Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2004.
Estaba con mi compañero en la parte más profunda de la mina. Ibamos verificando con el higrómetro la humedad y midiendo el polvo en suspensión y el Grisú cuando notamos un extraño aumento de la temperatura en un punto. Nos detuvimos a analizar, en realidad a ver que problema tenía aquel viejo termómetro, pensando que la causa era el aparato de medición, pero a la temperatura le siguió un fuerte y penetrante olor a azufre. No teníamos como medirlo, en realidad no había cuencas de azufre ni actividad de placas en aquella zona.
- ¿Qué sucede? – preguntó mi compañero.
- No lo sé – confesé confundido. En ese momento vimos asombrados como de un rincón, en la esquina entre el piso y la pared, una piedra se movió, rodando y quedando en el medio del camino, luego otra y otra, como si algo las empújase desde el mismo corazón de la montaña. Temimos un sismo pero nada temblaba, solo se movían esas piedras. Fue formándose un espacio desde dentro, al que con temor y cautela, nos acercamos. Entonces una mano apareció del interior del agujero, nos quedamos helados, conteniendo la respiración, mientras esa mano imposible se habría paso, corriendo las rocas hasta dejar un lugar suficiente para que un cuerpo humano se arrastrase, saliendo a nuestros pies.
Era un hombre, o al menos en el fondo de aquel ser lo habría sido, estaba medio quemado, con un aspecto tétrico y una expresión desecha que se expresaba en los ojos. No lograba incorporarse, entonces se oyó un ruido en el agujero, como si alguien más estuviese por salir.
- ¡No dejen que me atrapen! – suplicó el hombre trastabillando al querer pararse, - ¡por favor, ayúdenme!.
Sin comprender a que se refería ni de donde había salido aquel hombre, lo pusimos de pie entre los dos y lo ayudamos a caminar, apoyándolo en nuestros hombros. Al girar vimos como del agujero surgían dos las cabezas de figuras horribles, compuestas de algo que parecía asfalto grasoso, arrojaban fuego por la boca al respirar. Escapamos de la mina deprisa, temiendo que aquellos monstruos nos persiguiesen, y una vez afuera el hombre, un poco más tranquilo, nos explicó con voz llorosa: - escapé del infierno, ¡estuve allí!,... es horrible,... te torturan,... juro que nunca más en esta vida volveré a hacer algo malo,... seré bueno, lo juro – y, diciendo esto y agradeciendonos una vez más, se alejo.
Eran las cinco y algo de la madrugada, el autobús avanzaba entre los fríos puertos de montaña que mantienen ese rincón de soledad artificial entre las ciudades. A mi alrededor todos dormían, o lo intentaban entre movimientos y reacomodamientos que buscaban encontrar una comodidad complicada sino imposible en el asiento. Afuera el cielo sembrado de estrellas se ocultaba detrás de un cristal húmedo. La oscuridad era la dueña de los valles y de las montañas en el exterior, se veía una naturaleza casi pura, no había luces ni otras cicatrices de humanidad. Mi insomnio me entretuvo con la monotonía de un paisaje que se repetía, sin embargo, sin encontrar nada mejor, mi mirada permanecía inmersa en aquella nada. Fue entonces que, merced del reflejo del vidrio, vi como el pasajero sentado a mi lado se despertaba y acompañaba mi mirada hacia la ventana. Entonces, casi por el instinto de quién recuerda algo alarmante giré hacia el interior del autobús para comprobar que el asiento junto a mí estaba vacío. Volví, como quién cree haber visto algo que no era, la mirada hacia el cristal y allí estaba nuevamente, sentado a mi lado. Esta vez no me atreví a volver a mirar el asiento junto a mí, el real, ya que lo que veía proyectado se supone era sólo un reflejo. Era un joven, de unos veinte años, su mirada era triste, otoñal, oculta detrás de un rostro emblanquecido. Me miró a los ojos, como quién busca a alguien para decir algo. Estaba por esbozar las primeras palabras pero no me atreví a oírlas, sin pensarlo corrí deprisa la cortina, ocultando aquel reflejo fantasmal que me observaba desde el exterior del vidrio. Me atreví entonces a mirar a mi lado y no había nadie. No volví a tocar la cortina, esperando llegar pronto a mi destino y olvidar algo inolvidable.
La llamé tarde, me dijo que me podía ver pasado el mediodía, quedamos en un bar de copas por el centro. Cuando llegué, al principio no supe quién era, siempre va disfrazada, toma diferentes formas, distintos cuerpos, a veces humanos, a veces objetos. Me senté en la terraza, en una mesa a la sombra frente a una maseta, entonces apareció un hombre de unos setenta, enfundado en una gabardina marrón descolorida y con sombrero que le cubría la frente y ocultaba de la claridad de unos ojos negros enmarcados bajo dos espesas cejas afiladas. Apenas escapaba por detrás del contorno de sus orejas un trozo de cabello plateado. Se sentó frente a mí, de espaldas a la calle haciéndome oler su fragancia a farmacia antigua. Me miró antes de pronunciar las primeras palabras, dejando entrever su rostro espectral. Su labio inferior le temblaba apenas y tenía unas ojeras que parecían colgarle como si la última vez que hubiese dormido fuese en la década pasada.
- Esperaba encontrarlo más consumido, veo que su enfermedad le esta tratando con cariño después de todo – suspiró con voz arenosa.
- Guarde esos comentarios, el cáncer hace su trabajo como buen oficinista, todos los días despertándome a las seis y destripándome hasta el mediodía, que creo se detiene a comer – me lamenté acabando por bajar la mirada.
- Pues pensé que trabajaba horario corrido, para eso se le paga – bromeó sin causar la menor gracia.
Le respondí con una mirada impaciente. - Negociemos, que para eso tengo la desgracia de verlo – declaré avocándome a la indigna tarea que me acordonaba.
- Necesito un alma, pero descuide, le resultará un trabajo sencillo, hasta agradable si se siente un justiciero ya que esta alma está tan limpia como un vertedero. Si le contase las cosas que hizo durante estos años ese sujeto comprendería parte de la razón de mi existencia.
- No veo que sea una buena justificación, usted va por la vida arrancando almas vivas, llevándoselas al otro lado sin dar explicaciones a nadie, no necesita dármelas tampoco a mí – critique con algo de cinismo.
