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Retrocedí asustado y subí al comedor. Allí me esperaba mi esposa, preocupada por mí y por todo lo que estaba sucediendo. Esta vez no me quedó otra alternativa que relatarle lo sucedido, sin ocultarle detalles, y rogando que no creyera que estaba loco. Tardó mucho en dar crédito a mis palabras, sabía que no era de inventarme cosas y que no era de atemorizarme con facilidad.
-Siempre creí que las cosas deben tener una explicación - le planteé, -pero esta vez no se que decir.
Sabía que ella era más vulnerable a creer en esas cosas y sabía cuál sería su reacción.
-Vamos nos de esta casa.
-De acuerdo - me resigné, -habrá que ponerla en venta, llamaré al vendedor.
Llamé a la inmobiliaria. No se mostraron sorprendidos por mi decisión de vender, al contrario, dijeron que pasarían lo antes posible. Por la tarde volví a plantearme los sucedido, me negaba a que un fantasma me hiciera irme de aquella casa. Analicé lo sucedido, la figura de la niña, la foto, entonces algo vino a mi mente, algo que había pasado por alto. Subí deprisa a mi biblioteca y busqué un libro de botánica.
Por la tarde fui a la inmobiliaria a ver al vendedor, pero me acompañaba un agente de policía. Al entrar vi en el rostro de su asistente al hombre que había visto aquella noche en mi jardín, y al registrar el lugar encontramos un proyector de los pequeños modernos, copias de la foto de la niña y de los recortes de diario.
-El error lo cometió en la foto - le explicaba a mi esposa luego de que la policía se llevaba a la comisaría a los culpables de todo. -Aquel árbol no tiene más de veinticinco años y en la foto tenía el mismo tamaño que ahora. Ellos vendían la casa y luego hacían creer a los que la compraban que estaba embrujada, así siempre volvían a venderla y ellos se ofrecían a comprarla a menos precio.
Quiero quemarlo todo, destruir ese color opaco de la madera, canjearlo por las llamas, esas luces con por la noche iluminan mi rostro y mi alma. Quiero juntar la energía y esparcirla por la pradera, aferrarme a su núcleo y ser parte de ella, viajar con el viento y con los colores de lo que arde, ser parte de un mundo que se quema, de las altas temperaturas que brillan y beben de los leños.
Y así fue dejándose atravesar la noche, el fuego se disfrazó de grises cenizas y una columna de humo despareja cobro los restos de la hoguera.
Me fui triste, esperando dar vida a otro cóctel de energía.
Ayer me llega una carta, decía que hoy moriría. No sé quién la envió, no tengo enemigos, soy una persona normal. Me acabo de despertar, hace frío en la habitación. Es un día nublado como cualquiera. Miro sobre el escritorio, la carta aún se encuentra allí, no fue un sueño como habría deseado. Me acerco, vuelvo a leerla: "hoy va a morir".
Nada más, sin remitente. El sobre es de buena calidad, lo observo. No tiene sentido, es una broma pesada.
Desayuno como siempre, el café parece más amargo aunque es solo mi imaginación. Las ventanas están cerradas, el teléfono no suena.
Me acerco a la puerta de salida, pero por algún motivo prefiero retroceder. Vuelvo a la cama y me acuesto esperando que el día pase pronto, me quedo dormido.
Me acabo de despertar, esta oscuro y no sé dónde estoy y no se que hora es, me pregunto si el día habrá terminado, y si sigo vivo...
Un médico me dijo que si no hubiese más enfermos el no tendría más trabajo, y yo soy soldado por lo que si no hay guerras no tengo donde combatir y no hay algo más frustrante que no poder ejercer la profesión. Por eso me voy en busca de un lugar donde combatir, una forma de sentirme útil, de tener una meta, un objetivo. Ahora estoy en el campo de batalla, esperando el día de mañana, donde es probable que llegue mi fin.
Un día me desperté y descubrí que un efecto desconocido había arrasado con la superficie del planeta, parecía que todos habían muerto y además habían desaparecido. Las ciudades estaban en ruinas y vacías. Me pregunté porque estaba solo,... y vivo aún. Había sido suerte? me había elegido Dios? para qué? para estar solo en la tierra?.
Viví así, haciendo razonamientos de todo tipo y escribiéndolos en un cuaderno que encontré en una tienda vacía. Al final ya estaba acostumbrándome, había comenzado a adaptarme y a dejar de extrañar la "sociedad" con la que había convivido. Entonces un día, cuando me desperté, habiéndome dormido en un hotel de lujo, todo para mí, ya no estaba solo. Estaba en la cama de una especie de clínica. Descubrí que una de las paredes era un espejo falso, desde donde me podían espiar. Por la puerta ingreso de pronto un grupo de cinco personas con delantales blancos y planillas.
- ¿Cómo te sientes? - preguntó un hombre de barba blanca y aspecto de científico.
- Bien - respondí algo confuso.
- Debes estar preguntándote de dónde vienes y que haces aquí, creímos que lo recordarías al despertar pero no sucedió así.
