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Kosh

PRESOS

- ¿Cuánto te queda?
- Dos o tres años.
- ¿Y cuando salgas que harás?.
- Supongo que rehacer mi vida y vivirla de una vez.
- A mí me quedan tres días y seré libre.
- Me alegro por ti, trata de portarte bien y no estropearlo.
- Todos sabemos que las cosas siempre se terminan estropeando, pero tengo esperanzas.
Entonces sonó el teléfono. – Debe ser para ti.
- Hola – dijeron del otro lado, - hay un nuevo proyecto.
- Miré, no estoy interesado, en tres días termino este y podré tener algo de tiempo para estar con mi familia y....Ah, si, si,...comprendo....¿tanto?...Miré es que estoy terminando este proyecto y quería...¿una semana?...si, si, reconozco que es tentador pero... ah, ¿más gastos pagos?... ¿y eso es neto?... Bueno, acepto, pero tan solo seis meses, luego quiero salir de todo esto...De acuerdo, adiós.
- ¿Te han vuelto a atrapar?.
- Ya ves que sí,... jamás saldremos de aquí...

EL DESPERTADOR INCOMPLETO

Me desperté a las 7:30 como todas las mañanas, aunque esta vez fue distinto. El nuevo despertador que me había comprado en aquella feria de antigüedades sonó como los mil demonios y pegué un salto literal de la cama para terminar sentado en ella con los pies en el piso. El extraño anciano que me había vendido aquel infernal aparato me había advertido que su timbre era muy alto, pero además me había advertido que tenía el poder de abrirse camino entre la línea que divide al ser despierto del ser dormido. Recordé entonces que estaba soñando que era un soldado normando que combatía en la guerra contra las Galias. Mis dioses eran otros, mis costumbres y mi forma de vida también.
Busqué mis zapatos de andar dentro de casa e intenté ponérmelos, sin embargo noté que me quedaban pequeños. No podía haber crecido mi pie en una noche, sin embargo me ajustaban tanto que debí quitármelos. Me puse luego la bata y noté que me quedaba corta. Fue entonces que me puse de pie y en el espejo detrás de la puerta vi a aquel extraño de pie junto a la cama. Mi corazón se detuvo del susto, al principio por creer que había alguien en mi habitación y luego cuando descubrí que ese alguien era yo, pero que no era yo. Moví mi brazo y el hombre del espejo también lo movió, hice unas muecas ridículas y aquel ser también las copio, por fin me toque el rostro y descubrí que ese del espejo era, de algún modo, yo mismo. Traté de decir algo, pero me oí a mi mismo hablando otro idioma, el cuál comprendía pero que nunca antes había hablado.
– Soy el guerrero de mis sueños – razoné si es que algo así se puede razonar. De inmediato, un impulso me llevó a querer salir de esa habitación, de correr, de huir, pero al pasar por la puerta apenas llegué a descubrir que era mucho más alto cuando el marco golpeó contra mi frente, cayendo hacia atrás. Mi cuerpo aterrizó pesadamente y mi perdí el conocimiento. No se cuanto tiempo pasó hasta que de pronto oí el horrible despertador que volvía retumbar en mis tímpanos. Había estado soñando que era yo mismo quién se despertaba y al abrir los ojos de inmediato creí que lo del guerrero normando había sido solo una pesadilla, pero mi cuerpo no estaba en la cama, sino debajo del marco de la puerta, mi frente me dolía mucho y tenía la bata puesta. Me arrastré hasta el despertador para detenerlo y luego giré para ver mi habitación en penumbras y mi cuerpo original reflejado en el espejo. Suspiré tranquilo, luego me levanté, fui a la cocina y tiré el despertador a la basura.

RECETA PARA SALIR DE ADENTRO

Ese día, aquel hermoso día, él se rindió y le dijo a Dios que lo necesitaba, le pidió una receta, una poción para saber quién era, para mostrarse al universo desde afuera de su propia alma, sin tiempo ni espacio. Necesitaba un tour guiado por la vida, por su vida, una clase de física cotidiana. Necesitaba poder ver más allá de sus ojos, escuchar más allá de sus oídos...necesitaba sentir más allá de sus sentidos. Pero no era suficiente, necesitaba además comprender más allá de su comprensión, de su capacidad para entender. Quería romper las reglas que le impedían sus anhelos y lo pidió como quién pide limosna. Creyó que no harían caso a sus súplicas de medianoche, pero entonces escuchó un ruido detrás de las paredes de las montañas, dentro de los árboles del bosque y todo comenzó a dar vueltas. Sintió miedo, pero ya era tarde, él mismo lo había pedido...

616 o 666

Depende de aquel antiguo alfabeto griego, pero la mayoría, al sumar las letras de aquel cruel emperador romano que se codificaba en el número de la bestia, sumaba 616, por ello en los primeros escritos del Apocalipsis este era el número que se leía, seguramente el mismo que colocó el autor. Pero claro, un día un traductor tuvo la inmejorable idea de contar también una letra intermedia que cambiaba el resultado al valor 666. ¿Qué mejor número para la bestia?, sabiendo que todo aquel escrito era un código secreto que aquellos que habían visto y creído en el hijo de Dios debían utilizar para no ser masacrados. Aquella fue la bestia que advertían en clave de simbolísmos típica de la manera de escribir y de expresarse de aquella época (diferente a la de parábolas con mensajes de la época anterior). Aquella fue la bestia que para divertirse practicaba horribles torturas como utilizarlos como atorchas vivas en sus jardines, a quienes eran acusados de beber sangre en nombre de Dios....

EL CASTILLO DE LAS TRES TORRES

Era el único castillo triangular, tenía tres torres, en cada una de ellas una habitación, en una un tesoro y en las otras dos una trampa mortal. Eran tres hombres que llegaron en busca de aquel tesoro, pero todo cambió cuando supieron lo de las trampas. Al principio pensaron en desistir, no deseaban arriesgar sus vidas, pero por fin la codicia los sedujo. Entonces llegaron a un acuerdo, harían un sorteo para ver quién iría el primero, si obtenía el tesoro lo repartían entre los tres y si moría iría el segundo, si lograba dar con la torre correcta se repartían el tesoro entre los dos, de lo contrario se lo quedaría todo el tercero, el cuál ya lo tendría asegurado en la tercer torre.
Tomaron tres ramas pequeñas y las colocaron en una bolsa, cada uno sacó una. Al que le tocó la más larga maldijo su suerte y en principio se arrepintió, pero los otros dos lo amenazaron, ya que había aceptado las reglas antes de participar, ahora debía cumplir. Sin más remedio el hombre subió a la torre y entró en ella. Pasaron algunos segundos y entonces se oyó un grito de dolor y luego un silencio sepulcral. Le tocaba al segundo, el cuál de mala gana se atrevió a meterse en otra de las torres. Al rato se oyó el grito de su muerte, entonces el tercero se puso doblemente feliz, primero por obtener el tesoro y segundo por no tener que repartirlo. Trepó a su torre y entró en la misma. Caminó unos pasos hacia el cofre del tesoro, que se encontraba en el centro de la sala, pero al abrirlo una gran sección del suelo, sobre la cuál estaba situado se abrió y el hombre cayó al vació gritando, hasta estrellarse contra el fondo y morir en el acto. Entonces el primero de los hombres se asomó de su torre y, luego de ver que ya los otros no estaban, bajó con el tesoro.

