Hace ya varios días que estamos en el mismo lugar, no es posible avanzar, al menos sin ser masacrados en los primeros veinte metros, y aunque eso nunca fue un impedimento para el alto rango, en esta ocasión nadie ha enviado ordenes para hacerlo. Hoy me toca estar de vigía. Es difícil atreverse a observar por la mirilla entre los sacos de arena que cubren la trinchera, pero al hacerlo durante varias horas el miedo se derrite. A veces pienso en como puedo seguir sintiendo miedo, pero realmente siempre se sigue sintiendo. Durante el último avance quise morir, que acabase todo de una vez, al menos cuando vi que mis compañeros caían uno a uno a mi alrededor. Pero entonces sentí un líquido recorrer mi cuerpo y bajar por mi pierna. Me sorprendió como reaccioné cambiando de opinión de inmediato. Rogué a Dios que me dejara vivir, que no fuese mi final, le pedí aunque fuese un día más, un rato más para ver el cielo, cubierto de humo negro de los obuses que llueven en los bombardeos. Y Dios me oyó, o al menos así lo entiendo yo. Miré mi cuerpo esperando ver el horrible agujero de bala y la sangre a su alrededor, pero no había mas que agua, y mi cantimplora de campaña destruida. El campo esta libre, desolado y cubierto de barro. Hay algunos cuerpos recientes, de nuestro último intento frustrado de avanzar. Es mas, puedo ver a unos diez metros a quién fue compañero mío durante casi un mes. Ya conocía a su esposa he hija por las fotos y las cartas, y hasta había llegado a simpatizarme. Ellas aún no deben saber que su esposo y padre esta tirado en el campo de batalla, sin vida y apenas reconocible. Debe haber sido una carga aérea, ya que su espalda se encuentra repleta de esporas. Además hay otros cuerpos, uno apenas su puede seguir llamándose cuerpo, esta quemado, partido al medio y separadas sus partes varios metros. Nadie podrá reconocerlo. Espero no terminar así. Mas adelante se ve la trinchera enemiga, unos doscientos metros delante nuestro. Siempre, a esta hora, puedo ver al vigía que cumple el mismo trabajo que yo, pero del otro bando. Un par de veces sentí sus ojos clavados en los míos. ¿Sentirá él lo mismo al verme?. El paisaje era nefasto, aburrido, era difícil mantener la mirada hacia aquel infierno, no había nada, bueno, nada no, a la izquierda, en medio del terreno arrasado, siempre sobresalía aquel árbol, lo único que se mantiene firme a pesar de las bombas y de las balas que pasan por su lado. Ya apenas es un tronco muerto, con unas pocas ramas quemadas, pero sigue en pie. . Alfio era fanático de Independiente, había comenzado a seguirlo he ir al estadio cada Domingo. Allí había conocido a Jorge. Se sentaba a su lado, en el asiento de la izquierda y juntos alentaban y criticaban al equipo. Así nació la amistad, siempre con el tema mas popular de los hombres. Jorge tenía sesenta y ocho, Alfio setenta, ambos jubilados. El grupo de la peña de independiente era más extenso: estaba José, Carlos y Antonio. Todos iban a los partidos de local, y de a poco comenzaron a reunirse en la casa de alguno para comer un asado y seguir los partidos de visitante. Esa tarde Independiente ganaba uno a cero contra Boca. Había terminado el primer tiempo. El partido era aburrido por lo que no daba mucho de que hablar. Luego de hacer ciertas apuestas sobre los cambios que Independiente realizaría al volver al campo, Jorge fue a buscar dos cervezas y brindaron por la amistad. El tema salió mas tarde, cuando Alfio hablo de que el delantero de Independiente era Italiano, del norte, como él. Jorge le pregunto de que parte era, y además porque había emigrado. La guerra fue la triste respuesta. Jorge asintió y confeso que para él también había sido la causa. Así comenzaron a hablar del tema, de la crueldad del hombre. Alfio fue el que dijo que había combatido del lado Italiano, en las trincheras del norte. - Recuerdo que desde donde habíamos situado el campamento, nos separaban doscientos metros del enemigo, el campo estaba devastado por completo, bueno, en realidad no del todo, había quedado en pie tan solo un árbol que siempre podía ver a mi derecha cuando estaba de vigía.
- No me digas donde debo caer recriminó el poderoso rayo a su compañero. La tarde se estaba terminando pero la tormenta eléctrica recién comenzaba cuando se oyeron, en el idioma de la naturaleza, aquellas palabras. - Otra vez discutiendo comentó una nube cercana a su compañera. - Serás tozudo. ¿De que sirve que caigamos los dos en el mismo árbol?. - ¿Y a quién le importa?, yo caigo donde quiero. Además tú eres el que se abre en ramas al llegar a la superficie. - Tranquilos, chicos intercedió el viento, que soplaba más abajo. Mientras tanto, las dos nubes que estaban sobre los rayos conversaban distendidas: - Bueno, te dejo porque veo que nuestros rayos se están peleando otra vez, no hay caso. - ¿Nos vemos esta noche? - Dale, ¿vamos a cenar vapor de mar? - Perfecto, entonces quedamos sobre el mediterráneo a eso de las diez, ¿esta bien?. - Perfecto, adiós concluyó y se separaron, alejando cada una a su rayo.
Yo era un hombre feliz, tenía un buen trabajo, una espléndida novia, un auto deportivo y ropa de marca. Me pasaba el día moviéndome de un lugar a otro, distribuyendo mi tiempo entre reuniones, deportes, eventos, salidas, cenas y fiestas. La vida me sonreía, bueno, si no fuera por esos dolores de cabeza que una vez cada tanto me atacaban, pero ese detalle no podía alejarme de mi perfecto bienestar y mi armónico existir. No le podía pedir nada mas a nadie. Vivía en una calle sencilla, de edificios muy parecidos. En la vereda de enfrente se podían ver las ventanas de mis vecinos y cada tanto, mientras tomaba una cerveza y me distraía, observaba hacia allí. Todo comenzó un día que vi a un hombre en la ventana de enfrente mirando televisión. Estaba de costado, sentado en el sillón y era un partido de fútbol lo que miraba. Me dio lástima verlo así, tirado, sin nada que hacer mas que estar allí, frente a la televisión. Parecía triste, desgraciado y no se porque, pero se me ocurrió visitarlo. Me recibió contento de hablar con alguien, era como si fuese el primero en mucho tiempo que entablara una charla con él. Me invitó a tomar una cerveza, que era la marca que a mí me gustaba por lo que accedí. Su piso, visto desde adentro no parecía mal arreglado, pero tampoco era, digamos, lindo. El desorden se inspiraba en los objetos revueltos por el salón y en una cocina repleta de vasos y platos sucios. Hablamos toda la tarde y note que era bastante parecido a mí, aunque no tenía un gran trabajo ni una vida exitosa como yo. Al día siguiente lo invité a cenar, pero no vino. Pasó una semana y no volví a verlo, creí que lo había ofendido o incomodado con los comentarios sobre mi vida mientras que él parecía infeliz y triste con su existencia. Pero una tarde volví a verlo por la ventana, estaba una vez más, sentado allí, tomando una cerveza y mirando la televisión. Volví a cruzar la calle y a visitarlo, no se si esta vez era porque me daba tristeza o por la curiosidad de que, siendo yo quién era, no hubiera aceptado mi invitación a cenar aquella noche. Me recibió como si fuese un extraño, aunque me invitó cortésmente a tomar una cerveza y comenzamos a hablar de muchas cosas. Pasadas las diez y media me fui a mi casa. Antes de irme a dormir pude verlo una vez mas, sentado mirando televisión. Me volvió a dar lástima. Al día siguiente volví a visitarlo y le lleve una caja de cervezas, de esas que nos gustaban a los dos. Nos tomamos un par juntos y antes de irme, como sintiéndose obligado a retribuirme el regalo, me entregó una camisa a rayas, no muy linda, pero que acepté con agrado, me dijo que se la habían regalado pero que no la utilizaba porque no sentía que fuese para él. El día siguiente se me ocurrió ponérmela para ir a trabajar, no era de marca pero me sentaba bien. Esa tarde volvía visitarlo y le pregunté si quería ir a mi casa a cenar esa noche. Me respondió, con un tono de misterio, que no podía hacer eso. Le pregunté porque y me respondió que debía saberlo, pero que de no ser así, algún día lo sabría. Antes de irme me preguntó si me había probado la camisa y le respondí que sí, y que me había gustado mucho, que era para mí. A la mañana siguiente me desperté temprano y al vestirme se me ocurrió ponerme nuevamente esa camisa, pero estaba algo sucia por lo que la llevé a lavar. Antes de meterla en la máquina, como por instinto, coloqué la mano en el único bolsillo que tenía, a la altura del corazón. No estaba vacío, mis dedos tocaron algo que parecía papel. Era una tarjeta: -Dr. Escudero - decía en el centro y debajo había una dirección. La guardé pensando en devolvérsela en el próximo encuentro. Esa tarde volví a sentir un fuerte dolor de cabeza. Hacía varias semanas que no me sucedía, pero esta vez fue un poco más fuerte que las veces anteriores. Me preocupe, lo confieso, y por eso quizás decidí ir a visitar a un médico. El primero en venir a mi mente fue el Dr. Escudero. Llamé por teléfono y concerté una cita para ese mismo día, un par de horas más tarde. Era un poco lejos pero llegue puntual, me recibió una secretaria y sin mucha espera me hizo pasar. - Buenas tardes me saludo un hombre mayor lleno de títulos que colgaban de las paredes. Soy el Dr. Escudero, psiquiatra se presentó. - ¿Psiquiatra? pensé. Me había equivocado por completo. - Perdón, yo en realidad lo he confundido, mi problema es un fuerte dolor de cabeza, requiero un médico clínico me disculpé disponiéndome a retirarme. - No, usted no