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Kosh

QUIEN TIENE EL PODER

Fue algo curioso, yo estaba sentado en un banco junto a un anciano cuando un chico llorando se acercó al viejo llamándolo abuelo. Luego, le dijo entre lágrimas, señalando hacia uno de los niños de un grupo que jugaban en la plaza, que aquel lo había golpeado.
- ¿Que debo hacer? – respondió cambiando el llanto por un brote repentino de odio.
El abuelo lo tomo en brazos y lo sentó sobre su pierna. El niño se sintió cómodo, como si esperase oír las palabras de alguien a quién se admira.
- Hay varias formas de responder cuando nos golpean – comenzó a explicar en tono didáctico, - la primera es poner la otra mejilla, pero solo una persona con demasiada grandeza y con verdadera fe podría responder de esa manera. Por eso para los hombres comunes existe una segunda manera de reaccionar, y es prepararse para el siguiente golpe y cuando lo intente agarrar sus manos y atárselas para que no nos golpee nunca más. También se puede incluso reaccionar sin esperar otro posible golpe, aludiendo que si ya nos ha golpeado no hay porque esperar a que vuelva a hacerlo, entonces tomar sus manos y atárselas de inmediato. Existe una tercera manera de reaccionar y es matar al que nos golpeo, y matar también a su familia y a sus hijos para que no se atrevan a vengarse, y matar a todos sus conocidos por si acaso y si alguien dice algo responderle que fue defensa propia. Este tercer método es útil también si queremos deshacernos de alguien, se lo puede provocar hasta que pierda la paciencia y nos golpee, incluso para quedarnos con sus pertenencias y hasta sus tierras. El inconveniente de este último método es que si queda alguno vivo es probable que intente hacer lo mismo con nosotros, lo llamaremos entonces terrorista pero ese nombre seguramente no le hará cambiar de parecer, querrá matarnos igual.
En nosotros esta saber cual es la manera correcta. Lo has comprendido – concluyó.
El niño asintió aunque estaba claro que no había comprendido, en cambio yo, que por alguna razón era el verdadero destinatario del mensaje, creo que sí lo comprendí. Lo que nunca pude saber es como sabía en que estaba yo pensando cuando le habló a su nieto.
- Pues ve y sigue jugando – le dijo y lo bajó.
El niño corrió hacia el grupo de chicos y yo me puse de pie y me fui tras él sin mirar atrás.

LO INSIGNIFICANTE DE LOS CUENTOS

Nadie puede llamarse escritor por saber hacer esto. Los cuentos no existen, no son nada, no tienen razón, no tienen esencia, no viven entre los clásicos, no respiran siquiera. Pero cuando terminé de decir todo esto había terminado también un cuento, no mientras escribo esto sino mientras pensaba esto y escribía, y luego de enojarme conmigo lo guardé con los otros que tengo por ahí.

UNO DE POLICIAS

El dolor crecía, de todas partes y direcciones. El metal aún se encontraba dentro suyo, lo castigaba, lo invadía, lastimándola sin piedad. La herida era grave, muy grave.
Las voces hacían un extraño eco en su mente, como si esta no permitiese que fueran claras. Estaba demasiado ocupado como para prestarles atención. Era un susurro intenso y penetrante, casi incomprensible. Había perdido noción del tiempo y el espacio. Viajaba semi dormido en un abismo de soledad, de misterio, de lucha.
-Aguanta. Por favor, aguanta un poco más-. Reconocía esa voz, era la de Torres. Entonces se vio a sí mismo mientras, con los ojos entrecerrados, giraba en forma circular la cabeza. Estaba tendido sobre un duro piso de asfalto. Su cabeza descansaba en el regazo de su compañero, éste no cesaba de hablarle. Las palabras contenían fuerza y valor aunque apenas cercaban la superficie de su razón.
-Vamos compañero, aguanta-. Las imágenes se mezclaban. Ahora él estaba sentado, sentado en un aula de su colegio. De la pared que enfrentaba colgaba un gran pizarrón verde, las demás paredes eran blancas y estaban cubiertas de mapas. Por una ventana a su espalda se filtraban los rayos solares. Estaba sentado en el centro del salón, rodeado de otros veinte niños que lo observaban en silencio. La maestra se acercó y lo miró atentamente. - ¿Te sientes bien?- preguntó. Respondió asintiendo. Sentía la sangre correr, nada estaba en su lugar.
-Esta noche va a ser tranquila-.
Sus amigos se acercaron a él. No paraban de reír, aunque no era para nada gracioso. Oyó que le preguntaban si seguía con vida. Permaneció en silencio. Las risas eran agudas y no paraban. -Nunca vi a alguien caer tan mal de una bicicleta.
-Nació para servir a la sociedad-, -Hay muchas formas de hacerlo, como médico, medico cirujano, eso es, un médico cirujano-.-Policía, un policía. ¿A quien salio este chico?-.
-Esta sonando una alarma-. -Es en la otra cuadra-.
-Ya vienen-. Una potente sirena se derramaba sobre las voces y se mezclaba entre ellas. La confusión reinaba su conciencia.
Solía recorrer la pradera a pie, viendo al sol resbalar sobre el cielo hasta el horizonte. La laguna albergaba a cientos de aves que escapaban al verlo acercarse. El asfalto apretaba su espalda. Eran insectos que masticaban su piel. Afiladas dagas lo atravesaban, una de ellas perforaba su pecho como una espada. Le costaba respirar, debía hacerlo lentamente y se asfixiaba.
-Vamos, no te rindas-. Era otra vez Torres. Un tipo especial. El ya estaba adentro cuando lo conocí y , fue el que me convenció para que entre yo. -Vamos, es tu vida, podes hacer lo que quieras-. -¿Arriesgarla por un sueldo miserable?-. -Si de eso se tratase jugaría para el otro bando amigo. En ese caso arriesgaría por más-. Nunca lo haría.
-Que dolor insoportable-... -¡Aguanta!-.
-Usted es ahora un servidor público- dijo un hombre vestido con un traje repleto de insignias. -Ahora yo me voy a mi casa a ver televisión mientras usted sale a caminar toda la noche buscando un lugar donde lo puedan matar. ¡Correcto!-. -¡Correcto, señor!-.
Corrieron casi cien metros. Era un mini-super. Cruzaban la calle cuando dos individuos salieron. Estaban armados, uno con una veintidós y el otro con una vieja Itaca recortada nada agradable.
La rama se partió. No tuvo tiempo para reaccionar, se encontraba en el aire y cayó. Su espalda golpeó la tierra con furia. Miraba el árbol que se elevaba a sus pies. Buscaba oxígeno pero no encontraba suficiente. Un frío intenso le recorría el cuerpo. Quedó allí tirado e intentando reponerse, le costó pero lo hizo. Nunca lo mencionó.
-Vas a recuperarte. Lo vas a hacer, vas a recuperarte-. Sus ojos vagaban sin rumbo por el espacio. Descansaba exhausto en el regazo de Torres.
-¡Están bajo arresto, bajen sus armas!-. Odiaba esa frase. Solo alertaba al enemigo, frustrando el factor sorpresa. Les da una oportunidad, una ventaja, una posibilidad de respuesta que pocos desperdiciaban.
Nos observaron temerosos. Entonces se escucho una detonación de calibre grueso que dio en el blanco. En la vereda de enfrente un hombre asomaba su arma desde la ventana del acompañante de un viejo auto verde, de esos que reinaban los sesenta. Estaba estacionado a la altura de la tienda. Debieron haberlo visto, pero no hubo tiempo.
-Hoy les toca salir muchachos. Por favor, no me traigan borrachos ni mujerzuelas molestas, solo grandes. Pretendo pasar una noche tranquila aquí adentro, ¿me escucharon?-. -Si señor-. Debería retirarse.
Sentía la sangre escapando de su cuerpo.
Torres giró y disparó al auto. El ocupante volvió a la posición de conductor y se agachó. Los otros aprovecharon para correr hacia el vehículo. Su amigo se veía enfurecido y no cesaba de disparar. El seguía de pie. El arma se deslizó de sus dedos, no aguantó mas su peso y cayó al piso. Uno de los hombres fue alcanzado por una bala del arma de Torres y lo derribó. El otro se arrojó dentro del auto y le ordenó al conductor que acelere. Este lo hizo y las ruedas, luego de chillar, alejaron al vehículo por la calle.
Aún permanecía de pie, observándolo todo, pero sus piernas dejaron de sostenerlo y lo acostaron en el lugar. Lo último que vio fue a Torres que corría hacia él.

VENTANAS

Era la ventana la que miraba hacia mí, yo apenas si me interesaba por ella, pero uno sabe como son estos cuadrados que se supone sirven para meter luz, son crueles, son despiadados, buscan víctimas que atraen con el persuasivo fin de que miren a través de ellas y terminan siendo una tentación inevitable. Lo saben, si que lo saben, ellas lo saben muy bien y por eso te miran, buscando intercambiar la mirada, buscando que uno les responda y en un acto de distracción, por completo involuntario - si fuera voluntario nadie lo haría- uno termina siendo capturado y cae en la trampa.
No soy yo el que miró, lo juro, es que vi de reojo como me observaba y no pude evitarlo, de verdad, fue eso, por eso miré, y por eso lo vi todo. Ojala no hubiese mirado, ojala hubiese estado mas lejos, pero no fue así, y es que ellas saben cuando no habría que mirar, y a propósito, tan solo por diversión, por la maldad misma de la que disfrutan, es cuando mas presionan para que uno mire, son diabólicas, buscan los momentos exactos, los más comprometedores, esos en los que uno debe hacer cualquier cosa menos mirar, y ahí, con un inaudible llamado, con ese gesto invisible, te susurran en la mente, dando la señal y uno lo hace: mira.

LA BATALLA MAS IMPORTANTE DE LA HISTORIA

Hace poco tiempo me preguntaron cual fue las batalla más importante de la historia. Debía responder de inmediato (se puede discutir por la segunda pero la primera debería ser indiscutible), sin embargo, como suelo tomarme mi tiempo en responder, recién ahora lo hago: La batalla de Poitiers.
Corría el año 732 de nuestra era, habían pasado cien años de la muerte del gran profeta. Aquel místico hombre había dejado a su muerte tan solo unos mensajes dispersos a unas tribus beduinas del desierto. Estos habían recopilado sus enseñanzas en el Coran y difundieron la palabra de aquel hombre como un reguero de pólvora, unificando aquellos dispersos pueblos nómades en un poderoso ejército. Tan poco tiempo había transcurrido y estos guerreros habían conquistado todo el mediterráneo, el sur de Europa y, rodeándola por oriente y occidente, amenazaban con cerrar las tenazas que dejarían al viejo continente a merced del califato.
En esos tiempos hablamos de una Europa diezmada en reinos bárbaros dispersos y sin grandes ejércitos más que los que utilizaban para combatir entre sí. El imperio de Constantinopla era una sombra, Roma había perdido toda su grandeza. Los Godos, Visigodos, Longobardos, Francos, Sajones y otras tantas hordas del norte, se atacaban y destruían, conquistaban y retrocedían, se asentaban en los espacios obtenidos, intentando edificar reinados y buscando una unión imposible de alcanzar. Estos reyes pasajeros se expandían concertando casamientos a su beneficio y guerreando entre sí, sin prestar atención a las necesidades y el bienestar del pueblo. Admiraban pero reducían la poca cultura griega y latina sobreviviente, no quedaba mas senado ni rastros de lo que había querido ser, casi quinientos años atrás, una democracia. En este contexto se arribo a esta batalla.
Mientras tanto, desde la península Ibérica, que había sido tomada en el 711, el imperio renaciente buscaba expandirse siguiendo las enseñanzas del profeta, y atacaba el sur de Francia en avances esporádicos que fueron penetrando las tierras cristianas mal defendidas. Esto animó a nuevos ataques desde al-Andalus hasta que, en el año 732, el emir Abd al-Rahman planeó una invasión organizada a gran escala. Burdeos fue saqueada y luego el ejército partió hacia Tour. El mayordomo de los francos, Carlos, decidió entonces la preparación de un ejercito para detener el avance. Los soldados francos y de otras tribus que se sumaron no estaban contentas con su situación actual, pero prefirieron luchar a ser conquistados.
Los frentes se encontraron en Tour en Octubre y en las cercanías de Poitiers se libro la batalla donde, por seis días y seis noches, se enfrentaron con admirable ardor. El emir tomó la iniciativa por la mañana y los francos resistieron la dura ofensiva durante toda la larga jornada, a media tarde Adb al-Rahman volvió a atacar enviando más guerreros a caballo y el ejécito cristiano lo sufrió pero lograron mantener sus líneas hasta la llegada de las míticas tropas de Eude de Aquitania, que se presentaron por la retaguardia dispersando por primera vez a los musulmanes. El ejército europeo avanzó llegando hasta las puertas del campamento enemigo donde pasaron la noche y por la mañana el franco atacó con todas sus tropas, los musulmanes ya se había propuesto la retirada y comenzó una persecución que duro algunos días y varias luchas hasta que, por primera vez desde que habían dejado sus áridas tierras, arrasándolo todo en su avance, los musulmanes se habían visto derrotados.
La presencia islámica al sur de Francia no cesó, volvieron a probar suerte cuatro años mas tarde en Languedoc y allí se mantuvieron más de diez años hasta Pepino el breve que los alejó hacia el sur y Carlomagno estableció la frontera en el Ebro.
Carlos obtuvo, no solo el sobrenombre de “Martillo de herejes” (Martel) sino la victoria más importante de la historia, no por la batalla en sí sino por la trascendencia histórica de la misma. La importancia de este hecho es que en toda Europa no quedaba otra fuerza capaz de detener el avance devastador de aquellos feroces guerreros a caballo. Debemos pues al resultado de esta batalla que hoy el viejo continente no fuese quizá un califato y que fuésemos la mayoría musulmanes.
Quiero aclarar que de ningún modo estoy diciendo que haya sido necesariamente algo positivo la victoria de Carlos Martel y sus valerosos caballeros. El imperio árabe que nacía probablemente se hubiese comparado al Romano, no solo por su extensión sino por la excelencia de la cultura que propagaban. Es probable que hubiese vuelto a renacer el viejo continente. Solo cabe destacar los innumerables ejemplos de progreso en España con la civilización árabe, frente a la decadencia europea de aquellos días. Ganando la batalla los francos la humanidad fue sumergida a otros quinientos años, que fueron la peor etapa, de la Edad media. Ni siquiera en mi condición de católico podría argumentar al respecto pues la civilización árabe, como bien dice el Coran (aunque no siempre quieran leerse estos pasajes) respetaba las otras religiones y a los católicos les permitía mantener su culto, tan solo cobrándoles un tributo, muy poco castigo para los vencidos comparado con las invasiones bárbaras o tantas otras conquistas de aquellos tiempos.
Como sea, para bien o para mal, en esos días Dios venció a Alá y sólo nos resta dejar a nuestra libre imaginación que hubiese sido de ésta Europa y del mundo en general si aquella batalla hubiese tenido otro desenlace.