LA ESCALERA HACIA ABAJO

Vivía en un departamento de unas cinco plantas, en la tercera. De niño siempre me intrigó la escalera que bajaba hacia el sótano, pero mi madre nunca me dejó ir hacia allí. Recuerdo el día que me lo advirtió y sus palabras: “no debes bajar nunca por esa escalera, está oscuro y sucio”. Pero con el paso de los años llegué a la conclusión de que, como ella misma decía, no quería que bajara solo para no ensuciarme o porque estaba oscuro, y en realidad no existía ningún peligro. Mi alma de niño explorador fue más que mi obediencia materna y un día bajé. Eran unos veinte escalones recuerdo, que terminaban en un pasillo que se adentraba como una boca de lobo hacia la nada. Los tonos grises ennegrecían hasta que se los trabaja la oscuridad, la cuál triunfaba sobre el único foco que colgaba de su propio cable apenas terminados los escalones. Decidí esa tarde volver a mi departamento, feliz por haber roto la regla de no bajar. Pero pasaron los días y ahora mi intriga se concentraba en el destino de aquel pasillo sin fin. Pensé que si ya había quebrado una vez la prohibición, dos daba lo mismo, y con aquella premisa tomé una linterna y volví a bajar la escalera. Esta vez no me detuve a las puertas del oscuro corredor sino que, linterna en mano, me adentré en éste, como un conquistador atraviesa las tierras recién descubiertas. Caminé un par de minutos hasta que el pasillo llegó hasta una nueva escalera que descendía. Por aquella vez estuvo bien la expedición, decidí entonces retornar a tierras conocidas y continuar en otra ocasión. Esa otra ocasión fue dos semanas más tarde, y en esa vez llevé conmigo unas galletitas ya que el camino a recorrer sería ahora más extenso. Baje la última escalera conocida durante un rato hasta llegar a un nuevo pasillo.
Pasaron muchos años y he bajado cientos de veces y todavía nunca he alcanzado el final, pero hoy mismo volveré a intentarlo, tengo provisiones para varios días, y esta vez no pienso volver hasta encontrar el final.

NINGUN LUGAR CONOCIDO

Pasó en el varano del 2002, esa tarde debía viajar a Madrid por trabajo. Lo enviaban de lugar en lugar tomando pedidos, como buen comercial de una empresa de consumo masivo. Conocía la ciudad, ya había estado muchas veces, sin embargo la encontró diferente. Creyó haber entrado por la misma ruta, pero luego dedujo que debía haberse equivocado, pues todo era diferente a como lo recordaba. Había curvas y puentes que nunca antes había visto. Se detuvo en una estación de servicio para ver el mapa y descubrir que la ruta era la correcta, pero incluso en el mapa todo estaba diferente. Pensó entonces que debieron hacer obras y por ello el camino había cambiado. Encontró la dirección hacia donde se dirigía, aunque parecía, al menos en el mapa, que no era el mismo lugar donde había estado tantas veces antes. Y así fue como recorrió una ciudad con los mismos nombres de calles pero que era, al menos referenciado a su memoria, completamente diferente, hasta llegar a su destino. Esos días, en lo poco que recorrió de la ciudad, se sintió como un turista que recorre por primera vez un lugar. Era como si todas las piezas de un rompecabezas se hubieran movido.
Volvió finalmente a su hogar, pero al llegar descubrió que todo también estaba cambiado. Tardó meses en acostumbrarse a la nueva disposición de los lugares, había algunos más lejos y otros más cerca. Incluso los mapas viejos que tenía mantenían su antigüedad pero, mágicamente, indicaban las calles y parques como era ahora.
Al cabo de un tiempo debió volver a viajar a Madrid. Más o menos recordaba la nueva disposición de la ciudad por lo que no temía perderse, sin embargo, nuevamente la ruta era otra y todo había cambiado. La misma estación de servicio donde se había detenido la primera vez ya no estaba en aquel lugar sino a varios kilómetros y de la mano de enfrente. Y al volver a su ciudad, también todo estaba cambiado.
Creyó que se acostumbraría a esta nueva vida de ciudades cambiantes, pero no resultó tan sencillo, no era lo mismo que acostumbrarse a vivir con un koala, pues representaba que cada vez que debía viajar debía esperar encontrarse con un nuevo lugar donde vivir, debía aprender cada nuevo mapa, cada nueva disposición. Por este extraño motivo, pidió o alegó en su empresa que no volvería a viajar pero, cuando creyó que lo tomarían por loco frente a tan descabellada excusa, su jefe lo sorprendió al confesarle que él había dejado de viajar por la misma razón.

LA AGENDA

Era de esas personas que anotan todo lo que deben hacer, para recordarlo. A tal punto llegaba mi método que a veces anotaba cosas que luego olvidaba por completo y, gracias a la anotación que leía días más tarde en aquel cuadernillo organizado por días, podía hacer la tarea que de otra forma hubiese olvidado por completo.
Pero fruto de este sistema comencé a confiar demasiado en las anotaciones, comencé a hacerles caso sin dudarlo, pues si lo había anotado era porque debía hacerlo. Así fue como cumplía con todos los compromisos que encontraba y hacía las tareas programadas. Pero un día que comencé a sospechar, había ciertas cosas que no recordaba haber anotado. Las tareas ni siquiera me parecían familiares. Por ejemplo, me había suscripto a cursos, a los que asistía sin falta y puntualmente, pero que no sabía porque realizaba y, sinceramente, no me servían. A veces concurría a eventos como obras de teatros, conciertos y fiestas que no me interesaban. Comencé a sospechar que esa agenda tenía algo raro. Un día, para comprobarlo, dejé un espacio en blanco a propósito, para el jueves de la semana entrante. Pasó el tiempo y al llegar aquel día leí las tareas por hacer, entonces encontré que en aquél espacio decía que debía hacer ciertas compras, sin especificar demasiado. Recuerdo que cerré la agenda y permanecí observándola, como quién observa un fenómeno sobrenatural. Sentí miedo, no podía permitir que un objeto inerte controle e incluso administre mi vida, pero por otro lado no me sentía con fuerzas como para matar mis compromisos futuros. Fue una decisión muy dura, pero por fin reuní valor y tiré la agenda a la basura. Recuerdo que no logré estar tranquilo hasta que pasó el camión que vació el contenedor y se perdió por la esquina, terminando de una vez por todas con aquella pesadilla.
- No has visto tu agenda – me preguntó mi novia al día siguiente, mientras revisaba en la estantería donde solía dejarla. No alcancé a responder cuando agregó, - es que he perdido la mía y la estaba utilizando para anotar mis cosas. No te importa, ¿verdad?.

