Blogia

Kosh

LA GRIETA EN EL CIELO

Era una tarde de otoño y todo parecía ir bien en el mundo, pero de pronto se oyó desde el cielo un fuerte ruido, como un trueno pero más agudo, como si algo se estuviese quebrando. La gente miró hacia arriba y pudo ver algo increíble, el cielo se estaba agrietando. Una enorme fisura comenzó a trazarse sobre el celeste despejado, era como una fosa negra con la forma de una línea despareja. La gente se desesperó, comenzaron a predecir que era el fin del mundo, que por aquella grieta surgirían de un momento a otro las águilas negras de la muerte, que recorrerán el mundo acabando con todo. Pasó el primer día y el Apocalipsis no llegaba, nada salía de la fisura, el cielo y el mundo continuaban su marcha. Y luego pasaron más días y la expectativa comenzó a decaer, hasta que, pasadas algunas semanas, el mundo comenzó a volver a la normalidad, las personas poco a poco fueron prosiguiendo sus vidas y la fisura pasó a ser parte del cielo.

LA OSCURIDAD

Estaba tan oscuro que no podía ver nada más que un negro opaco que lo abrazaba todo a su alrededor. Temía avanzar, pensando que podía acabarse el piso y caer al vacío, por el mismo motivo temía moverse hacia los lados, o hacia atrás. Así pues, inmerso en la oscuridad absoluta y sin otra posibilidad segura que la de estar inmóvil, se mantuvo durante años. Por fin una tarde, estando cansado de esa vida de oscuridad, decidió arriesgar y dar un paso adelante. Cerró los ojos, levantó un pie y avanzó. Descubrió que había piso y no solo eso, además sus brazos, al estirarlos al frente, tocaron algo que parecia una puerta. No tardó en encontrar el picaporte y al girarlo la puerta se abrió. Entró una ráfaga de claridad que le lavó los ojos, llenando todo de luz. Entonces salió por la puerta para verse en medio de una acera. Al mirar atrás descubrió que su cárcel oscura era una especie de cabina. La gente pasaba despreocupada a su alrededor, entonces se sumó a ellos, alejándose de la cabina como uno más, caminando entre la multitud.

EN BUSCA DE UN MOTIVO

Estaba demasiado cansada para llegar al teléfono, y aunque lo hubiese alcanzado no creía que pudiese servirle de algo, ¿a quién llamar?, ¿a quién pedirle ayuda?. Tocó madera y luego trato de incorporarse, sin rezarle a nadie y sin creer en ángeles guardianes.
Era una mujer de pocas palabras, que no sabía cocinar cualquier cosa menos los platos que alimentan, y podía contar de cero a diez pero no sabía el camino inverso. Nunca lograba tener los pies en la tierra y cuando lo hacía los utilizaba para tomar impulso y volver a saltar.
Esa tarde pensaba salir, tenía ya la llave en su bolso, pero no lograba enfrentarse a la calle, prefirió entonces alcanzar el teléfono y marcar un largo número al azar. Esperaba oír la voz de la inexistencia del lado contrario, pero en cambio una voz sinuosa le respondió. De inmediato supo que no era un ser animado, es más, supo que era el mismo demonio el que le respondía, buscando traicionarla aprovechando su debilidad, pero ¿qué más podía hacer?.
El trato fue simple, tenía las venas cruzadas y quería pensar en ver un nuevo amanecer, entonces el antagonista le pidió a cambio que entregase a la nada un pedazo de su cuerpo, una de sus costillas por ejemplo. Acepto pues no la utilizaba, y entonces ésta desapareció, dejando un agujero vacío en su lugar. Disfrutó de lo dado, pero no estuvo satisfecha, por lo que volvió a llamar, esta vez el negocio se centro en su ombligo, y en su lugar le dio veintidós sonrisas. Ahora se veía a través de ella, pero si se vestía bien nadie lo notaba. Más complicado sería el siguiente trato, en el cuál le pidió sus lágrimas y también sus cejas, nada que un par de lentes oscuras no pudieran reparar, pero ¿qué clase de criatura podía querer algo así?. No más preguntas, sino vivir los feelings que ninguna lluvia le podría arrebatar por seis meses. Y pasado el tiempo de gracia volvió a pedir más y a dar más a cambio, y así continuó hasta que un día descubrió que solo le quedaba el corazón. Y ese día apareció por fin un motivo que lo podía hacer latir, pero para ello necesitaba volver a recuperar su cuerpo.
El teléfono sonó tres veces antes de que el despiadado negociador le respondiese: - tu cuerpo vale un precio justo, el motivo que puede hacer latir tu corazón.
Y no tuvo alternativa, recuperó su cuerpo completo, a cambio de aquel motivo.
Volvió al principio, sin motivos y con un su ser completo que debía arrastrar, pero no era igual, porque además había perdido aquel motivo, que nunca más volvería a recuperar.