EL ULTIMO SER HUMANO

Abrió la puerta, no había nadie. A lo lejos vio lo que queda de un mundo en soledad, recordándole su nombre. El pueblo en la lejanía estaba desierto por completo. Nada estaba destruido, tan solo vacío. Sintió una fría brisa que le recorría el cuerpo, como un viento que sopló de golpe. Pero no pareció un viento común, fue como si algo la hubiese atravesado a través del cuerpo, algo frío y sin vida.
Aún sin comprender del todo que le ocurría a ella y al mundo cerró la puerta y volvió al comedor. Al entrar pudo ver al hombre sentado cómodamente en el sillón. Había dejado la chaqueta doblada prolija sobre uno de los apoya brazos y la miraba con unos ojos penetrantes, difícilmente humanos.
- Siéntese – le indicó señalando el sillón de enfrente, ambos junto a un hogar cuyas llaman iluminaban la habitación.
La mujer, notablemente sorprendía y algo asustada le preguntó: - ¿quién es usted y qué hace en mi casa? -.
- Ya le diré – explicó el hombre, notablemente tranquilo, - le diré eso y muchas cosas mas, por lo que mejor sería que se sentase. De pie va a cansar sus piernas – le sugirió.
La mujer, ya sin saber que argumentar y sin estar segura de que hacer, simplemente se sentó.
- Bien – comenzó el hombre, - ¿cómo empezar a explicar todo esto? – se preguntó echándose hacia atrás pensativo. – Hoy usted habrá notado una terrible sensación de soledad, incluso habrá sentido al despertarse, que era el único ser vivo del planeta. No sabría como ni porque, pero usted lo sabía al levantarse de la cama esta mañana. Pues eso es algo normal en su ser actual, ya que sería una de las tantas cosas que le ocurriría al último de la raza de los seres humanos -.
La mujer se sorprendió por estas últimas palabras, aunque en realidad lo hizo por todo lo que oía, y es que efectivamente, esa mañana al despertarse, por alguna razón, sintió que era la única persona viva en el planeta. Incluso, aunque le había restado importancia al prepararse el café del desayuno, cuando oyó que sonaba la puerta, en lugar de sentir tranquilidad, se había aterrorizado pensando en cómo alguien podía estar golpeando su puerta si ella era la única sobreviviente. La única sobreviviente.
- La única sobreviviente – pensó de pronto, como si le volviese a su mente aquella primara extraña sensación del día. Tanto lo pensó que se atrevió a decirlo, es mas, a plantearlo en forma de duda: - ¿cómo usted puede estar conmigo si yo soy la única que queda? – le preguntó como quién acaba de hacer una simple deducción.
- Usted, mujer – comenzó a responder el hombre – no tiene ni idea de lo que acaba de decir, me explico. Usted no sabe ni siquiera porque siente que es la única en este mundo, es mas, sabe que tiene razón pero no sabe porque. Pues déjeme que le explique al menos un poco antes de pasar al tema de quién soy yo o cómo puedo estar acá -.
La mujer asintió y se resigno a mirarlo. El hombre era casi un anciano, de tez aceituna arrugada. Resaltaban esos ojos tan extraños, por lo demás parecía un ser normal. Vestía un traje y camisa, ambos de color negro opaco, dando la impresión de ser un empleado de un servicio fúnebre, o un mago sin galera.
- Debería saber que hace varios años que veían con todo esto. Amenazas de gases y químicos, etc. Usted no lo sabe porque apenas puede recordar las cosas, eso es por dos motivos, primero porque el gas que arrojaron, a pesar de haber sido la única que no murió, igual la ha afectado, entre otras cosas, con la perdida parcial de la memoria. Pero también juega el problema existencial. Esto es mas complicado de explicar, para peor nadie lo escribió en ningún libro sagrado, de ninguna religión. Se da cuenta,... se da cuenta – se quejó indignado, - a pesar de todas las señales e indicaciones, los escribas casi no le prestaron atención al tema del juicio final, claro, total aún faltaba mucho y para que pensar, ¿no?. Por ejemplo no consideraron su caso, es decir que quedase un solo ser vivo. Pues, ¿qué hacer con el?, ¿qué cambios sufriría su ser?. Para que sepa, y estaba claro, sí sufría muchos cambios, muchísimos. Tantos que jugaría un papel importante, pero no, nadie escribió sobre eso – se lamentó. – Bueno, me estoy yendo de tema – notó mientras sacaba un pañuelo blanco de uno de los bolsillos de la chaqueta y se limpiaba la frente sudada por el calor de la hoguera. – El hecho – prosiguió, - es que entre las tantas cosas que le sucedieron y los cambios que estos suponen, una de ellas es que usted tiene problemas de memoria, sobretodo para recordar que fue lo que ocurrió -.
- Pues cuénteme – rogó la mujer un poco impaciente.
- Hace varios años, luego de que unos terroristas fueron aniquilados con un extraño gas, en un teatro de Moscú, Los Estados Unidos, que habían tolerado esto ya que ellos también, con la excusa del terrorismo querían atacar a otros países, temieron por este gas, y comenzaron a buscar una posible droga que neutralice los efectos para dársela a sus soldados en caso de una posible guerra. La descubrieron, pero Rusia se enteró y comenzó a desarrollar otra mas potente. Así fue como comenzó la nueva campaña armamentista de gases bacteriológicos. Cada vez mas fuertes e inteligentes. Para probarlos Rusia atacaba a los que consideraba terroristas, así dejaba claro al mundo que era una acción en defensa propia. Estados Unidos, que requería probarlas también, ya que en laboratorios no era suficiente para saber el comportamiento en la atmósfera, comenzó a hacer lo mismo, aprovechando nuevos atentados, que algunos llegaron a ser de dudosos orígenes. Y así se continuó mejorando los gases hasta que se creo el Nitrón V-2. Contenía ácido de neurítilio, que atacaba a las neuronas en su núcleo y berílico de aerofis, que infectaba el sistema nervioso provocando un inmediato paro cardíaco. Pero además contenía, y esa era la novedad, bacterias del mal de Richner, que sabían propagarse de manera casi inteligente en las partículas gaseosas que levitan en la capa atmosférica. Y en la primera de las pruebas el gas mató a sus víctimas pero también se expandió sin control y sin posibilidades de ser contenido. Era un gas inteligente, de reproducción gaseosa propia. Las bacterias se expandían y propagaban. Atravesó los cielos y el mundo entero, en cuestión de días fue aniquilando a todos los seres humanos a su paso -.
- ¿ Pero entonces como puedo estar yo aún con vida? – pregunto la mujer.
- La pregunta es buena, y la respuesta no es un misterio, pero si una gran casualidad. ¿Recuerda que de pequeña había sido contaminada con una sustancia desconocida?, pues aunque no lo recuerde da igual. A los cinco años tuvo, un día, un ataque extraño, ningún medico supo confirmar lo que era, pero se terminó curando sola, su cuerpo había desarrollado una extraña defensa, que nadie mas ha logrado desarrollar, fue porque ese día, jugando en la plaza, sin querer había tragado, al comer un helado que se había caído al suelo, una pequeña cucaracha, la cuál estaba también afectada con ese extraño virus. Las cucarachas desarrollan potentes anticuerpos y esa lo estaba desarrollando cuando se la trago, y sus jugos gástricos no pudieron corroer aquel líquido, mas lo integraron en su organismo. Fue algo muy extraño y muy casual, tanto que resulto ser el único antídoto aplicado a tiempo en toda la raza humana. Quizá si el gas no hubiera sido tan potente los científicos hubiesen tenido el tiempo para desarrollar un anticuerpo y al menos salvar una parte, pero fue todo demasiado rápido. Pues Soledad, queda sólo usted ahora, usted y algunos insectos como las cucarachas -.
El último comentario erizó la piel de la mujer. Sintió un repentino mareo y agradeció haber estado sentada para no perder el equilibrio y caer. Balanceo su cabeza hacia atrás, como quien recibe la noticia de que algún ser querido ha muerto en un accidente. Ella no tenía muchos seres queridos, pero el pensar en toda la gente que había muerto fue igualmente devastador.
- Las reglas para el último ser vivo serán diferentes - continuó el anciano como si no le interesara en absoluto el estado de su interlocutora. Soledad se esforzó de prestar atención y seguir sus palabras. - Su vida de ahora en mas será eterna en la tierra, si es que así lo deseara -.
- ¿Eterna? -.
- Perdón, la palabra adecuada es perdurable. Eterno es Dios, sin principio ni fin, su vida, en cambio, si tuvo un principio pero no tendrá fin -.
- Bueno, como sea - se quejó.
- Usted debe elegir. Piense que toda la humanidad aguarda su fin para poder comenzar el juicio final. Todas las almas esperan que la suya se una al resto. Por el contrario, si decide permanecer aquí, sola, su cuerpo no envejecerá y la muerte natural nunca vendrá a buscarla. El único camino será que acabase su vida por decisión propia -.
- Suicidio - aclaró.
- No se apure, tómese su tiempo, el tiempo para usted ya no es mas un problema al fin. Piense bien, viva la vida en absoluta soledad en el mundo, sola sabrá que es lo que le conviene -.
- ¿Quien es usted? - quiso saber.
- Su mente racional nunca comprendería quien soy yo, quizás su espíritu libre si podría entenderlo, pero mientras su espíritu se encuentre apresado en su cuerpo, regulado por las barreras materiales de su cerebro, lo logra comprender ciertos “conceptos” -.
- Trate de explicarse, por favor - se quejó Soledad.
- Bueno, para usted, como esencia individual me podría entender como la eternidad misma, lo infinito. Ese sería yo -.
La mujer lo miró asombrado pero no se atrevió a decirle que no había entendido en absoluto. – El que estuvo mas cerca de la verdad fue Occam. Aquel hombre, con la influencia de Duns Escoto planteó que el ser individual es único, sin mantener relación alguna con otros. Por ende lo universal como concepto finalmente no existe, a pesar de los tantos, desde Platón incluso, que lo sostuvieron. Al final solo vale la razón para el ser, y las distinciones reales de esta, claro esta. Entiende, esencia y existencia son solo dos puntos e vista de la misma realidad -.
- Pues no quiero ofenderlo pero no lo comprendo – se excuso la mujer.
- Dejemos el tema entonces y volvamos a su decisión entonces -.
- ¿ Pero que decisión? – se desesperó Soledad.
- Ya se lo he explicado creo, trate de prestar mas atención. Mire, usted es la última, sólo queda usted, me entiende, imagínese, todos esperando el juicio final allí en el purgatorio, todos esperándola a usted, la ultima. Por otro lado, que le queda aquí en este mundo, el castigo, la eternidad, si, pero la eternidad en soledad. Que bien le queda su nombre hoy – rió al final.
- Por Dios, no se ría – le rogó Soledad.
- Disculpe, es que no se que mas decirle. Se que tiene el arma en el cajón, claro, si ya lo había pensado incluso cuando el resto de la gente aún vivía. Desde que lo dejó su esposo, si, no se sorprenda, yo se muchas cosas de usted, se que solo tiene esta casa, nada mas, nada. Escuche, puede quedarse si lo desea, vivirá de todas maneras, conseguirá de que alimentarse y será perdurable, lo se porque yo también lo soy, no hay manera de que usted encuentre la muerte a menos que usted misma la llame, me entiende -.
- Pero aún no puedo creer que este sola, tan sola, como en mis peores y mas horrorosas pesadillas-.
- Pues créalo muchacha, imagínese -.
- Es que cuesta, es difícil – se echo a llorar desconsolada, como si recién comprendiese el asunto. Era un llanto suave y agudo, como quien descubre algo horrible, algo espantoso que nunca creyó que pasaría.
- De todas maneras – trató de tranquilizarla, - puede que la rodeen espíritus, almas que aún no se han ido, es que no hay tanto lugar allá, imagine, todos juntos de repente. Esto tarde o temprano iba a pasar, todos lo sabían pero así funciona la masa, sabe, las cosas se van de las manos, es que el humano siempre fue un ser demasiado imperfecto, al menos demasiado para este universo – meditó como para sus adentros, como analizando porque sucedieron las cosas de tal manera – Dios se equivocó a mi entender en confiar, en darles y dejarles libertad, incluso en dejarlos a cargo de este universo tan frágil he inconcluso. Estaba claro que mucho no iban a durar, y así fue -.
- No diga esas cosas – le gritó enfadada. Ya no sabía que pensar, solo que finalmente estaba atrapada, no sabía que hacer.
- Escuche, piénselo, tómeselo con calma, yo debo partir. Usted sabrá que hacer -.
- No, no se vaya – suplicó. – Quédese un rato – pidió como una niña que le pide a su padre que no la abandone hasta que se duerma.
- Yo,...mire, disculpe, es que ya he cumplido, esto fue todo, mas no puedo hacer, ojala pudiese pero ya esta, es mi trabajo y lo he cumplido. Tampoco quisiera encariñarme con usted, entienda, sé como terminan estas cosas, ya tengo experiencia -.
Se puso de pie y colgó su chaqueta del brazo. Caminó hasta la puerta y solo volteó para mirar por última vez a la mujer. En sus ojos se notaba la confusión, se podía palpar la confusión de su mente. Pero no fue un impedimento aquel extraño ser, salió por la puerta, cerrándola a sus espaldas. No había llegado a dar veinte pasos cuando escucho una fuerte detonación.
El hombre dio media vuelta y miró la casa, era realmente linda, algo aislada pero linda, con una frente pintado de blanco y las ventanas verdes. Muy linda. Sin dejar de mirar la casa, saco de su bolsillo un teléfono móvil y marcó un número, luego se llevó el aparato a la oreja.
- Ya esta hecho – dijo, - fue mas fácil que vender un seguro. Espero que igual de sencillo sea cobrar lo mío.
- He hecho ya la transferencia a la cuenta que me ha dado – dijeron del otro lado. – Espero que todo salga bien -.
- No se preocupe, la policía sabrá hacer su trabajo, fue un suicidio y esta claro, además ya estaba casi loca, fue fácil. Puede decirle a su amante que ya tienen hogar -.

EL CODIGO DA VINCI: JUGANDO CON LA HISTORIA

Un carpintero no tiene porque saber de mecánica, pero cuando lleve su auto al taller bien puede el mecánico comenzar a inventarle problemas sobre lo que le ocurre al auto y este se irá convencido de que, el gran mecánico, le soluciono el tema de las bujías a su auto Diesel y le cambio el filtro de la turbina.

Aunque no parezca, esto viene al tema porque es la manera de explicar como la gente normal no tiene porque ser experta en historia ni saber de teología, pero también por ello esta expuesta a que se la engañe y se le digan cosas sin el menor fundamento. Dan Brown es uno de esos mecánicos que utiliza sus mentiras, exageraciones e increíbles deducciones para levar al lector a sus teorías históricas, sabiendo que pocos serán los lectores que sean lo suficientemente curiosos como para comenzar un dedicado estudio y llegar a la conclusión de que se lo ha inventado todo.