EL LEON Y LA JUNGLA

El animal se despertó agitado, es que por un camino que habían hecho los humanos días atrás no paraban de pasar camiones llevando tierra. No tenía ganas de preguntarse que cosa estarían planeando esta vez esos seres tan irracionales de dos patas, mejor prefirió alejarse un poco más de ese lugar, esperando que la jungla fuese aún un lugar suficientemente amplio para convivir, aunque sabía que en el fondo algún día se tendría que rendir.

LA TORRE DE TIEMPO

Dios no podía con todo, cuando había creado el mundo las cosas parecían fáciles, pero con el tiempo, administrar los parámetros fijos y encima ocuparse de los hombres y estar con cada uno en cada momento le parecía un exceso. Entonces decidió encomendarle a dos de sus mejores ángeles las tareas rutinarias, uno se ocuparía del control del espacio y otro del tiempo. El que se ocupaba del espacio hacía bien su trabajo, pero el del tiempo se aburría, lo cuál a veces generaba distracciones peligrosas. Un día, el ángel del tiempo estaba buscando alguna manera de entretenerse, entonces se le ocurrió la estúpida idea de juntar las horas de ese día y jugar con ellas. Armó una pila de diez cubos, cada uno representaba una hora, de las trece a las veintidós. Todo iba bien hasta que, sin querer, movió la base y la pila se derrumbó, cayendo todas juntas y mezclándose. Ese día fue el más extraño que nunca vivió la humanidad, después de las trece se pasó a las veinte, luego a las dieciséis, luego a las catorce y así, al azar, el día fue consumiéndose de forma aleatoria. El ángel fue castigado por su irresponsabilidad, pero por suerte, los humanos, tan avocados a sus problemas, no llegaron a notar la diferencia.

EL CUENTO INCONCLUSO

Cada día sin excepciones, apenas al despertarse e inspirado por sus sueños, escribía un nuevo párrafo. Había comenzado a los diez años, cuando apenas sabía escribir, y ahora ya era un anciano y aún lo hacía. Era una sola historia, un solo libro de cientos y cientos de páginas. Los protagonistas fueron sucediéndose uno a uno en un nudo interminable. Le quedaban ya poco tiempo de vida cuando comenzó a trazar el final de tan extensa novela. Aquel día tan esperado colocó el último párrafo, luego escribió debajo, en letra pequeña, “fin” y murió.

EL ORIGEN DEL ADIVINO

Pasaron muchos años hasta que por esas casualidades de la vida, si es que en la vida existen casualidades, me volvía a encontrarme con aquel adivino. No dude en cruzar la vereda y detenerlo, aún sin saber que diría, pero es que luego de aquella semana tan dura que había tenido que sufrir al ser su reemplazante, al menos merecía un intercambio de palabras.
Luego del saludo, se me ocurrió preguntarle si estaba apurado, conociendo su vida agitada, corriendo de un lado a otro tratando de evitar lo que el destino aún no escrito pretende escribir. Me dijo que hasta las cinco de la tarde no tenía nada que hacer, o al menos nada que él pudiese evitar. Las últimas palabras sonaron tristes, como si ya se hubiese resignado a que ciertas cosas no están a su alcance.
Lo primero que se me ocurrió pensar es el enorme poder de adaptación que tiene el ser humano a las situaciones que les toca vivir. Aquel hombre estaba ya acostumbrado a esa vida, a ir de lado a lado tratando de salvar vidas de forma anónima, como una suerte de héroe invisible.
Sentí pena por él, pero traté de no demostrárselo. Lo invité a tomar un café y aceptó.
- ¿Cómo empezó todo? – se me antojó preguntar.
- ¿A que se refiere? – dijo sin comprender la pregunta.
- Lo de ser adivino, ¿cómo comenzó?, ¿cuándo descubrió que podía hacerlo? – me expliqué.
- Es una larga historia, pasó mucho tiempo atrás – respondió manifestando un intento por esquivar el tema.
- Cuénteme – le insistí de todas maneras.
El hombre suspiró, como quién debe relatar algo que no le agrada, luego levantó la mirada, buscando en su pasado los hechos y en su lengua las palabras para engendrar su propia historia:
- Yo era un sacerdote, de hecho lo soy, aunque debí dejar mi parroquia por culpa de esta misión. Era joven y tenía las energías y el optimismo suficiente como para intentar, día a día, resolver todos los problemas de la gente que acudía a mí, y pasaba todo el tiempo trabajando para ello. Un día acudió a mí una madre desesperada, su hijo había desaparecido. Lo habían buscado por todo el barrio desde hacía tres días, en los lugares donde solía andar, pero el niño, de tan sólo ocho años, no aparecía. Los siguientes dos días me encerré en la capilla y los pasé rezando y rezando sin parar, intentando poder hablar con Dios, intentándolo como nunca antes nadie lo había hecho.
Me miró a los ojos, con una mirada insostenible, para luego preguntarme: - ¿sabes cuanta gente intenta realmente, con todas sus energías, y sin desilusionarse, comunicarse con Dios?.
- La verdad es que nunca lo pensé...
- Nadie. Nadie tiene la fe suficiente para hacerlo. Siempre, en algún punto, la persona, por más creyente que se crea, duda, ¡siempre!. Duda sobre la misma existencia de Dios, duda sobre la posibilidad de que realmente escuche, duda de que pueda responder. El sólo hecho de no conocer a nadie que lo haya logrado es suficiente, pues todo hombre necesita ver para creer. ¿Y si los que lo logran no lo manifiestan?, ¿si se lo guardan en secreto?, pues esas personas serían especiales, sería gente que no necesita compartirlo con nadie más. Tu eres una persona especial, y se que nunca hablarás sobre mí, está en tu sangre, en tus venas...
- Yo... – traté de decir algo sin saber que.
- No importa, déjalo, me he ido del tema, estaba contando mi historia – dijo como tratando de quitarme el peso del compromiso de responder.
- No sabía que hora era, ni siquiera si era de día o de noche ya, pero entonces una voz me habló. Podría haber creído que era mi mente, cansada, que buscaba confortarme tratando de confundirme, auto defendiéndose inventándo ser una voz externa, pero no, yo en cambio no dude que era Dios, y por eso realmente fue él.
En ese momento llegó el café, y el hombre aprovecho para darse un respiro en el relato y beber un poco para luego continuar, - no importa lo que me dijo, pero yo le supliqué que me ayudara a salvar al niño aquel. Entonces hicimos un trato, el me daría el poder para encontrarlo, pero a cambio yo debería mantener el secreto, nadie debería saber que yo sabía las cosas, y si la gente se enteraba todos los hechos se desvanecerían y volverían a estar como antes. Era una tentación, como la manzana del paraíso, pero yo le dije que no la comería.
me dio el poder para ver más allá del lugar donde llegan mis ojos, me dio la posibilidad de ver otros tiempos venideros, otros lugares, otras cosas. Vi entonces al niño que buscaba, había caído en un pozo, y estaba vivo aunque moriría pronto. Corrí al lugar que había visto, era en un bosque, ni siquiera supe como llegué allí, pero lo encontré. Dije que había estado recorriendo lugares durante días hasta, “por suerte”, toparme con el pozo. La madre me agradeció y su felicidad es una de las pocas medicinas que tomo para sobrevivir ahora, aquel recuerdo lo debo rememorar cada vez que siento que mi vida se ha convertido en una pesadilla, en un nunca acabar. Tu has vivido una semana lo que yo vivo hace años. El peso que debo cargar sobre mi espalda me consume día a día. Todo lo que se que sucederá y no puedo evitar, todas las personas que, aunque quisiera, no llego a salvar...¿sabes las veces que pienso en rendirme?.
- ¿Pero entonces como pude entrar en tu vida?, ¿como es posible que yo ahora lo sepa? – quise saber, o en realidad pregunté para cambiar el rumbo de una confesión que se estaba desviando al límite del llanto.
- Luego de volver a suplicar pidiendo un descanso o una ayuda, Dios, que bien sabía lo que estaba soportando, me concedió una semana de vacaciones. Primero le dije que prefería no tomarla pero me dijo que le podía delegar a alguien la responsabilidad durante ese tiempo. ¿Sabes la libertad que sentí al oír la noticia?. Ahora somos dos los que llevamos el secreto y solo de saber que alguien más lo sabe me quita un enorme peso de encima, me hace sentir mejor.

