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CUENTO DIA A DIA

LA PUERTA (I PARTE)

La noche estaba oscura como pocas veces la había visto, no había estrellas sobre el cielo del desierto patagónico. Me detuve en la estación de servicio a eso de las tres y media de la mañana. El tanque marcaba vacío sin embargo al repostar descubrí que al menos estaba a la mitad. Pensé que la aguja se había estropeado, o quizás el flotador, o quién sabe qué. En realidad olvidé pronto el tema y busqué el baño. Era una puerta oscura que no invitaba a entrar. El único ser vivo en la estación, además de mí, era un viejo sentado en una silla de su misma edad que dormía como si estuviese borracho. Me costó despertarlo para intentar pagarle, por fin tomó el dinero y se hizo el que comprobaba que había cargado lo que pagaba, después volvió a echarse hacia atrás y en pocos segundos volvía a roncar. Me dirigí al auto cuando creí oír un grito de profundo, como apagando, atrás de la estación. Se lo atribuí, con convicción o por conveniencia, a mi imaginación, y continué mi marcha hacia el vehículo. Cuando estaba por girar la llave para darle arranque el sonido volvió a alcanzar mis oídos, y esta vez resultaba más difícil negarlo.

ATAQUES SOBRE LA CIUDAD

Esta oscuro afuera, y adentro el fuego reconfortaba a los presentes. Cuando el desinterés sobraba y las pupilas se enrojecían con el humo de cigarros se oyeron las sirenas y de inmediato se sintió el sonido de los motores rugiendo en el cielo de la noche. Los presentes corrieron a refugiarse en los túneles. Entraron uno a uno, situándose en las posiciones que tenían designadas. Quienes no tuvieran el privilegio de pertenecer a un refugio no podía ingresar y debía improvisar, en algún sótano, su propio lugar, algunos, los más entregados, simplemente se escondían debajo de las mesas, como si una tabla de madera fuese a salvaguardarlos de algo.
Luego comenzaban los silbidos de las bombas cayendo y luego las explosiones, una tras otra, algunas lejos, otras cerca, otras encima. Nunca duraba más de diez minutos, entonces las sirenas dejaban de sonar y las personas salían de sus escondites. A quiénes la suerte los acompañaba, continuaban la reunión, bebiendo y fundando entre charlas y risas, y a quienes el azar no los había acompañado esperaban al día siguiente, para ser sepultados.

EL REY DIOS VISIGODO

En tiempos de los Teudiselo, uno de los tantos reyes de las nuevas tierras bárbaras, de nombre Teudico, gobernaba un pequeño reino de montañas. Convertido al cristianismo como sus ancestros, al entrar en el desmembrado imperio romano, el rey creía firmemente en la salvación mediante las obras de bien. Pero un día, en una charla amena con sus consejeros, estos le preguntaron sinceramente, porque si existe un Dios, éste no muestra claras señales de su existencia, Se dice que Teudico se puso de pie y salió del salón, y que los consejeros temieron haberlo ofendido. Al día siguiente Teudico salió de su castillo y convocó al pueblo para leer las nuevas leyes que había escrito, comenzando como siempre sus discursos: "pueblo, con el poder directo que Dios me ha dado les digo..."
Las nuevas leyes eran tan inusuales que tardarían meses en comprenderlas. Ordenaba a todos los habitantes del reino a "ser buenos", de lo contrario serían encarcelados "por su propia elección de hacer el mal y no el bien". Desde aquel momento, cualquier súbdito que demostrase no ser una buena persona, de corazón amable, generosa y caritativa, iría a la cárcel. Para poner en marcha su plan utilizó su ejercito vestido de campesinos, que estando en todos los rincones serían los ojos del rey. Así fue como Teudico se convirtió en lo más parecido a Dios cristiano en la tierra.
Se volvió a juntar con sus consejeros y les dijo: "decidme ahora quienes: ¿son los buenos, que merecen el cielo por haber elegido libremente la senda del bien, y quienes son los malvados que libremente eligen la senda del mal?".
Entonces salieron a la calle a observar al pueblo, y tanto los buenos como los malvados hacían el bien el bien, o eran encerrados. A los buenos esto no les resultaba difícil, ya que habían sido así por siempre, y los malos sí les costaba, pero actuaban bien por no ser condenados.
"No podemos saberlo" dijeron. "Todos actúan por temor a las consecuencias..."
"Eso es porque me he convertido en un tirano, robándole a las personas la opción de obrar libremente... Eso es lo que sucedería si Dios deja de ser un misterio y se hace presente".