47-3-19

Era una combinación excelente, repleta de armonía, de paz, que podía hallar un sinfín de opciones en su aplicación. Pero había una que era la que cambiaría el rumbo de la humanidad, esos números resultaban ser la combinación exacta que abrían la puerta a lo desconocido, que definían el pasaje a un espacio nuevo, diferente, en el cuarto eje, aquel que se puede percibir pero no se puede ver ni tocar ni sentir. La secuencia estaba oculta en las mentes de todos los seres humanos, en un rincón cercana a la corteza cerebral, como esperando algún día poder dar el gran salto y escapar del cuerpo, tener vida propia, lejos de la básica aritmética del miserable razonamiento humano. La clave flotaba en un campo abstracto superior, más allá de combinaciones entorpecidas por fórmulas, teoremas. Carecía de esencia lógica, pero al mismo tiempo rebalsaba de poder sobrenatural, mucho más cerca de la divinidad que de la realidad.
Pero el hombre, una vez más y haciendo uso de su instinto, la dejó escapar.

EL INMORTAL

El arqueólogo alemán Von Frausthen fue el que encontró el ataúd. Lo reconoció como un sarcófago de la dinastía Idriss, probablemente de algún noble del sequito del sultán. El resto del grupo se encontraba en las grutas de excavación de la zona cuatro, esperando hallar verdaderos tesoros conservados en el tiempo.
El profesor, utilizando su paciencia y su cepillo, limpió con cuidado toda la abertura, para que luego al abrir la tapa ésta no se partiera. Por fin se dispuso, con una barra con punta afilada, a abrir el ataúd. La sorpresa fue encontrar un cuerpo en tan perfecto estado de conservación, fue increíble, parecía recién sepultado.
Todo iba hasta que el cuerpo, de pronto, abrió los ojos. De inmediato el profesor retrocedió aterrorizado, entonces el muerto se levantó y comenzó a quitarse el polvo mientras maldecía. El profesor, que sabía perfecto árabe antiguo escuchaba: "¿a quién se le ocurre enterrarme, me puede usted decir?, no comprendo para que uno es inmortal si un idiota lo entierra cuando uno se duerme".
El profesor se quedo helado, paralizado de temor y sorpresa. "Si, usted dirá lo que quiera, pero ¿sabe lo aburrido que resulta estar mil años encerrado en una caja?, diga que al menos dormí bien, eso sí, estoy descansado, imagínese..." dijo riendo.
Von Frausthen abrió apenas la boca, como para decir algo, pero sus palabras se ahogaron en la nada. "bueno, discúlpeme que no me quede a charlar, no es que usted me caiga mal, al contrario, por fin logró liberarme, es que no quiero salir a ver el mundo, como andan las cosas. ¿En que año estamos?, es que ya perdí la cuenta".
Pero el profesor no lograba..., no le salía respuesta. "no se preocupe, que ya lo averiguo. Linda vestimenta, veo que las cosas han cambiado mucho, en fin, lo dejo, continué con su trabajo y cuente lo que quiera, que capaz que alguien le cree que existimos los inmortales, mejor no diga nada y ahórrese las risas..."
Diciendo esto el hombre se puso de pie y salió caminando como uno más, el profesor lo le siguió para verlo perderse hacia el pueblo donde se mezcló entre la multitud como uno más.
Pues Von Frausthen no supo que decir, y por las dudas no dijo nada, eso si, cambio su especialidad por la del estudio de las rocas, que ahí seguro que ninguna le daría sorpresas.

LOS MENSAJES DEL ARCO IRIS

El hombre miraba el cielo todos los días, y cuando llovía decía que sabía leer en los colores del arco iris. La gente acudía a él durante las tormentas, cuando salía el sol, en busca de consejos que sabía dar en aquel momento, cuando salía el arco iris. Y comenzaba todos sus mensajes de la misma manera: “una vez pasada la tormenta, cuando comienza a salir el sol yo les digo...”.
Y así pasaron los años y el hombre se hizo anciano, y un día le llegó ese día. Todos en el pueblo estaban pendientes de él, y en su lecho el anciano llamó a un joven al que nombraría su sucesor. Aquella tarde le confesó que no tenía ni idea de cómo leer el arco iris, solo que este le inspiraba y le permitía brindar mensajes alegres y de esperanza a la gente que lo necesita. Le dijo al joven que él debía continuar su tarea, la de mantener a la gente del pueblo feliz. Esa noche el viejo murió, y a la siguiente vez que hubo arco iris la gente acudió al joven que debía sucederle a pedirle consejo, pero este les dijo:
“si lo que necesitan es oír mentiras alegres, escúchenme, si lo que quieren es salir adelante y superar sus problemas, escuchen dentro de sí mismos, a quien realmente se los debe solucionar”.