Voy a hacer un breve resumen, la historia de Cristo se escribe en básicamente en seis libros de la Biblia (la Biblia es una unión de varios libros), cuatro son los evangelios, es decir la vida de Jesús escrita por apóstoles o escribas, el quinto es el libro de los Hechos de los Apóstoles y el último las cartas. Esto y nada más que esto es lo que se sabe de Jesús. Luego se fueron escribiendo leyendas y otras historias que se llamaron evangelios apócrifos, cada uno de los cuáles, ni se escondieron ni se quemaron, la iglesia los tiene y los deja leer y no tendría problemas en anexarlos a la Biblia si estos fuesen reales, pero ¿porque creerle a alguien que no estudio mas que lo básico para escribir sobre el tema frente a un grupo de gente que hace 1500 años que se dedica a estudiarlos?.

El problema es que cualquiera que escriba algo sobre un tema que se remonte mas allá de la edad de vida del hombre, es decir desde hace 150 años hacia atrás, como para asegurarse de que nadie estuviese vivo en ese entonces, puede inventar cualquier historia ya que por mas pruebas que puedan apoyar una u otra teoría siempre en el fondo es un tema de creencias.

¿Sabía usted que hace mil doscientos años, en la Patagonia argentina existían todavía algunos dinosaurios?, pero los indígenas de la zona, tehuelches y mapuches, los exterminaron. En las pinturas de las cuevas se ven claramente los rasgos de estos animales que cazaban con dinosaurios que hoy se conocen. Se han encontrado huesos de menos de dos mil años y en lugares donde habitaban estos indígenas que se dedicaron a comerlos hasta acabar con estos animales.

Bien podría yo, con un poco mas de información y seriedad, hacerle creer a alguno esto que escribo arriba sobre los dinosaurios, que por supuesto es un invento que se me ocurre a medida que escribo, y ese ejercicio es tan sencillo de realizar como el que hace el autor con el lector.

Admiro a los escritores que saben inventar historias basándose en la verdadera historia, admiro a Dan Brown por saber generar un escándalo donde solo su libro y su bolsillo salgan beneficiados mientras el revuelo le da bandera a los carpinteros para salir hablando de mecánica y de las bujías de sus Diesels, lo admiro porque me gustaría escribir una novela de ese estilo, con misterio creado manipulando la historia, creando leyendas, haciendo que todo sea un secreto que se debe proteger con la vida, una trama de sectas, ordenes sagradas, misterios ocultos de las garras de los malos que harán todo lo posible para destruirlo, y demás fantasías. Para que mentir y negar que me gustaría se un creador de ese tipo de historias, pero es que cuando me pongo a escribir y tomo un hecho de la historia me cuesta modificarlo a mi antojo, es como que siento que me estoy mintiendo, como que estoy diciendo algo falso y no logro hacerlo, por eso lo admiro, por tener esa frialdad de hacerlo sin mas reparos, después de todo en la literatura esta permitido.
Los que sí me daría pena es que alguien se tomase en serio esas historias y cuentos absurdos. Si alguien incluso duda que averigüe, que busque información, que estudie, para llegar a saber en cuantos errores, suposiciones falsas o sumamente exageradas carente totalmente de datos verídicos cae Dan Brown en su novela.
No es el hecho de criticar a la iglesia sin reparos, pero es que hay dos tipos de críticas a la iglesia hoy en día, las primeras por su doctrina, y para ello están los no católicos, que son libres de no serlo, y la otra es esta forma de inventar hechos para confundir a la gente que no tiene porque estar informada.

Vamos a un solo ejemplo: el supuesto pago de 100.000 por el Opus Dei.
En el peor de los casos que esto hubiera sucedido, quisiera saber ¿como logró enterarse?, ya que, siendo realistas, probablemente lo sabrían muy pocas personas y sería muy fácil de que incluso no existiesen prueba alguna de ese movimiento.
Si es cierto lo que dice mas bien la CIA debería contratarlo para encontrar a Bin Laden, ya que seguramente el sepa donde esta y que hace todos los días.

No quiero profundizar más sobre el tema, además ya existe mucha gente que lo ha hecho mejor que yo, pero si alguien quiere saber sobre las invenciones en las que se baso el libro le recomiendo "EL SECRETO" y sobre todo las aclaraciónes sobre el Cristianismo, Da Vinci y los Evangelios.

LA SALIDA DE EMERGENCIA

Sonó la alarma en una de las tantas torres de Madrid, y todos en la oficina se levantaron de sus lugares, tomaron sus cosas y siguieron las flechas que indicaban las salidas de emergencia. – Otro simulacro – pensaron los oficinistas. Algunos hasta guardaron sus archivos y apagaron los ordenadores.
Muy prolijamente siguieron las flechas verdes, bajaron la escalera ancha de cemento y recorrieron otro pasillo que terminaba en esas puertas anchas que solo pueden abrirse de un solo lado. Allí los esperaba una flecha que indicaba un camino a la izquierda, y por allí siguieron. Bajaron otra pequeña escalera y circundaron una pared de cemento alta. Humo no se percibía, por lo que todos estaban convencidos que era un simulacro, pero la sirena aún sonaba de fondo. Siguieron bajando y pasando pasillos un rato mas, hasta que se dieron cuenta que estaban perdidos. Lo notaron en un pasillo largo y de techo bajo, por donde pasaban unos caños amarillos y otros rojos. Parecía igual a otro en el que habían estado antes, pero es que todos parecían iguales. Siguieron caminando, algo molestos por tener que hacer estos inútiles simulacros hasta que en una esquina encontraron a un hombre. Vestía traje, como ellos, pero estaba sucio y gastado. Su expresión era como la de un náufrago
- ¿qué hace hombre? – dijo uno mirándolo, - ¿de que piso es, y donde ha estado? – preguntó otro temiendo al verlo, que no fuese un simulacro.
- Hace dos semanas era un trabajador en una torre de oficinas en Los Ángeles, pero hubo un simulacro y pasamos la puerta de la salida de emergencia y nos perdimos. Éramos quince pero los otros fueron quedando en el camino. Ahora solo quedo yo, y ustedes, que también entraron en el laberinto de la salida de emergencia -.

CONCILIO DE NICEA

Se ha escrito un poco mas de la cuenta sobre este episodio.
No solo el hecho de que fue un acto noble de unión de la iglesia, que recién comenzaba sus tiempo y sentaba un principio de unión inquebrantable que, con aciertos y errores, duraría hasta hoy, sino que además solo la misma entidad eclesiástica tiene los únicos documentos sobre este evento, que aconteció en el año 325.
El único tema tratado en ese entonces fue la herejía de Arrio (fundador del Arrianismo, una corriente que hoy en día resurge y de cuyos modernos seguidores actuales gran parte creen que la están inventando, cuando esta creencia tiene más de mil setecientos años). No hay mucha información sobre cuantos obispos se encontraban, las firmas de la lista se cuentan en 218 o 219 pero fueron mal copiadas muchas de ellas, además se tiene informes de la presencia de padres que no se encuentran en la lista, lo que sube el número a por lo menos 237. La cifra que se toma como mas acertada es la de 318, ya que llega a nosotros por una carta de San Atanasio, que participó en el concilio y que nadie encuentra razones por las cuáles dudar de este número.
Lo más importante de esta reunión, que duró varios días y donde se discutieron como pocas veces temas teológicos de raíz, fue el credo, expresando finalmente en la oración que hoy se dice en misa:
Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito del Padre, esto es, de la sustancia [ek tes ousias] del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre [homoousion to patri], por quien todo fue hecho, en el cielo y en la tierra; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y a muertos. Y en el Espíritu Santo. Aquellos que dicen: hubo un tiempo en el que Él no existía, y Él no existía antes de ser engendrado; y que Él fue creado de la nada (ex ouk onton); o quienes mantienen que Él es de otra naturaleza o de otra sustancia [que el Padre], o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o sujeto a cambios, [a ellos] la Iglesia Católica los anatematiza.
Todos los obispos, salvo cinco, se suscribieron y apoyaron esta fórmula de oración donde se declara el corazón del cristianismo en pocas y sencillas palabras. De los cinco solo dos mantuvieron su postura contraria Segundo de Tolomeo y Teón de Marmárica.
Los documentos de este concilio estuvieron siempre en manos de la iglesia y no hay razones lógicas para creer que no fue como lo dicen estos papeles, sin embargo siempre hay personas que, con mucha imaginación, atribuyen secretos y misterios donde no los hay para perturbar y corromper un evento histórico tan preciso y práctico como fue este concilio, conocido por el Símbolo de Nicea-Constantinopla.

PORQUE ES: G=M * M / D2, Y NO ES: G=M * M / D?

Pregunta tan sencilla como la respuesta. Un científico no lo explica porque la ciencia se limita a alcanzar la fórmula y mostrarla. (Newton luego de descubrirla puede se haya puesto contento y puede que luego salió a festejar , pero dudo que luego se haya preguntado el porque esto era así y no de otra forma), mucho menos puede entonces explicar la ciencia porque A=M/N, es decir porque la probabilidad de acertar (A=aciertos) un número entre dos es la cantidad de veces que se intenta (M=muestras) sobre la cantidad de números posibles (N=números).
Yo si fuese el que decidió que esto sea así hubiese puesto A=2M/N, de esta forma habría mas posibilidades de ganar en el casino. Sin embargo es humanamente imposible pensar algo así, y por otro lado es tan sencillo para, digamos Dios, que la fórmula fuese así que sería cuestión de que cada vez que alguien introduzca la mano en una canasta con cinco piedras negras y cinco blancas, todas iguales, sacase la que eligió el doble de veces que la otra. Claro que si hay otra persona que apuesta por lo contrario se complicaría.
Con todo esto digamos que hay científicos que dicen que el universo se creo por una cuestión estadística, y bueno, pero estamos en lo mismo, quien creo esas formulas, que en el fondo es lo mismo que decir que es el que creo el universo?.
La gravedad bien podría ser g=m*m/d, ¿por qué no?, desventajas: los satélites estarían mas lejos, el sol también y habría mas frío, el fútbol sería mas lento, pero también hay ventajas: las caerían mas lento a la tierra y podríamos saltar desde mas alto sin lastimarnos, el fin del universo según el Big Crush estaría mas lejano. Yo definitivamente, si fuese el que la definió la fórmula, le habría puesto solo d (y Newton estaría igual de contento).
Esta claro el punto, y es tan obvio que resalta, alguien decidió que esto era así y no de otra manera, y lo puso frente a nuestras narices para que lo “descubramos” y lo pongamos por escrito en un libro de ciencias. Ahora, ¿quién haría tal cosa?, ¿por qué?. Ah, eso ya no es cuestión de la ciencia. Es más, bajo la bandera del pensamiento racional de todas maneras no existe Dios, porque no se puede probar, es decir que el que “decidió” que esa fórmula como tal no existe. Pero si no existe ¿como se creo esa fórmula?...¿de la nada?, decir esto es algo irracional pues nada se crea de la nada, ¿entonces?...¿la formula es así porque sí?. El pensamiento racional humano y científico no permite la respuesta “es así porque sí”, si yo en un parcial respondía eso en Física me aplazaban seguro. A esta pregunta un buen racionalista (que cree que todo se explica por la razón) no la puede responder así.
Es el enigma de la habitación oscura: “como no veo nada significa que no hay nadie ahí”. ¿Y si “percibimos” algo, que parece moverse?... “pues no, porque no lo vemos, es decir no hay pruebas de que hay alguien ahí”.
Las ciencias son un laberinto de puertas y habitaciones, se abre una y entramos en una nueva habitación donde hay siete puertas nuevas, y si abrimos una de esas encontramos otras siete, eso nos lleva al mismo enigma: ¿al final hay alguien o no?.
Pero en cambio la filosofía no avanza, es decir que llega al punto de reconocer que existe la fe, es decir cosas que no sabemos pero en las que podemos creer. La fe esta estrechamente ligada al conocimiento y al mismo tiempo distanciada por una barrera que se llama descubrir. La fe implica entonces el desconocimiento de algo, si se conoce ya no hay fe pues se transforma de inmediato en conocer. Fe tiene un científico mientras investiga una teoría, si llega a probarla ya no es fe sino conocimiento.
Sin embargo existen algunos conceptos que sabemos que existen y sin embargo no podremos descubrirlos ya que hay un impedimento: exceden a la capacidad de entendimiento de la mente humana. Estos conceptos viven junto a nosotros día a día. Los dos mas básicos y fáciles de reconocer son el espacio y el tiempo. Podemos parametrizarlos, fraccionarlos, medirlos, pero es imposible entenderlos en su origen ni en sus extremos. Por ejemplo, piense un instante en el infinito espacial positivo, verá como no pensó en este, habrá pensado en un lugar lejano, oscuro, no se, algo que vio en una película del espacio por ejemplo, o un número muy largo y con muchos ceros que se pierde en el horizonte, pero no pensó realmente en el infinito. Nuestra mente solo visualizará distintos conceptos espaciales escasos pero no logramos realmente comprenderlo, sucede que nuestra mente no es lo suficientemente inteligente para abarcarlo. Lo mismo con el espacio negativo, siempre podemos pensar en algo mas pequeño y dentro de esto algo mas pequeño aun y así seguir por siempre. Así mismo ocurre con el tiempo, podemos fraccionar un segundo en milisegundos, y volver a fraccionarlo por siempre pero no podemos visualizar el tiempo mínimo, por último lo mismo ocurre con el tiempo máximo. Así llegamos a la conclusión de que no podemos comprender la eternidad, si lo intentamos vemos quizás un lugar blanco o negro, sin nadie, pero sabemos que son interpretaciones de recuerdos o imágenes que conocemos. El big-bang es una bella teoría para explicar el origen del universo, pero el problema es cuando algunos la utilizan pretendiendo explicar mas allá, si el tiempo y el espacio comenzaron en ese instante nuestra mente de inmediato preguntará que había antes, o, un poco mas allá, quien reguló ese comienzo, quien dijo: “ahora” y, digamos “presiono el botón de inicio”.
Aquí es donde se abren los caminos, iguales para todos, y algunos se detienen y se mantienen allí, sin preguntarse nada mas, un agnóstico, necesariamente es esa persona. Pero otros buscan aún mas, entonces encontramos que mucha gente que cree en algo, a veces incluso sin saber explicar el porque le surgió de su interior esa creencia (lo que los cristianos encontramos en el espíritu santo), pero esto no nos prueba nada a ciencia cierta, entonces algunos se esfuerzan mucho, tratan de que su mente supere la barrera que los sitúa del lado de la fe, recién entonces y con mucho esfuerzo, algunos perciben esa sensación de que hay algo mas allá, y la inquietud les revela cada vez mas, y por momentos vuelve la pregunta si será verdad lo que perciben, ya que no hay fórmulas o teorías al respecto. ¿No será un forma de autodefensa?, pero ¿autodefensa de que?, ¿para sobrevivir a que?, si el mismo concepto del tiempo es relativo. La teoría de la supervivencia se basa en el instinto de que una raza “desea” sobrevivir, y esto ¿que sentido tiene?. ¿Qué diferencia habría acaso si desaparece todo ser vivo para el universo sin Dios?. La teoría que revela la existencia de Dios como impulso a la supervivencia no tiene ningún sentido cuando llegamos a la pregunta, ¿y para que queremos sobrevivir?. Si, nos gusta sobrevivir, pero ¿por qué?, y si es algo impuesto, ¿por qué o quién lo impuso?, finalmente es una teoría mas como la de la gravedad, y hasta ella llegamos.
¿Y porque existe la fe?, bien podría no existir y todo sería igual. Pero si nos vamos mas allá: ¿por qué existe el instinto de supervivencia? ¿Que sentido tendría sin una razón extra temporal?. Esa voz que nos dice que debemos tratar de sobrevivir, ¿quién la impuso?, porque todos, creyentes y agnósticos, se levantan por la mañana y viven, estudian, trabajan, aman, se preocupan por cosas, etc. Si no existiese una razón, implícita, explicita, conocida o desconocida, ¿porque el hombre hace esas extraños actos?. Algunos prefieren no preguntárselo, otros lo hacen hasta que llegan a la fe y esta nos lleva siempre a Dios.

