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Kosh

LA SOMBRA DE OTRO (I PARTE)

Un día iba caminando por el parque distraído mirando las formas que creaban las ramas de los árboles. Recuerdo que tenía el sol de la tarde a mis espaldas, proyectando mi sombra en un largo de dos piernas azuladas que terminaban en una figura similar a la mía. En ese momento me crucé de frente con un desconocido, uniéndose nuestras sombras. Recuerdo que lo miré a los ojos y eran negros. Vestía traje y corbata y portaba un maletín de cuero marrón. Cuando el sujeto se alejó y volví hacia a mirar hacia delante descubrí que la sombra que proyectaba el sol a mis espaldas no era más la mía. Lo noté porque el portafolios aún se veía sobre la mano derecha de la figura. Tardé un instante en reaccionar, por lo que cuando giré en busca del desconocido de traje, éste ya había desaparecido entre la multitud de la ciudad. ¿Y ahora que hago?, pensé sin estar del todo seguro en qué podía afectarme aquel incidente.

LA PUERTA (IV PARTE)

Giré el picaporte y ésta se abrió hacia dentro. El brillo de pronto se disipó, dejando un espacio oscuro del lado opuesto. Parecía que aquel vínculo con la otra dimensión habría desaparecido, y ahora solo era una puerta que alguien había dejado de pie en medio de la nada. Volví a mirar al rededor, no había nada, era un puerta aislada, sin sentido. De todas formas se me ocurrió pasar al otro "lado". La cerré a mis espaldas y comprobé que nada había cambiado, que solo había dado un paso adelante, atravesando un rectángulo de madera y nada más. Esperé un rato y el grito no volvió a oírse, dejé pasar un rato más hasta que, cansado, decidí volver a la estación de servicio. El hombre ya no estaba cuando me subí al auto y me fui. Pensé que estaría durmiendo en alguna otra parte.
Al principio todo fue bien, pero pasados algunos kilómetros comencé a notar que la ruta ya no era igual, que algo, aún irreconocible, había cambiado. El mundo no era lo que era, porque realmente no era el mismo...

LA PUERTA (III PARTE)

Y en mi mente, una voz que dudé si era propia o ajena, me invitaba a ir hacia ella. Me negué rotundamente. Entonces ese sonido estremeció la paz por tercera vez. ¿Sería un llamado?, ¿un pedido de auxilio?. Pero ¿quién? a esa hora en la noche...
La razón me llevó a pensar en que era posible, que alguien podía estar en problemas y que yo estaba allí, pudiendo hacer algo...
Avancé hacia la luz, que parecía cerca pero resultó no estarlo en absoluto. Al menos diría que pasaron diez minutos y el brillo aún no estaba a mi alcance. Sin embargo comenzaba a tomar forma, una línea cuadrada de luz o algo similar. Por fin estuve lo suficientemente cerca como para descubrir que se trataba de una puerta, que brillaba por sus aberturas y por su cerradura, formando un rectángulo luminoso. Era de madera, como cualquier puerta, salvo que no había nada alrededor, ni detrás, su luz emergía desde el interior de un lugar sin espacio más que el plano en donde brillaba. Oí el grito una vez más, esta vez más fuerte, y parecía salir del otro lado de la puerta, no el "lado" físico, sino una especie de "lado" interior, de otra dimensión.

LA PUERTA (II PARTE)

Quise entonces derivarlo en algún animal nocturno o desvelado y continuar, pero entonces salió al patio de mi mente aquella atrevida parte que nombramos "curiosidad" y me revolvió la conciencia hasta verme obligado a responder a su llamado. Me bajé y avancé rodeando los vacíos surtidores. Observé al empleado de la estación, esperando verlo despierto y alarmado por el grito, pero en cambio lo encontré perteneciente a otra dimensión: la del sueño. No me considero una persona cobarde, pero una cosa es ser un héroe y otra meter las narices donde no me llaman y éste podía ser el segundo caso, sin embargo continué, llegando hasta la parte posterior de la estación para enfrentar un negro inerte reflejándose en el cielo y goteando sobre la aridez plana e infinita de la tierra. El silencio lo era todo, ni un murmullo, ni una sombra en movimiento. Pensé en razones por las cuáles debía irme de allí, inventándolas de ser necesarias. En mi mente había estallado una guerra civil entre la fantasía, que creaba posibles peligros de fábulas, y la razón, que me convidaba con la realidad de un desierto vacío e inofensivo.
De pronto, a lo lejos, una luz...

