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Der Sard era un hombre de pocas palabras. Lo caracterizaba su mirada perdida y su andar cansado, como si se arrastrara con los pies en lugar de caminar. Vivió en tiempos de Alfonso XI, rey de Castilla. Era leñador en un pueblo cercano a la frontera con Francia, y fue uno de los pocos testigos que vio realmente pasar al ejército negro, los demonios que combatirían en los desolados valles de los pirineos. Cuando comenzaron las batallas desconocidas se refugió en un monasterio abandonado, vivió allí apenas veinte días hasta que llegaron los demonios. Se ocultó en los túneles y lógró sobrevivir en ellos cinco días, en silencio. Por fin debió salir a buscar comida y se vio rodeado en el bosque. Pero los domonios no se acercaron, lo dejaron huir. Entonces supo que se había contagiado la peste.
Sé que dirás en éste momento, que comenzó hace tres meses y doce días. Estabas en un bar, tras un encuentro casual con un amigo de la vida, había sucedido minutos antes en la calle. Al verse se saludaron y entraron a tomar un café, el tuyo cortado con leche natural, como sueles pedirlo, lo sé. Fue una conversación normal, recuerdos, anécdotas, más recuerdos... Entonces, de pronto y sin causa alguna, sucedió: adivinaste lo siguiente que diría.
Si mal no imagino fue "y por fin me recibí, no soportaba más la facultad". Fue como si alguien te hubiese soplado al oído la frase que saldría de la garganta de tu amigo.
- Será la forma de hablar - pensaste. Después de todo habían sido buenos amigos por más de diez años hasta que la vida les separó el camino. Es normal que tu inconsciente supiese como solía decir las cosas, y es normal un poco de suerte...
Pasó el tiempo, dos semanas tal vez, y volvió a suceder. Esta vez en un supermercado. La señora se acercó y antes de que pronunciara palabra le respondiste “no estoy seguro, pero la sal debe encontrarse por este pasillo a la derecha, el segundo o tercero”. No importaba si era cierto, lo trascendente era que sabías la pregunta antes de que la señora hablara. Por supuesto que la mujer se sorprendió también, pero su vida transcurrió, se alejó de ti y doblo por el pasillo, siguiendo las indicaciones y probablemente encontrando la sal. ¿Qué habrá pensado?. Un adivino. Fue suerte. Tal vez lo contó a su marido al llegar a su casa. Da igual, se alejó de tu vida.
Luego en el metro, mientras esperabas en el andén. Esta vez le dejaste hablar, era un anciano y sabías que su pregunta sería: “esta línea me deja cerca del ayuntamiento, es que tengo que ir allí porque es donde trabaja mi hijo. El es funcionario y me dijo que quería comer conmigo. Hace tiempo ya que no nos vemos, el siempre esta ocupado, pero parece ser que....” y siguió hablando y hablando, mientras tu mente leía, palabra a palabra. Te has quedado como una piedra, en otra ocasión tal vez le hubieses respondido de inmediato, cortando su adormecedor monólogo, pero esta vez lo oíste hasta el final, previendo cada oración. Por fin se calló para que pudieras responderle. Se fue en busca de otra víctima sin sospechar.
El fenómeno fue aumentando, gradualmente, hasta el punto en que tu mente se había adelantado al menos tres segundos al tiempo del resto del universo. Podías saber todo lo que sucedería apenas un instante antes, y eso no resultaba un beneficio para ti, sino una situación extraña, desconcertante.
Investigaste, pero no encontraste nada parecido. Fuiste a algún médico y entre líneas le diste a conocer tu problema, pero ellos fruncían el ceño, pensando si se trataba de una broma o estaban frente a un caso de desequilibrio mental. Pero ninguno siquiera tomó en serio la posibilidad de que fuera cierto.
Hasta esta tarde, donde todo cambió, desde que entraste a este bar y pediste un café con leche natural y te acercaste a mi mesa a pedirme un sobre de azúcar, ya que el mozo se los había olvidado al dejarte la taza sobre la mesa.
