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Un día, caminando por una calle de esas tristes y grises que definen a una ciudad, creyó leer un cartel con su nombre pintado en una de las tantas paredes. Retrocedió y volvió a ver la pared y sí: pudo leer que la misma suciedad había creado marcas con forma de letras, y esas letras formaban su nombre.
De a poco fue leyendo más palabras, más nombres y más mensajes. Al principio creo que se trababa de gente que lo hacía a propósito pero luego, al ver que se simplemente era suciedad acumulada al azar, comenzó a comprender que eran mensajes de algo que excedía a todo ser humano. Los carteles advertían de hechos que sucederían, informaban de situaciones o simplemente parecían moralejas. Intentó mostrarlos a otras personas pero nadie parecía notar lo que él veía, pensó que podía ser su imaginación pero a veces lo que precedían los carteles se cumplía.
Podría haber intervenido, cambiar las cosas, utilizar la información de los mensajes, pero él no era una persona así, no era un héroe ni le interesaba serlo, las paredes se habían equivocado de sujeto al proclamar sus mensajes. De a poco fue dejando de verlos, o tan solo fue acostumbrándose a ellos sin prestarles atención.
Planificó su vida, entre esquemas que ofrecían diversas alternativas pero que todas tenían su camino de salida, había considerado todos los escenarios posibles, cada uno con su decisión a tomar, cada posibilidad tenía su respuesta, no cabía margen de error.
Sin embargo sucedió lo impredecible, aquello que nadie ni nada podría evitar, no había respuestas, ni salidas planificadas por lo que se tomaron decisiones sin parámetros ni segmentos, tan solo utilizando la pobre improvisación del momento, algo para lo que nadie estaba entrenado, y a pesar de todo el resultado fue mejor que cualquiera de los resultados calculados previstos. De todas maneras nada cambió para la siguiente planificación.
No podía entenderla, no había forma de comprenderla, entonces decidió hacerse parte de ella, entrar en su cerebro. Estaba durmiendo y la miro a su rostro, permaneció concentrado intentando penetrar en sus secretos, en sus pensamientos, en todo lo que pudiera pertenecer a ella, en su alma. Pasó mucho tiempo del que no sabría calcular pero en un momento, cuando creyó que estaba siendo atraído por un somnífero deseo de dormir y su mente comenzaba a trazar el camino de los sueños, sucedió que una fuerza desconocida lo arrastro como una cascada de energía hacia su interior. De pronto Se vio envuelto en un rojo sangre, las paredes estaban llenas de un líquido viscoso y había columnas de una sustancia esponjosa repleta de poros. Era una especie de sala con muchos pasillos que se abrían como un laberinto. Decidió recorrer un poco, caminó sin destino, solo observando lo que había a su alrededor. Por fin encontró una luz, provenía del fondo de un pasillo largo y estrecho. Lo recorrió en busca de aquel lugar iluminado. Terminó en una especie de enorme caverna vacía, salvo por una gran imagen en el centro, la cuál recibía toda la luz, era su propia imagen. En ese momento volvió en sí, aún estaba junto a la cama, observándola dormir.
"Si lo encuentras tendras todo lo que desees, lo que sea. Solo debes escribirlo y lo que pidas se hara realidad". Lo había leído en las páginas de unas viejas escrituras. Paso el resto de su vida en busca de aquel número, investigando manuscritos, descifrando claves, buscando documentos antigos. Por fin lo encontró, era una ecuación simple, pero el resultado fue un numero periódico, y jamás terminó de escribirlo.
Todos los pueblos tienen su perro, que no es de nadie y es de todos, que pasea y vaga por las calles soleadas en verano y se refugia en los zaguanes en invierno, que alegra a los niños y hace compañia a los ancianos, que ve el paso del tiempo de la forma que ve las cosas la naturaleza, una visión diferente a la de los hombres. Pero en mi pueblo este perro era diferente, era una cruza rara de pelo negro y ojos marrones como la tierra. Su mirada entregaba una paz misteriosa a quien, desinteresado, se acercaba a darle una suave palmada. Caminaba lento y pausado de puerta en puerta por la calle principal, mas que investigar lo hacía de rutina, como si fuera parte de su profesión canina, un contrato implicito con el pueblo, con sus habitantes. En las fiestas comia bien y cuando no había nada revolvía algúna basura. Pero, como decía, era especial, todos lo sabían pero nadie comentaba nunca sobre esa distinción, a pesar de lo que se habla en las comunidades pequeñas sobre todo. No se veía a simple vista, era como un don mágico, un poder cautivador que atraía, que parecía leer las mentes de quienes lo observeban, el poder estaba en su mirada.
Un día desapareció. Algunos dicen que lo vieron alejarse por la calle principal en dirección a la ruta, otros que se había perdido en los campos. Desde ese día el pueblo perdió algo más que un perro, perdió una fuerza invisible que irradiaba vitalidad, que mantenía con vida las calles durante el día y por las noches. Desde entonces comenzó el éxodo, la gente fue lentamente migrando hacia otros lugares hasta que terminó por quedar un lugar fantasma, abandonado.
He vuelto para ver lo que quedo del pueblo, de pie en la calle principal, entre la paz y la soledad que ahora reinaban en ambiente, y entre las sombras de los árboles frutales, sé que vaga un espiritu especial, de pelo negro y ojos marrones.