está aquí por su dolor de cabeza, eso es lo que cree, pero en realidad usted me visita por sus problemas me dijo como si me conociera a la perfección. - Usted me confunde le dije, - es que me dieron esta tarjeta y pensé... pero me interrumpió. - Se la dio una persona de la cuál usted siente, digamos, ¿lástima? preguntó. - Yo no diría eso, pero de todas maneras usted debe confundirme con él deduje al tiempo que le decía ese hombre deberá ser paciente suyo y por error yo terminé con su tarjeta y vine aquí, pero es tan solo un malentendido volví a explicarle. - No hay malentendido, usted esta aquí porque por fin decidió venir, hacía mucho tiempo que esperaba verlo y me alegro de que finalmente se haya decidido a aparecer, es más, esto es algo que debemos festejar dijo buscando una botella de Coñac y sirviendo dos vasos con hielos. - No, usted no comprende... le dije notando un claro estado de emoción en sus ojos, como si hubiese resuelto algo, pero volvió a interrumpirme. - Hace meses que estamos esperando este momento con su vecino, el momento en que me visitara dijo sin prestarme atención y terminando de servir la bebida. Tómese esto me dijo entregándome uno de los vasos. - Pero es que no tengo ningún problema, mi vecino, en todo caso, es el que lo visitaba, pero yo nunca...fue un error venir traté de decirle pero volvió a insistir. - Usted sufre una enfermedad, y por fin lo tengo frente mío para decírselo en persona, escúcheme con atención, usted padece un problema de doble personalidad, es algo común y se puede tratar hasta que la otra personalidad, la falsa, desaparezca - explico - Entonces, ¿Ese hombre, mi vecino de enfrente, en realidad no existe? le pregunté. - No respondió, - ese hombre es verdadero y el que en realidad no existes es usted me dijo, esperando ver mi reacción. Confieso que me sorprendió, pero no me lo tomé tan mal como debería, es que no supe bien porque, pero a aquel hombre, de alguna extraña manera, lo envidiaba. Envidiaba su forma sencilla de ser, su simpleza frente a la vida. Esa tarde volví caminando a mi barrio, no puedo negar que estaba algo triste por tener que dejar mi buen trabajo y a mi hermosa novia, la cuál en realidad nunca veía, pero poco a poco fui resignándome y cuando llegue a mi calle, sin dudarlo, aunque algo confuso aún, en lugar de ir a mi piso fui al de enfrente, y con la misma llave que entraba todos los días a mi departamento abrí la puerta de mi vecino. El hombre de enfrente ya no estaba y nunca mas lo volví a ver. Recuerdo que tomé una cerveza fría y prendí la televisión, estaban pasando un partido y me senté en el sillón a verlo y a olvidarme del otro hombre de enfrente, ese que nunca fui.
Papeles sobre papeles sobre más papeles; eso hay detrás de cada pluma, detrás de cada farol de esos que iluminan las palabras que alguien quiere decir, y necesita de ellos para hacerlo. ¿Quién piensa en volver atrás por las hojas arrugadas y arrojadas al cesto?, seguro que allí vivirían más felices, hablando entre ellas sobre lo que no llegaron a ser y dejándose ver las arrugas que ahora cubren su faz, su piel. Uno que piensa en ellas cree que no son nada pero sí lo son y lo saben...., son todo lo que fueron, todas esas palabras que estructuraron lo que quedó arriba, sobre el escritorio, esas palabras que sirvieron de corteza, de apoyo, de cimientos. Cada frase un ladrillo que construyó aquello que ahora tiene forma y vive. Entonces el creador tomó aquello, lo convirtió en un nuevo bollo y lo arrojo con la precisa puntería de quién supo hacerlo muchas veces, y los demás papeles lo recibieron y tuvieron una nueva versión, y vieron así en lo que se estaban convirtiendo. Y sobre el escritorio ya había una nueva hoja en blanco y ya comenzaba una nueva vida, quizá esa sería la última, o quizá no.
El sol se derrumbaba paso a paso sobre la tarde, eran ya casi las siete, el calor del asfalto cedía frente a la voz del anochecer. Las ruedas giraban eternamente, llevando hacia adelante la pesada carrocería. Veía una ruta inmóvil uniéndose al lejano horizonte. Debía detenerse pronto para afrontar la noche. Esos caminos eran nuevos para él por lo que, al ver el cartel que de repente apareció en la recta, halló una conveniente solución a su reposo. Esperanza, decía junto a un numero cinco que marcaba la distancia en kilómetros. Era cerca y debía ser un pequeño pueblo, de esos que nadie suele visitar supuso al divisar la bifurcación de tierra que lo llevaría hasta el nuevo destino. Aún no oscurecía cuando el camino murió en la calle principal de un caserío. Su primer presentimiento fue que el lugar estaba abandonado, quizá por eso se alegró un poco al ver a un anciano meciéndose bajo el portal de una descuidada casa de madera. Detuvo el camión a un lado de la desierta calle y una pequeña nube de polvo lo rodeó provisionalmente. Descendió para estirar sus músculos contraídos por las horas sentadas frente al volante en la cabina. Entonces se sorprendió al respirar, era algo difícil de definir, el aire estaba como enrarecido, estancado, insípido, no soplaba ninguna clase de viento, ni siquiera una leve brisa, sin embargo recordaba como el viento había estado moviéndo los arbustos esa tarde en la ruta. Pero no pensó más en ello y dispuso su mente en preparar su cabina para dormir. Solía detenerse en estaciones de servicio pero esta vez no tenía esperanzas de hallar alguna ya que no había visto autos en lo que parecía ser la única calle del pueblo. Aún así, sentía hambre y debía buscar provisiones. Miró a su alrededor buscando una despensa entre las precarias construcciónes. Descubrió así que muchos lo miraban, tanto ancianos como niños, desde cada ventana, desde cada puerta o de pie sobre la calle. Era de suponer que en un lugar casi sin movimiento como lo era ese pueblo, ver a un forastero sería noticia, pero en los ojos que lo observaban percibió algo inusual. Era como una luz, como una sensación de esperanza, esperanza barrida tras un manto de agonía, de sufrimiento. Se fijó, también, que miraban al camión como esperado algo de este. Una espesa mezcla de sensaciones lo rodeaba. Se sentía incómodo, atropellado por las insistentes observaciónes de la gente. Creyó que todo pasaría pero la nube se polvo se esfumó, sus piernas descansaron, y las penetrantes miradas seguían atravesando las paredes del camión. Por el contrario, cada vez le producían mas intriga y temor. El aire reposaba sin ganas, como cansado, descubrió que le costaba calcular el tiempo y el espacio allí. Se acercó a un hombre de entre los que lo miraban. Este parecía esperando ansioso una pregunta y él se la ofreció: perdone, ¿Dónde podría conseguir algo de alimentos? preguntó venciendo el temor que lo enmudecía. Sus palabras sonaron secas y parecieron tardar en recorrer la distancia. El hombre simuló no prestarles atención, en cambio, lleno de esperanza en sus ojos preguntó: ¿es usted?, ¿usted debe traerlo?. Sin comprender la pregunta respondió: no sé a que se refiere, yo necesito algo para comer, es que desde el mediodía que no como. Pero el hombre lo interrumpió sin importarle lo que le decía. Parecía emocionado al verlo. Sí. ¡Usted debe traerlo!. Así fue como nos lo relataron nuestros padres, y así se lo contaron nuestros abuelos. Notó entonces que el resto de la gente se iba aproximando lentamente y en silencio. Yo, no sé que esta diciendo - vociferó desconcertado. Entonces observó que la gente ya se hallaba al pie del trailer. No sé que buscan dijo, esta vez a la pequeña multitud allí reunida. Alguien de entre el grupo gritó: ¡debe estar dentro de ésto! refiriéndose al camión. Solo llevo latas de conservas, no hay nada más adentro respondió atemorizado. Pero nadie parecía creerle, esperaban algo más. Entonces fue hasta la parte trasera del acoplado y, con intención de demostrarles que sólo tenía latas de tomate en su interior, lo abrió. Los ojos de las personas allí reunidas se llenaron de una extraña alegría al observar el interior. ¿Qué sucede? se preguntó a sí mismo cuando dio media vuelta, intrigado por una súbita sensación que lo desconcertó. No había ningún cajón con latas de conservas, solo el espacio vació y, en el centro, una silla. En ella, un anciano aguardaba pacientemente. Su expresión fue tan inexplicable como lo que veía. El viejo se puso entonces de pie con tranquilidad, como si todo el tiempo hubiese estado esperando el momento, avanzó hasta la puerta y tendió la mano para que lo ayude a bajarse. Hace varios días que no abría el acoplado, este se cerraba por fuera, era imposible lo que sucedía. Las preguntas lo invadieron. ¿De donde vino, como sobrevivió, quien era?. La gente perecía satisfecha. El extraño ser se paró en la calle y lo miró a través de sus ojos. Gracias por traerme - le dijo, y justo antes de que haga la pregunta le agregó: soy la esperanza de este lugar. Ahora puedes seguir tu camino - concluyó. El camionero, asustado cerró las puertas del vacío trailer y subió a la cabina, puso en marcha el motor y dando la vuelta volvió por el camino a la ruta sin mirar atrás. En el asiento del acompañante había un pan de esos que solía pedirle a su padre cuando era niño, un trozo de queso del que más le gustaba y una botella de agua fría. Exactamente lo que tenía pensado comer cuando llegaba a aquel poblado. Ya en la ruta se detuvo, en un intento de vencer el temor que aún lo entumecía se bajo de la cabina, caminó hasta la parte trasera y abrió el remolque. Como supuso, estaba repleto de cajas, todas con latas de conservas.