Tu historia fue similar, tan similar que me siento más tranquilo desde el momento en que pedí el azúcar. Comenzó en un aula, donde dabas clases de historia, y de pronto supiste la siguiente pregunta de un alumno. Así comenzó y siguió creciendo hasta llegar al mismo punto, entonces entraste en este lugar.
¿Que dirían tus ojos si vieran lo más extraño, algo desconocido, algo ilógico...?
¿Y que diría tu mente si se enterase que no es un efecto, no es un engaño, sino que es real...?
- La compro - recuerdo que sentencié con una seguridad que pocas veces había creído tener, y amparado por la mirada aprobadora de mi esposa.
Es que era un negocio redondo, una masía en medio del bosque, con un jardín de tres mil metros de árboles frutales y viñedos, la única en todo el pequeño valle, impregnada de plana paz y tranquilidad, y a la mitad de precio de cualquier otra de las que habíamos visto.
Todo, como siempre, comenzó bien. Nos mudamos a la semana y en un día instalamos los muebles y ya estábamos allí, viviendo felices. Pero esa noche, mientras dormíamos, entremezclado con los sueños recuerdo que oí un canto.
Era una melodía suave y dulce, interpretada por lo que parecía ser una niña. No tenía letra, era solo una melodía. Creí que formaba parte de mis sueños hasta que, en plena oscuridad, sentí como mi esposa agitaba mi brazo para que me despertase.
- ¿Escuchas eso? - susurró con una mezcla de temor y misterio en su voz.
Recién entonces descubrí que no era fruto de mis sueños aquel canto, sino que era tan real como la oscuridad que nos rodeaba.
- Si, ¿qué puede ser? – pregunté tanto a mi esposa como a mí mismo.
- No lo sé.
Se mantuvo un largo y tenso silencio, ya no se oía el canto, no se oía nada, como si el bosque entero hubiese desaparecido.
- Baja a ver – propuso mi esposa.
Tardé en reaccionar, en ese tiempo pensé que debía hacer al respecto. Por fin decidí que aquel sonido debía tener una explicación lógica y concordé a la realidad, entonces me animé a salir de la cama y bajar. El hall de entrada, donde terminaba la escalera, estaba inmerso en la penumbra. Busque en los rincones, entre las sombras y en donde se podía ver algo que se moviera, algo que pudiera cantar, reconozco que fue sin ánimos de encontrar nada, incluso deseando no encontrar nada, y así fue, no había rastros del origen del sonido.
Volví a la cama y dejé que el sueño me permitiese olvidar lo sucedido, aunque no fue así.
A la mañana siguiente salí al jardín y a lo lejos vi a un hombre, estaba justo detrás de la cerca que delimitaba mi terreno. Me acerqué a él y se presentó entonces como mi vecino. Se me ocurrió preguntarle si no había oído un extraño canto aquella noche...
-Así que ya lo ha oído – dijo como si le causara gracia. –Veo que el vendedor omitió el detalle...
-¿Qué detalle? – me apresuré.
-El del canto, ¿no se preguntó usted porqué estaba a tan buen precio la casa?.
-Pues... no mucho.
-Es el canto, ha espantado a sus antiguos inquilinos, en realidad usted es la quinta familia que habita la casa en los últimos los años.
-¿Me está diciendo que explica los ruidos diciendo que son fantasmas?.
- Se le ocurre algo mejor.
- Si... no sé, ratas, búhos.
- ¿De verdad alguna vez escuchó a algún animal cantar?...
El día paso pronto y llegó la noche. Había pasado la tarde convenciéndome a mí mismo de que los fantasmas no existen, que son interesantes para los libros y las películas, pero que en la realidad no existen, no hay pruebas, no hay estudios científicos, son siempre invenciones de la rica imaginación de los hombres. Era de noche y mentalizado con todos esos argumentos decidí quedarme en el salón, a oscuras, esperando oír el canto y descubrir una causa lógica. Me senté en una silla intentando aguantar el sueño, pero no lo logré y al poco rato me había dormido. No se cuanto tiempo pasó, pero de pronto me despertó una fría corriente de aire. Descubrí la ventana del comedor abierta de par en par y las cortinas blancas danzando al compás del viento como... fantasmas...