EL SUFRIMIENTO FISICO

El dolor físico es algo que se debe aceptar y que se debe soportar, la justificación podría ser tan sencilla como que sino Dios mismo no permitiría su existencia. El problema es que para comprender verdaderamente estas palabras hay que haber recorrido previamente un largo camino de conocimiento, reflexión y meditación previa que mucha gente no tiene la intención, la voluntad o la inteligencia suficiente como para realizar. Por tanto, si leen la frase por sí sola es de entender que se manifiesten escépticos, hablen de que “Dios” o que “la religión” en general no tiene que ver con esto y desconecten toda validez para trasladarlo a un plano simplista donde solo se ponen en la balanza ecuaciones lógicas y básicas del estilo: sufrimiento = "malo", muerte = "mala pero detiene sufrimiento --> muerte = "buena". Ese tipo de razonamiento infantil es el que se adapta con mayor eficacia a las conductas de masa, desarrollando con superficialidad una respuesta acorde con el poder de análisis de esa masa. Lamentablemente es un problema de difícil solución porque este comportamiento de las masas siempre fue y será así ya que es acorde a las leyes de comportamiento de estas mismas.
Como sea, el camino que se debería recorrer con el pensamiento dejaría en su andar una serie de premisas que luego se van utilizando en los pensamientos contiguos y así se van construyendo cimientos sólidos sobre los cuáles se puede llegar a proceder con un análisis correcto. En cambio, del otro lado están quienes desde el aire y sin ninguna base edificada ejercitan razonamientos aislados y llegan a conclusiones que piensan firmes y se convencen de que han logrado algo cuando en realidad tan solo han jugado, en un rato, sin profundidad, y con esa herramienta definida como "reflexión", para fabricar castillos de arena.
Sufrir es necesario como lo es la alegría, la felicidad, la tristeza y el obrar libremente para el bien o para el mal. Si la mirada se colocara sobre el verdadero objetivo de la vida y no sobre parámetros terrenales y fugases se podría ver con claridad la esencia del dolor físico y lejana relación con el dolor interior. Éste último no tendría razón de existir sin la concreta existencia de Dios, pues si se lo atribuye, por ejemplo, al instinto, y se da un paso más, se revela que el fin, efectivamente, podría ser un instinto, y ese instinto puede tener a su vez otro fin, pero allí se cortaría la cadena lógica pues el fin del fin de ese instinto queda desprovisto de otro fin. (*)
El sufrimiento forma parte de la vida misma, al igual que hay que tratar de vivir y sobrevivir. El instinto de supervivencia sí tiene un fin, pero no es el que a simple vista se menciona, pues, como antes dije, el fin de este mismo instinto a su vez debe tener otro fin.
Puede que, los que no lleguen ni siquiera al nivel de Dios, estén muy atrás, pero aún los que logran comprender su existencia, si piensan luego que el objetivo de la vida es la unión final con él siguen a mitad del camino. De ser cierto esto (que el objetivo de la vida es Dios), sería lógico y comprensible desear morir a toda costa para unirnos lo más pronto posible con él. Por ejemplo, los niños que son abortados por sus padres deberían estar más que agradecidas pues los han enviado directo al paraíso sin ninguna tentación incluso de pecado, y sin tener que “sufrir” la vida, ¡Que más podría pedir un creyente!. Pero no es tan fácil, la vida tiene el objetivo de ser vivida, cada alma pensada por Dios tiene una función que cumplir, que incluye su propia vida misma y que debe, necesariamente, formar parte del mismo proyecto. “Dios nos saca a la cancha para que juguemos el mejor de nuestros partidos, para que demostremos cuanto valemos, que tan nobles”, oí una vez que decía un gran hombre. Y cuando estamos en el juego, el problema será como nos arreglamos para manejar esta libertad y este conflictivo libre albedrío con el que fuimos galardonados. Y para ello, para cumplir nuestro objetivo en esta vida, es que debemos y queremos vivir, por ello intentamos salir adelante y de ahí parte el verdadero instinto de supervivencia, y no por el simple hecho de sobrevivir sin más.
Y si damos la vida por los demás no necesariamente es para librarnos del compromiso sino para darle la oportunidad al que mereció nuestro sacrificio para que éste cumpla su objetivo, y entonces el objetivo de la vida del sacrificado cobrará sentido por haber tenido un noble fin. Y dar vida, es decir tener un hijo es también abrir y cumplir con un objetivo, y ser un mensajero y tratar de comprender los misterios es también un objetivo.
Hay muchos objetivos y muchos fines, y a todos estos podemos optar, o también podemos optar por no realizarlos y dedicarnos a vivir para nuestros objetivos temporales terrestres, vivir para nuestro beneficio propio a corto plazo. La supervivencia como único objetivo es de por sí una forma de evadirse, pues solo es ganar tiempo, un concepto ridículo para Dios y para nosotros mismos también, ya que, al menos. comprendemos que la vida es una ráfaga fugaz o algo largo, de acuerdo tan solo a las escalas con las que la midamos (para un milenio una vida es corta y para un año una vida es larga).
Desde el mismo momento en que nacemos comenzamos a sufrir, como también comenzamos a vivir para nuestro objetivo. La vida es un conjunto escalado de alegrías, tristezas, logros, felicidad, y dolor, desde el primer latido de nuestro corazón ya estamos muriendo, envejeciendo, sufriendo, padeciendo, pero lo importante es que lo hagamos por un objetivo noble, Dios no nos dio la vida para hacernos sufrir sino para que sepamos disfrutarla y sepamos hacer con ella una obra de virtud, y todos estos nobles objetivos traen consigo alegrías y logros que nos hacen crecer como personas.