ALFAOMEGA

Lo llamaban de esa forma por la creencia de su eternidad, aunque luego el nombre le fue modificado por el de “Alfaomega”, que siendo la primero y la última de las letras del alfabeto, representan que era el principio y el fin.
Vivió en las siete ciudades y conocía cada una como su propio hogar, Primero fue a Efeso, aún estando viejo, porque tenía las maravillas del mundo antiguo y el templo maldito de Diana, lugar donde se encontraba el laberinto infinito de las almas, donde se perdían para siempre. Pero él logro entrar y salir del laberinto, mostrándoles el camino a todas la salmas allí perdidas.
Viajo luego a Esmirna, que seducía a los hombres por su fragancia de la molienda de la planta. Vivió las diez persecuciones en las que fue herido y quemado, pero la fragancia dulce de sus calles lo mantuvo sano y vivo.
Entonces se mudó a Pérgamo o casado, donde encontró el trono de Satanás, dejó que los de babilonia descubriesen su maldad y nació un hombre que se llamó Pecado, viviendo algunos años a la sombra de un templo abandonado, para padecer una tarde sin enfermedad ni razón conocida.
Pero para ese entonces él ya estaba en Tiarita, donde conoció a Lidia, la falsa profetisa, y donde visitó la casa del mejor de los Pablos. La gente vestía de púrpura y le pedían las lluvias a Baal, pero éste no los oía, pues no tenía ni oídos, ni cuerpo, ni existencia mas que una roca con su figura inerte.
Pero cuando los purpurados los supieron ya él no estaba, sino que entraba en Sardis, que significaba remanente, y que era la ciudad de los muertos, contaminada de espíritus fantasmales.
Por las calles desiertas sus pasos eran los únicos que hacían ruido, los templos estaban desiertos, muertos y repletos de telas de araña, como todos allí.
Sin hallar modo de ver vida, se dirigió a Filadelfia, o “amor fraternal” para la mayoría. En aquel pueblo todas las casas y templos tenían siempre las puertas abiertas, ni siquiera las puertas de las cárceles se cerraban, y al principio era porque no había razones para cerrar una puerta, pero luego descubrieron que no tenía sentido cerrar ninguna puerta sabiendo que Dios la podría abrir las veces que lo quisiera.
Pues conforme pero aún con ganas de avanzar, marcho a la iglesia tibia, llamada así por sus aguas termales, cerca de Colosia y de Hierápolis, de nombre Laodicea. Su nombre indicaba que los derechos estaban en la gente.
Por fin se cansó de recorrer el mundo y volvio a su trono, rodeado por los veinticuatro ancianos que eran grandes reyes, pero aún le faltaría mucho para gobernar la tierra, aún debía abrir los siete sellos y combatir muchos dragones y bestias, pero eso ya es otra historia.

LA PIEL DE TIGRE

Llegó una tarde el hombre que vestía con piel de tigre al poblado, y comenzó a rugir con furia. La gente corrió a esconderse en sus casas y el hombre-tigre se hizo dueño de las calles, caminando soberbio por su dominio absoluto. Y así pasaron los días y la gente no se atrevía a salir de sus hogares. Pero un día el sol se puso amarillo y subió mucho la temperatura, entonces el hombre de la piel de tigre comenzó a sentir calor. Como su poder era tan grande, decidió quitarse durante un momento la piel, y así poder soportar mejor la temperatura. Pero la gente que miraba por la ventana vio entonces a un hombre simple y sin poder, y no encontraron razones por las cuáles éste los estaba atemorizando por lo que salieron de sus viviendas y lo atacaron todos juntos, golpeándolo hasta matarlo.
En ese instante, un hombre común que pasaba por allí vio la piel y, pareciéndole bonita, se envolvió con ella. Al verlo la gente, sintió nuevamente temor y huyeron a sus casas a esconderse del nuevo hombre con piel de tigre.

EL DECORADO - 2º PARTE: ODIANDO AL AUTOR

Había pasado ya la medianoche cuando, vestido de negro y con una linterna, cruzó la calle hasta cubrirse debajo del portal del edificio de decorado. Volvió a echar un vistazo para ambos extremos de la calle, comprobando que no había alma viva sobre su asfalto, y luego giró el picaporte, esperando que la puerta cediera. Y así fue: con un leve chillido a falta de aceite, que intentó reducir al mínimo, la puerta se inclinó hacia adentro, y lo hizo el espacio exacto para que su cuerpo de perfil pudiese entrar, luego cerró la puerta con el mismo cuidado y recién entonces se dio la vuelta para descubrir que se ocultaba detrás de esas paredes de decorado.
Fue impresionante, sus ojos no podían creer lo que veían, su cuerpo quedó inmóvil, paralizado por la sorpresa, y es que aunque había barajado e imaginado muchas posibilidades sobre lo que encontraría dentro de aquel edificio, jamás imagino que vería algo como lo que estaba viendo. Dejó pasar unos segundos antes de terminar de digerir la realidad, pensó todas las posibilidades de que aquello no fuera lo que era, pero ninguna tenía sentido, entonces llegó a la conclusión de que no era ni un sueño ni una extraña visión, estaba viviendo la realidad. Era lo más asombroso que había contemplado en toda su existencia, y de pronto todo se aclaró en su mente, todo el misterio se justificó, aquel secreto tenía una razón para existir, una razón que él había desvelado.
Pero por otra parte descubrió que era tarde para huir, que no podría retroceder ni dejar atrás aquel lugar, supo que nunca nadie conocería el secreto, o que al menos él no podría revelarlo, su destino estaba echado, y no había vuelta atrás.
Cerró los ojos, sin arrepentirse de nada, sin temor ni pena, y se dejó llevar por el inevitable desenlace. Y así fue como desapareció, y como nunca nadie jamás supo ni sabrá que esconde aquel edificio.

