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Kosh

LO QUE LE PREOCUPA A UN CORAZON

Su corazón descansa un instante para volver al punto de salida, saludar a los que lo rodean, y recordar las anécdotas de lo que era. Cuando encuentra las cosas deja ya de buscar y por eso no recuerda dónde se buscaba ni cómo. Pero la sangre aún fluye en sus venas gracias a él, y en la misma promoción, se lleva gratis la belleza que hay dentro. El tiempo deja escapar ese recuerdo, pero no dejará salir lo que se siente, siempre que las cosas no sean sólo para el que las reza, o que al menos, los que rezan lo hagan para otros. Y el amor de verdad puede ser oído y escuchado, pero no existen diccionarios ni traductores. No sentir nada es lo que duele en un corazón, es el instante en que debe dar el paso atrás, es donde debe cruzar la calle y ver si viene alguien después, pero sobrevivir. Para ponerle hielo a las heridas esta el mismo destino, que nos trae el menú del día para poder degustar sus mejores manjares, pero el sabor sigue siendo el que desayunamos en casa esa mañana, la anterior y la de antes. La textura de un corazón es tan suave, que el mismo sabe que debe ser hermoso, que debe admirar su creación, y a partir de eso balancea qué es lo que puede lograr y lo que puede dominar.

ENTRETANTO

Miro la hora, el reloj dice las cinco, o por ahí, entretanto pasan algunos segundos y cuando miro ya es más tarde, entonces pienso que así fue siempre, un poquito más a cada momento. Pero no es suficiente para que nos pongamos sentimentales, después de todo es parte de ese camino sin tregua que nos empuja al abismo. Y si nadie nos ataja allí en ese abismo es porque aún el reloj no marcará la hora exacta.
No es que me obsesione el tiempo pero es un fenómeno interesante, si dejo pasar un rato más y vuelvo a mirar ya no podré volver atrás, ya será un rato más tarde. Se supone que si nada cambiase no pasaría el tiempo pero como nosotros mismos cambiamos es imposible de saber eso que se supone que sería, me parece que por eso prefiero no mirar, para no volver a concluír en que no entiendo como es que funciona.

LA PIEDRA

Eran las cuatro de la madrugada y el hombre no podía dormir, su vida no transitaba el rumbo que él esperaba, las cosas no eran como deseaba que fueran, no seguían el camino que quería. Miró a su alrededor en busca de un espacio libre en la mesa, un lugar donde apoyar el vaso y darle un reposo a su alma. Decidió entonces salir, caminar sin rumbo por las húmedas calles del pueblo. Se alejó luego, atravesando un bosque que precedía el inicio del las montañas. Por allí recorría el valle un arroyo. Su cause caprichoso se desparramaba entre las piedras grises, buscando y encontrando caminos para escurrirse. Se sentó en una piedra grande a contemplar la decoración de la naturaleza. La luna, vestida de un blanco tiza, desplegaba su manto, revistiendo de pequeñas luces blancas intermitentes las cristalinas aguas.
Desconentrado en vislumbrar el paisaje perdió noción del tiempo, sin embargo, su mente intranquila seguía reprochando el camino descarrilado de su vida de acuerdo a sus deseos soñados. Fue entonces que, como quién se enfrenta a la naturaleza y cree comprender los misterios de la creación, le habló a alguien que debería estar situado en el más allá para pedirle ayuda. Suplico algo, una señal, un resplandor que lo ilumine en su desgracia. Terminó la súplica y al bajar la mirada nuevamente al arroyo vislumbró un brillo inusual que acudía a sus ojos desde el agua. La luz era hermosa, diferente a los demás reflejos productos de la luna, entonces se puso de pie y, saltando de piedra en piedra, llegó al origen de aquella extraña fuente de luz. De inmediato comprendió, o creyó comprender, que esa era la señal. Se agacho y levantó de entre las aguas una pequeña piedra. Al salir del agua dejó de brillar. La miró analizándola; era un piedra comnún y corriente, o eso al menos parecía a simple vista. Volvió a su hogar renovado y con la piedra en el bolsillo, la dejó a su lado en la mesa de noche y por fin pudo dormir.
Pasaron algunos meses y se encontró feliz y agradecido con la vida. Las cosas marchaban bien, salían más o menos como él esperaba. No era que el cambio hubiese sido abrupto, pero eran pequeños detalles que hacían de la desgracia pasada una vida llevadera y entonada. Siempre cargaba con su piedra en un bolsillo. La llevaba de lado a lado y cuando podía la tomaba con las manos y la mantenía allí, entre sus dedos. Pero un día se la olvidó en su casa, y sin embargo el día fue muy bueno, las cosas le salieron igual o mejor que siempre, entonces, por primera vez, dudo si era la piedra lo que le daba esa "suerte" o era él mismo. Decidió probar dejándola en su casa una semana, comprobó entonces que las cosas iban incluso mejor que antes. Pensó entonces que, definitivamente, no era la piedra sino él quién comandaba su vida y que si las cosas iban bien o mal dependía solo de él mismo y no de un objeto inerte. Tanto se convenció que decidió quitarsela de encima, y esa noche la arroyó al arroyo donde la había hallado. Ahora llevaría él el timón de su vida, navegando sin depender de lo que creía que era una brújula pero que en realidad era una falsa ilusión.
Pasaron algunas semanas y al principio las cosas siguieron su rumbo favorable, pero pronto todo se derrumbo. Esa noche, nuevamente sin dormir, maldijo su vida y volvió al arroyo a pedir ayuda a la naturaleza o a quién fuere que lo escuchase del "otro lado". Pero esta vez nadie respondió, no aprerecieron brillos ni piedras. Desde entonces él recorre todas las noches el arroyo, en busca de la piedra que una vez tuvo y que por propia voluntad abandono.