- Usted no tienen idea de lo que dice, hay gente que se muere, es parte de la vida, digo más, es el cierre de la vida. Algunos mueren por viejos, otros por enfermedades, otros por accidentes, o lo que sea, pero lo mío no son aquellos, yo me ocupo sólo de casos especiales, de almas que están en el túnel, y que deben salir del mundo por allí. Es otro camino, otra puerta de salida, pero que le vengo a explicar a usted, si no comprendería ni como funciona una puerta al más allá.
- Como sea, dígame el nombre, el lugar y como debe ser el accidente, yo me ocupo.
El señor me pasó todos los datos, detalle a detalle, apunté algunos puntos para recordarlos y luego pasamos al tema de la paga:
- ¿Cuánto va a haber por esto? – le pregunté.
- Año – replicó tajante.
- Dos años como mínimo – subí.
- ¿Dos años?, ¿que se cree, que la vida la regalan? – ironizó.
- A usted sí, o al menos se la dejan barata, si no me da dos años más de vida no lo haré – traté de presionarlo.
El señor reflexionó subiendo la mirada a un punto perdido e invisible, entrecerró los ojos como calculando algo, que no supe si era realmente un cálculo o tan solo lo hacía para demostrar que se esforzaba por complacerme. Terminó por aceptar.
- Esta bien, dos años. Es mucho, pero si hace bien su trabajo se los merecería – acordó por fin. - ¿Es conciente que lo que le doy a usted se lo quito a otro?, piénselo estos años que vendrán – me dijo en contra de mi voluntad.
- Si, aprenderé a vivir con ello, no es necesario que me lo recuerde – le aclaré mientras me ponía de pie, dejaba unas monedas sobre la mesa para pagar el café, y me alejaba sin saludar.
El hombre se despertó, y miro debajo de la cama, no había nada, entonces se asomo por la ventana.
Del otro lado de la calle, en una ventana cualquiera, vio a su madre. Oyó que alguien entraba a su casa, giro dándole la espalda a la ventana, y vio que su madre entraba por el pasillo, y se dirigía hacia él, lo saludo como cualquier día, luego, por casualidad se asomo por la ventana y dijo sorprendida:
- ese que esta allá enfrente es tu padre -.
Luego los dos se tiraron por la ventana
Había insistido en que era el auto mas seguro. A él no le gustaba, era muy grande, prefería uno de esos pequeños dos puertas, y le contesto que los dos manejaban bien por lo que no necesitaban un auto seguro. Ella dijo que no importaba, que a veces la culpa no es de uno, a veces son circunstancias que se dan. No lo convenció, pero le hizo caso.
Llegaba a su casa y encontró el lugar, midió con la vista y noto que no entraba, dio varias vueltas hasta encontrar donde pudo estacionar, unos cinco minutos, justo lo que pudo aguantar.
“a veces son circunstancias que se dan” había dicho, circunstancias como un caño de gas que por casualidad se rompía, y justo cuando ella se recostaba a dormir la siesta, con las ventanas cerradas porque hacía frío. Cinco minutos antes la hubiese encontrado viva.
“Los autos grandes son siempre los mas seguros”, habían sido sus palabras, pero no siempre.
La mina tenia infinitos pasillos que se enlazaban como nudos. Eramos tres: Juan, Manuel y yo, del grupo de control, medíamos el contenido de grisú. El mapa era viejo, los túneles habían cambiado, por eso nos perdimos. Entonces vimos, en un pasillo lateral, un reflejo de blancura que se abría paso como un aliento brumoso.
- ¿Que es eso? – Pregunté asombrado mientras los tres nos acercábamos con cautela. Al llegar a la esquina nos asomamos con temor. Nos encontramos con un pasillo de unos diez metros de profundidad que terminaba en una pared de piedra. Casi en el centro de esta pared, de un pequeño agujero del tamaño de un ojo, surgía la fuente de luz, un brillo cristalino puro de un blanco hermoso e irresistible.
- ¿Qué demonios...? – masculló mi compañero Juan, pero el mayor y jefe de nosotros, Manuel, que ya tenía más de veinte años en la profesión, lo interrumpió con unas palabras que nos dejaron helados: - es un espejismo, el espejismo del minero, he oído hablar de ellos, lo mejor será alejarnos – recomendó.
- ¡Alejarnos!, ni hablar, debemos saber que es eso – se quejó Juan. Yo preferí mantenerme fuera de la discusión. A continuación el más joven se acercó a la fuente de luz e intentó mirar a través de esta. – Hay algo del otro lado – denunció admirado. Luego cavó con sus manos hasta que la pequeña hendija por la que espiaba se convirtió en una suerte de ventana al más allá. Los tres miramos hacia adentro de ese extraño vínculo, el reflejo nos iluminó el rostro. Se veía un hermoso paisaje de campos verdes y floreados, montañas al horizonte, un valle con ríos y cascadas, era un lugar celestial.
- Al igual que los náufragos ven islas, o los beduinos ven oasis, en una mina uno ve este tipo de cosas, ve el deseo del corazón de un minero – dijo Manuel resignado y como si fuese un hecho que debía aceptarse, - pero estos espejismos son malignos, como una sirena, intentan atraer a las almas angustiadas para devorarlos en una dimensión paralela.
- ¡Es mentira! – gritó Juan – dices eso para que no entremos, pero no me vas a detener – y diciendo esto se pasó al otro lado. Lo vimos correr feliz por la hierba, cantando y saltando de alegría, pero entonces el cielo comenzó a agrietarse, los falsos campos se destiñeron, tornándose grises, el espacio comenzó a derretirse y el agujero se derrumbó, atrapando a Juan en sus deseos.
Entre las miles de estrellas una vez nació una que no sabía brillar, y no era una súper nova ni un agujero, era una estrella común, de tamaño medio, pero no sabía brillar. Los rayos de luz no le salían, no sabía enviarlos hacia fuera. Lo consultó con las estrellas cercanas pero ninguna supo explicarle como emitir el brillo. Decían que era algo natural, algo que parte desde dentro de ellas, algo innato. Preguntó entonces a las lunas y a los planetas que reflejan luz, pero estos le dijeron que reflejar la luz no es igual a producirla. Su caso se convirtió en un misterio cósmico, algo que nadie en el universo sabía explicar.
Se comunicó entonces con la estrella madre, la que esta justo en el centro del universo, el punto de inicio de todo lo que existe, la estrella más brillante de todas las que existían. – Todo punto de inicio tiene que tener un punto de final, hasta el universo mismo funciona así, por tanto tú eres el punto de final, el lugar donde todo termina.
