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LA SOMBRA (III PARTE)

Miró hacia su lado izquierdo pero no había nada, solo penumbra y oscuridad. Entonces todas las sombras temblaron, miró el altar donde la pequeña llama en las velas del candelabro se agitaban, como si una suave brisa las hubiese movido. Juan comenzó a sentir miedo, sentía que no estaba solo y no parecía un ave su compañía. Se aproximó hacia la escalinata de tres peldaños que bajaba del altar y en el suelo vio reflejado el contorno de la luz de la luna que entraba por una de las ventanas del segundo nivel. Pero al fijar la vista pudo notar que aquel contorno se movía lentamente. La llama de las velas era discontinua por y movía las sombras a medida que se consumía, pero la luna estaba inmóvil, sin embargo habría jurado que la sombra que proyectaba la luna también se había desplazado levemente. En el medio del reflejo de la ventana dibujado sobre el suelo pudo distinguir un objeto. Era pequeño y redondeado, se aproximó con cautela hasta tener el objeto a sus pies, dentro del contorno de la ventana. Se agachó y recogió lo que parecía ser una especie de amuleto. Era como una medalla ancha de madera y tenía tallado profundo en el centro un símbolo que por la poca luz no llegaba a distinguir. Lo acarició, notando la suavidad de su textura y lo elevó luego para verlo con el reflejo de la luz. Entonces fue cuando vio que la arcada gótica de la ventana que se reflejaba a su alrededor comenzaba a cerrarse. Miró el suelo a su alrededor y comenzó a sentir que estaba parado sobre algo. La oscura penumbra de sombras se concentró frente a él, cobrando poco a poco una forma corpórea tridimensional, como un cuerpo deforme que crecía delante de sus ojos. Los músculos de Juan Vidal Díaz se petrificaron como témpanos de hielo al ver la siniestra figura cobrar vida, abrió su boca sin siquiera desearlo y parecía intentar decir algo o gritar, pero la voz jamás salió de su garganta. De pronto las cuatro velas se apagaron y todo oscureció.

LA SOMBRA (II PARTE)

Temió que algún cuervo se hubiese colado por el campanario, ya había ocurrido y a la mañana siguiente había tenido que limpiar sus excrementos. No eran muy comunes ese tipo de pájaros salvo en épocas de cosecha y exactamente esa semana comenzaba dicha época.
Tomó el candelabro y con cuidado para no apagar las velas, abrió la puerta y atravesó el pasillo que lo condujo a una de las entradas laterales de la iglesia de Santa María dels Turers. Observó al ingresar la estructura de la iglesia. El interior del recinto se encontraba, al menos en apariencia, desierto y bajo la más completa calma. Avanzó por la nave escuchando el sonido de sus propios pasos, perdiéndose en la altura. El candelabro que llevaba era de plata y su brillo relucía con el reflejo de las cuatro velas a medio consumir que cargaba y se esforzaba por ir quebrando la oscuridad. Las sombras temblaban con el movimiento de las velas al avanzar, creando una atmósfera de figuras danzantes con formas cambiantes y lúgubres. Se acercó hasta el altar desde donde observó la nave, todo parecía en calma, no había nadie, o eso es lo que creía. Su mirada se detuvo en el antiguo coro, la madera desgastada le recordó su época de monaguillo, cuando se sentaba en uno de aquellos bancos para entonar dulces cantos religiosos. Entonces sintió como si el aire a sus espaldas se moviese, se giró instintivamente pero encontró solo la grata imagen del Cristo de Banyoles. No pudo evitar contemplar brevemente la magnifica talla enyesada de nogal. Juan sabía de arte y encontraba en el contorno de la figura la transición del románico al gótico, en uno de esos contornos que observaba fue que percibió, en el fondo, una sombra que se movía. Colocando el candelabro al frente esforzó su mirada para descifrar si aquel contorno había sido producto del juego que emitían las velas con los objetos o si era algo ajeno que se había desplazado por su cuenta. Apoyó el candelabro sobre el altar y dio algunos pasos hacia el cristo pero no vio mas que las paredes de piedra del ábside. Sintió por segunda vez, sobre el contorno de su margen de visión del ojo izquierdo, algo que se movía.