EL EXTRAÑO DE LA ESQUINA

Miré a la esquina y ahí estaba ese hombre. Su mirada no decía nada, al menos nada más de lo que decían las manchas de humedad a su espalda, nada más de lo que decía la oxidada lámpara que colgaba de la pared, viéndoselas con dificultades para vencer la oscuridad de aquel descolorido rincón. Estaba sentado con los sus antebrazos dispersos por la mesa, uno de ellos terminaba en una mano de largos y arrugados dedos que envolvían un vaso de whisky con una mística que rondaba los opuestos del deseo y el vicio. No pude más que dejar de sonreír al observarlo, olvidé de inmediato el comentario que hacían del otro lado del teléfono móvil, olvide porque estaba yo en ese bar miserable, apenas si recordaba estar haciendo tiempo para entrevistarme con la gloria y pedirle un trozo de su hermoso cuerpo. Y es que por fin ese día cerraba un negocio histórico. Siempre pensé que todo hombre de negocios tiene su momento de grandeza cuando esta por cerrar el primer trato, cuando esta por firmar el primer contrato, ese que sabe que volverá a sus labios en forma de anécdota, envuelto en guirnaldas y adornos que harían del momento una leyenda digna de ser escuchada con admiración. Ese era mi momento…, pero un segundo atrás, ahora todo había cambiado, y me alegraba, me hacía sentir bien, en algún espacio desconocido de mi inconsciente, saber que aún seguía llevando conmigo un corazón digno, humilde, o al menos capaz de sentir lástima. Ese corazón que se acusa de perder a en los señores importantes de la alta burguesía. Y puedo jurar que fue innato, fue un reflejo que salió del fondo de lo que atribuimos a ese órgano que sólo cumple la misión de enviar sangre.
- Pobre hombre – pensé apenado, - yo tan contento y él..., él ¿donde irá?, ¿de donde vendrá?. Un extraño para todos, un vagabundo sin hogar, sin nada suyo.
La gente que pasaba esquivaba su mirada, como quién no quiere sentir el peso de la amargura ajena, como quién evita el dolor porque no hay medicina para curarlo. Pues yo me acerqué a él, como quién lo hace sin intención de mostrarse amable, sino de buscar refugio de sus propios reflejos. A punto estuve de sentarme a su lado, pero aquel hombre, de pronto se puso de pie como si de recordase algo que olvidó, y salió por la puerta del local, antes de que tuviera tiempo de decirle algo, alguna palabra linda, de aliento, tan útil para que un hombre que debe enfrentar cada día como una batalla.
Me sentí mal por ser lento, por no actuar de inmediato, por pensar demasiado antes de hacer.
Pronto debí olvidar el asunto, era un día demasiado importante para dejarlo fluir en aquel episodio secundario, volví a la realidad, en la cuál debía presentarme para firmar aquel acuerdo, debía sentarme frente a los peces gordos de la ciudad.
Pagué y crucé la avenida para encontrarme con una inmensa mole espejada a la cuál debía subir. El ascensor me depositó en los últimos pisos, donde una secretaria me recibió con una hermosa sonrisa y, luego de presentarme me indicó una sala de reuniones y me informó que el director general me estaba esperando. Entré por una puerta doble para encontrarme con una habitación amplia que terminaba en un ventanal hermoso que daba al cielo que cubre la ciudad. En el centro había una larga mesa rodeada por sillas. Precediendo la mesa, esperándome, el hombre más importante de la empresa, y aquél hombre resultaba ser el que creía un vagabundo en la mesa del bar.