La estrella se conformó con la explicación, porque no le importaba que parte del universo representaba, lo que le molestaba era no saberlo.
Ese día me desperté temprano y con ganas de matar a alguien. Me vestí y baje a desayunar al bar de siempre. Antes de marcharme tomé el mejor de los cuchillos de la cocina y me puse unos guantes de cuero adecuados para el invierno en el que estabamos. Desde la mesa contemplaba la gente ir y venir por la acera, en lo que parecía una proyección de figuras y rostros desconocidos, cuyas expresiones decían infinitas posibilidades. Más atrás la calle respiraba el aliento gris de los autos mientras castigaban al asfalto pasando uno tras otro sin descanso. Una brisa fría acompañaba por momentos en su danza al vapor que expiraban las alcantarillas. Me centraba en cada una de las almas que aparecían y desaparecían de las esquinas y de mi mundo, intentaba descifrar sus vidas, sus convicciones, sus personalidades. Imaginaba lo que no sabía, cada cuál tendría una historia, un pasado, un presente, cada cuál tendría amigos, conocidos, sueños, aficiones. Debía elegir uno al azar, uno que me diera tan igual que los otros, uno tan común como el resto, uno más, un desconocido. Tomé el café con leche, me levanté y pagué la cuenta en la barra, luego me pregunté sobre mis motivos, y descubrí que no los tenía y que eso era lo mejor, pues sino habría mas posibilidades de que terminase en la cárcel y la idea no me agradaba. – Mejor – pensé, luego salí a la calle. Caminé unos diez minutos, viendo que lugar sería el más apropiado, hasta que encontré un callejón perfecto, desde el cuál la calle principal apenas si se veía y cuyas paredes de los edificios vecinos no tenía ventanas. Había un contenedor de basura semi vacío, era perfecto.
Volví a la calle y se me acercó un individuo perfecto, era un joven de unos veinte años, de piel blanca, pelo negro y ojos marrones como el chocolate. La elección fue instintiva, entonces lo detuve con un gesto: - disculpe usted, podría ayudarme con esta caja, es que pesa y no puedo colocarla en el contenedor – declaré señalando una caja vacía al pie del recipiente de la basura.
- Por supuesto – respondió dirigiéndose hacia ella.
Antes de seguirlo eché una breve mirada a la calle, para asegurarme que nadie había notado el evento. Luego lo acompañe y cuando estuve preparado y lo tenía de espaldas a mí le asesté un certero cuchillazo que se clavó a la altura de su pecho y le salió por el frente. Murió casi sin resistirse y sin llegar a comprenderlo. Lo arrojé deprisa en el contenedor y salí a paso desapercibido del callejón. A la noche el suceso salió en las noticias, por lo que comprendí lo había encontrado un cocinero de un restaurante cercano, sin embargo no terminé de escuchar la noticia porque sonó el ruido del horno, mi cena estaba lista. Luego posó mucho tiempo y ni la policía ni nadie toco a mi puerta preguntando por lo que sucedió.
Ahora, casi dos años después, estoy nuevamente en el bar, y es que hoy me desperté nuevamente con ganas de matar a alguien, pero esta vez, antes de salir, quién sabe porque, me cuestioné si no me sentiría culpable, y resulto que no, que no encontré ningún motivo para sentirme culpable ya que – me dije -, en el mundo hay gente peor que yo.
A quién corresponda,
Yo nací siendo caballo, me crié en una estancia muy bonita, los establos eran confortables y el clima agradable todo el año. De pequeño me enseñaron a trotar de manera elegante y luego me enseñaron algo de Polo. Jugaba bien, corría la bola y sabía colocarme a la distancia justa para que el jugador golpeara cómodo. Pero un día me llevaron a probarme en una pista de saltos. Resultó ser que salté bien, y desde entonces allí me dejaron, practicando saltos día tras día. Era una tarea dura y mi jinete, obsesionado con ganar cada competición, me hacía saltar y saltar, cada vez más alto, cada vez más lejos. Así fue como sucedió mi desgracia, un día caí mal y sentí un dolor fuerte en el casco trasero derecho. Pensé que no sería grave pero el veterinario dijo que no servía más para saltar, incluso agregó que sufriría mucho, pero es mentira, yo no sufro tanto, quedé rengo, es cierto, pero puedo vivir igual así. Decidieron que me sacrificarían, pero yo no quiero morir, estoy bien, soy feliz con o sin saltos. Si es por la comida comeré solo los restos que dejen los demás caballos, no me importa pasar hambre, si es por el establo, dormiré afuera, no me importa pasar frió algunas noches, pero no quiero morir.
Sé que es tarde, el veterinario ha llegado y se acerca, trae un jeringa y sé que es la inyección que me quitará la vida. No hay nada más que yo pueda hacer, ojala pudiera hablar, explicarles que no quiero morir, decirles que tengan piedad, que no me importa ser rengo, que quiero vivir igual, pero cada vez que lo intento solo me sale el mismo sonido, ese que para los humanos suena siempre igual.
Espero que al menos no sienta dolor.
Sabe que cambio algo, porque los sueños existen sólo para que uno pueda vivir cosas imposibles, pero no deben ser siempre reales, en cambio esta vez lo que soñé lo viví y describe que en la realidad la imaginación del sueño se me había quedado corta, fue mucho más intenso, lo superaba al mismo sueño. Y que palabras se pueden utilizar entonces para describir mi día de hoy, si uno no cree en la magia hasta que vive el momento. Y luego esta el tiempo, que va y va. Todo tiene que tener una explicación, o sino se la damos, pero ¿para que existe el tiempo?, ¿qué necesidad tiene de existir?, no importa qué es, pregunto porque existe. ¿Es el arma de Dios, y lo creo para que nos demos cuenta que todo en esta vida se termina y que él es lo único eterno?.
Arreglar un programa es fácil, se busca lo que esta mal, se encuentra y se analiza como se repara, luego se prueba, se ejecuta y listo. Ojala los problemas de la vida fuesen tan así, pero no, cuando sale uno a la calle las cosas son otras, más complejas, no hay soluciones únicas, ni panoramas claros, hay callejones sin salidas en lugar de ciclos infinitos, los números complejos son realmente situaciones complicadas, y los imaginarios son realmente parte de la imaginación. Las variables son más de las que las que puedan definirse y no siempre se definen, además van cambiando su definición a medida que vamos resolviendo la ecuación.