LA COSTA Y EL MAR

Las aguas apenas perturbaban su tranquilidad con suaves caricias que mecían el bote y el sol quería terminar de irse cansado de un cielo sin nubes. A su espalda el horizonte desplegaba su inmensidad en la lejanía.
El pescador miraba las costas escarpadas desiertas, pensando en ella, y en las costas solitarias.
Mientras, en las costas escarpadas, entre los naranjos que se esforzaban por hacer equilibrio entre las terrazas, en un pequeño mirador de piedra natural, ella miraba el sol escaparle al día y las aves volar a su lado.
La mujer miraba un mar desierto pensando en él, y en el mar solitario.

SI DA IGUAL

Conocí una vez en mis viajes por el sur a un lobo de mar que estaba obsesionado por aprender a hacer castillos de arena. Cuando me enteré, al verlo intentar una y otra vez crear uno en la arena, golpeando torpemente con sus aletas delanteras, no pude evitar comentarle que jamás podría salirle la edificación. Entonces lo vi ponerse muy triste y desanimado. Me sentí culpable, quizás por se el que le había dado la obvio noticia ya que siempre resulta la tarea más cruel. Noté que sus compañeros pensaban lo mismo que yo, es decir que nunca llegaría a nada intentando hacer castillos, pero nadie se había atrevido a decírselo. Esperaban que se diese cuenta solo y que se rindiese. ¿No fue acaso mejor decirle la verdad?. Entonces volví a acercarme y le hablé para consolarlo. Le expliqué que aunque pudiese hacer castillos, viviendo en aquellas playas de mareas tan cambiantes como son los acantilados patagónicos el agua todas las tardes derribaría sus obras. Además el eterno viento que soplaba terminaría por acabar con cualquier torre que fabricase. Por último, en aquellos parajes desiertos ¿quién podría admirar sus creaciones?.
- Es verdad -sentí que reconocía. -Para que voy a trabajar si da igual, no tiene sentido.
- Eso mismo - concluí, alejándome con la conciencia tranquila.

EL MOMENTO

1943, un civil encerrado en el campo de concentración espera su turno para ser fusilado, no hay otra salida, solo esperar a su pronto fin.

1347, la peste negra está flagelando a la población europea, una monja en el convento, observando la muerte a su alrededor sabe que caerá en sus manos, no hay otra salida, esperar su pronto fin.

378, un soldado romano ve caer el flanco derecho y el círculo de los godos se cierra en Adrianópolis, sabe que deberá pelear hasta la muerte sin opción, no hay otra salida, solo esperar a su pronto fin.

Cada uno sabe que vendrá el momento, cada uno sabe que es el momento.

PREVENIR ACCIDENTES

Venía caminando el hombre y pasó por la vereda justo en el momento en que el poste de iluminación se desprendió y caía de costado sobre la pareja de ancianos sentados en el banco de plaza. El caminante se detuvo en el sitio exacto y, como una rutina más de su vida, estiró sus brazos para atajar entre sus brazos al poste y luego llevarlo como a una novia, hasta un lugar seguro.

Ese era su trabajo, precedir los accidentes y estar en el momento justo para prevenirlos. Y al principio era considerado un héroe, pero las personas pronto se acostumbran a lo nuevo y al cabo de unos meses su tarea ya era una rutina, algo que, como empleado público debía de cumplir. Los ancianos ni siquiera se giraron para agradecerle, ¿acaso a un cartero se le agradece por repartir las cartas?. El hombre sin saludar se fue al siguiente punto pensando que con suerte y si no había tráfico llegaría veinte minutos antes, y tendría tiempo de pasar por un bar a tomar una café.