EL MUNDO DE LOS BUENOS Y MALOS

- ¿Porque existen las peores personas?, ¿por qué Dios tan solo no los hace desaparecer de la tierra?, ¿por qué no los barre con aliento de huracán, con un terremoto que es un movimiento de dedos para él? – se preguntaría aquel que no llegó a preguntárselo. ¿Quién puede darle vida a alguno de estos seres?, capaz de tener un alma tan putrefacta como para destruir una hermosa ilusión, un espíritu blanco que dejó de respirar sin ver sus sueños, siquiera sin ver, alguien que jugaría de niño, que crecería aprendiendo el sabor de la vida, que tendría un pasado, que algún día tendría arrugas en la cara, pero ahora ha dejado como única huella la de un cuerpo pudriéndose en un basurero. Entonces llega el bueno, ese que carga con todas las penas, ese que lleva la cruz por los demás, por los que no se lo merecen, por el indigno de siquiera respirar el mismo aire que existe en la atmósfera, lo peor de lo que pueda pisar este triste y desgraciado planeta. Pero el bueno es ese que hace que las cosas no sean mas oscuras que el negro, le da luz al clima de horror, al alma que vive con la ética del "esta bien lo que me conviene", el desprecio mas sucio, ese que busca la obra más terrible, el dolor silencioso de quién sufre callado, en un abismo de sombras, ese que se parece al esplendor de la palabra divina del bien, ese que llora por los que no lo hacen, que vierte la sangre de quién la hace derramar, quién conoce el miedo y el dolor por culpa del que hacen los demás, por culpa de quién crea el mal. Y llora por los que deberían estar cayéndose en lágrimas. El infierno existe porque hay quienes lo crean, porque hay quienes eligen esa puerta, a pesar de advierta gritando con todas sus fuerzas hasta quedarse muda, hasta perder la voz. Y si alguien muere sin poder defenderse, sin poder saber lo que es respirar, sin tener la oportunidad de conocer el amor, alguien debe llorar por quién no sabe hacerlo, alguien debe sentir el dolor de los cuchillos en su propia alma, alguien debe cargar la cruz de quién no sabe siquiera tocarla. Por eso la ecuación es simple, existen los malos, que hacen mal, y los buenos, que arrastran con el sufrimiento, con el dolor y con el peso de lo que deberían sentir esos otros, que están y existen para no sentir.

ESPERANDO EL FUEGO DEL CIELO

- De todas maneras voy a permitirme morir, lo mejor es dejarme llevar por el fuego del cielo – pensaba mientras se dejaba llevar por el viento. – No merezco lágrimas ni un verso a mi favor. Apenas si tengo noción de que hay en el más allá, pero ¿que diferencia hay?, ¿o acaso alguien sabe qué es lo que vamos a encontrar?. Algunos piensan que es mejor no pensar, no saberlo, pero no estoy de acuerdo, mejor es tratar de aprender, intentar ver la luz y aunque no podamos decir que la hemos visto podremos creer que ahí esta – se decía mientras buscaba secretos en su mente.
En la oscuridad, estaba buscando una puerta, para encontrar una razón, un momento, bajo el frío de la noche y bajo los movimientos de las hojas en la brisa del invierno. Vestía el traje digno de un duque, tenía poder sobre otros, pero en el fondo tenía miedo, como todos, y veía que su mundo se tambaleaba como el agua del estanque cuando cae la piedra.
- Si me preguntan la pregunta, no se que deberé responder, quizás diré que no tengo nada que perder – se convencía mientras se sentaba frente a la ventana, unos días atrás, y miraba hacia fuera con un resplandor de tristeza en sus pupilas. No sentía dolor, no sabía que era eso ni lo sabría jamás. – Si me preguntan que es mi vida les diré que es un largo camino del cuál nunca se alcanza el final – se oía una melodía de fondo, eran como arpas sonando a lo lejos, apenas si el viento permitía escucharlas. Entonces miró hacia arriba y vio el fuego en el cielo, como un círculo que ardía en la noche estrellada. Era el momento de enfrentarse a la vida.

LA PERSONA QUE SABE QUE ES

Sabe que cambio algo, porque los sueños existen sólo para que uno pueda vivir cosas imposibles, pero no deben ser siempre reales, en cambio esta vez lo que soñé lo viví y describe que en la realidad la imaginación del sueño se me había quedado corta, fue mucho más intenso, lo superaba al mismo sueño. Y que palabras se pueden utilizar entonces para describir mi día de hoy, si uno no cree en la magia hasta que vive el momento. Y luego esta el tiempo, que va y va. Todo tiene que tener una explicación, o sino se la damos, pero ¿para que existe el tiempo?, ¿qué necesidad tiene de existir?, no importa qué es, pregunto porque existe. ¿Es el arma de Dios, y lo creo para que nos demos cuenta que todo en esta vida se termina y que él es lo único eterno?.
Arreglar un programa es fácil, se busca lo que esta mal, se encuentra y se analiza como se repara, luego se prueba, se ejecuta y listo. Ojala los problemas de la vida fuesen tan así, pero no, cuando sale uno a la calle las cosas son otras, más complejas, no hay soluciones únicas, ni panoramas claros, hay callejones sin salidas en lugar de ciclos infinitos, los números complejos son realmente situaciones complicadas, y los imaginarios son realmente parte de la imaginación. Las variables son más de las que las que puedan definirse y no siempre se definen, además van cambiando su definición a medida que vamos resolviendo la ecuación.
Así es como me pasa que no se arreglar las vidas, ni mi vida, ni otras tantas cosas que debería saber reparar.