Formas parte de un experimento, fuiste tú mismo voluntario. Hemos logrado introducirte en un mundo virtual, donde no existía la sociedad, para estudiar tu comportamiento sin el entorno social, así podremos deducir que actitudes pertenecen al ser humano innato y cuáles son inducidas por el entorno social, ¿comprendes?.
Estaba por responder algo que aún no sabía, cuando en la cama a mi lado, un hombre recostado cuya presencia no había notado, abría los ojos.
- Profesor - le llamó la atención el primero en verlo, - la muestra dos se despierta.
No hubo tiempo para nada, el hombre se puso de pie y, provisto de una fuerza descomunal, se arrojó sobre los científicos. Acabó uno a uno con ellos, luego se aproximó a mí. Temí lo peor, sin embargo pareció comprender algo en mi persona que lo asemejaba, quizás el hecho de que habíamos vivido una experiencia en común, quizás otra cosa, pero por el motivo que fuese, no me hizo nada. Salió luego de la habitación, atacando a todo ser humano que veía. Por fin un guardia de seguridad le disparó cinco veces hasta que cayó sin vida en un pasillo.
Ese fue el final de los experimentos y, aunque a veces siento deseos de destruir a los que me rodean, aún no me he encontrado el momento ideal para hacerlo.
De pronto estaba sobre patines, bajando por una calle empinada y sin control. No había forma de evitar la caída y cada vez tomaba más velocidad. Llegué a un peligroso cruce, esperando que no apareciera ningún vehículo en mi camino. Creo que cerré los ojos y sentí un fuerte ruido, cuando los abrí pude ver un auto que, por esquivarme, se había chocado de frente un poste de luz.
No podía detenerme, no había forma alguna. Entonces se me ocurrió aprovechar unos arbustos en un parque para detenerme. Me desvié y me di contra ellos con fuerza, pero no me dolió demasiado.
Es la última vez que me uso patines.
Afuera, parado en soledad en un monte aislado del resto de la humanidad, observo con mi cargo de general, el campo de batalla repleto de cuerpos sangrando, vidas cegadas de inocentes, espadas desparramadas por el diablo y flechas clavadas en el piso, las paredes de un castillo en ruinas en el centro, lanzas y cascos de soldados que vivieron toda una vida hasta ese día. No hay precio para mi perdón luego de caída la tarde, no hay forma de obtener una puerta hacia el pasado, y sin embargo mi carne y mis huesos están seguros, mi cabeza no tiene precio pues la victoria es de mi ejercito. Mis tropas arrasaron con el enemigo, siguiendo las ordenes del emperador, y sin embargo no existe forma de que mis ojos brillen, he ganado la batalla, he salvado mi vida, pero a cambio de perder mi alma.
se despertó y enseguida supo que estaba en un mundo nuevo, diferente al que había dejado al dormirse. No tenía características claras, precisas, no eran cambios que podían apreciarse a simple vista, eran pequeños detalles, cosas que estaban "diferentes", los colores parecían mas "modernos". Se levantó y buscó una ventana. Detrás del cristal empañado por la llovisna de Abril se presentaba una mañana efímera, con tonos irreales. La gente parecía esforzarse por ocultar los cambios, pero descubría que no era el único que lo sabía, que no era el único que había percibido que el mundo era nuevo. Pensó que tal vez se trataba de una nueva versión, que el creador había decidido actualizar el sistema que había creado. Daba igual, siempre y cuando la reinstalación se haya implementado sin errores.
Me insistió tanto que accedí a ir a la montaña, y sabiendo que eso de la altura y el sufrimiento no van demasiado de mi mano, pero no importaba, el chico lo merecía. Nos subimos a su hermosa 4x4 y comenzamos a recorrer un camino de interminables curvas, que fueron haciendo transformando el hermoso vehículo en un habitaculo insoportable del que quería bajarme lo antes posible. Algún día terminamos por llegar, y aunque fueron solo algunas horas mi mente decía que había sido mucho más. Al bajar vi de frente una cadena montañosa de picos escarpados y nieves eternas, el solo hecho de mirar tan imponente paisaje me cansaba los pies, y aún no habíamos comenzado. El, como buen caballero, se ocupó de preparar todo y cargar con la mochila mientras yo me dedicaba a ocultar el sufrimiento que anticipaba. Había un sinuoso sendero por el que comenzamos el ascenso. Al principio era un bosque basante lindo aunque todo igual de aburrido, luego los árboles comenzaron a desaparecer y se veía mejor el paisaje rocoso desde una altura cada vez más alta. Pasaron cuatro interminables horas hasta que paramos a comer cerca de una bella pero monótona cascada, fue bastante sencillo el menú, pero también tuvo algo de romántico digamos. La bajada fue igual o peor de lenta, pero además mis piernas comenzaron a odiar mi desición de aceptar la invitación.
Valió la pena solo por el hecho de que aquel chico me gusta. Esta semana lo invitaré al centro comercial, a ver si él piensa lo mismo de mí.
Me dijeron que si uno come olivas blancas recuerda los sueños, y eso era lo que necesitaba para mi caso, ya que hacía tiempo que deseaba recordar esos extraños fragmentos de historias sin sentido que procesaba mi mente nocturna.