EL DECORADO - 1º PARTE: LA INTRIGA

Un día descubrió que el edificio de enfrente a su casa era un decorado. Y la gente que había visto alguna vez, descubrió que no eran verdaderos humanos, quizá se trataba de muñecos electrónicos, como en esos parques de atracciones. Hacían siempre los mismos movimientos, en el mismo orden y a las mismas horas; uno miraba por la ventana cada tanto, era un anciano de pelo blanco, otra que tenía aspecto de señora de casa, salía con una toalla enroscada en el pelo a colgar y luego a descolgar el mismo trapo, otro abría y luego cerraba las cortinas. Eran siempre la mismas secuencias. También notó que las paredes no eran de verdadero ladrillo, sino que simulaban serlo, pero en realidad era un gran muro de cartón pintado, y seguramente hueco.
Comenzó a preguntarse que habría realmente detrás de aquel decorado, que se escondía, ya que lo primero que supuso es que tanto misterio debía ocultar algo grande. Durante las noches algunas de las luces de las habitaciones se encendían y otras se apagaban, siempre siguiendo la misma rutina, y sabía que en realidad aquellas luces no estaban iluminando una habitación sino que se encendían solo para simular.
El edificio tenía seis plantas y una terraza, en todo el barrio no había otros edificios de esa altura, la mayoría llegaban hasta las cinco plantas. Sin embargo en su edificio había una antena que trepaba desde la azotea al menos un piso más. Esa noche decidió trepar a esa antena, para tratar de ver si realmente, detrás de la pared falsa, había algo. Esperó paciente hasta que oscureció, la luna iluminó su rostro cuando salió a la azotea, se aseguró que ningún vecino lo estuviera viendo y luego trepó. Desde arriba podía divisar con la claridad blanca de la luna el edificio de enfrente pero, para su decepción, no estaba hueco, sin embargo notó que aquel techo que apenas veía con claridad, no era una azotea como las otras, era prácticamente una plataforma, sin chimeneas ni escapes de aires, ni siquiera tenía el espacio para el ascensor. Era una superficie llana, que posiblemente cubría algo. Pensó que era lógico, ya que sino cualquier helicóptero o un avión que sobrevolase la ciudad vería lo que ocultaban allí. Ya no tenía otras alternativas, si quería desvelar el secreto debía intentar entrar en el edificio.

LA ULTIMA CAIDA

Se moría entre las drogas que se supone lo curarían, y sin demasiado dinero en la billetera, entre unos árboles de un parque de otoño, mientras los pájaros lo veían retorcerse de dolor. Se quedaron alrededor de su cuerpo hasta su final, viendo como aún su camisa parecía limpia, incluso a pesar de que se revolcase entre las hojas secas. El ambiente comenzó a ponerse húmedo como sus ojos de lágrimas, tratando de recordar como había llegado hasta allí, en qué se había equivocado, por culpa de quienes o con la ayuda de quienes moriría aquel día. Pensó que si tuviese otra oportunidad cambiaría las cosas, aunque sabía que ya había tenido muchas oportunidades y siempre había vuelto a caer en las mismas trampas, esas que por fin lo consumían de la mano del destino que no podía ni quería en el fondo evitar.
Trató de escribir algo en un billete de autobús que no llegó a usar, pero las palabras se le escapaban de los dedos como su vida, hasta que por fin se dejó llevar por esas hermosas sensaciones que tantas veces lo habían seducido, para recorrer su último camino, para dejarse caer en su última y suave caída.

LAS LEYES DE LOS PROFUGOS

Estaban reunidos en una bóveda pequeña, sin ventanas, y se oían desde lejos los agudos sonidos de los murciélagos volando. La luna atravesaba el cielo como, para los que viven el día, el sol lo atraviesa, pero como ellos solo viven la noche no lo conocían.
Discutían sobre la manera de comportarse, por lo visto había algunos que estaban arriesgando el anonimato de todos con actitudes temerarias, como pasar cerca de las almas vivas, o incluso a veces quedarse presente aunque lleguen a ser vistos.
La supervivencia de la comunidad dependía de que nunca nadie supiese del fenómeno, nadie debía ni siquiera intuir la posibilidad de que ellos existieran, de lo contrario siempre algún curioso indagaría y podrían ser descubiertos.
Decidieron que los culpables serían castigados. Los apresaron esa misma noche, en la parte de más claridad del cementerio, ellos siempre estaban por esa zona, dejándose ver y arriesgando, los llevaron a la bóveda de castigos y los encerraron allí por cien años y guardaron le entregaron la llave al más joven de ellos, que había sido enterrado el día anterior y recién se estaba adaptando a su nueva forma de ser.
-Estos seres han roto nuestras leyes – le explicaban, - han arriesgado nuestra existencia jugando con las apariciones y ¿sabes que sucedería si nos descubren?, nos enviarían al infierno, donde deberíamos estar, y si estamos aquí es porque nos desviamos del camino en algún momento y no pudieron encontrarnos, pero nos están buscando, para arrastrarnos a nuestro destino final, y debemos ocultarnos para evitarlo, por ello vivimos escondiéndonos en el cementerio, donde están los cuerpos que eran nuestros cuando estábamos vivos, para ocultarnos dentro de ellos durante el día, cuando los vivos andan cerca.