LA SOMBRA (I PARTE)

Comenzaba el otoño y con este los días fríos y grises que le daban al monasterio un ambiente de soledad. Soplaba un viento que ayudaba a los árboles a deshacerse de sus hojas pero dentro de los espesos muros de piedra de la iglesia ni siquiera se percibía. Juan Vidal Díaz era nativo de Girona, pero hacía cinco años que se había ido a vivir a Banyoles. Se había decidido por la dura vida eclesiástica a los diecinueve años pero debieron pasar tres años hasta que fue aceptado en el monasterio de Sant Esteve. En el verano de 1791 le llegó la carta en la que decía que se incorporaría a la vida del monasterio en concepto de portero. Desde entonces, por las noches, mientras el resto de los monjes se retiraban al monasterio, él era el encargado de quedarse en la Iglesia, cerrar las puertas y dejar todo en orden. Luego se sentaba en su escritorio frente al candelabro y comenzaba a escribir. Había copiado, con una editorial de caracteres movibles que tenía el monasterio, varios ejemplares de “La ciudad de Dios” para los párrocos de las iglesias de la comarca del Pla de l'Estany. Ahora estaba plenamente dedicado a estudiar a Santo Tomás de Aquino, pero esa noche tenía intenciones de leer pasajes bíblicos. Comenzó con el “Libro de los Hechos” e iba por el capítulo quince cuando oyó un ruido proveniente de la nave de la iglesia. Era tarde, probablemente pasada la medianoche, lo supo por la luz de la luna que penetraba por la única ventana de la habitación. Estaba detrás del escritorio en el que estaba sentado y era una ventana alta, situada a unos dos metros del suelo. Su función era que ingresara luz pero no se podía ver hacia afuera por su altura, de esta manera el paisaje del jardín al que miraba no distraía a los monjes en su lectura. A media noche la sombra del escritorio llegaba hasta la segunda línea de piedras del suelo, pero a medida que la noche transcurría la luna subía y la sombra se iba achicando hasta desaparecer a su espalda. El lugar en realidad era una antigua capilla secundaria, por lo que el techo había sido construido de una doble arcada románica. Desde hacía varios años se utilizaba como habitación de lectura y de administración. El único mueble era el escritorio de roble tallado con tres filas de cajones donde se guardaban archivos y registros del clero. Las paredes laterales eran, al igual que el piso, de piedra de la zona y estaban adornadas con pinturas murales del siglo XIV sobre el tema de la Crucifixión que el Abad tenía intenciones de trasladar al ábside. La puerta era de madera robusta y revestida con hierro forjado. Hacia allí se dirigió Juan Vidal Díaz al oír por segunda vez aquel sonido, como si algo o alguien estuviese caminando por la iglesia.

LA PELICULA QUE NUNCA FUE

Salió del cine y no había entendido la película, no sabía por qué el protagonista había, de pronto, atacado al alcalde sin motivo y lo habían arrestado luego. Al principio creyó no importarle, pero pasados algunos meses aún persistía la intención de aclarar aquella escena en su mente, hasta que decidió que debía volver a ver la película para comprender lo que no había podido la primera vez.
Buscó en cartelera pero no la encontró, y no recordaba el nombre, nunca recordaba los nombres de las películas. Buscó en un catálogo de video club entre los últimos estrenos, pensando que al leer el nombre lo recordaría pero fue en vano. Buscó en internet, utilizando las palabras relacionadas con la escena que no comprendía o con cualquier cosa que recordase, pero no halló más que listados de películas similares. Preguntó a toda la gente que conocía, pero nadie recordaba un argumento como el que describía. Finalmente decidió rendirse, pero una parte de él continuó la búsqueda, y hasta hoy la continúa, esperando encontrar aquella película que por lo visto nunca vio.

EL SUSURRO DE LAS PIEDRAS

Esa tarde mirando un valle perdido que rasgaba soledad, creyó que las piedras le decían algo. Afinó el oído para escuchar, entre la brisa, el sonido de aquel susurro apenas imperceptible. Había descubierto el susurro de las piedras. Era casi de noche pero, maravillado por aquel dulce y encantador sonido que no podía dejar de escuchar, permanecía aún en aquel sitio. Y así permaneció inmóvil por días, tratando de percibir más y más. No decían nada, hablaban entre ellas del universo, de la materia, del juego entre átomos que se hacen y deshacen, creando desde carbón al diamante con la misma esencia pero distinta forma. Si la piedra es afilada será un arma capaz de matar, si es cuadrada formará parte de una pared para proteger, si es redonda servirá para llevar. Cada forma tiene su destino, cada destino su forma, que arde en llamas de cambios, que exhalan motivos para descubrir el más allá.