LA PUERTA (I PARTE)

La noche estaba oscura como pocas veces la había visto, no había estrellas sobre el cielo del desierto patagónico. Me detuve en la estación de servicio a eso de las tres y media de la mañana. El tanque marcaba vacío sin embargo al repostar descubrí que al menos estaba a la mitad. Pensé que la aguja se había estropeado, o quizás el flotador, o quién sabe qué. En realidad olvidé pronto el tema y busqué el baño. Era una puerta oscura que no invitaba a entrar. El único ser vivo en la estación, además de mí, era un viejo sentado en una silla de su misma edad que dormía como si estuviese borracho. Me costó despertarlo para intentar pagarle, por fin tomó el dinero y se hizo el que comprobaba que había cargado lo que pagaba, después volvió a echarse hacia atrás y en pocos segundos volvía a roncar. Me dirigí al auto cuando creí oír un grito de profundo, como apagando, atrás de la estación. Se lo atribuí, con convicción o por conveniencia, a mi imaginación, y continué mi marcha hacia el vehículo. Cuando estaba por girar la llave para darle arranque el sonido volvió a alcanzar mis oídos, y esta vez resultaba más difícil negarlo.

ATAQUES SOBRE LA CIUDAD

Esta oscuro afuera, y adentro el fuego reconfortaba a los presentes. Cuando el desinterés sobraba y las pupilas se enrojecían con el humo de cigarros se oyeron las sirenas y de inmediato se sintió el sonido de los motores rugiendo en el cielo de la noche. Los presentes corrieron a refugiarse en los túneles. Entraron uno a uno, situándose en las posiciones que tenían designadas. Quienes no tuvieran el privilegio de pertenecer a un refugio no podía ingresar y debía improvisar, en algún sótano, su propio lugar, algunos, los más entregados, simplemente se escondían debajo de las mesas, como si una tabla de madera fuese a salvaguardarlos de algo.
Luego comenzaban los silbidos de las bombas cayendo y luego las explosiones, una tras otra, algunas lejos, otras cerca, otras encima. Nunca duraba más de diez minutos, entonces las sirenas dejaban de sonar y las personas salían de sus escondites. A quiénes la suerte los acompañaba, continuaban la reunión, bebiendo y fundando entre charlas y risas, y a quienes el azar no los había acompañado esperaban al día siguiente, para ser sepultados.

EL REY DIOS VISIGODO

En tiempos de los Teudiselo, uno de los tantos reyes de las nuevas tierras bárbaras, de nombre Teudico, gobernaba un pequeño reino de montañas. Convertido al cristianismo como sus ancestros, al entrar en el desmembrado imperio romano, el rey creía firmemente en la salvación mediante las obras de bien. Pero un día, en una charla amena con sus consejeros, estos le preguntaron sinceramente, porque si existe un Dios, éste no muestra claras señales de su existencia, Se dice que Teudico se puso de pie y salió del salón, y que los consejeros temieron haberlo ofendido. Al día siguiente Teudico salió de su castillo y convocó al pueblo para leer las nuevas leyes que había escrito, comenzando como siempre sus discursos: "pueblo, con el poder directo que Dios me ha dado les digo..."
Las nuevas leyes eran tan inusuales que tardarían meses en comprenderlas. Ordenaba a todos los habitantes del reino a "ser buenos", de lo contrario serían encarcelados "por su propia elección de hacer el mal y no el bien". Desde aquel momento, cualquier súbdito que demostrase no ser una buena persona, de corazón amable, generosa y caritativa, iría a la cárcel. Para poner en marcha su plan utilizó su ejercito vestido de campesinos, que estando en todos los rincones serían los ojos del rey. Así fue como Teudico se convirtió en lo más parecido a Dios cristiano en la tierra.
Se volvió a juntar con sus consejeros y les dijo: "decidme ahora quienes: ¿son los buenos, que merecen el cielo por haber elegido libremente la senda del bien, y quienes son los malvados que libremente eligen la senda del mal?".
Entonces salieron a la calle a observar al pueblo, y tanto los buenos como los malvados hacían el bien el bien, o eran encerrados. A los buenos esto no les resultaba difícil, ya que habían sido así por siempre, y los malos sí les costaba, pero actuaban bien por no ser condenados.
"No podemos saberlo" dijeron. "Todos actúan por temor a las consecuencias..."
"Eso es porque me he convertido en un tirano, robándole a las personas la opción de obrar libremente... Eso es lo que sucedería si Dios deja de ser un misterio y se hace presente".