Así es como me pasa que no se arreglar las vidas, ni mi vida, ni otras tantas cosas que debería saber reparar.
- De todas maneras voy a permitirme morir, lo mejor es dejarme llevar por el fuego del cielo – pensaba mientras se dejaba llevar por el viento. – No merezco lágrimas ni un verso a mi favor. Apenas si tengo noción de que hay en el más allá, pero ¿que diferencia hay?, ¿o acaso alguien sabe qué es lo que vamos a encontrar?. Algunos piensan que es mejor no pensar, no saberlo, pero no estoy de acuerdo, mejor es tratar de aprender, intentar ver la luz y aunque no podamos decir que la hemos visto podremos creer que ahí esta – se decía mientras buscaba secretos en su mente.
En la oscuridad, estaba buscando una puerta, para encontrar una razón, un momento, bajo el frío de la noche y bajo los movimientos de las hojas en la brisa del invierno. Vestía el traje digno de un duque, tenía poder sobre otros, pero en el fondo tenía miedo, como todos, y veía que su mundo se tambaleaba como el agua del estanque cuando cae la piedra.
- Si me preguntan la pregunta, no se que deberé responder, quizás diré que no tengo nada que perder – se convencía mientras se sentaba frente a la ventana, unos días atrás, y miraba hacia fuera con un resplandor de tristeza en sus pupilas. No sentía dolor, no sabía que era eso ni lo sabría jamás. – Si me preguntan que es mi vida les diré que es un largo camino del cuál nunca se alcanza el final – se oía una melodía de fondo, eran como arpas sonando a lo lejos, apenas si el viento permitía escucharlas. Entonces miró hacia arriba y vio el fuego en el cielo, como un círculo que ardía en la noche estrellada. Era el momento de enfrentarse a la vida.
- ¿Porque existen las peores personas?, ¿por qué Dios tan solo no los hace desaparecer de la tierra?, ¿por qué no los barre con aliento de huracán, con un terremoto que es un movimiento de dedos para él? – se preguntaría aquel que no llegó a preguntárselo. ¿Quién puede darle vida a alguno de estos seres?, capaz de tener un alma tan putrefacta como para destruir una hermosa ilusión, un espíritu blanco que dejó de respirar sin ver sus sueños, siquiera sin ver, alguien que jugaría de niño, que crecería aprendiendo el sabor de la vida, que tendría un pasado, que algún día tendría arrugas en la cara, pero ahora ha dejado como única huella la de un cuerpo pudriéndose en un basurero. Entonces llega el bueno, ese que carga con todas las penas, ese que lleva la cruz por los demás, por los que no se lo merecen, por el indigno de siquiera respirar el mismo aire que existe en la atmósfera, lo peor de lo que pueda pisar este triste y desgraciado planeta. Pero el bueno es ese que hace que las cosas no sean mas oscuras que el negro, le da luz al clima de horror, al alma que vive con la ética del "esta bien lo que me conviene", el desprecio mas sucio, ese que busca la obra más terrible, el dolor silencioso de quién sufre callado, en un abismo de sombras, ese que se parece al esplendor de la palabra divina del bien, ese que llora por los que no lo hacen, que vierte la sangre de quién la hace derramar, quién conoce el miedo y el dolor por culpa del que hacen los demás, por culpa de quién crea el mal. Y llora por los que deberían estar cayéndose en lágrimas. El infierno existe porque hay quienes lo crean, porque hay quienes eligen esa puerta, a pesar de advierta gritando con todas sus fuerzas hasta quedarse muda, hasta perder la voz. Y si alguien muere sin poder defenderse, sin poder saber lo que es respirar, sin tener la oportunidad de conocer el amor, alguien debe llorar por quién no sabe hacerlo, alguien debe sentir el dolor de los cuchillos en su propia alma, alguien debe cargar la cruz de quién no sabe siquiera tocarla. Por eso la ecuación es simple, existen los malos, que hacen mal, y los buenos, que arrastran con el sufrimiento, con el dolor y con el peso de lo que deberían sentir esos otros, que están y existen para no sentir.
Miré a la esquina y ahí estaba ese hombre. Su mirada no decía nada, al menos nada más de lo que decían las manchas de humedad a su espalda, nada más de lo que decía la oxidada lámpara que colgaba de la pared, viéndoselas con dificultades para vencer la oscuridad de aquel descolorido rincón. Estaba sentado con los sus antebrazos dispersos por la mesa, uno de ellos terminaba en una mano de largos y arrugados dedos que envolvían un vaso de whisky con una mística que rondaba los opuestos del deseo y el vicio. No pude más que dejar de sonreír al observarlo, olvidé de inmediato el comentario que hacían del otro lado del teléfono móvil, olvide porque estaba yo en ese bar miserable, apenas si recordaba estar haciendo tiempo para entrevistarme con la gloria y pedirle un trozo de su hermoso cuerpo. Y es que por fin ese día cerraba un negocio histórico. Siempre pensé que todo hombre de negocios tiene su momento de grandeza cuando esta por cerrar el primer trato, cuando esta por firmar el primer contrato, ese que sabe que volverá a sus labios en forma de anécdota, envuelto en guirnaldas y adornos que harían del momento una leyenda digna de ser escuchada con admiración. Ese era mi momento…, pero un segundo atrás, ahora todo había cambiado, y me alegraba, me hacía sentir bien, en algún espacio desconocido de mi inconsciente, saber que aún seguía llevando conmigo un corazón digno, humilde, o al menos capaz de sentir lástima. Ese corazón que se acusa de perder a en los señores importantes de la alta burguesía. Y puedo jurar que fue innato, fue un reflejo que salió del fondo de lo que atribuimos a ese órgano que sólo cumple la misión de enviar sangre.
- Pobre hombre – pensé apenado, - yo tan contento y él..., él ¿donde irá?, ¿de donde vendrá?. Un extraño para todos, un vagabundo sin hogar, sin nada suyo.
La gente que pasaba esquivaba su mirada, como quién no quiere sentir el peso de la amargura ajena, como quién evita el dolor porque no hay medicina para curarlo. Pues yo me acerqué a él, como quién lo hace sin intención de mostrarse amable, sino de buscar refugio de sus propios reflejos. A punto estuve de sentarme a su lado, pero aquel hombre, de pronto se puso de pie como si de recordase algo que olvidó, y salió por la puerta del local, antes de que tuviera tiempo de decirle algo, alguna palabra linda, de aliento, tan útil para que un hombre que debe enfrentar cada día como una batalla.