CASAMIENTO POR IGLESIA CATOLICA

Personas que no cree en Cristo, ni creen en su vida como tal, incluso que ni siquiera creen en un Dios providencial, pero se los ve entrando sonrientes a la Iglesia, se paran frente al altar. El sacerdote, persona en el que no perciben ninguna autoridad como tal, les habla del señor que esta en la cruz allá al fondo y mientras piensan en el público y en sus propias vanidades oyen como aquel supuesto Dios se hizo hombre y obró milagros y predico mientras, cada tanto y cuando les llega alguna de esas palabras a la mente piensan como alguien puede creer en esas cosas. La pregunta es, en realidad, porque, si no creen en esas cosas, están ahí. Se toman fotos en el templo y la novia se muestra con su vestido en el altar de aquel bello edificio, que además tiene el detalle de ser la casa de Dios para los que tienen una convicción religiosa. Resumiendo, sacan turno para que un señor que les hable de algo que no les interesa.

Hablo hoy de un tema simple, hablo hoy del casamiento de los no católicos o los “no practicantes”, una nueva “postura” desarrollada por lo más cómodo de la sociedad de hoy. Cuando me propusieron el tema al principio me pareció demasiado lejano a los tratados teológicos. Repuse que por mi edad, representaba de alguna manera los problemas mas actuales de la iglesia. Preparé entonces mi pluma para opinar sobre aborto, homosexualidad, Islam y otros problemas o críticas que se le plantean hoy la iglesia, sin embargo descubrí que este tema que me sugerían ni siquiera me lo había planteado por lo que debí comenzar a buscar información, la cuál es tan escasa como genérica ya que ninguno de los tradicionales padres de la iglesia jamás escribió (que tenga conocimiento) sobre el problema. Decidí entonces darme el permiso de utilizar un lenguaje abierto y moderno, con escenas del problema mas que recurrir al estudio teológico convencional.
Partamos de este punto: existen católicos creyentes y militantes, luego católicos creyentes que no siempre pueden cumplir con la liturgia pero creen profundamente en el contenido de ese sagrado libro: la Biblia, y por último están aquellos que ven en las escrituras poco mas que un aburrido libro de cuentos best-seller. Incluso ridiculizan interior o exteriormente a los que tienen la fe en aquel gracioso libro que cuenta historias tan fuera de la realidad. Alzan voces de “ingenuidad” para los creyentes y buscan teorías científicas (que consideran serias) sobre el origen del universo, descartando la posibilidad de Dios y mucho menos de un Cristo resucitado. La libertad de culto o “no culto” se respeta y esta bien, pero el punto de inflexión que roza incluso la falta de respeto, es cuando esta gente, paradójicamente, se casa por iglesia.
“Soy católico no practicante” se oye decir... ¿Qué es eso?. La iglesia católica, a diferencia de un club o un grupo de amigos, no pone sus principios a libre decisión del usuario, un católico apostólico romano es o no es, no existen los “creo pero no estoy de acuerdo con...” o “no me conviene ser...”. Pero ya el peor de los casos, y que supera todo intento de entendimiento moral es el “soy católico pero no creo en Cristo” Lo que se da en estos casos sería un “no creo en la iglesia católica pero me caso por iglesia porque me parece divertido”. Todas estas especulaciones que escribo son mi esforzado intento por comprender que atraviesa la mente de estas personas al casarse por iglesia. Mas aún teniendo en el mercado una amplia variedad de iglesias evangélicas que cubren todos los rubros de “creo pero no estoy de acuerdo con...”.
El casamiento por iglesia representa para un católico la unión sagrada. El Rito del Matrimonio moderno redactado en el Concilio Vaticano II, (cap. 77), deja amplias posibilidades con respecto a la ceremonia y, aunque recomienda el ritual romano, prácticamente se adapta a costumbres de diversos lugares y pueblos.
"Si en alguna parte están en uso otras laudables costumbres y ceremonias en la celebración del Sacramento del Matrimonio, el Santo Sínodo desea ardientemente que se conserven" dice textualmente el concilio. La única condición, implícita, que se pide es lo más básico y necesario: que se tenga verdadera fe y conciencia del acto. Esta única condición es la que no se esta cumpliendo y en la que la iglesia debe insistir, incluso a costa de perder a esos fieles no practicantes que de cristianos solo tienen la herencia y a veces una cruz de moda al cuello.
Haré un pequeño paréntesis para aclarar que hay cristianos por herencia o costumbres pero que son fieles a tal, los hay por elección racional propia, es decir que llegan al cristianismo por medio de la razón, y los hay por fe. Estos últimos responden a esa “voz interior” que les da el espíritu santo y que no se encuentra en ningún instinto científico ya que de por si, sin la existencia de un Dios providencial, no tendría lógica tal instinto de supervivencia, pues la vida quedaría reducida al plano temporal y no tendría mas sentido el obrar. Es decir que el despertar y actuar de cada día de cada hombre responde a una creencia (aunque no lo sepa). Existen incluso aceptaciones especiales para realizar casamientos entre personas de otra religión, siempre que uno de los dos sea católico y acepte el rito. Esto esta bien porque de esta manera se unen las religiones en algo en común que no debe ser un impedimento para el amor.
Pero aún así existe la hipocresía de aquellos de alma tan falsa que llegan al extremo de, no solo no creer y ser parte de la critica a la iglesia (lo cuál esta tan de moda que debería plantearse como deporte olímpico), sino además de utilizar a esa iglesia, cuyo sentido de la piedad y el perdón es tan intenso que no puede reaccionar.
Los motivos de esta gente: ¿mostrarse en público?, ¿presión familiar?, ¿presión social?, son solo deducciones propias en mi escueto intento de comprender algo de raíz incomprensible.
Una persona es libre de elegir ser o no católica pero no pueden existir variantes ni posturas intermedias. El vaticano discutió este tema dos años atrás y, en líneas generales, se resigno a perder a todo el que no acepte las encíclicas y aplaudo esa decisión. La iglesia no debe ser un partido político que pretenda tener un mayor número de adeptos, cada vez que se inclinó hacia esta postura sufrió sus peores momentos éticos y morales, la iglesia pues, debe ser la imagen cierta de Dios en la tierra y debe cumplir con los preceptos que éste, enviando a su propio hijo, dispuso.
Para evitar entonces este casamiento por mero ritual, es decir sin la presencia de Jesús en el corazón de los que se unen en sagrado matrimonio, es necesario evocar una fuerte preparación antes de la ceremonia. Siempre dejando esta misión a libre conciencia del párroco en funciones, debe ser suficiente para que los creyentes lo vivan como una renovación de su fe ya concretada y los falsos e hipócritas desistan en su intento o se conviertan. Debe mejorarse aquel curso intensivo y obligatorio previo, en el que se pida la asistencia completa y donde se repasen a detalle todos los principios de la iglesia y se jure por ellos. Al menos les dará a estos farsantes una oportunidad de aprender sobre la importancia de lo que, sin siquiera saber, están haciendo. Por otro lado los verdaderos católicos recibirán este curso con mayor o menor molestia pero con alegría de quién escucha su canción.
Por último, siempre se colaran algunos de estos incrédulos, ya que la escasez de escrúpulos de los novios que emprenden tal carrera es imposible de reconocer a ciencia cierta. Hay que tener en cuenta que una persona que va a hacer una falsedad tan grande como presentarse ante Dios sin creer en él, tan solo para, digamos: mostrarse en público, lo menos que le afectaría es la mentira de rendir fe a ese Dios, aquellos pues, se casaran con su mejor sonrisa y al menos habrán conocido, para mal o para bien, que aún existen y siempre existirán quienes por alguna razón creemos en algo.

LA TEORIA DE DARWIN

La teoría de Darwin como respuesta al origen del hombre

La diferencia entre los animales y el hombre es tan amplia que es difícil comprender como estamos tan unidos con ellos. Algo tan sencillo como poder amar, sentir pena, compasión, el sufrimiento por heridas del alma, traiciones, venganza, codicia. Todos estos adjetivos nos diferencian de un animal, ni el más inteligente de los animales es capaz de sentir rencor o sentir el deseo de discutir ideales.
Algunos, para simplificar, lo atribuyen al recurso siempre solicitado, de la teoría de la evolución. Aquella teoría explica de forma empírica y genérica como algunos animales, pájaros en general, se adaptan a nuevos hábitos modificando a través de las generaciones su físico. Esta tan lejos de explicar el secreto del hombre que es absurdo simplificarlo a tal extremo. No hay teorías serias que expliquen conexiones entre el origen del hombre y esta sencilla teoría desarrollada para comprender la adaptación de las especies a los cambios del medio.
Porque entonces hay tanta gente que se basa en aquel lejano principio para atribuir todas las conductas humanas a una sola causa tan débil como lo es la evolución?. Hay intención, malicia o simplemente desconocimiento e ignorancia?. La historia nos muestra muchos casos de mal interpretaciones intencionales, desde Descartes hasta Marx, pero siempre basadas en la ignorancia o la falta de profundización. De todas maneras el problema mas grave es la perdida de un camino concreto por uno falso que parte de la incoherente base de teorías modernas que por fuera muestran todas las respuestas y por dentro solo están vacías, tanto de respuestas como de contenido. Así pues una vez mas la humanidad transita sin saber hacia donde creyendo que va por el buen sendero pero sin preguntarse demasiado.
Aquí, como en todos los casos, hay que recurrir a las teorías y criterios de masas donde el comportamiento no responde al comportamiento individual, aunque en estos casos esta mas cerca.
Resulta complaciente sentirse parte de la moda y si la moda requiere pensar de otra manera la masa lo hará, sin cuestionarse si esta manera es la correcta, tan solo lo hará porque esta manera modifica pensamientos antiguos y todo lo viejo siempre, por el principio de las modas, debe ser peor. El cambio es una parte del hombre que dejó de buscar, cansado, el verdadero origen de sí mismo para conformarse con un par de frases bellas que se rescatan de teorías de gente que esta en la moda, sin cuestionarse lo vacías o superficiales que llegan a resultar.
El único consejo rescatable de esta pequeña reflexión, sin profundizar demasiado, es que los hombres que sí se esfuerzan por llegar al fondo y viven con las preguntas sobre el origen latentes en sus mentes, aquellos que practican el sano juego de plantearse preguntas día a día y buscan respuestas con su capacidad de razonamiento, en libros leyendo lo que otros razonaron y en deducciones con bases sólidas, estos, lamentablemente pocos, serán los que dejan en seguida atrás este umbral de teorías de revistas y pasan al plano de la consolidación de cimientos bien estructurados, donde se podrán apoyar el resto de sus vidas, seguros de sí mismos y de lo que han desarrollado para que el día de mañana, que a su vez es hoy a la tarde o dentro de unos minutos, se vean en sus lechos de muerte tranquilos como quien se prepara para embarcar en un excitante viaje, rezando sus últimas oraciones por los que se quedan en lugar de hacerlo por el que se va.

LA FUENTE DE LOS DESEOS

LA FUENTE DE LOS DESEOS

Mucho tiempo atrás la humanidad había sufrido el terror y el miedo, era la época oscura, cuando los señores del mal combatieron por el dominio del mundo. La derrota de los buenos estuvo cerca, pero Dios intervino enviando a los hombres un arma: La fuente de los deseos. Con ella la batalla cambió su curso y la humanidad triunfó. Pero luego, ¿qué hacer con el arma, tan o más peligrosa que el mismo enemigo?. Los druidas de la orden de la fuente, creada para protegerla, decidieron ocultarla para siempre en las tierras más lejanas y deshabitadas del mundo y protegerla con un hechizo para que ningún mago pueda acercarse. Pero se trazó un mapa y se describió la manera de romper el hechizo. Pasó mucho tiempo hasta que descubrieron el nuevo continente y se hicieron las primeras cartografías, entonces el lugar donde se encontraba la fuente fue reconocido y comenzaría una carrera, primero para encontrar el libro del hechizo y luego para encontrar la fuente. Dos druidas con poca experiencia y un hombre deberán evitar que el poder de la fuente caiga en manos de un misterioso ser, corporizado en un monje con extraños poderes y su colaborador inglés.
El relato intenso y de acción sin respiro, se matiza en un contexto de precisas descripciones históricas que mueve a los personajes en un mundo de magia y poderes sobrenaturales ocultos detrás de otro mundo, el de los hombres, que atraviesa la etapa de mayores cambios de su existencia, el final de la Edad Media.

DEDUCCIONES LOGICAS

Miro su ordenador por un rato. Ahí adentro no podía haber nadie, - es físicamente imposible – se dijo convencido. Aunque entonces, ¿como era posible que en la pantalla se estuviese escribiendo un texto solo?.
- Claro -, pensó, - es que estoy conectado a Internet, debe ser un hacker que se metió a mi ordenador – se dijo.
Luego desconecto la línea de Internet. Pero el texto seguía escribiéndose.
- Seguro me dejó un virus programado – concluyó.
Apagó el ordenador, pero el texto seguía.
- Por supuesto, esta fuente de energía ya esta vieja – dedujo.
Desenchufó la fuente, pero aún seguían apareciendo letras en la pantalla.
Se acercó finalmente al ordenador y leyó: “Estoy atrapado adentró de este ordenador, por favor, ayúdeme”.
Agarró la máquina y la tiro a la basura, luego pensó en ir a comprar una nueva pero prefirió ir a acostarse ya que debía levantarse temprano para dar su clase de Física.

Clase 5

TEMA: Descripciones
Existen muchas definiciones que abarcan en mayor o menor sentido que es una descripción, yo tomé creo la mas simple de todas: “las descripciones son las imágenes de un cuento”. Puede discutirse si es exactamente esta la definición, yo entonces le agregaría por delante: “el 90 % de las imágenes son...” y despreciamos el 10% restante.
Centrándonos entonces en presentar en papel una imagen, es importante si nos referimos a algo real o algo inventado. Si describimos una catedral que no existe podemos darnos ciertas libertades, aunque la desventaja es que será por completo una creación (claro que siempre uno se puede “basar en”, tanto explicita como implícitamente). Los personajes suelen responder a esta primera clase de descripción. Si en cambio describimos algo existente ya el trago es otro y solo debemos balancear cuales son los pilares interesantes para llevar nuestra descripción por el camino del cuento. Por ejemplo si describimos Barcelona hay mucho que decir, pero de acuerdo al fin de nuestro relato podemos centrar al lector en los puntos específicos que caracterizan a la ciudad para ligarla al relato.
El equilibrio de un relato se basa en el balance entre la descripción y la acción. Complementándolas sin abusar de una u otra salvo verdadera necesidad.