(*) Ejemplo (del artículo “EL INSTINTO”): alguien puede decir que el hombre se alimenta porque su instinto se lo ordena, el fin de alimentarse es vivir y no morirse de hambre, ¿pero el fin de vivir cuál es?, ¿la supervivencia de la especie por ejemplo?, pues si nadie se alimenta y todos se mueren la especie desaparece. Ahora, ¿para que es necesario que sobreviva la especia?, ¿cuál es el fin?, sin el concepto de Dios el universo seguiría su rumbo tal cuál, sin el hombre en la tierra y nadie se enteraría y todo daría igual, entonces, realmente, ¿para que tenemos ese instinto?.
El fin de la supervivencia no tiene un sentido y, moviéndose hacia atrás, sin la existencia de Dios tampoco tendría sentido alimentarse, y sin embargo lo hacemos...
Algunas teorías panteístas intentan resolver este dilema remitiéndose a la “energía del universo” pero es tan solo un paso intermedio, porque luego comienzan las preguntas (si no se detienen en ese vago concepto que no explica nada) ¿y esa energía porque está?, ¿quién la creo?, ¿quién definió los parámetros de su comportamiento?, ¿cómo justifica el instinto?, ¿por qué entonces tenemos la posibilidad de creer en un Dios?...

EL ADIVINO

Eran las once y media, hacía más de cuatro horas que el instituto estaba cerrado y si yo estaba aún en aquella oficina era sólo porque aprovechaba la calma de la soledad para estudiar cuando era época de exámenes. El lugar al que me refiero es el Centro San Esteban, fundando hacía cinco años para varios temas sociales que no tenían un ente que los tratase o considere, entre ellos estaba el control y seguimiento de ciertas sectas, tanto religiosas como simples logias, tertulias u otro tipo de encuentros. También recibía y estudiaba las denuncias de ovnis y cualquier objeto no identificado, por último, mi departamento comprendía los casos de fenómenos paranormales, tarotistas, futurólogos, predicciones, magia, y demás categoría de cualquier persona, objeto o lo que sea, fuera de lo normal. Los primeros años nos habían inundado de folios con denuncias de prestidigitadores, magos, adivinos, etcétera, que querían ser reconocidos en nuestras listas, pero luego de trabajar seriamente e ir descubriendo que todos eran impostores, terminamos por simplificar el trabajo: se ofrecía un monto de un cien mil dólares a quién pudiese probar que controlaba realmente algún efecto paranormal, sea adivino, futurólogo, mago, daba igual. Desde es mismo día nuestro trabajo se redujo considerablemente, al día de hoy nadie se había presentado a reclamar el premio.
Fue entonces que se oyó el timbre sonar dos veces. Me puse de pie perezoso y recorrí el largo pasillo hasta la entrada. Detrás de la puerta de cristal se encontraba un hombre de mal aspecto, su rostro parecía sacado de un película en blanco y negro de la primera guerra mundial. Lo primero que pensé era que pediría limosna, pero al preguntarle desde dentro y sin abrir la puerta, que deseaba, respondió: - hola, soy adivino.
Despertar a Lina fue fácil, ella siempre dormía mal y en realidad estaba viendo una película de esas viejas comedias que emiten cuando nadie mira la televisión, en cambio el trabajo duro fue hacer reaccionar a Moreno, un hombre de unos cuarenta y cinco con sueño pesado y pocas ganas de trabajar.
- ¿Qué demonios quieres a esta hora? – dijo por fin cuando reconoció que era yo el que le hablaba.
- Hay alguien que pide hacer el test – le dije suavizando mis palabras lo más posible.
- ¿Y porque a esta hora? – maldijo, - hay que poner horarios cerrados – se lamentó luego al recordar que el aviso decía que cualquiera a cualquier hora podía presentarse a demostrar que era un verdadero adivino. Claro que eso se había publicado con el preconcepto de que nadie nunca se presentaría.
Ambos vivían cerca y una hora más tarde estábamos reunidos en la sala diseñada para el test. Lina tenía mi edad y era, al igual que yo, una estudiante que trabajaba en el lugar para tener tiempo de estudiar básicamente. Estaba enamorada de su novio y todas las conversaciones solían rondar en él, o al menos mencionarlo. Moreno era el clásico ser humano creado para ser empleado público, con un futuro homogéneo en un cargo cuyo único cambio que vería sería su jubilación en veinte años.
El hombre rellenó el formulario con el nombre de Rues Midot, y en profesión escribió: “mago de los andes”. En dirección preguntó a que nos referíamos, no sabía lo que era una dirección pues, y luego de explicarle respondió que no tenía “eso” y puso simplemente: las montañas del sur.
- Cada loco hay en este mundo – balbuceó Moreno.
El formulario continuó rellenándose con datos extravagantes e incomprensibles. – Creo que ya está – por fin declaró con una sonrisa, como quién termina un examen de física cuántica.
- Bueno, ahora solo resta probar que usted no es un impostor – dijo Moreno con algo de ironía.
- ¿Qué es lo que quieren saber? – preguntó.
- No se, díganos usted lo que sabe hacer – argumentó Lina.
- Digan lo que quieran y yo responderé.
Lina entonces preguntó: - ¿qué número saldrá premiado en la lotería de mañana? –
Los dos la miramos, sorprendidos por la extraña pregunta, pero ella nos devolvió una mirada que decía: ¿por qué no, es una buena pregunta?.
- 21.546 – dijo Rues, como quién dice que el cielo esta nublado luego de mirar hacia arriba.
- Seamos serios – recapacitó Moreno, - sabemos que usted no puede conocer ese tipo de cosas, pero que le interesa el dinero que ofrecemos...
Pero en ese momento Rue lo interrumpió: - ¿ofrecen dinero?, no sabía. ¿Cuánto pagan?.
- Dígalo usted, ¿no es que sabe todo?.
- Es verdad, ofrecen – meditó apenas dos segundos – cien mil dólares.
- Que pregunta, si no lo supiera no estaría aquí – razone en voz alta.
- No estoy aquí por eso – me dijo de manera directa.
- Entonces, ¿para qué ha venido?.
- Para decirles las cosas malas que pueden evitar que sucedan y dejarse el alma en ello – enfatizó sin modificar su tono sencillo de voz, - y esto último va sobre todo a usted, que creo que será el único que lo hará.
Al oír esas palabras, por primera vez desde que había visto a aquel extraño sentí miedo.
