mí solo es algo temporal, y soy uno más. Quisiera saber como vivir, y como morir, quisiera comprender mi instinto, descubrir las raíces. Lo que la ciencia busca descubrir es porque yo se leer hacia atrás, mirar las rectas como curvas, y conocer las propiedades de un agujero negro sin haberlo leído. No me parece tan extraño, es sólo que supe imaginármelo un día mirando la lluvia caer del cielo. Ahora eso me condena, y estoy encerrado, siendo estudiado, sin poder salir. Creo que es un proyecto secreto, yo soy el nombre. De todas formas sé que en un mes me voy a escapar, no puedo saber como pero lo se porque ese es mi verdadero poder.
Un día las cosas comenzaron a cambiar, lo espeso del bosque comenzó a desaparecer, y las hojas secas, en lugar de caer, quedaban flotando. Era la vida misma que cambiaba, y yo que siempre había pensado que solo podían cambiar las personas, o como mucho los seres vivos, pero nunca la densidad, nunca.
Eran cuatro durmiendo en el cálido salón de un refugio de montaña. El primer día del viaje había terminado con una fuerte tormenta de viento y nieve a media tarde, y la fiesta de aquella noche suspendida. Nadie sabía que hora era, nadie sabía donde estaban, absortos por ese efecto que nos invado cuando uno se despierta en una cama desconocida, en un ambiente oscuro y con el peso de la noche a las espaldas, tarda en reconocer donde se encuentra, tarda en descubrir en que lugar se recostó al anochecer. Eso se sumaba al desgarrador grito que los había despertado. No había parecido una voz humana, fue más bien una clase aullido terrorífico, pero provenía del mismo salón. El fuego se había consumido, apenas si un aliento de cenizas perduraba en forma de humo invisible. La oscuridad reinaba, solo interrumpida por los reflejos azulados en la ventana de un lejano rastro de un farol de jardín. Fue clavando la mirada hacia aquel reflejo que lo vieron pasar, fue un segundo apenas y era una figura difusa, corroída por las cortinas. Arrastraba su sombra hacia el extremo opuesto del salón, como quién huye de algo sin saber hacia donde. Cada uno de los huéspedes creyó que era otro el que había pasado, pero a la mañana siguiente, en el desayuno, los cuatro confesaron no haberse levantado de donde estaban recostados después de oír el grito. Decidieron escalar aquella montaña de todas maneras, incluso sabiendo que uno de ellos moriría aquel día, y no podrían echarle la culpa a las escarpadas laderas, pues la misma montaña se los había advertido.
La empresa telefónica debía ganar mercado y subir sus ingresos, los accionistas se lo exigían. Para lograrlo pensaba quitar presupuesto a los de investigación y desarrollo, a menos que dieran alguna muestra clara de avances tecnológicos revolucionarios. Pues la reunión que solicitaron los de dicho departamento tuvo lugar un Lunes, y en ella se presentó el DLI (direccionador de llamadas inteligente). Este aparato, de acuerdo a parámetros que tomaba de las conversaciones de cada persona, cada día, reunía un perfil que se adaptaba a las características de una clase con aficiones en común. De esa manera, se clasifica a una serie de grupos definidos dentro de la sociedad. - Pero eso implica escuchas telefónicas, está prohibido por la ley. - No, porque no será ninguna persona la que realice la escucha, ni se almacenan registros de conversaciones explicó el líder de proyecto, - tan solo se guardan parámetros referentes a palabras trasmitidas por la fibra óptica. No es delito tomar de un cable cierta información... Se puso en funcionamiento un mes más tarde. Desde ese entonces cada número móvil, perteneciente a una persona en concreto, almacenaba de manera incomprensible para cualquier auditor y persona que hurgase en el sistema, todos los datos, preferencias, gustos y aficiones, de la persona. La segunda etapa comenzó al mes siguiente y se presentó el producto como: línea de contactos. Uno llamaba a un número X y del otro lado aparecía alguien con las mismas aficiones, los mismos gustos y opiniones sobre la vida. Así fue como fueron conociéndose y formándose estos grupos de individuos, que de otra manera nunca habrían podido ponerse en contacto. La facturación subió, había más comunicaciones entre las personas, esta línea de contactos había sido un éxito. Pero las cosas fueron cambiando con el tiempo, la sociedad comenzó a agruparse en estos sectores definidos. Años más tarde también el éxodo fue geográfico, los grupos comenzaron a dividirse y a entregarse distintivos que llegaron a convertirse en pasaportes o documentos que acreditaban la pertenencia a la agrupación. Poco faltó para que se producirán los primeros roces entre las facciones, y de estos primeros conflictos y desentendimientos pronto se pasó a la intolerancia y se pasó de inmediato la delgada línea del odio. La fatalidad de hechos circunstanciales fueron los detonantes de las guerras que se produjeron luego. En tan solo unos años se produjeron masacres, se atacaron ciudades, se conquistaron y reconquistaron bastiones. Finalmente, como en inminente resultado de toda guerra, quedó solo un rastro de desolación y un paisaje arrasado. Ya nadie de los sobrevivientes recordaba el origen de la disputa, y lo único que les importaba era mantenerse con vida, para ello nada mejor que la unión y así se reestableció la sociedad. Varios años más tarde se reestablecieron las comunicaciones telefónicas y se armaron nuevas compañías, que más adelante serían manejadas por accionistas, y todo volvió a la normalidad...