CONSIGNA:
Descripción de la vista de un Castillo
Descripción de un valle
Descripción de un personaje

AUTOR: Bradbury
Ray Bradbury nació el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois. Durante la Gran Depresión se trasladó con su familia a Los Angeles, donde se graduó en 1938 en Los Angeles High School. Su educación académica acabó ahí, pero continuó formándose por cuenta propia hasta que en 1943 se convirtió en escritor profesional.
Sus obras más conocidas son CRÓNICAS MARCIANAS (1950), una recopilación de relatos que describe con emisividad la colonización de Marte, EL HOMBRE ILUSTRADO (1951) donde tomando como excusa los tatuajes de un hombre se desgranan varios relatos y FARENHEIT 451 (1953) una anti utopía en la que os libros están prohibidos y un grupo secreto de libros vivientes se esfuerzan por transmitir de boca en boca la antigua cultura.
Bradbury no sólo es novelista, también ha escrito innumerables guiones de televisión, ensayos y poemas. Sus preocupación como escritor no sólo se centra en cuestionarse el modo de vida actual, también se adentra en el reino de lo fantástico y maravilloso, con un estilo poético y a veces provocativo. En su niñez, Bradbury fue muy propenso a las pesadillas y horribles fantasías, que acabó por plasmar en sus relatos muchos años después.
Bradbury toma frecuentemente el racismo como tema central de sus relatos, asó como la guerra atómica y, como en FARENHEIT 451, la censura y la tecnología. Su preocupación profunda por el futuro de una humanidad dependiente de las máquinas es otro de los temas que se pueden ver frecuentemente en los relatos de Bradbury. También reflejan algunas de las ansiedades más características de la América actual, como el deseo de una vida más sencilla y alejada del ajetreo de la modernidad o el miedo a lo ajeno, a lo extranjero. Tampoco es extraño encontrar como tema favorito de Bradbury el miedo a la muerte.

Cuento: EL ASESINO, Ray Bradbury
La música se movía con él por los blancos pasillos. Pasó ante una puerta de oficina: La viuda alegre. Otra puerta: La siesta de un fauno. Una tercera: Bésame otra vez. Dobló en un corredor. La danza de las espadas lo sepultó bajo címbalos, tambores, ollas, sartenes, cuchillos, tenedores, un trueno y un relámpago de estaño, todo quedó atrás cuando llegó a una antesala donde una secretaria estaba hermosamente aturdida por la Quinta de Beethoven. Pasó ante los ojos de la muchacha como una mano; ella no lo vio.
La radio pulsera zumbó.
-¿Sí?
-Es Lee, papá. No olvides mi regalo.
-Sí, hijo, sí. Estoy ocupado.
-No quería que te olvidases, papá- dijo la radio pulsera.
Romeo y Julieta de Tchaikovsky cayó en enjambres sobre la voz y se alejó por los largos pasillos. El psiquiatra caminó en la colmena de oficinas, en la cruzada polinización de los temas, Stravinsky unido a Bach, Haydn rechazando infructuosamente a Rachmaninoff, Schubert golpeado por Duke Ellington. El psiquiatra saludó con la cabeza a las canturreantes secretarias y a los silbadores médicos que iban a iniciar el trabajo de la mañana. Llegó a su oficina, corrigió unos pocos textos con su lapicera, que cantó entre dientes, luego telefoneó otra vez al capitán de policía del piso superior. Unos pocos minutos más tarde, parpadeó una luz roja, y una voz dijo desde el cielo raso:
-El prisionero en la cámara de entrevistas número nueve.
Abrió la puerta de la cámara, entró, y oyó que la cerradura se cerraba a sus espaldas.
-Lárguese-dijo el prisionero, sonriendo.
La sonrisa sobresaltó al psiquiatra. Una sonrisa soleada y agradable, que iluminaba brillantemente el cuarto. El alba entre lomas oscuras. El mediodía a medianoche, aquella sonrisa. Los ojos azules chispearon serenamente sobre aquella confiada exhibición de dientes.
-Estoy aquí para ayudarlo- dijo el psiquiatra frunciendo el ceño.
Había algo raro en el cuarto. El médico había titubeado al entrar. Miró alrededor. El prisionero se rió.
-Si está preguntándose por qué hay aquí tanto silencio, deshice la radio a puntapiés.
Violento, pensó el doctor.
El prisionero le leyó el pensamiento, sonrió, y extendió una mano suave.
-No, sólo con las máquinas que chillan y chillan.
En la alfombra gris se veían pedazos de cable y lámparas de la radio de pared. Sintiendo sobre él aquella sonrisa como una lámpara calorífera, el psiquiatra se sentó frente a su paciente, en un silencio insólito que era como la amenaza de una tormenta.
-¿Es usted el señor Albert Brock que se llama a sí mismo El Asesino?
Brock asintió agradablemente.
-Antes de empezar.-Se movió con rapidez y sin ruido y le sacó al doctor la radio pulsera. La mordió como si fuese una nuez, y la radio crujió y estalló. Brock se la devolvió al médico como si le hubiese hecho un favor- . Es mejor así.
El psiquiatra se quedó mirando el arruinado aparato.
-Su cuenta de daños y perjuicios está creciendo.
-No me importa-sonrió el paciente-. Como dice la vieja canción: ¡No me importa lo que pasa!
El hombre tarareó.
-¿Empezamos?-dijo el psiquiatra.
-Muy bien. Mi primera víctima, o una de las primeras, fue el teléfono. Un crimen espantoso. Lo eché en el sumidero mecánico de mi cocina. Puse el aparato en punto medio. El pobre teléfono murió por estrangulación lenta. Luego maté a tiros el televisor.
-Mmm-dijo el psiquiatra.
-Le disparé seis tiros en el cátodo. Se oyó un hermoso tintineo, como una araña de luces que cae al piso.
-Linda imagen.
-Gracias, siempre soñé con ser escritor.
-¿Por qué no me dice cuando empezó a odiar el teléfono?
-Me aterrorizaba ya en la infancia. Un tío mío lo llamaba la máquina de los fantasmas. Voces sin cuerpo. Me ponía los pelos de punta. Más tarde, nunca me sentí cómodo. El teléfono me parecía un instrumento impersonal. Si a él se le ocurría, dejaba que la personalidad de no fuese por sus cables. Si no lo quería así, lo mismo le sacaba a uno la personalidad hasta que por el otro extremo salía una voz de pescado frío, toda acero, cobre, plásticos, sin calor, sin realidad. Es fácil decir alguna inconveniencia cuando se habla por teléfono; el teléfono cambia el significado de las frases. Y al fin uno se entera del hecho que se ha ganado un enemigo. Luego, por supuesto, el teléfono es algo tan conveniente. Ahí está, exigiendo que uno llame a alguien que no quiere que lo llamen. Mis amigos estaban siempre llamando, llamando, llamándome. Demonios, no me dejaban tiempo para nada. Cuando no era el teléfono, era la televisión, la radio, el fonógrafo. Cuando no era la televisión, la radio o el fonógrafo eran las películas en el cine de la esquina, películas proyectadas en nubes bajas, con publicidad. Ya no llueve más agua, llueve espuma de jabón. Cuando no eran los anuncios en nubes de alta visibilidad, era la música de Mozzek en todos los restaurantes; música y anuncios en los ómnibuses que me llevaban al trabajo. Cuando no era la música, eran los intercomunicadores de la oficina, y la cámara de horror de una radio pulsera desde donde mis amigos y mi mujer me llamaban cada cinco minutos. ¿Qué hay en esas conveniencias que las hace parecer tan tentadoramente convenientes? El hombre común piensa: Aquí estoy, dispongo de tiempo, y aquí en mi muñeca hay un teléfono pulsera. ¿Por qué no llamar al viejo Joe, eh? «¡Hola, hola!» Quiero mucho a mis amigos, a mi mujer, la humanidad. Pero cuando mi mujer me llama para preguntarme: «¿Dónde estás ahora, querido?», y un amigo me llama y dice: «¿Conoces este chiste verde? Parece que una vez un tipo...» Y un desconocido me llama y grita: «Esta es la encuesta Encuentra-Rápido. ¿Qué caramelo de goma está masticando en este instante?» ¡Bueno!
-¿Cómo se sentía durante la semana?
-Al borde del precipicio. Aquella misma mañana hice eso en la oficina.
-¿Qué fue?
-Eché un vaso de agua en el intercomunicador. El psiquiatra anotó en su libreta
-¿Y el sistema se apagó?
-¡Magníficamente! ¡El cuatro de julio en ruedas! Dios mío, las estenógrafas corrían de un lado a otro como perdidas. ¡Qué confusión!
-¿Se sintió mejor durante un tiempo, eh?
-¡Muy bien! Al mediodía se me ocurrió cerrar la radio pulsera en la calle. Una voz aguda me gritaba: «Encuesta popular número nueve. ¿Qué almuerza usted? » En ese mismo momento, ¡se acabó la radio pulsera!
-¿Se sintió mejor aún, eh?
-¡Cada vez mejor!-Brock se frotó las manos- . ¿Por qué no iniciar, pensé, una revolución solitaria, liberando al hombre de ciertas «conveniencias»? «¿Conveniente para quién?», grité. Conveniente para los amigos. «Eh, Al, te llamo desde el bar de Green Hills. Acabo de abrir una botella de whisky, Al. Hermoso día. Ahora estoy tomando unos tragos. ¡Pensé que te gustaría saberlo, Al!» Conveniente para mi oficina, de modo que cuando ando trabajando en mi coche, la radio no pierde el contacto conmigo. ¡Contacto! Palabra tímida. Contacto, demonios. ¡Estrujamiento. Manoseo, mejor. Aporreo y masajeo. Uno no puede dejar el coche sin avisar: «Me he detenido en la estación de gasolina para ir al cuarto de baño.» «Muy bien, Brock, ¡rápido!» «Brock, ¿por qué tarda tanto?» «Lo siento, señor.» «Que no se repita, Brock.» «¡No, señor!» ¿Sabe usted que hice, doctor? Compré un cuarto kilo de helado de chocolate y lo eché en el transmisor de radio del coche.
-¿Tuvo alguna razón especial para echar helado de chocolate en el aparato?
Brock pensó un momento y sonrió.
-Es mi helado favorito.
-Oh-dijo el doctor.
-Pensé, demonios, lo que es bueno para mí es bueno también para el transmisor.
-¿Y por qué echar helado en la radio?
-Hacía calor.
El doctor calló un momento.
-¿Y qué vino luego?
-Luego vino el silencio. Dios, era hermoso. Aquella radio del auto codeando todo el día. Brock, venga aquí, Brock, vaya allá, Brock, llame, Brock, escuche, muy bien, Brock, hora de almorzar, Brock, ha terminado el almuerzo, Brock, Brock, Brock, Brock. Bueno, aquel silencio fue como si me hubiese echado helado en las orejas.
-Parece que le gusta mucho el helado.
-Me paseé en el auto disfrutando del silencio. Es la franela más blanda y suave del mundo. El silencio. Una hora entera de silencio. Yo paseaba en el coche, sonriendo, sintiendo aquella franela en mis oídos. ¡Me emborraché de libertad!
-Continúe.
-Entonces se me ocurrió lo de la máquina portátil de diatermia. Alquilé una, y aquella noche subí con ella al ómnibus que me llevaría a casa. Todos los viajeros hablaban con sus mujeres por la radio pulsera diciendo: «Ahora estoy en la calle Cuarenta y tres, ahora en la Cuarenta y cuatro, aquí estoy en la Cuarenta y nueve, ahora doblamos en la Sesenta y una.» Un marido maldecía: «Bueno, sal de ese bar, maldita sea y vete a casa a preparar la cena. ¡Estoy en la Setenta!» Y una radio de transistores tocaba Cuentos de los bosques de Viena, y un canario cantaba una canción acerca de una sopa de cereales. En ese momento..., ¡encendí mi aparato de diatermia! ¡Estática! ¡Interferencia! Todas las mujeres separadas de los maridos que habían acabado una dura jornada en la oficina. ¡Todos los maridos separados de sus mujeres que acababan de ver cómo sus chicos rompían una ventana! Talé los Bosques de Viena. El canario se atragantó. ¡Silencio! Un terrible, inesperado silencio. Los pasajeros del ómnibus tuvieron que afrontar la posibilidad de conversar entre ellos. ¡El pánico! ¡Un pánico puro y animal!
-¿Se lo llevó la policía?
-El ómnibus tuvo que detenerse. Después de todo, la música había desaparecido, maridos, mujeres habían perdido contacto on la realidad. Un pandemonio, un tumulto, y un caos. ¡Ardillas que chillaban en sus jaulas! Llegó una patrulla, me descubrieron rápidamente, me endilgaron un discurso, me multaron, y me mandaron a casa, sin el aparato de diatermia, en un santiamén.
-Señor Brock, ¿puedo sugerirle que su conducta hasta ese momento no había sido muy... práctica? Si no le gustaban las radios de transistores, o las radios de oficina, o las radios de auto, ¿por qué no se unió a alguna asociación de enemigos de la radio, firmó petitorios, o luchó por normas legales y constitucionales? Al fin y al cabo, estamos en una democracia.
-Y yo-dijo Brock- estoy en lo que se llama una minoría. Me uní a asociaciones, firmé petitorios, llevé el asunto a la justicia. Protesté todos los años. Todos se rieron, todos amaban las radios y los anuncios. Yo estaba fuera de lugar.
-Entonces tenía que haberse conducido como un buen soldado, ¿no le parece? La mayoría manda.
-Pero han ido demasiado lejos. Si un poco de música y «mantenerse en contacto» es agradable, piensan que mucha música y mucho «contacto» será diez veces más agradable. ¡Me volvieron loco! Llegué a casa y encontré a mi mujer histérica. ¿Por qué? Porque había perdido todo contacto conmigo durante medio día. ¿Recuerda que bailé sobre mi radio pulsera? Bueno, aquella noche hice planes para asesinar la casa.
-¿Pero quiere que lo escriba así? ¿Está seguro?
-Es semánticamente exacto. Había que enmudecerla. Mi casa es una de esas casas que hablan, cantan, tararean, informan sobre el tiempo, leen novelas, tintinean, entonan una canción de cuna cuando uno se va a la cama. Una casa que le chilla a uno una ópera en el baño y le enseña español mientras duerme. Una de esas cavernas charlatanas con toda clase de oráculos electrónicos que lo hacen sentirse a uno poco más grande que un dedal, con cocinas que dicen: «Soy una torta de durazno, y estoy a punto» o «Soy un escogido trozo de carne asada, ¡sácame!», y otras cosas semejantes. Con camas que lo mecen a uno y lo sacuden para despertarlo. Una casa que apenas tolera a los seres humanos, se lo aseguro. Una puerta de calle que ladra: «¡Tiene los pies embarrados, señor!» Y el galgo de una válvula de vacío electrónica que lo sigue a uno olfateándolo de cuarto en cuarto, sorbiendo todo fragmento de uña o ceniza que uno deja caer. ¡Jesucristo! ¡Jesucristo!
-Cálmese-sugirió el psiquiatra.
-¿Recuerda aquella canción de Gilbert y Sullivan, Lo he anotado en mi lista, y jamás lo olvidaré? Me pasé la noche anotando quejas. A la mañana siguiente me compré una pistola. Me embarré los zapatos a propósito. Me planté ante la puerta de calle. La puerta chilló: «¡Pies sucios, pies embarrados! ¡Límpiese los pies! ¡Por favor sea aseado!» Le disparé un tiro por el ojo de la cerradura. Corrí a la cocina, donde el horno lloriqueaba: «¡Apáguenme!» En medio de una tortilla mecánica, enmudecí la cocina. O cómo siseó y gritó: «¡Un corto circuito!» Entonces sonó el teléfono, como un murciélago. Lo eché en el sumidero mecánico. Debo declarar aquí que no tengo nada contra el sumidero. Lo siento por él, un dispositivo útil sin duda, que nunca dice una palabra, ronronea como un león soñoliento la mayor parte del tiempo, y digiere nuestros restos. Lo arreglaré. Luego fui y maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco, y yo mismo siempre volviendo a él, volviendo y esperando, hasta que... ¡pum! Como un pavo sin cabeza, mi mujer salió chillando a la calle. Vino la policía. ¡Y aquí estoy!
Brock se echó hacia atrás, feliz, y encendió un cigarrillo.
-¿Y no pensó usted, al cometer esos crímenes, que la radio pulsera, el transmisor, el teléfono, la radio del ómnibus, los intercomunicadores, eran todos alquilados, o pertenecían a algún otro?
-Lo haría otra vez, que Dios me proteja.
El psiquiatra se quedó inmóvil bajo el sol de aquella beatífica sonrisa.
-¿Y no quiere que lo ayude la Oficina de Salud Mental? ¿Está preparado a soportar las consecuencias?
-Esto es sólo el comienzo-dijo el señor Brock- . Soy la vanguardia de unos pocos cansados de ruidos y órdenes y empujones y gritos, y música en todo momento, en todo momento en contacto con alguna voz de alguna parte, haz esto, haz aquello, rápido, rápido, ahora aquí, ahora allá. Ya veremos. La rebelión comienza. ¡Mi nombre hará historia!
- Mmm.
El psiquiatra parecía pensativo.
-Llevará tiempo, por supuesto. Era tan agradable al principio. La sola idea de esas cosas, tan prácticas, era maravillosa. Eran casi juguetes con los que uno podía divertirse. Pero la gente fue demasiado lejos, y se encontró envuelta en una red de la que no podía salir, ni siquiera advertía que estaba dentro. Así que dieron a sus nervios otro nombre «La vida moderna», dijeron. «Tensión», dijeron. Pero recuérdelo, se ha echado la semilla. Me conocen en todo el mundo gracias a la TV, la radio, las películas. Es una ironía. Eso fue hace cinco días. Un billón de personas me conoce. Revise las columnas de las finanzas. Un día notará algo. Quizá hoy mismo. ¡Una alza repentina en las ventas de helado de chocolate!
-Entiendo-dijo el psiquiatra.
-¿Puedo volver a mi hermosa celda privada, donde podré estar solo y en silencio durante seis meses?
-Sí- dijo el psiquiatra en voz baja. -No se preocupe por mí- dijo el señor Brock incorporándose- . Me voy a entretener un tiempo metiéndome ese blando, suave y callado material en las orejas.
-Mmm-dijo el psiquiatra yendo hacia la puerta.
-Saludos-dijo el señor Brock.
-Sí- dijo el psiquiatra.
Apretó el botón oculto de acuerdo con la clave. La puerta se abrió, el psiquiatra salió del cuarto, la puerta se cerró. El psiquiatra atravesó oficinas y corredores. Los primeros veinte metros de su marcha fueron acompañados por El tamboril chino. Luego se oyó Tzigana, Passacaglia y fuga en algo menor, E1 paso del tigre, El amor es como un cigarrillo. Sacó la radio pulsera rota del bolsillo como una mantis religiosa muerta. Entró en su oficina. Sonó un timbre. Una voz llegó desde el cielo raso:
-¿Doctor?
-Acabo de terminar con Brock.
-¿Diagnóstico?
-Parece completamente desorientado, pero jovial. Rehusa aceptar las más simples realidades de su ambiente, y cooperar con ellas.
-¿Pronóstico?
-Indefinido. Lo dejé disfrutando con un trozo de material invisible.
Llamaron tres teléfonos. Un duplicado de su radio pulsera zumbó en un cajón del escritorio como una langosta herida. El intercomunicador lanzó una luz robada y un clic-clic. Llamaron tres teléfonos. El cajón zumbó. Entró música por la puerta abierta. El psiquiatra, tarareando entre dientes, se puso la nueva radio pulsera en la muñeca, abrió el intercomunicador, habló un momento, atendió un teléfono, habló, atendió otro teléfono, habló, atendió un tercer teléfono, habló, tocó el botón de la radio pulsera, habló serenamente y en voz baja, con una cara descansada y tranquila, mientras se oía música y las luces se apagaban y encendían, los dos teléfonos llamaban otra vez, y él movía las manos, y la radio pulsera zumbaba, y los intercomunicadores conversaban, y unas voces hablaban desde el techo. Y así siguió serenamente el resto de una larga y fresca tarde de aire acondicionado; teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera...