LA COSTA Y EL MAR

Las aguas apenas perturbaban su tranquilidad con suaves caricias que mecían el bote y el sol quería terminar de irse cansado de un cielo sin nubes. A su espalda el horizonte desplegaba su inmensidad en la lejanía.
El pescador miraba las costas escarpadas desiertas, pensando en ella, y en las costas solitarias.
Mientras, en las costas escarpadas, entre los naranjos que se esforzaban por hacer equilibrio entre las terrazas, en un pequeño mirador de piedra natural, ella miraba el sol escaparle al día y las aves volar a su lado.
La mujer miraba un mar desierto pensando en él, y en el mar solitario.

SI DA IGUAL

Conocí una vez en mis viajes por el sur a un lobo de mar que estaba obsesionado por aprender a hacer castillos de arena. Cuando me enteré, al verlo intentar una y otra vez crear uno en la arena, golpeando torpemente con sus aletas delanteras, no pude evitar comentarle que jamás podría salirle la edificación. Entonces lo vi ponerse muy triste y desanimado. Me sentí culpable, quizás por se el que le había dado la obvio noticia ya que siempre resulta la tarea más cruel. Noté que sus compañeros pensaban lo mismo que yo, es decir que nunca llegaría a nada intentando hacer castillos, pero nadie se había atrevido a decírselo. Esperaban que se diese cuenta solo y que se rindiese. ¿No fue acaso mejor decirle la verdad?. Entonces volví a acercarme y le hablé para consolarlo. Le expliqué que aunque pudiese hacer castillos, viviendo en aquellas playas de mareas tan cambiantes como son los acantilados patagónicos el agua todas las tardes derribaría sus obras. Además el eterno viento que soplaba terminaría por acabar con cualquier torre que fabricase. Por último, en aquellos parajes desiertos ¿quién podría admirar sus creaciones?.
- Es verdad -sentí que reconocía. -Para que voy a trabajar si da igual, no tiene sentido.
- Eso mismo - concluí, alejándome con la conciencia tranquila.

EL MOMENTO

1943, un civil encerrado en el campo de concentración espera su turno para ser fusilado, no hay otra salida, solo esperar a su pronto fin.

1347, la peste negra está flagelando a la población europea, una monja en el convento, observando la muerte a su alrededor sabe que caerá en sus manos, no hay otra salida, esperar su pronto fin.

378, un soldado romano ve caer el flanco derecho y el círculo de los godos se cierra en Adrianópolis, sabe que deberá pelear hasta la muerte sin opción, no hay otra salida, solo esperar a su pronto fin.

Cada uno sabe que vendrá el momento, cada uno sabe que es el momento.

PREVENIR ACCIDENTES

Venía caminando el hombre y pasó por la vereda justo en el momento en que el poste de iluminación se desprendió y caía de costado sobre la pareja de ancianos sentados en el banco de plaza. El caminante se detuvo en el sitio exacto y, como una rutina más de su vida, estiró sus brazos para atajar entre sus brazos al poste y luego llevarlo como a una novia, hasta un lugar seguro.

Ese era su trabajo, precedir los accidentes y estar en el momento justo para prevenirlos. Y al principio era considerado un héroe, pero las personas pronto se acostumbran a lo nuevo y al cabo de unos meses su tarea ya era una rutina, algo que, como empleado público debía de cumplir. Los ancianos ni siquiera se giraron para agradecerle, ¿acaso a un cartero se le agradece por repartir las cartas?. El hombre sin saludar se fue al siguiente punto pensando que con suerte y si no había tráfico llegaría veinte minutos antes, y tendría tiempo de pasar por un bar a tomar una café.

LA NOCHE DESDE ARRIBA

Decían que en el mundo existe más de una noche, la de abajo, que es la que se mira cuando se está debajo de un techo, y la de arriba, que es la que se ve cuando uno se sube a un techo para mirar. La de abajo requiere al menos una ventana, pero además es más débil, como si la noche estuviese desajustada con respecto a las cosas del ambiente. En cambio la otra parece casi perfecta, a veces las estrellas no se terminan de posicionar, pero tampoco es algo que se note. Por eso es que cuando uno tiene que mirar la noche es siempre conveniente hacerlo desde arriba.