- ¿Que van a hacer esta tarde? - les preguntó Dios a un par de ángeles que pasaban por ahí. Y le respondieron que no tenían planes aún ya que era temprano pero que tenían ganas de bajar a la tierra. Entonces él todopoderoso les pidió, mostrándoles una carta y un papel con una dirección anotada: - ¿pueden llevarme ésto y dárselo a un anciano que vive en esta dirección?. Como no jefe respondieron amistosos y se fueron. Tomaron el ascensor de las tres y media que los dejó en la tierra media hora mas tarde. Se habían disfrazado de dos niños de nueve años y caminaban por las calles observando las vidrieras. Tomaron un helado y luego fueron a la playa a tomar sol y hacer castillos de arena hasta las siete, cuando uno de ellos recordó la encomienda y dijo: - tenemos que llevar la carta que nos dio el hombre de barba. - Cierto, vamos replicó el otro ángel. Pero se perdieron en el camino ya que no conocían, en esa ciudad, donde debían ir exactamente. Cuando por fin llegaron a las once y media de la noche golpearon la puerta pero nadie respondió, entonces leyeron una nota que decía: me fui, cansado de esperar una señal. Los ángeles se miraron preocupados y luego uno de los dos, al girar preocupado, vio que un señor cruzaba la calle alejándose de ellos, de inmediato supieron que ese hombre era el que vivía en aquella casa y por tanto el que debía recibir la carta, habían llegado justo cuando se estaba llendo. Corrieron para alcanzarlo y cuando lo hicieron, agitados, le informaron: - tenemos una carta para usted. El hombre observó algo sorprendido a los niños y luego atinó a darles las gracias antes de que estos se fueran corriendo y jugando con las baldosas. Luego abrió la carta, que no tenía remitente, y leyó: se paciente y verás la señal.
Eran las dos y media cuando me llamaron por teléfono diciendo que había ganado el premio. Me puse demasiado contento como para preguntar que era exactamente lo que se supone que había ganado. Del otro lado cortaron antes de que pudiese darme cuenta del error. Al día siguiente me llegó una carta, decía que debía presentarme de traje en el teatro el Viernes a las diecinueve treinta donde me sería entregado el premio. Esa tarde me dedique a intentar recordar que era lo que podía haber ganado. No era una persona de participar en sorteos, ni comprar la lotería, hace mucho que no competía en un certamen literario y mucho menos hacía deporte... No hubo caso, eran las once de la noche y, desgastada mi mente, no había logrado deducir de que se trataba el premio. El día siguiente me desperté tarde, ya me había rendido y especulé con que en aquel teatro habría carteles anunciando en que consistía el galardón que me entregaban. A las cinco me puse el traje y me arreglé para mostrarme presentable, no sabía cuanto publico asistiría al gran evento. Tomé el taxi a las diecinueve, como para llegar con tiempo, pero el tráfico decidió que llegaría incluso cinco minutos atrasado. En las puertas del anfiteatro había estacionadas furgonetas con logos de los diferentes canales de aire pintados en sus cabinas, con sus antenas desplegadas y listas para transmitir. Me bajé del taxi asombrado y, dejándole el cambio, me apresuré a cruzar la puerta principal, donde un vallado me separaba de un gentío que al pasar me gritaba y me pedía autógrafos. Entré a la sala del auditorio donde ya se encontraba un presentador hablando delante de una cortina de terciopelo roja. Me guió un señor de smoking hasta la primera fila donde tenía reservado un asiento. A mi lado dos elegantes damas me miraban de reojo, como si les sorprendiese mi presencia tan cercana. Miré a mi alrededor nervioso buscando alguna pista sobre la temática del evento pero no encontré nada. De pronto el presentador dijo: - Y el ganador, es... sonaron redoblantes y luego, como era de esperar, pronunció mi nombre. Luces de todas las esquinas me iluminaron y los flashes de las cámaras siguieron el recorrido de mis pasos al avanzar hasta el escenario, mientras tanto se oía una cortina de aplausos incesantes que me obligaban a sonreír y saludar al público sin siquiera saber porque lo hacía. El presentador me recibió con una amplia sonrisa y luego de estrecharme la mano me entregó una extraña estatuilla dorada sin sentido. Busqué apresurado alguna placa donde me informase algo pero ya el publico había cesado los aplausos y un retorno en el micrófono me anuncio que debía decir algunas palabras a la gente que aguardaba oírme. Me paré en el estrado y observé un instante, detrás de los focos que me agobiaban, las caras impacientes de una muchedumbre que, por algún motivo, prestaba suma atención a lo que se supone que estaba por decir: - Ejem...., eh.... sentí como el sudor recorría mi cuello y una vergonzosa sensación de incomodidad se apoderaba de mi mente, aflojando mis piernas y oprimiendo mi garganta. Bueno.... volví a intentar, - quisiera agradecer a todos por este.... arranque improvisando y con miedo - ... por este... busqué en mi inconciente por última vez alguna pista pero definitivamente no había nada, por fin continué: - por este reconocimiento a mi..., ¿esfuerzo? el público se mantenía en un silencio que tensionaba mis músculos y dificultaba mis palabras. Por fin logré cerrar el improvisado discurso diciendo: - quiero agradecerle a todos por la confianza que me dieron y quiero dedicarle este premio a toda la gente que me apoyo, - ya un poco mas emocionado y hasta disfrutando del momento concluí: - ¡gracias!...,¡gracias a todos ustedes! y levantando el trofeo, o el premio, o lo que fuera, me bajé del estrado mientras una nube de aplausos y silbidos llegó a mis oídos para despedirme. Salí del escenario saludando y apenas logrando contener las lágrimas mientras, en la escalera, una joven me arrimó un ramo de rosas. Luego de esto entregaron un par de premios más y la recepción concluyó. Preferí no quedarme al cóctel pues no sabía que iba a responder si me hacían preguntas por lo que, luego de excusarme amablemente, me retiré. De esto ya han transcurrido dos años, allí esta el premio sobre mi mesa de luz. Cada mañana, al despertar, lo observo un instante y me hago la misma pregunta, la que todavía no pude responder: cuando me daran otro premio.