LA NOCHE DESDE ARRIBA

Decían que en el mundo existe más de una noche, la de abajo, que es la que se mira cuando se está debajo de un techo, y la de arriba, que es la que se ve cuando uno se sube a un techo para mirar. La de abajo requiere al menos una ventana, pero además es más débil, como si la noche estuviese desajustada con respecto a las cosas del ambiente. En cambio la otra parece casi perfecta, a veces las estrellas no se terminan de posicionar, pero tampoco es algo que se note. Por eso es que cuando uno tiene que mirar la noche es siempre conveniente hacerlo desde arriba.

CUENTO DE ESPERANZA

Este es un cuento para las almas perdidas, que creyeron ver una luz y se encontraron con más oscuridad. Si cuando miran las rosas ven espinas en lugar de pétalos es que necesitan nuevos sueños y nuevas sonrisas, de esas que llegan a formar buenas curvas. Esta es una historia que no tiene un final feliz, que no tiene final, que termina donde nace el amanecer y se diluye entre los rayos del sol que aleja a las nubes. El que busca montañas para trepar más arriba sabe que todo hombre debe morir, pero es mejor hacerlo bien alto, bien cerca del cielo, y por eso tiene sentido subir. Porque desde las cumbres se ve más, y se ve mejor el mundo. Este es un cuento para las almas desencontradas, teñidas de olvido. Para que sus labios encuentren palabras de esas que se saben decir, y de sus semillas crezcan árboles de esperanzas.

EL AMANECER

Todas las mañanas se sentaba a mirar el amanecer desde la cumbre más alta. El sol aparecía entre las mismas montañas, siempre por el mismo sitio. Pero un día apareció por el lado opuesto. Pensó primero que el sol había cambiado sus movimientos, pero no era así, entonces descubrió que la cumbre completa en la que se paraba era la que había girado media vuelta. Resultaba muy complicado volver a colocarla en su posición anterior por lo que se conformó con mover la piedra, que no era muy grande, y colocarla en la posición del amanecer. Entonces, al menos en apariencia, nada habría cambiado.

LA NADA QUE RODEA

Miré adelante y no encontré rastros del mundo que debía rodearme, continué hacia arriba, y no había nada... absolutamente nada. Miré a mis lados, primero a la izquierda y luego a la derecha... tampoco nada, como si el mundo se lo hubiese tragado un abismo. Miré hacia abajo, de reojo, como para apenas fijarme... y nada. Sentí miedo, una sensación de vació, de soledad, de pánico a quedarme solo en el universo, y por eso no me atreví a mirar hacia atrás, como para no terminar de convencerme, como para almacenar una esperanza que era lo único que aún me quedaría, y que de mirar atrás y no ver nada también habría perdido.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (VIII PARTE)

Me entregó el dinero y me alejé sonriendo y relajado del parque. Entonces, cuando me había quitado el problema de encima, busqué en mi memoria el rostro del comprado, que por fin encontré en el sujeto que me había vendido el cuadro.
Me volví atrás, pero solo encontré un banco vació.
El siguiente sábado volví al mercado y allí estaba, el hombre y el cuadro... a la venta por el triple de lo que había recibido.
-¿Me recuerda? –le dije.
-Si –dijo en calma y terminando de atender a un cliente que se marchaba con un antiguo sello postal, -usted es uno de los tantos que teme a los fantasmas.
-¿Quién no les teme? –me atreví a responder.
-Fíjese que a mí me caen de maravilla, debe ser porque me ayudan en mi negocio.
No supe que decir, al fin y al cabo, tenía razón.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (VII PARTE)