CUENTO DE ESPERANZA

Este es un cuento para las almas perdidas, que creyeron ver una luz y se encontraron con más oscuridad. Si cuando miran las rosas ven espinas en lugar de pétalos es que necesitan nuevos sueños y nuevas sonrisas, de esas que llegan a formar buenas curvas. Esta es una historia que no tiene un final feliz, que no tiene final, que termina donde nace el amanecer y se diluye entre los rayos del sol que aleja a las nubes. El que busca montañas para trepar más arriba sabe que todo hombre debe morir, pero es mejor hacerlo bien alto, bien cerca del cielo, y por eso tiene sentido subir. Porque desde las cumbres se ve más, y se ve mejor el mundo. Este es un cuento para las almas desencontradas, teñidas de olvido. Para que sus labios encuentren palabras de esas que se saben decir, y de sus semillas crezcan árboles de esperanzas.

EL AMANECER

Todas las mañanas se sentaba a mirar el amanecer desde la cumbre más alta. El sol aparecía entre las mismas montañas, siempre por el mismo sitio. Pero un día apareció por el lado opuesto. Pensó primero que el sol había cambiado sus movimientos, pero no era así, entonces descubrió que la cumbre completa en la que se paraba era la que había girado media vuelta. Resultaba muy complicado volver a colocarla en su posición anterior por lo que se conformó con mover la piedra, que no era muy grande, y colocarla en la posición del amanecer. Entonces, al menos en apariencia, nada habría cambiado.

LA NADA QUE RODEA

Miré adelante y no encontré rastros del mundo que debía rodearme, continué hacia arriba, y no había nada... absolutamente nada. Miré a mis lados, primero a la izquierda y luego a la derecha... tampoco nada, como si el mundo se lo hubiese tragado un abismo. Miré hacia abajo, de reojo, como para apenas fijarme... y nada. Sentí miedo, una sensación de vació, de soledad, de pánico a quedarme solo en el universo, y por eso no me atreví a mirar hacia atrás, como para no terminar de convencerme, como para almacenar una esperanza que era lo único que aún me quedaría, y que de mirar atrás y no ver nada también habría perdido.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (VIII PARTE)

Me entregó el dinero y me alejé sonriendo y relajado del parque. Entonces, cuando me había quitado el problema de encima, busqué en mi memoria el rostro del comprado, que por fin encontré en el sujeto que me había vendido el cuadro.
Me volví atrás, pero solo encontré un banco vació.
El siguiente sábado volví al mercado y allí estaba, el hombre y el cuadro... a la venta por el triple de lo que había recibido.
-¿Me recuerda? –le dije.
-Si –dijo en calma y terminando de atender a un cliente que se marchaba con un antiguo sello postal, -usted es uno de los tantos que teme a los fantasmas.
-¿Quién no les teme? –me atreví a responder.
-Fíjese que a mí me caen de maravilla, debe ser porque me ayudan en mi negocio.
No supe que decir, al fin y al cabo, tenía razón.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (VII PARTE)

-¿Quién esta ahí –pregunté al vacío con un hilo de voz insegura. Pero no hubo respuestas. Y ya no volví a oír ruidos, ni tampoco a dormir.
Al amanecer por fin me atreví a salir de la habitación, atravesé deprisa el pasillo y me encontré con el cuadro de frente sobre la mesa. Estaba seguro que yo no lo había dejado allí.
Sin desayunar, me vestí con la ropa que encontré a mano, envolví el cuadro en una manta y salí a la calle sin saber en realidad adonde me dirigía. Me sentía observado y perseguido. Por fin me detuve en el banco de una plaza. Un grupo de niños jugaba despreocupados y algunos ancianos daban de comer a las palomas. En ese momento, frente a mí se sentó un hombre de traje gris.
-¿Es suya esa pintura? –me sorprendió con la pregunta. Note entonces que la manta no cubría por completo la pintura y además que se podía ver a través de la tela.
-Si, lo es –respondí.
-Me recuerda a mi abuelo –comentó.
-¿Le interesa? –se me ocurrió preguntar.
-No sé, en realidad...
Pero le impedí terminar la frase diciendo: -diga cuanto me daría por él.
El hombre lo dudó y por fin dijo: -solo llevo diez...
En ese momento vi mejor a aquella persona, y me resultó conocido, pero mi estado de ánimo y mi situación me impidió indagar sobre éste. Debía ser un comercial, su velocidad para hacer el negocio lo delataba. El marco por sí solo valía más de diez, pero para mí resultaba más que suficiente.
-Es suyo –dije.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (VI PARTE)