EL CABALLO

A quién corresponda,
Yo nací siendo caballo, me crié en una estancia muy bonita, los establos eran confortables y el clima agradable todo el año. De pequeño me enseñaron a trotar de manera elegante y luego me enseñaron algo de Polo. Jugaba bien, corría la bola y sabía colocarme a la distancia justa para que el jugador golpeara cómodo. Pero un día me llevaron a probarme en una pista de saltos. Resultó ser que salté bien, y desde entonces allí me dejaron, practicando saltos día tras día. Era una tarea dura y mi jinete, obsesionado con ganar cada competición, me hacía saltar y saltar, cada vez más alto, cada vez más lejos. Así fue como sucedió mi desgracia, un día caí mal y sentí un dolor fuerte en el casco trasero derecho. Pensé que no sería grave pero el veterinario dijo que no servía más para saltar, incluso agregó que sufriría mucho, pero es mentira, yo no sufro tanto, quedé rengo, es cierto, pero puedo vivir igual así. Decidieron que me sacrificarían, pero yo no quiero morir, estoy bien, soy feliz con o sin saltos. Si es por la comida comeré solo los restos que dejen los demás caballos, no me importa pasar hambre, si es por el establo, dormiré afuera, no me importa pasar frió algunas noches, pero no quiero morir.
Sé que es tarde, el veterinario ha llegado y se acerca, trae un jeringa y sé que es la inyección que me quitará la vida. No hay nada más que yo pueda hacer, ojala pudiera hablar, explicarles que no quiero morir, decirles que tengan piedad, que no me importa ser rengo, que quiero vivir igual, pero cada vez que lo intento solo me sale el mismo sonido, ese que para los humanos suena siempre igual.
Espero que al menos no sienta dolor.

MATAR A ALGUIEN

Ese día me desperté temprano y con ganas de matar a alguien. Me vestí y baje a desayunar al bar de siempre. Antes de marcharme tomé el mejor de los cuchillos de la cocina y me puse unos guantes de cuero adecuados para el invierno en el que estabamos. Desde la mesa contemplaba la gente ir y venir por la acera, en lo que parecía una proyección de figuras y rostros desconocidos, cuyas expresiones decían infinitas posibilidades. Más atrás la calle respiraba el aliento gris de los autos mientras castigaban al asfalto pasando uno tras otro sin descanso. Una brisa fría acompañaba por momentos en su danza al vapor que expiraban las alcantarillas. Me centraba en cada una de las almas que aparecían y desaparecían de las esquinas y de mi mundo, intentaba descifrar sus vidas, sus convicciones, sus personalidades. Imaginaba lo que no sabía, cada cuál tendría una historia, un pasado, un presente, cada cuál tendría amigos, conocidos, sueños, aficiones. Debía elegir uno al azar, uno que me diera tan igual que los otros, uno tan común como el resto, uno más, un desconocido. Tomé el café con leche, me levanté y pagué la cuenta en la barra, luego me pregunté sobre mis motivos, y descubrí que no los tenía y que eso era lo mejor, pues sino habría mas posibilidades de que terminase en la cárcel y la idea no me agradaba. – Mejor – pensé, luego salí a la calle. Caminé unos diez minutos, viendo que lugar sería el más apropiado, hasta que encontré un callejón perfecto, desde el cuál la calle principal apenas si se veía y cuyas paredes de los edificios vecinos no tenía ventanas. Había un contenedor de basura semi vacío, era perfecto.
Volví a la calle y se me acercó un individuo perfecto, era un joven de unos veinte años, de piel blanca, pelo negro y ojos marrones como el chocolate. La elección fue instintiva, entonces lo detuve con un gesto: - disculpe usted, podría ayudarme con esta caja, es que pesa y no puedo colocarla en el contenedor – declaré señalando una caja vacía al pie del recipiente de la basura.
- Por supuesto – respondió dirigiéndose hacia ella.
Antes de seguirlo eché una breve mirada a la calle, para asegurarme que nadie había notado el evento. Luego lo acompañe y cuando estuve preparado y lo tenía de espaldas a mí le asesté un certero cuchillazo que se clavó a la altura de su pecho y le salió por el frente. Murió casi sin resistirse y sin llegar a comprenderlo. Lo arrojé deprisa en el contenedor y salí a paso desapercibido del callejón. A la noche el suceso salió en las noticias, por lo que comprendí lo había encontrado un cocinero de un restaurante cercano, sin embargo no terminé de escuchar la noticia porque sonó el ruido del horno, mi cena estaba lista. Luego posó mucho tiempo y ni la policía ni nadie toco a mi puerta preguntando por lo que sucedió.
Ahora, casi dos años después, estoy nuevamente en el bar, y es que hoy me desperté nuevamente con ganas de matar a alguien, pero esta vez, antes de salir, quién sabe porque, me cuestioné si no me sentiría culpable, y resulto que no, que no encontré ningún motivo para sentirme culpable ya que – me dije -, en el mundo hay gente peor que yo.

MISTERIO COSMICO

Entre las miles de estrellas una vez nació una que no sabía brillar, y no era una súper nova ni un agujero, era una estrella común, de tamaño medio, pero no sabía brillar. Los rayos de luz no le salían, no sabía enviarlos hacia fuera. Lo consultó con las estrellas cercanas pero ninguna supo explicarle como emitir el brillo. Decían que era algo natural, algo que parte desde dentro de ellas, algo innato. Preguntó entonces a las lunas y a los planetas que reflejan luz, pero estos le dijeron que reflejar la luz no es igual a producirla. Su caso se convirtió en un misterio cósmico, algo que nadie en el universo sabía explicar.
Se comunicó entonces con la estrella madre, la que esta justo en el centro del universo, el punto de inicio de todo lo que existe, la estrella más brillante de todas las que existían. – Todo punto de inicio tiene que tener un punto de final, hasta el universo mismo funciona así, por tanto tú eres el punto de final, el lugar donde todo termina.
La estrella se conformó con la explicación, porque no le importaba que parte del universo representaba, lo que le molestaba era no saberlo.