Hacía Frío y subió el cierre de su campera de aviador. Todos los Viernes lo mismo, cena en Mc Donalds y luego sentarse en el pasto de plaza Francia a comentar dos y tres horas los hechos mas destacados de la semana, o incluso recordar los hechos del último campamentos. También se hablaba de fútbol, música y hasta video juegos. Miraban pasar con ojos burlones a los viejos, haciéndose pasar por jóvenes por los pubs de Junín de la mano de llamativas rubias de recoleta hasta las tres de la mañana y luego cada cuál a su casa a dormir. Esos eran los Viernes y la vida de aquel grupo de chicos que cursaban séptimo grado del normal 1, o la Ayacucho Band, como ellos solían llamarse, y dejaban pintado en algunas paredes del barrio para que los forasteros reconozcan a los de Vicente Lopez y Ayachucho. Era parte del grupo y por nada del mundo perdía una de aquellas interesantes sesiones. A pesar de insistir en llamarse Pablo sus amigos parecían haberse comprometido a dirigirse a él a través de Scary, haciendo referencia a una comedia que satirizaba las películas de terror. Era un apodo que habría adjudicado un maldito día que alguien tuvo la magnífica idea de cortar la energía de la escuela y reaccionó con un absurdo grito. Durante un largo tiempo se preguntó que sector de su garganta pudo producir tan asqueroso y femenino alarido, pero ya era tarde y sus compañeros habían descubierto el defecto, que se esfuerzan en encontrar en cada uno, para utilizarlo luego en su contra. Odiaba mucho aquella denominación, o al menos lo suficiente como para demostrar a toda costa que no era merecedor de la misma. Su abuelo le había dicho; los hechos valen más que mil palabras, y eso era justamente lo que quería hacer, probar su valentía con un hecho. Tal vez se le encendió demasiado la lamparita, pero ya no se echaría atrás, no esta vez. Prometió frente a sus amigos que esa noche entraría solo al cementerio de la recoleta y, para demostrarles que no era ningún miedoso saldría con un ramo de flores en la mano. Estos se impresionaron con sus palabras y eso, sobre todas las cosas, fue lo que mas le gustó. Aunque pareciera una cosas simple, mantener una posición de respeto en el grupo era muy importante para todos. El la había perdido y hoy podía recuperarla, sin importar el costo. Se dirigieron a la calle Azcuenaga, donde se encontraba una pequeña abertura por la que alguna vez alguien dijo haber pasado (aunque nunca se supo quien ni cuando) y con ayuda de la espalda de Gastón, el único que le preguntó si estaba seguro de lo que hacía, logro alcanzarla y desapareció por la misma. Todo estaba demasiado oscuro, de fondo se escuchaba música de los pubs, pero esto no era un factor de tranquilidad. Caminó lentamente por un estrecho corredor. Hecho una fugaz mirada al lugar, la cuál solo logro asegurarle que tan arrepentido se sentía de lo que estaba haciendo. Las sombras de los faroles lejanos describían tenebrosas figuras sobre las bóvedas donde descansaban los muertos. La luna no podía esquivar las nubes, que pasaban impulsadas por el viento, una a una, cubriendo su blanca luz. Intentó ver el fondo del pasillo por el que caminaba, como para tener una referencia al menos, entonces vio una figura, como un ángel, parado hacia al fondo. Su corazón pareció explotarle, sintió un frío en todo el cuerpo, como si una barra de hielo recorriese sus venas. Pensó de inmediato que se trataría de un ángel demoníaco, que custodiaba alguna alma malvada que no había ido aún al infierno, la cuidaría de los intrusos, como él y seguramente al verlos los mataría y los llevaría también al infierno. Sus piernas tambalearon pero no llegaron a reaccionar. Aunque, al agudizar su vista en aquella oscura zona, pudo ver que el blanco de la piel del ángel en realidad era mas bien un gris opaco, y sus ojos y su cuerpo eran de piedra. Al acercarse, ya mas seguro, un poco mas, pudo comprobar que era solo una estatua. Su imaginación, como la de todo chico, era un repertorio de escenas de películas terroríficas, y su subconsciente había puesto en marcha a máxima potencia los engranajes que la hacían funcionar. Decidió adentrarse por un pasillo lateral, apenas recordando cuál era su misión. Buscó en algunas de las puertas de las bóvedas ramos de flores. Miró, sin la mas mínima intención de hacerlo, en el interior de una tumba y su mente invitó a los habitantes de ésta a levantarse a saludarlo. Retrocedió aterrorizado, dio media vuelta y una sombra decidió disfrazarse de cadáver en estado de putrefacción. Corrió sin dirección pero alejándose de ésta. Uno de los numerosos gatos, que combaten diariamente con las ratas en el lugar, huyó alarmado por el disturbio y Pablo creyó, al verlo moverse, que se trataba de el un malvado espíritu que había resucitado para cobrar venganza de su injusta muerte. Su sistema nervioso comenzó a recibir tanta sangre como un vampiro al vaciar a su víctima. Entonces sintió como alguien, y esta vez supo no era su imaginación, lo agarraba con fuerza del hombro izquierdo. Aquello que lo había tomado de la espalda fue más que él. A la mañana siguiente lo encontraron blanco, sin vida en un rincón de uno de los pasillos laterales. El médico de emergencias explicaría que el corazón, por mas joven que fuese, había sufrido un fuerte sobresalto, lo cuál produjo su brutal detención. Sin ayuda no pudo reanimarse. No estaba herido, ni se observaban señales de lucha. Había muerto solo. Su campera aún permanecía allí, enganchada en una de las rejas que sobresalían de un mausoleo.
Fue algo curioso, yo estaba sentado en un banco junto a un anciano cuando un chico llorando se acercó al viejo llamándolo abuelo. Luego, le dijo entre lágrimas, señalando hacia uno de los niños de un grupo que jugaban en la plaza, que aquel lo había golpeado. - ¿Que debo hacer? respondió cambiando el llanto por un brote repentino de odio. El abuelo lo tomo en brazos y lo sentó sobre su pierna. El niño se sintió cómodo, como si esperase oír las palabras de alguien a quién se admira. - Hay varias formas de responder cuando nos golpean comenzó a explicar en tono didáctico, - la primera es poner la otra mejilla, pero solo una persona con demasiada grandeza y con verdadera fe podría responder de esa manera. Por eso para los hombres comunes existe una segunda manera de reaccionar, y es prepararse para el siguiente golpe y cuando lo intente agarrar sus manos y atárselas para que no nos golpee nunca más. También se puede incluso reaccionar sin esperar otro posible golpe, aludiendo que si ya nos ha golpeado no hay porque esperar a que vuelva a hacerlo, entonces tomar sus manos y atárselas de inmediato. Existe una tercera manera de reaccionar y es matar al que nos golpeo, y matar también a su familia y a sus hijos para que no se atrevan a vengarse, y matar a todos sus conocidos por si acaso y si alguien dice algo responderle que fue defensa propia. Este tercer método es útil también si queremos deshacernos de alguien, se lo puede provocar hasta que pierda la paciencia y nos golpee, incluso para quedarnos con sus pertenencias y hasta sus tierras. El inconveniente de este último método es que si queda alguno vivo es probable que intente hacer lo mismo con nosotros, lo llamaremos entonces terrorista pero ese nombre seguramente no le hará cambiar de parecer, querrá matarnos igual. En nosotros esta saber cual es la manera correcta. Lo has comprendido concluyó. El niño asintió aunque estaba claro que no había comprendido, en cambio yo, que por alguna razón era el verdadero destinatario del mensaje, creo que sí lo comprendí. Lo que nunca pude saber es como sabía en que estaba yo pensando cuando le habló a su nieto. - Pues ve y sigue jugando le dijo y lo bajó. El niño corrió hacia el grupo de chicos y yo me puse de pie y me fui tras él sin mirar atrás.
Nadie puede llamarse escritor por saber hacer esto. Los cuentos no existen, no son nada, no tienen razón, no tienen esencia, no viven entre los clásicos, no respiran siquiera. Pero cuando terminé de decir todo esto había terminado también un cuento, no mientras escribo esto sino mientras pensaba esto y escribía, y luego de enojarme conmigo lo guardé con los otros que tengo por ahí.
El dolor crecía, de todas partes y direcciones. El metal aún se encontraba dentro suyo, lo castigaba, lo invadía, lastimándola sin piedad. La herida era grave, muy grave. Las voces hacían un extraño eco en su mente, como si esta no permitiese que fueran claras. Estaba demasiado ocupado como para prestarles atención. Era un susurro intenso y penetrante, casi incomprensible. Había perdido noción del tiempo y el espacio. Viajaba semi dormido en un abismo de soledad, de misterio, de lucha. -Aguanta. Por favor, aguanta un poco más-. Reconocía esa voz, era la de Torres. Entonces se vio a sí mismo mientras, con los ojos entrecerrados, giraba en forma circular la cabeza. Estaba tendido sobre un duro piso de asfalto. Su cabeza descansaba en el regazo de su compañero, éste no cesaba de hablarle. Las palabras contenían fuerza y valor aunque apenas cercaban la superficie de su razón. -Vamos compañero, aguanta-. Las imágenes se mezclaban. Ahora él estaba sentado, sentado en un aula de su colegio. De la pared que enfrentaba colgaba un gran pizarrón verde, las demás paredes eran blancas y estaban cubiertas de mapas. Por una ventana a su espalda se filtraban los rayos solares. Estaba sentado en el centro del salón, rodeado de otros veinte niños que lo observaban en silencio. La maestra se acercó y lo miró atentamente. - ¿Te sientes bien?- preguntó. Respondió asintiendo. Sentía la sangre correr, nada estaba en su lugar. -Esta noche va a ser tranquila-. Sus amigos se acercaron a él. No paraban de reír, aunque no era para nada gracioso. Oyó que le preguntaban si seguía con vida. Permaneció en silencio. Las risas eran agudas y no paraban. -Nunca vi a alguien caer tan mal de una bicicleta. -Nació para servir a la sociedad-, -Hay muchas formas de hacerlo, como médico, medico cirujano, eso es, un médico cirujano-.-Policía, un policía. ¿A quien salio este chico?-. -Esta sonando una alarma-. -Es en la otra cuadra-. -Ya vienen-. Una potente sirena se derramaba sobre las voces y se mezclaba entre ellas. La confusión reinaba su conciencia. Solía recorrer la pradera a pie, viendo al sol resbalar sobre el cielo hasta el horizonte. La laguna albergaba a cientos de aves que escapaban al verlo acercarse. El asfalto apretaba su espalda. Eran insectos que masticaban su piel. Afiladas dagas lo atravesaban, una de ellas perforaba su pecho como una espada. Le costaba respirar, debía hacerlo lentamente y se asfixiaba. -Vamos, no te rindas-. Era otra vez Torres. Un tipo especial. El ya estaba adentro cuando lo conocí y , fue el que me convenció para que entre yo. -Vamos, es tu vida, podes hacer lo que quieras-. -¿Arriesgarla por un sueldo miserable?-. -Si de eso se tratase jugaría para el otro bando amigo. En ese caso arriesgaría por más-. Nunca lo haría. -Que dolor insoportable-... -¡Aguanta!-. -Usted es ahora un servidor público- dijo un hombre vestido con un traje repleto de insignias. -Ahora yo me voy a mi casa a ver televisión mientras usted sale a caminar toda la noche buscando un lugar donde lo puedan matar. ¡Correcto!-. -¡Correcto, señor!-. Corrieron casi cien metros. Era un mini-super. Cruzaban la calle cuando dos individuos salieron. Estaban armados, uno con una veintidós y el otro con una vieja Itaca recortada nada agradable. La rama se partió. No tuvo tiempo para reaccionar, se encontraba en el aire y cayó. Su espalda golpeó la tierra con furia. Miraba el árbol que se elevaba a sus pies. Buscaba oxígeno pero no encontraba suficiente. Un frío intenso le recorría el cuerpo. Quedó allí tirado e intentando reponerse, le costó pero lo hizo. Nunca lo mencionó. -Vas a recuperarte. Lo vas a hacer, vas a recuperarte-. Sus ojos vagaban sin rumbo por el espacio. Descansaba exhausto en el regazo de Torres. -¡Están bajo arresto, bajen sus armas!-. Odiaba esa frase. Solo alertaba al enemigo, frustrando el factor sorpresa. Les da una oportunidad, una ventaja, una posibilidad de respuesta que pocos desperdiciaban. Nos observaron temerosos. Entonces se escucho una detonación de calibre grueso que dio en el blanco. En la vereda de enfrente un hombre asomaba su arma desde la ventana del acompañante de un viejo auto verde, de esos que reinaban los sesenta. Estaba estacionado a la altura de la tienda. Debieron haberlo visto, pero no hubo tiempo. -Hoy les toca salir muchachos. Por favor, no me traigan borrachos ni mujerzuelas molestas, solo grandes. Pretendo pasar una noche tranquila aquí adentro, ¿me escucharon?-. -Si señor-. Debería retirarse. Sentía la sangre escapando de su cuerpo. Torres giró y disparó al auto. El ocupante volvió a la posición de conductor y se agachó. Los otros aprovecharon para correr hacia el vehículo. Su amigo se veía enfurecido y no cesaba de disparar. El seguía de pie. El arma se deslizó de sus dedos, no aguantó mas su peso y cayó al piso. Uno de los hombres fue alcanzado por una bala del arma de Torres y lo derribó. El otro se arrojó dentro del auto y le ordenó al conductor que acelere. Este lo hizo y las ruedas, luego de chillar, alejaron al vehículo por la calle. Aún permanecía de pie, observándolo todo, pero sus piernas dejaron de sostenerlo y lo acostaron en el lugar. Lo último que vio fue a Torres que corría hacia él.