Durante sesenta y tres años miré hacia el mismo lugar, siempre con la calma y con la tranquilidad que mi reino me brinda, siempre con el desinterés de una sustancia que me permite comprender mi esencia, que me deja ser parte de su perfección, tan estrechamente que ni siquiera necesito alma, pues ese instrumento es para quiénes deben jugarse un lugar que yo ya he ganado desde la semilla. He visto sin ojos el mismo paisaje tantas veces que ya conozco cada detalle, cada cambio que se superpone en este mundo donde todo es parte de ese matiz. He visto la nieve, blanca y brillante, cubriendo el bosque, he visto el sol desplegando sus alas ardientes, la lluvia caer como gotas de plomo en una tierra áspera y cambiándole el color, el viento susurrando voces en el olvido de la soledad. Hoy veo el final de mi inmóvil camino, hoy veo un brillo diferente, que arde en una fusión de anaranjados y amarillos, veo las llamas acercándose a mí, rodeando mi corteza, alcanzando mis ramas, bailando la danza de mi final.
La conoció en un viaje, y se enamoraron. Le prometió que volverían a verse, y ella le dijo que esperaría su carta. Le escribió un mes más tarde, era una carta de amor, donde decía que daría todo por verla, que con ella a su lado su alma era un atardecer en el mar, un espacio de pinceladas de colores en el aire. Cerró el sobre y al escribir su nombre al dorso las letras parecieron convocarla, emitiendo ese nombre para que permaneciera un rato haciendo ecos en la habitación. Tan abstraído en los recuerdos lo encontró la realidad que anotó mal la dirección. Y así el sobre partió hacia un destino equivocado. Las casualidades de esas a las que le atribuimos la sencilla palabra: suerte, para no complicarnos en justificar, quisieron que descienda en el buzón de una joven de mismo nombre. Nunca esperaba volver a recibir una carta de aquel hombre, cuyo nombre era igual al del remitente. Era un chico que había conocido una vez de vacaciones, cenaron juntos y fue suficiente para que se enamorara, pero luego es se fue y nunca más lo vio. Le había dado la dirección para que le escriba. Enseguida respondió la carta, y él volvió entonces a escribirle. Así comenzó un romance por cartas, hasta que llegó el día que se propusieron encontrarse. El lugar elegido fue una esquina, y allí estaban los dos, esperando ver a la otra persona que recordaban, pero el tiempo pasó y solo veían a otra persona que estaba igual que ellos. El que comenzó el diálogo fue ella, que le preguntó la hora. Él respondió y luego hablaron un rato. Ninguno de los dos quiso admitir que estaba esperando a alguien que, por lo visto, no vendría. Cruzaron la calle y se sentaron en un bar a tomar un café. Les sorprendió que sus nombres fuesen como las personas que esperaban, pero tampoco quisieron decir nada, y cada uno seguía pensando en que era otra la persona que aguardaban, pero el destino los unió como pareja, aunque siempre, en el fondo, cada uno seguía esperando recibir una carta.
- ¿Cuánto te queda? - Dos o tres años. - ¿Y cuando salgas que harás?. - Supongo que rehacer mi vida y vivirla de una vez. - A mí me quedan tres días y seré libre. - Me alegro por ti, trata de portarte bien y no estropearlo. - Todos sabemos que las cosas siempre se terminan estropeando, pero tengo esperanzas. Entonces sonó el teléfono. Debe ser para ti. - Hola dijeron del otro lado, - hay un nuevo proyecto. - Miré, no estoy interesado, en tres días termino este y podré tener algo de tiempo para estar con mi familia y....Ah, si, si,...comprendo....¿tanto?...Miré es que estoy terminando este proyecto y quería...¿una semana?...si, si, reconozco que es tentador pero... ah, ¿más gastos pagos?... ¿y eso es neto?... Bueno, acepto, pero tan solo seis meses, luego quiero salir de todo esto...De acuerdo, adiós. - ¿Te han vuelto a atrapar?. - Ya ves que sí,... jamás saldremos de aquí...