EL ESPEJISMO DE LA MINA

La mina tenia infinitos pasillos que se enlazaban como nudos. Eramos tres: Juan, Manuel y yo, del grupo de control, medíamos el contenido de grisú. El mapa era viejo, los túneles habían cambiado, por eso nos perdimos. Entonces vimos, en un pasillo lateral, un reflejo de blancura que se abría paso como un aliento brumoso.
- ¿Que es eso? – Pregunté asombrado mientras los tres nos acercábamos con cautela. Al llegar a la esquina nos asomamos con temor. Nos encontramos con un pasillo de unos diez metros de profundidad que terminaba en una pared de piedra. Casi en el centro de esta pared, de un pequeño agujero del tamaño de un ojo, surgía la fuente de luz, un brillo cristalino puro de un blanco hermoso e irresistible.
- ¿Qué demonios...? – masculló mi compañero Juan, pero el mayor y jefe de nosotros, Manuel, que ya tenía más de veinte años en la profesión, lo interrumpió con unas palabras que nos dejaron helados: - es un espejismo, el espejismo del minero, he oído hablar de ellos, lo mejor será alejarnos – recomendó.
- ¡Alejarnos!, ni hablar, debemos saber que es eso – se quejó Juan. Yo preferí mantenerme fuera de la discusión. A continuación el más joven se acercó a la fuente de luz e intentó mirar a través de esta. – Hay algo del otro lado – denunció admirado. Luego cavó con sus manos hasta que la pequeña hendija por la que espiaba se convirtió en una suerte de ventana al más allá. Los tres miramos hacia adentro de ese extraño vínculo, el reflejo nos iluminó el rostro. Se veía un hermoso paisaje de campos verdes y floreados, montañas al horizonte, un valle con ríos y cascadas, era un lugar celestial.
- Al igual que los náufragos ven islas, o los beduinos ven oasis, en una mina uno ve este tipo de cosas, ve el deseo del corazón de un minero – dijo Manuel resignado y como si fuese un hecho que debía aceptarse, - pero estos espejismos son malignos, como una sirena, intentan atraer a las almas angustiadas para devorarlos en una dimensión paralela.
- ¡Es mentira! – gritó Juan – dices eso para que no entremos, pero no me vas a detener – y diciendo esto se pasó al otro lado. Lo vimos correr feliz por la hierba, cantando y saltando de alegría, pero entonces el cielo comenzó a agrietarse, los falsos campos se destiñeron, tornándose grises, el espacio comenzó a derretirse y el agujero se derrumbó, atrapando a Juan en sus deseos.

LO QUE ES SEGURO

Había insistido en que era el auto mas seguro. A él no le gustaba, era muy grande, prefería uno de esos pequeños dos puertas, y le contesto que los dos manejaban bien por lo que no necesitaban un auto seguro. Ella dijo que no importaba, que a veces la culpa no es de uno, a veces son circunstancias que se dan. No lo convenció, pero le hizo caso.
Llegaba a su casa y encontró el lugar, midió con la vista y noto que no entraba, dio varias vueltas hasta encontrar donde pudo estacionar, unos cinco minutos, justo lo que pudo aguantar.
“a veces son circunstancias que se dan” había dicho, circunstancias como un caño de gas que por casualidad se rompía, y justo cuando ella se recostaba a dormir la siesta, con las ventanas cerradas porque hacía frío. Cinco minutos antes la hubiese encontrado viva.
“Los autos grandes son siempre los mas seguros”, habían sido sus palabras, pero no siempre.

ANTES DE TIRARSE

El hombre se despertó, y miro debajo de la cama, no había nada, entonces se asomo por la ventana.
Del otro lado de la calle, en una ventana cualquiera, vio a su madre. Oyó que alguien entraba a su casa, giro dándole la espalda a la ventana, y vio que su madre entraba por el pasillo, y se dirigía hacia él, lo saludo como cualquier día, luego, por casualidad se asomo por la ventana y dijo sorprendida:
- ese que esta allá enfrente es tu padre -.
Luego los dos se tiraron por la ventana