EL VALLE DEL DRAGON MUERTO

El caballero clavó su espada en el cuello del dragón y este cayó sin vida sobre los campos del valle. Una última lágrima resbaló de su ojo hacia un lago cercano, congelando sus aguas por siete noches. El cuerpo de la bestia desapareció en la tierra y aquel valle no volvería a ser el mismo. Los campesinos poco a poco fueron abandonando sus campos, pues en ellos no había semilla que diera fruto. La fértil hierba que pintaba de color verde intenso el valle fue evadiéndose, quedando tan solo la carne viva de la tierra. Los árboles se secaron y los animales emigraron a otros valles, dejando aquel espacio vacío donde siempre soplaba un viento seco que acarreaba de un lado a otro polvo de desolación y silencio.
Años más tarde aquel victorioso caballero volvió a pasar por el valle y, al ver el abandono sintió la presencia del dragón, esta vez convertido parte del paisaje, en tierra y viento. Bajó de su caballo y recorrió el valle a pie, dejando sus huellas impresas a su paso. En medio del espacio desierto se detuvo y apoyó una rodilla sobre el suelo, luego, mirando al cielo, pidió perdón por lo que había hecho a ese valle, por lo que le había hecho a la naturaleza. Sintió una herida en su pecho, de un arma invisible, de un dolor diferente al que siente el cuerpo al ser lastimado. El caballo se asustó y trató de huir, pero el caballero tiró por las riendas para evitarlo, luego montó y huyó de aquel lugar maldito.
Al día siguiente, en el lugar donde había apoyado la rodilla el caballero, creció una flor amarilla como el sol, y sería la única de todo el valle por siempre.

MIRANDO LA CÚPULA

- Subimos a la torre - le dijo uno al otro.
- No se, puede que sea demasiado alta – replicó el primero.
- No creo, es antigua, mira lo vieja que son las piedras, ¿cuanto puede medir? – preguntó.
Las nubes bajas, casi neblina, cubrían la cúpula de la torre, impidiendo ver mas que una estructura circular que se perdía en el gris de un cielo bajo, sin dejar más rastro de su verdadera altura que lo que se veía.
- Bueno, vamos – aceptó dispuesto a enfrentar el desafío.
- La puerta esta cerrada – maldijo luego de ver que su compañero movía insistentemente el antiguo picaporte de hierro negro sin poder abrirla.
- Déjame intentarlo otra vez – dijo antes de insistir con más fuerza. Esta vez la puerta cedió y un aire húmedo se deslizó como garras desde dentro de un espacio oscuro como un preso que sale en libertad.
El panorama ruinoso les hizo dudar un instante antes de atravesar el arco que los separó del mundo para introducirlos en una torre cuyo techo se perdía en la oscuridad. La escalera circular respiraba historia, se acercaron a ella y la miraron como quién mira un fenómeno paranormal. Los escalones de piedra empotrada en la pared ascendían hasta perderse en las sombras perpetuas de un siniestro orificio. Comenzaron a subir con una dudosa decisión. Fueron algunos minutos de ir olvidando el entorno para concentrarse en el siguiente escalón. La curvatura interminable les obligaba a girar vueltas y vueltas siempre hacia la derecha. Y la cúpula no llegaba.
- Ya habremos llegado a las nubes – calculaba uno.
- Quizás, no debe faltar mucho para el final – deducía el otro.
Y así fue como pasaron las horas, hasta el punto en que el agotamiento les obligó a detenerse a descansar.
- Mis pies no pueden más – se lamentó uno.
- Mejor será volver – propuso.
- De acuerdo.
Bajaron esperando encontrar la puerta de salida, pero esta nunca llegaba. Por fin se detuvieron creyendo que la torre también continuaba hacia abajo y se habían pasado de largo, y volvieron a subir.
Así continuaron todo lo que pudieron, hasta el fin.

VIENTO

Una vez, mucho tiempo atrás, cuando las cosas aún no estaban definidas y Dios estaba construyendo la tierra, jugaban dos ángeles en el cielo. En ese entonces el color era de un celeste más claro. Dios recién había terminado de darle las últimas pinceladas y aún estaba fresco, esperando una nueva mano de pintura, pero igual dejaba ir allí a sus ángeles, para que lo utilizaran como patio de recreo, como espacio para volar y distraerse.
Los ángeles jugaban con las nubes, las empujaban, formaban bolas que luego tiraban como copos de nieve hacia la nada, hacían formas y armaban figuras que luego desarmaban.
Fue en un momento que Dios estaba distraído, concentrado en la ubicación de las estrellas, que uno de los ángeles decidió que les faltaba algo a las nubes, que estaban demasiado...quietas.
– Míralas... les falta, algo. Jugar así es aburrido – se quejó.
- Cierto, ¿pero que podemos hacer?, ellas solas no se pueden mover.
- Podemos ayudarlas, hacer algo que las mueva – propuso.
Entonces se les ocurrió soplar con fuerza, y dejar aquel movimiento perpetuado en la creación.
- Ahora sí que se ven mejor –dijo uno de ellos.
El otro ángel asintió y luego preguntó: - ¿Como lo llamaremos?
- No lo se, pero queda realmente bien – continuó admirando.
- Bien, bien...¿que tal “Viento”?.
- ¿Viento? – meditó, - suena lindo.