Me desperté a las 7:30 como todas las mañanas, aunque esta vez fue distinto. El nuevo despertador que me había comprado en aquella feria de antigüedades sonó como los mil demonios y pegué un salto literal de la cama para terminar sentado en ella con los pies en el piso. El extraño anciano que me había vendido aquel infernal aparato me había advertido que su timbre era muy alto, pero además me había advertido que tenía el poder de abrirse camino entre la línea que divide al ser despierto del ser dormido. Recordé entonces que estaba soñando que era un soldado normando que combatía en la guerra contra las Galias. Mis dioses eran otros, mis costumbres y mi forma de vida también. Busqué mis zapatos de andar dentro de casa e intenté ponérmelos, sin embargo noté que me quedaban pequeños. No podía haber crecido mi pie en una noche, sin embargo me ajustaban tanto que debí quitármelos. Me puse luego la bata y noté que me quedaba corta. Fue entonces que me puse de pie y en el espejo detrás de la puerta vi a aquel extraño de pie junto a la cama. Mi corazón se detuvo del susto, al principio por creer que había alguien en mi habitación y luego cuando descubrí que ese alguien era yo, pero que no era yo. Moví mi brazo y el hombre del espejo también lo movió, hice unas muecas ridículas y aquel ser también las copio, por fin me toque el rostro y descubrí que ese del espejo era, de algún modo, yo mismo. Traté de decir algo, pero me oí a mi mismo hablando otro idioma, el cuál comprendía pero que nunca antes había hablado. Soy el guerrero de mis sueños razoné si es que algo así se puede razonar. De inmediato, un impulso me llevó a querer salir de esa habitación, de correr, de huir, pero al pasar por la puerta apenas llegué a descubrir que era mucho más alto cuando el marco golpeó contra mi frente, cayendo hacia atrás. Mi cuerpo aterrizó pesadamente y mi perdí el conocimiento. No se cuanto tiempo pasó hasta que de pronto oí el horrible despertador que volvía retumbar en mis tímpanos. Había estado soñando que era yo mismo quién se despertaba y al abrir los ojos de inmediato creí que lo del guerrero normando había sido solo una pesadilla, pero mi cuerpo no estaba en la cama, sino debajo del marco de la puerta, mi frente me dolía mucho y tenía la bata puesta. Me arrastré hasta el despertador para detenerlo y luego giré para ver mi habitación en penumbras y mi cuerpo original reflejado en el espejo. Suspiré tranquilo, luego me levanté, fui a la cocina y tiré el despertador a la basura.
Ese día, aquel hermoso día, él se rindió y le dijo a Dios que lo necesitaba, le pidió una receta, una poción para saber quién era, para mostrarse al universo desde afuera de su propia alma, sin tiempo ni espacio. Necesitaba un tour guiado por la vida, por su vida, una clase de física cotidiana. Necesitaba poder ver más allá de sus ojos, escuchar más allá de sus oídos...necesitaba sentir más allá de sus sentidos. Pero no era suficiente, necesitaba además comprender más allá de su comprensión, de su capacidad para entender. Quería romper las reglas que le impedían sus anhelos y lo pidió como quién pide limosna. Creyó que no harían caso a sus súplicas de medianoche, pero entonces escuchó un ruido detrás de las paredes de las montañas, dentro de los árboles del bosque y todo comenzó a dar vueltas. Sintió miedo, pero ya era tarde, él mismo lo había pedido...
Era el único castillo triangular, tenía tres torres, en cada una de ellas una habitación, en una un tesoro y en las otras dos una trampa mortal. Eran tres hombres que llegaron en busca de aquel tesoro, pero todo cambió cuando supieron lo de las trampas. Al principio pensaron en desistir, no deseaban arriesgar sus vidas, pero por fin la codicia los sedujo. Entonces llegaron a un acuerdo, harían un sorteo para ver quién iría el primero, si obtenía el tesoro lo repartían entre los tres y si moría iría el segundo, si lograba dar con la torre correcta se repartían el tesoro entre los dos, de lo contrario se lo quedaría todo el tercero, el cuál ya lo tendría asegurado en la tercer torre. Tomaron tres ramas pequeñas y las colocaron en una bolsa, cada uno sacó una. Al que le tocó la más larga maldijo su suerte y en principio se arrepintió, pero los otros dos lo amenazaron, ya que había aceptado las reglas antes de participar, ahora debía cumplir. Sin más remedio el hombre subió a la torre y entró en ella. Pasaron algunos segundos y entonces se oyó un grito de dolor y luego un silencio sepulcral. Le tocaba al segundo, el cuál de mala gana se atrevió a meterse en otra de las torres. Al rato se oyó el grito de su muerte, entonces el tercero se puso doblemente feliz, primero por obtener el tesoro y segundo por no tener que repartirlo. Trepó a su torre y entró en la misma. Caminó unos pasos hacia el cofre del tesoro, que se encontraba en el centro de la sala, pero al abrirlo una gran sección del suelo, sobre la cuál estaba situado se abrió y el hombre cayó al vació gritando, hasta estrellarse contra el fondo y morir en el acto. Entonces el primero de los hombres se asomó de su torre y, luego de ver que ya los otros no estaban, bajó con el tesoro.