REUNION CON LA MUERTE

La llamé tarde, me dijo que me podía ver pasado el mediodía, quedamos en un bar de copas por el centro. Cuando llegué, al principio no supe quién era, siempre va disfrazada, toma diferentes formas, distintos cuerpos, a veces humanos, a veces objetos. Me senté en la terraza, en una mesa a la sombra frente a una maseta, entonces apareció un hombre de unos setenta, enfundado en una gabardina marrón descolorida y con sombrero que le cubría la frente y ocultaba de la claridad de unos ojos negros enmarcados bajo dos espesas cejas afiladas. Apenas escapaba por detrás del contorno de sus orejas un trozo de cabello plateado. Se sentó frente a mí, de espaldas a la calle haciéndome oler su fragancia a farmacia antigua. Me miró antes de pronunciar las primeras palabras, dejando entrever su rostro espectral. Su labio inferior le temblaba apenas y tenía unas ojeras que parecían colgarle como si la última vez que hubiese dormido fuese en la década pasada.
- Esperaba encontrarlo más consumido, veo que su enfermedad le esta tratando con cariño después de todo – suspiró con voz arenosa.
- Guarde esos comentarios, el cáncer hace su trabajo como buen oficinista, todos los días despertándome a las seis y destripándome hasta el mediodía, que creo se detiene a comer – me lamenté acabando por bajar la mirada.
- Pues pensé que trabajaba horario corrido, para eso se le paga – bromeó sin causar la menor gracia.
Le respondí con una mirada impaciente. - Negociemos, que para eso tengo la desgracia de verlo – declaré avocándome a la indigna tarea que me acordonaba.
- Necesito un alma, pero descuide, le resultará un trabajo sencillo, hasta agradable si se siente un justiciero ya que esta alma está tan limpia como un vertedero. Si le contase las cosas que hizo durante estos años ese sujeto comprendería parte de la razón de mi existencia.
- No veo que sea una buena justificación, usted va por la vida arrancando almas vivas, llevándoselas al otro lado sin dar explicaciones a nadie, no necesita dármelas tampoco a mí – critique con algo de cinismo.
- Usted no tienen idea de lo que dice, hay gente que se muere, es parte de la vida, digo más, es el cierre de la vida. Algunos mueren por viejos, otros por enfermedades, otros por accidentes, o lo que sea, pero lo mío no son aquellos, yo me ocupo sólo de casos especiales, de almas que están en el túnel, y que deben salir del mundo por allí. Es otro camino, otra puerta de salida, pero que le vengo a explicar a usted, si no comprendería ni como funciona una puerta al más allá.
- Como sea, dígame el nombre, el lugar y como debe ser el accidente, yo me ocupo.
El señor me pasó todos los datos, detalle a detalle, apunté algunos puntos para recordarlos y luego pasamos al tema de la paga:
- ¿Cuánto va a haber por esto? – le pregunté.
- Año – replicó tajante.
- Dos años como mínimo – subí.
- ¿Dos años?, ¿que se cree, que la vida la regalan? – ironizó.
- A usted sí, o al menos se la dejan barata, si no me da dos años más de vida no lo haré – traté de presionarlo.
El señor reflexionó subiendo la mirada a un punto perdido e invisible, entrecerró los ojos como calculando algo, que no supe si era realmente un cálculo o tan solo lo hacía para demostrar que se esforzaba por complacerme. Terminó por aceptar.
- Esta bien, dos años. Es mucho, pero si hace bien su trabajo se los merecería – acordó por fin. - ¿Es conciente que lo que le doy a usted se lo quito a otro?, piénselo estos años que vendrán – me dijo en contra de mi voluntad.
- Si, aprenderé a vivir con ello, no es necesario que me lo recuerde – le aclaré mientras me ponía de pie, dejaba unas monedas sobre la mesa para pagar el café, y me alejaba sin saludar.

EL VIAJERO DEL CRISTAL

Eran las cinco y algo de la madrugada, el autobús avanzaba entre los fríos puertos de montaña que mantienen ese rincón de soledad artificial entre las ciudades. A mi alrededor todos dormían, o lo intentaban entre movimientos y reacomodamientos que buscaban encontrar una comodidad complicada sino imposible en el asiento. Afuera el cielo sembrado de estrellas se ocultaba detrás de un cristal húmedo. La oscuridad era la dueña de los valles y de las montañas en el exterior, se veía una naturaleza casi pura, no había luces ni otras cicatrices de humanidad. Mi insomnio me entretuvo con la monotonía de un paisaje que se repetía, sin embargo, sin encontrar nada mejor, mi mirada permanecía inmersa en aquella nada. Fue entonces que, merced del reflejo del vidrio, vi como el pasajero sentado a mi lado se despertaba y acompañaba mi mirada hacia la ventana. Entonces, casi por el instinto de quién recuerda algo alarmante giré hacia el interior del autobús para comprobar que el asiento junto a mí estaba vacío. Volví, como quién cree haber visto algo que no era, la mirada hacia el cristal y allí estaba nuevamente, sentado a mi lado. Esta vez no me atreví a volver a mirar el asiento junto a mí, el real, ya que lo que veía proyectado se supone era sólo un reflejo. Era un joven, de unos veinte años, su mirada era triste, otoñal, oculta detrás de un rostro emblanquecido. Me miró a los ojos, como quién busca a alguien para decir algo. Estaba por esbozar las primeras palabras pero no me atreví a oírlas, sin pensarlo corrí deprisa la cortina, ocultando aquel reflejo fantasmal que me observaba desde el exterior del vidrio. Me atreví entonces a mirar a mi lado y no había nadie. No volví a tocar la cortina, esperando llegar pronto a mi destino y olvidar algo inolvidable.