EL CARTERO DE LOS SENTIMIENTOS

Su profesión podía ser la más hermosa de las crueles, todo dependía de la carta. Se la entregaban cerrada, en el centro de distribución de sentimientos, y su trabajo era tan solo repartirlas.
Todo comenzó y acabo cuando Martín López cruzó la avenida pensando en lo que había aprendido en el curso al que asistía, pero sin pensar que la luz se había puesto en rojo. Un camión repartidor, con prisas por entregar en horario y con un conductor preocupado por las noticias de la radio más que por el tráfico, no pudo frenar lo suficiente y, sin armar las maletas y con apenas con el tiempo para enterarse que era su fin, Martín comenzó un inesperado viaje al más allá.
- ¿Esto es el cielo? – preguntó algo decepcionado, observando un sitio claro sin espacio ni tiempo, pero sin nada mejor ni peor, simplemente sin nada.
- Claro que no – corrigió un ángel que surgió a sus espaldas.
- ¿Estoy en el infierno? – dedujo entonces preocupado.
- Si estuvieses allí te habrías enterado – volvió a corregirlo el ángel.
- ¿Entonces?.
- Si me dejas hablar...
Martín por fin cedió a su ansiedad y permitió que la celestial figura se exprese.
- Observa – dijo mostrando un espacio vacío. De inmediato la nada se transformó en un teatro real, un lugar lleno de vida, con objetos reales, objetos que había sentido alguna vez. En ese momento apareció él mismo, se vio entonces desde fuera y se dio cuenta que estaba viendo una escena de una película muy particular: su propia vida.
Una tras otra, participó como espectador de sus errores, de las veces que se dejo llevar por el mal e hizo lo que no debía.
- No eres una mala persona, pero estas son manchas en tu alma, manchas que debes limpiar – dijo por fin el ángel, una vez terminada la función.
- ¿Estoy en el purgatorio? – dedujo por fin Martín.
- Si. Tu vida no estuvo mal, eres digno del cielo, pero para ingresar debes limpiar esas manchas, debes ganarte el lugar para estar al lado del señor del triángulo – explicó el ángel.
- ¿Como?.
- Te daremos un trabajo, aquí en el purgatorio tenemos muchos puestos, desde éste lugar controlamos diversos parámetros del mundo, realizamos tareas de mantenimiento, llevamos a cabo obras y reformas de las estructuras del universo y demás. Hay mucho trabajo para los que lo habitan y todos sirven para ingresar al cielo.
Martín tuvo infinitas preguntas, pero tan solo podía ir de una a la vez, por lo que expresó lo primero que se le pasó por la mente: - ¿y que trabajos hay disponibles en este momento?
- Hay un puesto que creo podrás cumplir sin problemas, un trabajo de cartero.
- ¿Cartero? – se sorprendió Martín, - así de fácil.
- No es tan fácil, serás un cartero especial, serás un cartero de sentimientos.
Era un hombre más, un hombre común, tan común que pasaba desapercibido.
- ¿Y si alguien se me acerca?, ¿si me hablan? – había preguntado.
- ¿Por qué habrías de acercarte a un desconocido y hablarle?, la gente no hace eso.
- Pero puede pasar...
- No es un problema, nadie se acercará a hablarte, es tan sencillo como asumirlo: no sucederá.
- ¿Y como entregaré entonces las cartas?
- Lo sabrás cuando sea el momento – le había dicho.
Y el momento había llegado, la carta estaba sellada, y como se la habían entregado la había guardado sin preguntar. No era papel sino un material que nunca antes había conocido, similar a una energía acumulada en una forma que parecía a simple vista una hoja de árbol cerrada.
Descubrió que nadie le prestaba atención, aunque lo veían y era un cuerpo sólido, real. También descubrió que para él las puertas siempre estaban abiertas y que aunque entrase en una casa habitada, cuando él pasaba justo las personas miraban hacia otro lado, distraídas en alguna tarea, que les impedía notar su presencia.
Cuando encontró el primer receptor de su carta creyó que éste sí le prestaría atención, pero no, al tiempo que entró a la habitación sonaba el teléfono y la persona, un hombre de unos sesenta, se disponía a atender sin notar su presencia. Pero entonces un mismo cuerpo surgió de entre la carne del hombre que levantaba el auricular y decía –Diga- esperando respuesta. La figura era el mismo hombre pero diferente, transparente, claro, puro, cristalino. Supo entonces que estaba viendo por primera vez un alma.
- Vengo a traer...
- Sí, me imagine, llega tarde – le hizo notar.
- Es que es mi primer trabajo – se excusó.
- No te preocupes, ya aprenderás a entrar a tiempo – dijo antes de saludarlo dándole a entender que era todo.
Observó como leía la carta y luego volvía a insertarse al cuerpo que parecía detenido en el tiempo. Pasaron apenas unos segundos, supo entonces que el hombre hablaba por teléfono con su hijo y que le informaba algo que Martín no llegó a oír, entonces comenzaron a caerle lágrimas de los ojos, pero enseguida supo que no eran de tristeza sino de alegría.