Era el único castillo triangular, tenía tres torres, en cada una de ellas una habitación, en una un tesoro y en las otras dos una trampa mortal. Eran tres hombres que llegaron en busca de aquel tesoro, pero todo cambió cuando supieron lo de las trampas. Al principio pensaron en desistir, no deseaban arriesgar sus vidas, pero por fin la codicia los sedujo. Entonces llegaron a un acuerdo, harían un sorteo para ver quién iría el primero, si obtenía el tesoro lo repartían entre los tres y si moría iría el segundo, si lograba dar con la torre correcta se repartían el tesoro entre los dos, de lo contrario se lo quedaría todo el tercero, el cuál ya lo tendría asegurado en la tercer torre. Tomaron tres ramas pequeñas y las colocaron en una bolsa, cada uno sacó una. Al que le tocó la más larga maldijo su suerte y en principio se arrepintió, pero los otros dos lo amenazaron, ya que había aceptado las reglas antes de participar, ahora debía cumplir. Sin más remedio el hombre subió a la torre y entró en ella. Pasaron algunos segundos y entonces se oyó un grito de dolor y luego un silencio sepulcral. Le tocaba al segundo, el cuál de mala gana se atrevió a meterse en otra de las torres. Al rato se oyó el grito de su muerte, entonces el tercero se puso doblemente feliz, primero por obtener el tesoro y segundo por no tener que repartirlo. Trepó a su torre y entró en la misma. Caminó unos pasos hacia el cofre del tesoro, que se encontraba en el centro de la sala, pero al abrirlo una gran sección del suelo, sobre la cuál estaba situado se abrió y el hombre cayó al vació gritando, hasta estrellarse contra el fondo y morir en el acto. Entonces el primero de los hombres se asomó de su torre y, luego de ver que ya los otros no estaban, bajó con el tesoro.
Vivía en un departamento de unas cinco plantas, en la tercera. De niño siempre me intrigó la escalera que bajaba hacia el sótano, pero mi madre nunca me dejó ir hacia allí. Recuerdo el día que me lo advirtió y sus palabras: no debes bajar nunca por esa escalera, está oscuro y sucio. Pero con el paso de los años llegué a la conclusión de que, como ella misma decía, no quería que bajara solo para no ensuciarme o porque estaba oscuro, y en realidad no existía ningún peligro. Mi alma de niño explorador fue más que mi obediencia materna y un día bajé. Eran unos veinte escalones recuerdo, que terminaban en un pasillo que se adentraba como una boca de lobo hacia la nada. Los tonos grises ennegrecían hasta que se los trabaja la oscuridad, la cuál triunfaba sobre el único foco que colgaba de su propio cable apenas terminados los escalones. Decidí esa tarde volver a mi departamento, feliz por haber roto la regla de no bajar. Pero pasaron los días y ahora mi intriga se concentraba en el destino de aquel pasillo sin fin. Pensé que si ya había quebrado una vez la prohibición, dos daba lo mismo, y con aquella premisa tomé una linterna y volví a bajar la escalera. Esta vez no me detuve a las puertas del oscuro corredor sino que, linterna en mano, me adentré en éste, como un conquistador atraviesa las tierras recién descubiertas. Caminé un par de minutos hasta que el pasillo llegó hasta una nueva escalera que descendía. Por aquella vez estuvo bien la expedición, decidí entonces retornar a tierras conocidas y continuar en otra ocasión. Esa otra ocasión fue dos semanas más tarde, y en esa vez llevé conmigo unas galletitas ya que el camino a recorrer sería ahora más extenso. Baje la última escalera conocida durante un rato hasta llegar a un nuevo pasillo. Pasaron muchos años y he bajado cientos de veces y todavía nunca he alcanzado el final, pero hoy mismo volveré a intentarlo, tengo provisiones para varios días, y esta vez no pienso volver hasta encontrar el final.