EL PROFUGO

Estaba con mi compañero en la parte más profunda de la mina. Ibamos verificando con el higrómetro la humedad y midiendo el polvo en suspensión y el Grisú cuando notamos un extraño aumento de la temperatura en un punto. Nos detuvimos a analizar, en realidad a ver que problema tenía aquel viejo termómetro, pensando que la causa era el aparato de medición, pero a la temperatura le siguió un fuerte y penetrante olor a azufre. No teníamos como medirlo, en realidad no había cuencas de azufre ni actividad de placas en aquella zona.
- ¿Qué sucede? – preguntó mi compañero.
- No lo sé – confesé confundido. En ese momento vimos asombrados como de un rincón, en la esquina entre el piso y la pared, una piedra se movió, rodando y quedando en el medio del camino, luego otra y otra, como si algo las empújase desde el mismo corazón de la montaña. Temimos un sismo pero nada temblaba, solo se movían esas piedras. Fue formándose un espacio desde dentro, al que con temor y cautela, nos acercamos. Entonces una mano apareció del interior del agujero, nos quedamos helados, conteniendo la respiración, mientras esa mano imposible se habría paso, corriendo las rocas hasta dejar un lugar suficiente para que un cuerpo humano se arrastrase, saliendo a nuestros pies.
Era un hombre, o al menos en el fondo de aquel ser lo habría sido, estaba medio quemado, con un aspecto tétrico y una expresión desecha que se expresaba en los ojos. No lograba incorporarse, entonces se oyó un ruido en el agujero, como si alguien más estuviese por salir.
- ¡No dejen que me atrapen! – suplicó el hombre trastabillando al querer pararse, - ¡por favor, ayúdenme!.
Sin comprender a que se refería ni de donde había salido aquel hombre, lo pusimos de pie entre los dos y lo ayudamos a caminar, apoyándolo en nuestros hombros. Al girar vimos como del agujero surgían dos las cabezas de figuras horribles, compuestas de algo que parecía asfalto grasoso, arrojaban fuego por la boca al respirar. Escapamos de la mina deprisa, temiendo que aquellos monstruos nos persiguiesen, y una vez afuera el hombre, un poco más tranquilo, nos explicó con voz llorosa: - escapé del infierno, ¡estuve allí!,... es horrible,... te torturan,... juro que nunca más en esta vida volveré a hacer algo malo,... seré bueno, lo juro – y, diciendo esto y agradeciendonos una vez más, se alejo.

HEROES

Juan Bautista Baigorria levantó la bandera y atacó. Lo siguió detrás y con algo de cautela su compañero Juan Bautista Cabral.
Se habían conocido seis meses antes, cuando fueron reclutados el mismo día en una taberna de Quilmes, mas o menos por Agosto de 1812. En el adiestramiento se hicieron amigos.
Baigorra fue el que vio al General tirado, con su pierna debajo del caballo, y fue quién dijo que había que ir a rescatarlo. Los realistas se aproximaban, no era la mejor idea, quedarían expuestos. Cabral le dijo que era muy arriesgado, que mejor se mantuvieran en su sitio, pero Baigorra no lo escuchó, corrió hacia el general y se dedicó a sacarlo. Cabral, al ver que quedaba solo en aquel lugar vulnerable, decidió acompañarlo. Entre tanto un grupo de realistas que se dispersaban y buscana puntos de reordenamiento, los atacaron. Baigorra se defendió y Cabral dio unos pasos atrás, pero al ver cerrada la retaguardia volvió a avanzar. Se cubrió tras el caballo tendido del General, que estaba aún tendido con la pierna atrapada.
- Necesito este caballo para escapar – pensó. El animal estaba vivo y en forma, tan solo aturdido por la onda expansiva de un obús, uno de los pocos que llegaron a disparar desde que el ejercito que desembarcaba se encontró sorprendido por un pequeño, aunque disciplinado batallón local, había caído cerca y el caballo, perdiéndo el equilibrio, había caído de costado, tenía algunas esquirlas en el lomo, pero podía andar. Baigorra, al ver lo que pensó que era un acto de valentía para salvar a su General, dejó la lucha contra el enemigo y se sumó al esfuerzo de su compañero, entonces lograron liberar la pierna atrapada del General, este se puso de pie decidido a continuar con el combate. Mientras tanto, el enemigo se aproximó y atacó al grupo. Baigorra y el General lucharon, en cambio Cabral, a sus espaldas trató de huir, pero cuando intentó subir al caballo un sable lo alcanzó por la espalda.
Años más tarde, dos hombres, reunidos en una mesa llena de partituras conversaban:
- Baigorra no entra, debe ser un nombre mas corto – dijo uno de ellos.
- Como viene la frase – le solicitó el otro.
- Baigorra, soldado heroico – cantó en tono grave.
- Es verdad, además no queda bonito – agregó.
Meditaron un instante hasta que al primero se le ocurrió: - ¿Qué tal: Cabral, soldado heroico?
- Si – medito un instante y luego completó: - eso, si suena bien.