-¿Quién esta ahí –pregunté al vacío con un hilo de voz insegura. Pero no hubo respuestas. Y ya no volví a oír ruidos, ni tampoco a dormir.
Al amanecer por fin me atreví a salir de la habitación, atravesé deprisa el pasillo y me encontré con el cuadro de frente sobre la mesa. Estaba seguro que yo no lo había dejado allí.
Sin desayunar, me vestí con la ropa que encontré a mano, envolví el cuadro en una manta y salí a la calle sin saber en realidad adonde me dirigía. Me sentía observado y perseguido. Por fin me detuve en el banco de una plaza. Un grupo de niños jugaba despreocupados y algunos ancianos daban de comer a las palomas. En ese momento, frente a mí se sentó un hombre de traje gris.
-¿Es suya esa pintura? –me sorprendió con la pregunta. Note entonces que la manta no cubría por completo la pintura y además que se podía ver a través de la tela.
-Si, lo es –respondí.
-Me recuerda a mi abuelo –comentó.
-¿Le interesa? –se me ocurrió preguntar.
-No sé, en realidad...
Pero le impedí terminar la frase diciendo: -diga cuanto me daría por él.
El hombre lo dudó y por fin dijo: -solo llevo diez...
En ese momento vi mejor a aquella persona, y me resultó conocido, pero mi estado de ánimo y mi situación me impidió indagar sobre éste. Debía ser un comercial, su velocidad para hacer el negocio lo delataba. El marco por sí solo valía más de diez, pero para mí resultaba más que suficiente.
-Es suyo –dije.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (VI PARTE)

-¡No es posible! –exclamé en la soledad del salón. Pero quizás lo era, tal vez aquel visitante resultaba un fantasma ofendido por la forma con la que traté su obra. En tal caso lo correcto hubiese sido aclararle: -el problema es que me asustan los fantasmas.
¿Qué habría hecho entonces?. Aquella noche dormí con la puerta cerrada, y me costó mucho conciliar el sueño.
No sé que hora era, pero estaba todo oscuro, cuando creí sentir pasos en el pasillo. Me desperté de inmediato, esperando que fuera una vez más el vecino de arriba, que solía salir de copas y volver ebrio, haciendo ruido e interpretando penosamente alguna canción pasadas las tres de la madrugada. Pasé un largo rato escuchando el silencio. Hasta la ciudad parecía haberse callado, pendiente de lo que ocurría en mi pasillo.
De pronto un golpe seco sacudió la puerta de la habitación. Me estremecí en el pánico y sentí como mis piernas se juntaban a mi pecho, como un gato que se encoje al verse acorralado.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (V PARTE)

Aquel hallazgo fue suficiente para tomar la decisión de tirar la pintura. Sin perder tiempo la quité de la pared del pasillo y la bajé a la calle, abandonándola frente a un contenedor de basura.
Cuando volví del trabajo mire aliviado el pasillo, la pintura ya no estaba y nunca volvería, o eso era lo que creía...
Sonó el timbre. No esperaba visitas por lo que pensé que se trataría de algún vendedor o el cartero.
-Diga- pregunté sin abrir.
- Mi nombre es Alphonse de Vinour- se presentó en un español afrancesado. –Quisiera hablar con usted unos minutos si fuera posible.
Su exagerada amabilidad me convenció, aún pensando que pretendería venderme una enciclopedia de varios tomos o hacerme partícipe en algún club de vinos, pero al abrir la puerta me encontré con que a su lado descansaba una pintura conocida.
-Le agradezco- dijo antes de pasar al salón con el cuadro.
-Eso es mi pintura- me salió decir.
-Exactamente- afirmó el hombre mientras se sentaba en el sillón como si fuera un huésped que estaba esperando. -Póngase cómodo –pensé mientras lo hacía.
–Usted la ha dejado fuera –emitió el hombre entonces, como si hubiese cometido un horrible crimen.
-Si, es que... -dije buscando una excusa que, quién sabe porqué, intentaba crear para justificarme frente a un desconocido, –no quedaba bien, es demasiado... antigua para el salón.
La mirada de aquella persona era extraña, algo siniestra, rodeada por unas ennegrecidas ojeras que contrastaban con un rostro pálido, decrépito. Usaba un sombrero negro, como su traje, que le daba el horrible aspecto de un empleado funerario.
-Nunca... y digo nunca, debe tirar una obra de arte –respondió tajante, seguro de que lo que decía era tan importante como una ley universal.
Tarde en reaccionar, pero por fin pregunté: -¿cree que esa pintura pueda valer algo?.
-Nunca se sabe, quizás hoy no, pero nunca se sabe...
-Mire, déjemela y la guardaré –concluí cansado, sabiendo que la discusión no tenía sentido, aunque menos sentido tenía decirle que la había tirado porque cuando pasaba por el pasillo el Conde me seguía con la mirada.
El hombre se fue satisfecho, saludando antes de desaparecer por la oscuridad de la escalera.
Cerré la puerta y me quede apoyado de espaldas a ella, como buscando en mi mente algo que se me había pasado por alto. Ese nombre... Alphonse de Vinour... sabía que lo había oído alguna vez.
O leído...
Volví a la habitación como una ráfaga de viento para leer nuevamente los datos que tenía sobre el óleo. ¡Allí estaba!.
Autor de la obra: Alphonse de Vineour, pintor francés (1859-1908).
Busqué la pintura para leer lo que creía había visto: en un rincón de la tela, en la parte inferior derecha firmaba claramente: Vineour.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (IV PARTE)

