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Venía solo en el coche subiendo por el bosque, no había ruidos ni otras luces más que las de los faros del coche. No recuerdo en que venía pensando, pero entonces apareció, de la nada, esa luz. Era como un sol, pero más blanca y brillante, y parecía venir de todas partes, como si el bosque entero la emitiese. Recuerdo que no había sombras, solo luz. Duró unos dos o tres segundos, y luego todo volvió a la normalidad. Supongo que lo lógico sería investigar que fue, o quien produjo tal extraño fenómeno, pero sería complicarme la vida, y por ahora no tengo tiempo para ocuparme.
Se sentó en la barra del bar, era tarde y solo le quedaba humor para un whisky antes de volver a casa. El barman se dedicaba a limpiar copas y sólo se detuvo ante su interrupción. Le sirvió el whisky y continuó en lo suyo. El bar estaba desierto, salvo por otro hombre sentado también en la barra a su derecha. Lo miró como quién mira el decorado y pensó fugazmente que se trataría de otro oficinista como él, acostumbrado a la combatir la rutina con un trago cada tanto, aunque al ver como vestía le dio más por pensar que se trataría de un vagabundo que había juntado lo suficiente para gastarlo en alcohol.
Bebió un poco, disfrutando el líquido y el frío de los hielos, entonces el hombre se dirigió a él y, como suele suceder en la barra de los bares, sin siquiera presentarse le contó su historia.
En las barras se suelen oír problemas de amores, o de trabajo pero esa vez no fue así. Le dijo que era chaman, es decir que podía ver y hablar con espíritus. Pero a él solo se le ocurrieron una pila de chistes y comentarios sobre el tema que prefirió no comentar para no comenzar una inútil discusión sobre la realidad y la fantasía, solo se remitió a responderle y opinar con generalidades y vagos comentarios. Hablaron unos cinco o diez minutos, hasta que terminó la bebida, pagó y se fue, dejando al chaman solo en la barra.
Una vez fuera el barman, que ya había terminado de ordenar las últimas copas, apagó las luces y se fue, ya que no quedaba nadie más en el bar, es que hacía mucho que era barman y ya no se sorprendía de ver gente hablando sola en su bar.
Era de noche y cruzábamos el estrecho en medio de una tormenta, el barco debía soportarla, pero también decían lo mismo del Titanic. Entonces, cuando el naufragio parecía inminente, decidimos refugiarnos en la cabina del puente y rendirnos a los caprichos del mar, con suerte saldríamos empujados por la corriente fuera del peligro de los cabos rocosos. En ese momento, a través de los húmedos cristales, pudimos ver que sobre la proa aparecieron unas figuras extrañas. Al principio pareció un efecto de los relámpagos y la lluvia, pero las figuras seguían allí, demostrando que no eran una ilusión. Comenzaron a moverse, tomando las riendas del barco. Aparecían y desaparecían sobre la cubierta, y entonces nos dimos cuenta de que estaban piloteando la nave. El barco pareció encontrar un rumbo, y ni la tormenta podía vencerlo. Así paso la noche, hasta que por fin la tormenta fue disipándose y salió el sol. No había rastros de las fantasmales figuras en proa. El barco se encontraba fondeado en una pequeña bahía. Decidimos descansar esa mañana en la costa. Solo al desembarcar encontramos indicios de lo que muchos años atrás pudo haber sido un poblado, aunque nos pareció extraño que en aquel lugar desamparado pudiese haber sobrevivido un ser humano. Antes de irnos encontramos una pequeña placa, sobre una roca que nos costó leer, pero decía "Nombre de Jesús".
Era tarde y recuerdo que tenía mucho sueño. Mi casa es de esas de madera, estilo americano, de dos plantas con un balcón en la parte alta. Mirándola de frente, quitando la chimenea, se vería una simetría perfecta. Y en ese instante la estaba mirando exactamente en dicha posición. Estaba lloviendo y soplaba mucho viento. No recuerdo exactamente como había sido pero me había quedado fuera, sin llave, y encima sin zapatos. Supongo que todo sucedió por culpa del viento que habrá cerrado la puerta, o tal vez no, pero lo importante no era eso, sino como volver a entrar.
En ese momento descubrí que una de las ventanas de arriba tenía un postigo abierto y la ventana entreabierta. Ese sería mi camino de entrada. Trepé por la columna, apoyadme en un arbusto para subir. Por fin llegue hasta el techo que cubría el frente, caminé con cuidado para no resbalar hasta la pared y desde allí, caminando de costado, me fui aproximando a mi objetivo.
Recuerdo que estaba apenas a unos pasos, que hasta podía ver mi cama, seca cálida y esperándome, cuando una ráfaga de viento salió de la nada y destrabó el postigo, cerrándolo con fuerza, tanta como para dejarlo trabajo e imposible de abrir desde afuera. Maldije la viento y a mi situación, y entonces descubrí que, en el techo superior, había un tragaluz abierto. Tuve que trepar por el desagüe pero logre alcanzar llegar arriba. Pero cuando caminaba haciendo equilibrio por la parte alta el viento volvió a jugarme una mala pasada, y el tragaluz se cerró. Nunca entraría en esa maldita casa, pero más allá de rendirme, comencé a plantearme la situación como un desafío. Tenía los pies descalzos y húmedos, pero ello significaba una razón más para querer entrar, entonces recordé que hay una pequeña ventana por la que se accede al sótano, que siempre dejo abierta. Comencé un peligroso descenso hasta tocar felizmente tierra. Entonces rodee la casa buscando la dichosa ventana. No era mi día, creo que fue la primera vez en la historia de la casa que la vi cerrada. Me encogí de hombros, como pensando lo tedioso que resultaba mi situación, y volví a paso lento al frente. Para mi sorpresa, una nueva ráfaga de viento había abierto nuevamente el postigo de la ventana de arriba. Pensé que al final mi suerte estaba cambiando. Volví a la columna y comencé nuevamente el ascenso pisando al pobre arbusto. Una vez en el tejado caminé, esta vez sin precaución, sobre el húmedo desnivel, y a mitad de camino mi pie patinó y, perdiendo el equilibrio, caí hacia un lado y mi cuerpo resbaló por la pendiente hasta que se acabó el techo. La caída era inminente y, quizás por eso, me desesperé.
Suspiré, o grité tal vez, no lo recuerdo bien, pero sí recuerdo que estaba seco, bueno, un poco sudado tal vez por la situación. Tenía las piernas aún dentro de la cama, pero estaba sentado, luego del salto que había dado mientras me despertaba. La habitación estaba en penumbras, aunque la luz de los faroles entraba por la ventana con la tenacidad como para darme cuenta donde me encontraba, y para darme cuenta que todo había sido un horrible sueño, más bien una pesadilla. Me costo unos segundos recordarlo, en armar las piezas de lo que había soñado, ya que es cierto que los sueños se olvidan con rapidez, descubrí que nunca había estado fuera, ni húmedo, sino durmiendo en mi cama. Pero entonces, decidí que no era suficiente, que debía encontrar el camino para entrar, no de esa forma, fácil. Decidí que ese desafío era mío, y que no me vencería.
Me recosté de lado, como más rápido sé que me duermo, y cerré los ojos, haciendo fuerza para volver a dormirme pronto y seguir soñando que estaba ahí fuera, y deseando no volver a despertarme, al menos hasta haber entrado a la casa y haber llegado a la cama.