Era la ventana la que miraba hacia mí, yo apenas si me interesaba por ella, pero uno sabe como son estos cuadrados que se supone sirven para meter luz, son crueles, son despiadados, buscan víctimas que atraen con el persuasivo fin de que miren a través de ellas y terminan siendo una tentación inevitable. Lo saben, si que lo saben, ellas lo saben muy bien y por eso te miran, buscando intercambiar la mirada, buscando que uno les responda y en un acto de distracción, por completo involuntario - si fuera voluntario nadie lo haría- uno termina siendo capturado y cae en la trampa. No soy yo el que miró, lo juro, es que vi de reojo como me observaba y no pude evitarlo, de verdad, fue eso, por eso miré, y por eso lo vi todo. Ojala no hubiese mirado, ojala hubiese estado mas lejos, pero no fue así, y es que ellas saben cuando no habría que mirar, y a propósito, tan solo por diversión, por la maldad misma de la que disfrutan, es cuando mas presionan para que uno mire, son diabólicas, buscan los momentos exactos, los más comprometedores, esos en los que uno debe hacer cualquier cosa menos mirar, y ahí, con un inaudible llamado, con ese gesto invisible, te susurran en la mente, dando la señal y uno lo hace: mira.
Abrió la puerta, no había nadie. A lo lejos vio lo que queda de un mundo en soledad, recordándole su nombre. El pueblo en la lejanía estaba desierto por completo. Nada estaba destruido, tan solo vacío. Sintió una fría brisa que le recorría el cuerpo, como un viento que sopló de golpe. Pero no pareció un viento común, fue como si algo la hubiese atravesado a través del cuerpo, algo frío y sin vida. Aún sin comprender del todo que le ocurría a ella y al mundo cerró la puerta y volvió al comedor. Al entrar pudo ver al hombre sentado cómodamente en el sillón. Había dejado la chaqueta doblada prolija sobre uno de los apoya brazos y la miraba con unos ojos penetrantes, difícilmente humanos. - Siéntese le indicó señalando el sillón de enfrente, ambos junto a un hogar cuyas llaman iluminaban la habitación. La mujer, notablemente sorprendía y algo asustada le preguntó: - ¿quién es usted y qué hace en mi casa? -. - Ya le diré explicó el hombre, notablemente tranquilo, - le diré eso y muchas cosas mas, por lo que mejor sería que se sentase. De pie va a cansar sus piernas le sugirió. La mujer, ya sin saber que argumentar y sin estar segura de que hacer, simplemente se sentó. - Bien comenzó el hombre, - ¿cómo empezar a explicar todo esto? se preguntó echándose hacia atrás pensativo. Hoy usted habrá notado una terrible sensación de soledad, incluso habrá sentido al despertarse, que era el único ser vivo del planeta. No sabría como ni porque, pero usted lo sabía al levantarse de la cama esta mañana. Pues eso es algo normal en su ser actual, ya que sería una de las tantas cosas que le ocurriría al último de la raza de los seres humanos -. La mujer se sorprendió por estas últimas palabras, aunque en realidad lo hizo por todo lo que oía, y es que efectivamente, esa mañana al despertarse, por alguna razón, sintió que era la única persona viva en el planeta. Incluso, aunque le había restado importancia al prepararse el café del desayuno, cuando oyó que sonaba la puerta, en lugar de sentir tranquilidad, se había aterrorizado pensando en cómo alguien podía estar golpeando su puerta si ella era la única sobreviviente. La única sobreviviente. - La única sobreviviente pensó de pronto, como si le volviese a su mente aquella primara extraña sensación del día. Tanto lo pensó que se atrevió a decirlo, es mas, a plantearlo en forma de duda: - ¿cómo usted puede estar conmigo si yo soy la única que queda? le preguntó como quién acaba de hacer una simple deducción. - Usted, mujer comenzó a responder el hombre no tiene ni idea de lo que acaba de decir, me explico. Usted no sabe ni siquiera porque siente que es la única en este mundo, es mas, sabe que tiene razón pero no sabe porque. Pues déjeme que le explique al menos un poco antes de pasar al tema de quién soy yo o cómo puedo estar acá -. La mujer asintió y se resigno a mirarlo. El hombre era casi un anciano, de tez aceituna arrugada. Resaltaban esos ojos tan extraños, por lo demás parecía un ser normal. Vestía un traje y camisa, ambos de color negro opaco, dando la impresión de ser un empleado de un servicio fúnebre, o un mago sin galera. - Debería saber que hace varios años que veían con todo esto. Amenazas de gases y químicos, etc. Usted no lo sabe porque apenas puede recordar las cosas, eso es por dos motivos, primero porque el gas que arrojaron, a pesar de haber sido la única que no murió, igual la ha afectado, entre otras cosas, con la perdida parcial de la memoria. Pero también juega el problema existencial. Esto es mas complicado de explicar, para peor nadie lo escribió en ningún libro sagrado, de ninguna religión. Se da cuenta,... se da cuenta se quejó indignado, - a pesar de todas las señales e indicaciones, los escribas casi no le prestaron atención al tema del juicio final, claro, total aún faltaba mucho y para que pensar, ¿no?. Por ejemplo no consideraron su caso, es decir que quedase un solo ser vivo. Pues, ¿qué hacer con el?, ¿qué cambios sufriría su ser?. Para que sepa, y estaba claro, sí sufría muchos cambios, muchísimos. Tantos que jugaría un papel importante, pero no, nadie escribió sobre eso se lamentó. Bueno, me estoy yendo de tema notó mientras sacaba un pañuelo blanco de uno de los bolsillos de la chaqueta y se limpiaba la frente sudada por el calor de la hoguera. El hecho prosiguió, - es que entre las tantas cosas que le sucedieron y los cambios que estos suponen, una de ellas es que usted tiene problemas de memoria, sobretodo para recordar que fue lo que ocurrió -. - Pues cuénteme rogó la mujer un poco impaciente. - Hace varios años, luego de que unos terroristas fueron aniquilados con un extraño gas, en un teatro de Moscú, Los Estados Unidos, que habían tolerado esto ya que ellos también, con la excusa del terrorismo querían atacar a otros países, temieron por este gas, y comenzaron a buscar una posible droga que neutralice los efectos para dársela a sus soldados en caso de una posible guerra. La descubrieron, pero Rusia se enteró y comenzó a desarrollar otra mas potente. Así fue como comenzó la nueva campaña armamentista de gases bacteriológicos. Cada vez mas fuertes e inteligentes. Para probarlos Rusia atacaba a los que consideraba terroristas, así dejaba claro al mundo que era una acción en defensa propia. Estados Unidos, que requería probarlas también, ya que en laboratorios no era suficiente para saber el comportamiento en la atmósfera, comenzó a hacer lo mismo, aprovechando nuevos atentados, que algunos llegaron a ser de dudosos orígenes. Y así se continuó mejorando los gases hasta que se creo el Nitrón V-2. Contenía ácido de neurítilio, que atacaba a las neuronas en su núcleo y berílico de aerofis, que infectaba el sistema nervioso provocando un inmediato paro cardíaco. Pero además contenía, y esa era la novedad, bacterias del mal de Richner, que sabían propagarse de manera casi inteligente en las partículas gaseosas que levitan en la capa atmosférica. Y en la primera de las pruebas el gas mató a sus víctimas pero también se expandió sin control y sin posibilidades de ser contenido. Era un gas inteligente, de reproducción gaseosa propia. Las bacterias se expandían y propagaban. Atravesó los cielos y el mundo entero, en cuestión de días fue aniquilando a todos los seres humanos a su paso -. - ¿ Pero entonces como puedo estar yo aún con vida? pregunto la mujer. - La pregunta es buena, y la respuesta no es un misterio, pero si una gran casualidad. ¿Recuerda que de pequeña había sido contaminada con una sustancia desconocida?, pues aunque no lo recuerde da igual. A los cinco años tuvo, un día, un ataque extraño, ningún medico supo confirmar lo que era, pero se terminó curando sola, su cuerpo había desarrollado una extraña defensa, que nadie mas ha logrado desarrollar, fue porque ese día, jugando en la plaza, sin querer había tragado, al comer un helado que se había caído al suelo, una pequeña cucaracha, la cuál estaba también afectada con ese extraño virus. Las cucarachas desarrollan potentes anticuerpos y esa lo estaba desarrollando cuando se la trago, y sus jugos gástricos no pudieron corroer aquel