A la mañana siguiente, al atravesar el pasillo me pareció que la pintura no era la misma, apenas se podía percibir un cambio, si es que en realidad éste existía. Sucedía que la expresión del severo rostro del retratado aquel día parecía diferente, como apesadumbrada, triste. Se me ocurrió investigar, a partir del nombre del cuadro: “El Conde de Bilesta”, si realmente la persona dibujada existía. Mi investigación tuvo éxito, aquel conde había vivido en Francia a fines del siglo XIX, pero la sorpresa me invadió cuando noté que ese día se cumplían exactamente cien años de su muerte. ¿Podía ésta ser la razón de su cambio de expresión?.
Pero de inmediato razoné mi ingenua pregunta: ¿cómo una pintura va a modificar por sí sola su expresión?. Leí un poco más sobre su vida: aparentemente habría formado parte de una logia secreta (era muy común pertenecer a una de éstas en la Francia del XIX) que realizaba extraños rituales en los bosques que lindaban su mansión. La logia era conocida con el nombre de “Découvreurs” pero no logré encontrar información sobre ésta. Leí que la muerte del conde nunca había podido esclarecerse, pero que se creía que habría sucedido en medio de unos de aquellos extraños rituales, de forma misteriosa.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (III PARTE)

Al día siguiente amanecí mal, con dolor de cabeza. Fui a la cocina sin prestar atención a la pintura. Preparé un café y lo bebí a sorbos lentos, pensando en que sería un domingo aburrido como otros que habían pasado. Entonces creí ver como algo en el pasillo se movía. Pensé en un reflejo de la ventana, pero recordé que había cerrado la puerta de la habitación. Me acerqué al espacio vacío y sin salida del pasillo con cautela. No había nada...
Terminé el café y fui al baño a lavarme los dientes, en ese momento creí estar seguro de que una mirada me seguía, y supe que era del óleo. Giré bruscamente esperando ver los ojos reacomodándose, pero en cambio me encontré un dibujo inmóvil que no cabía posibilidad que se moviese. Me aproximé y lo observé a los ojos. Era un objeto inerte, algo pintado, sin posibilidad de cobrar vida y moverse más que el efecto que podía otorgarle el artista. El rostro serio e inexpresivo del protagonista permanecía inmortalizado en el plano. Me aproximé un poco más cuando el sonido del teléfono me sobresaltó. Dejé atrás la pintura y su misterio para atender y quedar con unos amigos a tomar una cerveza en un bar cercano. El resto del día lo pasamos vagando por la ciudad. Volví tarde y me recosté sin prestar atención a miradas imposibles.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (II PARTE)