Me comí un plato esa noche, y me fui a dormir expectante, tanto que tarde casi dos horas en conciliar el sueño.
Comencé a soñar una secuencia que nunca olvidaré, estaba en un lugar, a punto de hacer algo, pero entonces me desperté y ya era la mañana. No podía esperar a saber que sucedería, cerré todas las cortinas hasta impedir que la claridad de la mañana invadiera la habitación, comí un nuevo plato de olivas y volví a la cama, esta vez tarde mucho más en dormirme, creo que lo logré a media mañana.
La secuencia por fin continuó, a pesar de que lo lógico hubiera sido que comenzara un sueño nuevo, no, continuaba el que había quedado a la mitad.
Avancé apasionado con lo que sucedía, hasta que de pronto volví a abrir los ojos y a estar en la realidad.
Maldije aquella oscura realidad en la que apenas se vislumbraba una grieta de claridad filtrándose entre las cortinas.
Más olivas, e intenté dormirme otra vez, sabiendo que no me detendría hasta el final del sueño, si es que los sueños tienen final.
Hay alquien que siempre se repite, lo vi ayer en el metro, luego en el centro, pasando por una calle peatonal, y luego en un centro comercial. Creía que era pura casualidad, que se daba que nos cruzabamos, pero esta vez comprobé que no podía ser el mismo, estaba en la estación de trenes y lo ví subirse a un vagón y al salir el tren estaba también en el andén de enfrente, no había explicación. La proxima vez que me lo vea voy a detenerlo y preguntale quién es, si tiene hermanos o, simplemente, como hace para estar en todos lados.
En ese momento un hombre me detuvo, me di vuelta, nunca antes lo había visto, entonces me dijo: -disculpe, pero quisiera saber como es que usted está en todos lados.
Estaba en la biblioteca, un día más, estudiando esos horribles y pesados libros de derecho internacional. Es cierto que la vida da muchas vueltas y “nunca se sabe”, pero sabiendo que mi futuro era el derecho penal veía en aquellos largos párrafos una masa imposible de digerir. Era la segunda vez que daba la materia, la primera el profesor, creo, me desaprobó solo por notar mi falta de interés, un buen incentivo para acrecentarla... ahora lo odio también a él. – No necesito aburrirme para saber comerciar – presumí, y esa, quizá, fue la frase que no debí decir.
Eran las tres y cuarto de la tarde según el reloj de la gran sala que ahora estaba casi vacía. La gente solía abandonar a esas horas, posiblemente porque después de comer es prácticamente imposible soportar el sueño leyendo aquellos textos tan espesos, sin embargo yo pretendía quedarme y aguantar a fuerza de café, al menos hasta que mis venas se pusieran negras.
Me distraje un momento y mi mirada se perdió en el reloj, cuyo segundero hacía enormes esfuerzos por dar cada salto hacia la derecha. - Debo seguir –me dije por fin y volví a comenzar el mismo párrafo por tercera vez, esperando comprender la telaraña de palabras complejas que encubrían, muy en el fondo, una explicación. – De verdad que los autores parecen decididos a que no se les comprenda –proclamaba por enésima vez. –Vamos otra vez- y así empecé nuevamente...
Estaba desconcentrándome mientras intentaba con un sector aislado de mi mente comprender los ejes principales de los tratados oceánicos y de aguas internacionales. Mi mente comenzó a perderse en los pasillos del estado alfa cuando creí leer algo diferente a la somnífera explicación.
“Ayuda” fue lo que pensé haber leído entre líneas.
Volví atrás y, aunque releí toda la página, no encontré en ningún momento lo que creí haber leído, ni siquiera palabras similares que mi mente pudiese haber transformado.
Pasó al menos una hora, había cambiado de libro, esta vez leía sobre lo interesante que resultan ser los trámites de aduana y comenzaba a dormitar cuando leí: “...el formulario D-32 debe ser impreso por triplicado y debe estar firmado por... Ayuda, estoy atrapado... la autoridad portuaria que gestione... ”.
Tarde lo que se tarda en despertarse para volver atrás en busca de lo que había leído, sin embargo no encontré la frase.
Deje el libro, esta vez con la seguridad de quién sabe que tiene razón aunque no pueda probarlo, y busqué en otros libros, al azar.
... Artículo 110º En caso de producirse la destrucción de la mercancía por caso fortuito o fuerza mayor, el declarante, dentro del plazo autorizado, deberá presentar a la aduana los documentos pertinentes que permitan su comprobación...
La biblioteca estaba casi vacía, solo el bibliotecario resistía, por ser su trabajo deduje, el aburrimiento que generaba aquel ambiente en un día soleado y templado de primavera. Parecía que no notaba mi extraño comportamiento creciente, o quizás no le interesaba contemplarlo.
Continué revisando tomo en distintos estantes, concentrándome en los que se me antojaban más aburridos, abriéndolos en páginas escogidas sin lógica, y leyendo párrafos en busca de algo sin sentido, de más "mensajes".
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