Las preguntas se sucedieron una tras otra. Moreno no prestaba demasiada atención, incluso por momentos se distraía y se percibía que sus pensamientos se alejaban por el deseo de volver a estar en su cama durmiendo. Como buen empleado público, su vida y todo lo que la rodeaba transcurría como la de un soldado sin guerra. Lina se mostraba, en cambio, interesada en el sujeto, aunque no hubiese creído que realmente se lo tomaba en serio. Por fin, pasadas les cuatro de la madrugada, al ver el hombre que no teníamos más que cuestionarle, pidió irse. Todas las preguntas eran temas de actualidad que se deberían ir concretando durante la semana entrante, había cuestiones de todo tipo, eventos deportivos, fenómenos climáticos, la lotería, hechos políticos, incluso algunos temas sociales. En algunos casos el hombre aclaró que por el mismo hecho de haber revelado el futuro, este puede variar para evadirlo, pero que esta variación nunca es extrema, por lo que la mayoría de los hechos se cumplirán como él decía.
Moreno le dijo que si el ochenta y cinco por ciento de los hechos pronosticados se concretaban como él había predicho sería reconocido su “don”. El hombre, mostrando poco interés en el reconocimiento, se despidió, pero antes de irse volvió a dirigirme la palabra para recordarme que confiaba en mí.
Aquella noche, o lo que quedaba de ella, apenas si pude pegar el ojo. Me desperté con sueño a las once y media de la mañana, y luego de beber un café compré el diario. El titular hablaba de una manifestación que se había cortado durante dos horas la calle principal, más abajo, en un recuadro hablaba de un fuerte Tifón que había sorprendido a los habitantes de República Dominicana, de inmediato recordé que el hombre había predicho que esa semana una fuerte tormenta caería sobre aquel país. De inmediato comencé a calcular cuantas posibilidades existían en que aquella predicción haya sido pura casualidad, por otra parte alguien que supiera de fenómenos climatológicos podía perversa, habría tan solo que ver como se encontraba el panorama, los que estudian el clima viven de eso, quizás aquel hombre fuese uno de ellos.
Las siguientes noticias fueron normales, pero no me quede tranquilo con ello, encendí la televisión y puse el noticiero. La primera de las noticias era la muerte, esa misma madrugada, del director Nino Fartiz. Lo había dicho también, aunque Nino era un hombre mayor y se corrían rumores de que estaba enfermo, por tanto era lógico prever su muerte. Olvidó el tema y se dedicó a tratar de darle un último repaso a la materia que debía rendir. Una vez con la mente avocada al estudio olvide el resto del mundo y así permanecía el resto del día, o al menos hasta que salí de la sala de examen. Había aprobado con un siete y, aunque esperaba mejor nota, no me sentí mal. Volviendo a casa pasé por un puesto de revistas donde el periódico deportivo anunciaba los resultados de los partidos, todos los que recordaba coincidían con lo que Rues Midot había anunciado. Esta vez no había posibilidad de suerte, y mi mente no podía encontrar una respuesta lógica, acertar con la muerte de un hombre mayor o una tormenta ya suponía un exceso de suerte, pero adivinar los resultados de los partidos ya era demasiado, no podía ser casualidad. Esa tarde llegó temprano a su trabajo, en la oficina lo esperaba Moreno, tomando un café y repasando unos papeles.
- ¡Has leído el periódico! – exclamé apenas entrar y mostrando un ejemplar.
- Si – respondió con una tranquilidad alquilada, - ¿qué sucede? – completó luego.
- ¿Cómo que sucede?, aquel hombre viene acertando en todo lo que dijo – repliqué ansioso por oír su respuesta.
- Suerte – dijo sorprendiéndome.
- ¿Cómo crees que puede ser suerte?, ¡aquel hombre es un adivino!.
- Eso está por verse, apenas si ha pasado un día y para cobrar debe haber adivinado en todo lo que predijo.
- En ese momento logré intuir la actitud de mi jefe, y era que esos cien mil dólares probablemente no existían, o incluso quizás si existían pero él se los había gastado pensando que nadie nunca se presentaría. Todas eran conjeturas mías, pero la realidad era que Moreno, por algún motivo, quería negar la realidad que estaba sucediendo.
- ¿Y Lina? – se me ocurrió preguntar para no seguir profundizando con el tema.
- No ha venido aún.
- Ella no es de llegar tarde, y debería haber entrado hace una hora – deduje, pero Moreno me respondió con un gesto de hombros que decían que no tenía ni idea sobre el paradero de Lina ni le interesaba tenerla.
Busqué el informe que habíamos escrito sobre el tal Rues Midot, y se me ocurrió hacer una copia de la lista de predicciones.
Esa noche volví a mi casa temprano y cené mirando la televisión y leyendo el diario. Entonces fue que vi el número de la lotería, era el 21.546, el mismo que decía en la lista. La noticia continuaba: “la ganadora, una joven estudiante...”, y de inmediato supe a quién había sido la afortunada. Deduje que Lina no volvería a trabajar ni el día siguiente ni nunca. Fue entonces que recordé algo más que había predicho aquel hombre, leí la lista que había copiado para estar seguro y, recordaba bien, había anunciado un accidente de un autobús para esa misma noche. Sin pensarlo salí hacia la terminal, pero cuando llegué el autobús ya había partido, me subí a un taxi y lo dirigí por la salida de la ciudad hasta que en una esquina, justo antes de subir la autovía, encontré el vehículo. No habían pasado ni un minuto desde que se había producido el accidente. Se había pasado en la curva cayendo hacia un lado sobre la banquina, aún los ocupantes estaban dentro cuando el tanque de combustible estalló. El autobús comenzó a incendiarse y desde fuera vi como los pasajeros se movían desesperados hacia la parte delantera e intentaban sin éxito romper el cristal del conductor. Tomando una piedra logré desde afuera partir el vidrio y los pasajeros pudieron salir.
Ese fue el primer día de una larga y dura semana de trabajo. Viajé por todas partes intentando evitar accidentes y salvando vidas sin siquiera poder explicar el motivo. Pasados los siete días, estaba exhausto sentado en un banco de un parque luego de rescatar a un niño a punto de caer en una alcantarilla mal cerrada, cuando un hombre se sentó a mi lado y me dijo – lo has hecho bien.
Giré de inmediato para encontrarme con Rues Midot, aunque esta vez se lo veía mucho más lúcido y mejor vestido y arreglado que la noche en que lo conocí.
- ¿Qué se siente? – me preguntó.
- No puedo más, estoy agotado – le dije apenas encontrando las palabras.
- Pues esa es mi vida, y por eso es que necesitaba tomarme una semana de vacaciones. El descanso me ha servido mucho, y ahora puedo continuar con mi tarea. Gracias por tu ayuda, has sido un buen sustituto – dijo antes de ponerse de pie y alejarse caminando por el parque.
- De nada – fue lo único que se me ocurrió responder.