Me sentí mal por ser lento, por no actuar de inmediato, por pensar demasiado antes de hacer.
Pronto debí olvidar el asunto, era un día demasiado importante para dejarlo fluir en aquel episodio secundario, volví a la realidad, en la cuál debía presentarme para firmar aquel acuerdo, debía sentarme frente a los peces gordos de la ciudad.
Pagué y crucé la avenida para encontrarme con una inmensa mole espejada a la cuál debía subir. El ascensor me depositó en los últimos pisos, donde una secretaria me recibió con una hermosa sonrisa y, luego de presentarme me indicó una sala de reuniones y me informó que el director general me estaba esperando. Entré por una puerta doble para encontrarme con una habitación amplia que terminaba en un ventanal hermoso que daba al cielo que cubre la ciudad. En el centro había una larga mesa rodeada por sillas. Precediendo la mesa, esperándome, el hombre más importante de la empresa, y aquél hombre resultaba ser el que creía un vagabundo en la mesa del bar.
Eran las cuatro de la madrugada y el hombre no podía dormir, su vida no transitaba el rumbo que él esperaba, las cosas no eran como deseaba que fueran, no seguían el camino que quería. Miró a su alrededor en busca de un espacio libre en la mesa, un lugar donde apoyar el vaso y darle un reposo a su alma. Decidió entonces salir, caminar sin rumbo por las húmedas calles del pueblo. Se alejó luego, atravesando un bosque que precedía el inicio del las montañas. Por allí recorría el valle un arroyo. Su cause caprichoso se desparramaba entre las piedras grises, buscando y encontrando caminos para escurrirse. Se sentó en una piedra grande a contemplar la decoración de la naturaleza. La luna, vestida de un blanco tiza, desplegaba su manto, revistiendo de pequeñas luces blancas intermitentes las cristalinas aguas.
Desconentrado en vislumbrar el paisaje perdió noción del tiempo, sin embargo, su mente intranquila seguía reprochando el camino descarrilado de su vida de acuerdo a sus deseos soñados. Fue entonces que, como quién se enfrenta a la naturaleza y cree comprender los misterios de la creación, le habló a alguien que debería estar situado en el más allá para pedirle ayuda. Suplico algo, una señal, un resplandor que lo ilumine en su desgracia. Terminó la súplica y al bajar la mirada nuevamente al arroyo vislumbró un brillo inusual que acudía a sus ojos desde el agua. La luz era hermosa, diferente a los demás reflejos productos de la luna, entonces se puso de pie y, saltando de piedra en piedra, llegó al origen de aquella extraña fuente de luz. De inmediato comprendió, o creyó comprender, que esa era la señal. Se agacho y levantó de entre las aguas una pequeña piedra. Al salir del agua dejó de brillar. La miró analizándola; era un piedra comnún y corriente, o eso al menos parecía a simple vista. Volvió a su hogar renovado y con la piedra en el bolsillo, la dejó a su lado en la mesa de noche y por fin pudo dormir.
Pasaron algunos meses y se encontró feliz y agradecido con la vida. Las cosas marchaban bien, salían más o menos como él esperaba. No era que el cambio hubiese sido abrupto, pero eran pequeños detalles que hacían de la desgracia pasada una vida llevadera y entonada. Siempre cargaba con su piedra en un bolsillo. La llevaba de lado a lado y cuando podía la tomaba con las manos y la mantenía allí, entre sus dedos. Pero un día se la olvidó en su casa, y sin embargo el día fue muy bueno, las cosas le salieron igual o mejor que siempre, entonces, por primera vez, dudo si era la piedra lo que le daba esa "suerte" o era él mismo. Decidió probar dejándola en su casa una semana, comprobó entonces que las cosas iban incluso mejor que antes. Pensó entonces que, definitivamente, no era la piedra sino él quién comandaba su vida y que si las cosas iban bien o mal dependía solo de él mismo y no de un objeto inerte. Tanto se convenció que decidió quitarsela de encima, y esa noche la arroyó al arroyo donde la había hallado. Ahora llevaría él el timón de su vida, navegando sin depender de lo que creía que era una brújula pero que en realidad era una falsa ilusión.
Pasaron algunas semanas y al principio las cosas siguieron su rumbo favorable, pero pronto todo se derrumbo. Esa noche, nuevamente sin dormir, maldijo su vida y volvió al arroyo a pedir ayuda a la naturaleza o a quién fuere que lo escuchase del "otro lado". Pero esta vez nadie respondió, no aprerecieron brillos ni piedras. Desde entonces él recorre todas las noches el arroyo, en busca de la piedra que una vez tuvo y que por propia voluntad abandono.
Miro la hora, el reloj dice las cinco, o por ahí, entretanto pasan algunos segundos y cuando miro ya es más tarde, entonces pienso que así fue siempre, un poquito más a cada momento. Pero no es suficiente para que nos pongamos sentimentales, después de todo es parte de ese camino sin tregua que nos empuja al abismo. Y si nadie nos ataja allí en ese abismo es porque aún el reloj no marcará la hora exacta.
No es que me obsesione el tiempo pero es un fenómeno interesante, si dejo pasar un rato más y vuelvo a mirar ya no podré volver atrás, ya será un rato más tarde. Se supone que si nada cambiase no pasaría el tiempo pero como nosotros mismos cambiamos es imposible de saber eso que se supone que sería, me parece que por eso prefiero no mirar, para no volver a concluír en que no entiendo como es que funciona.
Su corazón descansa un instante para volver al punto de salida, saludar a los que lo rodean, y recordar las anécdotas de lo que era. Cuando encuentra las cosas deja ya de buscar y por eso no recuerda dónde se buscaba ni cómo. Pero la sangre aún fluye en sus venas gracias a él, y en la misma promoción, se lleva gratis la belleza que hay dentro. El tiempo deja escapar ese recuerdo, pero no dejará salir lo que se siente, siempre que las cosas no sean sólo para el que las reza, o que al menos, los que rezan lo hagan para otros. Y el amor de verdad puede ser oído y escuchado, pero no existen diccionarios ni traductores. No sentir nada es lo que duele en un corazón, es el instante en que debe dar el paso atrás, es donde debe cruzar la calle y ver si viene alguien después, pero sobrevivir. Para ponerle hielo a las heridas esta el mismo destino, que nos trae el menú del día para poder degustar sus mejores manjares, pero el sabor sigue siendo el que desayunamos en casa esa mañana, la anterior y la de antes. La textura de un corazón es tan suave, que el mismo sabe que debe ser hermoso, que debe admirar su creación, y a partir de eso balancea qué es lo que puede lograr y lo que puede dominar.