- Seré abuelo – fue lo único que oyó que respondía emocionado antes de salir de la habitación.
Pasó el tiempo y su vida, o mejor dicho su muerte y purgatorio, entre repartos y encomiendas. Encontrándose con almas que salían de sus cuerpos para leer el mensaje, la carta o las instrucciones que los humanos debían sentir. Fue comprendiendo que el cuerpo y la mente de un humano no tiene el control sobre las emociones, sino que son una función directa del alma, la cuál oculta su verdadera presencia en el mundo pero que siempre está, encerrada en cada uno como un prisionero, pero que domina la celda y que puede derribar las paredes y salir si es necesario. - Al final Platón tendría algo de razón en su cosmología del mundo de las ideas en su Timeo - pensó haciendo memoria de algo que por extraño que parezca había permanecido en su inconsiente. Se encontró a veces que su interlocutor no se encontraba en el cuerpo sino que formaba parte de la sombra y es que nada retenía ni unía directamente a un cuerpo con su alma, simplemente que para manejarse en el mundo, al igual que por una ruta, se requiere de un conductor y un vehículo, y que uno sin el otro no llegarían a ningún lado, no pueden funcionar por separado.
Descubrió que él mismo no había perdido lo referente a su propia alma, es decir que aún sentía, se entristecía y se emocionaba como cualquiera de sus receptores, pero le faltaba esa otra parte: el cuerpo, por lo que había perdido todo lo que éste objeto físico, que sirve de enlace con el mundo, arrastra. No comía, no dormía, no se cansaba ni envejecía, no tenía dolores físicos y sus sentidos funcionaban en un nivel imposible para una mente formada por materia, ya que no existía éste concepto en su nueva versión de sustancia individual. Sin intentarlo comprendía cosas que en vida no llegaría, ni con todo el esfuerzo del cerebro más brillante del mundo, siquiera a plantearse. Su ser no estaba más formado por átomos, no había estructuras ni moléculas, su sustancia formaba parte de una esencia que superaba todo concepto terrenal, iba más allá del mundo.
Su tiempo transcurría de manera diferente a la humana, en realidad no existía el concepto del tiempo en su ser, sino que al participar en el proyecto del mundo, vivía una secuencia de escenas que comenzaban y terminaban en cada una de sus apariciones y encuentros con las almas, el resto, lo que había de por medio, simplemente no existía.
Pero pasaban las misiones y nada cambiaba, sentía que el cielo seguía allí, siendo tan solo un sueño inconquistable. Casi se había adaptado a ser parte de ese espacio intermedio, ser uno más del purgatorio.
Las encomiendas a veces eran buenas, sentimientos de felicidad, de alegría, de tranquilidad, pero otras eran de sufrimiento, de angustia, de tristeza. No era fácil de llevar, a veces se podía percibir el contenido antes de entregar la sensación y Martín podía casi prever la reacción del receptor.
Esa vez le entregaron los sobres como todas las otras veces, fue hacia su primer destino, una casa en las afueras, y al acercarse escuchó la conversación de unos hombres que también se dirigían a la misma casa. Hablaban entre ellos, desinteresados de su presencia, como si algo más importante los absorbiera en un debate interno.
- ¿Cómo se lo decimos? – preguntó uno.
- No lo sé, jamás pensé que tendría que enfrentarme a algo así, tan delicado.
- Quería tanto a su hija, no se como reaccionará cuando se entere del accidente.
Las últimas palabras le llegaron como una bala atravesando su esencia. Ahora sabía que contenía aquel sobre, sabía que iba a entregar un mensaje de dolor, de esos en los que hasta el alma que saldría a recibirlo sufriría. Se adelantó y entró a la vivienda como siempre, sin que notaran su presencia. En la cocina una mujer de pie desayunaba un café humeante mientras ojeaba el periódico y, cada tanto, echaba una mirada preocupada al reloj de pared, donde se enteraba que la mañana avanzaba como un tren mientras que su hija aún no regresaba de la salida de la noche anterior.
El alma salió a recibirlo con un aspecto que predecía las noticias que debía recibir, pero entonces el sobre que Martín le entregó fue otro, uno que no esperaba, uno que decía que debía estar feliz, que su hija iría al cielo, que era un lugar mejor, y que no debía estar triste.
Luego de recibir la noticia por parte de los humanos, que entraron apenas segundos más tarde a la casa, su reacción no fue la esperada, no se sintió triste sino reconfortada. Algunos de sus parientes le llamaron insensible por no llorar lo suficiente, otros admiraron su entereza y su firmeza en la fe. – Nunca se sabe como reacciona la gente . comentaron.
Ese día, sin aviso previo y aún esperando el castigo por lo que había hecho, Martín entró al cielo.