ALGO PENDIENTE

Quedaba algo pendiente, no sabía exactamente qué era, pero en algún rincón escondido de su mente sabía que estaba recibiendo una señal, un mensaje que le informaba que estaba faltando. Recorrió los pasillos de sus recuerdos, buscando en cada habitación y, aunque notaba esa presencia, no lograba encontrar eso que sabía que olvidaba.
Odiaba esa sensación, porque luego, siempre en algún momento, recordaría lo que estaba pendiente, pero claro..., ya sería tarde.

LA CASA DE LOS ESPEJOS (3º parte)

- No puedo creerlo, es mi culpa – confesó la mujer y luego le explicó su deseo.
- Amor, los espejos no cumplen deseos.
- Entonces dame otra explicación – le reclamó.
Se pasaron el resto del día tratando de huir, de buscar alguna salida, pero no lo lograron.
Cayó la noche y estaban agotados, comieron algo y fueron a recostarse. Entonces comenzaron los gritos del espejo del altillo. Eran como si alguien se estuviese quejando.
Por la mañana a la mujer se le ocurrió una idea: - yo se donde podemos encontrar una puerta de salida. – dijo y lo llevó a su esposo al comedor. Se pararon frente al espejo de las puertas y miraron juntos el espejo. A sus espaldas había otra puerta, distinta a todas las que antes habían visto. Giraron y aún estaba allí, era real. La abrieron y pasaron a lo que parecía un garaje.
- Este es el garaje con el que siempre he soñado – dijo admirado el esposo.
- Y en tu hermoso garaje, ¿cómo sales a la calle? – preguntó la mujer.
- Con un interruptor, que estaría – dijo buscando señalar: - allí.
Sobre una pared mal revocada había un botón negro rodeado de metal.
Se apresuraron a presionarlo. Entonces un mecanismo se encendió y una gran puerta comenzó a elevarse, dejando entrar la luz del día. La puerta estaba abierta a la mitad, y ellos se disponían a salir, cuando del otro lado vieron un auto, era un gran Cadillac del 72. No llegaron a ver quién lo conducía, aunque el hombre reconoció el auto, ya que resultaba ser el auto de sus sueños. Apenas la altura fue suficiente, el auto entró acelerando, como si el garaje estuviese vació.
- Cuidado – gritó el hombre y, tomando a la esposa del brazo, la arrastró hacia el fondo mientras el Cadillac casi les pisaba los talones. No tuvieron otra opción que salir por la puerta que habían entrado, y ésta se cerró a sus espaldas. Cuando volvieron la vista atrás ya no había ninguna puerta.
- Pero, ... ¿donde estamos? – dijo entre lágrimas la mujer.
Entonces vio los ojos de su marido, se habían puesto rojos, sabía que era uno de sus ataques de furia, cuando la realidad rebalsaba su paciencia y perdía el control.
- Cálmate – le pidió la mujer al verlo así. Pero él ya no la oía. Entonces corrió hacia la cocina y buscó una caja de herramientas que había visto entre los armarios. La abrió y sacó un martillo. – ¡Ya verán! – dijo para sí mismo apretando el mango de la herramienta con sus manos. Luego corrió al altillo y encaró el espejo con un estado que transitaba desde la rabia a la desesperación. El primer golpe apenas logró astillarlo, creando una telaraña de líneas que partían del sitio donde encajó el golpe. El segundo quebró un trozo, el tercero hizo lo mismo con un rincón. El cuarto fue determinante para que el cristal completo se derrumbara. Sin detenerse bajó las escaleras hasta la habitación donde estaba el segundo espejo y también lo destruyó a martillazos. Lo propio hizo al bajar a la sala. Terminando exhausto y se tiró al sillón, soltando por fin la herramienta, con el brazo diestro manchado en sangre por las astillas que lo habían cortado.
La mujer lo observó sin decir palabra y se sentó algo relajada en el sillón de enfrente. Entonces, entre ellos, vieron los rayos de sol que formaban un cuadro. Siguieron el recorrido en sentido inverso para encontrar la puerta de entrada entreabierta y un mundo esperando afuera. Se pusieron de pie y corrieron, saliendo de la casa.
En ese mismo instante los espejos volvían a unir sus cristales, quedando perfectamente reconstruidos para su próxima víctima.
- La compro – dijo el otro marido, unos meses más tarde, convencido de que esa era la casa de sus sueños para formar una hermosa familia con su reluciente esposa.