líquido, mas lo integraron en su organismo. Fue algo muy extraño y muy casual, tanto que resulto ser el único antídoto aplicado a tiempo en toda la raza humana. Quizá si el gas no hubiera sido tan potente los científicos hubiesen tenido el tiempo para desarrollar un anticuerpo y al menos salvar una parte, pero fue todo demasiado rápido. Pues Soledad, queda sólo usted ahora, usted y algunos insectos como las cucarachas -. El último comentario erizó la piel de la mujer. Sintió un repentino mareo y agradeció haber estado sentada para no perder el equilibrio y caer. Balanceo su cabeza hacia atrás, como quien recibe la noticia de que algún ser querido ha muerto en un accidente. Ella no tenía muchos seres queridos, pero el pensar en toda la gente que había muerto fue igualmente devastador. - Las reglas para el último ser vivo serán diferentes - continuó el anciano como si no le interesara en absoluto el estado de su interlocutora. Soledad se esforzó de prestar atención y seguir sus palabras. - Su vida de ahora en mas será eterna en la tierra, si es que así lo deseara -. - ¿Eterna? -. - Perdón, la palabra adecuada es perdurable. Eterno es Dios, sin principio ni fin, su vida, en cambio, si tuvo un principio pero no tendrá fin -. - Bueno, como sea - se quejó. - Usted debe elegir. Piense que toda la humanidad aguarda su fin para poder comenzar el juicio final. Todas las almas esperan que la suya se una al resto. Por el contrario, si decide permanecer aquí, sola, su cuerpo no envejecerá y la muerte natural nunca vendrá a buscarla. El único camino será que acabase su vida por decisión propia -. - Suicidio - aclaró. - No se apure, tómese su tiempo, el tiempo para usted ya no es mas un problema al fin. Piense bien, viva la vida en absoluta soledad en el mundo, sola sabrá que es lo que le conviene -. - ¿Quien es usted? - quiso saber. - Su mente racional nunca comprendería quien soy yo, quizás su espíritu libre si podría entenderlo, pero mientras su espíritu se encuentre apresado en su cuerpo, regulado por las barreras materiales de su cerebro, lo logra comprender ciertos conceptos -. - Trate de explicarse, por favor - se quejó Soledad. - Bueno, para usted, como esencia individual me podría entender como la eternidad misma, lo infinito. Ese sería yo -. La mujer lo miró asombrado pero no se atrevió a decirle que no había entendido en absoluto. El que estuvo mas cerca de la verdad fue Occam. Aquel hombre, con la influencia de Duns Escoto planteó que el ser individual es único, sin mantener relación alguna con otros. Por ende lo universal como concepto finalmente no existe, a pesar de los tantos, desde Platón incluso, que lo sostuvieron. Al final solo vale la razón para el ser, y las distinciones reales de esta, claro esta. Entiende, esencia y existencia son solo dos puntos e vista de la misma realidad -. - Pues no quiero ofenderlo pero no lo comprendo se excuso la mujer. - Dejemos el tema entonces y volvamos a su decisión entonces -. - ¿ Pero que decisión? se desesperó Soledad. - Ya se lo he explicado creo, trate de prestar mas atención. Mire, usted es la última, sólo queda usted, me entiende, imagínese, todos esperando el juicio final allí en el purgatorio, todos esperándola a usted, la ultima. Por otro lado, que le queda aquí en este mundo, el castigo, la eternidad, si, pero la eternidad en soledad. Que bien le queda su nombre hoy rió al final. - Por Dios, no se ría le rogó Soledad. - Disculpe, es que no se que mas decirle. Se que tiene el arma en el cajón, claro, si ya lo había pensado incluso cuando el resto de la gente aún vivía. Desde que lo dejó su esposo, si, no se sorprenda, yo se muchas cosas de usted, se que solo tiene esta casa, nada mas, nada. Escuche, puede quedarse si lo desea, vivirá de todas maneras, conseguirá de que alimentarse y será perdurable, lo se porque yo también lo soy, no hay manera de que usted encuentre la muerte a menos que usted misma la llame, me entiende -. - Pero aún no puedo creer que este sola, tan sola, como en mis peores y mas horrorosas pesadillas-. - Pues créalo muchacha, imagínese -. - Es que cuesta, es difícil se echo a llorar desconsolada, como si recién comprendiese el asunto. Era un llanto suave y agudo, como quien descubre algo horrible, algo espantoso que nunca creyó que pasaría. - De todas maneras trató de tranquilizarla, - puede que la rodeen espíritus, almas que aún no se han ido, es que no hay tanto lugar allá, imagine, todos juntos de repente. Esto tarde o temprano iba a pasar, todos lo sabían pero así funciona la masa, sabe, las cosas se van de las manos, es que el humano siempre fue un ser demasiado imperfecto, al menos demasiado para este universo meditó como para sus adentros, como analizando porque sucedieron las cosas de tal manera Dios se equivocó a mi entender en confiar, en darles y dejarles libertad, incluso en dejarlos a cargo de este universo tan frágil he inconcluso. Estaba claro que mucho no iban a durar, y así fue -. - No diga esas cosas le gritó enfadada. Ya no sabía que pensar, solo que finalmente estaba atrapada, no sabía que hacer. - Escuche, piénselo, tómeselo con calma, yo debo partir. Usted sabrá que hacer -. - No, no se vaya suplicó. Quédese un rato pidió como una niña que le pide a su padre que no la abandone hasta que se duerma. - Yo,...mire, disculpe, es que ya he cumplido, esto fue todo, mas no puedo hacer, ojala pudiese pero ya esta, es mi trabajo y lo he cumplido. Tampoco quisiera encariñarme con usted, entienda, sé como terminan estas cosas, ya tengo experiencia -. Se puso de pie y colgó su chaqueta del brazo. Caminó hasta la puerta y solo volteó para mirar por última vez a la mujer. En sus ojos se notaba la confusión, se podía palpar la confusión de su mente. Pero no fue un impedimento aquel extraño ser, salió por la puerta, cerrándola a sus espaldas. No había llegado a dar veinte pasos cuando escucho una fuerte detonación. El hombre dio media vuelta y miró la casa, era realmente linda, algo aislada pero linda, con una frente pintado de blanco y las ventanas verdes. Muy linda. Sin dejar de mirar la casa, saco de su bolsillo un teléfono móvil y marcó un número, luego se llevó el aparato a la oreja. - Ya esta hecho dijo, - fue mas fácil que vender un seguro. Espero que igual de sencillo sea cobrar lo mío. - He hecho ya la transferencia a la cuenta que me ha dado dijeron del otro lado. Espero que todo salga bien -. - No se preocupe, la policía sabrá hacer su trabajo, fue un suicidio y esta claro, además ya estaba casi loca, fue fácil. Puede decirle a su amante que ya tienen hogar -.
Sonó la alarma en una de las tantas torres de Madrid, y todos en la oficina se levantaron de sus lugares, tomaron sus cosas y siguieron las flechas que indicaban las salidas de emergencia. Otro simulacro pensaron los oficinistas. Algunos hasta guardaron sus archivos y apagaron los ordenadores. Muy prolijamente siguieron las flechas verdes, bajaron la escalera ancha de cemento y recorrieron otro pasillo que terminaba en esas puertas anchas que solo pueden abrirse de un solo lado. Allí los esperaba una flecha que indicaba un camino a la izquierda, y por allí siguieron. Bajaron otra pequeña escalera y circundaron una pared de cemento alta. Humo no se percibía, por lo que todos estaban convencidos que era un simulacro, pero la sirena aún sonaba de fondo. Siguieron bajando y pasando pasillos un rato mas, hasta que se dieron cuenta que estaban perdidos. Lo notaron en un pasillo largo y de techo bajo, por donde pasaban unos caños amarillos y otros rojos. Parecía igual a otro en el que habían estado antes, pero es que todos parecían iguales. Siguieron caminando, algo molestos por tener que hacer estos inútiles simulacros hasta que en una esquina encontraron a un hombre. Vestía traje, como ellos, pero estaba sucio y gastado. Su expresión era como la de un náufrago - ¿qué hace hombre? dijo uno mirándolo, - ¿de que piso es, y donde ha estado? preguntó otro temiendo al verlo, que no fuese un simulacro. - Hace dos semanas era un trabajador en una torre de oficinas en Los Ángeles, pero hubo un simulacro y pasamos la puerta de la salida de emergencia y nos perdimos. Éramos quince pero los otros fueron quedando en el camino. Ahora solo quedo yo, y ustedes, que también entraron en el laberinto de la salida de emergencia -.