EL REFLEJO

Sus amigos pasaron frente al cristal sin descubrir nada en especial, por lo que siguieron el camino, sin embargo Marcos, que pasó último, cuando se vio reflejado creyó que ya no era él mismo, trato de reconocerse, de encontrar en su imagen algo similar, una pista, un recuerdo de su retrato personal, pero no había nada, no encontraba siquiera algún rasgo que le dijese que esa persona al otro lado del espejo era él mismo. Le faltaba algo, algo difícil de explicar, le faltaba vitalidad, le faltaba vida, el ser que estaba del otro lado parecía inerte, lúgubre, como si hubiese perdido algo. Les comentó a los amigos, pues en el resto de los espejos, aunque más alto, más bajo, más gordo o más flaco, siempre se veía él mismo, en cambio en éste caso sentía que algo era diferente. Pero ellos volvieron atrás y una vez más se reflejaron en aquel cristal sin percibir cambios. – Este es un espejo común – manifestó uno quejándose. Al salir de la atracción olvido el tema, tenía intenciones de comer un helado, miró su reloj, ya eran pasadas las seis y tenía que ir a buscar a su novia al aeropuerto, se apuró entonces al puesto de los helados. Por eso no prestó atención al comentario que uno de sus amigos le recriminó al empleado de “La casa de los espejos”, de que algunos de los espejos eran cristales comunes. Pero éste le respondió que cada uno tenía alguna particularidad. – Pues hay uno, después del cóncavo, en el que nos veíamos igual – se quejó. Pero el empleado le respondió: - En aquel espejo uno se ve como se verá el día de mañana a la misma hora.
La absurda respuesta causó gracia entre los que llegaron a oírla, y riendo se alejaron hacia el puesto de los helados.
Esa tarde, cuando Marcos iba a buscar a su novia, un camión se cambió de carril sin aviso en la autopista, haciéndole perder el control del vehículo. El auto se estrelló contra un poste de iluminación y Marcos murió en el acto.

DIA A DIA EN EVOLUCION

En las fauces del tiburón no había mas dientes porque ya era casi un anciano, estaba débil y esperaba su muerte. Un pez gordo que pasaba cerca se burló de él, le dijo que ya no era lo que había sido y que no podía comerse a sus presas por lo que iba a morir y se rió. El Tiburón que hacia varios días que había perdido el último diente, desde entonces no probaba bocado y estaba muriendo de hambre, se enfureció y reaccionó juntando todas sus fuerzas y golpeando al pez con su aleta de cola, aplastándolo contra una piedra. Entonces se lo pudo comer y sacar su agonía, y ya que le había salido una vez lo intentó de nuevo y volvió a funcionar. Así vivió varios años más. Sus ancianos amigos tiburones lo vieron e imitaron y así fue como comenzó la evolución del tiburón.

LIQUIDO

Movimiento dentro del espacio que lo contiene, frágil se desarma entre lo sólido, se divide, se aleja. Se une para ser fuerte, encuentra formas donde hay paredes. Pero lo que lo arrastra a su propia muerte será siempre su ambición, esa por ampliarse, por crecer, por expandirse hasta donde lo puedan detener, esa fuerza que le dice que debe ser más, que debe abarcar todo lo que le den, y así muere, cuando se separa tanto que sus partes quedan desarmadas, y su esencia deja de ser una para convertirse en muchas, pequeñas gotas distribuidas, las cuáles perecerán en otro estado, o bien lucharan por volver a unirse, a ser aquello que por propia voluntad se dividió. Cuanto hay que aprender de la naturaleza, cuanto nos enseña, cuantos ejemplos se ocultan, que muestra de cómo debemos comportarnos...

LO QUE NO SE DICE

Quisiera viajar a través del tiempo y quedarme un día en aquel día, y decir lo que no dije. Quisiera ver esa sonrisa y el sol reflejado en aquellos ojos al oírlo. Quisiera ver pasar las estaciones hacia atrás, saber que no hay ayer sino un mañana. Al menos que alguien sepa que lo que no se vive no se recupera, y que el pasado es tan importante como el presente. Los errores se pueden olvidar pero siempre están, quedan marcados en la piel y todo se cuenta, todo se suma en aquel tablero que lleva cada uno de nuestros nombres. Cada día arrastra el sol hasta la línea del horizonte sin que podamos detenerlo, cada día resbala de nuestras manos como arena, salpicando nuestra comprensión con tintes de un velo místico.
La ciencia dice que el hombre no tiene límite, que puede llegar donde quiera, pero el tiempo y el espacio condicionan la libertad que nos dieron y que al mismo tiempo son sus raíces, quién lo entienda tiene la partida en sus manos, claro, siempre y cuando la partida no haya terminado para ese entonces...

SABIDURIA ES TIEMPO, TIEMPO ES...