Intenté recordar, antes de dormirme... Sí, no tenía dudas: la ventana estaba cerrada, recordaba las cortinas inmóviles y los vidrios reflejando el silencio de la mesa del comedor. Tal vez el viento la había abierto... difícil... pero más fácil que decir que había sido un fantasma. Entonces comenzó, ese canto suave, como un susurro entre el viento. Me atreví a acercarme a la ventana y mirar hacia afuera. Fue un segundo, entre la niebla de la noche, que me pareció que había una figura en el jardín, cerca del único árbol del jardín, donde se mecía un neumático colgado de una rama. Fijé la mirada entre las sombras de las ramas y entonces volví a ver, en un movimiento fugaz a una figura que se alejaba hacia el camino. Me apresuré a salir al portal, al abrir la puerta ésta se golpeó contra la pared impulsada por el viento, desde allí pude ver a un hombre que se giraba hacia mi casa y hasta logré ver algo de su rostro, ya que pasaba en aquél momento junto a un farol en el camino. Estaba lejos, apenas pude distinguir sus rasgos, pero de inmediato me resultó familiar.
Al día siguiente volví a la casa de mi vecino.
-¿Que lo trae por aquí? - preguntó sorprendido.
-Ayer vi a alguien en mi jardín, alguien que me resultó conocido - expliqué.
-¿Quién?.
-No lo sé, no puedo recordar donde lo había visto antes.
-¿Y por que me lo cuenta a mi?.
-¡Usted no vio nada!.
-Mire, desde que mis vecinos oyen cantos por las noches yo la verdad, prefiero dormir en la habitación central, sin ventanas, cierro con llave y trato de no escuchar hacia afuera. Para ser sincero me asusta, y en su lugar me iría lo antes posible de aquella casa maldita.
-Pero...
-Créame, en aquella casa suceden cosas raras, inexplicables, y su vida y la de su esposa peligra mientras estén en ella.
Cuando volví a mi casa mi esposa me preguntó qué había dicho el vecino. Le respondí que no había oído ni visto a nadie, pero que algunas noches pasaban chicos que volvían de la ciudad y a veces se detenían a tomar cervezas y a hacer ruido. Me creyó. No quería decirle la verdad porque querría irse, y yo quería aquella casa y no me pensaba dejar asustar por una leyenda sin explicación.
Esa noche me quedaría en la habitación, pero mirando hacia el jardín, no perdería de vista el árbol. Cayó el sol, y la noche fue desvaneciendo el jardín, haciendo de éste un lugar de oscuridad. El tiempo circulaba y no pasaba nada, el aburrimiento convocó al sueño que volvió a vencerme, para despertarme una vez más, en un tiempo indeterminado, por un ruido suave y lejano, un canto.
Miré hacia el jardín, y vi algo, que tardé en reconocer. Era la figura de una niña de vestido blanco, pálida, apenas hamacándose sobre el neumático. La imagen parecía reflejarse contra el tronco del árbol, como si fuera transparente. Tenía el cabello claro y la mirada perdida en su canto. De pronto desapareció, junto a la canción, abandonando en soledad al silencio de la noche.
Al día siguiente bajé al sótano, donde recordaba que habían unas cajas que estaban desde antes de la mudanza. Abrí una de ellas y estaba vacía, en la segunda había unos cuantos libros, eran cuentos para niños. Abrí uno de ellos. Contaba en letra grande y con lindos dibujos la fábula de una ranita humanizada de mirada simpática. Entonces, al pasar las páginas se deslizó un papel y una foto que cayeron al piso. La foto quedó mirando hacia mí, y pude ver el mismo árbol y una niña radiante de vida hamacándose en el neumático. El papel era un recorte de un diario fechado veinticinco años atrás, el titular decía: "una niña de nueve años muere encerrada jugando a las escondidas sola".
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