Clase 4

TEMA: Diálogos

El diálogo es uno de los pasos decisivos que debe dar un escritor para convertirse de verdad en un escritor. Aunque en un cuento no siempre sea tan trascendental como en un guión de teatro o cine, saber abordar un diálogo correctamente es
Conducir el diálogo, llevándolo por los caminos deseados es una tarea difícil que requiere técnicas y prácticas hasta que se pueda gestar un estilo propio que muchas veces define una clara característica del autor.
En contra de lo que enseñan muchos, en mi opinión el realismo de una conversación no debe ser un condicionante y no siempre debe respetarse ya que de por sí un cuento no es real.
Un buen diálogo debe saber jugar con lo la tensión, el humor y los conflictos, debe saber traducir los estados anímicos, las sensaciones y emociones de los personajes en palabras. Las conversaciones son un buen recurso para comunicar al lector el perfil y el carácter de un personaje sin acudir a descripciones directas. Son una vía para crear escenarios y contextos, a la vez que son una clara herramienta para informar al lector y avanzar en la historia.

Ejemplos de diálogos.

CONSIGNA:
Diálogo entre un policía y suicida al borde de un puente.
Diálogo de una pareja.
Diálogo de delincuentes preparando un atraco al banco.

AUTOR: Borges
Cuento
"es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor" J.LB.
El 24 de agosto de 1899, nace en Buenos Aires Jorge Luis Borges en casa de Isidoro Acevedo, su abuelo paterno. Es bilingüe desde su infancia y aprenderá a leer en inglés antes que en castellano por influencia de su abuela materna de origen inglés.
Georgie, como es llamado en casa, tenía apenas seis años cuando dijo a su padre que quería ser escritor. A los siete años escribe en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, La visera fatal, inspirado en un episodio del Quijote; a los nueve traduce del inglés "El príncipe feliz" de Oscar Wilde.
En 1914, y debido a su ceguera casi total, el padre se jubila y decide pasar una temporada con la familia en Europa. Debido a la guerra, se instalan en Ginebra donde Gerorgie escribirá algunos poemas en francés mientras estudia el bachillerato (1914-1918). Su primera publicación registrada es una reseña de tres libros españoles escrita en francés para ser publicada en un periódico ginebrino. Pronto empezará a publicar poemas y manifiestos en la prensa literaria de España, donde reside desde 1919 hasta 1921, año en que los Borges regresan a Buenos Aires. El joven poeta redescubre su ciudad natal, sobre todo los suburbios del Sur, poblados de compadritos. Empieza a escribir poemas sobre este descubrimiento, publicando su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires (1923). Instalado definitivamente en su ciudad natal a partir de 1924, publicará algunas revistas literarias y con dos libros más, Luna de enfrente e Inquisiciones, establecerá ya en 1925 su reputación de jefe de la más joven vanguardia.
En los treinta años siguientes, Georgie se transforma en Borges; es decir: en uno de los más brillantes y más polémicos escritores de nuestra América. Cansado del ultraísmo (escuela experimental de poesía que se desarrolló a partir del cubismo y futurismo) que él mismo había traído de España, intenta fundar un nuevo tipo de regionalismo, enraizado en una perspectiva metafísica de la realidad. Escribe cuentos y poemas sobre el suburbio porteño, sobre el tango, sobre fatales peleas de cuchillo ("Hombre de la esquina rosada" ,"El Puñal"). Pronto se cansará también de este ismo y empezará a especular por escrito sobre la narrativa fantástica o mágica, hasta punto de producir durante dos décadas, 1930-1950, algunas de las más extraordinarias ficciones de este siglo (Historia universal de la infamia,1935; Ficciones, 1935-1944; El Aleph, 1949; entre otros).
En 1961 comparte con Samuel Beckett el Premio Formentor otorgado por el Congreso Internacional de Editores, y que será el comienzo de su reputación en todo el mundo occidental. Recibirá luego el título de Commendatore por el gobierno italiano, el de Comandante de la Orden de las Letras y Artes por el gobierno francés, la Insignia de Caballero de la Orden del Imperio Británico y el Premio Cervantes, entre otros numerosísimos premios y títulos.
Una encuesta mundial publicada en 1970 por el Corriere della Sera revela que Borges obtiene allí más votos como candidato al Premio Nobel que Solzhenitsyn, a quien la Academia Sueca distinguirá ese año.
El 27 de Marzo de 1983 publica en el diario La Nación de Buenos Aires el relato "Agosto 25, 1983", en que profetiza su suicidio para esa fecha exacta. Preguntado tiempo más tarde sobre por qué no se había suicidado en la fecha anunciada, contesta lisamente: "Por cobardía". Ese mismo año la Academia sueca otorga el Premio Nobel a William Golding; uno de los académicos denuncia la mediocridad de la elección. Todos siguen preguntándose por qué Borges es sistemáticamente soslayado. El premio a Golding parece dar la razón a los que dudan de que los académicos suecos sepan realmente leer.
Las mejores webs de Borges:
http://old.clarin.com/diario/especiales/Borges/html/Sarlo.html
http://www.clarin.com.ar/diario/especiales/Borges/html/Menu.html
http://www.fcaglp.unlp.edu.ar/~sixto/sabato/dialogos/dialogos.htm

Brillante en su oscuridad, amante fiel de la metáfora, amigo de parábolas y confidencias, diestro en el verso libre y el soneto, simulador de pequeñas incertidumbres, introvertidamente irónico, humorista por certeza, asombrado ante lo cotidiano, insistente en su contingencia de haber podido ser otro, cuestionador de todo lo obvio y definitivo, denunciante de las paradojas, iconoclasta de lo evidente, alma indivisa de todo el género humano, vencedor de su ego, descreído de dogmas, profundamente religioso en su sentirse ligado a todo lo existente, posible personaje de sus cuentos escritos por otro, modesto hasta la exasperación o la sonrisa, ciudadano de universos paralelos.

Clase 3

TEMA: Poesía

Hay tanto que se puede hablar de la poesía que para buscar información decidí tan solo escribir “poesía” en el google. Resultado: 1.010.000 (un número bastante simbólico por cierto). El idioma es importante en una poesía, por eso cuesta leer a escritores que no sean españoles sin perder el espíritu de la poesía.
Es tan vasto el género y tanto se puede decir y tanto lo que encontré que me quede con tan solo una frase que creo resume bastante bien:

En poesía se permite todo.
Nicanor Parra (poeta)

Por eso creo que cada cuál tiene su propio método para escribir y creo que todos son válidos.

CONSIGNA:
Poesía

AUTOR: Bécquer
Nació en Sevilla, hijo de un pintor y hermano de otro, Valeriano. También él mismo practicó la pintura, pero, después de quedarse huérfano y trasladarse a Madrid, en 1854, la abandonó para dedicarse exclusivamente a la literatura. No logró tener éxito y vivió en la pobreza, colaborando en periódicos de poca categoría. Posteriormente escribió en otros más importantes, donde publicó crónicas sociales, algunas de sus Leyendas y los ensayos costumbristas Cartas desde mi celda. Obtuvo un cargo muy bien pagado, en 1864, de censor oficial de novelas. Hacia 1867 escribió sus famosas Rimas y las preparaba para su publicación, pero con la Revolución de 1868 se perdió el manuscrito y el poeta tuvo que preparar otro, en parte de memoria. Su matrimonio, con la hija de un médico, le dio tres hijos, pero se deshizo en 1868. Bécquer, que desde 1858 estaba aquejado de una grave enfermedad, probablemente tuberculosa o venérea, se trasladó a Toledo, a casa de su hermano Valeriano. Este murió en septiembre de 1870 y el poeta el 22 de diciembre, a los treinta y cuatro años.
Las Rimas, una colección de setenta y seis poesías, publicadas al año siguiente con el título inicial de El libro de los gorriones, poseen una cualidad esencialmente musical y una aparente sencillez que contrasta con la sonoridad un tanto hueca del estilo de sus predecesores. Formalmente son poemas breves en versos asonantes, donde el mundo aparece como un conjunto confuso de formas invisibles y átomos silenciosos cargados de posibilidades armónicas que se materializan en visión o sonido gracias a la acción del poeta que une las formas con las ideas. Se refieren a la emoción de lo vivido, al recuerdo, a experiencias convertidas en sentimientos. También aparece el amor, el desengaño, el deseo de evasión, la desesperanza y la muerte. Su pureza y humildad, junto con su engañosa sencillez, suponen la -culminación de la poesía del sentimiento y de la fantasía.
Un acento poético semejante y una calidad artística nada inferior, tienen las Leyendas, título con el que se agrupan todas las narraciones en prosa de Bécquer. Se publicaron originalmente en periódicos, entre 1861 y 1863, por lo que se supone que su composición fue anterior a la mayor parte de las Rimas. Son veintidós y están escritas con un estilo vaporoso, delicado y rítmico, donde abundan las descripciones, las imágenes y las sensaciones. Revelan un aspecto importante del romanticismo literario de su autor al mostrar un interés artístico y arqueológico por la edad media, con sus templos y claustros románicos o góticos, campos sombríos y calles tenebrosas, palacios y castillos. Predomina en ellas un espíritu donde se impone lo misterioso, lo sobrenatural y mágico con historias de raíz popular en muchas ocasiones, en las que la búsqueda de lo inalcanzable suele ser su argumento central. Bécquer también escribió teatro, adaptó obras dramáticas ligeras francesas e italianas. Colaboró en una gran obra editorial, Historias de los templos de España, de la que sólo apareció un volumen, en 1864. Y en sus Cartas literarias a una mujer, de 1860-61, expone sus puntos de vista con respecto a su poesía, que para él es -estética del sentimiento.- Las Rimas y las Leyendas de Bécquer continúan editándose con regularidad y, aún hoy en día, constituyen uno de los puntos de referencia capitales de la literatura moderna española

Busco en la vida la muerte
Cervantes

Busco en la vida la muerte,
Salud en la enfermedad,
En la prisión libertad,
En lo cerrado salida
En el traidor lealtad.