El señor de la montaña vivió demasiados años pensando en el paso del tiempo, en el andar de las estaciones. Observando el cielo plegando sus nubes sobre el horizonte. En grandes espacios es donde la mente se expande, en presencia de un lugar abierto hasta el infinito, donde el suspiro de un hombre no llega a nada, donde la sensación de insignificancia en el universo desgarra humildad. Quien sepa extenderse hasta esos límites de la razón, conviviendo con la magia de un lugar más cercano a los ángulos que nos separan de lo desconocido. Y si creímos una vez apreciar el regalo de la vida era vivir, hoy él puede responder que el que pierde es quien pierde la fe.

PRISIONERO DE LA CIENCIA

La ciencia busca saber, yo solo quiero descubrir si soy capaz de ser normal. Ellos me investigan, creen que tengo algo particular, algo que me permite tener una psicología diferente, algo que los corazones comunes no tienen, pero para mí significa otra cosa, para mí solo es algo temporal, y soy uno más. Quisiera saber como vivir, y como morir, quisiera comprender mi instinto, descubrir las raíces. Lo que la ciencia busca descubrir es porque yo se leer hacia atrás, mirar las rectas como curvas, y conocer las propiedades de un agujero negro sin haberlo leído. No me parece tan extraño, es sólo que supe imaginármelo un día mirando la lluvia caer del cielo. Ahora eso me condena, y estoy encerrado, siendo estudiado, sin poder salir. Creo que es un proyecto secreto, yo soy el nombre. De todas formas sé que en un mes me voy a escapar, no puedo saber como pero lo se porque ese es mi verdadero poder.

DENSIDAD VARIABLE

Un día las cosas comenzaron a cambiar, lo espeso del bosque comenzó a desaparecer, y las hojas secas, en lugar de caer, quedaban flotando. Era la vida misma que cambiaba, y yo que siempre había pensado que solo podían cambiar las personas, o como mucho los seres vivos, pero nunca la densidad, nunca.

CUATRO Y UN GRITO

Eran cuatro durmiendo en el cálido salón de un refugio de montaña. El primer día del viaje había terminado con una fuerte tormenta de viento y nieve a media tarde, y la fiesta de aquella noche suspendida. Nadie sabía que hora era, nadie sabía donde estaban, absortos por ese efecto que nos invado cuando uno se despierta en una cama desconocida, en un ambiente oscuro y con el peso de la noche a las espaldas, tarda en reconocer donde se encuentra, tarda en descubrir en que lugar se recostó al anochecer.
Eso se sumaba al desgarrador grito que los había despertado. No había parecido una voz humana, fue más bien una clase aullido terrorífico, pero provenía del mismo salón. El fuego se había consumido, apenas si un aliento de cenizas perduraba en forma de humo invisible. La oscuridad reinaba, solo interrumpida por los reflejos azulados en la ventana de un lejano rastro de un farol de jardín. Fue clavando la mirada hacia aquel reflejo que lo vieron pasar, fue un segundo apenas y era una figura difusa, corroída por las cortinas. Arrastraba su sombra hacia el extremo opuesto del salón, como quién huye de algo sin saber hacia donde. Cada uno de los huéspedes creyó que era otro el que había pasado, pero a la mañana siguiente, en el desayuno, los cuatro confesaron no haberse levantado de donde estaban recostados después de oír el grito.
Decidieron escalar aquella montaña de todas maneras, incluso sabiendo que uno de ellos moriría aquel día, y no podrían echarle la culpa a las escarpadas laderas, pues la misma montaña se los había advertido.