Al salir me pregunté una vez más porqué había comprado aquello y solo me reconfortó mirar a mi lado a una dama de sombrero azul, con un loro, preguntándose lo mismo de su nueva adquisición. El color gris del cielo nublado parecía haberse resbalado sobre la ciudad mientras la tarde ensombrecía las calles por las cuales busque el camino a mi casa. El cuadro descansó recién en la sala de estar y, sin tiempo ni ganas para asignarle un lugar mejor, allí quedó olvidándose sobre el respaldo de un viejo sillón de dos plazas y apoyado sobre una pared cremosa. Antes de acostarme recordé el óleo y me dedique a buscarle su lugar. Lo encontré en un corto pasillo que unía mi habitación con la sala. Allí había un clavo sin dueño, como esperando un cuadro que por fin llegaba. Me detuve a contemplarlo un instante sin convencerme pero terminé por resistirme a la seria expresión del general y me fui a dormir.
Esa noche recuerdo que me dio sed. Me levanté y recorrí el pasillo hasta la cocina en busca de un vaso de agua. Hasta ese entonces no creía en las sensaciones sin fundamento, como la de estar siendo observado, pero entonces comprendí que aquella existía, pues sentí que alguien me miraba pasar... No había razones ni certezas, solo era lo que algún sector de mi mente me intuía a pensar. Miré hacia atrás para chocar contra la espesa oscuridad de una puerta cerrada que daba al baño y otra abierta a mi habitación, volví hacia delante para ver la sala proyectarse entre sombras descoloridas.
Nada...
Nadie...
Como era de esperarse.

EL CUADRO QUE MIRABA POR LOS OJOS (I PARTE)

En los mercados antiguos que se arman los sábados a veces se encuentran cosas interesantes, viejas y misteriosas. Eso pensaba mientras recorría los precarios puestos callejeros donde se ofrecía una gran variedad de objetos. Me interesó un óleo que parecía pintado con la intención de demostrar cuán lúgubre puede ser un negro bien profundo. Era el retrato de un general mayor, con su uniforme repleto de medallas y su sombrero que quitaba protagonismo a dos anchas cejas grises y a unos ojos negros serios y penetrantes. Me lo imaginaba centrado al fondo de un salón victoriano, de esas grandes mansiones habitadas por esa gente con mucho pasado y poco futuro.
-¿Le interesa? –dijo un hombre de traje gris del otro lado de un improvisado muestrario.
-Puede ser...
- Se lo dejo a usted por cien, un regalo...
No supe realmente para que pudiese servirme, pero ese bichito que habita en aquellos mercados y nos tienta para que compremos toda clase de objeto inútil, me pico de pronto en la nuca, obligándome a pelear un precio que fue estableciéndose hasta detenerse en ochenta. Los billetes transitaron y tenía mi óleo.

LOS COMENTARIOS

Un día comencé a recibir comentarios de mis cuentos en mi web. Al principio no me extrañaba, era alguien más que opinaba sobre los cuentos y punto. Se mantenía anónimo, sin dar datos de su persona, pero no me interesaba saber quién era, sino que me centraba sus críticas, que además eran buenas.
Pero un día el comentario me llamó la atención, porque la opinión decía que hubiese quedado mejor el otro final, donde el protagonista huía. El problema era que ese “otro” final, que había descartado, solo lo almacenaba en mi mente, es decir, que nunca lo había escrito ni se lo había dicho a nadie. Entonces: ¿cómo podía aquel desconocido saber ese otro final?.
Le envié un mail a una dirección que siempre ponía, pero no obtuve respuesta, sin embargo continuaba opinando, es decir que seguía estando allí. Opté por responder con comentarios a sus comentarios, pero tampoco hacía caso, era como si luego de dar la opinión no volviese a leer en busca de respuestas.
Ya me estaba cansando.
Me fijé que siempre hacía el comentario a la misma hora, a las 23:27. Esperé a que fuera la hora y actualicé, acababa de entrar la nueva opinión, entonces respondí de inmediato. Pero nada, sin respuesta a mi respuesta...
Por fin quité los comentarios, ¡haber que hacía ahora!. A la misma hora me llegó un mail con la opinión. Me enfadé y di de baja mi dirección de mail y por si fuera poco desconecté el ordenador, para estar seguro que no podría volver a opinar.
Esa noche encontré una carta bajo mi puerta con la opinión...
Al mes siguiente me mude. Pero seguían llegando las cartas a la nueva dirección.
Decidí entonces no volver a escribir cuentos.
Recibí una última carta que opinaba sobre un cuento que nunca había llegado a escribir, pero que tenía en mi mente. Me di cuenta porque hacía referencia al título que tenía pensado, pero esta vez el comentario se remitía a: “no tengo nada que decir, esta vez esta perfecto”.