LA CASA DE LOS ESPEJOS (2º parte)

Esa noche durmieron tranquilos y sin preocuparse en más que disfrutar la nueva casa. A la mañana siguiente el hombre se fue temprano al trabajo mientras su mujer se tomó un largo rato en el vestidor. Allí encontró al segundo espejo de la casa. Este, en el marco, tenía tallado el nombre de “espejo de los deseos”. El día era estupendo y la casa nueva lucía de maravilla. Se le ocurrió, merced al nombre, pedir inconscientemente un deseo, pidió que viviesen para siempre en aquella hermosa casa. El espejo cambio de color por un momento, nublando su propio reflejo. Luego volvió a devolver las imágenes de su alrededor. La mujer permaneció aquel día limpiando el polvo, ordenando los muebles y acomodando los libros en la biblioteca.
El marido llegó temprano del trabajo, todavía no había oscurecido. Cuando le preguntó la causa simplemente respondió que sintió deseos de volver a la casa. Aquella tarde la pasaron en el salón, donde había un tercer espejo. El hombre se había ido a la biblioteca, donde leía un libro en un confortable sillón, mientras la mujer limpiaba la sala, entonces se acercó al espejo para leer que en el marco decía: “el espejo de las puertas”. Le pareció raro el nombre, y al mirar de reojo al vidrio se vio reflejada en él, pero también vio a su espalda, sobre la pared de la sala, lo que parecía ser una puerta. Sin embargo, según lo que recordaba, nunca antes había estado allí. Se giró para comprobarlo y, efectivamente, vio que había una puerta. Era de madera, normal. Se acercó a ella y la abrió para encontrarse una sala que parecía una oficina. Decidió entrar, la puerta se cerró a sus espaldas. Frente a ella había un escritorio en donde pudo ver una foto de ella y de su marido. Estaban abrazados a orillas de una hermosa playa. Entonces notó que había una puerta pequeña a un lado, que daba a lo que parecía un archivador desde donde oyó voces y risas. Se asomó con cautela, para encontrarse a su marido besándose con una mujer que parecía ser una secretaria. De inmediato se giró, volvió a la puerta por donde había entrado y volvió al salón. Caminó a la biblioteca y se encontró a su marido, que continuaba leyendo el mismo libro, y que ni siquiera se distrajo al verla entrar. - ¿qué ocurre? – preguntó marcando la página antes de entornar el libro.
- ¡Tu! – le gritó. – ¡Te he visto! – dijo entre lagrimas.
- No comprendo – se preocupó.
- Estabas besando a tu secretaria – explotó en palabras.
La expresión de desconcierto invadió al hombre mientras balbuceo una respuesta agrietada: - ¿Cuando?.
- ¡Recién!, en la otra sala – especificó la mujer, incluso comprendiendo que lo que decía era imposible.
- Allí – aclaró, señalando una pared sin mirarla.
- ¿Dónde? – pidió saber el esposo aún desconcertado.
Entonces la mujer se giró, para descubrir que donde un rato antes había visto un puerta, por la que había incluso entrado, ahora solo veía una pared color crema con un cuadro que representaba una escena de la batalla de Waterloo.
Entonces la mujer volvió a reflexionar, perdida en pensamientos incompatibles, -...yo, juro..., había una puerta allí.
- ¿Donde?.
- Allí – señalo la mujer sin í – señalo la mujer sabiéndose imposible. Pero luego volvió a arremeter: - da igual, tu estabas con una secretaria, ¡lo vi!.
- Escucha cariño, no se de donde has sacado esa historia, pero no es verdad. Lo habrás soñado, te habrás dormido.
La mujer sabía que no había ningún sueño, pero decidió pensar que pudo haberlo sido, y así dar por cerrado el tema, pidiendo disculpas y aceptando la posibilidad del sueño.
Esa noche durmieron mal, oyendo voces que creían que formaban parte de sus sueños, aunque no podían asegurarlo. Se despertaron cansados, el hombre se vistió y fue en busca de la puerta de salida. Sin embargo esta ya no estaba.
- Cariño, la puerta, no estaba aquí – remarcó señalando el espacio.
- Supongo que no – razonó la mujer.
- Da igual - dijo, y caminó hacia la puerta de la cocina, pero tampoco la encontró.
- No hay puertas – concluyó alarmado.
- Sal por la ventana – dijo la mujer sin prestar atención más que a la mermelada que trataba de acomodar en la tostada.
El hombre buscó una ventana y trató de abrirla pero sin éxito.
- Está trabada – se quejó, - ¡quieres ayudarme!.
La esposa se puso de pie y fue hacia la ventana para tratar de abrirla.
- ¡Has visto!, ¡no hay manera! – se desesperó.
- Rompe el vidrió – aconsejó la mujer.
- Tomaron entre los dos una silla y la arrojaron hacia el vidrio, sin embargo ésta rebotó, como si fuese un cristal blindado.
- No saldremos jamás de esta casa – maldijo el esposo.
Entonces le vino a la mente su deseo, el que había pedido, de no dejar nunca aquella casa. Estaba claro que el espejo lo había cumplido al pie de la letra.