Hay un tiempo para escribir sobre lo mágico, un tiempo para escribir sobre la moda, un tiempo para mirar al otro y escribir lo que éste tenga para decir.
Y si un escritor sabe interpretar ese sueño que pueden ver los otros, entonces sabrá escribir. Si alguien escribe un libro deseará perder la memoria, deseará olvidarse todo lo que pensaba, para poder, una vez al menos, leer eso que escribió sin saber que lo escribió, leer eso que hay escrito sin saber el porque de cada letra. Y las mesas se pueden iluminar con faroles o con velas, pero las letras siempre dirán eso mismo que hay en algún rincón, donde siempre se pueden encontrar.
Las noches son blancas cuando se escribe, porque solo en ese color existe el papel, y en ese color se pierde la memoria, esa que nos delata a la hora de leer.
Siempre querrá saber el color de sus ojos, y también que auto pensaba comprarse, o que vestido de novia pensaba elegir, o quizás nunca le interese saberlo, quizás nunca le importe saber que cuanto más sabe menos sabe, que cuantos más carteles nos muestran menos podemos saber sobre personas como nosotros mismos. Pero se hubiese visto hermosa con su vestido negro y sus ojos pintados para salir el Viernes por la noche, se hubiese visto hermosa para presentar a su novio, para soñar tener hijos con él. La noche no saca fotos dormida, no deja cicatrices que sanen si lo que está herido es el alma.
Como quisiera haber sabido como se vería, como sería, que comida le gustaría, ¿pastas?, que vino, que sangre tendría. ¿Lloraría con una canción de amor?, ¿qué mujer no llora con una canción de amor?, se dejaría ver por rincones.
La ciudad se iluminaría en sus ojos al ver los fuegos artificiales de fin de año, dejaría que el campo le enseñe su relajado silencio, vestido del color de las estrellas en la noche, navegando entre las sombras. Se vería sonriente en las fotos, aunque con el flash sus ojos serían rojos, y ese es el único color que tendrán, el color que tuvieron, del que fueron hechos ese día que se heló su sangre.
La cima cubierta siempre por nubes de aquella horrible montaña escondía un secreto, escondía una atmósfera diferente a la conocida por el ser humano. Los indios de la zona lo sabían y por ello la veneraban, adoraban sus misterios, tal vez por ttetmor, tal vez por respeto a los desconocido, respeto a lo divino y al más allá, por ello habían esculpido al pie de ella un templo, oculto detrás de una caída de agua, donde se podía entrar al corazón de un mundo de pasadizos en laberintos interminables, que subían recorriendo un camino que debía, en algún desconocido momento, terminar en una salida, pero que no parecía alcanzarse jamás.
Y la expedición se adentró en la caverna, buscando una respuesta a lo que se había llamado “montaña del olvidado”, donde solo los pastores de ovejas desinteresados vagabundeaban con sus rebajos por los valles que la rodeaban. ¿Porqué ningún escalador nunca había intentado lograr la cumbre de aquel lugar?, ¿es que la misma montaña borraba la mente de quiénes lo pensaban?, ¿es que en su altura máxima se escondía aquel secreto inexpugnable, cubierta siempre popr nubes que no permitían ver la cumbre?. ¿Y los que lo intentaron?, ¿qué fue de ellos?, ¿como es posible que siempre hayan desaparecido? ¿Y que, incluso quienes los buscaron, creyeran que en realidad habían optado por subir otra montaña y no buscasen en ésta?. Lo que debo escribir es lo que sucedió con cada uno de la expedición, cada uno de mis hombres, del grupo que yo mismo había dirigido, pero no tiene sentido hacerlo, ¿para que?, ¿para atraer a más personas a este siniestro lugar, que se traga a quienes lo desafían?. Por ello me remitiré a escribir estas línea y dejar las cosas como deben ser, no revelaré el lugar donde está esta montaña ni su verdadero secreto, pues sería condenarlos como yo mismo me he condenado.
Esa tarde se celebraba el XII concilio convocado para Dioses. Se reunieron los Dioses de todas las religiones de la tierra. Eligieron la cima del Fitz Roy, una montaña escarpada a la cuál solo se podía acceder con buen tiempo y en verano o primavera, pero ese día caía una fuerte tormenta de nieve y hacía un frío solo soportable por quiénes no lo sienten.
- Les hemos enseñado bien a nuestros seres creados, y los que creen en nosotros siguen los rituales funerarios divulgados por nuestras escrituras - comenzó a hablar el Dios cristiano, al cuál le tocaba presidir la sesión.
- Mi pueblo también respeta las costumbres – agregó Alá. El resto fueron sumándose al buen balance sobre el respeto a los rituales dedicados a los muertos. Algunos Dioses menores tan sólo hicieron algunos comentarios sobre sus pueblos y las costumbres perdidas. El Dios de los Mongoles, por ejemplo, dijo que ya ninguno de sus súbditos practicaba el rito del abandono de los cuerpos de niños muertos. En tiempos antiguos, éstos se dejaban en los caminos, con la esperanza de que su pequeño espíritu se podría traspasar al seno de alguna mujer que recorra el sendero, volviendo a la vida con un nuevo cuerpo.
- Tampoco se utilizan las técnicas de limpiezas, como la de mis asirios y sus torres del silencio, claro que por aquellas alturas casi no quedan buitres para purificar los cuerpos – se quejó Ormuz.
- Los hombres han cambiado mucho – reprocho en voz alta Horus, el cuál había perdido en poco tiempo, segundos de Dioses, el repecto que se le rendía en los funerarios de Egipto, - mis hijos Khebenef , Hapi , Amset y Tiumantef ya no son convocados para proteger los órganos de las momias. Ya no se utilizan las vasijas del Dios Canope, sentado a mi derecha, almirante de la flota que llevó a Osiris a la victoria en Asia – agregó señalando al otro Dios allí presente.