Pero mi suerte, de quién
Jamás espero algún bien,
Con el cielo ha estatuido,
Que, pues lo imposible pido,
Lo posible aún no me den.

Rimas de Béquer

Al brillar un relámpago nacemos
y aún dura su fulgor cuando morimos;
tan corto es el vivir.
La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
despertar es morir.

***

Yo me he asomado a las profundas simas
de la tierra y del cielo,
y les he visto el fin o con los ojos
o con el pensamiento.
Mas, ¡ay!, de un corazón llegué al abismo
y me incliné un momento,
y mi alma y mis ojos se turbaron.
¡Tan hondo era y tan negro!

Clase 1

TEMA: La idea

La idea es la el nacimiento de un cuento. Es el paso inicial del camino. Desde la idea se engendra el resto.
La inspiración precede a la idea, por ende esta es la inmediata consecuencia de la inspiración. Si la inspiración es la chispa, la idea es el explosivo (pólvora) y el tema sería la bomba completa.
Suele situarse en diferentes partes de la estructura de acuerdo al género o al autor. En los géneros de misterio o suspenso la idea suele ser el desenlace, también suele ser el final de los cuentos cortos. En cambio en las novelas se encuentra muchas veces relacionado con el tema y hasta pueden confundirse fácilmente en ese género ya que la idea puede convertirse de inmediato en el tema. Es decir que el tema puede abarcar la idea en sí (pero esto se da más que nada en las novelas, en cuentos suelen ir por separado).

Ejemplos de las diferencias entre la idea y el tema:

Tema: La vida de los indios tehuelches antes de la llegada de los conquistadores
Idea: un indio que puede ver el futuro y predice la llegada del rey blanco, advirtiendo a su cacique.
Tema: Los sueños
Idea: hay seres que escriben los sueños
Tema: marineros (el tema podría ser mineros, montañistas, etc).
Idea: buscar una puerta al paraíso.

CONSIGNA:
Escribir un relato con las siguientes frases en cualquier parte de su interior, manteniendo en el orden.

Posibilidad 1:
...pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara su discípulo...
...dijo – el camino es la piedra...
...ambos sabían que no volverían a verse...

Posibilidad 2:
...la noche estaba muy avanzada...
...los cuatro amigos se refugiaron en la biblioteca...
...el bigote de Griswold se erizó...

Posibilidad 3:
...era de noche...
...sintió pasos en el techo...
...corría por el bosque sin mirar hacia atrás...
...nadie mas lo sabía...

AUTOR: EDGAR ALAN POE
Poe hubiera escrito:
El invierno arrasaba tal cual al diablo le hubiera gustado. El puerto lucía tenebroso y desierto. Las luces de la taberna que cerraba a unos cien metros de donde estaba el cuerpo agonizante eran las únicas que competían contra las sombras.

Sin dinero, sin documentos y casi sin vida, la persona era llevada la hospital publico de Washington donde moriría cuatro días después sin que nadie supiera que era Edgar Allan Poe, el gran maestro de la literatura Policial.
El 7 de Octubre moría en Baltimore, Estados Unidos, el creador del genero policial, el iniciador de la ciencia ficción, el gran maestro del terror, el padre del cuento en formato moderno. Poe. Simplemente. La persona que con su innovaciones estéticas y su estilo revolucionario, marcó a fuego la literatura moderna, aún habiendo pasado mas de 150 años de su muerte.
Poe fue expulsado al año de haber entrado en la Academia Militar de West Point por la tendencia ya acentuada a la bebida y al juego. Corría 1830 y Poe era editor, periodista y escritor, pero a pesar de su notoriedad debía soportar penurias económicas y personales. A sus adicciones debió sumarle al poco tiempo la enfermedad de su esposa que terminó por derrumbarlo. En 1849 como se describe arriba, el escritor moría en la mas triste de las miserias. La del olvido.
Clasicos de la literatura mundial son de su autoría, obras maestras como: El pozo y el Péndulo, El Gato Negro, El extraño caso del Sr. Valdemar, El escarabajo de Oro (elegido por J.Luis Borges como uno de los mejores cuentos de la historia), El Cuervo y cientos mas.
Poe, nacido a 19 dias de iniciado el 1809, fué una persona signada por el abandono. Abandonado por su padre al año de vida y por su madre (murio de Tuberculosis) a los dos, fué adoptado por John Allan, un rico comerciante escocés. Gracias a ello, la educación que Poe recibió fué en colegios de gran nivel de Inglaterra donde se había radicado.
Años después, ya de vuelva en su pais natal, el escritor vuelve a recibir un revés triste en su vida: su madre adoptiva muere y su padrastro, cansado de aceptar la debilidad de Poe por el juego decide separarse de él para siempre. Poe pierde el refugio y decide probar suerte en la milicia pero pronto, al darse cuenta de su error se hace expulsar y retorna a la calle nuevamente. Tres libros ya convivían con el entre la pobreza y la esperanza: "Tamerlan", "Al Aaraaf" y "Poemas".
Poco a poco, las cosas fueron mejorando a la par que su literatura crecía. Aparecieron "Metzengerstein" y luego "Manuscrito hallado en una botella" por el que recibiría su primer premio. Y meses mas tarde conseguiría colaborar con varias revistas literarias y vendería sus mejores creaciones por monedas que cambiaría por alcohol y deudas de juego. "El corazón delator", "La casa Usher" y el "Escarabajo de Oro" datan de esta época.
Si ya Poe era ferozmente criticado tanto por la critica como por la sociedad en general, más lo fue cuando decidió casarse con su propia prima, que además solo tenía catorce años. En esos meses posteriores, varios cuentos de su autoría fueron apareciendo en distintos medios locales y compilados luego en el libro que tituló "Cuentos de lo grotesco y lo arabesco". Pero el éxito y el reconocimiento seguían si aparecer, tuvo que esperar hasta 1845 cuando publicó "El Cuervo y otros poemas" para lograr algo de que se merecía. Allí, comenzó a recoger su siembra, grandes de verdad como Borges y Cortazar (su traductor al Castellano) comenzaron a conocerlo. Y a agradecerle. Pero poco duró la felicidad para Poe. Dos años después su esposa murió y lo dejó solo y desguarnecido ante sus fantasmas de siempre.
El opio, el whisky y el Poker comenzaron a ganarle la partida a sus vastos conocimientos de historia, derecho, filosofía, física y hasta astronomía (grandes ensayos lo prueban, como "Eureka" quizás el mejor). Lo escribió Poe en una carta privada: "...desde que escribí Eureka ya no tengo deseos de vivir. No podría escribir nada mas..."
"...la literatura es inconcebible sin Whitman y sin Poe..." Jorge Luis Borges.
EL GATO NEGRO
Edgar Alan Poe

Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que barroques. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos.
La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos, y nunca me consideraba tan feliz como cuando los daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter, y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de goce. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los goces que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural.
Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo.
Plutón—llamábase así el gato—era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.
Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.
Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción.
Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho.
No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre... ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley?
Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y últimamente a llevar a efecto el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios.
En la noche siguiente al día en que fue cometida una acción tan cruel, me despertó del sueño el grito de: "¡Fuego!" Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado, y me entregué desde entonces a la desesperación.
No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí la fábrica había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovada recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud, y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras: "extraño", "singular", y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.
Apenas hube visto esta aparición—porque yo no podía considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre, y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía.
Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato, y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle.
Hallábame sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del tonel, y me sorprendió no haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.
Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era pues, el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta entonces.
Continué acariciándole, y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando, caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llego a ella se encontró como si fuera la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer.
Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues, precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba. Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de vergüenza, y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible, y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa presencia.
Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros.
Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, acurrucábase bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias espantosas. Si me levantaba para andar, metíase entre mis piernas y casi me derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror del animal.
Este terror no era positivamente el de un mal físico, y, no obstante, me sería muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba el animal habíanse acrecentado a causa de una de las fantasías más perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande, tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos.
En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, ta imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía!
Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la Humanidad. Una bestia bruta, cuyo hermano fue aniquilado por mí con desprecio, una bestia bruta engendraba en mí en mí, hombre formado a imagen del Altísimo, tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, dejábame el animal. Y de noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y que parecía eternamente posada en mi corazón.
Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames pensamientos convirtiéronse en mis íntimos; los más sombríos, los más infames de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La mas paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de una furia a la que ciertamente me abandoné desde entonces.
Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la escalera me seguía el gato, y, habiéndome hecho tropezar la cabeza, me exasperó hasta la locura. Apoderándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido.
Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambien la idea y decidí embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el mas factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas.
La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre y no hacía mucho tiempo había sido cubierto en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó endurecer la humedad.
Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso.
No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta postura hasta poder establecer sin gran esfuerzo toda la fábrica a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables, me preocupé una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique.
Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: "Por lo menos, aquí, mi trabajo no ha sido infructuoso".
Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir o imaginar la intensa, la apacible
sensación de alivio que trajo a mi corazón la ausencia de la detestable criatura. En toda la noche se presentó, y ésta fue la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo. Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca: Mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción. Incoóse una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura.
Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de Policía y procedió de nuevo a una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable del escondite, no experimenté ninguna turbación.
Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me altere lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente. Recorrí l sótano de punta a punta, cruce los brazos sobre mi pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la Policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su convicción con respecto a mi inocencia.
—Señores—dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacción habrá desvanecido sus sospechas. Deseo a todos ustedes una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen ustedes aquí una casa construida—apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros...¿Se van ustedes, señores? Estos muros están construidos con una gran solidez.
Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón.
¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonios. Apenas húbose hundido en el silencio el eco de mis golpes, me respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y encontrada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se hinchó en un prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano. Un alarido, un aullido, mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno, horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación.
Sería una locura expresaros mis sentimientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome, caí contra la pared opuesta. Durante un instante detuviéronse en los escalones los gentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos de los circundantes.
Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.

Clase 2

TEMA: El tempo

La definición de la velocidad de un relato es la variación (es decir el cociente) entre el tiempo físico dentro de la historia que se relata y los caracteres utilizados para escribirlo.
Si se realiza un gráfico entre tiempo-relato y páginas veremos que es muy fluctuante y depende en gran parte del estilo particular del autor, el tramo del relato y el género. También el público al que se apunta define la velocidad. Sin embarbo existen algunas reglas básicas que marcan la velocidad en un relato y que muchas veces se respetan inconscientemente:
El inicio de un cuento suele ser mas lento, luego la trama dependerá del género y el desenlace toma mayor velocidad.
Los tiempos dependen de la acción y situación del cuento (un viaje puede ser rápido o lento).

Técnicas para aumentar y disminuir la velocidad:
Rápido:
utilizarlo en acciones, momentos de tensión y en desenlaces
oraciones cortas
relato directo
pocas descripciones
sin metáforas ni comparaciones (desvían la atención y bajan la tención creada)
Lento:
descripciones detalladas
oraciones largas
subrelatos
metáforas, referencias históricas, datos adicionales
cargado de adjetivos

No hacer saltos pronunciados, acelerar de a poco. Acercándose al desenlace aumentar la velocidad (no comenzar capítulos con demasiadas descripciones).

Ejemplo: el protagonista ingresa en una dársena abandonada en el puerto donde encuentra un cuerpo (lento), siente un percusor y alguien le dispara y comienza una persecución (rápido).

CONSIGNA:
Escribir un segundo en una hoja

Posibilidad 1:
Entró y encontró un cuerpo
Posibilidad 2:
Finalmente la beso
Posibilidad 3:
Accidente (mi vida pasó en un segundo)

AUTOR: HORACIO QUIROGA
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si entonces eres capaz de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

El narrador uruguayo Horacio Quiroga nació el 31 de diciembre de 1879 y estudió en Buenos Aires. Desde muy joven trabajó como redactor de periódicos y en 1899 fundó la "Revista de El Salto", nombre que aludía al de su pueblo natal. Por esa misma época viajó a París, donde conoció e hizo amistad con Rubén Darío. También significativo fue su viaje a las antiguas misiones de los jesuitas en el Alto Paraná (Paraguay) y su estadía de varios años en la provincia de Misiones (Argentina). Esas experiencias le permitieron descubrir la selva, impregnarse de ella y hacerla aparecer con toda su fuerza en la narrativa hispanoamericana.
La existencia de Horacio Quiroga estuvo marcada por el signo de la desgracia. En 1902, accidentalmente, dio muerte al mejor de sus amigos; su primera esposa se suicidó; sus negocios siempre resultaron un fracaso y, casado por segunda vez, su mujer lo abandonó en 1929, pues no soportó la vida en Misiones. Finalmente, al saberse víctima de una enfermedad incurable, Quiroga se quitó la vida en Buenos Aires, el 19 de febrero de 1937.
La primera obra publicada por Horacio Quiroga fue su libro titulado "Arrecifes de Coral", en 1901 , En ésta, el autor uruguayo acusa toda la influencia que sobre él ejerció el Modernismo. Posteriormente, Quiroga incorpora la sensibilidad naturalista en sus obras, lo que podemos apreciar en "Historia de un Amor Turbio" (1918) -novela autobiográfica- y "Pasado Amor"(1929). Sin embargo, Horacio Quiroga deberá la inmortalidad literaria a sus cuentos, forma dentro de la cual es considerado uno de los más grandes creadores de la literatura hispanoamericana de todos los tiempos. Por tal razón, la etapa más brillante y decisiva de su carrera como escritor, se inicia con su libro "Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte" (1917). Esta obra es una colección de quince relatos en los que la tragedia, la enfermedad, las obsesiones, el vicio y la locura son los temas recurrentes. Con un estilo sencillo, sugerente y persuasivo, el autor exhibe la trágica debilidad del ser humano ante las fuerzas que lo determinan y, en la mayor parte de los casos, lo aniquilan.
En 1918 publica "Cuentos de la Selva", cuyos ocho relatos conforman una muestra brillante de su prosa natural y clara, de su gran creatividad y de la fuerza con que aparece la naturaleza americana. La selva, en este caso, es la realidad que lo abarca todo; los animales aparecen humanizados y la intención moralizadora de los cuentos está sabiamente sugerida, nunca explícita. Muchos han querido ver en ellos, incluso, enfoques que anticipan el ecologismo tan en boga por estos días. "Cuentos de la Selva" es la obra de un vigoroso mundonovismo, entregada con sencillez e imaginación. En ediciones posteriores, se suele agregar a los ocho relatos originales, dos cuentos publicados años después por Quiroga: "Anaconda" (1921 ) y "El Regreso de Anaconda" (1926).