Otras veces había visto las cosas distintas, pero ese día todo cambio y comprendió por fin lo que hacía muchos años que le venían diciendo, claro, para ese entonces ya era demasiado tarde y no pudo cambiar las cosas.
Se había cumplido el décimo mes de revisiones cuando comenzaron los hechos extraños. Nuestro trabajo en la estación era revisar el sistema de control de los movimientos entre ubicaciones, comprobar los paneles, el motor central y la estructura externa. La estación era la L-51 y había orbitado la luna durante los últimos ocho años. Se trataba de un gran galpón con una cabina central. Pertenecía a una empresa logística y se utilizaba para el almacenaje de piezas para la construcción y repuestos de otras estaciones lejanas. Una vez por mes lunar una nave no tripulada traía provisiones y materiales para almacenar y retiraba de ubicaciones automáticas otras mercancías, así todo funcionaba sin la intervención del hombre salvo cuando requería una revisión, como era el caso que nos llevó hasta allí. La alarma había sido una incidencia con una ubicación de almacenaje que el panel de control indicaba como fuera de funcionamiento. Durante la revisión se había comprobado que se trataba de un fallo en la carga del último paquete de piezas que no había pasado la línea de cerrado automático. Todo iba bien hasta que el eterno silencio del cosmos se quebró con un sonido metálico, como un choque contra la estructura exterior, cerca de los generadores de oxígeno, luego se oía un sonido que parecía por momentos humano, era como un lamento perdido entre los pasillos del depósito. Nadie se animó a bajar, se suponía que era una zona prohibida y que si llegase una nave robot a descargar o cargar podría ser peligrosa. Al final bajó el comandante del grupo pero no encontró nada extraño. Aún quedaban dos días para que la nave de recogida nos llevase a la tierra, los ruidos en el casco aumentaban, ahora parecían más inhumanos. Nos refugiamos en la cabina y pusimos música para olvidar aquel misterioso sonido. Pasó el tiempo y llegó la nave, entonces el sonido cesó y nunca más volvió a escucharse. No supimos como explicarlo a nuestros jefes y por eso intentamos olvidarlo. Me enteré que mis compañeros habían pedido que los enviasen nuevamente a aquella estación, descubrí entonces que allí sucedería algo malo, algo que los atraía y que no les permitía escapar. Hoy sacaré el pasaje yo también, para ir a ver que es.
Iba caminando cuando descubri que había una sombra en la calle. Era muy extraña porque no había luz, ni reflejos ni nada que la proyectase. Me pareció que era el único que lo notaba. La gente pasaba sobre ella, desinteresada y pensando en sus cosas pero nadie se detenía a observar el fenómeno. Pensé que debía avisarle a alguien aunque no sabía como o a quien. Decidí esperar, pasaron unos quince minutos y la sombra se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo. Respiré aliviado y continué mi camino.
Como el cazador que desgarra la piel del león en busca de una excusa para escapar de su propia miseria. Los recuerdos se clavan como una lanza en tu alma y dejan una herida que no se puede curar. Es tan fácil perder la razón cuando la luna brilla mas que el sol, no sabes lo que es perder el control y que tus manos tiemblen al ver como la vida te traiciona y la esencia se escapa de entre tus venas.
Estábamos juntos sentados en la montaña mirando morir al sol, pero aquella tarde nunca volverá, el tiempo no da segundas oportunidades, el tiempo no tiene piedad. Ayer fue tu lobo, hoy es tu perdición.
Entre los bares buscas el perdón, pero no es de nadie el don de perdonar sino es un pecado, sino hay mal que matar. Es tu ser que trae una y otra vez los momentos y todo lo que no se puede revivir, el pasado se destruye y las imágenes de tu mente se desarman como las nubes del cielo y por más que las intentes juntar se van esparciendo, desvaneciendo hasta abandonarte.
Por eso a veces aún te preguntas quien puede ser tan cruel de hacernos vivir en un mundo así.
Cada ser, en mayor o menor medida, debe tener una vida interna secreta, un misterio que a veces no se puede resolver, que se arrastra por el espacio y por el tiempo. A veces es perjudicial para el ser mismo y en los peores casos es también perjudicial para otros. Odio involucrar, odio lastimar, saber que no puedo dar lo necesario para hacer feliz a alguien, es un dolor penetrante en el centro de las costillas, un vacío en alguna parte del alma, una lágrima seca que nunca termina de caer.
Creía que Dios nos hace así, con capacidad para resolver algunos problemas y con defectos para otros, esos balances variados en cada ser son los que nos hacen diferentes y nos separan un largo tramo de la perfección. Por tanto así se debe vivir. Pero me dijeron que no culpe a Dios de mis problemas (bueno, tampoco a las hormigas, si es que veo alguna con cara de aceptar culpas). Para el caso da lo mismo, no importa quién cargue con el problema si el problema no se va. Al menos si se curarían los recuerdos, si lo bueno fuese malo, pero no es así. Y vuelven las noches hermosas de cabañas y de vinos, y los viajes.
¿Cómo se puede pensar tanto en lo mismo sin resolver nada? Tal vez cuando deje esta vida podré recién descubrir que era lo mejor, no para mí sino lo mejor para los demás. Quisiera no tener esta clase de problemas, quisiera poder levantarme cada mañana y sentir la paz, esa paz de quien tiene todo lo interno resuelto, esa paz que relaja los músculos de la mente, que les da un descanso. Pero no es mi caso, nunca es mi caso.
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