- Es cierto, y si aquí estamos reunidos hoy – intercedió nuevamente el Dios cristiano, - es para estudiar estos casos. El cuidado de los muertos ha sido siempre una justa preocupación de los hombres, desde la prehistoria los hombres han mantenido éstas costumbres, que no hacen sino probar nuestra propia existencia, ya que si cada civilización lleva consigo esta actividad es porque lleva consigo nuestra existencia, lleva consigo la puerta abierta a creer, esa que dejamos adrede para que sepan algo más de nosotros.
- Pero la vida de este tiempo es diferente, no deja espacio, no deja tiempo para meditar sobre la razón de un ritual, nadie piensa el “porqué”, el “de dónde” o el “a donde” van aquellas almas – dijo el Dios Quechua, - la misma idea de que no todo termina con la muerte es el impulso que les entregamos, la idea de un espíritu que da vida y que abandona el cuerpo para viajar a un lugar diferente, esto se ha perdido, y es la principal razón por la cuál los diversos grupos humanos realizan los ritos fúnebres.
- No es que quiera contradecirlos, pero es que hoy estamos aquí reunidos por otro motivo – alegó Alá, - estamos por aquellos que no tuvieron el tiempo de elegir siquiera sus creencias, esos que no llegan a ver la luz, estamos aquí para decidir sobre los niños no nacidos que son muertos en los vientres de sus propias madres, por ellas mismas.
- Eso mismo – se sumó Yahvé. – Al principio eran pocos, tan pocos como los soldados, náufragos, u otros casos de humanos sin ritual. Podíamos manejarlos, tratar las almas, indicarles el camino a sus espíritus, pero los niños no nacidos cada vez son más, y al no haber podido conocer el mundo, excepto por lo que les mostró el vientre de sus madres, no tienen siquiera el concepto de la muerte.
- Son almas inocentes, muertas por sus padres, sin rumbo ni destino – dijo el Dios cristiano enfadado.
- Debemos diseñar un ritual para ellos - propuso Pachacámac, de los Incas, del cuál quedaban pocos seguidores fieles, pero los que estaban aún en la tierra seguían las normas enseñadas al pie de la letra.
- Hemos cambiado mucho nosotros - dijo el Dios de los guanches, conocido en las islas canarias - El corazón, lo que siempre les late, desde que les dimos la vida, ese debe ser el centro del ritual – dio la primera idea.
- ¿Pero donde los velaremos?, ¿quiénes celebrarán el rito? – preguntó el Dios sol de los incas.
- Yo pienso que debemos devorarlos – dijo un grotesco Dios nómada, cuyo pueblo practicaba el canibalismo con los muertos, para que el espíritu del difunto formase parte de los familiares.
- ¡Que asco! – se sobresaltó el Dios egipcio Horus. Los demás dioses también reaccionaron con desagrado ante la idea
Sin embargo un Dios desde la última fila propuso algo similar: - entre mi pueblo, los esquimales, se abandona a los moribundos en cuevas para que los osos polares los devoren, luego la familia se come al oso y así el espíritu también forma parte de ellos.
Pero el resto de los dioses continuaron pensando que era una práctica desagradable. El Dios cristiano intercedió zanjando el tema: - pero en éste caso no tenemos cuerpos, la carne o el resto de los niños queda en la tierra, y lo único que tenemos son almas errantes.
- Propongo que enviemos a nuestros ángeles para recibirlos y explicarles donde se encuentran – dijo Yahvé.
- Eso esta claro, ¿pero como será el rito? – se preguntó Horey, un Dios de tribus africanas.
Ollatharir, o “buen dios”, guerrero y portador del caldero y de la maza, Dios de los druidas y muy influyente entre los seres supremos habló: - debemos pensar en el ser que nos creó a nosotros, pues si nosotros creamos a los hombres, y nosotros a su vez existimos, alguien debió de habernos hecho, él debe darnos consejo – expresó con sabiduría en su voz.
- Pero al igual que los hombres no pueden asegurar nuestra existencia sino es a través de la fe, nosotros tampoco podemos afirmar su existencia a ciencia cierta – dijo otro gran Dios de la muerte: “Dia Cimi”, de los antiguos Mayas.
- Sin cuerpo las limitaciones son muchas, no podemos cremarlo, ni inhumarlo – dijo un representante de las culturas hallstáticas.
- Tampoco embalsamarlo ni momificarlo al “Zet”, no tendría sentido sin el “Het”, contar con el “Ka”, el espíritu mortal quedará en la tierra y solo tendríamos el principio vital “Ba” – agregó el Egipcio, mareando un poco a los presentes, - sin embargo – continuó, - podríamos traerlo al más acá con sus objetos personales, como en el caso de nuestros faraones – y esto último si lo comprendieron todos.
- ¿Pero que objetos personales tiene un no nacido? – le recriminó con cierta razón el Dios de los guaimíes.
- Que a nadie se le ocurra proponer el sacrificio de otros seres humanos – medio el Dios cristiano ante la posibilidad que se barajaba frente a la aproximación del tema, - ya bastante tenemos que todas estas almas inesperadas como para ocuparnos de nuevas.
- Debemos crear una necrópolis, como han hecho desde siempre la mayoría de los hombres, para agrupar a estos espíritus.
- Mi pueblo es supersticioso – dijo el Dios de los chocóes, los cuales abandonan o queman la casa donde habitaba el difunto y se construyen otra a grandes distancias, temiendo sino que el espíritu pueda hacerles daño.
- Inhumar tampoco es debido, la ley de las doce tablas lo decía: “urbe hominem mortuum” – agregó Yahvé.
- Mi pueblo quema a sus muertos y los guarda en un recipiente hasta la primera fiesta que celebren, en ésta se mezclan las cenizas con bebidas fermentadas y se bebe por ellos, - explicó un Dios de las tribus amazónicas, - de esta manera se incorporan los familiares queridos a los vivos.
- ¡Basta de formas de canibalismo! – se quejó Alá, - El cementerio, por definición del griego koimeterion, "yo descanso", es la solución ideal, con o sin cuerpo.
- Mejor sería tratar de enviar señales para que estas prácticas de matar a los no nacidos sea evitada, ¿no creen? – dijo un Dios anciano finlandés llamado Jumala.
Todos meditaron la interesante proposición.
- Pero habrá que trabajar mucho, los humanos han corrompido sus principios, el egoísmo de cegar una vida por comodidad es moda – enfatizó el Dios cristiano, muy enfadado por esta práctica.