Miro su ordenador por un rato. Ahí adentro no podía haber nadie, - es físicamente imposible se dijo convencido. Aunque entonces, ¿como era posible que en la pantalla se estuviese escribiendo un texto solo?. - Claro -, pensó, - es que estoy conectado a Internet, debe ser un hacker que se metió a mi ordenador se dijo. Luego desconecto la línea de Internet. Pero el texto seguía escribiéndose. - Seguro me dejó un virus programado concluyó. Apagó el ordenador, pero el texto seguía. - Por supuesto, esta fuente de energía ya esta vieja dedujo. Desenchufó la fuente, pero aún seguían apareciendo letras en la pantalla. Se acercó finalmente al ordenador y leyó: Estoy atrapado adentró de este ordenador, por favor, ayúdeme. Agarró la máquina y la tiro a la basura, luego pensó en ir a comprar una nueva pero prefirió ir a acostarse ya que debía levantarse temprano para dar su clase de Física.
Estaba asustado, muy asustado. Se deslizaba con todas sus fuerzas por el bosque. El suelo estaba cubierto de profunda nieve. Los pinos parecían describir un camino, una vía de escape. Los lobos le estaban pisando los talones y, a pesar de correr lo mas rápido posible, no podía evitarlos. Le seguirían el rastro siempre. Oía sus aullidos agitados cada vez mas cerca, como si fueran parte de una grabación que era amplificada a cada momento. No se atrevía a mirar atrás, pero sabía que si lo hacía podría ver, entre los pinos, el brillo de sus ojos, llenos de ansiedad por alcanzar su presa. Eran cinco o seis, y estaban hambrientos, al menos eso demostraban. Su almuerzo corría solo unos metros delante de sus hocicos y no lo dejarían escapar. Pero él no se los dejaría tan simple, y por eso corría. Solo por pensar como sería devorado si estos lo atrapaban le producía escalofríos y lo impulsaba a continuar corriendo. Primero le morderían las piernas, para que ya no pueda correr más, luego seguirían con su torso y sus brazos, mutilándolo. Finalmente lo despedazarían entre todos dejando solo huesos sobre la nieve. -Una muerte espantosa- pensaba. Y así, siguió sin rendirse por kilómetros y kilómetros hasta que, milagrosamente, perdió de vista a los feroces animales. Estaba a punto de detenerse a descansar cuando, desde la cima de la montaña donde se encontraba, se oyó un prolongado estruendo que parecía acercarse. Miró hacia arriba y sus ojos se toparon con cientos de toneladas de nieve que descendía por la ladera. El alud lo alcanzaría en cuestión de segundos. Al hacerlo arrasaría con él, enterrándolo en la nieve. Moriría. Corrió desesperado en sentido opuesto al sitio del derrumbe. Lo hizo por cientos de metros. Sus botas se enterraban en la nieve dejando profundas huellas. Temía que su velocidad no fuese suficiente para escapar. Sin embargo lo fue. La nieve se había detenido a sus espaldas. Estaba a punto de parar a descansar cuando oyó un grito, miró hacia el lugar del cuál provenía. Eran cinco hombres, altos y corpulentos. Vestían ropas de combate verdes y marrones, intentando sin éxito imitar los colores de los pinos para pasar desapercibidos. Todos portaban fusiles automáticos y armas cortas, además de un buen suministro de municiones. Era una patrulla enemiga que lo había descubierto y por lo visto parecían ansiosos de acabar con él. -Maldita suerte- pensó mientras corría alejándose de ellos. No eran muy buenos disparando, o al menos eso demostraban. Era un milagro que aún no lo hubiesen derribado. No tenía ningún lugar para ocultarse, solo podía alejarse de ellos lo más rápido posible si quería permanecer con vida. Respiraba agitado, escuchando el sonido de su cuerpo moviéndose. Observó que a unos cien metros había una cueva. Decidió que era el mejor escondite y se dirigió hasta esta. Antes de llegar había notado que se trataba de un túnel ferroviario ya que lo atravesaban un par de rieles. Era muy angosto, el ancho justo y necesario para que lo atravesara un tren. Pero no tenía elección por lo que, sin perder tiempo, entró. Ahora sus pasos hacían eco contra las paredes. Se movía como al viento, rápido y parejo. Había recorrido unos trescientos metros y ya no oía las detonaciones que sus perseguidores, al accionar sus armas, le hacían correr mas rápido. En cambio, y cuando pensaba que por fin podría detenerse a descansar, escuchó un sonido de motor a vapor. Detrás de él apareció una luz amarilla. Era el tren. Delante suyo, a lo lejos veía el extremo opuesto del túnel. Era un largo tramo, pero no le quedaba otra opción más que correr hasta éste si no quería ser arrollado. Sus piernas apenas respondían, pero lo que estaba en juego era su vida y eso les daba más fuerza. Corrió mucho y muy rápido hasta pasar el portal después del cuál pudo ver el cielo.
Entonces escucho miles de voces que gritaban y vio a su alrededor un estadio colmado. Solo le restaba dar la vuelta a la pista de atletismo. El aliento del público lo hizo posible. Delante suyo apareció la línea de llegada y una banda blanca la atravesaba indicándole que era el primero en llegar. La cruzo, y dejo por fin de correr. Una pantalla gigante que se encontraba en la cima del estadio decía que se había marcado un nuevo record mundial. -La clave esta en no perder concentración de lo que se esta haciendo, solo pensar en la carrera y en llegar a la meta- mentía esa tarde, con la mirada seria y tono de declaración, frente a los micrófonos, en la conferencia de prensa.
Mi nombre es Juan, y se que es un nombre extraño para un soldado ingles, la verdad es que nunca me había preguntado como un soldado ingles puede llevar un nombre tan extraño. Hoy lo hable con el médico del hospital militar de campaña y me dijo que era bueno que piense esas cosas. Hace ya varios meses que estaba en el frente luchando, cada día era una aventura nueva, alguna nueva emocionante misión que cumplir, sorteando al enemigo y al final siempre triunfando, rescatando a prisioneros, destruyendo los armamentos del otro bando. Sin ser modesto, de no ser por la intervención de mi comando, hubiese cambiado el curso de la guerra. Pero un par de días atrás me trajeron a este hospital, debí haber sufrido alguna herida en un ataque me imagino, aunque no lo recuerdo, no tampoco siento ninguna herida. Pienso que se debe a que no entiendo aún bien lo que paso, suele ocurrir en los accidentes. De todas maneras muchas veces fui herido en combate y nunca sentí dolor. La misión había sido cumplida con éxito a pesar de que tuve que llevarla a cabo yo solo ya que nadie de mis hombres se presentó. Ataque el edificio yo solo y lo tome, reduciendo a toda la seguridad. Luego tiraron esos gases y no recuerdo mas. Un día me puse a escribir, no se como conseguí el cuadernillo o el lápiz, pero lo conseguí y, entre bombardeo y bombardeo escribía. Mi vida es muy emocionante aunque parezca difícil, al fin y al cabo siempre, no se como, sobrevivo. La historia comenzó, como no podía ser de otra manera, relatando la vida de un soldado, pero entonces fue cuando me pregunte si debía ser un relato o una novela. A mi siempre me habían comentado que lo que escribía era mas parecido al genero novela, pero yo siempre había terminado escribiendo relatos. Al menos creía que eran relatos ya que la extensión nunca superaba las diez páginas. Pero a medida que mejoraba mis relatos comenzaron a ser mas extensos y detallados, contando historias dentro de las historias y abarcando mas personajes y hechos secundarios. Así, continué escribiendo mas y mas, hasta que un día pregunte que diferencia había entre relato y novela en un taller literario en al que comencé a ir para mejorar técnica y aprender diversas cosas en general. Me dijeron entonces comenzaron a decirme muchas diferencias, pero yo, con ese excesivo poder de resumen que tengo de la vida, saque en limpio que básicamente un relato es corto y una novela es larga, y como me decían que era mas escritor de novelas que cuentos comencé a escribir una novela. La historia como dije ya, era la de un soldado que, en resumen, y sin explicar toda la trama, se puede decir que vivía una situación difícil en plena guerra, su nombre era Job. Ya iba casi cincuenta páginas y me pregunte si eso ya era una novela, pero como me dijeron que novela era larga y relato corto, y no me pareció demasiado larga cincuenta páginas, ya que las novelas son mas de cien, por lo que seguí escribiendo. Entonces Job comenzó a vivir otras difíciles y arriesgadas aventuras. La verdad es que me apasionaban mucho y por eso seguí el relato en busca de que sea novela. Ya iba ciento ochenta páginas y me pregunte si era suficiente, pero hay novelas mas largas que ciento ochenta páginas, por lo que seguí escribiendo. Y así seguí y seguí. La guerra terminó para Job y volvió a su aburrida ciudad, donde no ocurría demasiado, salía por las noches, conseguía un trabajo rutinario, vivía sin demasiada emoción, o al menos no con la emoción de mi vida. Por momentos debía dejar de escribir para cumplir misiones a las que me empezaron a llamar los altos mandos ingleses. Pero cada tanto volvía a la novela. Mi médico ahora dice que puede ser que me cure, yo no entiendo de que habla, estoy perfecto y ya puedo volver a la guerra, pero el insiste en que debo, de a poco, tratar de alejarme de la guerra, y de esa novela.