LA CASA DE LOS ESPEJOS (1º parte)

- La compro – dijo el marido convencido de que esa era la casa de sus sueños para formar una hermosa familia con su reluciente esposa.
- De acuerdo, pero quiero advertirle que la casa tiene tres espejos, y que ellos reflejan imágenes que no siempre son la realidad, o hacen cosas raras – advirtió el vendedor, tratando de restar importancia al hecho.
- No veo que eso sea un problema – replicó el hombre sin realmente comprender a qué se refería, - un espejo no puede ir complicandole las cosas - pensó.
- Pues ya le advertí – dijo como limpiando su conciencia de que había hecho lo correcto, y que nada de lo que pudiera ocurrir sería su culpa.
Un mes más tarde la recién casada pareja se mudaba a aquella amplia casa, montada en dos plantas y un altillo. La planta inferior contaba con un gran salón decorado de forma sencilla y una gran biblioteca, y la planta superior tenía cuatro habitaciones y los baños.
- Hogar, dulce h... – decía la mujer cuando la interrumpió un aullido que se ahogaba en la nada.
- ¿Que fue eso? – preguntó con intriga más que con miedo.
- No te lo quería decir, pero viene a haber un fantasma que vive en el altillo – bromeó el esposo.
- Ja, ja – rió con falsa entonación la mujer, - y apuesto a que ahora me llevarás allí arriba a comprobar que no hay fantasmas, sino un momento romántico...
- Tan poco llevamos y ya me lees los pensamientos – se quejó con gracia.
Subieron al altillo donde encontraron a un lado de la puerta el primero de los grandes espejos de la casa. En el marco, sellado en bronce, una pequeña inscripción indicaba: “espejo de los gritos”. Rieron al leerlo, y luego se abrazaron y cayeron sobre un viejo colchón que alguien había dejado allí y comenzaron a besarse. Fue entonces cuando un espeluznante grito tronó la habitación. Los dos se pusieron de pie asustados, pasó un instante de desconcierto hasta que el marido, con dudas en la voz, explicó que debía ser que al girar sobre en el colchón habrían movido el piso y, con las vibraciones, el espejo habría rozado la pared creando aquel ruido. Ninguno creyó la explicación, pero prefirieron aceptarla, aunque también prefirieron abandonar el altillo para no volver nunca.

EL LEGADO DE LA INSPIRACION

El tercer crepúsculo le dio la inspiración que necesitaba. Estaría sentado en el sillón, con un vaso en la mano, que rebalsaba de recuerdos fríos como los hielos, observando la luz del día agonizar mientras por el fondo las nubes construían y destruían formas. Se habría alejado de los ruidos y de las prisas, esperando encontrar en la quietud de la naturaleza las palabras que se le resbalaban de sus ancianas manos. Los primeros días no habría podido hacerlas salir de sus escondites y la hoja permanecería en blanco sobre el escritorio, inerte en el tiempo que pasaba sin misericordia, consumiendo los restos de vida que habitaban en las ruinas de su cuerpo. Pero todo cambiaría ese tercer día, sin razón más que los caprichos de la inspiración, que viene y va como un lecho de montaña que a veces se seca y a veces sus aguas corren con fuerza y vigor. Escribiría toda la noche, evadiendo el sueño que habría preferido no presentarse a interrumpir.
Y así nacieron sus memorias, los hechos de su vida, en un largo camino que para él llegaba a los últimos tramos, para que, quienes aún nos restan muchas etapas, tengamos una guía para saber elegir la dirección correcta en cada cruce. Nos prestó su experiencia para hacerla nuestra, para tener una visión de los peligros del camino, de los acantilados, las montañas, los mares y los bosques que nos quedan por atravesar para llegar algún día a liberarnos de todo y dejar que nuestro vehículo vuelva a la tierra y el resto aprenda a volar hacia arriba.
Y leyendo se aprende que cuando creemos saberlo todo nos enteramos que no sabemos nada y así se abre el ciclo de las puertas, que nos muestra la siguiente, la que ponemos nuestro esfuerzo en abrir y que cuando lo logramos nos deja en otra habitación donde tenemos otras siete nuevas puertas y cada una con un nuevo desafío.
Esas son las hojas escritas que nos dejó aquel tercer día de inspiración, y beber de sus palabras depende de nosotros, y de nuestra terca pasión por el conocimiento y nuestra sombría percepción de lo que concebimos como realidad.