EL VIAJANTE

Hacía tiempo que comenzó su viaje de negocios, recorrió países, conoció ciudades y lugares de todo tipo. Durmió en muchos camas distintas, en distintas habitaciones, de distintos hoteles. Pero un día debía volver a su hogar, entonces descubrió que no sabía donde era. Preguntó a su secretaria pero ésta le confeso que nunca se lo había dicho. Entonces decidió continuar sus viajes hasta recordarlo. Y así fue como siguió viajando por siempre.

MUERTE EN EL ALADERN

JC fue a abrir la puerta del baño, estaba trabada por dentro. Luego de golpear algunas veces se canso de esperar y decidió empujar un poco. La puerta se abrió y encontraron al Argentino, el cuál había bajado al baño luego de su tercer vaso de vino especial, con su propio facon de campo atravesado su pecho y un charco de sangre a su alrededor.
No gritó, solo retrocedió asustado, golpeando la pequeña biblioteca de ocupaba la pared de la escalera en el Aladern. – Chicos - , dijo por fin con una voz que él creyó normal pero que el resto interpretó como algo desvirtuada. El resto eran en ese momento, Gines Estela y Jesús que se cargaba el último trago de su segunda Voll-Damm. Bajaron curiosos sin imaginarse que se encontrarían con aquel horrible espectáculo.
Había una nota que decía: “yo nunca me pierdo”. Antes de llamar a la policía, y ya que el tema que se supone que se trataba aquella tarde (pues el tema nunca llegaba a ser más que un mal pretexto) era sobre los cuentos policiales y, sobre todo, de detectives y casos donde se debía resolver una muerte, que mejor que hacer ellos mismos de protagonistas para dilucidar aquel extraño suceso.
Gines y Estela se dedicaron a evaluar el mensaje mientras JC recorría el baño y el cuerpo en busca de otras pistas, pero no halló ninguna, por ende la nota era la única herramienta para resolver el caso, y aunque no era mucho creyeron que podía ser suficiente. El asesino había aprovechado cuando la víctima salía para sorprenderlo, empujándolo hacia adentro ayudándose con la puerta. En las manos del cadáver se olía el perfume de jabón.
A partir de lo escrito dedujeron que el asesino sería alguien que había sido protagonista en sus cuentos pero al mismo tiempo era una persona real. Aquella era una mala costumbre del difunto, al menos se convirtió en mala desde que le costó la vida.
Encendieron su notebook, la cuál había traído aquel día del trabajo, para encontrar, luego de explorar un largo rato los archivos, en una carpeta escondida, todos sus cuentos. Las siguientes horas se las pasaron leyendo uno a uno y anotando todos los posibles sospechosos. Una vez terminada la lista comenzaron por el único presente: Gines, que estaba como personaje secundario en una obra que, por supuesto, nunca llegaría a publicar el autor, al menos con vida. Por supuesto que nadie creía que haya sido él, pero había que quitar todas las dudas por lo cuál analizaron los sucesos. Gines había estado todo el tiempo en la mesa, por lo cuál se debía excluir.
- Momento – dijo JC señalándolo, - Gines llegó tarde, en más, llegó cuando el muerto estaba en el baño, por ende puede haberlo asesinado en el recorrido desde la puerta hacia aquí – dedujo inteligentemente.
- Es cierto – asintió Estela para luego agregar, - sin embargo yo lo vi entrar, recuerdo que oí sonar las campanillas de la puerta y era Gines que entraba, también recuerdo perderlo de vista, oír el ruido de sus pasos subiendo la escalera y verlo luego aparecer aquí, por lo que es imposible que en ese tiempo haya cometido el crimen – completó.
- Pero, ¿si entró en silencio y fue al baño a asesinarlo y luego salió y volvió a entrar haciendo sonar las campanillas? – argumentó Jesús señalando la acción con sus pulgares.
Meditaron un rato hasta que JC halló la manera de exculparlo. – Gines, intenta pasar por la puerta sin hacer sonar las campanillas.
Fue suficiente, por un lado reconocieron que era imposible que pasara por ahí sin hacer ruido, y por otro que debía bajar de peso.
- ¿Quién es el siguiente en la lista? -
- Son muchos, nos pasaríamos toda la noche, mejor llamar a la policía – propuso Estela mirando la lista.
- Al menos intentemos elegir a uno más – insistió Gines tomando el papel con nombres.
- Hay un sacerdote de Banyoles, un niño, un bibliotecario de Barcelona, la secretaria de una empresa, un taxista, un informático...
- El taxista – gritó JC. – ¿A qué cuento pertenece?.
- Estela tomó la notebook y buscó, a partir del título escrito a un lado del nombre, el cuento del taxista. – en el cuento el protagonista sube a un taxi y se pierden por la ciudad.
- Tiene que ser él – afirmó Jesús.
- Deberíamos dedicarnos a los crímenes – propuso Gines.
- Escribamos un para la próxima uno de este estilo misterio – propuso JC entonces.
Todos asintieron y luego se generó un silencio, todos pensaron en lo mismo: él ya no podría participar: - Bueno, pero al fin y al cabo ya tiene uno del estilo terminado.