EL DIRECCIONADOR DE LLAMADAS INTELIGENTE

La empresa telefónica debía ganar mercado y subir sus ingresos, los accionistas se lo exigían. Para lograrlo pensaba quitar presupuesto a los de investigación y desarrollo, a menos que dieran alguna muestra clara de avances tecnológicos revolucionarios. Pues la reunión que solicitaron los de dicho departamento tuvo lugar un Lunes, y en ella se presentó el DLI (direccionador de llamadas inteligente). Este aparato, de acuerdo a parámetros que tomaba de las conversaciones de cada persona, cada día, reunía un perfil que se adaptaba a las características de una clase con aficiones en común. De esa manera, se clasifica a una serie de grupos definidos dentro de la sociedad.
- Pero eso implica escuchas telefónicas, está prohibido por la ley.
- No, porque no será ninguna persona la que realice la escucha, ni se almacenan registros de conversaciones – explicó el líder de proyecto, - tan solo se guardan parámetros referentes a palabras trasmitidas por la fibra óptica. No es delito tomar de un cable cierta información...
Se puso en funcionamiento un mes más tarde. Desde ese entonces cada número móvil, perteneciente a una persona en concreto, almacenaba de manera incomprensible para cualquier auditor y persona que hurgase en el sistema, todos los datos, preferencias, gustos y aficiones, de la persona. La segunda etapa comenzó al mes siguiente y se presentó el producto como: “línea de contactos”. Uno llamaba a un número X y del otro lado aparecía alguien con las mismas aficiones, los mismos gustos y opiniones sobre la vida. Así fue como fueron conociéndose y formándose estos grupos de individuos, que de otra manera nunca habrían podido ponerse en contacto.
La facturación subió, había más comunicaciones entre las personas, esta línea de contactos había sido un éxito. Pero las cosas fueron cambiando con el tiempo, la sociedad comenzó a agruparse en estos sectores definidos. Años más tarde también el éxodo fue geográfico, los grupos comenzaron a dividirse y a entregarse distintivos que llegaron a convertirse en pasaportes o documentos que acreditaban la pertenencia a la agrupación. Poco faltó para que se producirán los primeros roces entre las facciones, y de estos primeros conflictos y desentendimientos pronto se pasó a la intolerancia y se pasó de inmediato la delgada línea del odio. La fatalidad de hechos circunstanciales fueron los detonantes de las guerras que se produjeron luego.
En tan solo unos años se produjeron masacres, se atacaron ciudades, se conquistaron y reconquistaron bastiones. Finalmente, como en inminente resultado de toda guerra, quedó solo un rastro de desolación y un paisaje arrasado. Ya nadie de los sobrevivientes recordaba el origen de la disputa, y lo único que les importaba era mantenerse con vida, para ello nada mejor que la unión y así se reestableció la sociedad. Varios años más tarde se reestablecieron las comunicaciones telefónicas y se armaron nuevas compañías, que más adelante serían manejadas por accionistas, y todo volvió a la normalidad...

DESDE LA SAVIA

Durante sesenta y tres años miré hacia el mismo lugar, siempre con la calma y con la tranquilidad que mi reino me brinda, siempre con el desinterés de una sustancia que me permite comprender mi esencia, que me deja ser parte de su perfección, tan estrechamente que ni siquiera necesito alma, pues ese instrumento es para quiénes deben jugarse un lugar que yo ya he ganado desde la semilla. He visto sin ojos el mismo paisaje tantas veces que ya conozco cada detalle, cada cambio que se superpone en este mundo donde todo es parte de ese matiz. He visto la nieve, blanca y brillante, cubriendo el bosque, he visto el sol desplegando sus alas ardientes, la lluvia caer como gotas de plomo en una tierra áspera y cambiándole el color, el viento susurrando voces en el olvido de la soledad.
Hoy veo el final de mi inmóvil camino, hoy veo un brillo diferente, que arde en una fusión de anaranjados y amarillos, veo las llamas acercándose a mí, rodeando mi corteza, alcanzando mis ramas, bailando la danza de mi final.

CARTAS DE AMOR

La conoció en un viaje, y se enamoraron. Le prometió que volverían a verse, y ella le dijo que esperaría su carta.
Le escribió un mes más tarde, era una carta de amor, donde decía que daría todo por verla, que con ella a su lado su alma era un atardecer en el mar, un espacio de pinceladas de colores en el aire. Cerró el sobre y al escribir su nombre al dorso las letras parecieron convocarla, emitiendo ese nombre para que permaneciera un rato haciendo ecos en la habitación. Tan abstraído en los recuerdos lo encontró la realidad que anotó mal la dirección. Y así el sobre partió hacia un destino equivocado. Las casualidades de esas a las que le atribuimos la sencilla palabra: “suerte”, para no complicarnos en justificar, quisieron que descienda en el buzón de una joven de mismo nombre. Nunca esperaba volver a recibir una carta de aquel hombre, cuyo nombre era igual al del remitente. Era un chico que había conocido una vez de vacaciones, cenaron juntos y fue suficiente para que se enamorara, pero luego es se fue y nunca más lo vio. Le había dado la dirección para que le escriba. Enseguida respondió la carta, y él volvió entonces a escribirle. Así comenzó un romance por cartas, hasta que llegó el día que se propusieron encontrarse. El lugar elegido fue una esquina, y allí estaban los dos, esperando ver a la otra persona que recordaban, pero el tiempo pasó y solo veían a otra persona que estaba igual que ellos. El que comenzó el diálogo fue ella, que le preguntó la hora. Él respondió y luego hablaron un rato. Ninguno de los dos quiso admitir que estaba esperando a alguien que, por lo visto, no vendría. Cruzaron la calle y se sentaron en un bar a tomar un café. Les sorprendió que sus nombres fuesen como las personas que esperaban, pero tampoco quisieron decir nada, y cada uno seguía pensando en que era otra la persona que aguardaban, pero el destino los unió como pareja, aunque siempre, en el fondo, cada uno seguía esperando recibir una carta.