Pasó en el varano del 2002, esa tarde debía viajar a Madrid por trabajo. Lo enviaban de lugar en lugar tomando pedidos, como buen comercial de una empresa de consumo masivo. Conocía la ciudad, ya había estado muchas veces, sin embargo la encontró diferente. Creyó haber entrado por la misma ruta, pero luego dedujo que debía haberse equivocado, pues todo era diferente a como lo recordaba. Había curvas y puentes que nunca antes había visto. Se detuvo en una estación de servicio para ver el mapa y descubrir que la ruta era la correcta, pero incluso en el mapa todo estaba diferente. Pensó entonces que debieron hacer obras y por ello el camino había cambiado. Encontró la dirección hacia donde se dirigía, aunque parecía, al menos en el mapa, que no era el mismo lugar donde había estado tantas veces antes. Y así fue como recorrió una ciudad con los mismos nombres de calles pero que era, al menos referenciado a su memoria, completamente diferente, hasta llegar a su destino. Esos días, en lo poco que recorrió de la ciudad, se sintió como un turista que recorre por primera vez un lugar. Era como si todas las piezas de un rompecabezas se hubieran movido. Volvió finalmente a su hogar, pero al llegar descubrió que todo también estaba cambiado. Tardó meses en acostumbrarse a la nueva disposición de los lugares, había algunos más lejos y otros más cerca. Incluso los mapas viejos que tenía mantenían su antigüedad pero, mágicamente, indicaban las calles y parques como era ahora. Al cabo de un tiempo debió volver a viajar a Madrid. Más o menos recordaba la nueva disposición de la ciudad por lo que no temía perderse, sin embargo, nuevamente la ruta era otra y todo había cambiado. La misma estación de servicio donde se había detenido la primera vez ya no estaba en aquel lugar sino a varios kilómetros y de la mano de enfrente. Y al volver a su ciudad, también todo estaba cambiado. Creyó que se acostumbraría a esta nueva vida de ciudades cambiantes, pero no resultó tan sencillo, no era lo mismo que acostumbrarse a vivir con un koala, pues representaba que cada vez que debía viajar debía esperar encontrarse con un nuevo lugar donde vivir, debía aprender cada nuevo mapa, cada nueva disposición. Por este extraño motivo, pidió o alegó en su empresa que no volvería a viajar pero, cuando creyó que lo tomarían por loco frente a tan descabellada excusa, su jefe lo sorprendió al confesarle que él había dejado de viajar por la misma razón.
Era de esas personas que anotan todo lo que deben hacer, para recordarlo. A tal punto llegaba mi método que a veces anotaba cosas que luego olvidaba por completo y, gracias a la anotación que leía días más tarde en aquel cuadernillo organizado por días, podía hacer la tarea que de otra forma hubiese olvidado por completo. Pero fruto de este sistema comencé a confiar demasiado en las anotaciones, comencé a hacerles caso sin dudarlo, pues si lo había anotado era porque debía hacerlo. Así fue como cumplía con todos los compromisos que encontraba y hacía las tareas programadas. Pero un día que comencé a sospechar, había ciertas cosas que no recordaba haber anotado. Las tareas ni siquiera me parecían familiares. Por ejemplo, me había suscripto a cursos, a los que asistía sin falta y puntualmente, pero que no sabía porque realizaba y, sinceramente, no me servían. A veces concurría a eventos como obras de teatros, conciertos y fiestas que no me interesaban. Comencé a sospechar que esa agenda tenía algo raro. Un día, para comprobarlo, dejé un espacio en blanco a propósito, para el jueves de la semana entrante. Pasó el tiempo y al llegar aquel día leí las tareas por hacer, entonces encontré que en aquél espacio decía que debía hacer ciertas compras, sin especificar demasiado. Recuerdo que cerré la agenda y permanecí observándola, como quién observa un fenómeno sobrenatural. Sentí miedo, no podía permitir que un objeto inerte controle e incluso administre mi vida, pero por otro lado no me sentía con fuerzas como para matar mis compromisos futuros. Fue una decisión muy dura, pero por fin reuní valor y tiré la agenda a la basura. Recuerdo que no logré estar tranquilo hasta que pasó el camión que vació el contenedor y se perdió por la esquina, terminando de una vez por todas con aquella pesadilla. - No has visto tu agenda me preguntó mi novia al día siguiente, mientras revisaba en la estantería donde solía dejarla. No alcancé a responder cuando agregó, - es que he perdido la mía y la estaba utilizando para anotar mis cosas. No te importa, ¿verdad?.