El caballero se abrió paso, elevando su espada el cielo. Montaba su caballo, el animal se agitaba y rugía al galopar, su aliento se expandía por la espesura del bosque. Los árboles abrazaban el sendero, lugar oscuro y tenebroso, donde la tempestad degollaba la inocencia del silencio, donde los truenos y rayos desbordaban la superficie de su angustia. El viento lo acompañaba golpeando su rostro, desplegando su capa por el espacio indefinido que sucumbía a sus espaldas. Su mirada, seria como la piedra, penetraba la noche al frente. Sus caballeros le habrían perdido el rastro, pero a eso no le temía, no importasen cuantos hombres lo siguiesen, él solo debería enfrentar su destino. La luna se ocultaba tras la negrura, los montes bajaban sobre el valle, y él continuaba. Atravesando agresivos ríos de deshielo, húmedas praderas, sinuosos estrechos de montañas. Se pregunto por que nada lo detenía, porque se abalanzaba solo hacia lo desconocido, hacia el estremecedor territorio de lo lejano. Entonces, entre las ruinas corroídas de su alma, tiro con fuerza de las riendas, con tal fuerza que la bestia, levantando sus patas delanteras, se detuvo. Y, sin que el cielo se halla despejado, sin que la tormenta halla cesado, dio media vuelta y volvió por el mismo camino. Pero no era que volvía derrotado, sino que volvía más victorioso que nunca. La luz fue ganándole espacio a la noche y recién entonces pudo ver el sol.
Cinco y diez decía mi reloj digital. Había caminado dos cuadras desde la escuela y aún me faltaban dos mas para llegar a casa cuando me detuve bajo un viejo portal para protegerme de la tormenta que inesperadamente había surgido y ahora azotaba la ciudad. El cielo se había cubierto con espesas nubes que apagaban el día ocultando la luz de un sol olvidado y perdido. La torrencial lluvia caía en todas direcciones, golpeando el asfalto, los autos, y todo lo que osaba interponerse entre el cielo y la tierra, con furiosas gotas que se unían en enormes charcos hasta el cordón de la vereda. Desde allí corrían formando el cause de un pequeño río que desembocaba en una rejilla, la cuál no daba abasto y hacía un lago en su entorno. El viento de otoño derramaba su poder sobre los frágiles árboles, desnudándolos en un movimiento amenazador. Los rayos atravesaban el cielo con descargas luminosas acompañados de estruendos que parecían patear a las nubes para que lloren cada vez mas. Miraba el esplendor de aquél espectáculo natural con el unánime deseo de llegar a casa pronto y tomar la leche. El portal que me cubría estaba despintado y mostraba uniones agrietadas y ladrillos gastados. Pensé que debía pertenecer a una casa abandonada, pero estaba en un error. Para mi sorpresa la puerta, de vieja madera, se abrió a mis espaldas acompañando a un chillido de metal oxidado. Di media vuelta y casi por reflejo introduje mis ojos en el interior. El cuerpo de una anciana reposaba placidamente sobre un antiguo sillón de terciopelo bordó. -Pasa, no tengas miedo- me indicó con ternura. No era correcto que lo hiciera, era una extraña y mil veces me habían repetido que no debía hablar con extraños, pero al fin y al cabo, que mal podía hacerme una viejita de aspecto inofensivo. Entré y cerré la puerta sin dar la espalda. -¿Queres sentarte?- preguntó indicándome otro sillón similar al que ocupaba. -Gracias- respondí mientras lo hacía. Sobre una mesita de vidrio que nos separaba había un vaso con leche y un plato repleto de bizcochitos y galletas. -Pruébalos, están deliciosos- me dijo amistosamente señalándolos. Volví a agradecer mientras seguía su consejo. La sala era amplia y olía a museo. Las pinturas que adornaban las blancas paredes eran antiguas al igual que los muebles, los bizcochitos, en cambio, eran tan recientes que aún estaban calientes. -Te esperaba- me dijo poniéndose seria. -¿A mí?- contesté aún con la boca llena. Tomé un sorbo de leche para poder tragar. -Si, necesito que hagas algo por mí- confesó. -¿De que se trata?- pregunté con la certeza de que se refería a alguna tarea doméstica que requería mas fuerza que la que una señora mayor puede hacer. Seguramente mover algún baúl, alfombra, colchón o mueble pesado. -Es difícil de explicar, pero tenés que prometerme que lo vas a hacer- aclaró como si supiese lo que estaba pensando. -Claro- respondí sonriendo. -Haré lo que pueda-. -Tenés que ir a la esquina. Va a pasar un anciano, viste un suéter verde, un sombrero gris y lleva un bastón bajo el brazo. Tenés que impedirle que llegue al borde de la vereda. Es muy importante que lo impidas, por favor- concluyó casi suplicando las últimas palabras. -Yo...-, no sabía que responder, no era difícil, solo que no le encontraba sentido. -Por favor- volvió a suplicar. -Esta bien, no hay problema- aseguré en tono tranquilizador. -Gracias, sabía que ibas a aceptar- dijo como si siempre lo hubiese sabido. Me puse de pie y observé el plato, estaba tan vacío como el vaso de leche. Caminé hasta la puerta y antes de salir le agradecí por la comida. La anciana respondió con una sonrisa y me recordó la promesa que había hecho. Ya no llovía, aunque el viento continuaba soplando casi con odio. Caminé hasta la esquina y miré alrededor. No había nadie cerca. No tenía sentido quedarme parado allí, nadie vendría. Seguramente la edad le hacía alucinar. Tal vez su mente debía estar algo enferma, desequilibrada. Lo que me pedía era ridículo. El viento soplaba cada vez mas fuerte y hacía frío. Decidí partir hacia mi casa, no valía la pena esperar mas. Caminé unos metros ya pensando en los deberes que tenía que hacer al llegar a casa cuando levanté la vista y un anciano vestido con un suéter verde, sombrero y ayudado por un bastón, pasó caminando frente a mis narices. Tardé unos segundos en reaccionar, finalmente mis piernas respondieron y corrieron hasta él. Estaba llegando a la esquina cuando lo alcancé y estirando el brazo lo detuve bruscamente. -¿Que estás haciendo jovencito?- me reprochó indignado. En ese instante una pesada rama se desprendió de un árbol y cayó duramente tan solo unos centímetros delante nuestro. Los dos dirigimos la mirada hacia ella y luego la intercambiamos. Todavía no le soltaba el brazo y tardé un par de segundos mas en hacerlo. Finalmente, levantando la vista al cielo, dijo con suma tranquilidad: - Juró que aunque muera nunca dejaría de cuidarme y siempre cumple su palabra-. Luego, simplemente, siguió su lenta y cansada marcha. A la mañana siguiente, cuando caminaba a la escuela, paré frente al portón de al casa de la anciana. No se oían ruidos en el interior. La curiosidad fue mas que yo. Estiré mi brazo y con timidez intenté abrir la puerta. Esta cedió lentamente y oponiendo algo de resistencia. Introduje medio cuerpo y estaba a punto de pedir permiso cuando me di cuenta de que sería inútil hacerlo. No había mas muebles, ni pinturas ni sillones de terciopelo. Ni siquiera había techo. Era solo un terreno baldío. Un terreno baldío con los restos de lo que mucho tiempo atrás había sido un hogar, un dulce hogar.
Siempre que vuelvo del colegio lo mismo: El andén tembló cuando el tren ingresaba en la estación. Fui el único en subir, la puerta se cerró a mis espaldas y el subte se puso en marcha. Avancé hacia el frente, las paredes del vehículo estaban pintadas con aerosol y sucias. Había dos punks sentados en asientos separados. Eran muy parecidos, vestían ambos sobretodos negros y tenían el pelo teñido de violeta. Cuando pasé frente a ellos, casi por costumbre se pusieron de pie y al quitar las manos de sus bolsillos dejaron ver dos relucientes navajas. Me rodearon pero no perdí la calma y cuando tuve a uno de ellos a mi alcance le coloqué un gancho izquierdo a la mandíbula, era mi golpe preferido y casi siempre lo utilizaba, pero no fue suficiente, se puso de pie y tuve que volver a golpearlo para que desapareciera. El otro me atacó y reaccioné pateándolo en el estómago, cayó soltando la navaja. Intenté agarrar el arma pero fui muy lento y no pude esquivar un golpe de navaja de otro punk que había aparecido al frente del vagón. Me hizo un corte en el brazo, no sentí dolor pero estaba más débil, me faltaban energías. Retrocedí unos metros y luego corrí hacia él con el cuchillo al frente. La clavé en su pecho y cayó. Me disponía a moverme al siguiente vagón cuando la puerta se abrió nuevamente y un hombre me apuntó con un arma corta y disparó. No tuve tiempo de cubrirme, recibí el impacto y quedé tendido en el piso sin energías. Sobre la pantalla un cartel colorido decía GAME-OVER. Tomé mis libros y salí de centro comercial, camino a mi casa.