LA NOCHE ENCANTADA

Fue una noche especial, el cielo estaba cubierto de esas estrellas que no se ven nunca. Se oía el murmullo de las aguas deslizándose entre las sombras de los helechos por un cauce angosto. Entonces bajó de la copa del árbol. Yo estaba sentado en una piedra, al borde del río arroyo y la vi. Por la oscuridad apenas pude verla, sin embargo supe que era hermosa. Pareció no saber que estaba yo allí, quizás de verdad no lo sabía o sino no le importó mi presencia. En una de sus manos sostenía algo que parecía una esfera de vidrio del tamaño de una manzana. Caminó hacia mí y cuando estuvo cerca ocultó con sus manos la esfera y esta comenzó a brillar, entonces sentí miedo y me alejé. Me escondí detrás de un árbol y allí me quedé, observándola. La luz que salía de entre sus manos era púrpura, estiré la mano, como para atrapar un poco de su resplandor y al tocar el brillo sentí una delicada caricia. Al quitar la mano y observarla noté que era distinta, que era más joven y suave. Sin embargo no me atreví a salir de mi escondite, sentía una especie de temor incomprensible que me congelaba las piernas. Pasaron las horas y poco a poco la luz se fue consumiendo en sus manos. Por fin, luego de mucho tiempo, me atreví a salir y enfrentarla, esperando recibir su milagroso brillo en todo mi cuerpo, pero ya se había apagado.

Me miró a los ojos con una mezcla de incomprensión y tristeza para luego decir: - tuviste la oportunidad, ahora ya es tarde - y luego su cuerpo se fue perdiendo en la penumbra hasta desaparecer.

PASAJE DEL OLVIDO

Era un pasaje angosto, que comenzaba a mitad de la calle y se insertaba entre dos edificios, llegando hasta la calle paralela siguiente. Solo existían dos paredes, no había ni entradas de comercios ni nada en aquel tramo de cemento. Algunos depósitos de residuos y un par de escaleras de emergencia eran el único adorno que rompía la monótona decoración de cemento ennegrecido por el hollín. Su misterio radicaba en que, cada vez que algún peatón decidía atravesarlo, inevitablemente éste olvidaba hacia donde se dirigía. La mayoría debían volver sobre sus pasos, o retirarse a sus hogares, o quizás mirar sus agendas o alguna dirección anotada en algún papel que les daba las pistas para volver a recordar sus destinos. Nadie comprendía el fenómeno pero éste sabía pasar desapercibido y, de esta manera, nadie tampoco se preocupaba en resolverlo.
Se cuenta que una vez un hombre, justo cuando iba a salir por el otro extremo, recordó que había olvidado una carta que debía llevar al correo y volvió sobre sus pasos. Al salir por donde había entrado, de pronto, comenzó a recordar toda su vida, todo su pasado, todo en un mismo instante. Tanta información junta le hizo perder la razón y vagar sin rumbo el resto de sus días.

EN EL BOSQUE

Caminaba por el bosque, el paisaje era hermoso, el césped se mostraba teñido de hojas secas otoñales. El sol se filtraba entre las copas para abrazar algunos espacios de tierra y darles su color y su brillo. Se oía el intermitente y suave canto de los pájaros de la tarde mientras una pequeña brisa apenas lograba un movimiento lento y pausado sobre las ramas más livianas. Encontró el lugar ideal para descansar, debajo del tronco de un antiguo roble. Se sentó apoyando su espalda contra la corteza y permaneció observando los espacios entre los árboles del bosque que se desparramaban hasta donde podía cubrir su visión. Poco a poco, el clima templado y la calma lo fueron adormeciéndolo hasta que por fin cerró los ojos y se durmió.
No supo cuando pasó, pero de pronto un extraño movimiento lo despertó. Miró a su alrededor desconcertado y algo dormido aún, al principio no vio nada, pero segundos más tarde volvió a sentirse el movimiento, seguido de un ruido agudo, como el de una señal. De inmediato el cielo comenzó a cambiar su color, el sol perdió su intensidad y comenzó a apagarse. Los árboles fueron desvaneciéndose junto a la tierra y al cielo. El mundo se estaba consumiendo. Por fin todo se termino de desarmar, quedando sólo una sala blanca. “Su tiempo se ha terminado, para continuar coloque una nueva ficha” dijo una voz femenina. Buscó en sus bolsillos pero no tenía otra, por otra parte miró la hora y ya eran casi las tres, debía volver a la oficina.
Salió de la habitación del falso bosque, la única forma de sentir lo que hasta el siglo veintiuno se podía hacer, pero que luego de la deforestación y la desaparición de todos los bosques del planeta, resultaba ahora imposible. Salió a la calle y entro al edificio donde se encontraban las oficinas de su empresa para seguir trabajando, esperando al día siguiente, para volver a hacer un paseo por el bosque virtual.

NAVIDAD

Hoy es el momento para encontrarse con nuestras vidas, y pasar una noche con nuestras propias almas.
Hoy es el momento para discutier los buenos y malos momentos del año que se va, y planear nuevos objetivos para un futuro que no esta escrito sino que se escribe día a día, en cada momento, como un cuento, uno muy especial.
Hoy es el momento para tratar de descubrir las razónes por las que se debe vivir y soñar.
Hoy es el momento para descubrinedo los motivos por los cuál uno existe.
Hoy es el momento para encontrar ese espacio que el mundo reserva para uno mismo.
Hoy es el momento para mirar el cielo y sonreír, porque por allí estamos, en otro tiempo, mirándonos desde fuera hacia adentro.
Y hoy es el momento para desear Feliz Navidad a todos los seres queridos, pero también a nosotros mismos.