MECANICO DE HUMANOS

- No es posible cambiar al mundo – dijo un señor mayor frustrado cuando el niño le preguntó porque existían las guerras. Siempre llega un punto de la vida de cualquier niño que se hace esa pregunta y a continuación la repite, y siempre la respuesta es diferente, pero con el mismo destino.
- Puedes intentar cambiarlo y perder tu ilusión, mentirte diciendo que va a cambiar o no pensar en ello y vivir como uno más de todos los que ves pasar – completó el hombre.
El niño miró a su alrededor: la gente iba y venía por la calle con prisas, cada uno concentrado en sus problemas terrenales, el niño reconoció que era ese el mundo en el que le había tocado vivir y debía aceptarlo: - Me gusta caminar, creo que voy a tomar la tercera opción – respondió.
Pasó un instante de silencio en el que se oía de fondo el murmullo continuo de la ciudad; autos, bocinas, gente...
- Estamos mal hechos, ¿no? – preguntó el niño.
- ¿Cómo? – se sorprendió el hombre entrecerrando las cejas.
- Eso, los humanos estamos mal hechos, ¿no crees?, sino porque no podemos arreglar los problemas.
- Bueno, tal vez... – pensó sin encontrar respuestas hasta que logró completar: - tal vez así es como debe ser.
- Mi tío tiene un taller, él siempre esta arreglando motores y cuando uno no funciona como se debe dice que esta mal hecho, luego le ajusta algunas cosas, a mi me gusta verlo, además me da a tomar jugo de naranja, y por fin vuelve a encenderlo, hace mucho ruido y termina diciendo que ahora funciona.
- Pero no puede hacerse lo mismo con los hombres, somos mas complejos que un motor.
- ¿Pero no hay alguien que pueda hacerlo?.
- ¿Un mecánico de hombres?.
- Si, alguien que ajuste los tornillos que falten y que haga que no vayan todos así caminando por la calle sin preocuparse por las cosas malas, alguien que sepa que hacer y luego de hacerlo decir que funcionan.
- Ojala lo hubiese, pero no, no hay nadie que lo haga, y si lo hay, no lo hace. Aunque debe tener sus razones, ¿no te parece?...
- Eso debe ser, tendrá sus razones - acordaron. - Quizás no le pagan - insistió el niño, - si a mi tío no le pagan no hace nada.
- Puede ser, o quizás cree que podemos repararnos solos, si es así, creo que se equivoca.
- Si usted lo cree...

EN LA FERIA

Todo comenzó en esas ferias de pueblo que aparecen y desaparecen cada verano. Era apenas un niño y fue a comprar un helado cuando pasó frente a la pequeña y misteriosa tienda que se encontraba oculta detrás de una gran estructura metálica por cuyos rieles se movía a toda marcha un carro repleto de gente gritando. Pensó que estaba abandonada, entonces vio lo que le pareció un flash de luz blanca del interior. Podía ser un reflejo de alguno de los otros juegos o alguien que había tomado una fotografía cerca, pero de todas maneras decidió acercarse. Llegó hasta la puerta, que consistía en un arco tapado por una cortina con un corte vertical en el medio, la abrió de par en par, dejando entrar las últimas lágrimas de claridad de una larga tarde de diversión y miró al interior. No había nadie, sin embargo las paredes estaban repletas de amuletos, de objetos de madera que supuso que formarían parte de un decorado de fantasía que imitaba alguna tribu de esas islas del pacífico. Todo esto lo suponía a base de imaginación y recuerdos de cómics, películas y otras fuentes de información que posee un niño de once años. En el centro había una mesa, y sobre ésta una bola de cristal. Volvió a mirar a su alrededor en busca de alguien, luego se aproximó a la mesa y observó de cerca la bola de cristal. Pudo ver su rostro alargado reflejado en la esfera. La curiosidad fue más que sus miedos y se animó a tocarla. Estiró su dedo hasta alcanzar la superficie fría y cristalina, entonces el extraño objeto de pronto se iluminó, con una luz verde pálida. Quitó de inmediato el dedo, pero ya era tarde, la luz verde concentrada en el centro de la bola se expandió en forma de rayos hacia todos los rincones de la carpa. Eran como finas líneas desparejas, del mismo color verde de la luz de la bola. Retrocedió mezclando en su mirada asombro y temor, entonces todas las luces que se expandían por el espacio se concentraron en él. Los rayos entraban por su pecho, a la altura del corazón, y fluían entre sus venas, iluminando su cuerpo desde dentro, dando la sensación de que su piel fuese transparente. Duró unos segundos, luego la luz se desvaneció en la bola. Fue como si se hubiera transportado del objeto esférico al interior de su cuerpo
Salió de la carpa como si nunca hubiera pasado nada, la gente jugaba en los juegos, se oía música de circo, gritos y el murmullo continuo de la muchedumbre. Caminó hasta la callejuela principal, donde las personas iban y venían despreocupadas y sin saber de aquella carpa. Entonces dio una última mirada a sus espaldas, pero la misteriosa carpa ya no estaba.
Pasaron los años y nunca pudo olvidar aquel episodio, quizás porque aquel extraño día fue cuando comenzó a tener esas visiones del más allá.

LEER VS ESCRIBIR

Siempre me preguntaron como siendo escritor leo tan poco.
Uno no puede leer y escribir, al igual que un músico no podría escuchar música mientras compone, es imposible, las notas se confundirían, se mezclarían con lo que uno pretende crear, se preguntaría si la melodías que nacen son propias o son copias ocultas de lo que se esta escuchando.
Cuando me tomo vacaciones de escritura (que sucede raras veces y en general no planificadas) si leo mucho y aprendo y me “empapo” de trucos, consejos y recursos, pero el día a día, en el que escribo y escribo todo lo que puedo o todo lo que mi mente y mi tiempo me permite, no puedo al mismo tiempo seguir un libro ya que este estaría en mi consiente, esperando ser retomado y confundiendo las notas de mi música, es decir las palabras de lo que escribo.
Quizás no sea más que una vaga justificación pero me sirve para no sentir que leo poco, más teniendo el cuenta que el tiempo es un recurso escaso y que, desde que el progreso nos enseño que las prisas es el nuevo método de vida, la lectura se refugia como un soldado que ve su ejercito retroceder.