El espectro

Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la atención, de ser otras las circunstancias en que actuamos.
Desde uno u otro palco, he dicho; pues su ubicación nos es indiferente. Y aunque la misma localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno, nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación, en un palco cualquiera ya ocupado. No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el novio adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos todo ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofríos de inquietud cuyo origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no puede, o siente un soplo helado que no se explica en la cálida atmósfera, nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues preciso es advertir ahora que Enid y yo estamos muertos.
De todas las mujeres que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto que Enid. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón . Y ante la idea de que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba. ¡Enid!
Tenía ella entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos; y jamás terciopelo de mirada tuvo un marco de pestañas como los ojos de Enid; terciopelo azul, húmedo y reposado, como la felicidad que sollozaba en ella.
La desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada.
No es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de interpretación viril. Hart ha dado al cine todo lo que podíamos esperar de él, y es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podíamos haber visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantástica carrera creó -como contraste con el empalagoso héroe actual—el tipo de varón rudo, áspero, feo, negligente y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies, por la sobriedad, el empuje y el carácter distintivos del sexo.
Hart prosiguió actuando y ya lo hemos visto.
Wyoming nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos cintas extraordinarias, según informes de la empresa: El Páramo y Más allá de lo que se ve. Pero el encanto—la absorción de todos los sentimientos de un hombre—que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor amigo.
Habíamos pasado dos años sin vernos con Duncan; él, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en los míos de literatura. Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba casado.
—Aquí tienes a mi mujer—me dijo echándomela en los brazos.
Y a ella:
—Aprétalo bien, porque no tendrás un amigo como Grant. Y bésalo, si quieres .
No me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.
Vivimos dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni en un gesto me vendí ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada, por tranquila que fuera, cuán profundamente la deseaba.
Amor, deseo... Una y otra cosa eran en mí gemelas, agudas y mezcladas; porque si la deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el torrente de mi sangre substancial.
Duncan no lo veía. ¿Cómo podía verlo?
A la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cayó entonces con el ataque de gripe que debía costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin hijos. Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer.
—No es la situación económica—me decía—, sino el desamparo moral. Y en este infierno del cine...
En el momento de morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz ya difícil:
—Confíate a Grant, Enid... Mientras lo tengas a él, no temas nada. Y tú, viejo amigo, vela por ella. Sé su hermano...No, no prometas. Ahora puedo ya pasar al otro lado...
Nada de nuevo en el dolor de Enid y el mío. A los siete días regresábamos al Canadá, a la misma choza estival que un mes antes nos había visto a los tres cenar ante la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba más.
Debo decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación de la terrible águila enjaulada en nuestro corazón, que es el deseo de una mujer a nuestro lado que no se puede tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y mientras él vivió, el águila no deseó su sangre; se alimentó—la alimenté— con la mía propia. Pero entre él y yo se había levantado algo más consistente que una sombra. Su mujer fue, mientras él vivió—y lo hubiera sido eternamente—, intangible para mí. Pero él había muerto. No podía Wyoming exigirme el sacrificio de la Vida en que él acaba de fracasar. Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia de vivir, que nadie, ni Duncan—mi amigo íntimo, pero muerto—, podía negarme.
Vela por ella. . . ¡Sí, mas dándole lo que él le había restado al perder su turno: la adoración de una vida entera consagrada a ella!
Durante dos meses, a su lado de día y de noche, velé por ella como un hermano. Pero al tercero caí a sus pies.
Enid me miró inmóvil, y seguramente subieron a su memoria los últimos instantes de Wyoming, porque me rechazó violentamente. Pero yo no quité la cabeza de su falda.
—Te amo, Enid—le dije—. Sin ti me muero.
—¡Tú, Guillermo!—murmuró ella—¡Es horrible oírte decir esto!
—Todo lo que quieras—repliqué—. Pero te amo inmensamente.
—¡Cállate, cállate!
—Y te he amado siempre... Ya lo sabes...
—¡No, no sé!
—Sí, lo sabes.
Enid me apartaba siempre, y yo resistía con la cabeza entre sus rodillas.
—Dime que lo sabías...
—¡No, cállate! Estamos profanando...
—Dime que lo sabías...
—¡Guillermo!
—Dime solamente que sabías que siempre te he querido...
Sus brazos se rindieron cansados, y yo levanté la cabeza. Encontré sus ojos al instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus propias rodillas.
La dejé sola; y cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días, que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros corazones.
Porque en la alianza de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltóle siempre una llamarada de insensatez, extravío, injusticia—la llama de pasión que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego—. Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había querido, nada más que querido ante mí, que era la cálida sombra de su corazón, donde ardía lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta él.
La muerte, luego, dejando hueco que yo debía llenar con el afecto de un hermano... ¡De hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo!
A los tres días de la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un mes más tarde se repetía exactamente la situación: yo de nuevo a los pies de Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo.
—Te amo cada día más, Enid...
—¡Guillermo!
—Dime que algún día me querrás.
—¡No!
—Dime solamente que estás convencida de cuánto te amo.
—¡No!
—Dímelo.
—¡Déjame! ¿No ves que me estás haciendo sufrir de un modo horrible?
Y al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levantó la cara entre las manos:
—¡Pero déjame, te digo! ¡Déjame! ¿No ves que también te quiero con toda el alma y que estamos cometiendo un crimen?
Cuatro meses justos, ciento veinte días transcurridos apenas desde la muerte del hombre que ella amó, del amigo que me había interpuesto como un velo protector entre su mujer y un nuevo amor...
Abrevio. Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aun hoy me pregunto con asombro qué finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos encontrado por bajo de los brazos de Wyoming.
Una noche—estábamos en Nueva York—me enteré que se pasaba por fin El páramo, una de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con ansiedad. Yo también tenía el más vivo interés de verla, y se lo propuse a Enid. ¿Por qué no?
Un largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo galopó hacia atrás entre derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo húmedo de sus ojos y los míos no medió sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y nada más!
Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el rostro más blanco que la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar bajo mi mano el brazo de Enid.
¡Duncan!
Sus mismos gestos eran aquéllos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios. Era su misma enérgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a veinte metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del amigo íntimo...
Mientras la sala estuvo a obscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un instante de mirar. Largas lágrimas rodaban por sus mejillas, y me sonreía. Me sonreía sin tratar de ocultarme sus lágrimas.
—Sí, comprendo, amor mío...—murmuré, con los labios sobre el extremo de sus pieles, que, siendo un obscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona idolatrada—Comprendo, pero no nos rindamos... ¿Sí?... Así olvidaremos...
Por toda respuesta, Enid, sonriéndome siempre, se recogió muda a mi cuello.
A la noche siguiente volvimos. ¿Qué debíamos olvidar? La presencia del otro, vibrante en el haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de la vida; su inconsciencia de la situación; su confianza en la mujer y el amigo; esto era precisamente a lo que debíamos acostumbrarnos.
Una y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos al éxito creciente de El páramo.
La actuación de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal energía: una pequeña parte de los bosques del Canadá y el resto en la misma Nueva York. La situación central constituíala una escena en que Wyoming, herido en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la revelación del amor de su mujer por ese hombre, a quien él acaba de matar por motivos aparte de este amor. Wyoming acababa de atarse un pañuelo a la frente. Y tendido en el diván, jadeando aún de fatiga, asistía a la desesperación de su mujer sobre el cadáver del amante.
Pocas veces la revelación del derrumbe, la desolación y el odio han subido al rostro humano con más violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de Wyoming. La dirección del film había exprimido hasta la tortura aquel prodigio de expresión, y la escena se sostenía un infinito número de segundos, cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de un corazón en aquel estado.
Enid y yo, juntos e inmóviles en la obscuridad, admirábamos como nadie al muerto amigo, cuyas pestañas nos tocaban casi cuando Wyoming venía desde el fondo a llenar él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del conjunto, la sala entera parecía estirarse en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero vértigo por este juego, sentíamos aún el roce de los cabellos de Duncan que habían llegado a rozarnos.
¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado? ¿Qué presagio nos arrastraba como a sonámbulos ante una acusación alucinante que no se dirigía a nosotros, puesto que los ojos de Wyoming estaban vueltos al otro lado?
¿A dónde miraban? No sé a dónde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros. Enid debió de notarlo también, porque sentí bajo mi mano la honda sacudida de sus hombros.
Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los espectros fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los más íntimos detalles una vida que se perdió. Esa alucinación en blanco y negro es sólo la persistencia helada de un instante, el relieve inmutable de un segundo vital. Más fácil nos sería ver a nuestro lado a un muerto que deja la tumba para acompañarnos, que percibir el más leve cambio en el rostro lívido de un film.
Perfectamente. Pero a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo. Si para la sala, El páramo era una ficción novelesca, y Wyoming vivía sólo por una ironía de la luz; si no era más que un frente eléctrico de lámina sin costados ni fondo, para nosotros—Wyoming, Enid y yo—la escena filmada vivía flagrante, pero no en la pantalla, sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba en monstruosa infidelidad ante el marido vivo....
¿Farsa del actor? ¿Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El páramo?
¡No! Allí estaba la brutal revelación; la tierna esposa y el amigo íntimo en la sala de espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas, de la confianza depositada en ellos...
Pero no nos reíamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba volviendo cada vez más a nosotros.
—¡Falta un poco aún!...—me decía yo.
—Mañana será...—pensaba Enid.
Mientras el Metropole ardía de luz, el mundo real de las leyes físicas se apoderaba de nosotros y respirábamos profundamente.
Pero en la brusca cesación de luz, que como un golpe sentíamos dolorosamente en los nervios, el drama espectral nos cogía otra vez.
A mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el frenético olvido de Enid, su ira y su venganza estaban vivas allí, encendiendo el rastro químico de Wyoming, moviéndose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los nuestros.
Enid ahogó un grito y se abrazó desesperadamente a mí.
—¡Guillermo!
—Cállate, por favor...
—¡Es que ahora acaba de bajar una pierna del diván!
Sentí que la piel de la espalda se me erizaba, y miré:
Con lentitud de fiera y los ojos clavados sobre nosotros, Wyoming se incorporaba del diván. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo de la escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor deslumbrante nos cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito.
La cinta acababa de quemarse.
Mas, en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas hacia nosotros. Algunos se incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba.
—La señora está enferma; parece una muerta—dijo alguno en la platea.
—Más muerto parece él—agregó otro.
¿Qué más? Nada, sino que en todo el día siguiente Enid y yo no nos vimos. Únicamente al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid tenía ya en sus pupilas profundas la tiniebla del más allá, y yo tenía un revólver en el bolsillo.
No sé si alguno en la sala reconoció en nosotros a los enfermos de la noche anterior. La luz se apagó, se encendió y tornó a apagarse, sin que lograra reposarse una sola idea normal en el cerebro de Guillermo Grant, y sin que los dedos crispados de este hombre abandonaran un instante el gatillo.
Yo fui toda la vida dueño de mí. Lo fui hasta la noche anterior, cuando contra toda justicia un frío espectro que desempeñaba su función fotográfica de todos los días crió dedos estranguladores para dirigirse a un palco a terminar el film.
Como en la noche anterior, nadie notaba en la pantalla algo anormal, y es evidente que Wyoming continuaba jadeante adherido al diván. Pero Enid —¡Enid entre mis brazos!—tenía la cara vuelta a la luz, pronta para gritar... ¡Cuando Wyoming se incorporó por fin!
Yo lo vi adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la pantalla, sin apartar la mirada de la mía. Lo vi desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de luz; venir en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzándose, llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender las zarpas de sus dedos... a tiempo que Enid lanzaba un horrible alarido, de esos en que con una cuerda vocal se ha rasgado la razón entera, e hice fuego.
No puedo decir qué pasó en el primer instante. Pero en pos de los primeros momentos de confusión y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho, muerto.
Desde el instante en que Wyoming se había incorporado en el diván, dirigí el cañón del revólver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez. Y era yo quien había recibido la bala en la sien.
Estoy completamente seguro de que quise dirigir el arma contra Duncan. Solamente que, creyendo apuntar al asesino, en realidad apuntaba contra mí mismo. Fue un error, una simple equivocación, nada más; pero que me costó la vida.
Tres días después Enid quedaba a su vez desalojada de este mundo. Y aquí concluye nuestro idilio.
Pero no ha concluido aún. No son suficientes un tiro y un espectro para desvanecer un amor como el nuestro. Más allá de la muerte, de la vida y de sus rencores, Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo vivo, Enid y yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio de otro estreno cinematográfico .
Hemos recorrido el mundo. Todo es posible esperar menos que el más leve incidente de un film pase inadvertido a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver más El páramo. La actuación de Wyoming en él no puede ya depararnos sorpresas, fuera de las que tan dolorosamente pagamos.
Ahora nuestra esperanza está puesta en Más allá de lo que se ve. Desde hace siete años la empresa filmadora anuncia su estreno y hace siete años que Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero no estaremos más en el palco, por lo menos en las condiciones en que fuimos vencidos. En las presentes circunstancias, Duncan puede cometer un error que nos permita entrar de nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas vivas, hace siete años, le permitieron animar la helada lámina de su film.
Enid y yo ocupamos ahora, en la niebla invisible de lo incorpóreo, el sitio privilegiado de acecho que fue toda la fuerza de Wyoming en el drama anterior. Si sus celos persisten todavía, si se equivoca al vernos y hace en la tumba el menor movimiento hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que separa la vida de la muerte no se ha descorrido únicamente en su favor, y el camino está entreabierto. Entre la Nada que ha disuelto lo que fue Wyoming, y su eléctrica resurrección, queda un espacio vacío. Al más leve movimiento que efectúe el actor, apenas se desprenda de la pantalla, Enid y yo nos deslizaremos como por una fisura en el tenebroso corredor. Pero no seguiremos el camino hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos en ella de nuevo. Y es el mundo cálido del que estamos expulsados, el amor tangible y vibrante de cada sentido humano, lo que nos espera entonces a Enid y a mí.
Dentro de un mes o de un año, ella llegará. Sólo nos inquieta la posibilidad de que Más allá de lo que se ve se estrene bajo otro nombre, como es costumbre en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos un estreno. Noche a noche entramos a las diez en punto en el Gran Splendid, donde nos instalamos en un palco vacío o ya ocupado, indiferentemente.

La Sociedad del Duelo

La Sociedad del Duelo

La Sociedad del Duelo se supone sería una especie de taller literario que dabamos con mi amigo Gines (gran escritor). Pero el proyecto por supuesto degeneró en una reunión más al estilo de una tertulia donde se habla de literatura y se tratan diversos temas. En fin, es todos los Martes a las 19.30 en un cafe literario (Aladern, c/Grunyí 4) en el barrio del Borne, Barcelona.
Me encargo de preparar las clases, que consisten de un tema principal, un autor a tratar, un cuento y algúna consigna.