EL FRASCO

Un día descubrió que estaba encerrado en un frasco. Jamás lo hubiese notado de no ser por el reflejo sobre un cristal, apenas perceptible, que se proyecto en lo que parecía un cielo cuando levantó la linterna. No lograba comprender como había entrado allí, pero suponía que fue por la oscuridad de la noche, cuando había salido a caminar por el campo, seguramente no vio la entrada del frasco y entró en él. Decidió avanzar hasta que se encontró de frente con el cristal, luego dio un rodeo para descubrir las dimensiones del frasco completo. Tenía la forma de un botella gigante recostada, y la única salida ahora estaba tapada con lo que parecía un enorme pedazo de madera, o de corcho quizá. Estaba atrapado en aquel extraño lugar, y sin nada para hacer. Pasó un tiempo golpeando el cristal para tratar de quebrarlo, pero fue inútil, luego trató de perforar el corcho, parecia un tarea sencilla cuando encontró en el centro de la botella una caja con herramientas, clavos, martillos y una perforadora. La clavó en el corcho y perforó una pequeña abertura pero no llegó a traspasar al otro lado. La perforadora no era lo suficientemente larga. Terminó por rendirse y, derrotado, reconocer que nunca saldría de aquel frasco. Junto con la caja de herramientas encontró montón de maderas, palos, sogas y unos grandes rollos de tela apilados. Al ver todo eso y al no tener otra cosa que hacer, comenzó a trabajar. Descubrió que había el material necesario para fabricar un barco, por lo que comenzó a montarlo. Con los rollos de tela preparó dos velas latinas, luego con las maderas armó un casco y la cubierta. Finalmente colocó el palo mayor.
Cuando el barco estaba terminado se alejó un poco para admirarlo, entonces, a lo lejos, notó que el corcho ya no estaba más en su lugar y que tenía el camino libre para escapar. De inmediato corrió hacia allí y logró por fin salir de aquel frasco. Una vez afuera se giró para ver como quedaba el barco que había fabricado dentro de la gran botella, entonces descubrió que se había olvidado de izar la bandera. Era una pena que después de tanto trabajo el barco se quedara sin bandera por lo que entró nuevamente y colocó la bandera en el palo mayor. Ahora sí que lo veía lindo al barco, con su bandera y podía irse. Pero notó entonces que las velas no estaban lo suficientemente tensas, entonces volvió a entrar y ajustó los cabos que las tensaban. Entonces vio que la madera de cubierta necesitaba ser barnizada, o comenzaría a deteriorarse por lo que se puso a hacerlo.
Así fue como terminó por permanecer en aquel frasco por mucho tiempo.

EL MUNDO PARTIDO EN DOS

Dos lugares separaban las fases de un mundo heterogéneo, delimitado por los encargados de mantener la línea en su sitio. No era una muralla ni una zanja, ni siquiera una valla, era una línea pintada de blanco. No había carteles que advirtieran de la separación, sin embargo estaban quienes debían ocuparse de hacerlo saber. La división había sido creada por los hombres, sin embargo no había odio ni razón de rivalidad por ambas partes, era como si hubiese sido una decisión arbitraria con tan poco sentido que no generaba desacuerdos.
Un buen día una parte de la línea se borró y, cuando lo descubrieron ya muchos se habían pasado de un lado a otro, entonces, como no se podía saber quienes estaban del lado incorrecto, se cambiaron a todos de lugar, los de un lado hacia el otro y viceversa. Esto no solucionaba nada pero era una medida que daba la impresión de ser “correctiva”. Las personas obedecieron y rehicieron sus vidas en el lado opuesto, sin preocuparse por los cambios. Pasaron muchos años de calma hasta que otro buen día un señor de uno de los lados quiso pedir permiso para pasar al otro lado. Resultaba que todos los encargados de mantener la línea habían ya muerto y no sabia a quién extenderle la solicitud por escrito que había preparado. Al ver que no existía ente burocrático para oponerse al traspaso, simplemente atravesó la línea, hizo lo que debía del lado opuesto, y volvió a su lado.
Por desgracia nadie más intento cambiarse, por lo que las dos partes nunca se enteraron de que ya no había personas que lo separasen, tan solo una línea inerte.
Pero un día, un terremoto seguido por una tormenta de barro borró por completo la división y entonces comenzó el pánico, la gente no sabía a que lado pertenecía y por ello se fue creando una preocupación. La desesperación general fue creciendo hasta que llegó incluso a algunos suicidios, la gente salía a las calles a saquear descontrolada. Por fin un grupo de personas volvieron a delimitar una línea, sin conocer en realidad cuál era el trazado correcto de la original, pero basto para reestablecer la calma. Y ellos fueron los encargados de mantenerla, al menos hasta que muriesen.

El SEGUNDO LUGAR DONDE ESTUVE

Una vez estuve en otro mundo, creo que por vacaciones o sino por lo que tocase, pero recuerdo que estaba allí por voluntad propia, y recuerdo que los ángeles salían detrás de las cortinas para saludar a los recién llegados, y el Dios que dominaba las cosas hechas era un ser todopoderoso y lleno de misericordia, que hablaba con la gente y discernía antes de usar su diestra para hacer o deshacer. Recuerdo que un joven le rezó para que su equipo ganase aquel sábado, pero luego un joven del equipo contrario también rezo para ganar, entonces dio un empate, y ambos peregrinos, que veían las cosas solo desde sus puntos de vistas, se fueron defraudados y luego lo negaron. Yo que vi todo desde lejos me enfade por dentro con ellos, pero igual a él no le importo, claro, es que era un Dios.
Y vi muchas cosas más, la verdad es que ese era un lindo lugar, digno para pasar unas vacaciones o lo que fuese que dije que hacía allí, no sentía nunca dolor y las penas eran como agua de lluvia que resbalaba por mi piel, y podían mojarme, pero no llegaban a entrar en mi cuerpo y luego, cuando salía el sol, enseguida se secaban.
Saque muchas fotos, pero ninguna salió, y recuerdo que cuando me tuve que ir, y salí por fin de aquel mundo, sentí tristeza en mi alma y luego dije el clásico: "todo termina, así es la vida".