-¡No es posible! –exclamé en la soledad del salón. Pero quizás lo era, tal vez aquel visitante resultaba un fantasma ofendido por la forma con la que traté su obra. En tal caso lo correcto hubiese sido aclararle: -el problema es que me asustan los fantasmas.
¿Qué habría hecho entonces?. Aquella noche dormí con la puerta cerrada, y me costó mucho conciliar el sueño.
No sé que hora era, pero estaba todo oscuro, cuando creí sentir pasos en el pasillo. Me desperté de inmediato, esperando que fuera una vez más el vecino de arriba, que solía salir de copas y volver ebrio, haciendo ruido e interpretando penosamente alguna canción pasadas las tres de la madrugada. Pasé un largo rato escuchando el silencio. Hasta la ciudad parecía haberse callado, pendiente de lo que ocurría en mi pasillo.
De pronto un golpe seco sacudió la puerta de la habitación. Me estremecí en el pánico y sentí como mis piernas se juntaban a mi pecho, como un gato que se encoje al verse acorralado.

LEYENDAS

LEYENDAS

Nota del Editor
Nos encontramos ante una obra singular, valiente y excitadora del lenguaje. Pocas veces tiene uno la oportunidad de alumbrar un libro donde la sola idea de la publicación mueve al orgullo y a la satisfacción. Estamos en uno de esos casos. La fina pluma del autor, coordinada con una narrativa contundente y hábil convierte a este libro en una sucesión deliciosa de imágenes y propuestas retóricas.
La imaginación, primorosamente incrustada en la magia de los relatos, otorga a este autor novel un marchamo de escritor de futuro. No es propio de un autor que empieza, acumular en su bolsa tal grado de recursos y fantasía literarios. Esto lo proyecta, lo agiganta nada más empezar su camino, hacia un horizonte donde habremos de contar con él.
La verdadera maravilla de este libro, cosa obvia, es su lectura. Esta lectura te aprisiona el interés desde la primera línea, desde el primer misterio, desde el primer cuento, convirtiendo el viaje por sus páginas en una verdadera aventura de la palabra y el símbolo.
Demos buena entrada a esta obra y a su artífice, con el agradecimiento de quienes sabemos apreciar el trabajo bien concebido y bien acabado. Y con la esperanza de que este no sea más que el primer eslabón de una cadena ilusionada y posible de otros libros y logros.

Indice:
La leyenda del dragón
La leyenda de Argos
La leyenda del marino
La leyenda de los magos
La leyenda del faraón
La leyenda de Simón
La leyenda del muerto

Notas de la obra
Leyendas se publicó en Enero del 2004 siendo la primera tirada de 1500 ejemplares y vendiéndose gran parte en librerías de toda España.
El Viernes 19 de Marzo se realizó, en el Aula de Escritores de Barcelona, la presentación oficial del libro. Una semana más tarde BTV emitió un reportaje al autor. También se presentó en medios de comunicación gráficos en la ciudad de Madrid.

Para comentarios o conseguir la obra escribir a: gkaracsonyi@yahoo.com

PROLOGO

PROLOGO

Coqui se basa en un personaje peculiar ya que no es el típico héroe y sin embargo es el protagonista. Sufre los problemas pero no participa de forma directa en su resolución.
Se compone de cinco cuentos de diez capítulos cada uno y todos caminan sobre el mismo sendero de la intriga y los misterios, rozando el género del terror. Los espacios son variados y los tiempos se superponen en presente y pasado, buscando que el lector intercambie los escenarios. El primero de los cuentos sucede en un pueblo del interior de la Pampa, en Argentina, el segundo en Barcelona, el tercero en el Delta del Paraná, el cuarto en un tren Madrid Barcelona y el quinto en una ciudad especial.
Espero les guste.

Indice:
La casa de dos puertas
El tren
El tesoro de Huscar Pache
El viaje
La noche del accidente