- Dios sabe que es cierto – dijo bromeando el Dios normando Odín, - pero vale la pena intentarlo – expresó hacia el aire convencido.
- Entonces cerremos esta sesión y fijemos una nueva para definir los pasos a seguir para que el humano se entere qué esta bien y qué esta mal sobre el tema – concluyó el Dios, desligándose de la responsabilidad de ser el responsable de la siguiente convocatoria.
Se celebró aquel mes de febrero el primer concurso de reflexiones. Los participantes llegaron de diversos puntos del planeta, en busca de obtener el premio que correspondería a la persona que más reflexione. El concurso se celebró en un auditorio circular, donde cada participante contaba con un micrófono para exponer y un cuadernillo donde ir anotando los comentarios que le sirviesen. Se comenzó tratando, justamente, el tema de porqué estaban allí y porqué habían aceptado participar. La reflexión sobre este tema se extendió por varias horas, cada participante exponía su punto de vista en breves minutos y luego escuchaba al resto hasta que volvía a tocarle el turno. El tema derivó en los problemas actuales del mundo, se numeraron por nivel de importancia y se llegó a la primera conclusión en común, que era que los temas más importantes eran quizá los menos publicados en la prensa o los menos tratados en la sociedad. Debatieron sobre las causas de estos fenómenos y si siempre había sucedido lo mismo o sólo ocurría en esta era. Se basaron en amplios conocimientos históricos que demostraron que las personas mas reflexivas conocían mucho de historia. Más adelante el debate se expandió hacia la responsabilidad de los gobiernos, a continuación se desvió a la elección de los gobiernos y sus integrantes. Por ese entonces habían pasado más de doce horas y comenzaron los primeros abandonos. Algunos comenzaron a sufrir cansancio y perdieron la concentración, olvidándose de lo que pensaban decir cuando les tocaba el turno o perdiendo noción del tema que se estaba tratando. Estos fueron dejando la sala paulatinamente. Aún quedaban muchos, pero todo cambió cuando se comenzaron a tratar temas de religión y creencias en general. Algunos demostraron grandes conocimientos antropológicos sobre diversas culturas y sus costumbres sociales, pero otros, menos centrados en el tema se fueron perdiendo y debieron retirarse.
Habían pasado ya casi veinte horas y comenzó a sentirse el desgaste en las palabras de los concursantes que aún se mantenían en pie, más aún cuando la discusión se traslado a planos más abstractos, sobre los posibles orígenes de la vida y del universo. En este punto los abandonos fueron masivos, hubo incluso algunos desmayos por agotamiento. Para ese entonces el grupo de sobrevivientes se remitió a cinco personas que se mantenían firmes y lúcidas, esbozando todo tipo de reflexiones, validando o contradiciendo todo tipo de teorías, planteando nuevos puntos de vista prácticamente jamás tratados. Habían pasado veintisiete horas y los comentarios aún iban y venían en la sala, cayeron dos más, quedando solo tres personas que se agruparon en la primera fila para continuar. Entonces las reflexiones del universo desembocaron en temas del espacio tiempo y uno de los tres debió abandonar, con su mente confundida y, apenas manteniendo el equilibrio, pudo salir del recinto. Los finalistas, sin detenerse, continuaron la discusión. Uno hablaba y el otro le contradecía o le daba la razón, pero siempre dando un nuevo pie para la siguiente reflexión, para que el hilo continuo de pensamientos no dejase de fluir. Los jueces, que se habían ido turnando cada dos horas, se remitían a constatar que ambos siguiesen las reglas establecidas en las bases y, a veces, trataban de acompañar los razonamientos que se planteaban. Finalmente uno de los dos cedió ante el tema de el los gráficos y las curvas de representación con la que se analizaban los orígenes de algunos fenómenos paranormales. El hombre, de marcados rasgos asiáticos, saludo cortésmente a rival y se despidió satisfecho con su segundo puesto. El ganador quedó solo en el recinto. Los jueces y organizadores se acercaron a saludarlo y a felicitarlo por ser el ser más reflexivo de la tierra y luego le informaron que el premio consistía en una placa que procedieron a entregarle, y una gran suma de dinero. Ante esta noticia el hombre reflexionó y luego pidió ir al servicio, pero en lugar de hacerlo salió del edificio y nunca más se supo de él. Los organizadores, ante esta situación, reflexionaron y concluyeron en que nunca más repetirían el concurso.
Sus amigos pasaron frente al cristal sin descubrir nada en especial, por lo que siguieron el camino, sin embargo Marcos, que pasó último, cuando se vio reflejado creyó que ya no era él mismo, trato de reconocerse, de encontrar en su imagen algo similar, una pista, un recuerdo de su retrato personal, pero no había nada, no encontraba siquiera algún rasgo que le dijese que esa persona al otro lado del espejo era él mismo. Le faltaba algo, algo difícil de explicar, le faltaba vitalidad, le faltaba vida, el ser que estaba del otro lado parecía inerte, lúgubre, como si hubiese perdido algo. Les comentó a los amigos, pues en el resto de los espejos, aunque más alto, más bajo, más gordo o más flaco, siempre se veía él mismo, en cambio en éste caso sentía que algo era diferente. Pero ellos volvieron atrás y una vez más se reflejaron en aquel cristal sin percibir cambios. – Este es un espejo común – manifestó uno quejándose. Al salir de la atracción olvido el tema, tenía intenciones de comer un helado, miró su reloj, ya eran pasadas las seis y tenía que ir a buscar a su novia al aeropuerto, se apuró entonces al puesto de los helados. Por eso no prestó atención al comentario que uno de sus amigos le recriminó al empleado de “La casa de los espejos”, de que algunos de los espejos eran cristales comunes. Pero éste le respondió que cada uno tenía alguna particularidad. – Pues hay uno, después del cóncavo, en el que nos veíamos igual – se quejó. Pero el empleado le respondió: - En aquel espejo uno se ve como se verá el día de mañana a la misma hora.
La absurda respuesta causó gracia entre los que llegaron a oírla, y riendo se alejaron hacia el puesto de los helados.
Esa tarde, cuando Marcos iba a buscar a su novia, un camión se cambió de carril sin aviso en la autopista, haciéndole perder el control del vehículo. El auto se estrelló contra un poste de iluminación y Marcos murió en el acto.